Nuestro sobrevuelo histórico nos ha llevado a aislar cuatro circunstancias. 1. La impregnación del pensamiento cristiano por el movimiento romántico. 2. La desestabilización, a la vez impuesta y voluntaria, de la Iglesia en la sociedad moderna. 3. Una interpretación errónea del bolchevismo, por otra parte condenado con toda energía. 4. Un relativo abandono del pueblo judío bajo el hitlerismo. Resta aclarar cómo han actuado estas circunstancias sobre lo que se llama hoy la crisis de la Iglesia. Parece ser que han actuado las cuatro pero en orden inverso a su aparición cronológica. Es la última la que abrió la crisis, que no pudo ser resuelta debido a que las otras tres intervenían sucesivamente luego simultáneamente para impedir esta resolución.
Todo cuanto se refiere a la solución final, a causa de la dimensión del crimen y del carácter de as víctimas, reviste una gravedad excepcional y multiplica al infinito sus consecuencias. Mejor hubiera sido para la Iglesia que procediera a un examen de conciencia sobre este particular. No voy yo hacerlo en su lugar. Sin poder probarlo, tengo la intuición de que la verdadera catástrofe para la Iglesia no fue tanto el «silencio» de Pío XII y las innumerable debilidades que le acompañaron –pues sería una locura exigir de los hombres que fueran otra cosa que hombres- como no haber mirado después el hecho de cara y propuesto la cuestión de un arrepentimiento. A falta de hacerlo, la Iglesia se encontraba, en 1945, en la penosa situación de tener un cadáver en el armario -seis millones de cadáveres.
No era la única ciertamente en no haber socorrido a los Judíos en todo lo que fuera posible. Muchos judíos no se habían mostrado más valientes ni más eficaces. Pocas corporaciones constituidas en la Europa ocupada podían felicitarse de haber salvado a tantos perseguidos . El error fundamental es además haber considerado sus deberes para con los Judíos como deberes que se imponen hacia cualquier hombre perseguido y de no haber visto, ni dicho, que al atacar al pueblo judío, el nazismo atacaba por ese mismo hecho a la Iglesia. Callándose, la Iglesia, en la medida en que estaba representada por la cátedra de Pedro, había obrado como si no se preocupara por sus raíces, como si no se sintiera unida a la Sinagoga por una comunidad de origen, por una comunidad de naturaleza. La condena reiterada del marcionismo perdía su eficacia ante este enorme aserto de marcionismo práctico. La desestabilización política y social de la Iglesia, que databa desde hacía más de un siglo, encontraba su consumación final en la desestabilización religiosa. El acto marcionista golpeaba a la Iglesia en su historia concreta, en su memoria, en su «cuerpo», entendido en el sentido de la teología.
Tal vez sea a la ruptura de esta solidaridad esencial a la que se ha de atribuir este rasgo sorprendente del cristianismo contemporáneo que es la ausencia de solidaridad, esta vez entre las Iglesias cristianas. Vejaciones ligeras producían en el siglo XIX quejas, gemidos, grandes gritos: «Conocéis muy bien qué males, qué calamidades, qué tempestades Nos han asaltado desde los primeros instantes de Nuestro Pontificado; cómo Nos han lanzado inmediatamente en medio de las tempestades: ¡ah! si la diestra del Señor no hubiera manifestado su poder, tendríais el dolor de vernos devorado en ellas, víctima de la espantosa conspiración de los impíos…etc.» de esta manera se expresaba Gregorio XVI en 1832, como si fuera en tiempos de Diocleciano y hablara por la boca de san Cipriano de Cartago . Hace sesenta años que millones de cristianos, decenas de Iglesias han sido martirizados más completamente que en tiempo de Diocleciano, sin que ello haya levantado ni protestas ni retóricas parecidas. Cuando la antigua Iglesia libanesa fue amenazada de aniquilamiento, una buena parte de la opinión católica occidental, en particular francesa, tomó partido a favor de los «islamo-progresistas» contra los «cristianos conservadores», con estupor de los Israelíes.
En el momento mismo en que, ante la prueba, el pueblo judío encontraba su identidad para reclamar la Tierra de Promisión, el pueblo cristiano, separado de su raíz, estaba en peligro de perder la suya. Suspendido por todas partes, le faltaba pues un punto de apoyo para afrontar, de nuevo, el desafío comunista.
En Francia, en Italia, el comunismo se hallaba, con relación a la pre-guerra, en una posición más fuerte materialmente pero también, si se puede decir, espiritualmente. Había sido antinazi. Había denunciado en antisemitismo. Se atribuía todas las aspiraciones a la justicia social. en todos estos puntos, cogía en falta a la Iglesia, o al menos, en un estado de culpabilidad vaga o aguda. Menos mal que no se haya «derrumbado». No se puede por menos de admirar, por una vez, la política de Pío XII. No retrocediendo un paso en la condena del comunismo, esta vez pactó contra éste con el con el liberalismo y la democracia. Su radio mensaje de la Navidad de 1944 Sobre la democracia traduce un giro tanto más notable cuanto más sabe colocarse en la línea de sus predecesores e invocar la inmutable tradición. Esta nueva «alianza», operada esta vez a tiempo, fue uno de los factores benéficos que permitió a Europa, y bajo la égida de personalidades tan «católicas» como Gasperi, Adenauer, R. Schuman, cosa no vista hacía siglos. Pero esta recuperación admirable no llevó consigo una cura de los males más secretos que seguían preocupando a la Iglesia. Muy al revés, contribuyó a hacer menos urgentes el examen y los cuidados que exigían. Los papas sucesores no son la causa, ni los responsables, sino solamente los contemporáneos del progreso repentino de la enfermedad. En cuanto al concilio, su responsabilidad es la de la puerta abierta que hace estallar la gripe que se incuba.
Sobre tres puntos había impuesto el comunismo su visión del mundo o al menos su posición de los problemas,. Había obligado a admitir que el nazismo constituía un caso particular del fascismo en general. Había separado la «religión judía» , que pretendía respetar así como a todas las religiones en tanto que asuntos privados, de la cuestión de Israel (o «sionismo»). Por fin afirmaba que tenía por causa una injusticia social, por resorte la lucha contra esta injusticia, y por meta la resolución d esta injusticia. Lo que hacia a la Iglesia vulnerable es que en estos tres puntos había dado un interpretación diferente ciertamente en el espíritu y en las conclusiones, pero pasablemente isomorfa.
Pero otra circunstancia le ponía más difícil la resistencia. Apartada de su raíz, desestabilizada de la historia y de la sociedad, una fracción de la Iglesia podía sentirse tentada a reinterpretar la doctrina en vista de su nueva situación. Es decir a interpretarla como un «mensaje» intemporal, desprendido de su historia, de su tradición, de su filiación apostólica. Existiría un sentido, que sería el sentido de los Evangelios, y que importaría poner de relieve para hacerle comprensible a la humanidad entera. Dicho de otra manera, el cristianismo se presentaría, frente al universalismo abstracto del comunismo, como otro universalismo abstracto, pero que esta vez sería el «verdadero.»
Una anécdota: después de un film del gusto de Cecil B. De Mille, sobre Moisés, hubo un debate en la televisión francesa entre un rabino, un doctor del islam y un teólogo cristiano. Éste, en perfecto acuerdo con el musulmán y dirigiéndose al rabino, tuvo estas palabras: «Vuestro Dios [el Dios de la elección y de la alianza con un pueblo] es demasiado estrecho para cuatro mil millones de hombres». El rabino, desconcertado, hizo notar a este sacerdote, quien por lo demás no comprendió el sentido de la advertencia, que al hablar de ese modo arruinaba la doctrina de la Encarnación que concentra en uno solo la elección y la alianza antes de abrirla a las Naciones.
Nada tiene pues que extrañar que tras la guerra haya existido floración de nuevas gnosis cristianas, esforzándose por sacar el verdadero sentido, y descalificando al mismo tiempo, como radicalmente demodado, incompatible con la mentalidad moderna, incomprensible «al hombre de hoy», a los «jóvenes», etc., la antigua hermenéutica de la que los autores de estas gnosis eran al principio los custodios. En mi generación se recuerda todavía el éxito mundial, bien que efímero, de Theilhard de Chardin, que era en resumen una adaptación entusiasta de un schellingismo ultra-romántico, enriquecido con una fuerte infusión de darwinismo. Graves teólogos se esforzaron por demostrar que su obra no era compatible con el depósito de la fe, que si por desgracia lo era, el autor era un modelo de todas las virtudes. Pero no abordaron el verdadero problema, a saber la consternante, la fastidiosa mediocridad intelectual de una producción semejante. Desde entonces, hemos visto otras muchas más, tan nulas y no menos confusas, pero cuánto más imprudentes y apóstatas, lo que no permite colocarlas con los tomos innumerables, en conjunto bastante modestos y píos, del bueno de Teilhard. Siempre, se trataba de «desmitificar», de «decantar» la fe, de hacerla aceptable al hombre «moderno», «científico», «adulto», es decir a los profesores de ciencias humanas, cuyo prestigio era en aquellos años, aplastante.
Lamentablemente, el mercado del gnosticismo estaba ya ampliamente monopolizado por el comunismo, salvo una débil parte concedida al psicoanálisis. Grande era la tentación de buscar un terreno de encuentro donde los dos universalismos abstractos pudieran ponerse de acuerdo, tal vez fusionarse. Así fue como Francia, como Rusia antes de la Revolución, tuvo sus coloquios entre los «buscadores de Dios», llegados del cristianismo, y los «constructores de Dios», llegados del comunismo.
Ejemplar en este punto de vista es la evolución de la revista Esprit . El primer adversario de Mounier en los años treinta fue en primer lugar el individualismo. Luego es el régimen capitalista el que desarrolla las siniestras consecuencias del individualismo. Detrás del espíritu burgués, Mounier apunta «al miedo de vivir», a la «sed del confort», «a la mezquindad de los proyectos», en una palabra, «al amor exagerado de la seguridad y de la felicidad». Es por fin el liberalismo. «Tenemos horror al liberalismo, a todos los liberalismos». «El siglo del liberalismo nos conduce al siglo de los propietarios». Temas que son comunes a cierto catolicismo social, a cierto maurrasismo, a cierto fascismo. La guerra de España lo hace bascular a la izquierda. El peligro comunista, escribe, no es lo más inmediato, y, mirándolo bien, «una Iglesia sufriente» (bajo el comunismo) es preferible a una «Iglesia abrigada» a la sombra de la espada. En 1945, Esprit se quiere revolucionario: «Esta inevitable revolución, ya se conocen sus líneas maestras: la expulsión de los poderes de dinero, la supresión del proletariado, la instalación de una república del trabajo, la formación y la accesión de las nuevas elites populares». Pero ¿cómo hacerlo si no es con el partido comunista?
Con especto a éste, con respecto a la Unión soviética, Mounier cultiva dos líneas sentimentales –que no se consolidan nunca, y con razón, en análisis racionales. En primer lugar, el comunismo no es tan negro como se quiere decir. «No es ya soportable, escribe en 1945, verlo examinado, incluso con simpatía, pero en el mismo plano que el nazismo». «No existe medida común entre una vergüenza y una esperanza, entre una amenaza de muerte y una ocasión de vivir». En 1948, coligando el tradicional anti-americanismo «eslavófilo» de los católicos franceses, escribe: «Los Rusos está todavía lejos de nosotros, lo que sabemos y vemos es toneladas de papel americano y de ideas americanas, y de propaganda americana en nuestras librerías, es presidentes del Consejo que deben ir a las órdenes de la Embajada… etc.». Que no se venga a hacernos chantaje a la civilización cristiana. La civilización cristiana no es ya la civilización de los bancos y de los tugurios, de Samedi-Soir y de la bomba atómica, que ella no es la civilización de los sin-dios y de los guépéous(¿). Florece tan admirablemente en el largo y doloroso esfuerzo del pueblo ruso como en lo que nos queda en Occidente de las costumbres y de la vitalidad cristianas». Y luego, añade además, los comunistas «han cambiado». Así «el anti-comunismo es mortal».
Pero, a pesar de que este filo-comunismo condujera la revista a censurar durante tiempo las informaciones llegadas del Este y a cubrir, a pesar de su devoción a la verdad y a la libertad, una de las más espantosas opresiones de todos los tiempos, este mismo filo-comunismo está le lejos de verse exento de segundas intenciones. En el fondo de su corazón, Esprit sabe a qué atenerse. Domenach escribía: «Llegados a no esperar ya nada sino del partido comunista, y a no poder compartir sus mentiras, a aprobar sus torpezas… eso ya es demasiado». Digámoslo así, se acepta colocarse en una relación machista con el Partido, se prepara a sufrir en él. el «largo y doloroso esfuerzo» del pueblo ruso, que será también el del pueblo francés y de toda la Iglesia, es preferible al mundo tal como va, el de los bancos, de los periódicos populares y del confort democrático. Vemos en estos textos cómo refluyen de pronto, con ocasión de un desafío político, todo este dolorismo, esta falsa escatología, este extremismo que se incubaban en el catolicismo desde hacía un siglo. En el momento de la invasión nazi, Mounier decía a Edmond Michelet: «Pasemos a los bárbaros». Se corrigió, en lo que respecta a los nazis, pero para reiterar, esta vez con obstinación, en lo que respecta a los comunistas. La imagen era falsa. Ni los nazis ni los comunistas eran bárbaros como los que invadieron el Imperio romano y a quienes la Iglesia civilizó porque aspiraban a la civilización. Ellos salían de nuestra civilización expresamente para destruirla. «Pasar a los bárbaros» era pues colaborar en esta obra de destrucción. La idea es siempre la misma: que mueran las ovejas terrestres con tal de que renazcan a la condición de ovejas celestes en la nueva Jerusalén cuya Babilonia comunista constituye el próximo terrible, pero ya iluminado por la luz y más noble, por consiguiente, que la tierra habitable. La famosa fórmula de Mounier –»el desorden establecido» –»el asco romántico de la secta desarraigada, y ese «a cualquier parte fuera del mundo» que se tiene por una espiritualidad.
A esto no queda reducido Mounier, esperémoslo. Pero este fenómeno intelectual, fácilmente aprehensible en una revista, se descubre también en la evolución sociológica del clero. S i la gran masa del clero, en las parroquias y en los monasterios, continúa entregándose a sus labores, dos alas se destacan para abrazar otro tipo de carrera. La parte más intelectual del clero, pero no la menos entusiasta, particularmente en las órdenes sabias, se ordena a constituirse en inteligentsia. Ya lo era de hecho hacía tiempo, pero lo es por su propio deseo. La vida monástica, en sus numerosos conventos, acaba por parecerse a la que tiene lugar en el CNRS, en la escuela de estudios superiores, sin que exista siquiera la sanción de un informe que hacer llegar cada año al director de investigación. Disponiendo pues de todo su tiempo, lujo considerable en nuestra época, de casas editoriales, estos estudiosos monacales tienen todo el tiempo disponible y todas las facilidades para producir en abundancia sus exégesis marxistas, freudianas, estructuralistas, marxo-freudianas, estructuralo-marxistas, estructuralo-freudianas, Escrituras, teología, o «problemas» de nuestro tiempo. Así contribuyen al París intelectual, y a la elaboración de una versión católica de la vulgata ideológica en perpetuo cambio.
Otra rama, menos dotada para la especulación, se dirige sencilla y directamente al militantismo político y sindicalista. Las estructuras «corporativistas» de la Acción católica de antes de la guerra, que vivían de lo prestado por el fascismo mediterráneo moderado de la época, se revelaron perfectamente aptas para constituirse en matrices de organizaciones de masa y de correas de transmisión del partido comunista. En este medio, se conservó el desprecio del liberalismo, extendido a la social-democracia reformista. El socialismo, tal como lo vemos, es el comunismo leninista, con un suplemento de alma. la jerarquía hará muy bien en reflexionar antes de dejarse arrastrar en esta dirección. Si se equivoca hasta el punto de creer que será más perfectamente «social» favoreciendo al comunismo, no hará sino entregar la gran masa de los pobres, y en primer lugar la clase obrera, a un régimen que, si bien no se declara opresivo más que de la categoría de los ricos, hace reinar sobre los pobres una opresión más implacable todavía. Ya es suficiente haberse puesto en el caso de verse acusada de complicidad pasiva en el exterminio de los judíos. La misma falta de discernimiento podría conducirla a ser cómplice, esta vez activa, de la esclavitud y de la masacre de los pobres y de los pequeños de cuya custodia es especialmente responsable. No se olvidará a los sacerdotes que saludaron la «liberación» de Saigon o de Phnom Penh.
La gran masa de la Iglesia no se siente comprometida con estas dos ramas extremas. Pero se resiente del contagio. Siempre la Iglesia ha sufrido el mimetismo de las formas del poder, y no podía ser de otra manera. Imperial bajo los emperadores romanos, fue feudal en la Edad Media y monárquica bajo el Antiguo Régimen. Hoy, es natural que tome la forma democrática de los partidos, con congresos, colores, lucha de tendencia, besos de Lamourette y mociones negro-blanco . Pero, por esta razón, se halla sujeta a ser invadida de elementos hostiles por estas fracciones propias que se pasaron a la ideología y que aspiran al poder. Éstas supieron organizarse, infiltrarse en los aparatos administrativos, apoderarse de los medios, imponer su agit-prop, desarrollar el estilo militante, con reuniones, coloquios, organigramas. Ellas empujan a la Iglesia por su antigua pendiente a transformarse en partido.
Desde luego que esta invasión no será nunca total. La Iglesia no puede cambiar de naturaleza hasta tal punto. Si hemos de hacer caso de los sondeos más recientes que afectan a la actitud electoral de los practicantes judíos, protestantes y católicos, estos últimos son claramente los que , en su mayoría, han permanecido los más refractarios a la propaganda del «programa común» social-comunista, y ello a pesar del intenso bombardeo ideológico al que los sometían la gran mayoría de sus diarios y una fuerte minoría de su clero. Reacciones, incluso grotescas y patológicas, como el asunto Lefevbre, demuestran que un dintel no se puede atravesar. Pero puede ser rozado durante bastante tiempo, la Iglesia, particularmente en Francia, está en estado
de combate. Esto sucede desde su fundación y, como siempre, es hermoso verlo tan sólo retrospectivamente, en las pías crónicas que conservan la heroica memoria. De cerca y en el acto, no son los aspectos más gloriosos del campo de batalla los que se ven mejor. A este estado de combate, perpetuamente indeciso, atribuiría y tres rasgos que parecen hoy muy característicos de la vida de las Iglesias, en ninguna parte más sobresalientes que en Francia.
El primero es la negativa a tener enemigos, o a aceptar que la Iglesia tenga enemigos. Es extraño que una actitud semejante sea considerada como más evangélica, como si no hubiera que separar intelectualmente dos cosas, la distinción de los amigos y de los enemigos, el trato que se debe reservar a estos últimos. Las palabras «Amad a vuestros enemigos» suponen precisamente que la distinción se ha operado con antelación. en el estado de división en que está la Iglesia, una fracción de sí misma tiene enemigos: son los que presentan obstáculos a su escatología revolucionaria, a saber no sólo los «reaccionarios», sino todos aquellos se encuentren donde se encuentren que se hacen guardianes del mundo tal y como es en su orden más aceptable: orden económico (son los propietarios), orden social (son las autoridades), orden intelectual y religioso (son, por ejemplo, los teólogos de la tradición. Esta misma fracción tiene amigos: los que en la Iglesia, pero sobre todo fuera de la Iglesia, se proponen derribar este orden insoportable, revolucionarios, ateos, «islamo-progresistas», terroristas, vanguardistas de las ciencias humanas, etc. Pero como no detentan todavía el poder en la Iglesia, deben contentarse con paralizar a aquellos que lo tienen aún, la jerarquía, la cual, incapaz de cortar, se pliega en una posición de benevolencia universal. Se dirá pues que los ateos y revolucionarios son gentiles, pero que los católicos devotos y los propietarios son gentiles también y tienen derecho a algunas consideraciones. No se tratará ya de atacar a cualquiera ni, por consiguiente, de defender a cualquiera. A los que obran de esta manera se querría citar esta respuesta de santo Tomás a la pregunta de saber si un orden religioso podría proponerse como meta la vida militar. Se objetaba con estas palabras de la Escritura: «Os digo que no resistáis al mal». Pero, responde el Aquinate: «Hay dos formas de no resistir al mal. La primera consiste en perdonar una injuria personal. Esta manera de obrar puede interesar a la perfección cuando es sugerida por la preocupación por la salvación del prójimo. La segunda consiste en sufrir sin impaciencia la injuria que se hace a terceros. Y esta manera de obrar depende de la imperfección o incluso es viciosa si uno se encuentra en condiciones de poder resistir al que inflige esta injuria. Razón por la que san Ambrosio escribe: «Está plenamente justificado que esta fuerza que hace que se defienda en la guerra a la patria contra los bárbaros, o que se proteja a los débiles en la ciudad, o que se auxilie a los compañeros contra los ladrones. En cambio, si alguno no reivindicara lo que pertenece a otro de quien tiene cargo, pecaría. Es laudable abandonar lo que es nuestro, pero no lo que es de otro. Mucho menos todavía debemos desinteresarnos de lo que pertenece a Dios «. Es de notar que este rechazo de los enemigos tenga por causa principal el carácter agónico de este combate mismo. A partir de un cierto grado e intimidación, como bien sabe cada uno, nadie está ya en condiciones de denunciar a su enemigo, ni siquiera señalarlo o reconocerlo como tal. Por eso se ve pocas veces en la prensa católica la palabra de comunismo: se trata siempre de socialismo, o, mejor todavía, de liberación, de teología de la liberación… así se espera transformar a las Erinias en Euménides.
El miedo tiene esto de honroso que forma parte de los sentimientos humanos. Pierde este mérito si trata de disimularse. Disfrazar su impotencia de benignidad es sin duda excusable, disfrazarla de la caridad, ya lo es menos. Abandonar el redil a sus enemigos por «amor» a éstos puede difícilmente pasar por evangélico. Es verdad que los enemigos en cuestión son con frecuencia compañeros. Pero la solidaridad clerical ¿puede pasar por la caridad, en nombre de la cual se ha puesto en manos de las autoridades el poder de castigar, que, por eso mismo, no prohíbe ejercerlo?
Pero tal vez, aquí se ve otra vez en acción el anticosmismo y la falsa escatología que ya vimos apuntar en varias ocasiones. Para acelerar la destrucción de este mundo no existe mejor medio que abandonarlo a aquellos que trabajan en su destrucción, esperando que la buena voluntad, la dulzura, el espiritualismo desinteresado del que da testimonio este abstencionismo constituyan un título para ser perdonado personalmente. Mientras tanto se puede fingir estar ya en el tiempo mesiánico en que el león pace con el cordero, ya que la anulación mágica de la realidad favorece también su anulación de hecho.
El conflicto actúa como la concurrencia en el mercado (y se entiende mejor, de paso, porqué suscita éste una desconfianza semejante), en que permite las correcciones, las rectificaciones, las vueltas a lo real. Querer eliminarlo de la vida interior de la Iglesia es el medio más seguro para fijarla y extenuarla. El ridículo asunto de Lefebvre no trajo consigo más que un solo beneficio, y grande: el de haber sido un «asunto», haber abierto un conflicto. Tal vez sea una pena que no se haya accedido todavía a la demanda de este prelado para que se le juzgara. Pero el proceso disciplinario ha desaparecido de las costumbres contemporáneas de la Iglesia. Era sin embargo un medio de clarificar las cosas y de dictar derecho. Por el contrario, en los tiempos ideológicos, a unanimidad de superficie deja todo el campo libre a los agit-prop manipuladoras. Muy activas en medio clerical, saben de maravilla captarse el respeto debido a las instituciones para sojuzgarlas sin dejarse ver, invocar la obediencia a la jerarquía para dominar a través de ella, poner en marcha todos los procedimientos proclamando «proféticamente» el atraso del derecho.
La disputa teológica desapareció al mismo tiempo que el proceso disciplinario.¡Con qué respeto alocado dan cuenta las revistas católicas de las doctrinas, de las obras, de los filmes contra los que, nada más antes de la guerra, habrían fulminado las más definitivas excomuniones! Todo lo más, tras el elogio, la alabanza, el ditirambo, se arriesga, como final del artículo, el esbozo de una reserva, el inicio de una duda, un «sí pero» torpe y tímido. Sin embargo no se trata de que se hayan dado cuenta de que entre la verdad apuntada y su formulación, queda siempre un espacio, que hay que contentarse con sostenerlo, más pequeño cada vez, con o que se cree que es el error. Ser asintótico a una no equivale a ser asintótico a la otra. Es verdad que entonces el riesgo de conflicto se reduce al mínimo.
El segundo rasgo es el nacimiento y la circulación universal de una (‘) católica. La , que designa en los países comunistas la jerga oficial de la prensa y de los discursos, es la señal más segura del poder de la ideología. Comprende un vocabulario, una estilística, una retórica, una dicción. Se la reconoce inmediatamente. Basta con leer algunas líneas, escuchar por la radio algunas palabras de un discurso para adivinar al momento, antes incluso de saber de qué se trata, que es un discurso en y que quien habla es un comunista. Es también una consecuencia del estado de lucha, el que el mundo católico francés no ha adoptado esa sino que ha confeccionado otra para su uso, ampliamente extendida por los periódicos, en los sermones y reconocible en escasos segundos.
Entre todas las funciones que asume esta jerga católica, se debe advertir ésta. Es una señal de uniformidad que oculta la ausencia de unidad o que se sustituye por la unidad perdida. Aquellos que, por ejemplo, se constituyen en los periódicos en abogados de un «pluralismo teológico», lo que quiere decir de hecho un pluralismo dogmático o, más exactamente, una descomposición anárquica del dogma, son al mismo tiempo modelos ejemplares de la estilística formularia, uniforme, impersonal y vacía.
No me pondré a describir la jerga católica actual. Junto a un vocabulario que viene del siglo XIX entusiasta y sentimental, se constatan estratos de Péguy, de Mounier, algún término procedente de las ciencias humanas, pero con figuras, tropos que no pertenecen más que a esa jerga. Despojarse de él es una tarea urgente, pues corrompe el pensamiento, aleja a los hombres de cabeza y a los hombres de gusto. Recobrar una hablar humano, personal, sencillo, incluso cultivando ciertos géneros retóricos que se congracian legítimamente con la palabra eclesiástica -¿quién se iba a quejar de una elocuencia sagrada?-, será el signo de una curación.
El tercer rasgo –con qué pesar y tristeza se le debe mencionar- es una mezcla, también reconocible, de ignorancia y de bobería. Hoy es proverbial. Sirve asimismo de excusa. Excusa de la que no se ha de abusar. A la pregunta de si las tonterías eran pecado, santo Tomás respondía que sí lo eran cuando provenían de un «olvido de las cosas divinas» . Si en lugar de contemplar lo que debe ser contemplado, se vuelve la vista hacia la ideología, esperando cosechar así alguna consideración intelectual o social y si, por una frecuentación de los medios demasiado exclusiva, sale uno un tanto embrutecido, no se puede echar la culpa a otro más que a sí mismo. –con qué disgusto y tristeza se ha de mencionar- es una mezcla, también reconocible, de ignorancia y de bobería. Hoy es proverbial. Sirve también de excusa. Es una excusa de la que no hay que abusar. A la pregunta por saber si la tontería era un pecado, santo Tomás respondía que lo era cuando provenía de un «olvido de las cosas divinas «. Si en lugar de contemplar lo que debe ser contemplado, vuelve los ojos a la ideología, esperando recoger así una consideración intelectual o social, y si, por una frecuentación demasiado exclusiva de los medios, se embrutece uno un poco, no se puede en efecto echar la culpa más que a uno mismo. En cuanto a la cuestión de saber si la ignorancia era pecado, el Aquinate respondía distinguiendo lo que no se tenía obligación de saber y lo que se debía saber para «cumplir correctamente sus deberes». Esa ignorancia él la tenía por pecaminosa y citaba entonces estas palabras del Apóstol «Al que ignora se le ignorará «. Pero ¿de dónde proviene? ¿Cómo sucede, por ejemplo, que en un documento conciliar tan importante como la Constitución Gaudium et Spes, haya tantos pasajes no falsos, ni contrarios a la fe, sino simplemente débiles, como arrancados de las páginas de L’Espress («El Concilio va más lejos…») y que proceden de una «pop-sociología» muy anticuada? Se invoca la calidad decreciente del reclutamiento, la crisis de la enseñanza superior católica, la debacle de los seminarios, la selección atrasada que reinaría en ciertas formaciones de la Iglesia francesa, desde el asunto del modernismo. Sin duda, pero esta Iglesia cuenta con gran número con excelentes cabezas que si tuvieran la palabra, le prestarían un gran servicio. Pudiera ser que la parálisis fuese también la consecuencia del combate que tiene lugar en estos momentos, invisiblemente. La invasión ideológica no es completa mientras sigue sin operarse una conversión, una apostasía a la que cada cual resiste como puede. Pero la confluencia de esta de esta ideología y de modos de pensar antiguos, lejanamente emparentados, que crean tantas zonas de debilidad, acaba en este oscurecimiento de las facultades del que nacen quejas o mofas.
La dificultad de la que tantos católicos tratan de salir, lo que hace que sean los últimos en mantener ciertas posiciones insostenibles cuando todos los demás ya hace tiempo abandonaron, se debe en parte a este dolorismo, a este temor ante la felicidad, a esta culpabilidad ante toda forma de bona vita y de éxito social, de cuyos daños ya hemos dado cuenta. La salida de la ideología tiene a menudo por motivo, y bien legítimo, el deseo de gozar por fin de lo agradable de la existencia. Echemos una mirada a estos «nuevos filósofos», ayer todavía sumergidos en el comunismo o el maoísmo, comiéndose la vaca loca, mal vestidos, oscuros. De ellos es hoy la primera página de los periódicos, los coloquios internacionales, la televisión, las grandes tiradas. ¡Qué contentos se les ve! Pero entre ellos no hay un solo católico, que se sintiera deshonrado en abandonar la ideología más desesperanzadora si ello debiera procurarle al propio tiempo la recompensa de una vida más gozosa y materialmente más feliz..¿Se encontraría el jansenismo de hoy dispuesto a recortar el masoquismo ideológico? ¿Cómo salir de ahí entonces, si la pereza intelectual se convierte, indirectamente, en mérito? No existe otro camino, no obstante, que un trabajo intelectual, un trabajo obstinado de la mente.
Este sursum corda (en este caso particular sursum intellectus) no es posible más que si se declara y se reconoce el conflicto. El rechazo del engaño, que, como lo descubrió Soljjenitin, es el arma absoluta contra la ideología, también en la Iglesia, sólo es posible con esta condición. Pero si nos libramos de la contradicción, mediante un deseo infundado de decencia, no es el silencio el que se impone, sino al contrario la palabrería invasora de la (?), que quiere hacer creer que ha desaparecido la contradicción, se ha resuelto el conflicto, y sustituye sus automatismos por el esfuerzo vivo del pensamiento. Que éste sea, como es debido, difícil, ya lo sabemos. Pero prescindir de él lanzándose a la «pastoral» (pastoral de qué), en un no sé qué activismo caritativo, tendría los peores efectos, ya que si la ignorancia y la simpleza constituyen una protección contra las exigencias siempre penosas del discernimiento, el recurso perezoso al activismo las agravaría más y daría a este activismo una nocividad mayor.
El combate está en marcha y sigue incierto. No hay lugar a temer por el porvenir de la Iglesia. Pero temo más bien por la civilización, más frágil, más irreparable, la cual, desde siempre, admite a la Iglesia como un elemento central y que no podría soportar sin perecer el eclipse y la corrupción de ésta.







