Tres descubrimientos de Vicente de Paúl

Francisco Javier Fernández ChentoEn tiempos de Vicente de Paúl, Vicente de Paúl1 Comment

CRÉDITOS
Autor: Varios Autores · Año publicación original: 1985 · Fuente: Imágenes de la Fe, número 195, año 1985.

Número monográfico dedicado a san Vicente de Paúl. Preparado por los padres paúles José Mª Ibáñez, Fernando Quintano y Celestino Fernández


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No se puede entender correctamente y en toda su hondura el gran edificio vicenciano sin penetrar en sus cimientos. Igualmente sería injusto el presentar la historia de Vicente de Paúl sin una prehistoria básica y una intrahistoria vivencial.

Porque, en definitiva, la andadura de este creyente «revolucionario» del siglo XVII es el fruto lógico y maduro de un triple descubri­miento: los márgenes depauperados de una sociedad asentada en el despilfarro, el indiferentismo y la guerra; los pobres como sacramen­to de Cristo y, consiguientemente, su pasión por Cristo en los pobres y por éstos en El; y el denodado esfuerzo por concienciar a la socie­dad entera para que se organice en favor de los pobres y se movilice para liberarles de su pobreza.

Los pobres: una terrible pregunta de Dios

«Los pobres, que se multiplican todos los días, que no saben a dónde ir ni qué hacer, constituyen mi peso y mi do­lor«. «El pobre pueblo se muere de hambre y se condena«. «Es poca cosa oír y leer estas cosas; sería menester verlas y compro­barlas con los propios ojos«.

Estas frases, tomadas al azar de entre las muchísimas que nos ha dejado Vicente de Paúl en sus 8.000 páginas, sintetizan angus­tiosamente su «descubrimiento de la realidad». Porque Vicente de Paúl depende de un descubri­miento elemental: el de los már­genes de la «civilizada y cristia­na» sociedad. Lo que queda fue­ra de nuestro atildado mundo burgués. El submundo empe­drado con todos los heridos en el camino de Jerusalén a Jericó. Esa llaga histórica que se agran­da a nuestro mismo lado. Y, por supuesto, el descubrimiento de las más sutiles estructuras que generan marginación y abando­no.

«Esqueletos cubiertos de piel«

En la película «Monsieur Vin­cent» («El Señor Vicente»), hay una larga escena que es una pa­rábola plástica de este «primer descubrimiento vicenciano». Vi­cente de Paúl pasa la noche en una mísera pensión en compa­ñía de un joven en paro, tu­berculoso. El jóven, con lengua­je agrio, le va poniendo al tanto de las más lacerantes y plurifor­mes miserias. La cámara enfoca los ojos penetrantes de Vicente de Paúl y sus palabras parecen salir del fondo de sus pupilas: «iPerdón, Dios mío. No sabía nada; no sabía nada!».

La mirada de Vicente de Paúl se atreve a descubrir el innumera­ble ejército de los seres sin rostro y sin historia, la «despreciable» legión de los que «no importan», la opresión de todos los conde­nados de la tierra. Una mirada que irá escrutando toda la terri­ble marginación de la Francia del siglo XVII.

No es fácil comprender hasta dónde llegaba el «umbral de la pobreza» en aquella sociedad. Tal vez nos sirva de espeluznan­te indicador la carta que un sacerdote escribió a Vicente de Paúl: «El hambre es tan grande que vemos a los hombres comer tierra, masticar la hierba, arran­car la corteza de los árboles, des­garrar los miserables harapos de que están cubiertos para tragár­selos. Pero lo que no nos atreve­ríamos a decir, si no lo hubiéra­mos visto, es que da horror ver cómo se comen sus brazos y sus manos, y mueren en esa deses­peración«. O la comunicación que le hace otro sacerdote: «Se lo digo con toda sinceridad, hay más de ciento que parecen es­queletos cubiertos de piel… Es la cosa más espantosa que puede imaginarse«.

La mortandad infantil alcanza­ba a más del 50 por 100 de los nacidos. La edad media de vida estaba entre los 25 y los 30 años. Las epidemias causaban casi el 40 por 100 de fallecimientos. El analfabetismo era total: sola­mente sabían leer y escribir dos millones y medio en una pobla­ción de casi veinte millones. Los campesinos sufrían el «blo­queo social» de los poderosos.

Porque los gobernantes sola­mente querían hombres para la guerra, impuestos para alimen­tar esa guerra y, como diría el cardenal Richelieu, primer mi­nistro de la época, «mulos de carga del Estado». Tan aplasta­dos estaban los campesinos que el abogado general del Parla­mento, Tálon, exclamaría de­lante de la reina Ana de Austria: «Estos desgraciados no poseen otras propiedades que sus almas, porque no han podido ser vendi­das en la almoneda». La guerra de los Treinta Años se tradujo en una constante devastación y despojo del campesinado. Y así, toda la clase humilde —la mayo­ría de la población— se veía abocada a la mendicidad.

Sobre una maldita trilogía com­puesta por «la peste, el hambre y la guerra» se levantaba un cínico monumento a la más cruel mise­ria física, psíquica y moral. No es extraño que un jansenista, Pierre Nicole, escribiera en ese tiempo: «Estas gentes no pien­san en casi nada más durante su vida que en satisfacer las necesi­dades de sus cuerpos, en encon­trar el medio de subsistir«.

«La eminente dignidad del pobre»

La expresión es de Bossuet, con­temporáneo y, de alguna forma, discípulo de Vicente de Paúl. Pero la vivencia, la profundiza­ción práctica y el «lugar teológi­co» son plenamente de Vicente de Paúl.

Antes de su «conversión», Vi­cente de Paúl juzga la miseria de la sociedad como el «resultado de no saberse defender en la vida». Nada más. Los pobres no le preocupan, los oprimidos no le angustian. Pero, a partir de su «hora de Dios», el drama exis­tencial se le presenta en toda su desnudez radical: o seguir pa­sando de largo o atender al heri­do. Sin neutralidades espiritua­les. O ser o no ser Buen Samari­tano.

Y a este escrutador de los «sig­nos de los tiempos» le envuelve totalmente la terrible pregunta de Dios: «¿Dónde está tu herma­no?«. Y su respuesta es taxativa­mente afirmativa de la dignidad y libertad de los pobres frente a la falsa caridad entendida como represión, conveniencia social y política criminal de los respon­sables de aquella sociedad. Por­que las estructuras mentales y sociales del siglo XVII francés en relación con los pobres se re­flejan en el decreto real del 27 de abril de 1656 por el que los «aso­ciales deben ser encerrados» para limpiar la ciudad, preser­var de su peligro a las «buenas conciencias» y respetar el «or­den colectivo».

Es sumamente ilustrativo el comparar algún texto de aquellos responsables con las frases más tajantes de Vicente de Paúl. Por ejemplo, las de Godeau, obispo sucesivamente de Grasse y de Vence, portavoz de los partida­rios del «encerramiento de los pobres»: «Nada era tan profano ni tan abominable como la ma­yoría de los pobres en la ciudad de París. Eran como una pobla­ción monstruosa en la Iglesia…, vivían en una gran ignorancia de todas las verdades de la reli­gión…, y en toda clase de abomi­naciones. Tenían muchos hijos y celebraban pocos matrimo­nios. En cuanto a las leyes civi­les, las contravenían de la mis­ma manera… Encerrar a los po­bres no es quitarles la libertad; es apartarles del libertinaje, del ateísmo y de la ocasión de con­denarse«. Y Vicente de Paúl, en el mismo tiempo, exclama: «Vi­vimos del patrimonio de Jesu­cristo, del sudor de los pobres«. «Tendríamos que vendernos a nosotros mismos para sacar a los pobres de su miseria«. «Somos responsables si ellos, los pobres, sufren por su ignorancia; somos culpables de todo lo que sufren, si no sacrificamos toda nuestra vida para instruirlos«.

«Nuestros amos y maestros«

H. Brémond escribe: «Quien le ve más filántropo que místico, quien no le ve místico ante todo, se representa un Vicente de Paúl que jamás existió«. Y es que los pobres no son para Vicente de Paúl una especie de lugar co­mún, una categoría de análisis socio-económico-político. Ni si­quiera un vertedero de la piedad o de la ideología. Su visión de los pobres es netamente evangélica. Y sus posturas y acciones en fa­vor de los pobres van a nacer, no de su sentido ético o de su huma­nismo, sino de su pasión por Cristo en los pobres y por éstos en El.

Quien se asome a la obra vicen­ciana, observará una expresión reiterativa: «los pobres son nuestros amos y maestros«. No es una frase para la galería litera­ria ni para el descargo de la «mala conciencia». Es el signo infalible que guía la aventura de Vicente de Paúl hasta la entraña misma de nuestros días. Y, por supuesto, la clave de la espiri­tualidad y de la praxis liberadora de este Buen Samaritano. La ori­ginalidad de Vicente de Paúl no está en la composición de la ex­presión, sino en la aplicación que hace para sí mismo, para sus «hijos e hijas» y para todo cre­yente que se quiera tomar míni­mamente en serio la persona de Jesús de Nazaret. Vicente de Paúl lleva hasta sus últimas con­secuencias lo que otro contem­poráneo suyo, B. Pascal, decía: «Si Dios nos diera directamente unos maestros, sería necesario obedecerles con complacencia. La necesidad y los acontecimientos lo son infaliblemente«. Es decir, la «necesidad y los acontecimientos» de los pobres esclarecen y determinan el ser y el quehacer de Vicente de Paúl.

Y esos «amos y maestros» pue­den ser, en muchas ocasiones, duros, groseros, exigentes, des­agradecidos. Pero, por eso, hay que amarles y servirles mucho más. Porque, resalta Vicente de Paúl «socorriéndolos, practica­mos la justicia y no la misericor­dia». Porque los pobres tienen derecho a exigir que alguien les restituya lo que la opulenta so­ciedad les ha robado: la verdad y la dignidad de ser hijos de Dios.

El juicio de los pobres

Jean Anouilh —guionista de la citada película «Monsieur Vin­cent»– pone en boca de Vicente de Paúl unas palabras que se ajustan, con fidelidad, a la idea nuclear del pensamiento vicen­ciano: «Los pobres son terribles, terribles como la justicia de Dios que proclaman implacablemen­te. Nos engañamos con nuestras ropas decentes y nuestros rostros atildados; pero esos harapos, ese horror, esas enfermedades, esa desnutrición tras de la que aso­man miradas de lobos, son de hombres, jueces duros, y hasta injustos a veces, pero a los que es preciso servir como a nuestros dueños, y amarlos«.

Con ese «juicio de los pobres», Vicente de Paúl nos remite al único criterio de salvación o de condenación: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui extranje­ro y me recogisteis; estuve des­nudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; estuve en la cárcel y fuisteis a verme» (Mt 25, 35-37). Nos quiere decir que los pobres «son los grandes señores del cielo; a ellos les toca abrir sus puertas». Que esos seres, apa­rentemente despreciables, sin derecho a la mirada de la socie­dad egoísta, son, en realidad, grandes. Y que son nuestros jue­ces porque pueden condenarnos o salvarnos ante el tribunal de Dios y de la historia; porque pueden aclarar nuestra mirada miope y enseñarnos a ver la rea­lidad con los ojos de la «justicia de Dios». Porque, en definitiva, Dios, que es «su protector», les ha facultado para cuestionar y subvertir nuestro antievangélico sistema de valores.

Organización de la Caridad

A Vicente de Paúl le han querido encasillar en los más contradictorios moldes: desde el angelismo piadoso hasta la sub­versión radical. Por eso unos le han llamado el santo de la bene­ficencia, otros le han acusado de haber cerrado la boca con pan, a quienes gritaban la revolución, y algunos le han entronizado en el culto revolucionario de la filan­tropía. Tampoco han faltado los que le han reducido a la catego­ría de «limosnero». En realidad Vicente de Paúl está «en otra parte».

Una vez más tenemos que evo­car el episodio de Chátillon. Porque es una referencia obliga­da para comprender cómo a par­tir de esta experiencia —»He aquí una gran caridad, pero mal organizada«—, Vicente cobra conciencia de que para ser eficaz en todos los frentes, donde apa­rece la miseria, se requiere orga­nizar la caridad, socializarla, ha­cerla inventiva, creadora de jus­ticia.

Con los pobres, contra la pobreza

No se puede estar con los pobres, si al mismo tiempo no se lucha contra su pobreza y las causas que la provocan. Esta pe­rogrullada ha sido y sigue siendo desgraciadamente olvidada con demasiada frecuencia por los cristianos. Este olvido equivale para Vicente de Paúl a dejar de ser cristiano: «ver a alguien que sufre y no participar con él en su miseria, es ser cristiano en pin­tura, no tener humanidad, ser peor que las bestias«. Así de cla­ro y contundente. Y él, que es uno de los pocos santos que han tenido sentido de las realidades económicas y de la eficacia orga­nizativa, pone en marcha un completo sistema de acción so­cial que todavía hoy a muchos les parece revolucionario.

Vicente de Paúl no intenta con ello proponer un proyecto políti­co. Sin embargo, a través de su actuación y su doctrina deja en­trever que la caridad es la única ley para construir la vida de la sociedad en la solidaridad y en la equidad. En definitiva, busca ne­gociar con la sociedad, a través de la caridad, la redistribución de recursos que pueda hacer ne­cesaria la coexistencia imposible de ricos y pobres.

Práctica de la organización: tres niveles complementarios

Para hacer operativo este pro­yecto, Vicente de Paúl asume to­das las exigencias del compro­miso social en cuanto tarea per­manente en la construcción del Reino de Dios y su justicia:

— En absoluto prescinde de la acción asistencial. Es su primer nivel. El más elemental. Urgido por la enfermedad, el hambre, el paro, la guerra, el abandono per­tinaz. Una acción que nunca desaparecerá de su vida, de su mensaje ni tampoco de las insti­tuciones que él funda. Con su agudo sentido de las cooperacio­nes y de la coordinación en el plano caritativo-asistencial or­ganiza durante la guerra de los Treinta Años y de las dos Fron­das una inmensa red de recogi­da, almacenamiento y distribu­ción de ayudas que llegan a la mayor parte de Francia.

— No se detiene en este pri­mer nivel. Como una evolución natural e inevitable lo completa con un segundo nivel: la acción promocional. Con ello intenta proporcionar los medios para que el pobre, personal y colecti­vamente, sea agente de su pro­pio desarrollo humano y cristia­no. Y ello porque sabe que la po­breza generalizada tiene causas sociales. Esta organización pro­mocional de la caridad se hace en él ingeniosamente inventiva. Como escribe en su correspon­dencia: «No hay que asistir más que a aquellos que no pueden trabajar ni buscar su sustento, y que estarían en peligro de morir de hambre si no se les socorre. En efecto, apenas tenga alguno fuerzas para trabajar, habrá que comprarle algunos utensilios con­formes con su profesión, pero sin darle nada más. Las limosnas no son para los que pueden traba­jar… sino para los enfermos po­bres, los huérfanos o los ancia­nos«.

Esta acción promocional actúa sobre las causas de la pobreza ge­neralizada de diferentes sectores de la sociedad. Y se prolonga hasta que éstos sean capaces de poder salir por sí mismos de su situación.

— La realización de su vasto plan social incluye un tercer ni­vel: la denuncia profética de las injusticias. Comprende que el cristiano, urgido por el amor de Cristo y de sus hermanos, no sólo debe ser justo. Debe además lanzarse a las exigencias de la lu­cha por la justicia, como expre­sión viva de la caridad.

Cualquiera que se acerque sin prejuicios a la vida de Vicente de Paúl encontrará una suma in­gente de palabras, actitudes y opciones por las que intenta im­pedir a la sociedad continuar siendo una máquina de fabrica­ción de pobres. Por eso se com­place en presentar como mode­lo, «a las que vengan después», a sor Juana Dalmagne, quien «al saber que algunas personas ricas se habían eximido de los im­puestos, para sobrecargar a los pobres, les dijo libremente que era contra la justicia y que Dios les juzgaría por esos abusos«.

El mismo Vicente no duda en lanzarse a la arena de la política en una situación en la que el pri­mer ministro, Mazarino, es la causa del sufrimiento ‘del pueblo. Por eso va a Saint-Germain-en­Laye, donde se encuentra, para decirle, lo mismo que a la reina, que cese el bloqueo de alimentos al que se ve sometido el pueblo de París. Y dos años y medio más tarde (11 de septiembre de 1652) escribe al mismo Mazari­no una carta para decirle, sin ro­deos, que se aleje del reino. Y ello porque le juzga el principal causante del sufrimiento del pueblo.

Hay otro aspecto en la lucha por la justicia no suficientemente re­saltado en la organización de esta caridad vicenciana. Y, sin embargo, es el más eficaz en el vasto plan social de Vicente de Paúl: clarificar y convertir las conciencias de los poderes políticos , sociales, económicos. El les propone, hasta urgírselo, que utilicen esos poderes como me­diaciones queridas y otorgadas por Dios para favorecer a los sin poder, sin prestigio social, sin dinero.

Todo este plan organizado de la caridad vicenciana es la expre­sión de la dimensión política de la fe de Vicente de Paúl. Reali­zarlo, le costó, entre otras cosas, permanecer exiliado de París desde el 14 de enero hasta el 13 de junio de 1649 y dejar de per­tenecer al «Consejo de Concien­cia» a partir de 1653. El sabe que el servicio a los pobres es siem­pre un riesgo y que nunca trae el poder.

One Comment on “Tres descubrimientos de Vicente de Paúl”

  1. Excelente artículo, claro y muy preciso de la filosofía de vida que aplicaba nuestro fundador, San Vicente de Paúl, para con nuestros amos los pobres.

    Saludos.

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