Toussaint Bourdaise (1618-1656) (Primera parte)

Mitxel OlabuénagaBiografías de Misioneros PaúlesLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Desconocido · Traductor: Máximo Agustín, C.M.. · Año publicación original: 1898 · Fuente: Notices, III.
Tiempo de lectura estimado:

Nada más enterarse de la muerte del Sr. Gondrée, san Vicente pensó en socorrer, en la isla de Madagascar, al solitario Misionero que seguía allí, el Sr. Nacquart, que estaba expuesto a fatigas a las que no podía dejar de sucumbir pronto. Con el Sr. Mounier, es al Sr. Bourdaise, originario de Blois, entonces de la diócesis de Chartres,  a quien designó para esta lejana y gloriosa misión.

El Sr. Tousaaint Bourdaise había sido recibido en París, en la Congregación de la Misión, ya de edad de veintisiete años, el 6 de octubre de 1645;  había sido ordenado sacerdote en 1651. ¡Transformaciones maravillosas operadas por la gracia, adorables juegos de la Providencia!

Varias veces había estado a punto de ser expulsado de la Compañía por escaso talento y ciencia (Rep. de oración del 25 de nov. 1657), y es él quien va a convertirse en el 1er verdadero apóstol de Madagascar.

Llegada de Bourdaise y sus compañeros à Madagascar. État de la colonie (1654).

Los disturbios del reino, las rivalidades de compañías coloniales no permitieron a los dos Misioneros hacerse a la mar hasta comenzar el año 1654, para llegar a Fort-Dauphin el 16 de agosto.

Hacía más de tres años ya que la colonia estaba viuda de Nacquart, muerto a los treinta y cuatro años, el 29 de mayo de 1651, sin que, en este largo intervalo, llegara a París la noticia. En una carta del 6 de febrero de 1655 transmitieron a Vicente los recién llegados estos fúnebres detalles.

Hicimos escala en Cabo Verde algunos días, durante los cuales el Sr. Bourdaise evangelizó a los indígenas, de los que habla muy bien en sus cartas; luego, el navío, en el que había subido volvió al mar. Las tempestades le empujaron casi hasta las costas de Brasil, luego le hicieron volver. Por fin lanzamos el ancla en la bahía de Itapere, a cuatro leguas del Fort-Dauphin

Las primeras noticias dadas por los indígenas fueron tristísimas; se quejaban de los franceses, y anunciaron al Sr. Bourdaise qu el St Nacquart se había muerto hacía tres años. El Sr. Mounier, a bordo de otro navío, no había llegado aún: ¿se habría perdido este barco? Estos pensamientos llenaban de dolor el alma del Sr. Bourdaise.

«Cuatro días después de nuestra llegada a la rada de Itapere, escribía a san Vicente de Paúl, el Sr. de Laforest, nuestro almirante se decidió a partir para Fort-Dauphin, y me hizo el honor de pedirme que le acompañara. Partimos bien armados, a causa de las sorpresas a las que estábamos expuestos y de las cuales nos habían prevenido. El Sr de Flacourt, después de saludarnos, nos recibió con los brazos abiertos; yo fui a la capilla, que encontré bien adornada y muy limpia; esta decencia me alegró mucho. Vimos un fuerte bien establecido y guardado por un buen número de nuestros franceses. Al pie del fuerte había un pueblo bien poblado de negros; conocimos por ahí que las cosas no estaban tan desesperadas  como nos habían dicho.

Al día siguiente, que era un domingo, dije la santa misa, con gran satisfacción del Sr de Flacourt y de todos los franceses, que la deseaban desde hacía mucho con una viva impaciencia. Avisado de que el Santísimo estaba en el tabernáculo, ya que el Sr. Nacquart no había podido consumir las santas especies, yo no podía creer que se hubieran conservado tanto tiempo, y me decía que esta buena gente se ilusionaban; pero, al abrir el copón para depositar las que yo había consagrado, encontré cinco formas, a la verdad un poco pegadas unas a otras, pero con todos los aspectos  de un perfecto estado de conservación. Me sentí encantado y creí que Dios les había concedido este favor  por el honor que nuestros franceses le habían rendido. Pues todos los días por la mañana y por la tarde, iban a la capilla para hacer sus oraciones y, el día de la fiesta del Santísimo Sacramento, llevaban el tabernáculo en procesión.

Pero, añade el Sr. Bourdaise en su relato, enseguida vemos a unos negros que llagan a toda prisa; se adivina que son portadores de alguna noticia; unos dicen que buenas, otros que son malas. No se celebra todavía, se espera. Por fin llegan hasta nosotros y nos dicen que el navío del que nos habíamos separado y que estábamos esperando está a poca distancia de aquí, que todos están contentos y que mi hermano  manda que nos digan las cosas más agradables. Esta buena noticia hace sobresaltarse a los franceses, y enseguida nos vamos a Itapere, a su encuentro. Qué emociones más dulces experimentamos, el Sr. Mounier y yo, cuando pudimos abrazarnos! Luego nos purificamos mutuamente en el sacramento de la penitencia del que nos habíamos visto privados por tanto tiempo.

Como mi superior ha llegado ahora y va a quedarse en Fort-Dauphin con el hermano René, -es un hermano coadjutor-  le dejaré contar lo que ha pasado hasta la fecha de esta carta, y yo me limitaré  a haceros saber que me siento feliz de estar en este país, y que bendigo al Señor todos los días por mi felicidad.«

Privados de sacerdotes durante tan largo tiempo. Los franceses, Flacourt a la cabeza,  recibieron a Bourdaise y a su compañero con mucho honor y cordialidad. Los instalaron primeramente en su pequeña choza.

Por su parte, los negros bautizados por los primeros Misioneros acudieron a sus sucesores, llevando con ellos a una multitud de compatriotas venidos de todas las regiones vecinas para instruirse; de  manera que la choza resultó muy pronto demasiado estrecha, y fue preciso construir una segunda mayor, destinada exclusivamente a los catecismos.

Y es que todos, franceses y negros, tenían buenas razones para desear la llegada de los Misioneros. Flacourt veía todos los días a su colonia debilitarse bajo los golpes de las enfermedades y de los malgaches, y él mismo estaba amenazado de asesinato. Los que enviaba a las compras no volvían; porque los malgaches infestaban los caminos, robaban los animales y mataban a los franceses extraviados. Se les imponían a veces a fuerza de valor, y estos bárbaros decían entonces: «Hemos oído hablar de los portugueses; hemos conocido a los holandeses y a los ingleses pero ellos no son hombres como vosotros ya que no os cuidáis de vuestra vida, y aunque veáis la muerte delante de vuestros ojos, no os amedrentáis. Sois otros que esos extranjeros; no sois hombres, sois leones. A pesar de todo, había treguas violadas sin cesar de una parte y de otra, y los franceses casi bloqueados en el Fort-Dauphin tenían que luchar a la vez contra la escasez, contra la desconfianza a menudo demasiado legítima y a veces contra las armas de los malgaches.

Primeros trabajos del Sr. Bourdaise. La docilidad de los malgaches.

Éstos hubieran sido fáciles de ganar por procedimientos buenos. El Sr. Burdaise lo atestigua, y  y se encuentra la prueba en sus cartas a san Vicente de Paúl:

«Desde hace diez años que estamos aquí, escribía, un buen número de negros han venido a rezar al Señor en nuestra casa, tres veces al día, con una asiduidad de lo más edificante. Estas pobres almas no piden más que buenos obreros.

La  mayor parte de los malgaches comienzan a tener celo por la gloria de Dios. Al reza, su porte es bastante modesto, y se invitan unos a otros a venir a rezar. Un pequeño decía a dos o tres camaradas: «Vosotros no valéis nada, no rezáis a Dios; sin embargo él es el dueño de todo el mundo».

Qué hermoso es ver a una o a varias docenas de estos nuevos bautizados y a los mayores asistir al oficio divino! Ellos llegan antes de la hora a la puerta de la iglesia esperando con una especie de impaciencia la señal para entrar. Mientras digo el oficio en la iglesia, me asaltan a menudo una banda de pequeños que vienen a rodearme de rodillas para que les haga recitar el Pater. Cuando he podido condescender a sus deseos, se van encantados, diciéndose unos a otros «Que han rezado a Dios».

Preocupado por la decencia del culto y la celebración del santo sacrificio, el Sr. Bourdaise añadía algunas noticias:

«Pronto se terminará la iglesia de piedra que está en el Fuerte; la que había comenzado el Sr. Nacquart sirve de cementerio.

Nosotros estamos bien, gracias a Dios; no hace tanto calor aquí como creíamos. En el interior, los calores son menos tolerables. Hemos encontrado algunos pies de viña plantados ha ce tres años; nos han dado unos sesenta racimos. Se ven en la región viñas silvestres. Si podemos cosechar trigo, tendremos demasiada suerte». (Carta del 8 de feb. 1855).

Entretanto, Bourdaise y Mounier se habían entregado sin demora al estudio de la lengua y al cabo de algunos meses, podían ya catequizar a los negros, al mismo tiempo que hacían el servicio espiritual de los franceses. Todo marchaba bien, cuando una revolución tuvo lugar en el gobierno de la colonia.

Partida del Sr. de Flacourt para Francia. Pronis le sucede en Madagascar.

Flacourt, sin poderes seguros, frente a las reclamaciones de sus colonos que él no podía satisfacer, amenazado por Pronis, el antiguo gobernador, y por el capitán Laforest, llegados de uno y otro en navíos de La Meilleraye, dos competidores a la espera de poder suplantarle, resolvió irse a Francia, abandonó el mando de Fort-Dauphin al Sr. de Laforest, que se lo entregó al Sr. de Pronis. Partió el 12 de febrero de 1655, llevándose consigo a cuatro pequeños negros a Francia.

Durante ese tiempo, la colonia era presa de desdichas irreparables. Una parte del fuerte y de los comercios se había convertido en pasto de las llamas, en medio del regocijo destinado a celebrar la instalación de Pronis. Algunos días después, otro incendio estallaba y devoraba el resto del fuerte, la capilla y la casi totalidad del pueblo: desastre del que Pronis, sin provisiones ni instrumentos de trabajo, no pudo volver a levantarse. Bourdaise ha dejado el relato de esta terrible escena.

Incendio en Fort-Dauphin.

«Yo me preparaba, dice, para el viaje del mar Rojo, como se lo había prometido al Sr. de Laforest, que me había hecho el honor, el segundo sábado de Cuaresma, de venir a nuestra casa hacia las nueve, para disfrutar conmigo de su futuro viaje, y proponerme aprender la lengua de Madagascar. Perro he aquí que llegan a avisarnos que el fuego estaba otra vez en el Fuerte. Nos apresuramos, y no bien hubimos llegado cuando vimos una cabaña y la fachada de la iglesia todas en llamas. Voy corriendo a las ventanas, salto al interior, y arrojo cofres, ornamentos, libros, candeleros y todo lo demás. Por último viendo el torrente de fuego abrasar todo el edificio, recojo el santo tabernáculo que entrego a un francés; pero dándole respeto el miedo a dejarse caer esta preciosa prenda, yo le animo y con mano temblorosa se lo lleva.

Fuera de mí por completo, miro a ver si podría salvar algo. Veo dos o tres cuadros que eran ornamento de nuestro altar, pero la violencia del fuego me obliga a huir. Tomo los ornamentos y un mantel con una mano y, reuniendo fuerzas, voy a saltar por la ventana, y me engancho en un clavo quedando suspendido en el aire. Me debato, y me rompo la sotana y los hábitos. El fuego prende al mismo tiempo en dos tiendas y en la casa del gobernador. Todo el mundo se lleva lo que puede salvar; pero todos al ver esta furia, piensan en sí y tratan de sacarlo de la casa, Pero ya no hay tiempo, los tejados están ardiendo. El que cuida de un almacén lleno de arroz, y en el que, y en el que arden también los postes, grita para que vengan a ayudarle y no se le oye, el ruido de la llama y los gritos confusos se lo impiden. Alguien le ve por casualidad, y me llama; voy corriendo, salvamos un barril de pólvora, cuando el fuego, apoderándose  de los que habían quedado en el almacén, hace un ruido  de espanto, se lleva todo el tejado y separa los laterales del edificio. Entonces, todo es fuego y llamas; todos abandonan el fuerte y se salvan como pueden. Yo me lanzo hacia nuestra cabaña, que era la más cercana al Fuerte. El calor es tan grande que apenas se puede respirar. Colocamos a la gente  al lado de las casas, con agua, para apagar las chispas que llevaba el viento por todas partes se tiran todas las ropas  al patio. Cosa lamentable! En menos de media hora, todo el Fuerte y cuarenta o cincuenta cuerpos del refugio reducidas a ceniza. Qué espectáculo, Señor, ver el sagrado tabernáculo en el suelo en medio de un patio. Bueno qué, Nuestro Señor es siempre adorable dondequiera que esté. Trabajamos hasta medianoche con gran miedo por el pueblo. Por último, habiendo cambiado el viento, comenzamos a respirar. El fuego continuó cuatro días más con braseros encendidos.

No me atrevo a pasar en silencio el piadoso celo de un marino, que entró en la iglesia en llamas, para salvar el retrato de la Virgen que rescató  a medio quemar.

Después, se comenzó a rehacer, o más bien a reconstruir, la fortaleza y, nosotros, una iglesia en la que instalar el Santo Sacramento. Emplea para ello una hermosa cabaña que había comprado para el rezo de los negros. Puse una balaustrada lateral y frontal, con el fin de que los que estuvieran fuera pudieran oír fácilmente la misa; pero las incomodidades del tiempo molestaban a los que no podían entrar y yo no podía hablar en público. Nos pusimos a alargarla, dejando una balaustrada todo alrededor para separar el coro y haciendo un pórtico delante, a fin de que los que pasaran (pues da a un gran camino) vinieran al menos a ver las ceremonias, en caso que les diera vergüenza entrar. Esto nos ha servido de mucho, ya que viene siempre una gran cantidad, los cuales, al ver a los demás rezar se familiarizan poco a poco y reconocen que no es imposible aprender, como se lo hacen oír los Rohandries  y como hay que procurar aprovecharlo todo, yo adorno lo mejor que puedo este pequeño santuario con imágenes que respetó el fuego. Notando que sentían mucha  curiosidad por ver mi reloj, le coloco bien a la vista en nuestra capilla, lo que me da siempre ocasión de hablarles de nuestros misterios. Se sorprenden al ver que eso vive y que eso habla; la llaman en su lengua bien ambos voulamenne, es decir perro de oro, -y es el nombre ordinario- bien malingène que significa ángel. Pero yo les digo que los ángeles son más hermosos que el sol y que todo lo que vemos, porque sirven a Dios y hacen todo lo que él desea; que si ellos se hicieran bautizar y guardaran sus mandamientos, serían tan hermosos como el sol y que su alma, que ha muerto, viviría.

Me escuchan de buen grado y confiesan que no hay nada mejor que bautizarse. Una casa de negra hallándose frente a la iglesia impedía a la gente ver rezar a Dios, yo le dije que su casa no estaba bien  delante de la casa de Dios. Ella me respondió: «Dices bien: Zanhare (Dios) es un gran señor»; y, al mismo tiempo, se puso a quitarla, lo que me obligó a darle una honrosa recompensa

Por la muerte del Sr Mounier, Bourdaise se queda como único sacerdote de Madagascar. Conversiones.

Es en esta época (1655) cuando murió el compañero del Sr. Bourdaise, el Sr Mounier, durante la expedición emprendida a los Mahafales, como hemos contado. El Sr. Bouraise depositó su cuerpo al lado del de los de Nacquart y de Gondrée.

La muerte del Sr. Mounier impidió al Sr. Bourdaise seguir al Sr. de Laforest, que había suplicado al Misionero que le acompañara hasta el mar Rojo. Ejerció en Fort-Dauphin un fructuoso apostolado.

«El Sr. de Pronis, escribía, sigue reparando el Fuerte, y yo enseñando a rezar a Dios e instruyendo a estos pobres neófitos. Todos los días se bautizan algunos, veríais a veces a dos, tres, cuatro, ocho diez nuevos que vienen a aprender a rezar a Dios y a escuchar las oraciones. Habiéndome encontrado tres o cuatro veces a uno  que escuchaba de lejos, le pregunté qué hacía allí: «Yo, yo escucho solamente, respondió; tengo viruelas, me da vergüenza entrar en la casa  de Zanhare». Yo le digo que Dios no miraba más que el alma y que no era como los hombres, que miran la belleza del cuerpo. Me interrumpe y me dice: «Hágame pues rezar» Lo hice enseguida y demostró alegría. Lo mismo le ocurrió a un  a un pobre hombre que tiene rotas las dos piernas y camina sobre las dos manos.

«Su fervor crece día a día y aunque el Sr. de Pronis, que es hereje, nos haga un poco de sombra, no impidió que Dios recibiera gloria con ello. Invitado por él a decir a los franceses que asistieran a las oraciones de la mañana y de la tarde y que, él las haría al mismo tiempo en su habitación, me di cuenta que era para atraer a los negros, como en efecto sucedió. Ya que todos los que estaban a su servicio no iban a las oraciones más que a su casa, y me avisaron incluso que dos mujeres de los franceses estaban listas para asistir también. Yo las disuadí lo mejor que pude, sin por ello explicarles la diferencia de religión, cosa que siempre he ocultado.

Curaciones. Adivinos. Funerales.

«He bautizado a cuatro matrimonios de negros, es decir al hombre, la mujer y los hijos. El primero un buen anciano, de edad por lo menos de noventa años, se moría. Entré en su choza, tan pequeña que un hombre apenas podía estirarse cuan largo era, y tan baja, que estando de rodillas, la cabeza tocaba el techo. Allí encontré a su mujer, de la misma edad, que hacía fuego de día y de noche para calentar aquel cuerpo. Hablo al enfermo y me entero de su mal y le doy un poco de theriaque y buen alimento, y se cura. Al día siguiente, me le encuentro llevando leñas. Me dice «Tú eres un Dios, y yo estoy curado; soy tu esclavo para siempre». Le respondí que era Dios quien lo había hecho todo, quien había dado la fuerza de curar al medicamento; le dije que él vino a enseñar a rezarle a él y a su mujer, lo que han hecho todo los días con sus hijos».

En otra de sus cartas, el Sr. Bourdaise, que había adquirido la reputación de un cirujano hábil, cuenta que los nativos le llamaban de todas partes para curarse.

«Un buen adivino me vino últimamente a buscar para pedirme que fuera a curar, en su pueblo, a un hombre que, desde hacía más de tres meses, no dormía y sufría mucho de un absceso. El mal estaba en la pierna, hinchada, gorda como el cuerpo del hombre, toda llena de un pus que no podía salir por su piel endurecida. Al verlo, tomo un bisturí y, yo solo le pinché este apostema, que dio más de un cubo de pus. Estas pobres gentes estaban maravilladas. Tenía también una hinchazón en la espalda, en la que hice la misma operación, y el mal se pasó por completo.

«Los nativos del país están sometidos a una especie de disentería que se llama sorat, causada por la mala alimentación que toman durante tres meses del año. Este mal les produce la muerte en ocho días, y no tienen ningún remedio para defenderse. Yo les di un poco de theriaque, que ha curado a más de cien por la misericordia de Dios».

«Estos pobres Indios, dice el Sr Bourdaise en otra carta, recurren a mí en sus enfermedades. Lo cual me sirve de mucho, porque es entonces cuando me escuchan mejor. Por esto he bautizado a cuatro pequeños, que se murieron después y que, por consiguiente, subieron al cielo. Los hemos enterrado con las ceremonias de costumbre, llevando los pequeños de su misma edad cirios; había sobre el cuerpo un lienzo blanco y ramilletes.

Esto los impresionó sobre manera, pero les expliqué estas ceremonias y lo agradecieron, sobre todo cuando les aseguré que estos niños muertos después del bautismo eran como ángeles en el cielo. Un anciano, muy atrevido me interrumpió y dijo que había que llorar como de ordinario. Ahora bien, conviene saber que estos llantos consisten en matar animales, catar y saltar delante del cuerpo y en llevarle de beber y de comer. Les dije que sabían muy bien que el cuerpo se pudría y que no podía comer y que el alma, que no moría, ni comía tampoco, vivía de otra manera en el cielo, donde rezaba por ellos; que por lo demás, yo impedía al padre que tratara a sus amigos. Por entonces,  me dijeron que había hablado muy bien y que el anciano no era ningún sabio. Los padres y las madres después de esto se cortaron las trenzas y dejaron sus composturas.

«Me han dicho que cuando da a luz una mujer, debe declarar todo el mal que ha hecho; porque creen que, si ella no lo hubiera confesado todo, no podría ser madre. Son avances en medio de los cuales se los podrá llevar al sacramento de la penitencia».

Una vez solo Bourdaise prosiguió con coraje su apostolado. Con la aprobación del gobernador, recorría las chozas, expulsaba a las mujeres de mala vida, y tenía bastante suerte para hacer de muchas de ellas Magdalenas arrepentidas.

Como a la colonia le faltaban toda clase de provisiones, se resolvió una expedición nueva. Laforest se subió a una canoa que quería dirigir hacia Galhemboule, Sainte-Marie y le mar Rojo. En Galhemboule, él maltrató a los nativos que le masacraron. La canoa continuó su ruta, pero sólo trajo algunas toneladas de arroz.

Muerte del gobernador de Pronis. Imprudentes rigores de su sucesor des Perriers. Felices frutos de la mansedumbre del Misionero Bourdaise.

Durante esta expedición, Pronis, abrumado por tanto desastre, cayó enfermo y estuvo pronto a punto de morir. Mandó llamar a Bourdaise. El Misionero creyó que quería abjurar de su protestantismo, o más bien de su incredulidad; sólo quería confiarle a su hija; y el legado, caritativamente aceptado, expiró en la impenitencia de los crímenes con los que había llenado a la colonia naciente. La joven abjuró de su herejía, arrastró con su ejemplo a tres de sus correligionarios, de manera que no quedaron más que dos protestantes en el Fort-Dauphin.

Des Perriers sucedió a Pronis. A pesar de tantas experiencias fatales, inauguró su reinado con masacres, pillajes, ejecuciones tan torpes como injustas y crueles. Los jefes condenados a muerte pidieron el bautismo que Bourdaise, testigo impotente de estas abominables escenas, les administró. Los otros jefes iban a ejercer terribles represalias, cuando dos de ellos, temiendo la cólera de los franceses, vinieron a entregarse, con sus familias, a Des Perriers, como prenda de la fidelidad de sus padres. Otros jefes siguieron este ejemplo y entregaron a sus hijos. Durante su permanencia en el Fort-Dauphin, todos se hicieron instruir en la religión cristiana, asistieron  a la oración y a las ceremonias del culto católico. Bourdaise se disponía a bautizarlos; pero se concluyó la paz, regresaron a sus regiones, invitando tan sólo al Misionero a venir a instruir a sus súbditos.

Sin embargo el suelo devastado por el pillaje o devorado por la sequía no producía ya nada para comer. Los franceses estaban extenuados, los negros se morían de hambre. Sin recursos él también, Bourdaise va de puerta en puerta, recoge arroz, frutas, huesos, y distribuye así cada día una caldera llena de sopa a los más hambrientos, como se hacía en la misma época a la puerta de San Lázaro. Esta caridad conmueve a estas pobres gentes. Todos piden la señal del cristiano, jefes y vasallos. «Oh, escribía entonces a Vicente el Misionero, si hubiera aquí dos o tres sacerdotes, en un año todo este gran país de Anos sería bautizado. Yo procuro al menos inspirar el deseo, para que este bautismo in voto supla en la necesidad».

Heredero del odio de su padre Ramach, Dian Panolahé, quiso aprovecharse de estos desastres para exterminar a los franceses. Des Perriers le previno. Envió de noche a Fanshere un destacamento que se apoderó de su persona y la trajo. Estuvo toda tendida con lienzo blanca en Fort-Dauphin. El jefe pérfido iba a ser pasado por las armas, cuando Dian Machicore, su padre, vino a tratar de su liberación con Dian Mananghe. Eran estos mismos jefes que veíamos hace un momento como rehenes. Esta vez, Bourdaise tuvo el consuelo de acabar su obra. Bautizó solemnemente a los cinco niños de Machicore, el mayor de los cuales fue un cristiano perfecto. Mananghe le confió la educación cristiana de su hijo, y el padre de este jefe, anciano centenario, tocado por el ejemplo de estos jóvenes quiso también hacerse cristiano. La fiesta de la Purificación de 1656, celebrada con gran pompa, suscitó buenos deseos en las almas, y las fiestas de Pascua y de Pentecostés fueron solemnizadas por numerosos bautizos. El ruido de estas conversiones se difundió a lo lejos. Un anciano de setenta años, jefe de Imours, peligrosamente enfermo, después de invocar vanamente a sus oûlis o falsos dioses, pidió su curación al bautismo, y la obtuvo; esta curación maravillosa multiplicó el número de los cristianos.

Llegada de los nuevos misioneros, Dufour y Prévost (1656).

Mientras tanto Vicente de Paúl y la Meilleraye no se olvidaban de Madagascar, cuyo estado religioso habían podido conocer por Flacourt. Cuatro navíos partían para esta isla desde el puerto de La Rochelle. Tres misioneros, Mathurin de Belleville, Claude Dufour y Nicolas Prévost, abordaron el 29 de octubre de 1655; el 29 de mayo de 1656 la escuadrilla echó amarras frente a Fort-Dauphin.El navío que llevó al Sr.Dufour arribó el primero. Era la víspera del Corpus Christi, 1656.

«Pues bien, escribe el Sr. Bourdaise, fue un pequeño, que estaba en nuestra casa,  quien vio a lo lejos un navío. Fuimos corriendo a la iglesia a cantar el Te Deum. El barco entra en la rada; ero casi inmediatamente sale. Por fin, vuelve, vira en redondo y echa el ancla. Oh, ya no nos cabía la menor duda.

Y nuestra felicidad y nuestro corazón se estremecieron en particular cuando se oyó al cañón saludar y vimos descender al Sr, caballero de Sourdis y al señor Gueston, los cuales nos aseguraron en primer lugar que el navío era de Mons. el duque de la Meilleraye y que traía al Sr. Dufour«.

Retenidos uno por la gente del barco que le cuestionaban y le preguntaban  por las noticias de la colonia, el otro por los colonos que se felicitaban por ver llegar a un nuevo misionero, los dos hijos de san Vicente de Paúl tuvieron grandes dificultades en juntarse. Por fin, el Sr. Bourdaise consiguió del capitán el permiso de llevarse a tierra al Sr. Dufour.

La fiesta del Corpus en Madagascar.

«Me parecía ver a un ángel del cielo, era sonrosado como la rosa; pero ello no procedía más que del fuego interior de su celo, porque sentía en esos momentos el mal de tierra. Tenía las piernas hinchadas y ennegrecidas, a pesar de que lo ocultaba. Por la serenidad de su rostro parecía tener buena salud.

«Nos reunimos, desde esa misma tarde para ver lo debíamos hacer. Al día siguiente por la mañana, nuestro primer quehacer fue confesarnos uno con el otro. Y luego marcharnos, él al barco para desembarcar a los enfermos, y yo a dar la orden de alojarlos y proporcionarles lo que necesitaban. Empleé el resto del tiempo en preparar la iglesia para la procesión de la fiesta. Para ello, formé una especie de arcadas, adornadas con festones de papel blanco entrelazados de nudos de cintas rojas. Nuestra capilla estuvo cubierta con lienzo blanco. A falta de otra tapicería, las ramas y los follajes de los árboles servían para tapizar el camino por donde debía pasar la procesión. Hice tender de esteras el suelo en algunos lugares.

«Pedí al Sr Dufour que fuera el celebrante en esta solemnidad y llevara el Santísimo Sacramento, lo que hizo con mucha devoción y edificación. El Sr. caballero de Sourdís tenía la casulla; el Sr. gobernador y su lugarteniente llevaban el dosel, y cuatro mosqueteros marchaban en las cuatro puntas con otros cuatro que llevaban antorchas.

Cuatro pequeños indios, gentilmente vestidos, iban al frente, con una tinaja llena de flores con las que regaban el suelo, y otros dos incensaban con genuflexiones, según la costumbre en Francia. Revestido con sobrepelliz, yo me mantenía al lado del Sr Dufour para servirle de diácono y también por el buen orden.

Los fieles llevaban cirios encendidos. Fuimos así hasta el Fuerte donde se levantaba un monumento tan rico como lo permitía nuestra pobreza.

Nuestros buenos neófitos, que eran en número de trescientos, iban encantados y devotos fortaleciéndose más y más en la fe. Comprendían que tales honores no se podían hacer más que a un Dios. A la salida del Fuerte, dispararon todos los cañones y los soldados saludaron con disparos de mosquetes. Regresamos así a la iglesia donde se cantó la misa mayor. El Sr Dufour hizo una exhortación de la que muchos quedaron entusiasmados.

«Después de la misa, los franceses se quedaron por turno en adoración ante el  delante del Santísimo. Nuestros neófitos no dejaron escapar la ocasión  de manera que siempre hubo alguno mientras estuvo expuesto Nuestro Señor. El Sr. Dufour y yo fuimos luego a ocuparnos de los enfermos.

Dufour y Prévost van a la isla de Santa María. Allí sucumben. Bourdaise es el único sacerdote de nuevo en Madagascar.

Breve fue la alegría de Bourdaise. Después de algunos días pasados en el Fort-Dauphin donde, alcanzado él también por el escorbuto, Dufour hizo de consolador, de enfermero y de médico de los enfermos. Este misionero tuvo que ir a buscar a su cohermano Prévost a Santa María, lugar de su destino, y Bourdaise volvió a verse solo.

Du Rivau, el nuevo gobernador, después de instalar a cien colonos en Santa María que acaba de ocupar en nombre de la Meilleraye, hizo una campaña en el mar Rojo. A su regreso a ella, ya no encontró más que tumbas. El escorbuto había atacado a todos los franceses, reducidos ya a la extrema necesidad. Los dos misioneros se habían compartido con ellos su escasa ración, luego se habían condenado a un ayuno riguroso para dejarla entera. Enfermo, cansado por el clima, agotado por los trabajos de los cuerpos y de las almas, Dufour había pensado además en consagrar Santa María a los doce apóstoles y, siguiendo el plan, había partido para ir a plantar una cruz en cada uno de los doce barrios de la isla, atravesando los ríos, durmiendo en el santo suelo húmedo, expuesto a la lluvia y a los aedores del sol de los trópicos. En la décima estación, se había caído. Llevado a donde sus compañeros, había muerto a los ocho días; un mes después, Prévost le había seguido, expiraba el mes de septiembre de 1656 a bordo del navío La Duquesa que le traía de Santa María a Fort-Dauphin.

Por el momento, la soledad de Bourdaise amenazaba con ser eterna: «Ahí estaba yo en la mayor de las desgracias, mi querido Padre, escribía a Vicente, y en la situación de  no esperar nada en adelante ya que no tengo nada que perder, ni tal vez que esperar, a la vista de esta tierra ingrata que devora tan cruelmente, no ya a sus habitantes, sino a sus propios libertadores. Comprendéis bien, Señor, lo que tengo que deciros, y lo que yo querría poder callaros, para ahorrarnos a vos las lágrimas y a mí los suspiros. El Sr. de Belleville, de quien no he conocido más que el nombre y las virtudes, se ha muerto en el camino. El Sr. Prévost, después de enjugar las fatigas del viaje, ha muerto. El Sr. Dufour, a quien no he visto aquí más que para conocer el precio de lo que iba a perder, ha muerto. En fin, todos aquellos de vuestros hijos  que habéis enviado a Madagascar han muerto, y yo soy ese miserable siervo el único para daros la noticia«.

Para poner algún consuelo junto al dolor, Bourdasie contaba luego sus trabajos y sus éxitos. De Santa María, del Rivau había venido desesperado al Fort-Dauphin, luego se había embarcado para Francia tras una discusión inglesa, dejando a su lugarteniente Gueston el gobierno [200] de la colonia. Gueston había reconstruido el Fuerte, y Bourdaise había transportado su cabaña entre el pueblo de los negros y la habitación de los franceses para estar más al alcance de unos y de otros, y poder atender su servicio. Había hecho también construir una iglesia más amplia para contener a los numerosos neófitos, una gran cabaña para los catecismos, y otra para servir de hospital, a la espera de las Hijas de la Caridad. Esperaba verlas un  día sustituirle con los enfermos, de quienes por el momento, él debía ser, como todos sus cohermanos, el médico, el enfermero así como el director espiritual. Contando con nuevos misioneros, había comenzado un seminario con cinco jóvenes que podrían ser un día buenos sacerdotes, capaces de convertir a sus compatriotas. Mientras que Dufour y Prévost estaban con él, había pensado dejar a uno en el Fort-Dauphin, y recorrer los pueblos, quedándole a cada uno ocho días, hasta que un malgache supiera lo suficiente para rezar a Dios y enseñárselo a los demás. Con esto había cumplido con urgencia y con los pobres negros que le llamaban de todas partes.

Los cuatro jóvenes malgaches llevados por de Flancourt a París. Formados en San Lázaro. Sentimientos de san Vicente de Paúl.

Al mismo tiempo y siguiendo el mismo plan, los cuatro jóvenes negros de Madagascar, llevados por Flancourt en 1655, eran formados en San Lázaro. Tres de ellos habían sido bautizados de pequeños por Nacquart; pero, abandonados luego durante varios años, habían perdido casi todo conocimiento de Dios y toda práctica religiosa. El mayor de los cuatro no fue bautizado hasta París y tuvo por padrino a Luis XIV. Nada de emocionante y sublime como las recomendaciones de san Vicente de Paúl a propósito de estos cuatro jóvenes malgaches. En estos discursos es donde hay que ver el respeto que la fe inspira por la dignidad humana, aun oculta bajo las sombras de la barbarie y degradada hasta una especie de brutalidad. «Recomiendo a las oraciones de la Compañía, decía a los suyos, a estos cuatro pequeños negros que lo necesitan tanto, a fin de que Dios tenga a bien darse a conocer de ellos, y nos sugiera lo que hemos de hacer para su salvación Si tuviéramos aquí a un ángel entre nosotros, habría que emplearle en  la instrucción de estos pobres negros que la Providencia de Dios nos ha enviado, y su tiempo estaría bien empleado… Cuatro personas del país bien educadas, con dos de nuestros señores, ¿qué no se podría hacer? Cuatro son capaces de convertir las Indias; uno que tendría en sí al Hijo de Dios, uno solo portador del espíritu de Dios…Tratémoslos pues  con el mayor respeto, dulzura y moderación que podamos. Guardémonos mucho de burlarnos, que Dios no lo quiera! Instruyámoslos con nuestro ejemplo por doble razón, tratando de darles en la modestia que vean en nosotros buenos sentimientos, de Dios y de nuestra religión, para que, a imitación nuestra,  se vean llevados a servir a Dios y que, cuando estén en su país puedan decir que es verdad lo que les han dicho sobre el cristianismo. Pero si ven otra cosa ¿qué dirán de nosotros? ¿Qué opinión sacarán de nuestra religión, y qué podrán decir a los suyos?…Pidamos a Dios por ellos. Señores sacerdotes, les ruego que se acuerden de ellos en su sacrificio, y ustedes, hermanos míos, comulguen por esta intención, y digan todos los días alguna oración por ellos. Al verlos, elevemos nuestro espíritu a Dios y pidámosle que bendiga a estas pequeñas plantas para que crezcan en su amor. Hagamos algunos sacrificios, algunas mortificaciones, algunas disciplinas por esto; sí, algunas disciplinas, no podríamos tener mejores intenciones que la salvación de un alma, y Dios ha sufrido tantos latigazos por esto. Y sufriría también la muerte por el alma  del menor de estos niños. Oh Señores, nuestras mortificaciones no podrían emplearse mejor que con este fin. Ofrezcámoselas a Dios. Se lo pido por la salvación de estas pobres almas«. (Rep. de oración del 23 de agosto de 1655.)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.