«El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125).
«Lo que hacéis a uno de estos hermanos míos más pequeños a mí me lo hacéis» (Mt. 25, 40).
«¿Dónde está tu hermano?» (Gen.4,9).
Estas frases de la Palabra de Dios han ido jalonando e iluminando siempre mi experiencia de fe y de vida a lo largo de estos años.
Hoy, tras 14 años como Hija de la Caridad, puedo decir al Señor, mirando el camino recorrido, que «ha estado grande conmigo», que, como María, Él ha hecho obras grandes en mí, y por eso estoy alegre.
Ha hecho obras grandes y las sigue haciendo cada día; porque es un regalo descubrir que sigue fiándose de mí para hacer lo mismo que Él hizo: pasar haciendo el bien y acercándose a los más pequeños, a los sencillos, a los humildes, y descubrirle presente en cada uno. Es un regalo, pero también a la vez una tarea, una responsabilidad, una misión que me encomienda y que en estos años se ha ido fortaleciendo como una convicción en mi vida: El está ahí en cada hermano, esperando mi sonrisa, mi palabra, mi mano tendida.
Una convicción que se ha fortalecido en el tiempo vivido en Haití tras el terremoto y ahora en que tengo la suerte de volver a compartir el sufrimiento de este pueblo haitiano, azotado por una epidemia de cólera, la inestabilidad política, el hambre…
El Señor está ahí, cada día, esperando de mí una respuesta, esperando mi servicio hecho con entrega y alegría, un servicio que intente acercar la sonrisa, la ternura de Dios a tantos hermanos que sufren y que viven situaciones inimaginables.
Un día ante las imágenes del sufrimiento de Haití tras el temblor del 12 de Enero sentí que el Señor me preguntaba como a Caín: ¿Dónde está tu hermano? En esos momentos uno siempre tiene la tentación de responder como él: «¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?» Ya estoy haciendo bastante, estoy viviendo una vida entregada, comprometida…
Pero cuando el Señor habla, cuando llama y se escucha su voz… la voz de los pobres … esa voz se convierte, como decía San Vicente, en «tu peso y tu dolor». Y no puedes hacer otra cosa que salir de ti mismo, de tus comodidades y seguridades y vivir la alegría de sentirse instrumento, servidor, enviado… ¡Así es como el Señor me trajo a Haití! Y cuando ves como viven muchos hermanos nuestros, les escuchas, les vas conociendo,… ves cómo el Señor, en esta vida, nos sigue dando siempre el ciento por uno, cómo Él no se deja nunca vencer en generosidad.
Este tiempo en Haití es un tiempo de gracia para mi vida y mi vocación. Tiempo de gracia que me ha ayudado a afianzarme en mi vocación, un regalo que cada día descubro como un verdadero don que me llama a entregarme a Jesucristo en el servicio, un Cristo al que descubro vivo, presente, real, sufriente, en cada hermano.
Tiempo de gracia también porque aquí he visto la grandeza de vivir en la Compañía, que es internacional, en la que las diferencias son riquezas que nos ayudan y en la que, a pesar de ser distintas, nos une la gracia de una misma llamada, de una misma misión. Una Compañía que es una gran familia que se vuelca con el miembro más débil, con el que sufre, que pone todo lo que tiene a su servicio.
Además, cuando uno vive junto a los hermanos que sufren, palpa, de nuevo, la realidad de las palabras de San Vicente: «los pobres son vuestros maestros». De ellos aprendo cada día miles de actitudes que me ayudan a vivir. Aprendo el sentido de la verdadera oración, esa relación con Dios que se basa en la confianza de aquel que se sabe pequeño y se abandona en manos de un Padre que le Ama, por encima de nuestras debilidades. Un Padre a quien podemos confiar todas nuestras preocupaciones y dificultades, nuestros sueños e ilusiones,… y a quien agradecer todo cuanto recibimos, especialmente las cosas sencillas y pequeñas de cada día.
Ahí está el verdadero tesoro de la vida, en esas cosas sencillas que solo los humildes, los pequeños, son capaces de descubrir, y que nosotros en nuestra vida tecnificada, sofisticada, estresada, a veces no somos capaces de percibir: el regalo de un nuevo día, de una sonrisa, la belleza de la naturaleza, de ver a un niño jugando, lo extraordinario de una amanecer, de una mano amiga en el camino o de un hombro sobre el que apoyarnos cuando nos sentimos cansados… Esas pequeñas cosas me han ayudado a redescubrirlas y agradecerlas mis hermanos de Haití. Así como a valorar todo lo que tenemos, a mirar mi estilo de vida…
Cuando ves a la gente que tiene que caminar varias horas para conseguir agua que luego deben tratar para poderla beber, o esperar colas interminables para recibir una pequeña ayuda de arroz, o a niños trabajar vendiendo cualquier cosa por las calles para llevar una ayuda a su familia… ¿Cómo quejarse uno de nada? ¿Cómo decir que nos falta algo? Cuando ves a la gente morirse deshidratada a causa del cólera porque no tienen un centro sanitario, por pequeño que sea, a menos de 4 horas a pie, y cuando llegan este centro no tiene medicamentos para tratarlos, o personal para atenderlos… ¿Cómo podemos nosotros exigir nada?
Y ante esta situación el Señor cada día me dice, y nos dice a cada uno… «Estás llamado a ser mi testigo en medio del mundo», a ser «luz de las naciones para que todos vean mi salvación». Una salvación que pasa por trabajar para que tengan una vida más digna, por poner esperanza en medio de tanto sufrimiento, por mostrar al que lo ha perdido todo, incluso la salud, que no está sólo, que el Señor camina a su lado y sufre con él.
Por eso hoy doy gracias al Señor porque cada día confía en mí para esta misión, y porque sigue llamando a jóvenes valientes, libres, generosos, para ser siervos y evangelizadores de los pobres, para transmitirles su Buena Noticia de Amor.







