Testimonio: Amanda Kern

Francisco Javier Fernández ChentoHijas de la Caridad, Testigos vicencianosLeave a Comment

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Autor: Amanda Kern · Traductor: Javier F. Chento. · Año publicación original: 2011 · Fuente: Blog de Denise LaRock, H.C..
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Hola, soy Amanda y estoy en proceso de discernimiento para ingresar en el postulantado de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl.

A los 17 años, cuando discernía mi posible futuro en la vida religiosa, no me imaginaba que iba a estar aquí. Pero aquí estoy. Las Hijas de la Caridad no eran lo que yo buscaba en un primer momento. Si me hubieran preguntado hace cinco años «¿qué tipo de comunidad estás buscando?» (si decidiese, al fin, que la vida religiosa era para mí), hubiera contestado que quería una sin hábito, preferentemente de América y centrada principalmente en misiones extranjeras.

Las Hijas de la Caridad son una comunidad francesa dedicadas a servir a los pobres, no necesariamente en misiones extranjeras. Imagínate. Pero Dios siempre nos sorprende por caminos insospechados.

Entonces, ¿por qué quiero ser Hija de la Caridad? He estado buscando durante mucho tiempo, incluso un largo período con las salesianas, cuando era voluntaria con ellas en Bolivia. Pero me gusta pensar que lo que busco lo he encontrado aquí.

Las Hijas de la Caridad aman a los pobres. Sé que suena muy general. Para ilustrar mi frase, podría darte una lista de diferentes Hermanas y decirte su dedicación a los pobres. Podría seguir y seguir y seguir… mejor lo guardo para otro artículo.

Rosalía Rendu, una de las grandes (aunque a menudo olvidada) santas de las Hijas de la Caridad, dijo una vez: «Nunca he orado tan bien como cuando lo he hecho en las calles» (y, si tienes la oportunidad, ¡no dejes de leer algo sobre ella!). San Vicente de Paúl dijo, al fundar las Hijas de la Caridad, que las Hermanas han de salir de la capilla durante el tiempo de la oración si una persona pobre llama a su puerta; y eso sería «dejar a Dios por Dios», es decir, que dejarían al Dios presente en la capilla para encontrarse con el Dios presente en los pobres. Creo que eso lo dice todo.

Son hermanas con los pies en la tierra, sin miedo de ser ellas mismas. He conocido a una treintena de hermanas, como mínimo, que vivían en dos casas diferentes. He conocido Hermanas jóvenes y mayores, introvertidas y extrovertidas, ratones de biblioteca y aficionadas al deporte, trabajadoras sociales, maestras y enfermeras, conversas y fervientes católicas, pensadoras y afectivas. Son todas diferentes. Sin embargo, todas tienen esta centralidad y amor hacia su misión (servir a Cristo en los pobres) y su comunidad, que supera todas sus diferencias y les permite abrazarles con alegría.

Son santas. No sólo por su santidad absoluta, sino también por su valentía. Santa Luisa fue la primera fundadora de una comunidad religiosa que vive y trabaja fuera del convento. ¡Qué coraje debió de tener! Casi matan a la beata Rosalía Rendu cuando atravesaba una barricada en una de las locas revoluciones francesas, mientras las balas volaban a su alrededor, sólo por atender a los heridos del otro lado. Las cuatro mártires de Arras fueron guillotinadas por negarse a firmar una alianza que estaba en contradicción con sus creencias y misión. Valientes por amor a Cristo y por amor a los pobres, en los que encontraban a Cristo. Estoy convencida de que hoy en día hay Hermanas que siguen ese mismo espíritu –lo llevan en ellas– y muchas son, también, santas.

Una Hija de la Caridad es, para mí, alguien sin miedo a ser ella misma, alguien comprometida con Cristo en su oración y en sus obras con los pobres, con gran amor a la Iglesia, una persona que sigue los pasos de los fundadores 400 años después, pero con zapatos modernos, una persona que vive con alegría en su comunidad y en su trabajo. Yo no podría pedir nada mejor que ser una de ellas.

Santa Luisa dijo: «Quiero a todas aspiréis a ser santas… para hacer esto, queridas hermanas, debemos siempre tener delante de nuestros ojos a nuestro modelo, la ejemplar vida de Jesucristo. Estamos llamadas a imitar Su vida, no sólo como cristianas, sino como personas escogidas por Dios para servirle en la persona de los pobres«. (Santa Luisa a sor Ana Hardemont, 29 de agosto de 1648, L. 217, 260-61 SW)

A todas las que estáis discerniendo vuestra vocación: no voy a decir que las Hijas de la Caridad son la mejor comunidad que hay (no sólo no hay «mejores» cuando se ama y sirve a Cristo, también lo que puede ser mejor para mí, puede no serlo para ti), pero si las Hijas de Caridad te llaman la atención de alguna manera, si algo de lo que he dicho «suena como si fuera para ti», no tengas miedo a «saltar» y dar el siguiente paso, contactando con ellas por correo electrónico, haciendo preguntas, yendo a retiros, leyendo acerca de las Hijas de la Caridad… porque nunca se sabe si con ellas has encontrado la llamada que Dios te hace.

Paz,
Amanda

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