Testigos del Dios de la vida (Parte 4)

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: José Antonio Pagola .
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4. Testigo de un encuentro con Dios

El cristianismo no es una doctrina, una ley, un rito. Es una vida. Por eso, Jesús no ha instituido maestros, doctores o liturgistas sino testigos. No hay testigo si no hay comunicador de una experiencia.

1. Comunicación de una experiencia

Un testimonio sin experiencia alguna en el testigo es puro verbalismo, un concepto vacío. Es la experiencia la que motiva, impulsa y mantiene vivo el testimonio. El testigo no sólo cree «teóricamente» sino siente que cree; no sólo afirma que la salvación está en Jesucristo sino que la experimenta, la comprueba en sí mismo porque se siente amado por Dios. En Jesucristo vive «algo» inconfundible que no encuentra en otra parte, «algo» decisivo en su vida aunque no lo pueda expresar de manera clara y precisa.

No es el momento de estudiar la estructura de la experiencia cristiana.1 Basta decir que «experimentar» es probar, verificar, conocer algo por contacto personal, sentirse afectado por una realidad. La experiencia que impulsa al testigo es algo real que transforma su vida, no es una ilusión. Es algo cierto que él puede comprobar aunque no siempre lo pueda expresar. Es algo preciso e inconfundible y no algo vago y etéreo. Es algo vital, no algo muerto, aséptico, frío.

Por eso, el testigo comunica lo que vive, lo que está cambiando su vida, lo que la transforma. Ofrece su experiencia, no su sabiduría.

Irradia y contagia, no informa, no indoctrina, no instruye.

Se implica en su comunicación, está cogido por lo que comunica, no transmite un dato frío, desde fuera. Al testigo se le ve habitado por convencimientos más que por grandes saberes acerca de la fe, ofreciendo lo que a él le hace bien.

2. Irradiación de un encuentro

De la experiencia cristiana se pueden analizar muchos aspectos pero lo importante es captar que el núcleo de esta experiencia es el encuentro personal con el Dios vivo revelado en Jesucristo. Un encuentro que afecta a toda la persona porque «toca» la inteligencia, el corazón y la vida entera del creyente. Al comienzo tal vez, uno no percibe que esto es lo principal y decisivo, pero poco a poco va experimentando que la fe no consiste en creer algo sino en «creerle a alguien«. Esto lo cambia todo. Más que tener fe o poseer unas convicciones, ser creyente es saberse habitado por la Presencia amorosa de Dios, «ser poseído», sentirse «cogido por Cristo Jesús« (Flp 3,12).

«Creer» es una palabra que proviene del latín  «credere» (cor dare), es decir, «creer» significa «entregar el corazón« a alguien. Por eso, creer en Dios significa abrirse a su Misterio, intuir aunque sea de lejos su intimidad, confiar en él, reconocerlo como el centro de nuestra existencia, dejarnos transformar por él. Este encuentro es plenificante pero frágil. En esta experiencia hay etapas y grados; hay progresos y retrocesos; hay crecimiento y apagamientos. Como todo encuentro amoroso es inacabable. Cuando uno se encuentra con Dios es para seguir buscando cada vez con más anhelo y verdad. «Gusté de ti, y siento hambre y sed« decía san Agustín.2 No le buscaríamos si, de alguna manera, no lo hubiéramos encontrado. Y, sobre  todo, no lo encontraríamos si él no estuviera buscándonos.

El creyente va intuyendo que es Dios lo que en el fondo, y aún sin saberlo, anda buscando su corazón. Es Dios el que comienza a dar sentido a todo, el que llena todo de sentido, de luz, de esperanza y de vida. Un Dios que no llena el corazón del ser humano no es un Dios en el que se pueda creer. Y si el testigo anuncia a un Dios que no llena su corazón, está anunciando algo poco interesante. Su testimonio no puede decir mucho, no puede comunicar algo nuevo e inconfundible, no puede interesar mucho.

3. Saberse amado por Dios

Más que decir muchas cosas sobre la experiencia cristiana, lo importante es ver cómo se siente y se capta a sí mismo el creyente en este encuentro con Dios, pues es esto lo que va a transmitir y contagiar a otros. En pocas palabras podemos decir que la experiencia del testigo consiste en «vivir en y para el Amor«.3

El testigo no se siente mejor que otros: más bueno, más sacrificado, más entregado. Lo nuevo, lo diferente está en que vive la experiencia de saberse amado incondicionalmente por Dios, y se le nota. La novedad está en «vivir en el amor«. El creyente experimenta que lo más propio de Dios es el amor y, al mismo tiempo, capta que el ser humano está hecho para amar y ser amado: en el fondo, ¿qué busco yo detrás de todos mis esfuerzos? ¿qué buscan todos? ¿qué es lo más esencial, aquello sin lo cual ya nada sería posible vivir con sentido pleno y alegría verdadera? Si en el encuentro con Dios no se experimenta que Dios es Amor, y si no me experimento a mi mismo amado de manera incondicional, ese encuentro se da de manera abstracta, fría, vaga. La experiencia-clave es ésta: yo no puedo vivir sin amor y mi suerte está en que en Dios encuentro, como en ninguna otra parte, amor y sólo amor.

No es el momento de exponer teológicamente el amor de Dios pero sí de captar algo de lo que significa la afirmación central de la experiencia cristiana: «Dios es amor« (1 Jn 4,8). Cogidos por la actividad y las preocupaciones de cada día, no nos resulta fácil llegar hasta las verdades más fundamentales de nuestra existencia, pero todos sabemos íntimamente que no somos dueños de nuestro propio ser: yo vengo de lo desconocido y camino hacia lo desconocido. El misterio me envuelve por todas partes. El origen y el destino último de mi ser se me escapan. En Jesucristo voy descubriendo que ese Misterio silencioso, tremendo y fascinante al mismo tiempo, es Amor.

Detengámonos un poco. No es que Dios tiene amor hacia nosotros sino que es Amor. Todo su ser y su actuar es amor. De Dios sólo puede brotar amor. Como dice A. Torres Queiruga, «Dios ni sabe ni quiere ni puede hacer otra cosa sino amar«.4 Dios nos ama siempre, nos ama desde siempre y para siempre. Nadie le obliga a ello, nadie lo motiva desde fuera. El es así. El misterio de Dios consiste en amar. El es el «eterno Amante«.5 Nunca retira su amor a nadie.

En Dios el amor no es una actividad entre otras, sino que toda su actividad consiste en amar.

Si nos crea, sólo nos crea por amor.

Si interviene en nuestra vida es por amor.

Si nos juzga, nos juzga sólo por amor y con amor.

Desde esta fe, el testigo va ahondando en una experiencia nueva de Dios. Dios no es un ser «omnipotente» y peligroso, que puede hacer conmigo lo que quiera; Dios no lo puede todo, sólo puede y quiere amarme. Dios no es «omnisciente» para poder controlarme siempre, en todas partes, hasta lo más secreto de mi ser; Dios me penetra enteramente porque ama todo mi ser; nada queda fuera de su mirada amorosa.

Confesamos que Dios es amor pero luego proyectamos sobre ese amor nuestros fantasmas y nuestros miedos. Recortamos y deformamos su amor desde nuestra mediocridad y nuestros egoísmos. No nos atrevemos a creer que Dios es amor sin restricciones, amor incondicional e indestructible. Nos resulta «increíble«, algo demasiado hermoso para ser verdad. Por eso hay tan pocos testigos de Dios.

Por otra parte, un lenguaje persistente y mal entendido nos sigue hablando de «la ira», «los castigos» y «el juicio» de Dios, que nos hace ser prudentes. Al parecer, Dios nos ama con condiciones, si sabemos corresponderle. De esta manera, terminamos entendiendo y viviendo la experiencia del amor de Dios como si Dios no fuera amor sino alguien que ama como todos nosotros, incluso exigiendo más que lo que nosotros exigimos.

Por eso, cuando oímos hablar de la justicia de Dios, adoptamos una postura defensiva. Nos da miedo caer en manos de la justicia, mucho más caer en manos de la justicia de Dios. Se nos olvida que la justicia de Dios es la justicia del amor, la justicia de alguien que sólo puede juzgar con amor infinito. Al juzgarnos, Dios no está sometido a ninguna ley: no es un juez que imparte justicia ateniéndose a leyes externas a él. Dios sólo se atiene a su amor infinito, y no tiene que justificar ante nadie su amor a los que no se lo merecen. Dios es sólo amor y gracia. No es como nosotros. (Cnf. Os 11,9). Por eso dice san Pablo que Dios es justo porque «justifica al impío« (Ro 4,5). Ajustándose a su amor, Dios transforma al pecador y lo hace justo. San Pablo llega a decir que «hemos recibido en abundancia la gracia y el don de la justicia« (Ro 5,17).

Lo más decisivo y fundamental que comunica el testigo es su experiencia de ser amado incondicionalmente por Dios. Como dice H. Urs von Balthasar. «Lo primero que debía chocar a un no-cristiano de la fe del cristiano es que esa fe se aventura demasiado«.6

4. Poder vivir amando

El creyente vive sostenido por ese amor increíble de Dios, poseído por ese amor. Ese amor se convierte en algo constitutivo del testigo. Sin en ese amor se sentiría vacío, le faltaría precisamente lo que le hacer vivir. Inundado por el Amor de Dios, puede amar; sintiéndose amado puede vivir amando. Comienza a entender con una hondura nueva el mandato de Jesús: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor« (Jn 15,9). Muchas cosas se pueden y se deben hacer en la vida, pero esto es lo esencial: «permanecer en el amor«. Vivir en y para el amor. Como Cristo que, habitado por el amor del Padre, no sabe hacer otra cosa sino amar y amar justificando incluso a los que lo destruyen: «Padre, perdónalos« (Lc 23,34).

El teólogo canadiense B. Lonergan considera que creer es «estar enamorado de Dios«. Nada nos acerca mejor al núcleo de la fe cristiana que la experiencia del enamoramiento. Como todo enamoramiento, el enamoramiento de Dios nos rescata del aislamiento, nos libera de miedos, nos atrae hacia la persona amada, nos eleva y potencia, nos hace vivir amando. «Estar enamorado de Dios es, como puede experimentarse, estar enamorado sin restricción alguna. Todo amor es entrega de sí mismo, pero enamorarse de Dios es enamorarse sin limites, calificaciones, condiciones ni reservas«.7

Todo enamorado llega a vivir en la persona amada. Así le sucede al creyente que, de alguna manera, llega a vivir en Dios. Y es entonces cuando, habitado por ese amor, se siente atraído a vivir amando sin restricciones, como ama Dios que «hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos« (Mt 5,45). El amor de Dios que experimenta en su corazón es el mismo que vive, experimenta y dirige hacia toda persona que encuentra en su camino.

Para el testigo, el amor no es simplemente un valor moral o una ley. El amor es la vida misma vivida de manera auténtica y sana. La vida vivida desde su verdadero origen y orientada positivamente hacia su verdadera plenitud. La fuerza vital que circula por nuestro ser buscando expansión y plenitud sólo está orientada de forma positiva y acertada, cuando está impulsada por el amor y cuando está dirigida hacia el amor. La vida es vida cuando es vivida desde el amor y hacia el amor.

El amor pone en juego la capacidad afectiva y la inteligencia del testigo, su sensibilidad y vitalidad, sus gestos y su palabra, su personalidad entera.

El testigo puede hacer muchas cosas muy diferentes, pero siempre está haciendo lo mismo: amar.

El amor da unidad a la actividad del testigo, lo relaciona todo con la «fuente interior».

El amor estimula lo mejor que hay en él, dinamiza su persona, hace crecer sus energías, despliega su creatividad, pone color en la rutina diaria, da contenido interno a lo que hace.

El amor enraíza al testigo justamente en lo más hondo de su ser que es Dios, misterio de amor.

  1. M. GELABERT. Valoración cristiana de la experiencia, Sígueme, Salamanca 1990
  2. S. AGUSTÍN, Confesiones XXVII, 38
  3. M. GELABERT, o.c, 171-174
  4. A. TORRES QUEIRUGA,
  5. B. FORTE,
  6. H. URS VON BALTHASAR, Sólo el amor es digno de fe. Sígueme, Salamanca 1990, 94
  7. Citado por W. JOHNSTON, Enamorarse de Dios. Práctica de la oración cristiana. Herder, Barcelona 1998, 124

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