Teología de la Caridad según san Vicente (III)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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ESTRUCTURA FUNDAMENTAL DE LA CARIDAD EVANGELICA

Aunque no existe, en sentido estricto, una teología y una filosofía de la caridad, sin embargo, es evidente que ciertas fi­losofías, como el materialismo, excluyen el ejercicio de la ca­ridad y que algunas teologías desconocen el carácter primordial de la caridad, su aspecto divino, confinándola a funciones su­balternas. Sean cuales fueren los esfuerzos de estas teologías ali­mentadas de kantismo, de aristotelismo, de marxismo, de exis­tencialismo, o de estructuralismo, su poder se reducirá a la eclosión de un altruismo sentimental, impregnado de cordialidad, pero húmedo, poroso y anémico.

¿Cuáles son, pues, las estructuras o las subestructuras filosó­ficas y teológicas que condicionan más favorablemente la exis­tencia, la expresión, el desarrollo de la caridad de Jesús a tra­vés de los hombres? Como lo proclamaba Bossuet a propósito del quietismo, vemos ahora que, en esta cuestión, está en juego toda la religión.

Por mor de la claridad y de la brevedad, reduciré estas bases, que encontraremos de nuevo en la enseñanza vicenciana, a tres grandes polos.

«Ontología de Dios»

Nos es necesario partir de San Juan. Dios no es una abstracción, un arquetipo, ni un amor, sino el amor mismo. El Antiguo Testamento pudo presentir que el amor, sien­do el gran mandamiento, debía ser la «definición» más exacta de Dios. Pero no se trataba más que de un lenguaje creado para el hombre, de la transposición de una cierta categoría de imágenes… con algunos peligros. En Jesucristo, en el Nuevo Testamento,… Dios nos ha dado la prueba decisiva, exenta de todo equívoco. El acontecimiento del que depende toda la historia del mundo es una acción de amor. Entregando a la muerte a su hijo que­rido por nosotros, Dios nos ha probado que era AMOR para nosotros.

  • Nos ama con el amor con el que ama a su hijo
  • Nos hace capaces de amar con el amor con el que su hijo le ama.
  • Nos hace partícipes del amor que une el Padre y el Hijo y que es el Espíritu Santo.
  • En resumen, Dios no se define, es un misterio que se revela y en el que nos unimos progresivamente a él.

El hombre-ontología o antropología bíblica

Debemos declararlo con toda nitidez; no existe más que una antropología, la de la Revelación y fuera de esta antropología no hay lugar más que para una caricatura de la caridad evan­gélica.

La antropología bíblica difiere radicalmente, en dos puntos, de la filosofía común, la de ayer presentada con etiquetas aris­totélicas, la de hoy ofrecida bajo el pabellón marxista o exis­tencialista, la de mañana que se apoyará únicamente en datos perceptibles por los sentidos o la inteligencia.

Mientras que la Psicología ve en el cuerpo y ‘en el alma los dos componentes del ser humano, la revelación nos indica que el hombre es principalmente alma, en tanto que animado por el Espíritu de vida: el espíritu significa abertura a Dios, el cuerpo, el aspecto perecedero.

Mientras que para la filosofía griega, el hombre es un microcosmo que une lo espiritual y lo material, la revelación mira únicamente al hombre cara a Dios, del que es imagen. En lugar de encerrarse en un mundo natural y clausurado, ano­ta el P. Xavier Léon Dufour, abre la escena a dimensiones de historia cuyo principal actor es Dios, Dios que ha creado el hombre y que, para redimirlo, se ha hecho él mismo hombre. La antropología, que ya está vinculada a una teología, llega a ser inseparable de una cristología… Un hombre nuevo ha sido revelado; primeramente Cristo en persona, pero también todo creyente en el Señor Jesús.

Su existencia no está nunca más esclavizada por la carne. Su entendimiento ha sido re­novado. Debe morir incesantemente al hombre viejo, sin cesar debe progresar dejándose invadir por la imagen única que es Cristo.

  1. Metafísica del amor

Sobre este punto, no sólo existe una diferencia de nivel, de pureza, sino también una diferencia radical y esencial entre el amor humano presentado por la filosofía griega y el amor presentado por la Revelación.

Humanamente el amor es posesión, captación, por decirlo en términos corrientes, es cazador y alcahuete. El amor según la revelación es don incondicional al otro, es fidelidad y desin­terés. El amor, escribe Charles Wiener, revela en la cruz, de manera decisiva, su intensidad y su drama. Fue necesario que Jesús sufriese para que fuese revelada plenamente su obediencia al Padre y su amor a los suyos. Por la cruz, Dios es plenamente glorificado, el hombre Jesús y con él la huma­nidad entera merece ser amada por Dios sin reservas. Dios y el hombre participan en la unidad según la última plegaria de Jesús.

El amor inserto en el hombre le impele sin cesar a expan­dirse, a acrecentarse, a purificarse para universalizarse. Este amor, del que nadie puede separarse, nos urge y nos prepara al encuentro definitivo, desde el momento en que nos conozcamos como somos cono­cidos.

Estos tres polos, estos tres fundamentos: ontología de Dios, antropología y metafísica del amor impiden que la revelación se degrade en una filosofía, en una teología o en un sistema. Ellos le prescriben al hombre a asociarse al dinamismo creador y recreador, a la avanzadilla de Dios en el mundo. Ellos reclaman que la existencia cristiana sea epifanía de la gracia creadora y transformadora de Dios.

ANDRE DODIN

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