Teología de la Caridad según san Vicente (II)

Mitxel OlabuénagaEspiritualidad vicencianaLeave a Comment

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Dos RESPUESTAS A DOS CUESTIONES PREVIAS

Digámoslo en seguida, lo que se debate aquí no es la exis­tencia de una o varias teologías de la caridad, sino simplemente el valor y, por tanto, la eficacia sobrenatural de estas teologías.

Disculpadme esta sospecha y esta desconfianza, ya que una y otra tienen sus cartas de nobleza muy antiguas e incluso re­veladas. En los orígenes del cristianismo la revelación se dis­tancia y acusa a la sabiduría religiosa, la gnosis. Tenía miedo, y con razón, de ser diluida, absorbida por una sabiduría de­masiado humanizante que sublimaría la encarnación, la redu­ciría a palabras y a nebulosa, en una palabra, «vaciaría» la cruz sangrante de Cristo.

Desde el siglo pasado, el ambiente creado por el cardenal Newmann, el esfuerzo de Maurice Blondel, los debates sobre la filosofía cristiana, los análisis penetrantes del P. A. D. Sertillanges en su «Historia santa del pensamiento filosófico» (el Cristianismo y las filosofías), todo este trabajo ha exclarecido el carácter irreductible de la revelación, su aspecto vital y dinámico, el rol capital de la tradición, la palabra viva y per­durable.

Las conclusiones son tan preciosas y determinantes que el no recordarlas sería un pecado no solo mortal, sino también im­perdonable. Ellas nos permitirán, a continuación, precisar la originalidad dinámica de la caridad vicenciana.

El Cristianismo es una religión, es decir, una relación viva entre Dios y el hombre. Se fundamenta, esta religión, esen­cialmente en un hecho histórico. «Dios se ha manifestado en Jesús de Nazareth». La fe cristiana tiene su origen absoluto en una iniciativa de Dios imprevisible, improbable, escandalosa. No es un descubrimiento del hombre.

Este hombre, este suceso único se escapa y se escapará siempre a una filosofía de lo universal. Cristo no nos propone ni una filosofía ni una sabiduría, él es la sabiduría trascendente y recreadora que instaura una vida nueva, un nuevo modo de existencia fundado en el amor.

Su lenguaje y su mensaje no incluyen más que una exclu­sión: la inmovilización en un sistema cerrado. Las palabras, la obra, la persona de Cristo tratan de mantener el ser humano en abertura y en disponibilidad respecto de un otro completamen­te diferente, pero que le es más presente que el hombre lo es a sí mismo. Después de la venida de Cristo, el hombre está im­posibilitado de encerrarse en sí mismo, de organizarse por sí y para sí mismo, por muy sabiamente que lo haga.

El brote de amor de Dios en la humanidad va a ser so­metido (ayer y después de 2.000 años, mañana y hasta el final de los tiempos) a una triple tentación… tentación de envoltura que se esfuerza por inmovilizar… para mejor proteger y con­servar:

Envoltura institucional, preocupada por instaurar el or­den y la justicia y, para hacerlo, considera normalmente los seres corno cosas y no como gérmenes en desarrollo.

Envoltura cultural, preocupada de la satisfacción de los deseos y de los sueños; es el desarrollo del hombre por el hombre y del hombre para el hombre.

Envoltura mental, preocupada de la coherencia del pen­samiento consigo mismo, de la cohesión y de la adap­tación a lo visible real.

Sin duda alguna, y con éxito desigual, sus responsables se esforzarán por mantener el carácter evolutivo y la trascenden­cia, que proporciona a la revelación un carácter transhistórico, no importándole que los teólogos, innovadores por vocación y conservadores por profesión, estén siempre sometidos a una prueba desgarradora.

  1. Hemos de mantener a plena luz el riesgo, la tentación, incluso el pecado inconsciente, de manera particular en lo que concierne a nuestro propósito, porque ellos son permanentes e insistentes.

Tal será, ante todo, la reducción de la caridad a una virtud, incluso teologal, y asimilar la esencia de esta virtud, que es plenitud y don, al EROS, amor mendican­te y acaparador.

Tal será, la relegación, so pretexto de mayor claridad, del que encarna el amor a un segundo plano, esto es, al último lugar. ¿No está Cristo en el último lugar en la III.a pars de la Summa de Santo Tomás?

Tal será, en fin, la presentación de un Dios transcen­dente, pero lejano y como un interlocutor, llegando así a olvidar, de manera dulce y criminal, que él está en lo más íntimo de mí mismo, vivo en la simultaneidad de su eternidad y de mí existencia temporal.

  1. d) Para mantenerse en la verdad de Dios, la caridad ha de liberarse de todas las envolturas: institucionales, culturales, filosóficas, porque, para impregnar toda la creación en la que habita, el Dios del amor se hace todo a todos para estar todo en todos. Es decir, en sentido estricto no puede haber una filosofía o una teología de la caridad.

Todo lo que la caridad de Dios puede pedir a una filosofía o a una teología son servicios subalternos, aunque indispensa­bles. Yo veo tres:

  1. Una protección que secunde su lucidez, que facilite el repudio y la expulsión de todo lo que compromete su existencia y vitalidad. Para comprender la caridad no hay otro medio que contemplar y, quizás sufrir, las actuaciones de algunos se­res «caritativos».

Un apoyo más firme para un impulso, un movimiento y donación. En suma, proporcionar las piedras para atravesar el vado.

Una invitación, una iniciación, es decir, un entrena­miento en una manera de conocer, una manera de acceder a lo que no se ve a través de lo visible.

Según la indicación de San Pablo, hemos sido alcanzados por Dios en nuestra carrera y nosotros, a su vez, nos esforzamos por agarrar a aquel que nos ha alcanzado.

  1. Vicente de Paúl y la Caridad

Quién no recuerda la flecha avinagrada lanzada por el can­ciller Séguier, en el filme de Maurice Cloche (texto de Jean Anouilh): «La caridad… es Vd. quien la ha inventado. En otro tiempo no era más que una virtud, todo era perfecto. Pero Vd., Vd., la ha proyectado… ha removido cielo y tierra y lo ha hecho Vd. tan bien que la ha pegado en el brazo del gobierno, la caridad…

Antes de Vd., señor, también había pobres… ¡pero esto no impedía dormir a las buenas gentes! Ahora pululan por todas partes. ¡Palabra, se diría que Vd. los ha inventado!».

Esta réplica de Jean Anouilh sacude desagradablemente nuestra atención. Pero esta sacudida es providencial, porque ¡cómo no adormecernos repitiendo perezosamente que Vicente no tiene teología, ni doctrina original!; que fue un santo excep­cional, la más hermosa encarnación de la Providencia en el siglo xvii, pero esto se debió a su talante personal, a su miste­rio y llevó a la tumba su secreto. Todavía escuchamos al her­mano Bertrand Ducournau estar de acuerdo con esta opinión en el informe del 15 de agosto de 1658; Vicente le acompaña en sordina declarando: «soy un alumno de cuarta». Y a la Misión le dice que ha de seguir a «la mayoría de los sabios», que ha de ser uniforme, «mediocre», sin originalidad…

Estimulados por las flechas aceradas de Jean Anouilh, aler­tados por la precisiones que acabamos de recordar sobre las relaciones entre «Revelación, Teología y Filosofía», tengamos el coraje de realizar una exegesis enérgica de ciertos «lugares co­munes», que, vistos de cerca, no son más que acumulaciones residuales.

  1. a) Vicente de Paúl se declara «alumno de cuarta»

¿Sabemos comprenderlo? Indica que ha acortado sus hu­manidades, como la mayor parte de los buenos alumnos de los siglos XVI y XVII. Pero ¿es un ignorante? ¿A quién lo dice? Es lo que debemos examinar para comprenderlo.

En las 8.000 páginas de las obras de Vicente de Paúl, he anotado 105 humillaciones. 94 tienen, como punto de partida, sus pecados, sus abominaciones, sus defectos, etc…. en una pa­labra, sus deficiencias morales. Solamente 11 se refieren a su «ignorancia e incompetencia». Pero, ¿a quién habla de este modo? A obispos, a vicarios generales, algunas veces a los mi­sioneros, pero nunca a las Hijas de la Caridad. Sus interlocuto­res son personas, digamos, muy poseídas de sí mismas, fijadas en una seguridad habitual y funcional que las hace invulnera­bles y que no piden más que un consejo aprobatorio. Vicente se humilla para quebrantar su serenidad, para invitarles, mal de su grado, a reflexionar y hacerse obedecer: «Soy un igno­rante, lo sabéis». El interlocutor no sale de su asombro y, al final, no sabe cómo esa ignorancia sabe tanto. Lo que constata es que Vicente prosigue su discurso e inexorablemente le fuerza a aceptar su punto de vista.

¡Y que nosotros que tomamos en serio al señor Vicente, nos dejemos coger en la estratagema! Confesémoslo, él nos ha atrapado y nos ha llevado a su ribera en las redes de su hu­mildad.

  1. b) Las apreciaciones del hermano Bertrand Ducournau

El 15 de agosto de 1658 trata de movilizar a un equipo de estenógrafos para las conferencias del señor Vicente. Estas lla­madas de socorro y sus apreciaciones deben ser comprendidas en función de aquel que las ha formulado. ¿Qué es lo que dice? ¡Que el señor Vicente no decía más que cosas comunes, muy útiles para los que comienzan y para los misioneros y que las decía con una intensidad notable!

Pero ¿quién era él para que podamos adherirnos a su pa­recer? Si no ponemos atención en ello, corremos el riesgo de ser tan ingenuos y tan poco avisado como él… y él ha batido muchos records.

Este buen hermano, landés de nacimiento, Amou en 1614, re­cibido en la Congregación de la Misión a los 30 años, el 26 de julio de 1644, y habiendo hecho los votos el 9 de octubre de 1646, a partir del 3 de mayo de 1645 ejerció como secretario del señor Vicente sobrecargado de trabajo por los asuntos rela­tivos al Consejo de Conciencia. El hermano Bertrand Ducournau, murió a los 72 años de edad, el 3 de enero de 1686. Excelente grafista, dibujaba majestuosamente sus letras y conocía perfectamente su gramática.

Sin embargo, carece de toda cultura humanista y teológica. Versificador, que ni ha tocado ligeramente el ala de la poesía, compone versos baratos, lo que no perfeccionaba precisamente el buen funcionamiento de su cerebro. Su adhesión admirativa era mucho más notable que su juicio. A propósito de las confe­rencias del señor Vicente sobre las virtudes declaraba: «Estaba tan rebosante de lo que tenía que decir de nuestro bienaventu­rado Padre, que si no lo hubiese escrito, quizás hubiese reven­tado». Sin duda alguna, hizo bien en escribir para evitar la de­tonación. No podemos esperar de él más un eco material, fiel, pero incompleto de la enseñanza vicenciana. Después de todo, no nos podemos sentir desgraciados de que sólo haya consig­nado materialmente la palabra de su maestro. ¡Qué hubiésemos tenido si la hubiese puesto en verso… o la hubiese comentado!

  1. c) La tradición, después de las declaraciones del señor Vi­cente y de las seguridades del hermano Bertrand Ducournau, ha sido unánime y apacible. «Cuando uno habla mal de sí mismo, escribía maliciosamente E. Brémond, se corre el riesgo de ser tomado por la palabra». Es lo que ha sucedido y ¡con qué seriedad!

Apostaría a que los hombres que respiran seriedad, los que son solemnes en este particular, podrán repetir las palabras del señor Vicente, pero no llegarán a captar la fineza y sobre todo el movimiento de la vida vicenciana. Por esta razón ni el señor de Saint-Cyran, ni Antoine Arnauld, ni los de Port-Royal pu­dieron comprender la originalidad de la empresa vicenciana. El joven Racine aconsejaba, con un tono ácido, a las gentes de Port-Royal: «Está muy bien que os esforcéis por ser agradables, pero este no es el modo de serlo. Volved, pues, a la seriedad… es preciso que cada uno siga su vocación».

Es así como se agranda y se afirma la figura de Vicente de Paúl, extremadamente generoso, bonachón y tan amigo de los pobres que desearía permanecer en la ignorancia de los pobres.

Sin embargo, esta imagen no corresponde en nada a la reali­dad. Sabemos que, aunque el señor Vicente no era licenciado en Teología como escribe Abelly en 1664, ni doctor en Teología como afirma el autor de la «Galia christiana» en 1720, era, por el contrario, Bachiller en teología (12 de octubre de 1604) y licenciado en derecho por la Universidad de París».

De hecho, el cardenal Richelieu consulta a Vicente, desde 1634, sobre la validez del matrimonio de Gaston de Orleans con Margarita de Lorena. El gran Condé no duda en aceptar el sentido contrario de las palabras de humildad del señor Vi­cente.

El mismo señor Vicente no vacila en materia doctrinal, no solo en cuestiones de gracia actual, sino también en materia de ascética y mística: ved con qué autoridad el señor Vicente re­chaza y adopta autores en sus grandes conferencias. Escribiendo a Jacques Tholard, el 1 de febrero de 1640, no duda en decir: «No se preocupe de lo que me indica que le dicen sus confesores sobre esto; no están bien enterados ni tienen suficiente experien­cia de estas cosas. Me ofrezco para responder por usted delan­te de Dios».

Esto no podía impedir que los historiadores de la espiri­tualidad, que no tienen tiempo de saberlo todo y de conocer lo que enseñan, se queden en vaguedades y generalidades enga­ñosas. Pienso en Henri Brémond, en M. Pourrat, en 1925, J. Gautier en 1953, L. Gognet en 1966.

Lo que hubiera podido, al menos, ayudar a contemplar un poco más de cerca a este hombre, es que, a pesar de su igno­rancia, se manifiesta, a la vez como organizador de varias con­gregaciones y, sobre todo, inspirador de millones de personas. Y esto perdura después de tres siglos y medio… y creedme, aunque no soy profeta, perdurará todavía por mucho tiempo.

Una serie de afirmaciones de Charles Péguy en su anotación sobre «M. Bergson y la filosofía bergsoniana» nos sirve de acla­ración: Una gran filosofía no es la que pronuncia juicios definitivos, que instala una verdad definitiva, sino la que introduce una inquietud, que produce una gran conmoción».

Del mismo modo que Blas Pascal, de quien M. H. Gouhier decía que, durante siglos, había impedido que los filósofos se durmiesen…, así el señor Vicente, carente de todo sistema, im­pide que se duerman los teólogos y los autores de la espiritua­lidad y que se vendan, a escondidas, anestésicos, narcóticos o… droga.

Vamos a ver cómo…

ANDRE DODIN

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