Tener Fe en la Comunión de los Santos, en la Resurrección de la Carne y en la Vida Eterna

Francisco Javier Fernández ChentoFormación CristianaLeave a Comment

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Author: Santiago Azcarate, C.M. · Year of first publication: 2014 · Source: Web de la SSVP en España.
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Terminamos la recitación del «Credo» cada domingo confesando con el «Símbolo de los Apóstoles» que creo «en la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna».

En el fondo de esta última afirmación de fe hay una convicción firme de que la vida es lo que nos constituye y lo que se transciende. Una convicción de que el morir forma parte de una manera más maravillosa de vivir. Porque, como dice el prefacio de Difuntos, «la vida de los que en Dios creemos no termina, se transforma». Alcanza en la contemplación de Dios su plenitud y su sentido último.

El libro del Apocalipsis nos presenta una espléndida panorámica de esa plenitud que esperamos (Ap 21,1-7) Con absoluta convicción nos dice Juan que vio un cielo nuevo y una tierra nueva; la ciudad santa que Dios planta en medio de nosotros; la ciudad en la que no hay llanto, ni luto, ni dolor, porque todo allí es gozo, color y contento. Y es que ha pasado lo viejo: las envidias, los egoísmos, los recelos, las desigualdades, los abusos, la muerte. Y ha brotado lo nuevo: la magnanimidad, la generosidad, la confianza, la justicia, la vida. Es Jesucristo el que hace nuevas todas las cosas. Es Él el alfa y la omega, el principio y el fin, el que todo lo recrea. De Él venimos y a Él vamos; y en Él cobramos conciencia de nuestra condición de peregrinos. «Ser en la vida romeros, sólo romeros», que cantaba el poeta León Felipe. ¡Qué importante es que lo tengamos presente para no errar el camino, para no equivocar la meta, para no perdernos en otra dirección, para no tener miedo en el último paso!

En todo ese recorrido que tenemos que hacer hasta la meta, el Espíritu de Dios y la comunión de los santos son las dos fuerzas que nos ayudan a dar el paso final con fe y con coraje. «Creo en el Espíritu Santo… en la comunión de los santos… en la vida eterna». Cuando nos enfrentamos a la muerte, necesitamos afianzarnos en esas verdades de nuestra fe. Porque creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, Él nos infundirá su aliento más allá de la muerte. Porque creemos en la comunión de los santos, podemos apoyarnos en esa solidaridad universal de todos los creyentes. Y porque creemos en la resurrección de la carne, asentándonos en la resurrección de Jesucristo y en su promesa de vida, es por lo que podemos morir convencidos de que vamos a despertar a la eternidad.

Todos los seres humanos, vivos y difuntos, estamos conectados por la fe y el amor en Cristo. Estamos conectados con los santos que ya viven en el cielo y que se unen al poder intercesor de Jesucristo ante el Padre. Estamos conectados con los santos que esperan en el purgatorio la purificación definitiva y por los que debemos orar y guardar un afectuoso recuerdo. Y estamos conectados, por la oración y la fraternidad, con los santos que todavía peregrinan por este mundo. Cierto que nuestras oraciones por los difuntos no sirven para comprar su salida del purgatorio. Entre otras cosas porque el purgatorio no es un lugar y porque los criterios de aquí no rigen en el más allá. Pero cierto que, al orar por ellos, reafirmamos nuestra fe personal en la resurrección de la carne y en la vida eterna, y mantenemos vivos a nuestros difuntos en nuestro afecto y recuerdo. Ya dice García Márquez en un bello poema que «la muerte no viene con la vejez, sino con el olvido». Por eso es tan importante que llevemos en el corazón a las personas que hemos conocido y querido, para que al menos vivan mientras vivimos nosotros. Y si por nuestra oración las metemos en el corazón y en la memoria de Dios, aquellas personas a las que queremos vivirán siempre, porque a Dios ni se le para el corazón ni se le agota la memoria.

Es bueno, por todo esto, que reivindiquemos en nuestro talante creyente la hermosa verdad de la comunión de los santos. Esto significa que aquellas personas que han fallecido antes que nosotros y aquellas otras que morirán después pertenecen junto con todos nosotros a la gigantesca familia humana. Nosotros somos simplemente una pequeña parte de una comunidad mucho mayor a la que hemos de sentir como propia. Pertenecemos a todos aquellos que nos han precedido: nuestros padres y abuelos, nuestros Fundadores y consocios en las Conferencias, los Apóstoles y Jesucristo. Y pertenecemos también a todos aquellos que nos sucederán en el futuro. Hasta donde alcanza nuestra mirada o nuestra perspectiva, tanto hacia el pasado como hacia el futuro, nos encontramos con una gran multitud de testigos en la que nosotros mismos nos integramos. Estamos aquí tan sólo un momento. Nuestra existencia es como un paréntesis entre el de dónde y el hacia dónde. Pero queremos y debemos estar aquí por quienes han vivido antes que nosotros y por quienes vivirán después de nosotros. Creemos en la comunión de los santos como en esa increíble familia espiritual a la que pertenecemos y que hace posible nuestro paso por la vida. Y desde esa fe en el Dios de la vida y esa comunión con todos los santos, podemos aceptar amistosamente la muerte y vivir alentados por la esperanza.

Y es que desde la perspectiva de Jesucristo se invierte el sentido de la muerte y se abre para nosotros un horizonte nuevo. A partir de Cristo y en Cristo, la muerte ya no es un fin sino un paso: el paso de esta forma de vida terrena a la forma de vida glorificada. A partir de Cristo y en Cristo, la muerte ya no puede ser una desgracia, sino el último acto de libertad que cierra toda una vida de entrega y sacrificio por el prójimo. A partir de Cristo y en Cristo, la muerte supone para cada uno de nosotros, los cristianos, el encuentro definitivo con Dios nuestro Padre, a quien vemos por fin cara a cara.

Es por eso por lo que, en la medida en que vayamos ahogando nuestros malos sentimientos y nos esforcemos por amar a todos, iremos venciendo a la muerte y ganando la vida. Eso es lo que hizo Jesucristo; de ahí que desde su vida, muerte y resurrección todos los sepulcros tienen el mismo destino que el de Jesús: quedar vacíos. Jesús ha atravesado el ancho río de dolor que recorre el mundo y lo ha superado. Quizá nosotros no encontramos explicación ni lo vemos del todo claro. Pero estamos convencidos de que, formando parte de la gran marcha de libertad que Cristo encabeza, podemos salir adelante. Porque más allá de las tinieblas que nos envuelven hay una luz que nos alumbra, una esperanza que nos anima, una ilusión que nos impulsa. La luz, la esperanza y la ilusión que es Jesucristo. Y el mensaje entonces es claro: tengamos fe en Jesucristo porque Él nunca abandona a los suyos. ¡Que esa ilusión y esa esperanza sostengan toda nuestra vida!

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