Susana Guillemin: Vivir en la verdad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Ejercicios espirituales a Hermanas Sirvientes. Instrucciones. Ascensión-Pentecostés, 1967

Hemos hablado ya bastantes veces, en estas instrucciones de la mañana, de la Verdad, de la necesidad que tenemos de vivir en la Verdad. Quisiera, sin embargo, insistir un poco en ello, antes de pasar a otra cosa, ya que se trata de una cuestión básica.

En su lenguaje sencillo pero ¡tan profundo! que de tal manera lleva a Dios, San Vicente decía: «La sencillez… yo la llamo mi Evangelio». Es lo mismo que si se dijera: «La verdad es hacer a Dios presente». San Vicente tiene expresiones extremadamente sencillas pero llenas de una verdad teológica que queda al alcance de todos. Así es como formó a nuestras primeras Hermanas y como dio a la Comunidad una base de solidez extraordinaria. Porque a través de las enseñanzas más prácticas y en apariencia las más sencillas se encuentra siempre una verdad básica perfectamente establecida.

Como saben ustedes muy bien, la sencillez es una de nuestras virtudes particulares, una de las tres virtudes completamente específicas de nuestro estado. Hay que decir que, en su conjunto, la Comunidad ha conservado hasta ahora esa nota de sencillez que caracteriza a las buenas Hijas de la Caridad. No recuerdo ya quién decía: «Lo agradable en las Hijas de la Caridad es que todas son iguales. Cuando uno se dirije a ellas siempre le reciben de manera cordial, sencilla, directa. Se tiene la impresión de dirigirse a quien se conoce y que le conoce a uno». Esta sí que es una bonita alabanza. Tenemos que hacer lo posible por conservar en nuestra generación, y en las que vengan detrás, esa nota de sencillez, de desprendimiento de sí que permite darse por completo a los demás.

La sencillez va unida a la verdad, así como la humildad tiene mucho que ver con la pobreza. Ahora se habla mucho de verdad y de pobreza. En tiempos de San Vicente, las expresiones tenían un tinte más moral: se hablaba de sencillez y de humildad. Pero ambas coinciden de manera profunda. Se podría decír también que las características de nuestra vocación son la pobreza, la verdad y la caridad. Se podría decir lo mismo que decimos que las virtudes específicas de la vocación son la humildad, la sencillez y la caridad. Porque quiere decir exactamente lo mismo.

Vivir así en Dios, en esa magnífica verdad que nos lleva a la humildad, es algo absolutamente característico de lo que debemos ser. La sencillez es en cierto modo la irradiación de la verdad, es como su expresión externa.

Si decimos: «vamos a enseñar la sencillez a las Hermanas jóvenes; nosotras, Hermanas Sirvientes, vam os a enseñar a nuestras Hermanas a ser sencillas; vamos a emprenderla con su vocabulario, con sus modales, con su actitud, con su manera de ser». Mal; no es así como hay que empezar.

Empecemos por enseñarles a ser veraces, auténticas. Cuando consigan esto, serán sencillas Por lo demás, las jóvenes tienen este sentido de lo verdadero muy agudizado. No les importa ser sinceras hasta la brutalidad; lo que es no entender bien la verdad ni entender bien la sencillez; pero parte por lo menos de una buena intención, de un buen natural podríamos decir. Apoyémonos en esta tendencia de la juventud actual a buscar una verdad un tanto ruda y externa, para conducirlas a una hermosa sencillez que sea la irradiación de su pureza, de su verdad interior.

Y empecemos, ante todo, por nosotras mismas. Antes de pensar en las Hermanas, o más bien desde el momento en que pensamos en ellas y en lo que tienen que hacer, pensemos en lo que debemos hacer nosotras. Empecemos por ser, nosotras, absolutamente veraces en nuestra manera de ser, en nuestra actitud interior hacia Dios.

Que no haya nada artificial en esto. Era un poco el estilo del siglo XIX y de los otros siglos que nos han precedido: se acudía a Dios a través de oraciones de seis páginas y con expresiones inflamadas de amor que no correspondían en absoluto con el estado en que cada uno se encontraba interiormente. No es normal; eso no es la verdad. Es cierto que de vez en cuando necesitamos ayudarnos con fórmulas; cuando nos encontrarnos como un tronco ante el Señor, es bueno echar mano de un texto. Hay oraciones muy hermosas, muy sólidas desde el punto de vista doctrinal y desde el punto de vista sentimental, que sin embargo no representan un desfase con el estado normal de un alma. Sirvámonos de éstas. Pero también se dan expresiones por completo exageradas; de éstas es de las que habría que expurgar nuestras antiguas meditaciones porque a causa de ellas no respondían a nuestro pensamiento.

Seamos, pues, sencillas para con Díos. Cuando acudimos a El, empecemos por presentarnos tales y como somos.

Seamos sencillas también con nosotras mismas. Reconocernos, vernos como somos. Hace falta valor para vernos como somos, porque ¡quisiéramos tanto ser de otra forma! Tendemos de tal manera, con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas, a transformarnos, que a veces podríamos llegar a considerarnos otras de las que somos en realidad, a nuestros propios ojos por una parte, a los de Dios por otra y, lo que es peor, ante los hombres; estaríamos rondando la hipocresía. Tratemos, pues, de mantenernos en la realidad de nuestro ser, aunque tratemos también de transformar ese ser, poco a poco, en lo que deseamos sea.

No sólo tenemos que ser veraces en nuestras actitudes interiores, tenemos que serlo también en nuestras actitudes exteriores. Así tenemos que enseñar a las Hermanas a ser sencillamente lo que son, y a tratar de ser lo que deben ser. No faltan Hermanas que caerían con facilidad en querer darse una apariencia distinta, en ser más en todos los sentidos: intelectual, cultural, social, etc. Es tendencia humana querer aparentar más y mejor que lo que uno es. Enseñemos a las Hermanas que su verdadero valor estriba, precisamente, en su actitud religiosa, y de ninguna manera en lo que son ya intelectual, ya profesional, ya socialmente. Puede ser uno un genio en todos esos aspectos y ser una pésima religiosa, no tener valor alguno ante Dios ni ante los hombres. El valor, la calidad que siempre se le reconoce a una Hija de la Caridad es su valor religioso. Ahora bien, tampoco en este aspecto podemos superestimarnos.

Hay, a mi juicío, una palabra muy lamentable, que habría que borrar de nuestro vocabulario, aunque se conservara su realidad en la debida medida. Es: «Tenemos que servir de edificación al prójimo». Esto nos lleva en seguida a actitudes un tanto falsas. No hay que intentar edificar. Hay que comportarse de tal suerte que nuestra conducta edifique. Lo que es completamente distinto. Ahora se han cambiado los términos: en vez de decir «edificación», se dice «testimonio». Quiere decir lo mismo. Porque se puede intentar dar testimonio y tomar actitudes prefabricadas para ello; bien seguras podemos estar de que no habrá tal testimonio. Sólo causa impresión lo que es profunda e interiormente verdadero. Aun cuando hayamos conseguido, un día tras otro, admirar a alguien, eso se esfumará muy pronto, mientras que la gracia de Dios no pasa.

No olvidemos que la evangelización, la conquista de las almas, ese toque que se les llega a dar, es algo que procede de Dios. Nosotros podemos aportar nuestro pequeño grano de arena con nuestras actitudes, nuestra manera de ser, nuestro concurso, pero en definitiva siempre es Dios el que llega a las almas.

Si estamos llenas de Dios, porque interiormente estamos llenas de verdad y de caridad, seremos un instrumento excelente de la gracia. La gracia de Dios pasará por nosotras. Si, por el contrario, lo que tenemos es una actitud falsa —aun cuando no sea completamente consciente—, si no estamos plenamente unidas a Dios en nuestro interior porque nuestra actitud no es de verdad ni de caridad, la gracia de Dios no pasará.

Nuestras actitudes exteriores tienen que ser actitudes de verdad, no en el sentido de que sea necesario manifestar nuestras faltas: eso podría llegar a ser un contra testimonio. Pero cuando surge eh nosotras una deficíencia, una imperfección, tengamos la humildad de mostramos sencillamente como somos, pidiendo a Dios que, a pesar de eso que somos, toque los corazones de los demás. Ese sentimiento, esa actitud interior de humildad y de verdad hará que Dios se sirva acaso de nosotras para llegar al prójimo. Tenemos, pues, que dar ese testimonio personal de verdad, y al mismo tiempo, crear en cierto modo estructuras de verdad a nuestro alrededor.

En su Encíclica «Pacem in terris», Juan XXIII, a quien se considerará ciertamente como al gran maestro de la espiritualidad postconciliar,

«La convivencia civil sólo puede juzgarse ordenada, fructífera y congruente con la dignidad humana si se funda en la verdad. E,s una advertencia del Apóstol San Pablo: «Despojándonos de la mentira, hable cada uno Verdad con su prójimo, pues que todos sornos Miembros unos de otros».»

Como toda sociedad, como nuestta sociedad toda ella, nuestras casas deben tener estructuras tle verdad. Es necesario que una Hermana Sirviente se empeñe .en crear a su alrededor y a exigir ese clima de Verdad. Que jamás, nunca, nunca, nos permitamos la menor mentira y la, menor actitud engañosa. No debemos hacerlo, es un escándalo. Cuanelo puede decirse de una Hija de la Caridad: «ha mentido», cuando las gentes de fuera pueden decir: «tal Hermana ha mentido, no ha dicho la verdad», se produce un escándalo; lo que muestra hasta qué punto tienen las personas sencillas el sentido de Dios, porque se dan bien cuenta que desde el’ momento en ,que hay una mentira de por medio, Dios no está allí. Es una especie de certeza, una especie de prueba. Esa Hermana no vive en Dios porque miente.

Debo decir que la gente de fuera no distingue entre una mentira pequeña y una mentira grande. Tienen esa especie de buen sentido innato de las personas sencillas, para quienes la verdad es la verdad. Una mentira —igual a— Dios no está presente… Entonces viene el punto de interrogación «¿por qué esa Hermana es Hermana?, u otras veces: «¿Dios? ¿dónde está?»… Con actuaciones de ese tipo, damos una batalla a la fe de la gente, la ponemos en situación comprometida. No pueden menos de preguntarse: «Esa Hermana, en príncipio, es de Dios, pero Dios no está en ella». Puede que no lleguen a formular el razonamiento en esos términos, pero sí se da el mismo resultado en su pensamiento. Por el contrario, si en nuestras actitudes, en toda nuestra vida, en los menores detalles de cada día se abre paso el testimonio de la verdad y de la caridad, la fe de los que nos contemplan se despierta, recibe un aldabonazo, se hace más fuerte. Somos creadores de fe; somos fortalecedores de la fe de los que nos rodean, sencillamente por la forma en que vivimos la verdad y la caridad.

Que nuestra casa esté cimentada… voy a decirles cómo: en la verdad. Que sea verdaderamente por dentro lo que aparenta desde fuera. Podemos decirlo en los dos sentidos: que parezca lo que es, y que sea lo que parece. En estos puntos no puede tolerarse el menor desliz, no pueden tolerarse faltas. Prestemos gran atención, porque es muy fácil faltar.

Prestemos atención a los pequeños fraudes, que no son muy importantes, pero que sin embargo destruyen el clima de verdad. Aun cuando no está rotundamente mal, tampoco puede decirse que esté rotundamente bien. Dios no está ahí. Siempre es el mismo razonamiento. Dios no está en los pequeños fraudes: ¡cuidado con ellos! Por ejemplo: esos pequeños privilegios que antes se concedían a las Hermanas (ahora van desapareciendo felizmente, porque la gente tiene otro concepto de las cosas): el empleado del metro o del tranvía que no pedía el billete, porque se trataba de la Hermana. Es un pequeño fraude, es una pequeña mentira, es una pequeña falta a la justicia profesional. No digo que sea muy grave. Pero, Dios no está ahí, Dios no está ahí…

Examinemos esos pequeños detalles que constituyen la trama de la vida. Cuando se ven ciertas vidas, es como una seguridad deslumbrante: Ahí está Dios. Ahora que no nos oye, en la vida de Nuestro Muy Honorable Padre, ¡ahí está Dios! Es la verdad y la caridad en persona. Tenemos que llegar a ser almas así que irradien la verdad, que irradien la caridad.

Mucho mayor cuidado hemos de poner en los grandes fraudes. Los grandes fraudes que a veces se tiene demasiada tendencia a cubrir con un manto de legalidad. «No puedo hacer eso porque resaltaría en mis cuentas y podría verme cogida». No es ese el motivo por el que no debe hacerse. No debemos hacer trampas aunque de ellas hubiera de resultar una cantidad de dinero a favor de los pobres. No tenemos derecho a cometer el fraude. No nos está permitido.

No tenemos derecho, por ejemplo, a hacer declaraciones inexactas. Vamos de excursión con los niños; llevamos cincuenta y seis y declaramos cincuenta, diciéndonos «en el grupo, bien pueden pasar, no los van a contar, no ocurrirá nada». Pues es una mentira y es una injusticia. Es grave. Son cosas que no podemos en manera alguna hacer. Engañar, cometer fraudes… no dejarán de presentársenos ocasiones de ello, pero tenemos que guardarnos muy bien de hacerlo. El hecho de la presencia de una Hermana al frente de un grupo, de un establecimiento, en cualquier situación que se presente, debe ser para toda persona de fuera de la Comunidad, servicios administrativos, bienhechores, amistades, la garantía de la verdad. «Va una Hermana, seguro que todo está en regla». Tenemos que llegar a crear en torno nuestro esa mentalidad. Por la gracia de Dios, existe, pero no la ataquemos y, por supuesto, no para conservar nuestra buena reputación sino porque nuestra razón de ser en este mundo es la de hacer a Dios presente. Lo repito y lo repetiremos siempre… Hacer a Dios presente no es hablar de El en todo momento, es hacerle presente siendo lo que El es y porque El está con nosotras.

¡Cuántas veces también las Hermanas que están en Hospitales, en centros médicos, ambulatorios, las que atienden a los enfermos en sus domicilios, no se ven solicitadas a dar certificados falsos! No deben hacerlo, aun bajo el pretexto de la mayor caridad. No tenemos derecho a dar un certificado falso nunca, jamás. He citado otras veces un caso que se ha repetido en no sé cuántas ocasiones. Una Hermana va a cuidar en su domicilio a un abuelo o a una abuela enferma. El obrero le presenta una hoja de reembolso de la Seguridad Social: «Hermana, si le parece, vamos a ponerlo a nombre de mi mujer, porque ella tiene derecho al seguro y podré cobrar esa cantídad que suponen las visitas del médico y las medicinas, míentras que el abuelo, o la abuela, no tienen derecho al seguro». Es una tentación. ¿Voy a inclinarme del lado de la caridad para que esas pobres gentes puedan cobrar el seguro y resarcirse de los gastos de médico y farmacia que tanto agravan su presupuesto? ¿Hago un certificado falso? ¿firmo una hoja de enfermedad que garantiza que la enferma tiene derecho al seguro? ¿o me niego a hacerlo en nombre de la verdad y de la justicia?

Por doloroso que sea, no se puede dudar. No tenemos derecho a hacer eso. Si se les puede ayudar de otra manera, ayudémosles. Pero nunca se puede faltar a la justicia con pretexto de caridad. No sería un acto de caridad lo que se haría. Sería algo falso, sería un error. Es bastante difícil hacer comprender esto a algunas Hermanas, a las que arrastra su buen corazón: «Después de todo, el Estado es rico; la Seguridad Social es rica; ¿qué pueden importarle veinte mil francos menos? no tiene importancía». Es faltar a la verdad. Dios no está ahí. Es contra la justicia.

Debemos tener una conciencia muy sensible a todos esos puntos y no dejamos arrastrar por la opinión que reina en el ambiente. Tenemos que saber resistir. Y si resistimos, los que parecían desaprobarnos en un principio, acabarán por sentir respeto hacia las Hermanas en su conjunto y hacia la misma Iglesia, porque desgraciadamente por una parte y felizmente por otra, a través de nosotras se juzga a la Iglesia y a Dios.

A partir del momento en que una lleva un hábito religioso, ya no se compromete una sola. Llevamos siempre detrás de nosotras a la Compañía, a la Iglesia y a Dios. Todo lo que hacemos recae en ellos de una manera o de otra. Aunque nos quieran convencer de lo contrario, así es.

Hago un llamamiento a la memoria de las Hermanas que han asistido a muchas personas a la hora de la muerte, que a veces se han encontrado con dificultades para hacerles aceptar al sacerdote y los sacramentos. En ge,neral, aquellos que se nos escapan y a los que no podemos recobrar son los que en su vida han recibido un escándalo de algún sacerdote. Yo he visto desgraciados como esos que decían: «Hermana, yo rezo, hasta todo el día —y era verdad, tenían el rosario, rezaban—, me dirijo a Dios directamente y le pido perdón de mis culpas; estoy seguro de que El me oye. ¡Pero no me hable de Sacerdotes! ¿Cómo quiere usted que crea si he visto a sacerdotes hacer esto y lo otro?». Guardando la debida proporción, nuestra conducta recae así también en la opinión y en la fe de la gente. Entonces, tratemos de vivir en la verdad y de establecer estructuras de verdad en torno a nosotras.

Que nuestras cuentas sean exactas. Que haya una gran claridad en nuestras contabilidades. Que no tengamos un libro para presentar aquí y otro para presentar en otro sitio. No. ¡Nada de historias de esas! ¡De ninguna manera! Si nos encontramos con ello al llegar a una casa o a una organización, tenemos que arreglamos de forma que podamos ir reduciendo la cosa poco a poco hasta llegar a una situación absolutamente clara. Todo tiene que ser claro, pero sobre todo, en el plano económico.

Yo quisiera que pudiéramos llegar, en todas nuestras casas, en todas nuestras Provincias, a vivir normalmente. Pienso que la pobreza no consiste en tener una vida tan sórdida que llegue a comprometer la salud y la higiene, que no dé la nota justa de personas normales, como las que conviven en tomo nuestro. No pienso que la pobreza consista en eso, aunque no cabe duda que hay restricciones que imponerse; tiene que haber en nuestra vida cierta incomodidad, procedente de la práctica de la pobreza. Pero pienso que la pobreza consiste sobre todo en tener las manos libres de todo dinero retenido sin deber. Tendríamos que llegar a vivir normalmente en nuestras casas y, llegadas al final del ejercicio, al terminar el año, una vez cumplidos nuestros deberes con la Comunidad, la Provincia y la Curia generalicia, todo lo que fuera beneficio en la casa, distribuirlo, repartirlo, yo diría que ostensiblemente, no para que nos vean, pero sí para que se sepa que no nos quedamos con nada. Me parece que ahí está la verdadera pobreza.

Si acaso con cierto fondo de reserva, porque el abandono en Dios no impide de todas formas alguna prudencia. Estos días hemos leído que la prudencia es la virtud de los superiores, la virtud de los que mandan y tienen una responsabilidad. Si es posible, esa prudencia puede hacernos formar un fondo razonable de reserva. Esto está tolerado y aprobado por el Concilio. Pero una vez constituido ese fondo, abramos las manos, no retengamos el dinero. Que nuestro porvenir descanse en Dios. Y que todo esto sea claro, sea cosa sabida, conocida y que así se pueda destruir el mito de las Comunidades ricas, de las Comunidades avaras que tanto daño ha hecho a la Iglesia durante los últimos siglos. Así es como debemos establecer nuestras casas en una especie de estatuto de verdad.

Inclusive yo diría (se trata de un detalle): que esa verdad nuestra aparezca también en nuestros locales, en nuestro material. Es verdad que en el mundo se da ahora un retorno a la verdad. Gusta lo que es verdadero. En el plano de la arquitectura, en general las construcciones aparentan lo que son: antes se construía con un material y se decoraba simulando otro: falso mármol, falso oro, falsas flores y hasta falsas velas, todo era simulado. Había una apariencia pero no realidad. Todo era artificial. Importaba aparentar. Ahora se construye un altar de piedra o de cemento y se deja tal cual. Las velas, son velas de verdad. Cuando hay flores, son naturales. Y si no las hay, no se ponen flores y es mucho mejor. Sí, es cierto: se está dando un esfuerzo en el mundo y en la Iglesia, un esfuerzo muy notorio, hacia la verdad. Pero esta verdad exterior no es difícil. Mucho más difícil es conseguir esa veracidad en las actitudes interiores, en la vida moral. De todas formas pienso que la organización exterior, las cosas materiales que nos sirven de marco de vida, tienen una repercusión, crean un clima, forman en cierto modo unas estructuras.

Antes, hace algún tiempo, había Hermanas responsables de un oficio, que en realidad desempeñaba otra Hermana. Era una estructura de «no verdad». Todo esto debe desaparecer. Si no se puede hacer una cosa, no la hagamos; si se puede hacer, hagámosla. Pero hagámosla con toda daridad. Que todo el mundo pueda ver, investigar lo que hacemos y que después de haberlo examinado puedan decir: «La realidad es como aparece al exterior». Todo esto es extremadamente importante y forma parte de nuestro caminar hacia Dios.

 

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