Hoy nos hemos reunido, Hermanas, para ofrecer a Dios los dones que Le han hecho ustedes de su fidelidad, de su vida, de todo su ser. En ustedes tiene hoy cumplimiento —como lo tiene de generación en generación— la palabra de la Escritura: «Detrás de Ella —Ella, la Virgen María— las vírgenes, sus compañeras, son introducidas ante el Rey» (5, 44, 15).
En nuestro siglo, tan pobre de fe, tan imbuido de materialismo, tan sediento de realizaciones terrenas, quedan todavía almas que desprecian lo terreno y se adhieren sólo a Dios, para ofrecerse a El sin condiciones, sin límites ni de lugares, ni de tiempo, ni de extensión.
Son ustedes, ahora, «las que han sido llamadas y reunidas para honrar a Nuestro Señor Jesucristo». Con tantas otras, han sido distinguidas, amadas, escogidas de manera particular, y, por fin, llamadas. ¡Qué favor tan grande!
No sólo han recibido esa gracia insigne de la preferenda y la llamada, sino también esa otra, mil veces más valiosa, de responder «sí». Cristo va a triunfar en ustedes. Por eso, lo primero que les digo hoy es: «Den gracias al Señor». Demos juntas gracias al Señor. Démosle gracias por haber tomado la iniciativa, por habernos conservado y mantenido fieles hasta ahora a esas predilecciones suyas.
Pero hoy no es sólo día de acción de gracias. Es también día de promesas, de compromisos. Promesas, lo primero, por parte de Dios: Es Nuestro Señor quien habla. Las conoce como suyas, como propiedad que le pertenece. Las señala con su sello. Ahora a los ojos de todos, son ustedes de Dios. Llevan su signo, ese signo que es el Santo Hábito de las Hijas de la Caridad; de tal forma son de Dios que quien se atreviera a tocarlas, le ofendería a El, cometería una especie de sacrilegio. Exteriormente, y aun antes de haber pronunciado los Votos, son ustedes personas consagradas a Dios, entregadas, reservadas a El sólo.
Y de la misma manera que la esposa custodia el honor de su esposo, ustedes, por su parte, se comprometen, se hacen responsables del honor de Dios. El las reconoce como suyas. Todos los que en adelante las contemplen, esperan encontrar en ustedes una imagen, una reproducción, una prolongación de Nuestro Señor. En adelante, tiene que ser así, están ustedes comprometidas, se han obligado a que, a través de ustedes, te contemplen a El, a que Le descubran, a que Le amen en ustedes. Del mismo modo que ustedes deben verle en ellos, descubrirle y servirle en ellos.
Recuerden, Hermanas, que deben «honrar a Nuestro Señor Jesucristo como manantial y modelo de toda caridad». Se han responsabilizado de continuar la caridad de Cristo, de conservar para Dios, para la Iglesia y para los Pobres la llama que siempre ha ardido en el corazón de las Hijas de la Caridad en todo el mundo.
Hoy, junto con el Santo Hábito, les confiamos el honor de Cristo y el honor de la Comunidad. A ustedes corresponde hacer de ese Hábito el signo de la caridad que debe arder sin cesar en sus corazones, de esa Caridad que «nos apremia», como dice nuestra divisa, la Caridad de Jesús Crucificado.








