Susana Guillemin: Siervas de los pobres

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .

Publicado en Eco 1964, 413-416


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Se dice con frecuencia, y es muy cierto y de toda actualidad, que la hija de la Caridad es catequista por excelencia. Hemos de tener, sí, la preocupación por esa pobreza de la mayoría de nuestros contemporáneos que es la carencia espiritual, la situación de los que no reconocen a Dios, no creen en El y no le aman.

Una tarde volvía yo de las afueras de París y contemplaba aquellas barriadas… Había oscurecido ya. Se veían brillar centenares de miles de lucecitas: todas ellas representaban un hogar, un alma que latía… Y yo me preguntaba: «De todas estas familias, ¿cuántas habrá que no creen en Dios?» «Y entre las que creen, ¿cuántas que no practican? Indiferentes o alejadas de El por cuestiones morales…» ¡Qué pobreza!

Pues bien, de todos esos pobres somos «las siervas»: no sólo con una acción directa, sino también con nuestra acción indirecta. Por todas partes, tenemos que ser «siervas» de los que nos rodean y «siervas» de los que nos contemplan.

Hay individuos que se han visto atraídos hacia Dios tan sólo por ver pasar a una Hija de la Caridad. Había un pobre hombre que veía todos los días pasar a una Hermana que iba a servir a los pobres. Era una verdadera Hija de la Caridad, muy sencilla, muy modesta, profundamente unida a Dios. Ahora bien, la Hermana murió, y, aquel hombre dijo: «¡Que desgracia! ¡Ya no pasará más Dios por aquí!» Aquel hombre se tenía por incrédulo, y casi sin darse cuenta, la vista de aquella Hermana le había impresionado de tal forma que la Fe se despertaba en él, sin que apenas lo advirtiera. A través de la Hermana, había sentido a Dios.

Como «siervas» de ese mundo que nos contempla, estamos comprometidas en tal misión, no sólo en el momento preciso en que atendemos a los enfermos en el hospital o en que estamos dando una clase, o entramos en casa de los Pobres, o cumplimos, en una palabra, un acto cualquiera de «servicio de los Pobres»; sino que tenemos el deber —y el deber en virtud de un Voto, lo que es infinitamente más grande— de representar a Dios, de dárselo a todos esos pobres de alma, de corazón, de espíritu, pobres de bienes materiales o de bienes morales. En una palabra, hemos de ser «siervas» siempre y en todo lugar.

El deseo de dar a Dios al mundo tiene que obsesionarnos, no de una manera exaltada, que no sería el buen camino, el estilo de San Vicente, sino de una manera consciente, es decir, penetradas de nuestro deber, de la obligación que tenemos de ser, de verdad, profundamente, en todos los detalles de nuestra vida personal e interior, «Hijas de la Caridad» auténticas, «Hijas del amor de Dios», de tal suerte que se sienta a Dios en nosotras, porque en nosotras habita, y que los que nos rodean, los que pasan junto a nosotras, no puedan por menos de recibir una especie de revelación de Dios. Se operará tal vez sin que lo sepamos, quizá se dé progresivamente, pero poco a poco, en el corazón de los que no creen, crecerá el pensamiento de Dios, porque nosotras estaremos llenas de El.

Todo esto forma parte de nuestro servicio de los Pobres: sí, nuestra vida interior, nuestro grado de unión con Dios, nuestra vida de oración forman parte de ese servicio de los Pobres. Debemos ser para los Pobres, a los que estamos consagradas, verdaderas Hijas de la Caridad, penetradas de Dios.

Eso no quita, desde luego, para que una Hija de la Caridad deba estar al corriente de las leyes sociales. Tiene que saber lo que puede proporcionar por vía legal a los pobres, a las familias a las que visita o con las que tiene contacto. Tiene deber de justicia, si es maestra, de poseer conocimientos pedagógicos suficientes, así como los intelectuales que ha de enseriar; si es enfermera, en estricta justicia también, tiene que poseer la técnica de su oficio para poder cuidar bien a los enfermos.

Pero, al lado de todo eso, ya sea hospitalaria, educadora, catequista, etcétera, la Hija de la Caridad tiene que llenarse mucho más aún de bienes espirituales, para que, a través de ella, puedan llegar hasta los Pobres. Alguien ha dicho: «El Señor no puede hacer más hermoso regalo a los Pobres que el de darles una Hija de la Caridad», pero con tal de que sea una auténtica, una verdadera Hija de la Caridad.

Cuando a veces dejamos alguna Casa para establecernos en nuevas ciudades o poblados obreros, es porque se tiene la intención de que, por mediación de las que se han enviado, entre también en esas barriadas la presencia de Dios. Si esas Hermanas son lo que tienen que ser, si cada una tiene una vida espiritual profunda, ¡cuántas gracias se derramarán, aun fuera de toda acción apostólica! En primer lugar, la de llevar la presencia de Dios que mora en toda alma en estado de gracia; y, luego, esa fuerza de testimonio, esa predicación muda —anterior a la predicación de la palabra— esa transmisión que supone toda vida modelada según las enseñanzas del Evangelio.

Tengamos conciencia de la grandeza de nuestra responsabilidad. El llevar un hábito religioso supone muchas exigencias, y muchas exigencias supone también el presentarse en nombre de Dios y de la Iglesia.

Hay que ser lógicas y leales cuando en este mundo se elige un camino. Si nos damos a Cristo, si decimos al pronunciar los Votos: «renuncio»: «renuncio a los bienes de la tierra por la pobreza  renuncio a los bienes del corazón por la castidad  renuncio a los bienes de la voluntad por la obediencia  renuncio a la libre organización de mi actividad por el Servicio de los Pobres», eso tiene que traducirse en nuestra vida cotidiana. Tiene que ser visible a los ojos de los que nos contemplan. Dios no se revelará sino a condición de que el mundo pueda comprobar en nuestra conducta, que vivimos según nuestras convicciones, de conformidad con lo que va anunciando nuestro hábito, con lo que expresa nuestro exterior

Muchas veces se oye la expresión «trabajar en Iglesia». ¿Qué significa ese trabajo en Iglesia? Lo primero de todo, es trabajar nuestra propia alma, esa pequeña parcela de la Iglesia que se nos ha confiado, ese miembro de la gran Esposa del Señor.

Trabajar también en nuestra vida de comunidad local —que es otra realidad en la Iglesia— para dársela al Señor.

De modo que trabajar por la Iglesia es tratar de hacerla más bella, más pura e irreprochable, más agradable a los ojos de Dios, en esa pobre alma que es la nuestra, y en esa pequeña Comunidad local en la que estamos integradas. Trabajar en la Iglesia es hacer más pura, bella y agradable a los ojos de Dios a esa gran Comunidad que es la Compañía de las Hijas de la Caridad, una de las «joyas de la Iglesia».

Nuestro trabajo en nuestra alma, en nuestra Comunidad local y en la Compañía debe seguir exactamente la línea que describe el Santo Padre en su Encíclica «Ecclesiam suam». Si miramos hacia atrás, nos parece que se ha hecho bastante: la pequeña Compañía lleva mucho trabajado por el Señor; se ha mantenido en el espíritu de San Vicente, al servicio de los Pobres.

Sin embargo, Dios sabe muy bien que no dejamos de encontrar muchas deficiencias. Si dijéramos lo contrario, no estaríamos en la verdad. Pero tenemos que renovarnos, que ponernos al día; tenemos que adelantar en el amor de Dios; y tenemos que perfeccionar el servicio que le ofrecemos.

Tenemos que hacer de nosotras, Hijas de la Caridad, en el plano personal; de nosotras, Hijas de la Caridad, en el plano de la Comunidad local; de nosotras, Hijas de la Caridad, en el plano de la Compañía, un instrumento apostólico, un instrumento misionero animado de un espíritu mejor adaptado a las condiciones de la época actual. Así es como entraremos en el trabajo del Concilio.

Cuando se mantiene viva la llama del deseo de ir a Dios, de no darse por satisfecha, sino de querer siempre hacer más y mejor, se puede tener la seguridad de haber entrado en la vida de la Iglesia, de esa Iglesia que quiere ser «sierva y pobre», y en la que nosotras debemos ser, por todo lo que somos, y por todas partes en donde estemos; «siervas de los Pobres».

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