Susana Guillemin: Responsabilidad de la vida de oración

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Quisiera decirles unas palabras no a propósito de un aspecto de su vida al que pudiéramos llamar el más importante, sino de aquello que constituye el «alma» de su vida, aquello que le da alcance y solidez, es decir, de nuestra vida de oración y, al mismo tiempo, de las responsabilidades que tienen respecto de ella, como Hermanas Sirvientes.

Me parece que la oración es la expresión y el vínculo más fuerte de la vida de comunidad de una casa. Así es cómo, por otra parte, la sitúa el Concilio. El Decreto Perfectae Caritatis (no recuerdo el artículo, pero no importa, es el que trata de la vida en común) dice: «La vida común… debe perseverar en la oración y en la comunión del mismo espíritu». Y a continuación, da las características de esa oración: «…nutrida por la doctrina evangélica, la sagrada liturgia y señaladamente por la Eucaristía… a ejemplo de la Iglesia primitiva.»

Bien saben que de los primeros discípulos de Cristo, después de su muerte y resurección, se decía: «Perseveraban en la oración, con María la Madre de Jesús». La oración es la esencia misma de la vida religiosa.

El Decreto dice también en el artículo 6: «Los miembros de los institutos deben cultivar con asiduo empeño el espíritu de oración y la oración misma, bebiendo en las genuinas fuentes de la espiritualidad cristiana.»

(Las verdaderas fuentes que acabamos de nombrar:

—  Doctrina evangélica,

—  Sagrada liturgia,

—  Eucaristía).

Esas son las tres formas de nuestra oración, que nos presenta el Concilio.

Ahora bien, en su casa, la Hermana Sirviente es cabeza de la oración. En un hogar cristiano, se dice que el padre de familia es el jefe de la oración. Desgraciadamente, no siempre ni en todas partes se comprende así. Pero donde el cabeza de familia comprende su puesto, es hermoso ver cómo en esa familia cristiana el padre es en verdad el jefe de la oración familiar.

Pues bien, la Hermana Sirviente que es la madre, la cabeza en todos los aspectos, lo es ante todo en la oración comunitaria. Tiene, pues, que asumir esa función, pensar en ella y preocuparse de ella y, evidentemente, como siempre, hay que empezar por el principio.

Su primer deber en cuanto a esa posición de cabeza de la oración de su comunidad, es el de vitalizar sus propias convicciones. Pienso que durante estos Ejercicios uno de sus primeros interrogantes tendría que ser:

—  ¿Qué lugar ocupa la oración en mi vida?

—  ¿Es tan sólo una pequeñísima parte, un estrecho compartimiento, dentro de ella? ¿La reduzco al mínimo estrícto?

—  ¿A lo que prescribe la Regla, a lo que manda la Iglesia? y ¿me doy por contenta, considerando que he cumplido?

En tanto que la oración —aun cuando los tiempos fuertes que le están dedicados no pueden rebasar las prescripciones de la Regla—, la oración es algo que debe penetrar poco a poco toda mi vida. ¿Cuál es mi situación respecto a la oración? Esta pregunta es más real, más exacta que la de qué lugar ocupa la oración en mi vida, porque esta otra formulación hace pensar que la oración ocupa un lugar, es una parte, un compartimiento; y no es eso en absoluto.

La oración debe invadir poco a poco toda nuestra existencia, conduciéndonos así a lo que será nuestra vida eterna, oración constante en la contemplación del Se’ñor. No son éstas consideraciones que podríamos calificar de místicas, propias más bien de religiosas de clausura, sin más ocupación que la de orar. De ningún modo; se trata «absolutamente» de nuestra postura de Hijas de la Caridad. No es ni más ni menos que eso.

Entonces, preguntémonos qué representa la oración en mi vida, porque todo se centra ahí: Si todo queda cubierto por nuestra oración, si la oración se hace cargo de toda nuestra actividad y si toda nuestra acción se apoya y fundamenta en la oración.

Pero por lo que se refkre a ustedes, no basta con que se pregunten el lugar que ocupa en su vida y cuál es su situación con relación a la oración; tienen que extender esa pregunta: ¿y en la vida de mis compañeras?

La cosa resulta indudablemente más dificil, porque estamos en el terreno de la libertad individual. Pero de todas formas hay que plantearse la cuestión.

Durante sus Ejercicios reflexionen ante el Señor, aprovechando una de sus oraciones, o en otro momento, pero en presencia de Dios, ante el Santísimo Sacramento. Vayan pensando en cada una de sus compañeras y pregúntense: ¿y ésta? ¿lleva verdaderamente una vida de oración? ¿Cuáles son sus relaciones con Dios? Quédense con esa inquietud, aun cuando no vean de momento solución, aun cuando sepan muy bien que no tienen entrada en el interior de sus compañeras (saben perfectamente que es un terreno privado, reservado, sobre el que no tienen derecho a provocar confidencias), quédense con esa inquietud honda y profunda. No sólo en una visión de conjunto, sino con relación a cada una en particular. Si mantienen en ustedes esa inquietud, cuando llegue el momento oportuno, el Señor les inspirará las palabras que deben decir para poder ayudar a cada una a que adelante en la vida de oración que Dios espera de ella. Tengan, pues, esa inquietud íntima y por cada una, ante Dios.

Además, ¿qué lugar ocupq la oración en la vida de mi comunidad? Esa comunidad que se me ha confiádo ¿está verdaderamente unida por la oración? ¿Forma un solo corazón y una sola alma para dirigirse al Señor? Hemos visto cómo el Concilio, antes que cualquier otra cosa, cuida de unir, de soldar la comunidad en la oración. No hay verdadera comunidad si no existe una unión íntima de los corazones y los espíritus en la oración vocal y hasta en la oración mental.

¿Qué lugar ocupa la oración en nuestra vida apostólica? Tenemos a nuestro cargo personas que viven en torno a nosotras. Saben muy bien que no es expresión correcta (ha sido una de las que se ha tratado de desterrar con la reflexión conciliar) decir: «Trabajo en la salvación de las almas» o «tengo almas a mi cargo». No es que no sea cierto en alguna forma, pero suele objetarse: «No hablen de almas desencarnadas». Monseñor Bonnet solía decir: «Yo nunca he visto a un alma, siempre me he tropezado con personas». Es verdad, las almas, en este mundo, están unidas a un cuerpo; y no se puede llegar hasta un alma si no es preocupándose del individuo en su totalidad. Pero, en fin, en nuestra obra apostólica, que es una parte integrante de nuestra vocación, puesto que llega hasta ser objeto de un voto, en nuestra obra apostólica, ¿con quién contamos? ¿con nosotras? ¿con nuestra preparación, inteligencia, sentido del «otro», psicología, buenos deseos, diversidad de métodos… o bien contamos con esa arma infalible que es la oración? Verdaderamente, ¿se apoya nuestra acción en la oración y saca confianza y esperanza de ella?

Pienso que este examen acerca de su vida de oración y de la de sus compañeras y su comunidad, debe ocupar un puesto en unos Ejercicios serios de Hermanas Sirvientes. Puede decirse que es lo esencial, y a ese propósito se recuerda la rotunda sentencia de San Alfonso María de Ligorio: «El que reza, se salva; el que no reza, se condena». Indudablemente, ahí esta la verdad. Todo el valor de una vida está en función del valor de su oración.

Así, pues, su primera obligación es reavivar sus convicciones y afianzar su deseo. Hay una palabra de la Sagrada Escritura que me gusta mucho y que cito con frecuencia: me parece que refleja muy bien la actitud de Dios hacia nosotros. El Señor dijo a Daniel: «Te he escuchado porque eres un hombre de deseos». Creo que debemos mantener, con relación a Dios, un deseo interior, constante, sin cesar renovado en la oración, la reflexión, la meditación.

No podemos dejar que nuestra voluntad, ni siquiera nuestros sentimientos, se enfríen. Es verdad que nos vemos impotentes, nos sentimos tibias, nada nos anima para dirigirnos hacia Dios. Todas sabemos lo que es esto, todas hemos pasado por periodos en los que tenemos la impresión de que nada nos conmueve ni nos ayuda a orar, a elevarnos hasta el Señor. Entonces es cuando tenemos que reaccionar, hacernos cargo de nosotras mismas, atizar los deseos, reanimar las convicciones, hacer uso de la voluntad, sabiendo lo que queremos.

En nuestra vida personal, en nuestra vida de relación con Dios, tenemos que vigilarnos continuamente para, con un acto de la voluntad, relanzarnos de nuevo al encuentro del Señor. Es un acto contínuo de conversión lo que tenemos que hacer. No podemos perder de vista esa necesidad de conversión. Somos pobres seres humanos y, de manera inevitable, nos vemos arrastradas por nuestra actividad de cada día, por las preocupaciones propias del oficio, de la administración, por las dificultades en el trato con las demás, con las compañeras, con las otras personas de fuera de la comunidad, con los servicios /públicos y otros. Sí, nos vemos inquietas, preocupadas, aprehendidas… pero todo eso debemos vivirlo de distinta manera.

Tenemos la tendencia a reconcentrarnos, a volcamos en las cosas de este mundo, a considerar como lo esencial todo ese cúmulo de detalles que forman nuestra jornada. No. De continuo debemos orientar nuestro espíritu, nuestro corazón, nuestra alma hacia Dios. Fijarnos una meta. Cuando se quiere disparar una flecha o un tiro de pistola, lo primero que hay que hacer es apuntar al blanco. Toda la trayectoria de nuestra vida debe estar así orientada a Dios por un deseo constante que emane de todos los instantes de nuestra existencia. Fijarnos una convicción profunda, mantener un deseo ardiente en nosotras y, en tanto sea posible —pues nos encontramos frente a la libertad de los demás—, en nuestras Compañeras, en nuestra comunidad.

Después, hay que organizar la vida de oración de la comunidad.

Es una responsabilidad que les incumbe directamente. Me dirán ustedes: «yo no tengo que organizar la vida de oración de mi comunidad porque ya está organizada, está organizada por las Santas Reglas, por la costumbre de la Comunidad. Por lo tanto, no tengo más que ajustarme a ese marco.»

No es del todo exacto.

Lo que está organizado por la comunidad, por las Reglas, por las Constituciones, es lo que hay que cumplir. Por ejemplo, los actos de piedad que debemos hacer a lo largo del día. Lo primero, tenemos que cercionarnos de que se cumplen. Después, habrá que pensar si el horario, la sucesión de unos y otros son adecuados o hay que reformarlos.

Tenemos unas Reglas muy prudentes y unos Fundadores más prudentes todavía que las Reglas que hicieron, ya que a cada reglamento que daban a las Hermanas cuidaban de añadir: «a condición de que el servicio de los Pobres lo permita», «a condición de que el servicio de los Pobres no sufra detrimento o no se descuide.»

Lo que nos muestra una flexibilidad en las órdenes dadas. Por eso, una de las cosas que incumben precisamente a la Hermana Sirviente es ver si el horario, el horario regular que se aplica en el conjunto de la Compañía o de la Provincia, es aplicable en la comunidad, de suerte que, de seguirlo, cada una podrá obsevarlo personalmente y en comunidad. Son los dos aspectos que consíderar.

Que cada Hermana disponga del tiempo necesario para su vida de oración y que ese tiempo de oración pueda llevarse, en cuanto sea posible, en comunidad.

Entonces, si tienen que modificar ese horario, deben razonarlo en función de las necesidades de cada una, por una parte, y, por otra, en función de ese objetivo que han de tener siempre presente: la unión, la vida fraterna.

Pienso que tienen, delante de Dios, la responsabilidad de razonar la vida de oración de su comunidad. Por la mañana, hay posibilidad de rezar Laudes lo primero, o bien de dejarlos para después de la oración, según convenga mejor para las actividades de la casa o, incluso, simplemente, para la utilización de la capilla. Hay toda una serie de cosas que pueden entrar en juego. Por consiguiente, presten todo interés a la organización general de los tiempos fuertes de oración, teniendo en cuenta, por un lado, la vida de cada una de las Hermanas y, por otro, la vida comunitaria.

La Hermana Sirviente no tiene sólo el deber de organizar la vida de oración; le incumbe asímismo, como deber primordial, presidirla, coordinarla, ser su lazo de unión.

No pierdan de vista esa vocación de ser el vínculo, el lugar de encuentro de la comunidad. Presidir la oración es muy importante.

Y lo primero, lo primero en que consiste, es en estar presente.

Cuando la Hermana Sirviente no llega a tiempo, hay muchas probabilidades de que las compañeras se permitan seguir el ejemplo. Entonces, suele darse un espectáculo penoso. Da la hora para empezar la oración o el examen. En general, no ocurre con las preces de la noche o de la mañana. Pero ¡en los exámenes! ¡en la oración de la tarde! Se encuentra una Hermana sola, o tres, pongamos cuatro o cinco si la comunidad es numerosa. Da la hora y se vacila porque no está la Hermana Sirviente. Por fin, una se decide a rezar el Veni Sancte Spiritus; luego van llegando las demás durante diez minutos o un cuarto de hora, de manera que la media hora dedicada a la oración transcurre sin que toda la comunidad haya estado presente.

No es muy halagüeño para el Señor que lo está presenciando.

Es verdad que cada una puede tener una excusa. ¿Una verdadera razón? Con un pequeño esfuerzo de voluntad, con sólo tener el deseo verdaderamente centrado en el Señor, con una voluntad firme de agradarle, la mayoría de las veces todas hubieran podido llegar a tiempo. Tampoco hay que exagerar y ya comprenden en qué sentido lo digo.

Hay Hermanas Sirvientes que, con una gran bondad de corazón y de ánimo, lo dejan pasar, diciéndose: «no ha podido hacer de otra forma». Pero no se toman el cuidado de controlar, y las Hermanas acaban obrando a capricho. Otras, por el contrario, son demasiado estrictas, y formarán toda una hístoria a sus pobres compañeras que lleguen tarde, aun cuando les están dando razones completamente ciertas y verdaderas, fundadas en absoluta caridad.

Entonces, ¿qué hay que hacer? Que cada una de ustedes ruegue al Espíritu Santo para saber cómo comportarse con cada una de sus compañeras y cómo ser lo suficientemente exigente para que la presencia de la Comunidad esté asegurada en todos esos tiempos de oración, sin dejar, por ello, que en la vida de cada una la caridad ocupe el primer puesto, ya que estamos hechas para la caridad.

Es algo verdaderamente difícil de llevar a cabo en una perfecta justicia, o más bien en una perfecta equidad.

Por eso, pidan al Espíritu Santo que les enseñe lo que tienen que hacer. Y, al mismo tiempo, cuiden de inspirar a su comunidad el deseo, el sentido de esa belleza de la oración en común, de presentarse ante el Señor todas unidas. ¡Es magnífico! Cuando oigan tocar la campana, es preciso que recobren si lo han perdido, o que conserven si lo tienen, ese sentido de la respuesta religiosa de una comunidad que, a la hora señalada, al toque de campana o de timbre o de lo que se quiera, o simplemente al aviso de la conciencia, si la campana no se toca, marcha unida, dejándolo todo, al encuentro del Señor, y, ante El, le presenta las necesidades de todas aquellas personas de quienes nos cuidamos.

Quizá obtengamos mejores resultados no ya bombardeando a reproches a una Hermana que llega tarde y que quizá ese día, por casualidad, tenía un motivo verdadero para ese retraso —siempre es difícil saberlo— sino inspirando a las Hermanas la comprensión, el sentido, el gusto, el deseo de esa oración en común, de esa reunión de todas ante el Señor. Siempre llegaremos a mejores resultados creando convicciones que amaestrando a golpes de disciplina.

Es posible que ese intento de crear convicciones sea más lento para conseguir una comunidad perfecta; pero también lo es que cuando una comunidad haya llegado por fin a constituirse, lo será más en profundidad, lo será en la unión de unas Hermanas que, libremente, por convicción plena, responden a su deber. Mientras que sí fuera el fruto de una disciplina externa, impuesta, apenas diera media vuelta la Hermana Sirviente, la cosa decaería en desorganización y desorden.

Así pues, la Hermana Sirviente ha de presidir la oración, cuidar de que se haga en común, garantizar no sólo su propia presencia, sino la de sus compañeras.

Debe cuidar también de la perfección con que se haga.

Ya saben que esta obra de la oración se llama en la Iglesia, con mayúsculas, «OPUS DEI». El gran Oficio, la Obra de Dios, y hay Congregaciones que no tienen otra razón de ser que ese «Opus Dei». Por ejemplo, la Orden Benedictina toda ella gira en torno al Oficio Divino, a rezarlo con toda perfección para asegurar la alabanza de la Iglesia a su Esposo.

En cuanto a nosotras, la finalidad directa de nuestra vida no es el rezo del Oficio Divino, pero, para responder al deseo de la Iglesia y a la evolución litúrgica actual, hemos adoptado una mínima parte de ese Oficio, lo suficientemente importante por lo que se refiere a Laudes.

La Hermana Sirviente tiene que cuidar de que se rece con perfección el Oficio. Como se les dice en la ficha correspondiente del Consuetudinario, la forma de rezar Laudes y Completas, la perfección exterior que se pone en ello, es ya una alabanza, un homenaje a Dios.

Homenaje a Dios y serial, además, de la unión que reina en la comunidad. Ese rezo requiere cierto esfuerzo, porque no se trata de murmurar cada una las frases como le venga en gana, sin tener en cuenta el ritmo, las pausas, etc. Ni tampoco cada una con su propio tono más o menos en desacuerdo con el de la de al lado. El sentido comunitario de una comunidad se manifiesta en la forma de rezar en común. Para llegar a una recitación común, hay que tener cierto sentido de la comunidad, cierto sentido de los demás.

Por ejemplo, hay que fijarse en no empezar los versículos antes que el conjunto; en observar la pausa que se llama mediante (en su breviario consiste sencillamente en detenerse medio segundo al final de cada línea); en no hacer pausas suplementarias en medio de un versículo, ni detenerse en todas las comas. La pausa se hace al final del versículo y nada más, no en otro lugar. Fijarse, por último, en terminar con toda la comunidad.

Son cosas muy pequeñas pero que piden mucho amor de Dios. Requieren también disciplina propia y tolerancia de los demás. Siempre tendemos a pensar que las que van más aprisa que nosotras corren demasiado, y que las que van más despacio, son muy lentas: el buen ritmo es el nuestro… Y no es eso.

El buen ritmo es el del conjunto y cada una tíene que adaptarse a él: así lo pide la caridad fraterna que se manifiesta en gestos semejantes. Entre paréntesis: no hay nada más molesto, cuando se reza juntas, que oir siempre a la misma Hermana terminar un segundo después que las otras. ¡Qué quieren! hay gente que es así, y es sin duda muy molesto. A esa Hermana, yo le diría: «póngase al ritmo de las demás». A las que tienen que escucharla: «sopórtenla; la caridad consiste en soportar». Y a la Hermana Sirviente: «de vez en cuando no deje de llamarle la atención con delicadeza». Pero, ya saben, a veces es muy difícil de corregir; cuesta más corregir cosas así que grandes defectos.

De todas formas, tratemos de conseguir la perfección en el rezo. Es ya un homenaje que tributamos al Señor, y merece la pena; por El, por nosotras mismas y por los que nos escuchan. Es hermoso escuchar a una comunidad que, todos los días, a la misma hora, empieza a alabar al Señor. La vecindad sin duda lo oye y para ella es un recordatorio de la presencia de Dios, al mismo tiempo que una edificación. Por eso, la regularidad y el sentido de la belleza en el rezo del Oficio constituyen una predicación muda.

La gran responsabilidad de la Hermana Sirviente, en relación con la oración, es animarla.

Y para ello cuentan ustedes con dos grandes medios, medios tradicionales entre nosotras: La preparación de la oración y la repetición de oración.

En estas dos ocasiones, pienso que es donde mejor puede expresarse, con toda sencillez, su vida de oración personal, con miras a entusiasmar la de sus compañeras.

¿Por qué hemos cambiado el método de estos dos ejercicios? Por tres motivos: primero, para combatir la rutina y favorecer la sinceridad. Se tenía efectivamente, la impresión —todas las Visitadoras que se han expresado han coincidido en ello— se tenía la impresión de que cuando una Hermana Sirviente tenía que hacer la repetición de oración… No es que ocurriera siempre, pues Dios sabe que algunas se expresaban con todo su corazón y toda su alma en una sencillez magnífica… pero sí otras muchas se contentaban con preparar unas frases ya hechas, consideraciones tomadas de los libros, sin relación alguna con su oración ni con su vida de unión con Dios ni con su propio pensamiento. Fácil era comprobar, por lo demás, que aquello no pasaba a través de su vida.

Cuando un acto usual se convierte en un mero gesto de rutina, hay que encontrar el medio de devolverle el vigor y la vida.

Entonces, al pedir sencillamente a las Hermanas que expresen sólo algún pensamiento el día en que lo deseen, nos parece que llegaremos a una mayor autenticidad, a mayor sencillez en la expresión. Este motivo tiene que recordárselo a sus compañeras. No se trata de que hagan magníficas consideraciones: no tiene la menor importancia, hay cantidad de libros que nos las ofrecen y no es por tanto difícil encontrarlas. Pero eso no es lo que cala y hace efecto.

Lo interesante no es escuchar un razonamiento impecable sobre el modo de ir a Dios o cualquiera otro de nuestros deberes; lo que interesa es oir cómo un alma expresa su búsqueda de Dios, y todas tenemos en cada uno de nuestros días un —¿cómo decir?— un cable que nos une con el Señor. Eso es lo que hace bien a las demás. Si en una pequeña comunidad una dice una mañana: «Yo he pensado que debía hacer esto por el Señor, y he pensado también cómo El nos ayuda con su gracia y cómo debo admirar lo que hace con nosotras…», todo esto tan sencillo traduce una vida. Así es cómo la vida de una arrastra a las demás.

Ya sea la preparación a la oración, ya la repetición, ambos ejercicios tienen que ser la expresión de una vida real y no una lección o una enseñanza. Nos sobran las lecciones. De lo que tenemos necesidad es de ayudarnos unas a otras para ír hacia Dios.

Se trata, pues, de favorecer la sinceridad, y por eso hay que dejar una gran libertad de expresión, que no sea nada forzado. En este sentido, habría que decir también que no sería normal que una hablara siempre, siempre, todos los días, sin dejar a las demás la ocasión de expresarse; ni tampoco que otras, por el contrario, no dijesen nunca nada, porque pensaran: me voy a aprovechar, puesto que no se nos llama ¡yo tranquila!

Ahí está el papel de la Hermana Sirviente: estimular a las perezosas y frenar a las demasiado lanzadas. Hay que tratar de regularizarlo un poco, y eso es más difícil, sin duda, que llamar automáticamente a una Hermana.

Pero, en general, si queremos adoptar en todo su sentido los cambios que se han introducido y que, a primera vista, pueden parecer facilidades, «manga ancha», nos daremos cuenta en seguida de que se trata de algo más difícil, más exigente de vivir que el ceñirse a un marco ya establecido. Es que toda apertura supone una toma de responsabilidad.

Y éste es, precisamente, el tercer motivo por el que hemos intentado introducir estos cambios: para que las Hermanas se sientan comprometidas en una responsabilidad mayor y en una vida (empleando una palabra que actualmente se ve un poco vilipendiada) más adulta, de más acusada personalidad. Una Hermana tiene que saber disciplinarse para no hablar ella siempre y dejar a las demás, ha de tener ese sentido del «otro» al mismo tiempo que de la mortificación personal. Tiene que saber que, si es tímida o no tiene ganas de hablar, debe sin embargo tomar una iniciativa y obligarse a decir algo.

Es una toma de conciencia de su participación en la vida común, en la animación de la vida de oración, muy importante.

Tienen que hacer comprender a sus compañeras que, a través de la preparación a la oración y de la repetición, participan en la vida de oración de la Comunidad. Se ayudan unas a otras con una verdadera ayuda mutua. Tendrían ustedes que decirles un día: «Tengo que dar cuenta de ello a la próxima Asamblea General; ¿qué ventajas encuentran en esta forma de practicar la oración?» Tal vez no tanto las ventajas, pero sí las motivaciones profundas por las que se ha concebido esta nueva modalidad, que ellas mismas deberían intentar descubrir. Creo que quedarían ustedes asombradas de todo lo que ahondaríán.

A veces tenemos —es una de las deformaciones que lleva consigo el puesto de superiora— tenemos la idea, nos imaginamos que sólo nosotras pensamos rectamente, sólo a nosotras se nos ocurren ideas buenas o profundas, y que debemos sentar cátedra con nuestras compañeras.

Pero si nos tomamos la molestia de escucharlas, de invitarlas a que ellas mismas reflexionen, busquen pistas, quedaremos asombradas de lo que el Señor da a cada una. Ahora bien, lo que el Señor da a cada Hermana es un tesoro de la Comunidad y hay que decírselo, hay que saber decírselo de vez en cuando, escogiendo, por supuesto, el momento de hacerlo. No es cuestión de servirles una consideración hecha de antemano, sino, llegado el momento, saber afirmar: No les quepa duda de que lo que el Señor da a cada una es un tesoro de Comunidad. En una familia, lo que uno posee forma parte de la hacienda de todos, del capital común. Ustedes también deben hacer participar a la Comunidad de todo lo que el Señor les hace comprender, les enseña.

Así es como debemos, poco a poco, tratar de hacer tomar conciencia a nuestras compañeras de la importancia de su vida de oración, de la importancia de la oración en común, en el seno de la comunidad local. Y tratar después, nosotras mismas primero y ayudando también a nuestras compañeras, de llegar a ese punto en que la oración que hayamos hecho desborde, rebose en nues,tras vidas y las penetre por completo. En el fondo, es lo que debemos pretender, proponernos: conseguir que nuestra vida llegue a ser una oración. Es el mandato evangélico: «Hay que orar siempre», dice Nuestro Señor, y San Vicente, tan evángelico, que aplica siempre el evangelio, repite en su lenguaje tan sencillo y gráfico: «… diré que debéis estar siempre en oración, que no debéis salir de ella».

Aquí tenemos una palabra de oro, réplica de la de Nuestro Señor: «Hay que orar siempre».

La Iglesia la repite también en una frase del Decreto Perfectae Caritatis, una de esas frases que debemos meditar y tratar de hacer pasar a nuestra vida:

«… En estos institutos, la acción apostólica y benéfica pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa…», es decir, a la relación con Dios y la vida de oración.

Pienso que tenemos que llegar a descubrir una forma de oración que sea peculiar, específica de la vida religiosa activa. No se trata, en nuestro caso, de hacer grandes consideraciones fuera de lo que es nuestra vida de cada instante, de todos los días. Pero si se trata de que, a partir de nuestras oraciones bien hechas, en las que hayamos buscado al Señor, lleguemos a una especie de contemplación permanente de Dios en todo lo que se presente a nosotras, ya sean las circunstancias (dificultades, sufrimientos, alegrías…), ya las personas o los acontecimientos. Es el Señor.

A partir de oraciones bien hechas es como se aviva la fe y se puede contemplar al Señor en cada una de las circunstancias de nuestra vida.

Eso es hacer oración para una hija de la Caridad. Así es cómo, poco a poco, nuestra oración puede llegar a invadir toda nuestra vida, que podrá parecer formada por actos muy dispersos pero que, si somos fieles, si se lo pedimos a Dios, llegará a hacernos ver, en todas las cosas, en todas las personas, en todo, al Señor.

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