Susana Guillemin: Responsabilidad de la Hermana Sirviente en cuanto a la comunidad local

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Quisiera conversar con ustedes acerca de sus responsabilidades en cuanto a la comunidad, a la comunidad en sus dos vertientes. Porque tienen ustedes responsabilidades en ambas, aunque no exactamente las mismas:

  • La vertiente que les atañe directamente es la de la comunidad local de la casa que se les ha encomendado.
  • La otra vertiente es la de la comunidad (Compañía) en sí, porque de cara a la Compañía también tienen ustedes responsabilidades, generalmente indirectas pero que a veces llegan a ser directas, sobre todo en la época actual.

De cara a su comunidad local, en primer lugar: a esa casa de la que es cada una Hermana Sirviente, de esa casa, ya sea pequeña o grande, les incumbe, ante todo, hacer una verdadera comunidad. Que no sea meramente un lugar en el que encuentran yuxtapuestas varias Hermanas, ocupada cada una, dirigiendo cada una su oficio, su actividad, buscando, sin duda, a Dios de manera personal, pero no en esa unión de corazones, cuerpos y espíritus que es lo que constituye la verdadera comunidad.

El decreto sobre la Renovación de la Vida Religiosa señala precisamente esa finalidad a la vida comunitaria: En su artículo 15 que es el que trata de la vida común, el Decreto dice: «La unidad de los Hermanos pone de manifiesto el advenimiento de Cristo».

No es nada menos que eso: «Manifiesta que Cristo ha venido». La serial de Cristo es la unidad que se constituye por la Caridad. La serial de la presencia de Cristo en un lugar es la Unidad, Unidad profunda que se manifiesta por una Unidad exterior. La unidad de los hermanos manifiesta que Cristo ha venido y de ello se sigue, añade el decreto que muestra inmediatamente la segunda finalidad, de ello se sigue «una gran fuerza apostólica».

Una de las cosas que nos distingue de los laicos es la vida en común. Los laicos no presentan ese aspecto de unidad constituida que ya es de suyo un anuncio del Reino de los Cielos, de lo que seremos en el mundo futuro, que es la serial esencial de Cristo. Esto es privativo, específico de la vida religiosa. En ningún otro lugar se la encuentra constituida y presente de esta manera. Tenemos que saber que para nosotras esto representa no sólo la obligación de vivir en Comunidad, aunque es la primera (hay quien se avade de ella con bastante facilidad), sino, además, la obligación de unirnos para formar una verdadera comunidad de cuerpo y espíritu. Es evidente que esa comunidad de cuerpo y espíritu requiere, en primer lugar, la comunidad material, física, visible.

Por ejemplo, una comunidad local en la que cada una llevase su vida un poco a su aire con el pretexto de la diversidad de obras que dificulta el reunirse, el encontrarse todas juntas. La gente de fuera vería a dos Hermanas asistir a una Misa que se diría en la Capilla de la comunidad, a otra a Misa en la parroquia, otra u otras a lugares distintos… Eso no sería una comunidad. Puede ocurrir alguna vez por necesidades de las obras, pero no debe ser lo corriente para el conjunto de la comunidad. Es necesario que la gente entre la que vivimos nos vean rezar juntas, nos vean asistir a una Misa comunitaria. Esto supone un testimonio apreciable. Pero además del aspecto testimonio, está también el de la oración que tenemos que hacer unidas.

La presencia… el deber de la presencia en la comunidad es un deber grave e importante para cada una de nosotras, pero lo es más aún para la Hermana Sirviente.

Bien saben ustedes que, por lo general, es en tomo a la Hermana Sirviente como se hace la reunión de la comunidad. El corazón y el espíritu deben constituirse en torno a la persona de Cristo, pero el cuerpo de la comunidad se constituye en torno a su persona visible que es la Hermana Sirviente.

Presencia en los ejercicios de piedad, presencia muy especial en el recreo, presencia en las comidas, presencia en la oración, que queda comprendida en los ejercicios de piedad. Esa necesidad de la presencia… ese deber de la presencia… me parece que es el que ha de encabezar la lista cuando se habla de deberes exteriores y uno de los males que se dan en nuestras comunidades es el de que, por la sobrecarga de trabajo, la Hermana Sirviente tenga que asumir ella algún oficio.

En general es un perjuicio esa dispersión de la comunidad que origina la ausencia de la Hermana Sirviente, a quien le resulta imposible estar presente. Será preciso que en tales circunstancias el buen espíritu de las compañeras supla y sostenga con su comprensión la situación. Que ellas mismas sepan, en tales momentos, prescindir del apoyo, del peso de la Hermana Sirviente, y continuar con su presencia personal constituyendo el cuerpo de la comunidad. Pero creo que deben ser ustedes muy fieles a ese deber de la presencia y saber exigir de sus compañeras que respondan también a él. Evidentemente con buen sentido y comprensión.

Hay que tener siempre comprensión de las cosas. Hay que sentar los princiPios, afianzarse en ellos, y, después, saber considerar las circunstancias; no sólo tolerarlas, síno aceptarlas y asumirlas.

Voy a tomar un ejemplo típico, que se da con frecuencia en nuestras casas.

En varias de ellas, tenemos, además de obras como la escuela, el dispensario, la visita de Pobres, otras internas, como un orfanato, una residencia de jóvenes, que exigen la presencia de la Hermana precisamente en el momento en que las niñas o las jóvenes están en casa. Por ese motivo, la Herrnana encargada se verá, a veces, obligada a ausentarse de la comunidad; por ejernplo será difícil que pueda asistir al recreo de la noche de manera habitual; o bien, en otros casos, será el de mediodía al que no pueda asistir; o tendrá que hacer en particular alguna de las oraciones. La Hermana Sirviente debe escuchar las explicaciones de la Hermana y razonar con ella, sopesando las exigencias materiales y apostólicas de su oficio; debe darse cuenta de la situación y después decidir: «Obre usted de esta o de esta manera», de suerte que la Hermana, en su actuación no se quede con un complejo de culpabilidad, no se crea que falta al no hallarse presente con la comunidad. Se encuentra frente a un deber, un deber grave, a propósíto del cual San Vicente hubiera dicho probablemente: «Dejar a Dios por Dios». «Cuando vais a los Pobres, diez veces al día encontráis allí a Dios».

El deber de estado es ese encuentro con el Señor. La Hermana Sirviente tiene que saber iluminar la conciencia de la compañera y situarla con toda seguridad en la voluntad de Dios, para que pueda actuar en paz y se sienta unida al Señor por la obediencia. Ese es el papel de la Hermana Sirviente. No es el de imponer cargas mal razonadas, cargas imposibles de llevar y que destrozan las conciencias; al contrario, es el de discernir «con» la compañera en cuestión y decidir. Esa es la función de «Mediadora» entre Dios y las Hermanas. Tiene, pues, el deber de decidir con la compañera cómo ha de actuar. Después, tiene que llevar a la comunidad a que comprenda la cosa y lo acepte y a que sostenga a la Hermana en esa vida un poco al margan de lo habitual en toda la comunidad.

Las demás que tienen oficios organizados más o menos de la misma forma, pueden encontrarse siempre reunidas. Esta otra podrá hacerlo pocas veces. De todas formas, habrá que conseguir que por lo menos una vez al día pueda participar en un recreo con las Hermanas, ya que no pueda tomar parte en los dos. Porque bien saben ustedes que la ausencia habitual, continua, de la comunidad llega a hacer que una se desentienda de ella. Por eso, si bien ha de haber una comprensión, también hay que esforzarse por mantener unos lazos y garantizar un mínimo necesario. En lo demás, hay que contar con la gracia de Dios.

Decía que hay que preparar a la comunidad a que acepte, habrá que evitar, por ejemplo, que cuando esa Hermana que, a causa de su oficio, vive un poco al margen de las demás, llegue a la comunidad o se cruce con alguna otra Hermana, tenga que oír frases más o menos agridulces: «¡Ah! bueno, hoy está usted aquí… Hoy se ha dignado usted venir con nosotras…» o cosas por el estilo. O bien que, al verla’, se corten un poco las conversaciones, no se sepa qué decir porque no se tiene la costumbre de que esté delante, participando en el recreo. Es grave y peligroso y puede ser muy duro para la compañera que tiene que soportarlo.

La comunidad tiene que comprender las exigencias del oficio

Tiene que saber que la Hermana está obedeciendo y, además, el calor de la vida común que se le proporcione cuando pueda acercarse al grupo tiene que compensar en intensidad la brevedad de la duración. Así es como cada comunidad tiene que llevar la situación de cada Hermana. Eso es vivir en común, y no que todo el mundo haga exactamente lo mismo. Es, más bien, que cada uno de los miembros comprenda la carga que lleva el otro y le ayude a llevarla. «Alter alterius onera portate». Llevad las cargas los unos de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. A la Hermana Sirviente le corresponde, pues, en colaboración de espíritu con cada una de sus compañeras, pero finalmente en una decisión de autoridad, garantizar la presencia de cada una en la comunidad y velar por que el cuerpo de la comunidad no se disuelva. Esto es muy importante, es de la mayor importancia.

Es evidente que no basta con vivir juntas, además, hay que amar y ptnsar juntas

No hay medios «prefabricados» para ello. No se puede decir: Obren de tal forma y sus compañeras se verán compelidas por un mismo amor y animadas por un mismo espíritu. Lo primero de todo es llegar a comprender bien que el lugar de encuentro de una comunidad es la persona misma de Nuestro Señor Jesucristo. No estamos reunidas por o para una obra. Este es uno de los peligros que rondan a nuestras comunidades: es cierto que tenemos una vida muy exteriorizada, que puede decirse que ejercemos unas profesiones, tenemos la responsabilidad de unos organismos, de animar unas instituciones. Entonces corremos el riesgo de que esas finalidades lleguen a ser el factor de nuestra unión. Corremos el riesgo de convertirnos en un equipo de maestras o de enfermeras… No es malo, no es en modo alguno rechazable; todo ello puede ser el cuerpo externo de nuestra unión, pero solamente eso: parte exterior. Si el trabajo que realizamos juntas, centro de interés común, sí la voluntad de responder a una misma obra de educación, de enseñanza, o sanitaria al cuidado de los enfermos, son un gran factor de unión de una comunidad, el verdadero centro de nuestras comunidades no es, sin embargo, ese. Si así fuera, se trataría de comunidades puramente profesionales. El centro de nuestra unión no puede ser otro que la persona misma de Nuestro Señor Jesucristo.

No hemos entrado en comunidad y, sobre todo, no permanecemos en ella simplemente para ejercer una obra de abnegación o de entrega. Entramos y continuamos por amor de Dios, por amor a Nuestro Señor Jesucristo. En torno a su Persona es como tiene que constituirse la realidad profunda, interior, sobrenatural, de cada una de nuestras pequeñas comunidades locales. Cuando una comunidad se reúne simplemente en torno a la persona de la Hermana Sirviente, por ejemplo, porque esa Hermana Sirviente tiene cualidades especiales desde el punto de vista de las relaciones humanas, porque tiene un gran corazón, un gran corazón humano y aun cristiano, entonces en cierto modo, está usurpando de alguna forma el lugar de Nuestro Señor Jesucristo.

Si hemos de ser el centro material del encuentro, no debemos constituirnos en el centro vital, profundo. Ese centro profundo es la Persona de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Cómo hacerlo comprender a las Hermanas? ¿Cómo enseñárselo? Hay que saber recordarlo, de vez en cuando, en las repeticiones de oración o en los intercambios. Pero, sobre todo, hay que vivirlo en profundidad. Si la vida de ustedes está verdaderamente centrada en la persona de Cristo, eso se extenderá como una especie de contagio, como una contaminación. No existe un medio concreto para constituir lo que estamos diciendo. Pero estemos verdaderamente convencidas, unas y otras, de que el centro de nuestro encuentro, de nuestra unión es Nuestro Señor Jesucristo. De ello, la Hermana Sirviente es responsable en el seno de su comunidad local.

RESPONSABILIDADES HACIA LA COMPAÑIA

No tienen sólo responsabilidades en relación con su casa. De ellas dimana otra que es la de mantener la unión en la Compañía.

Y, por otra parte, originadas por ésta, hay otras responsabilidades hacia la misma Compañía.

A veces, se da cierta deformación en algunas casas, debida a las Compañeras o a la propia Hermana Sirviente que no ha comprendido bien, y que consiste en hacer de esa casa una especie de entidad. Con la Provincia, no se está vinculada sino por lazos muy débiles y flojos, y de la Compañía se está muy lejos, interesándose muy poco por lo que la concierne. En cualquier caso, es una postura que ofrece bastantes peligros, y que deja al descubierto, sin cumplir, una parte de los deberes de la Hermana Sirviente. Lo mismo que en una familia los hijos han de estar directa, profunda, íntimamente unidos a sus padres, así cada una de nuestras casas y cada una de nuestras Hermanas ha de estar unida a la Compañía por lazos de afecto y de convicción, de corazón y de espíritu.

El primer acto de voluntad respecto a la unión a la Compañía es de conocerla y amarla. Hay que «conocer» a la Compañía, «conocer» a nuestros fundadores. De vez en cuando, hay que volver a leer su vida. Tenemos la costumbre, que hay que conservar, de leer todos los años una vida de Santa Luisa y una vida de San Vicente, con motivo de su fiesta. Es importante. No nos digamos: «lo sabemos de memoria, conocemos con detalle todos los acontecimientos». Hay cosas que debemos considerarnos felices de volver a leer y es muy importante el conservar una especie de cercanía de corazón con los que son verdaderamente nuestro Padre y nuestra Madre en el orden espiritual. No estamos obligadas a leer todos los años los tres tomos de Coste «El Sr. Vicente». Sería un poco largo. Podemos, por ejemplo, un año leer como un resumen de la espiritualidad de San Vicente. Es lo que estamos haciendo este año aquí en el refectorio, con el libro tan bonito «Espiritualidad de la acción», por dos monjes benedictinos, que, por cierto, han captado perfectamente el espíritu de San Vicente y que, al principio de la obra, ofrecen un resumen de su vida, resumen razonado, que es excelente. Podemos, pues, leer una obra que, sin ser muy extensa, ponga ante nuestro espíritu las grandes líneas del pensamiento, las grandes líneas del ideal de nuestros fundadores.

La renovación de la Compañía, no podemos dudarlo, la encontraremos en el admirable espíritu de San Vicente y Santa Luisa.

No hay nada en el mundo de mayor actualidad que el espíritu de San Vicente. Ha sido esto uno de mis descubrimientos y una de mis mayores admiraciones durante el Concilio: cada vez que se emitía una idea que parecía nueva, me decía yo con profunda satisfacción, personal y filial: «Esto nos lo ha enseñado San Vicente»… No quizá con las mismas palabras, sino expresado en el estilo de su época. Pero su pensamiento tenía esa pureza, esa claridad, esa autenticidad de doctrina que nunca ha tenido que ser desmentida o frenada por la enseñanza de la Iglesia.

¿Quién fue más ecuménico que San Vicente? ¿Quién más siervo que él? (Ahora se emplea mucho la expresión: Iglesia de los Pobres), ¿Quién ha sido más servidor de esa Iglesia que ha de darse a los Pobres? ¿Quién más promotor de la caridad, de la comprensión con todos?… El no rechazó a nadie, ni siquiera a aquel herético abad de SaintCyran.

Las actitudes que vemos o descubrimos en la vida de San Vicente son las mismas que hoy, bajo el impulso de Juan XXIII, ha adoptado la Iglesia del siglo XX. Regocijémonos, pues, de ser hijas de tal padre.

Sepamos beber en la fuente de su doctrina, para traducirla y vivirla en nuestra vida, quizá con formas nuevas, con gestos nuevos. Vds, Hermanas Sirvientes, tienen las responsabilidad de fomentar en ustedes mismas y en sus Hermanas, en su casa, el conocimiento de nuestros santos Fundadores, la comprensión de su espíritu, y de tratar de aplicarlo a todas las actitudes y pormenores de su vida.

Esto ejerce una influencia directa en la vida de la Compañz’a y es una de las responsabilidades que tienen ustedes hacia ella.

¿Qué es lo que forma la Compañía? No se trata de un ser más o menos irreal o que formara simplemente lo que se llama una personalidad moral. La Compañía está compuesta de todas las casas que la componen, hubiera dicho Don Pero Grullo. En el mundo entero, nuestras cuatro mil trescientas o cuatro mil quinientas casas son, cada una, un foco, una célula, verdadero fruto del espíritu de San Vicente, un foco de caridad como lo va anunciando nuestro nombre. Nuestras casas, dispersas en el mundo, deberían ser todas ellas centros en que ardiera un verdadero fuego de caridad.

Nadie puede saber, nadie puede calcular, el alcance y la influencia de una sola casa, por pequeña que sea, en el conjunto de la Compañía. «No sabemos…» Isabel Leseur decía: «Un alma que se eleva, eleva al mundo»… ¿Qué es un alma? Poca cosa. Tras ella, no vacilamos en decir: «Una casa que se eleva, una casa que se santifica, santifica a la Compañía…» y en una prolongación segura, podemos añadir: santifica a la Iglesia.

En una comunidad que vive como debe, se da una irradiación ante todo sobrenatural. Esos focos de caridad, esos focos de oración, esos focos apostólicos, que han de ser nuestras comunidades locales, trabajan de continuo, por la suma de méritos adquiridos por cada uno de sus miembros, por toda esa vida sobrenatural de unión con Dios, trabajan —digo— en la santificación general del mundo. Es una irradiación que no podemos calcular

Se da también, en una comunidad así constituida —sin hablar de lo que llamamos ejemplo— un vigor, una fuerza sobrenatural, un poder de intercesión con Dios. No lo olvidemos.

El valor de nuestras casas no procede en absoluto de las obras que en ellas se realizan. Podríamos tener cosas magníficas, espectaculares, espléndidas ante las que todo el mundo se extasiara… y que, en fin de cuentas, no ríndieran nada a Dios ni a la Iglesia de Dios… porque allí no hubiera amor, no hubiera caridad verdadera, porque se trabajara pensando sólo en el oropel humano…

El valor de cada una de nuestras casas es el de la caridad interior, el de la vida de oración de esa comunidad.

Por último, es cierto que existe también el valor del ejemplo. Por cualquier comunidad local, aun si está alejada de los núcleos de comunicación, pasan Hermanas. Se la conoce, las Hermanas que la forman salen, va de ejercicios, se expresan… Incluso sin pensar en ello, sin advertirlo, cunde un ejemplo, se da un ejemplo. A veces, el ejemplo de una sola casa puede impactar a toda una Provincia, a una región, porque las que se relacionan con ella se sienten envueltas en la atmósfera de caridad y fervor que en ella se respira, y arrastradas a reproducirla en su propia vida.

Toda casa es también, a veces sin darse cuenta, una especie de centro de formación. Nuestras casas no son comunidades constituídas de una vez para siempre, como por ejemplo los monasterios autónomos, en los que se entra y ya se permanece allí toda la vida. Es frecuente que en esos monasterios se haga voto de estabilidad. Entre nosotras, no es así. Vamos, venimos, pasamos. Sor Chesnelong, de venerada memoria, solía decir: «Una hija de la Caridad ha de ser como alguien que habita bajo una tienda, siempre dispuesta a levantarla y marchar a otra parte. Por la mañana, tiene que estar en disposición de no acostarse por la noche en su misma cama». Ese es nuestro estilo.

En nuestras casas, hay Hermanas que pasan. El paso por una casa es un período de nuestra propia vida que dejará una huella en nuestra historia espiritual. Por todas partes por donde pasemos, habrá una corriente de influencias, habrá Tracias que nos serán concedidas, habrá también obstáculos y dificultades.

Si la casa confiada a sus cuidados es verdaderamente lo que tiene que ser, será para todas las que pasen por ella un centro de formación, un medio para elevarse hacia Dios. Y, después de su paso, llevando la huella recibida en tal atmósfera de comunidad, durante los años pasados en tal foco de caridad, irán a llevar a otra parte el fervor allí adquirido y los deseos de santidad acumulados.

Esto es de la mayor importancia para las Hermanas jóvenes. Cuando una Hermana joven va destinada a una casa, debe encontrar en ella ese foco de caridad, ese centro de formación. Tiene que encontrarse feliz en los primeros años de su vida de comunidad. Es algo esencial que esos primeros años sean felices. Si logran ustedes dar a las Hermanas jóvenes que se les confíen esa atmósfera de caridad, de buena y verdadera vida de comunidad; si, a través de su casa, el espíritu de San Vicente comienza a alimentar los espíritus; si la caridad fraterna ha llegado a conquistar esas almas, no saben ustedes qué repercusión podrá tener en la historia espiritual de su provincia y en la historia espiritual de toda la Compañía, la humilde acción que hayan ejercido en su humilde casa.

Señalemos de paso que una sola comunidad que hace lo posible por ser perfecta (nada hay perfecto en este mundo), puede ser un polo de atracción de vocaciones y beneficiar al mismo tiempo la reputación de la Compañía, lo que no es de despreciar.

Pero junto a esa responsabilidad indirecta hacia la Compañía en general, hay otra responsabilidad más directa, sobre todo en la hora actual. Tienen ustedes el deber de tomar parte consciente, leal y personalmente en la renovación de la Compañía. Para esa renovadón que, obedeciendo órdenes de la Iglesia, estamos tratando de llevar a cabo, tienen ustedes que preparar la mente de sus compañeras y prepararse ustedes también. Lo primero, hay que comprenderla. Mucho habría que decir sobre esto, ¿verdad?

La renovación de la Compañía es, ante todo, interior. El Decreto Perfectae Caritatis lleva un título que fue muy elaborado, cambiando cuatro o cinco veces hasta llegar a expresar exactamente el pensamiento de la Iglesia. Primero se llamó «De la adaptación de las Ordenes Religiosas». Era muy peligroso, porque adaptación es un cambio exterior, y no podemos imaginarnos que una Congregación esté renovada cuando ha adaptado algunas formas de hacer, de actuar o aun de rezar. Se trata de una «renovación profunda». Fue a partir de la Encíclica «Ecclesiam suam» cuando se optó por la palabra «renovación», que corresponde a la parte de la Encíclica que trata de eso, «de la Renovación». Hay que renovar y renovar desde lo interior.

Esa renovación de la Compañia ha de estar ante todo en el alma de cada una. Esto, por una parte, hace falta que lo comprendan ustedes y, por otra, que lleguen a hacerlo penetrar en la mente de todas sus compañeras. La renovación está en nosotras, en cada una de nosotras. Es una forma nueva de darnos a Dios, de dirigirnos hacia Dios. No nueva, precisamente, sino renovada. Tenemos que volver a encontrar aquella forma de dirigirse a Dios que tenían San Vicente y Santa Luisa, tan espontánea, tan absoluta, tan exigente. Porque dirigirse hacia Dios, ir a Dios es algo muy exigente. No es dejarse, soltar las amarras, no, de ninguna manera, bien lo saben ustedes. Tenemos que renovamos.

Hay que comprender que esa renovación de la Compa’ñz’a radica, lo primero, en una comprensión más absoluta y completa de nuestros deberes, de la esencia misma de nuestra vida religiosa, de nuestra consagración a Dios, de nuestro ser de Hijas de la Caridad. Por ejemplo —y me sirvo siempre de este ejemplo porque es quizá el más significativo— : se dice, y con toda razón, «ahora hay que enseriar la práctica de la obediencia de manera que favorezca la personalidad, la toma de iniciativas y de responsabilidades, dentro de un mandato o misión encomendada». Bien sabe Dios que estoy plena, completa, absolutamente de acuerdo con ello. El porvenir de la vida religiosa está ahí. En el servicio de Dios, cada una tiene que poder dar su medida completa. Es algo absolutamente cierto. Pero si nos tropezamos con el caso de una Hermana que se ha acostumbrado a vivir como una niña, obedeciendo a una mirada o indicación de la Hermana Sirviente, que le señalará cuándo tiene que abrir un cajón o cuándo lo tiene que cerrar, hacer esto de tal forma o aquello de tal otra; si nunca se ha visto precisada a tomar por sí misma una decisión, y de la noche a la mañana le decimos: «obre conforme a sus iniciativas; haga lo que quiera» (exagero un poco en lo que estoy diciendo, pero da idea de más de una situación)… Esa Hermana, dos días después, será una ,»desobediente», habrá olvidado lo que es la obediencia, porque no conoce en profundidad lo que es la vida religiosa. Se dedicará, pues, a actuar, a hacer cosas que no se podrán controlar, porque no las ,someterá antes a la autoridad… etc.

Antes de abrirse a nuevas formas, antes de permitir amplitudes, hay que probar. Por eso caminamos despacio, lentamente, con tanta precaución. Es que estamos probando. Si cambiamos las formas brutalmente, sin haber hecho antes trabajar en profundidad, captar el espíritu de cada uno de los cambios, de cada una de las adaptaciones, iremos a la anarquía y, lo que es mucho peor, á la pérdida completa del sentido religioso. Son cosas muy graves.

Tienen ustedes que ayudar a sus compañeras a que comprendan en profundidad todos lo.s grandes y eternos valores de la vida religiosa; la castidad que es en cierto modo su esencia; el sentido de pobreza, aun cuando ahora nos veamos obligadas a hacer más gastos (hay una pobreza interior muy distinta de la exterior); la obediencia rellgiosá que, aun si se tienen que tomar iniciativas o decisiones, dentro de la misión que se tiene encomendada, nos mantiene unidas interiormente a ese sentimiento, porque en nada se va más allá de los convenido y autorizado y porque, además, se somete en seguida a la autoridad, con toda lealtad, todo lo que se le debe someter; esa obediencia que «abarca todos» los actos de nuestra vida y de la que hemos de guardarnos de perder el sentido. Comprender, hemos dicho. Tienen que ayudar a sus compañeras a comprender el verdadero sentido de la renovación y adaptación que estamos intentando llevar a cabo.

De manera todavía más directa, en relación con esas adaptaciones, cuando se les comunique un cuestionario cualquiera, tienen que saber dar con claridad, con seriedad, su parecer y expresar en conciencia lo que se les pregunte. Se les pedirá su parecer, por ejemplo (siempre se tratará de cosas pequeñas, pero algunas no son de tan poca importancia) acerca de la «repetición de oración»; ya se han introducido algunos cambios, y también en la preparación a la oración, el rezo de Laudes y el de Completas. Todo ello, como saben, se ha establecido pero no de manera definitiva, sino «ad experimentum», siguiendo las orientaciones del Concilio, «a modo de experiencia». Por consiguiente, se les pedirá que experimenten, que prueben con seriedad todo ello. No se trata de tomarlo a la ligera.

Dicen algunas: «Ahora es mejor, no la llaman a una. Cada Hermana habla cuando quiere». No es así. Lo primero, hay que saber cuáles son los motivos de esas modificaciones, qué nos proponemos con ello. Precisamente, puede ser para que haya mejor comunicación, mayor sinceridad, para que cada una se exprese con mayor libertad… pero de ninguna manera para que la qué quiere siempre callarse, se calle siempre; no es por capricho o anarquía; no es por esa razón. La verdadera finalidad es una mayor claridad, síempre en la verdad, facilitar el encuentro y comunicación de los espíritus.

Hay que saber buscar juntas, con sus compañeras, saber llamar su atención, hacerles caer en la cuenta, ayudarlas a buscar lo que puede hacerse en este plano, ver si han sacado un provecho espiritual o si, por el contrario, creen que era mejor lo de antes. Y cuando se les pida su parecer, no tendrán que dar sólo el suyo particular, sino el de su comunidad: cómo, juntas, han podido decirse «esta nueva forma nos ha ayudado» o bien «no hemos sacado ningún provecho».

No es que les pidamos que nos digan: «Está perfecto»; no, no es eso. Su responsabilidad queda comprometida con el conjunto de la Compañía, no sólo con la Curia generalicia o los Consejos provinciales. Queda comprometida en el plano suyo personal y el de sus casas, ustedes como Hermanas Sirvientes y cada una de sus compañeras.

Una comunidad religiosa está, en cierto modo, encomendada a cada uno de sus miernbros, y esos miembros tienen que tener, cada uno, la voluntad de mantenerla en la fidelidad a Dios, a las directrices de la Iglesia y a sí misma. Tales son las responsabilidades que tienen ustedes con respecto a su casa y a la Compañía. Ya se dan cuenta que podemos pedirles una presencia de espíritu y una reflexión. Pienso que la Hermana Sirviente está obligada a una especie de meditación continua sobre el estado de sus compañeras y el estado de la casa. Tiene que ver, que mirar, reflexionar, meditar, si no, no llegará a ver con claridad. No se trata de un juicio superficial, sino de una «atención».

Además, tiene que saber comprometerse, dar ejemplo. El compromiso, es decir, darse. No puede quedarse en lo exterior, fuera de la comunidad. A veces, cuando se ha cambiado de casa dos o tres veces (ahora, con las exigencias canónicas, ocurre más facilmente), cuando una Hermana Sirviente llega a su tercera o cuarta casa, incluso, según las circunstancias, a la quinta, ha adquirido un gran poder de adaptación, pero con una menor posibilidad de penetración. Entonces, existe el riesgo de quedarse un poco desde fuera y desde allí dirigir, orientar a los demás Pero nuestro deber es el de comprometernos a fondo allá donde el Señor nos. haya colocado.

Nos debemos del todo a aquellas a las que nos ha enviado, a la casa que nos ha entregado. Para una Hija de la Caridad, para una Hermana Sirviente, el don de sí misma a Dios tiene que realizarse siempre a través de los demás. El don de sí a Dios, de una Hermana Sirviente, se hace por su entrega total, cordial, exterior e interior a su casa y a su comunidad, a las que debe ese don completo así como el de arrastrar a todas con su ejemplo.

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