A la comunidad
Hermanas, Navidad es la fiesta litúrgica más humana de todas, la que nos habla más íntimamente, más dulcemente, al corazón, con tanta sencillez, que no necesitarnos de grandes razonamientos para entrar en oración. Todo converge hacia Jesús, el Niñito Jesús que nace por nosotros y que es en todo semejante a nosotros. Qu’e nos trae del cielo la alegría y la esperanza.
Porque ha venido, podemos’ esperarlo todo. «Ha venido»… En realidad, esto basta ampliamente corno tema de oración de toda nuestra jornada, Ahora es ya el «Dios con nosotros». Basta con mirarlo para conocer a Dios. Más adelante, habría de decir al apóstol que le pedía: Muéstranos al Padre…: «Felipe, quien me ve, ve al Padre». No, no es necesario perderse en grandes consideraciones, ¡todo es tan sencillo! Miremos a Jesús y sabremos todo lo que tenemos que saber para ir a Dios.
Cuando a veces nos ,,ásalta la duda, cuando corremos el peligro de cegarnos con tantas falsas luces de las que la hora presente es tan pródiga, con la exagerada exaltación de la razón humana, cerremos nuestros ojos y nuestra mente a todo ese ruido inútil y volvámonos a Jesús, que es nuestra luz, nuestra dulzura, nuestra alegría, nuestra enseñanza. ¡Qué seguridad la de tenerle con nosotras! ¡La de saber lo que ha querido ser y lo que ha hecho siendo hombre! Todo está en imitarle Imaginemos un poco lo que sería nuestra vida si Jesús no hubiera venido, si no tuviéramos el pesebre, si no hubiéramos conocido el Calvario, si no poseyéramos la Eucaristía… Me parece que estaríamos en un inmenso desierto. Pero Jesús está con nosotros, como un signo de Amor y una llamada al Amor. Es lo primero que nos conmueve. ¡Estamos tan acostumbradas a todo esto, que no comprendemos ya lo maravilloso que es, y que no pensamos ya en darle gracias!
Me parece que durante este retiro, durante toda esta semana más directamente preparatoria a Navidad, deberíamos hacer, de cuando en cuando, una oración gratuita, quiero decir, olvidamos de todo lo que nos preocupa, de todo lo que queremos pedir, olvidarlo todo, para sencillamente contemplar a Jesús, perder tiempo con El, mirándole, admirándole, dándole gracias, tratando de comprender cómo es y cómo quiere que seamos. Pidámosle que nos haga comprender su misterio. El cielo se nos pasará contemplándole, cantando nuestra alegría porque se hizo Hombre como nosotros, por ese don extraordinario que nos ha hecho de El mismo, don total y,sin límites…
¿Y nosotras? El don que de nosotras hemos hecho ¿a qué altura está? ¿De verdad estamos entregadas a Dios? ¿y a nuestras Hermanas, a todos los que se nos acercan de una manera o de otra? El test, la prueba de nuestro don a Dios, de su valor, de su autenticidad, es la forma en que nos entregamos a nuestros hermano§. ¡Cuánto egoísmo vemos todavía en nosotras! No tenemos que espantarnos al comprobarlo: es sencillamente humano; pero, eso sí, tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas por llegar a ser como ese Jesús totalmente entregado al Amor.
Ha venido, y en El se funda nuestra Esperanza. ¿Qué podríamos temer después de haber recibido tal prueba de amor?
No queda lugar para las vacilaciones, para la pusilanimidad, si de verdad creemos en esto. Reanimemos nuestra Fe y encontraremos en El todo lo que necesitamos. Si somos débiles: la fortaleza; si no vemos con claridad: la luz; si nos sentimos tentadas: el auxilio; si estamos en pecado: la misericordia y el amor. Si algo nos faha, es porque no lo pedimos con bastante fe, es porque miramos más nuestras propias defíciencias que el poder de este Niño que se nos ha dado, o bien porque no queremos conformar nuestra voluntad con la suya.
De Jesús en la humildad del pesebre, debemos aprender a mirar a los hombres y a mirarnos a nosotras mismas. Podría ser éste uno de los objetivos espirituales del año que vamos a comenzar. Miremos a las personas y a las cosas como el Niño Jesús las miró, con la misma mirada de amor y de bondad. Las tomó como eran, sin quererlas más perfectas o más adaptadas a su estado de hombreDios. No empezó por hacer a los hombres semejantes a El, sino fue El quien se hizo semejante a los hombres, excepto en el pecado. Pero si tal hizo, fue por ser manso y humilde de corazón, desprendido de Si por una verdadera pobreza de espíritu. Nosotras, cuando hacemos todo lo contrario, es porque estamos apegadas a nosotras mismas y no tenemos ese desprendimiento de espíritu y de corazón.
Jesús con nosotros es: el amor, la paz y, por encima de todo, la alegría.
Tratemos de hacernos semejantes a El en la pobreza, la humildad y la Caridad. Y entonces, no sólo entraremos en una inmensa paz interior, sino que la derramaremos en torno nuestro, en todas aquellas, en todos aquellos a quienes nos acerquemos.
Eso es lo que Jesús ha venido a traernos y eso es lo que espera que nosotras demos a los Pobres: la paz y la alegría.








