Susana Guillemin: Repetición de oración, 23 de diciembre de 1962

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.
Susana Guillemin, H.C.

A la comunidad

Durante este día, hemos esperado al Señor unidas a la Virgen. Hemos hecho este retiro a su lado, en espera del Niño que ella va a darnos.

Toda la Liturgia de esta semana, la de hoy, especialmente, está llena de esa espera, del deseo, de la llamada a Aquel que viene, a Cristo.

La Iglesia nos dice: «El Señor viene»… «Está cerca»… «Preparad los caminos del Señor, allanad sus senderos»…

El Adviento es imagen de nuestra vida que no es sino eso: una espera del Señor. El tiempo se nos da para ir hacia El, para acogerle, para recibirle.

No tenemos otra razón de ser que ese encuentro con El, deseado, esperado, preparado y por fin realizado.

Con El, con Cristo, cuya persona domina el mundo y la historia, con El, que debe atraerlo todo, reunirlo todo en El.

Olvidémonos de nosotras mismas de nuestras pobres miras limitadas, de nuestros horizontes demasiado personales, demasiado estrechos, para mirar a Aquel que llena el universo y cuyo Nombre es eterno, el Hijo amado del Padre, su Verbo, su Palabra, su Obra.

Por El, todas las cosas han sido hechas, y nada ha existido ni existe sin El.

El, Dios fuerte, eterno, admirable, Omnipotente… se ha hecho Niño.

Y le hemos visto, Le vemos,

—  sin palabra y sin fuerza,

—  pobre entre los pobres,

—  dependiente y sumiso,

—  y condenado y vencido.

Es a El a quien nos hemos entregado. Nuestra vida, unida a la suya, ha de ser como su prolongación, su reproducción.

¡Qué necesidad tenemos de mirarle! ¡Cómo tenemos que aprender, en nuestras oraciones, a mirar a Cristo! ¡Cómo tenemos que tratar de comprenderle y de conocerle para amarle!

«Le he visto y le he amado», dice la joven Inés. Sí, hay que ver y ver detenidamente, profundamente, para amar.

Miremos a Cristo. Ha venido, viene, viene en la noche de Navidad.

¿Estamos preparadas para reconocerle y recibirle?

En primer lugar; ¿tenemos fe? ¿Creemos que Cristo nos busca y nos guarda sin cesar?

Cristo está dentro de nosotras y en torno nuestro. Está en todas partes. Viene a nosotras a lo largo de nuestras jornadas y nos solicita.

¿Sabemos abrirle nuestra puerta? ¿queremos morar con El?

¿No estamos, más bien, distraídas, faltas de atención, preocupadas de nosotras mismas y de nuestras comodidades, en lugar de poner en El nuestro deseo y nuestra avidez?

Preparemos los caminos del Señor. Hagamos ese camino recto y ancho, abierto a El. Dejemos de lado los otros caminos que se desvían hacia las alegrías e intereses de este mundo.

El Señor viene. Que toda nuestra atención se concentre en El. Que nuestras intenciones —vacilantes, tortuosas, siempre dirigidas hacia nosotras mismas— se purifiquen. Sólo El es digno de ser amado y deseado.

Cristo viene. Ha venido. ¿Cuántas veces en nuestra vida?

En el día de nuestro Bautismo, en el de nuestra Primera Comunión, en el de nuestra Vocación, en el de los Santos Votos… Pero esas venidas más importantes a nuestra alma, son el fruto de sus sencillas venidas cotidianas.

Cristo se presenta mil veces al día.

Viene todas las mañanas a nosotras, como fuente de fortaleza y de gracia.

Viene en cada una de las Misas, para ofrecerse y redimirnos, para adorar y dar gracias por nosotras, para reparar nuestras faltas y salvarnos.

Viene en el Sacramento de Penitencia para regenerarnos y fortalecernos.

Viene para dar. Pero viene también para pedir, para exigir, para interpelar.

Abramos los ojos y miremos a nuestro alrededor.

No hay un solo Pobre, por bajo que haya caído… Ni una sola de nuestras Hermanas, por difícil que nos parezca de soportar… Ni uno solo de nuestros Superiores, por incomprensibles que nos parezcan sus órdenes… No hay un solo ser… una sola circunstancia de nuestra vida por envuelta que esté en la malicia de los hombres… Nada, que no sea Cristo.

Tenemos que creerlo. Es la verdad, la única verdad. Todo lo demás es falso.

Entonces, decidámonos a reconocerle y seguirle.

Imitemos a la Santísima Virgen. Ella no razonó, no trató de colocar sus propios pensamientos en el lugar de los de Dios. Sencillamente, siguió a su Hijo en todo,

—  en las alegrías de la Anunciación y de la Infancia, pero también en las oscuridades de la noche de Belén;

—  en el abandono de las criaturas, en la desnudez del pesebre;

—  en la pobreza y las dificultades de Egipto; en las de Nazaret, y finalmente, en el Calvarig.

¡Hagamos como Ella!

Miremos a Cristo. Busquémosle. Sigámosle, sin preguntarle a dónde nos lleva y por qué.

Nuestra vida tiene que ordenarse a Su voluntad, tiene que ser una perpetua acogida a Cristo, cualquiera que sea la forma bajo la que se nos presente.

No hay tiempo que perder pensando en nosotras. Pensemos en El. Perdámonos de vista nosotras mismas y Le encontraremos.

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