La mayoría de los que contemplan la vida de las almas consagradas, las compadecen, porque se las imaginan desprovistas de afecto —solas— y les atribuyen un corazón. seco. La aparente soledad, el desprendimiento son, sin embargo, la condición necesaria para poseer en nosotras esa Presencia Divina. La vida del Alma consagrada nace a partir de la Vida del Señor. Ese es el verdadero nacimiento de la vida religiosa. En torno a la vida de Dios gravita toda nuestra existencia.
— Dios en nosotras por la vida física,
— Dios en nosotas por la vida de la gracia,
— Dios en nosotras por la Eucaristía. El lugar de la Eucaristía en nuestra vida debe ser el que San Vicente le reservó.
Tenemos primordialmente el deber de contemplación, de contemplar con esa mirada interior del Señor, presente en la Hostia. En segundo lugar, tenemos un deber de asimilación: «Que El crezca y yo disminuya»; que en mí prevalezcan su personalidad, sus pensamientos, sus máximas Fomentemos en nuestra alma la Fe: «Está aquí». Del Amor puede esperarse todo. A nosotras nos corresponde difundir ese Amor, ser «Portadoras de Cristo», irradiarle a los demás.








