Susana Guillemin: Repetición de oración 1967

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Si los Ejercicios son un período importante en la vida de una Hija de la Caridad, lo son diez veces más en la vida de una Hermana Sirviente. Fuerza es decir que uno de los grandes peligros, una de las grandes dificultades que lleva consigo el cargo de Hermana Sirviente, es que las grandes responsabilidades que le incumben absorban no sólo todos los instantes materiales de su vida, sino todas las posibilidades de reflexión de su mente y hasta lleguen a dar el asalto a su corazón.

Una Hermana Sirviente, la mayoría del tienipo, se ve devorada en su mente, en su corazón, en su alma, en su vida, a lo largo de todo el día. Y cuando se le proporcionan, dentro del año, esos ocho días que va a poder pasar a solas con Dios, tendrá que fijar sus ojos en ella misma para descubrir en qué punto se halla de su caminar hacia Dios.

Ahora bien, este examen siempre es penoso para la naturaleza, porque a todas nosotras nos ocurre que, al ponernos lealmente ante nosotras mismas, no nos vemos tal y como quisiéramos ser ante Dios. No podemos descubrir que hemos sido totalmente fieles durante el año que acaba de transcurrir. Por eso, el primer día de los Ejercicios debemos consagrarlo no tanto a mirarnos nosotras mismas cuanto a mirar a Dios. Lo otro ya tendremos tiempo de hacerlo después. Recordemos siempre que no podemos abordar esa mirada a nosotras mismas sin haber llenado antes nuestros ojos de Dios, sin haber llenado nuestro corazón de la esperanza que nos da su bondad y del gozo y la acción de gracias que nos proporciona la contemplación de todas las gracias de que nos ha colmado.

El primer día de toda tanda de Ejercicios debe ser un día de ACCION DE GRACIAS, un día de CONTEMPLACION DE LA ACCION DE DIOS EN NUESTRA VIDA.

Cada una de nosotras, ha debido mirarse, hoy, desde el momento en que apareció en el mundo; ha debido mirarse como receptora del don de la vida en una familia cristiana, el beneficio incomparable del bautismo recibido tempranamante, con el don de la vida en Dios, con esos gérmenes depositados en ella de la Fe, la Esperanza y la Caridad. Hay que encontrarse en países paganos con personas que no han estado así preparadas, moldeadas, formadas por la gracia de Cristo, para darse cuenta de lo que sigmifica el inmenso beneficio que nosotras hemos recibido al nacer en un ambiente cristiano.

Hay que echar en seguida una mirada al plan, al designio de Dios con relación a nosotras; todo lo que El ha acumulado en torno nuestro para preservarnos en nuestra infancia, nuestra juventud, para ilusionarnos cuando no veíamos con claridad, para presentarse ante nuestros ojos de forma que despertara en nosotras el deseo de seguirle. Repasar ante el Señor la historia de nuestra vocación, es llenar nuestro corazón de amor, es llenarlo de esperanza, es darnos fortaleza para afrontar en el segundo tiempo de los Ejercicios la vista de las faltas que hemos cometido. Pero sobre todo y ante todo, tenemos que renovarnos así en el Señor. Con El, unídas a El, es como debemos entrar en el plano de la investigación de nuestra alma. Con El y seguras del amor que nos tiene, es como debemos enfocar nuestras infidelidades. Sólo entonces estaremos en condiciones de cambiar, porque habremos enraizado de nuevo en nuestra alma la certeza y la convicción de que el amor de Dios y su misericordia son infinitamente mayores que lo que puede ser el conjunto de nuestras faltas.

Que el Señor ilumine sus almas con una renovación de la gracia bautismal, con una renovación de la Fe, de la Esperanza, de la Caridad. Así podrán empezar mañana a mirar aquello que por su culpa no haya coincidido exactamente con el plan de Dios. Pero terminen antes este día en esa iluminación del amor que Dios ha tenido por ustedes y que seguirá teniendo hasta su último aliento. El amor de Dios es fiel; cuando tiene un plan sobre un alma, no renuncia nunca a él. Y cualesquiera sean nuestras faltas, si tenemos simplemente la confianza de volvernos a El, estamos absolutamente seguras de ser recibidas, escuchadas, perdonadas, y de conseguir de nuevo la fortaleza necesaria para volver a empezar.

Los ejercicios anuales son, en cierto modo, a nuestra vida espiritual dentro del año, lo que la oración es a cada una de nuestras jornadas.

Constituyen el tiempo fuerte durante el cual nos esforzamos por encontrar a Dios, durante el cual nos esforzamos con El, a la luz de su Gracia, en el silencio de la oración, en el recogimiento y olvido de todo lo demás, por prever cómo ir a El. Los ejercicios son un período de trabajo espiritual intenso. Vamos a tener que abrir los ojos sobre nosotras mismas, nuestras faltas, nuestras deficiencias, y hay que decir que esto es difícil y doloroso. Nada más penoso que ver cómo, después de haber deseado tanto darnos a Dios, lo hemos conseguido tan poco. Corremos el riesgo, al mirarnos, al hacer nuestros exámenes de conciencia, de entrar en una mala tristeza, una especie de desaliento.

Hay cierto peligro en entrar de ese modo dentro de sí y no podemos hacerlo con toda seguridad si no es no entrando solas; hacerlo apoyadas en Dios, con El, seguras de su Amor. No podemos examinarnos con temor; hemos de hacerlo con amor, con confianza. El primer trabajo de los ejercicios, es arrojarnos en Dios, reavivar en nosotras la alegría, la confianza, el amor repasando en lo íntimo de nuestro corazón todo lo que El ha hecho por nosotras. Tendríamos que entrar como en una especie de admiración, maravillarnos al ver todo lo que nos ha dado. Quizá podríamos verlo mejor procediendo por comparación con otros. Si pensamos en todas esas multitudes humanas que no tienen ni siquiera de qué vivir, con dignidad de hombres sencillamente; que no saben quién es Crito, que no tienen luz alguna que les ilumine Entonces, por comparación, vemos cuál es nuestra riqueza y llevando más allá nuestra reflexión, qué responsables somos, de cuánto tenemos que dar cuenta; los talentos que nos han sido confiados son muchos, son grandes: se nos pedirá cuenta de cómo nos hemos servido de ellos.

Pero ¿no podemos decir nosotras también, como San Pablo, esa frase que podría ser el resumen de nuestra vida al mismo tiempo que su programa: «He sido alcanzado por Cristo…» Este es el más grande de todos los dones que se nos han hecho. Cristo nos ha escogido para El mucho antes de nuestro nacimiento: Dios lo había preparado todo en los menores detalles: país, familia, padres, educación, circunstancias… tantas cosas como se han producido; el menor acontecimiento ha sido querido y preparado por Dios para que fuéramos exactamente tales como El nos quería, para que pudiésemos encontrarle, ir a El.

¿Comprenderemos suficientemente nunca lo que representa la gracia del bautismo recibida antes de la edad de la razón, esa infusión en nosotras del Espíritu Santo, de la Fe, de la Esperanza, de la Caridad, esa relación íntima establecida con Dios aun antes de que tuviéramos conocimiento de ella, esa relación que empezaría a moldear nuestros reflejos íntimos, toda nuestra personalidad? Eramos de Dios antes de poder quererlo personalmente. Podemos decirnos en el silencio de la oración, buscar y encontrar con facilidad las grandes etapas de nuestra vida espiritual, todo lo que fuera de lo exterior permanece secreto entre Dios y nosotras: los esfuerzos, las oscuridades, las tentaciones, las luchas, las victorias… y siempre en cada una de esas circunstancias felices o desgraciadas, siempre a pesar de todo la presencia de Cristo y finalmente su gracia victoriosa.

Finalmente, esa gracia de las gracias que nos ha hecho responder a su llamada consagrándonos a El. Con toda verdad, como con toda humildad, podemos decir: «Es el Señor quien ha hecho esto; sea por siempre bendito». Pero la voluntad de Dios sobre nosotras no se ha detenido, fija, el día de nuestra vocación. Se hace más exigente cada día, más apremiante, y no se detendrá sino en el umbral de la eternidad. Cristo debe crecer en nosotras y a través de nosotras hasta alcanzar su estatura perfecta. Podríamos resumir todos nuestros deberes, todas las previsiones de nuestra vida, en esta única frase: «Que El crezca y que yo disminuya». Ahí está lo esencial, y lo esencial principalmente para ustedes, Hermanas Sirvientes.

El gran trabajo de los Ejercicios consiste precisamente en interrogarnos, en averiguar por dónde anda en nosotras ese crecimiento de Cristo.

Si reina en nuestra alma, en cada una de nuestras compañeras… Si le servimos realmente en los Pobres, si animosamente, día tras día, intentamos vivir para El. ¿Es Cristo, verdaderamente, el centro de nuestra existencia? ¿La razón de ser de nuestra acción? ¿Aquél en torno a quien se ordena todo y a quien todo vuelve? ¿Tenemos conciencia, a lo largo de este año, tenemos conciencia de haber vivido de su divina Presencia cercana a nosotras, tanto en nuestros éxitos como en nuestros fracasos? ¿Sabemos que en nosotras, Hermanas Sirvientes, su presencia es aún más fuerte? Va acompañada por la promesa del Evangelio: «Quien os escucha, me escucha; quien os desprecia, me desprecia». Que con la fortaleza que confiere esa Divina Presencia, sea como empiecen ustedes estos Ejercicios y su trabajo de penitencia.

En coloquio íntimo con el Señor, en el silencio de la oración, hemos de renovar la entrega sin reservas que le hemos hecho de nuestra persona. De nuevo hemos de prometerle nuestro esfuerzo por mantenernos en una gran fidelidad, nosotras mismas y la comunidad, esa pequeña comunidad de que estamos encargadas. A veces se pregunta uno cómo dar gracias a Dios, cómo agradecerle todos los bienes de que nos ha colmado. Al terminar unos Ejercicios, después de haberlo examinado y cuestionado, después de haber visto cuántos detalles ha tenido el Señor con nosotras, nos sentimos confundidas; nos decimos: «¿Qué podré dar a cambio al Señor?» Lo que el Señor espera de nosotras, nuestra mejor acción de gracias, es la fidelidad.

Si queremos verdaderamente dar gracias al Señor, tenemos, de manera concreta, que tomar esas gracias suyas y devolvérselas mediante una fidelidad continua. Si somos fieles, si renovamos sin cesar y llenas de gozo la ofrenda que hemos hecho de nosotras a Dios, reconocemos así y declaramos en cierto modo, ante los ángeles y ante Dios que es bueno servir al Señor, que no nos hemos visto defraudadas en nuestra espera desde el momento en que nos entregamos a El, que El es el único verdaderamente digno de ser amado y preferido a todo, que no nos ha engañado, que su Amor nos ha acompañado y sostenido en todas las circunstancias de nuestra vida. ¿No es así? Cuando echamos una mirada a los años que acaban de transcurrir, a las pruebas por que hemos pasado, las dificultades con que hemos tropezado, todos esos momentos en que nos hemos encontrado frente ¡a tantas cosas! ¿no vemos que hemos recibido auxilio en el momento preciso, ya por medio de una iluminación interior, ya por un apoyo externo? Con toda verdad podemos decir: «Dios ha estado siempre conmigo; no he sido decepcionada. No me ha abandonado ni un solo instante. Aun cuando no sentía su presencia, cuando no comprendía por qué me ocurría aquello, aquella prueba, aquella calumnia, aquella dificultad que no sabía cómo resolver… ahora sí comprendo que El estaba presente y que en realidad sólo quería probar mi amor».

En estos últimos momentos de los Ejercicios, creo que tienen que recoger su vida entera, con su pasado, su presente, su porvenir y ofrecérsela a Cristo para que haga de ella la materia de su propio Sacrificio, de su Sacrificio redentor. Tenemos que recoger, para presentárselo con nuestra pequeña ofrenda, el conjunto magnífico que sube hacia El, todos los días, con las ofrendas de toda la Comunidad. Podríamos enumerar esas ofrendas: nuestras Hermanas de las Provincias que están en peligro; nuestras Hermanas de las Provincias del silencio; las Hermanas sobrecargadas de trabajo en el servicio de los Pobres, las Hermanas que sufren tentación, las que trabajan en silencio, en la oscuridad, cada una con su cruz personal. Que cada una de nosotras considere en lo íntimo de su corazón si ella responde constante y fielmente a esa llamada, si sabe descubrirla en la Fe, si responde a ella con Esperanza.

Una verdadera, una buena y sencilla Hija de la Caridad que murió aquí hace unos dos años, decía con la seguridad de las almas sencillas: «El Señor me ha amado mucho y yo he hecho lo posible por amarle también. Siempre he tenido Fe. Ahora se me hace largo el momento de ir a ver lo que he creído». Hermanas les deseo a todas esa misma seguridad serena, esa esperanza total en el momento en que Dios las llame ¡Que todas podamos decir lo mismo!

Hoy, tenemos que reanimar nuestro deseo y nuestra voluntad firme de vivir en plenitud nuestra consagración a Dios con esa nota de sencillez. Hemos de permanecer desprovistas de todo bien personal, por lo menos en cuanto al derecho de disponer de ello, conscientes de nuestra impotencia, de nuestra pobreza interior, comprender que tenemos que esperarlo todo de Dios, tanto por lo que se refiere al alma como al cuerpo (esa es la verdadera pobreza), aceptar la soledad del corazón, la ausencia de toda atadura humana, a veces la ingratitud de aquellos a quienes damos lo mejor de nosotras mismas, para que el amor de Cristo venga a colmar nuestra espera y a comunicarse, por nosotras, a los demás (es la verdadera castidad). Tenemos que adherirnos sin reservas, aceptar de pleno corazón la voluntad de Dios, manifestada por los Superiores y las Santas Reglas, porque sabemos que el hombre obediente cantará victoria, es decir, la victoria en él de la gracia prometida a la obediencia.

Esa es la plenitud de nuestra vida consagrada: la fidelidad a la pobreza, a la castidad, a la obediencia vivida en la Fe, que poco a poco nos vaciarán de nosotras mismas y dejarán nuestro corazón libre para que pueda invadirlo la caridad, es decir, el amor de Dios y de nuestros hermanos.

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Estos ejercicios no son sino una larga meditación sobre su estado de Hermanas Sirvientes, sobre lo que son ustedes delante de Dios. Se han reconsiderado ustedes, primero, en su vocación, la que podríamos llamar vocación de base, la que hace de ustedes Hijas de la Caridad, siervas de los pobres, Hijas del Amor de Dios. Y después en cuanto a su segunda vocación, la que las ha puesto al servicio de sus Hermanas y de la Compañía.

Muchos y valiosos talentos se han puesto entre sus manos, confiados a su custodia. Quizá el primer movimiento en sus oraciones de hoy haya debido de ser una adoración, una acción de gracias; hoy tenían que abrir los ojos ante los tesoros que les están confiados, los talentos que Díos ha entregado a su custodia: es decir, las Hermanas, los Pobres, las Santas Reglas; el espíritu. ¡Cuántas acciones de gracias tienen que dar por tales riquezas donadas a la Comunidad, donadas a la Iglesia, a su casa, a su Provincia, encomendadas a ustedes en los límites de sus responsabilidades.

La primera responsabilidad que les incumbe es la de las Hermanas; es la que pasa delante de todas las demás. La Hermana Sirviente debe llevarlas consigo de continuo, llevarlas en su pensamiento, en su corazón, en su alma, en su oración.

Como Hermanas Sirvientes, estamos en cierto modo consagradas a nuestras Hermanas. Son para nosotras el prójimo más próximo, la encarnación más real de Cristo.

También las Santas Reglas son un talento precioso que hemos de conservar y hacer producir. No basta con conocerlas, hay que observarlas y hacerlas observar. Y para ello hay que amarlas, penetrar su sentido profundo, la finalidad con la que han sido redactadas… No creamos que podemos mantenernos en el espíritu de la vocación si descuidamos la Regla, que no existe sino para preservar, para garantizar ese espíritu. Cada punto de Regla tiene sus repercusiones espirituales muy importantes. Tendríamos que, de vez en cuando, cuando leemos las Reglas, las observancias que podríamos llamar disciplinares lo primero fijarnos, considerar la letra de esas Reglas, y otras veces, quizá, dedicarnos a penetrar el espíritu que ha dictado esas Reglas exteriores. Así es como podríamos reconsiderar el acto de la petición de perdón, los ejercicios de piedad, cual quiera que sean… las cornidas, los recreos que anudan los lazos de la vida común y fraterna.

Sí la Hermana Sirviente deja que se descuiden esas cosas, de las que si se toma cada una en particular puede parecer de poca importancia, dejará que se aleje de su casa el espíritu de Dios, el espíritu de la Comunidad, Tratemos de penetrar en el alcance profundo de todos nuestros usos, de todas nuestras reglas, y ayudemos a nuestras compañeras a que los comprendan ‘ y aviven con una intención ilustrada. Esas prácticas de Comunidad han nacido del espíritu de San Vicente y de nuestra Santa Madre… De su caridad, de su humildad, de su deseo de conducir a sus hijas a Dios, han ido surgiendo una tras otra todas las prescripciones de nuestras Santas Reglas.,. que se probaron, se experimentaron durante veinticinco años antes de ser promulgadas.

No digamos —como ya se ha dicho—: «La repetición de oración, la Conferencia, son ejercicios de rutina, no se saca de ellas gran cosa». Pero, Herrnanas, al decir esto es a nosotras mismas a quien acusamos y no a esas prácticas que han santificado a tantas generaciones. Nacieron del amor de nuestros Santos Fundadores. En realidad, es nuestra tibieza, nuestra falta de valentía lo que amenaza con neutralizarlas. A nosotras, Hermanas Sirvientes, corresponde reanimar todo esto con el verdadero espíritu de Dios y de San Vicente y no admitir el enfriamiento de prácticas que son tan santas y tan evangélicas. Reflexionemos junto con nuestras compañeras en su sentido profundo, en su alcance, en el esfuerzo personal que cada una de nosotras tiene que hacer para practicarlas en verdad. Que no se reduzcan a gestos puramente externos. Tratemos de ayudar a nuestras compañeras a que vuelvan a encontrar la pureza evangélica de tales usos, a que los practiquen con sincerídad perfecta, y veremos entonces, poco a poco crecer, florecer y expansionarse el espíritu de sencillez, el espíritu de caridad, el espíritu de humildad, de humildad verdadera, ese espíritu que es el nuestro. Para ello es preciso que ante todo sepamos vivir nosotras mismas en esa humildad y esa sencidlez, pidiendo a Dios la misma gracia para toda la Casa.

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No podemos, Hermanas, hacer unos Ejercicios Espirituales como es debido sin revisar nuestras comuniones diarias y el lugar que esas comuniones ocupan en nuestra vida, en nuestras conversiones interiores, en nuestro caminar hacia Díos. La comunión es el centro mismo de nuestra vida. Su alcance supera con mucho al de un encuentro episódico, pasajero, con Dios. Es también, nos dice S. Pablo, una especie de prueba que se nos impone. Es, ya, el aprendizaje del encuentro eterno, en cierto modo, el aprendizaje de la muerte. Se oye con frecuencia este aserto: «No se muere más que una vez, y si esa vez se fracasa, se ha fracasado en todo». Es verdad; pero se olvida que cuando la muerte nos visita, no es más que la repetición, a varios millares de ejemplares, de los encuentros que hemos tenido durante nuestra vida con Cristo, encuentros de los que la comunión es el modelo más destacado.

Todas las mañanas cuando nos presentamos ante el altar, nos hallamos más o menos como nos encontraremos en el momento en que se nos retire la vida y nos veamos cara a cara con Dios. Cuando nos acercamos a la Sagrada Mesa y recibimos la Hostia santa, nos hallamos ante Aquel que será nuestro Juez. Todos los días hacemos el aprendizaje de lo que seguirá a nuestra muerte humana. Nos encontramos con Cristo, nos unimos a El. Y del mismo modo que la vida eterna bianventurada será la recompensa de una vida humana vivida en unión con Cristo, así nuestra comunión de cada mañana ha de consagrar la jornada que empieza a un verdadero intento de unión con Dios: Cada una de nuestras jornadas es esa preparación al encuentro del día siguiente. No debemos olvidarlo.

La hostia que el sacerdote ofrece en la Misa parece muy poca cosa; pero está hecha de una materia muy pura. Trigo sin ningún fermento, sin ninguna mezda, cuidadosamente preservado de toda impureza. Es la pequeña contribución humana, sin valor, al sacrificio del Señor. Pero, sin embargo, Cristo se la incorpora, Cristo la transforma, transforma la sustancia de esa minúscula hostia en su propia sustancia. Se convierte en El mismo, en su propio Cuerpo.

Así ocurre con nuestra vida. Nuestra vida es poca cosa, de poco valor. Encierra algunos actos de virtud y muchas faltas. A diario, cuando nos presentamos para asistir al Santo Sacríficio de la Misa, es esa pobre vida, purificada por una contrícción verdadera y por la caridad que tratamos de renovar en nosotras, esa pequeña partícula de nuestra vida es la que en cierto modo constituye la materia del sacrificio. Y el Salvador se llega a nosotras y quiere incorporarnos a El, por lo que llegamos a ser, como dice San Pablo, su Cuerpo místico; así, a través de nosotros, El puede ofrecerse al Padre.

Nuestra comunión de cada mañana es, pues, a la vez una realidad que nos une a Nuestro Señor y un signo de esa transformación que nos conduce poco a poco, a nosotros, nuestra pobre vida y a toda la humanidad, a ser transformados en Cristo para ser ofrecidos al Padre eterno.

Tratemos, Hermanas, de penetrar debidamente en este gran misterio, tan sencillo en sí, pero que exige de nosotras para poder participar plenamente en él, una gran atención, una voluntad nunca desmentida de purificarnos, de encontrar al Señor todos los días en la Sagrada Eucaristía o por toda la eternidad, cuando llegue el momento de nuestra muerte. Tratemos de conservar esta finalidad siempre presente en nuestra vida, en todas nuestras acciones. Y que la esperanza de la unión con Cristo nos haga fácil la mortificación que debe presidir todos nuestros actos, para que tratemos de vivir más para Dios que para nosotras mismas.

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Posiblemente, Hermanas, no exista otro Santo que haya practicado la humildad de manera tan absoluta, tan perseverante, tan perfecta, como San Vicente de Paul, nuestro Fundador. Queda una sobrecogida cuando, examinando su vida, qué energía luchó, hasta el último de sus días, contra su tendencia dominante, el orgullo y ahondó los cimientos de la humildad. Bueno sería volver a leer una de sus magníficas conferencias o repeticiones de oración a sus misioneros en que les habla de la humildad con una especie de ternura de corazón extraordinaria. Les dice que no tienen razón más poderosa para practicar la humildad que la palabra de Nuestro Señor a sus Apóstoles: «Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón».

La humildad que es una de las virtudes fundamentales de nuestro estado, puesto que es deber de las hijas parecerse a su Padre, tiene gran relación con la verdad y la pobreza. Si San Vicente ha sido un prodigio de humildad, Santa Luisa lo fue de pobreza. Esa humildad y esa pobreza, manifestadas no tanto en actos externos, sino sobre todo en una actitud profunda de nuestra alma, hemos debido preguntarnos durante estos Ejercicios si verdaderamente son las que orientan y suscitan nuestras reacciones, toda nuestra vida íntima, todas nuestras relaciones con Dios y con el prójimo.

Por lo que a nosotras se refiere, la verdadera manera de ir a Dios, de entrar en relación con El, es esa actitud de humildad y de pobreza profunda. Si somos humildes, si somos veraces, si tenemos el valor de mirarnos tal y como somos, sin hacernos ilusiones, ya a causa de nuestro título de Hijas de la Caridad, ya acerca de nuestra condición de Hermanas Sirvientes, ya acaso, por los halagos o adulaciones que se nos dirigen; si tenemos el valor de entrar en lo íntimo de nuestro corazón y mirarnos tal y como somos, veremos que tenemos sobrados motivos para ser humildes y que tenemos una verdadera pobreza cuando nos presentamos delante de Dios. Entonces, brotará en nuestro corazón el arrepentimiento verdadero, un arrepentirniento lleno de dulzura y esperanza. Entonces, nos situaremos en nuestro puesto y daremos a Dios el suyo. Entonces veremos que todo hemos de esperarlo de El.

De este sentimiento profundo, de esa convicción de lo que somos, tan poca cosa delante de Dios, nacerá tul deseo verdadero de recibír la gracia de Dios, un deseo que servirá de alimento a nuestra oración. Si deseamos ardientemente unirnos a Dios, si sentimos de manera muy viva la distancia que de El nos separa brotará continuamente de nuestra alma la súplica de que se incline hacia nosotras, que nos dé su gracia, que nos asista en el camino, ese camino que intentamos recorrer con El. Eso es la oración jaculatoria. No se trata de palabras preparadas de antemano, es el grito incesante del pobre que necesita de Dios para vivir. Bien nos damos cuenta de que si Dios no está por nosotras, con nosotras, de continuo, enriqueciéndonos con su gracia, no podremos continuar la marcha que hemos emprendido. Esta actitud no sólo crea el deseo, no sólo alimenta la oración, da además una suerte de esperanza llena de certidumbre. Puesto que no esperamos ya nada de nosotras mismas, nuestra gran confianza se apoya en Dios y sabemos que Dios no nos puede fallar, no puede faltar a su promesa.

De vez en cuando, debemos detenernos en el acto de esperanza que rezamos todos los días, para meditarlo. Se ha cambiado un poco el texto de este acto. Antes decíamos: «Dios mío, espero en vos de todo corazón; espero que me daréis, por los méritos de Jesucristo, vuestra gracia en este mundo, y si soy fiel, la dicha eterna en el otro». La redacción actual nos hace decir: «Espero que me daréis por los méritos de Jesucristo vuestra gracia en este mundo y la dicha eterna en el otro».

La fidelidad que sigue siendo una exigencia para conseguir la vida eterna, no es el cumplimiento de nuestra voluntad; se sitúa entre las gracias que esperamos obtener por los méritos de Jesucristo. Tendríamos que repetir de continuo el acto de esperanza.

Nuestra humildad tiene que regular también nuestras relaciones con el prójimo. Es el sentimiento profundo de lo que somos ante Dios: ¡tan poca cosa! Y así dará la nota verdadera a nuestras relaciones con los demás. Ya no nos sentiremos inclinadas a juzgar antes de ponernos en comunicacán, con ese sentimiento profundo de que probablemente somos peores que aquel o aquella a quien nos dirigimos.

Podríamos examinar un caso cualquier, en el que nuestras relaciones con otras personas han dado mal resultado. En tales casos, siempre encontraremos a la base una falta de humildad. Si en cada uno de nuestros contactos con los demás nos presentáramos con el sentimiento íntimo de lo que somos ante Dios, nuestras relaciones resultarían siempre perfectas, porque es la humildad la que permite adquirir el sentido de los demás. La caridad fraterna, la verdadera caridad sólo puede subsistir si tiene como base una humildad bien arraigada en lo profundo del alma. Por lo demás, esa es la razón por la que es más bien rara.

Por eso, Hermanas, al finalizar unos Ejercicios como éstos que están haciendo, es necesario formar el propósito muy firme de renovarse en el deseo de la humildad, de reanimar la convicción de que tienen gran necesidad de ella ya que es una de las virtudes que constituyen la vida interior a la que hemos de llegar cueste lo que cueste. Hay que desear, hay que querer la humildad; hay que orar con insistencia, con perseverancia, para que nos sea concedida.

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Nuestra vocación de Hijas de la Caridad se caracteriza de una manera muy sencilla: es el amor de Cristo en el Pobre. Cristo nos espera en el Pobre. Y si queremos realizar nuestro propio equilibrio religioso y ayudar a nuestras compañeras a que las mismas realicen la unidad de su vida, necesitamos sobre todo meditar en ese místerio del Pobre: misterio de Cristo. Ese es el verdadero centro de nuestra vida y la clave de todos nuestros problemas.

Ese Cristo que vive en nosotras, tenemos que darlo; ese Cristo que está en los Pobres, tenemos que servirle… y saber encontrarle. Es una enseñanza relativamente fácil de captar por la inteligencia. Los Apóstoles cuando Cristo les enseñaba, comprendían intelectualmente, pero esas enseñanzas no habían pasado todavía a su vida. Para que llegasen a vivir de ellas, fue necesaria la infusión del Espíritu Santo. A nosotras también nos es necesario el auxilio del Espíritu Santo. Pidamos, especialmente durante estos Ejercicios que tienen lugar durante la novena preparatoria a Pentecostés, pidamos a este Espíritu de Amor que nos descubra toda la dimensión del misterio del Cristo total.

Tenemos que orar, que implorar a María, pedir con ella la venida del Espíritu. Ante todo, para poder ver a los Pobres y descubrir sus verdaderas necesidades. Fue lo que hicieron nuestros Santos Fundadores: vieron a los Pobres, captaron sus miserias, sus angustias del momento, y respondieron a sus necesidades presentes. Nosotras también, miremos a los Pobres… a los Pobres de hoy. Hay quizá menos miserias materiales; pero hay más miserias espirituales; hay sobre todo en los pobres actualmente una mayor conciencia de lo que les separa de los que han sido más favorecidos… porque por todos los medios de comunicación extendidos por el mundo: la prensa, la televisión, la facilidad de contactos, ven más, compulsan más las clases sociales alejadas de ellos. Tratemos de mirarlos como son; busquemos cómo servirles. Empecemos por hacer perfectamente lo que tenemos que hacer por ellos. Seamos perfectas educadoras, perfectas enfermeras, etc.; ya hay un testimonio en esa perfección de nuestro quehacer técnico. La perfección en nuestros gestos de caridad es de por sí un homenaje a la perfección de Dios. Y nuestros pobres son mucho más sensibles a ello que lo que nos parece.

Estar totalmente disponibles a sus necesidades… No son ellos los que deben adaptarse a nosotras, somos nosotras las que tenemos que adaptarnos a ellos. Y si el servicio de nuestros Pobres redama ciertos cambios en nuestras costumbres, en nuestros horarios, no vacilemos en molestarnos para ser completamente disponibles.

Disponibles también a las urgencias, a lo no previsto, a lo que nos saca de nuestro encasillamiento, de nuestros planes. Evidentemente, con prudencia y dentro de la obediencia. Disponibles a su manera de ser y de vivir. Sin duda, tenemos que ayudar a la gente a afinarse, ejercer una acción educativa, pero no deseemos hacerles cambiar de ambiente, de clase social. Coloquémosles en su nivel. Seamos tan sencillas, tan cercanas a ellos que los más humildes, los más rústicos se encuentren a gusto con nosotras y no sientan la diferencia social. Lo que no excluye, por otra parte, la dignidad religiosa que debe preservarnos de toda vulgaridad. Pero hablemos un lenguaje tan sencillo como el suyo. Evitemos las palabras altisonantes. Acerquemos nuestra vida a la de ellos. Tienen que vernos muy semejantes a ellos. En este punto, tenemos que hacer un verdadero estudio y un verdadero esfuerzo. Que las personas cerca de las que vivimos reconozcan en nosotras su propia manera de vida. Que no les causen extrañeza ciertas formas de vida fácil, más próximas a la riqueza que a la pobreza. Es posible que esto exija de nosotras la renuncia a ciertas comodidades. Tengamos el valor de hacerlo. ¿Cómo nuestros pobres actuales, más pobres de Dios que de dinero, podrían sentirse más cerca de Cristo si nosotras, que somos de Cristo, aparecemos ante ellos bajo el signo de la posesión, de la autoridad?

Nuestros hermanos los Pobres esperan de nosotras el don más preciado: la Fe en Cristo. Tenemos que determinamos a vivir de tal suerte que puedan ver en nosotras el rostro de Crísto. «Hacer a Dios presente entre los Pobres, decía Pablo VI a la Asamblea, es un testimonio excelente, es vuestra fidelidad esencial».

Que en nosotras puedan reconocer a Dios a través de nuestra pobreza, de nuestra caridad mutua: ese es nuestro verdadero, nuestro más profundo servicio a los Pobres.

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