Susana Guillemin: Los peligros del cargo de la Hermana Sirviente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Es necesario hablar también. de ellos, porque, por muy alto y firme que coloquemos nuestro ideal, no dejamos de ser criaturas humanas que no se ven libres de sus pasiones e instintos naturales. Es necesario confesarnos que el cargo lleva consigo ciertos peligros. Peligros mucho mayores que los que encuentran en sus puestos las Hermanas compañeras.

Pueden, por lo demás, resumirse en pocas palabras. Pienso que en primer lugar está el instinto de propiedad. Posiblemente no se le nombra, por lo general, el primero, pero, en fin de cuentas, creo que es el que domina tódo.

Hemos hecho voto de pobreza y, mientras somos Hermanas compañeras, llegamos a mantenernos en un estado de desprendimiento. Cuando se nos nombra Hermanas Sirvientes y se nos confía una casa, unas obras, unas compañeras, dinero, al no tener a nadie por encima de nosotras para disponer de todo eso, corremos el riesgo de imaginar que todo nos pertenece, o, al menos, de obrar instintivamente como si así fuera. ¡Cuidado! porque el instinto de posesión puede despertarse y entonces es la pobreza la que es á en juego, quizá no el voto directamente, pero sí la actitud erior de pobreza. Nos vamos a encontrar poseyendo la casa, las] Hermanas: todo eso es mío.

No lo diremos a 1, explícitamente, pero en nuestro interior irá anidando ese sentimiento de propiedad, instintivo, por supuesto, involuntario, que escapará a nuestro control, pero del que tenemos que guardarnos.

Tenemos que verlo con lucidez y, si es necesario, situarnos todos los días en un estado de desposesión interior, es decir, en la disposición de abrir las manos y soltarlo todo en el mismo momento en que se nos indicara.

Se puede, pues, tener la posesión de todo lo que es externo al cargo, de todo lo que se ha puesto en nuestras manos. Pero hay una posesíón más grave: la del mismo cargo. Hay algunos paises en los que se ha logrado practicar a la letra lo que San Vicente deseó e implantó, es decir, el cese periódico de las Hermanas Sitvientes. Después de seís años en el cargo, cesan, vuelven a ser simples compañeras y, transcurrido un tiempo, se las nombra de nuevo Hermanas Sirvientes, o no se las vuelve a nombrar. La cuestión es que el cargo, el hecho de ser Hermana Sirviente, no constituye un estado de vida, una especie de «Tu es sacerdos in aeternum». No, no eres una Hermana Sirviente por la eternidad, de ninguna manera. Tendríamos que estar bien persuadídas de ello. No podemos poseer el cargo. Estemos siempre en esa disposición de dejarlo y de volver a la vida sencilla, mucho más feliz, de Hermana compañera.

El segundo peligro es, no cabe duda, el orgullo, el superaprecio personal.

No nos imaginemos que con el cargo se nos da al mismo tiempo la infalibilidad y la perfección. Lo único que, de manera cierta, recibimos es la gracia de estado; la gracia de estado no significa una cualidad o perfección propia. A lo largo de la historia de la Iglesia, ha habido Papas que han sido monstruos de la perversidad, y, sin embargo, han tenido la gracia de estado para gobernar la Iglesia y sus decisiones, dogmáticas o de ,otro típo, son de una pureza perfecta: gozaron de la promesa que Nuestro Señor hizo al jefe o cabeza de su Iglesia.

Recibimos la gracia de estado, y eso no quiere decir que seamos virtuosas, no quiere decir que somos más virtuosas ni más inteligentes ni con más cualidades de todo orden que nues, tras compañeras. Seguimos siendo nosotras mismas. Los defectos que teníamos cuarenta y ocho horas antes de recibir la patente, los seguimos teniendo cuarenta y ocho horas después, y con el agravante de que, ahora, somos Hermanas Sirvientes.

Entonces tenemos que estar persuadidas, conservar toda lucidez respecto a nosotras mismas, convencidas de lo que somos. El P. Laplace, en su libro «La mujer y la vida consagrada», dice hablando de las Superioras: «Hay que bajar a esa profundidad, sí, hay que experimentar, y no sólo decir, que una es como las demás… Sí, sencillamente como las demás, y no atribuir demasiada importancia a esa dolorosa comprobación». Eso es saber, buena y sencillamente, que no somos mejores que otras, pero que, por voluntad de Dios, tenemos la misión de ejercer la autoridad que sólo a El le pertenece.

Hemos visto, pues, que tenemos que guardarnos del instinto de propiedad de esa especie de necio orgullo. Nos queda también que guardarnos de querer sacar partido del cargó. ;Sacar partido! es algo espantoso. Aprovecharse, de una forma u otra, para hacerse servir, para tener mayor independencia, para no someterse a tal o cual obligación de comunidad. Es un aprovechamiento al que se puede llegar a veces, al que se corre el riesgo de llegar instintivamente.

Hay que examinarse de vez en cuando. Ya sé que las compañeras se encargan de hacer la caridad espiritual a la Hermana Sirviente, pero lo malo es que, de esa forma, no es buena caridad la que hacen.

De vez en cuando, tenemos que saber hacernos esa caridad espiritual a nosotras mismas, mirarnos en la verdad y ver por dónde caminamos. Mirarnos como miraríamos a otra; mejor dicho, de otra forma, porque a las demás debemos mirarlas con indulgencia y a nosotras en la pura verdad.

Sobre este punto de los peligros del cargo, podríamos estar hablando indefinidamente. San Vicente, cuando no agota un tema, tiene una expresión muy buena. Dice: «esto, esto… y lo demás». Entonces, ustedes buscarán ese «lo demás» en sus oraciones, diciéndose que la gran exigencia del cargo de Hermana Sirviente, exigencia personal para cada una, medio de ejercerlo, y al mismo tiempo su finalidad —a lo que hay que llegar ustedes mismas, sus compañeras, la casa—, es nada menos que la santidad. La santidad que es la unión lo más perfecta con Nuestro Señor Jesucristo.

Ser en el fondo lo que tenemos que aparentar, porque, en fin de cuentas, a la Hermana Sirviente lo que le incumbe es estar interiormente, profundamente, poseída por Dios, para que sea El quien actúe a través de ella.

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