Ejercicios espirituales a Hermanas Sirvientes. Instrucciones. Ascensión-Pentecostés, 1967
Antes de hablar directamente de la misión de ustedes como Hermanas Sirvientes de la Compañía y en su casa, quisiera decirles una palabra de la Vocación de la Comunidad de las Hijas de la Caridad, en la Iglesia.
Ayer decíamos que el primer de acto de la renovación que nos pedía el Concilio era precisamente el de reencontrar, en toda su pureza, la inspiración primera de los Fundadores y la verdadera vocación de un Instituto en la Iglesia, no para copiar de manera estrictamente servil lo que los Fundadores hicieron, sino para adaptarlo, trasladarlo al contexto actual.
Todo el mundo sabe lo que tenemos que hacer y no merece mucho la pena extenderse en ello. Todo el mundo lo sabe, pero lo que no sabe nadie es cómo hacerlo. Eso es lo difícil. Todo el mundo sabe que no hay que hacer exactamente lo que hizo el Fundador, sino lo que él haría hoy. Y ahí está la pregunta complicada: ¿qué haría hoy? ¿Qué harían San Vicente y Santa Luisa si, hoy, estuvieran implicados en las situaciones en que nos hallamos nosotras?
Es evidente que no tengo la pretensión de responder a tal pregunta. Pero pienso que lo que harían San Vicente y Santa Luisa se destacará poco a poco en nuestro pensamiento y en nuestro corazón si nos convertimos a su verdadero espíritu.
Tenemos señales por donde guiarnos, tenemos unos tesoros que nos envidian la mayoría de las Comunidades. Confieso que quedé profundamente conmovida en una Asamblea de Superioras Generales de Francia, cuando una Superiora General vino a decirme: «¿No podría venir usted a tener una reunión con nosotras, para que buscáramos juntas cuál puede ser nuestra espiritualidad? He descubierto —me decía— que estamos aquí unos cincuenta institutos religiosos que tuvieron su origen en la época de la Escuela francesa, es decir, más o menos en tiempos de San Vicente de Paúl. Y no sabemos en absoluto cómo definirnos; no sabemos lo que somos. Todas estamos en plan de busca, tenemos devociones fundamentales…». Añadía: «La mayoría de entre nosotras hemos sido creadas por coadjutores de parroquia o por un religioso que, en un momento dado, quisieron ver surgir una orden para responder a una necesidad local más o menos definida…», de suerte que ese conjunto de Comunidades no saben cómo definirse en la Iglesia. Es muy doloroso, ya se dan ustedes cuenta. Por eso decían: «Tratemos de unimos para ver si a través de nuestros rasgos comunes, puesto que hemos nacido más o menos en la misma época, llegamos a ver lo que somos en la Iglesia de Dios».
Nosotras, tenemos verdaderos tesoros. Casi me dan ganas de decir que demasiados, porque tendríamos que poder leerlos, asimilarlos, volverlos a recorrer desde el principio hasta el fin, para tratar de desprender de ellos el espíritu de nuestros Fundadores. No creo que haya muchas Hijas de la Caridad que hayan leído en toda su extensión todos los escritos de San Vicente, todas sus conferencias a las Hermanas y a los Misioneros; estas últimas son de una gran riqueza, más que las dirigídas a las Hijas de la Caridad, y en ellas descubrimos lo profundo del alma de San Vicente.
En los escritos de Santa Luisa, en sus cartas, se la ve vivir. Iba a decir que se la siente respirar día tras día. Se puede apreciar que acaba de haber una tormenta y que se ha resentido de sus efectos. Se ve cómo contesta a sus hijas, cómo les escribe, cómo las levanta de sus faltas, cómo las consuela en sus tentaciones, cómo siente en su corazón de madre todos los sufrimientos que ellas padecen. Y se ven también su preocupación continua, incesante, por que ellas adelanten en los caminos del Señor y respondan a esa vocación que Dios ha dado a la Comunidad. Ahí encontramos realmente la Verdad, el fondo de lo que somos.
Ayer hojeaba un poco las conferencias de San Vicente a las Hijas de la Caridad y encontré esta media página maravillosa que, a mi entender, resume perfectamente lo que somos en la Iglesia de Dios. Acaso no pensamos bastante que la espiritualidad de San Vicente es totalmente cristocéntrica. San Vicente y Santa Luisa están ambos clavados, por decirlo así, a Cristo; viven para Cristo; quieren prolongarlo, aquí en la tierra, en su persona y en sus congregaciones y quieren servirle en los pobres. Creo que no podemos leer veinte líneas seguidas sin que aparezca en ellas el nombre de Cristo o el nombre de Jesús. Cristo está de continuo, perpetuamente, presente en el centro mismo del espíritu y del corazón de nuestros Fundadores.
Vean lo que dice San Vicente a sus primeras Hijas, jóvenes muy sencillas pero que él ha sabido educar poco a poco a una vida admirable en Dios: «Estoy perseguido —dice— con los perseguidos, maldito con los malditos; soy esclavo con los esdavos; estoy afligido con los afligidos, enfermo con los enfermos». No dice: tenemos que hacer esto o lo otro. De ninguna manera. Dice (y es el fondo mismo de su ser): «estoy perseguido con los perseguidos, maldito con los malditos; soy esclavo con los esclavos; estoy afligido con los afligidos y enfermo con los enfermos». Se dan ustedes cuenta de ese poder de asimilación con los pobres, con los que sufren. No es desde fuera como tenemos que asistirlos, es siendo con ellos lo que ellos son. «Así es como debéis portaros para ser buenas Hijas de la Caridad, para ir donde Dios quiera».
Y vean a continuación la extensión que da a sus palabras: si es a Africa, a Africa, al ejército, a las Indias, donde se os llame; muy bien, sois Hijas de Caridad y tenéis que ir. Nuestro Señor (fíjense qué hermoso es esto) ha hecho una Compañía más de El que nuestra, y de esa Compañía sois miembros». Una Compañía que no es su finalidad en sí misma. ¿Puede darse un espíritu más conciliar, más Vaticano II? Vean qué desprendimiento el de la Compañía, qué desasimiento de lo que es en sí: «una Compañía más de El que nuestra, y de esa Compañía sois miembros: por eso os llamáis Hijas de la Caridad, es decir, Hijas de Dios».
Y de pronto, en su mente de padre surge el temor de que nazca una especie de sentimiento de orgullo por esa llamada, y le sale al paso por una parte con su alma de santo y por otra con ese como soplo de caridad que le anima y le hace superar todo: «humilláos, ponéos por debajo de todo el mundo», les dice pensando en cómo Dios quiere servirse de ellas, pobres aldeanas, para tan grandes cosas. Pero ecuchen lo que sigue: «humilláos delante de Dios: es lo que os corresponde; pero estad dispuestas a abrazaros con todos los empleos que la Divina Providencia quiera daros». Dice, sí, humilláos, ponéos por debajo de todo el mundo, pero que esto no os impida responder a la llamada de Dios. Fíjense cómo hace pasar la caridad por encima de todo, sabiendo muy bien que la caridad comprende todas las demás virtudes: «pero estad dispuestas a abrazaros con todos los empleos que la Divina Providencia quiera daros; no puedo sino recomenciároslo, puesto que es el fin de la Comunidad». Tenemos, pues, aquí la respuesta. Mientras otras se preguntan: ¿para qué hemos sido creadas?, nosotras sabemos para qué hemos sido creadas: para tener esa visión, ese espíritu, esa mirada abierta a las necesidades del Señor, de la Iglesia y delmundo; saber decirnos esta palabra de San Vicente: «puesto que es el fin de la Compañía, si faltáis a ello, ¡se acabó!, podéis decir ¡adíós! a la Caridad». No es posible encontrar pasaje más fuerte ni más hermoso que éste.
Traten ustedes, pues, en las respuestaá a esos cuestionarios, para las que tienen que animar el pensamiento, el espíritu de las Hermanas, traten, digo, al orientarlas, de hacer pasar la luz de Dios por el canal de nuestros Fundadores; traten de buscar juntas, de volver a leer juntas no todos los escritos de San Vicente —lo que sería imposible— pero sí algunos pasajes, algunas conferencias más significativas de lo que debemos ser en la Iglesia. En ellas tenemos que encontrar ese soplo, ese espíritu que animó a San Vicente y a Santa Luisa e hizo de ellos instrumentos tan dóciles en la mano de Dios.
Es lo que pide Pablo VI en su encíclica «Ecclesiam suam» cuando dice: «ha llegado la hora para la Iglesia de profundizar en la conciencia que tiene de sí misma, de meditar en el misterio que es el suyo». Hay que reflexionar, reflexionar para tomar conciencia. De esa conciencia clara y operante brota un deseo espontáneo de confrontar el rostro real que la Iglesia presenta hoy, con la imagen ideal de esa Iglesia, tal como Cristo la vio, la quiso, la amó como su Esposa santa e inmaculada.
Cuando leemos un pasaje de San Vicente, el que acabamos de recordar, por ejemplo, nuestro reflejo instintivo es decirnos: «y yo ¿qué soy? ¿Qué somos nosotras? ¿Somos verdaderamente esa imagen que brotó del corazón y del espíritu de San Vicente?» Esa es la confrontación. Nuestra conciencia clara y operante nos hace ‘decirnos: «eso es lo que tenemos que ser; eso es lo que Dios quiere de nosotras. ¿Qué somos?» Confrontación que debe desembocar en la conversión. Ese es el paso que tenemos que dar.
Traten, en cada una de sus casas, de profundizar en la búsqueda de lo que es la Compañía realmente en los designios de Dios. Tengamos la convicción de que el Señor quiere la perennidad de la Compañía. ¿Por qué? Una frase del Evangelio señala nuestra supervivencia en la Iglesia, si queremos ser fieles: «siempre tendréis pobres entre vosotros». Pero a esos pobres hay que ir a buscarlos, hay que encontrarlos, hay que servirlos, hay que saber dónde están para ir a responder a sus necesidades. La espiritualidad .de San Vicente no pasará nunca, porque es lo más puro del Evangelio. Es verdaderamente sorprendente, en él y en Santa Luisa cluizá más en San Vicente que en Santa Luisa, porque la expresión es más sencilla en San Vicente que en Santa Luisa); ese extraordinario sentido del Evangelio. San Vicente es evangélico hasta el fondo de su alina y en cada uno de sus menores gestos. Su vida es verdaderamente el Evangelio puesto en acción. Así es como debe ser también nuestra vida, según la más pura esencia del Evangelio.
San Vicente tiene el sentido de cada uno, el sentido de la persona (ahora se diría más bien un sentido del hombre) extraordinario. Porque fue absolutamente evangélico, se acercó directamente al hombre tal y como era en su tiempo: es otro de sus parecidos con Cristo.
San Vicente se dirigió directamente a los hombres de su tiempo; se hizo cargo de ellos con su miseria, con su realidad; los amó con un sentido de cortesía, de respeto personal, hacia cada uno, y bien sabe Dios lo bajos que estaban en la escala humana aquellos a quienes él se dirigió, con una voluntad de preocupación colectiva absolutamente inédita en aquel tiempo.
San Vicente quiso socorrer a cada pobre en particular; nunca, creo, dejó de lado una miseria cualquiera sin responder a ella, pero al mismo tiempo quiso elevar colectivamente la clase pobre y quiso responder no sólo a las necesidades de los pocos hombres que se encontraban ante él, sino más bien conjurar los azotes de aquella época. Esta visión, tan actual diríamos, es otra de las características extraordinarias de San Vicente.
Por último, quiso para nosotras «una proximidad, una cercanía de vida con los pobres». Es acaso una de las cosas más difíciles de conseguir ahora, pero a ella tenemos que tender. Nuestras Santas Reglas nos repiten varias veces: «se contentarán con ser tratadas como los pobres a los que asisten»… No sabemos hasta dónde puede llegar el alcance de tal frase, si queremos, de verdad, ser fieles a ella.
Quedémonos con esto para la búsqueda que tenemos que hacer: Nuestra espiritualidad: el Evangelio…, el Evangelio vivido como San Vicente lo vivió, a imagen de Cristo, con un gran sentido de los demás, un gran respeto por ellos, una gran proximidad de vida, en un espíritu puramente evangélico.
A lo largo de los años, se ha mantenido un tipo de Hija de la Caridad: no podemos dejar que se pierda. Con las complicaciones intelectuales de nuestra época, con las investigaciones técnicas y científicas, corremos un poco el riesgo de que ese estilo de Hija de la Caridad se complique. En medio de las exigencias actuales, sin dejar de adquirir lo que es necesario para el buen rendimiento de nuestras actividades, tenemos que permanecer
- sencillas,
- leales,
- directas,
- abiertas a los demás,
- cercanas a todos.
En la Hija de la Caridad se da una especie de gracia particular de cercanía a los demás. No hay que perder esa gracia. Sobre todo, que los estudios necesarios actualmente, el profundizar en determinados aspectos, no nos separen de los sencillos, los pobres, porque es precisamente para «ellos» para quienes hemos sido creadas. Tenemos que seguir siendo desprendidas, claras, sencillas, en medio de todo eso que, sin embargo, tenemos que adquirir: sencillas, sinceras, leales, en una gran pobreza de espíritu y una gran humildad.
Recuerdo lo que decía un buen misionero. «Actualmente se utilizan medios que son ricos, pero de todas formas, hay una manera pobre de servirse de las cosas que parecen, y lo son, ricas». Es exacto. Tenemos, evidentemente, que tender a una pobreza exterior; pero hay un estado interior de pobreza que nos permite permanecer indemnes y desprendidas en medio de todo lo que debemos utilizar para bien de los pobres a quienes nos dirigimos. Pienso en ciertas Hijas de la Caridad que viven en hospitales, en clínicas, en instituciones provistas de las mejores técnicas, organizadas para hacer la vida agradable a los que en ella se asiste: niños, enfermos, ancianos, etc. Pero permanecen indemnes en medio de todo eso y visiblemente pobres.
Sí, tenemos que tratar de ser visiblemente pobres en medio de todo lo que utilizamos.
La más destacada característica de ese espíritu de San Vicente, que por lo demás queda muy bien expresada en la frase que les he leído antes, es esa sensibili7ación constante por descubrir al pobre y sus necesidades, esa cercanía al otro que permite hallar la respuesta que debe dársele. Creo que debe ser algo específico de nuestra Comunidad.
Nuestro gran pesar en la hora actual… (y es uno de los pesares que tenemos que tratar de reducir organizando la Comunidad) es el de que, por estar encargadas de tantas obras y casas, con una disminución del personal que se acusa por todas partes, corremos el riesgo de no tener ya la disponibilidad necesaria para responder a las llamadas del momento. Creo que tenemos que tener la valentía necesaria para suprimir, para cerrar cierto número de esas instituciones… (no digo todas; es un asunto que cada provincia tiene que estudiar) que pueden atarnos, impedirnos la movilidad necesaria para volver a encontrar cierto margen de disponibilidad. No quiero decir con esto que hayan de destruirse las instituciones; de ninguna manera. Pero sí es necesario poder disponer en la Comunidad de un, digamos, retén proporcionado que pueda acudir al punto donde en un momento determinado se deje sentir una necesidad urgente de la Iglesia y de los pobres.
Creo poder decir que esa gracia de la «cercanía» y de la «respuesta» a las necesidades inmediatas de los pobres, hasta el presente, el Señor se la ha conservado a la Comunidad. He podido comprobarlo muchas veces y en gran número de Provincias. Las Hermanas están cercanas a los pobres, los comprenden, se sienten comprendidas por ellos y realizan el gesto espontáneo de la caridad hacia sus necesidades. Tenemos que conservar esta gracia, hemos; de…saber que es la nuestra y que tenemos el deber de organizarnos para poder conservarla. Y no sólo conservarla sino desarrollarla y hacerla más visible en la Iglesia.
Es el trabajo de renovación que estamos emprendiendo y que hemos de proseguir a lo largo de nuestra vida… porque cuando hayamos hecho una, dos o tres sesiones de la Asamblea General, cuando hayamos revisado las Constituciones y la Santa Sede las haya aprobado, cuando hayamos empezado a vivirlas… no nos imaginemos que ya estaremos renovadas. No, no estaremos renovadas; nunca está uno completamente renovado. Nunca llega uno a convertirse completamente. No pienso que haya una sola entre nosotras que tenga la audacia de decir: «yo, yo estoy convertida». Porque no es verdad, no es verdad. Estamos en perpetua conversión. Tenemos una naturaleza, un cuerpo, unas tendencias personales que nos arrastran hacia la vida del mundo, hacia una vida natural, hacia el razonar humano, hacia una forma de vida situada en un plano puramente humano Y por otra parte, tenemos a Dios que traspasa todo eso y nos atrae de continuo a El.
Una vida religiosa es una vida que normalmente se sitúa en perpetua tensión. En tensión, porque desde lo íntimo de la vida humana que lleva, tiene que estar levantando continuamente su nivel al plano sobrenatural y a la ascensión hacia Dios. De continuo tenemos que hacernos cargo de nosotros mismos para orientarnos hacia el Señor. Es lo propio de toda vida humana, más aún de toda vida cristíana.
La vida religiosa se sitúa de manera un tanto diferente, es más absoluta. Ahora, se intenta mucho distinguir lo que es propiamente de la vida religiosa con relación a los laicos. Lo he oído discutir por lo menos dos o tres veces en las Comisiones conciliares. Se decía: ¿cuál es el límite en que termina la vida laica y empieza la vida religiosa? Nadie pudo nunca definirlo; no llegó a saberlo nadie. Pero lo cierto es, así lo pienso al menos, que la vida religiosa se caracteriza por un absoluto. Hemos escogido, al darnos a Dios, no poner límites, no admitir proporción o promedio humano en el don que le hemos hecho.
Hemos querido dar, de verdad, la totalidad de lo que somos y tratar de llevarlo hasta lo absoluto.
Pero todos los días hay que volver a empezar. Todos los días, podemos decirnos al levantarnos: «Ahora empiezo». Es así como nos mantenemos en el fervor. El día en que uno se queda en el mismo estado en que está, se tiene la impresión de haber llegado a una altiplanicie y allí se instala uno. Parece que no hay ya nada importante que hacer: es la tibieza. Leía yo una frase en el libro del Padre Laplace «la Mujer y la Vida Consagrada»: «el riesgo que acecha a cada edad de la vida es el dormirse sobre sus laureles». Se ha hecho lo que se ha podido, se han medido las propias limitaciones, y uno llega a decir (sin confesárselo por completo, pero diciéndoselo en la práctica): «conozco mis defectos, sé cómo soy, he medido mis fuerzas y no podré pasar de tal límite». Y entonces, uno se instala donde está; la rutina empieza. Y ya no hay nada que hacer, es el fracaso, es la mediocridad, ya ni se piensa en la perfección. Pero no nos imaginemos que se queda uno donde está: lo que hace es retroceder, empieza a caminar hacia atrás.
En esta conquista de la santidad, en este trabajo constante de renovación y conversión de la Comunidad y de nosotras mismas, de ustedes y de cada una de sus compañeras, me atrevo a decir que las Hermanas Sirvientes son instrumentos privilegiados. No pienso, no, que los instrumentos privilegiados de la renovación de las Hermanas y de la Comunidad sean la Curia Generalicia, ni los miembros de los Consejos Provinciales, Visitadoras, etc. Por supuesto, tenemos una misión importante e irreetnplazable que desempeñar. Pero los «verdaderos» artífices de la renovación son las Hermanas Sirvientes. ¿Por qué? Porque están situadas en el centro mismo de la vida de la Comunidad. Están cercanas a la vida, junto a sus compañeras, junto a la autoridad (ya sea la Provincial o la Curia Generalicia). Se sitúan en cierto modo en el centro de los intercambios vitales, de las órdenes y directivas y de su aplicación en la vida. Si las Hermanas Sirvientes son buenas y santas, la Comunidad será buena y santa. Si las Hermanas Sivientes son tibias, la Comunidad se desmoronará. Tal es mi convicción profunda y pienso que corresponde a una realidad. La Hermana Sirviente es verdaderamente el instrumento de Dios, el instrumento principal y permanente de la renovación emprendida y de la conversión general y continua de la Comunidad y de cada una de las Hermanas.
Deben, pues, preguntarse con motivo de estos ejercicios espirituales: «¿qué soy yo, Hermana Sirviente?» Del mismo modo que la Comunidad actualmente se interroga para decirse: ¿qué soy en el pensamiento de Dios?, ustedes también deben preguntarse: «¿qué soy en el pensamiento de Dios?» Y no pueden contestarse situándose sólo en relación con su cargo; no pueden hacerlo de otro modo que situándose dentro de la gran organización de la Iglesia.
En Lumen Gentiurn encontramos una hermosísima frase que dice: «En su cuerpo (es decir, en la Iglesia) Cristo dispone continuamente los dones de los ministerios por los que, gracias a su virtud, nos aportamos mutuamente los servicios necesarios para la salvación». Su misión de Hermanas Sirvientes se sitúa, así, como un don hecho a la Iglesia, a la Comunidad, un don de ministerio. Ejercen ustedes en la Iglesia, en la Comunidad, un ministerio que debe proporcionar los servicios necesarios para la salvación. Es muy importante, es ahí donde se encuentra la verdadera razón de ser de su cargo de Hermanas Sirvientes.
En el centro de las relaciones de las Hijas de la Caridad con Dios, relaciones de almas consagradas con el Señor, se sitúa la Hermana Sirviente que por su ministerio transmite la gracia, ayuda, facilita la posibilidad de la vida consagrada, el ejercicio de la autoridad y de la obediencia, etc. Es un don que Cristo ha hecho a la Iglesia. ¿Cómo determinar ese ministerio? Una frase de Perfectae Caritatis puede darnos la respuesta:
«Los Superiores, por su parte, que han de dar cuenta a Dios de las almas que les han sido encomendadas, dóciles a la voluntad de Dios en el cumplimiento de su cargo, ejerzan su autoridad con espíritu de servicio a sus hermanos, de suerte que expresen la caridad con que Dios los ama».
Podemos, pues, determinar las características de nuestro ministerio con relación a las Hermanas que se les han encomendado.
- Es un ministerio de amor,
- es un ministerio de autoridad,
- es un ministerio de unidad.
Están ustedes sítuadas en el centro de su Comunidad como una especíe de testigo visible del Amor que Dios tiene a cada una; como una delegada, una vicaria, podría casi decirse, de la autoridad que El ejerce sobre cada una (una autoridad de la que volveremos a hablar para mostrar cómo se ejerce en espíritu de servicio). Ejercen ustedes también un ministerio de unidad, a fin de que, en su búsqueda de Dios, las almas que les están confiadas, vayan al Señor reunidas en Comunídad, vayan juntas y unidas hacia El.
Esto trae consigo una gracia particular: la gracia de estado. Sabemos que existe; creemos en ella por espíritu de fe; al cabo de cierto número de años de ejercer el cargo de Hermana Sirviente, creemos en ella por razón, porque la hemos experimentado muchas veces. La gracia de estado no es un mito. Es algo muy real que interviene cada vez que se presenta una dificultad. La Hermana Sirviente recibe esa gracia de estado; la recibe con miras a cada una de las almas, con miras a la Comunidad local, con miras a la Comunidad en general y con miras también a la Iglesia.
No tenemos que separar nunca, nunca nuestra acción individual, nuestra acción en la Comunidad local, del gran conjunto en el que está inserta.
Todo lo que hacemos, querámoslo o no, tiene una repercusión a veces considerable en la Comunidad y en la Iglesia misma. No siempre tenemos ocasión de comprobarlo; pero a veces quedamos sobrecogidos ante la realidad de la cosa, viendo cómo de un pequeño gesto, de una casa minúscula e ignorada, parten las cosas más grandes, o las peores, que puedan darse en la Comunidad o en la Iglesia.
Sin embargo, nuestra fe en la gracia de estado no puede hacer abstracción completa de nuestras condiciones personales, las nuestras, en el ejercicio de un cargo, cualquiera que sea, de autoridad. Por poco sincera que sea, al encontrarse ante un cargo de autoridad religiosa, se tiene la impresión de una paradoja viva. Una no puede menos de decirse: «Este cargo requeriría una santa a nivel religioso, una inteligencia superior a nivel humano, unos medios con los que yo no cuento… ¡y soy la que me hallo en este puesto!» Ve una entonces aparecer los propios defectos, las faltas que han materializado esos defectos, las propias deficiencias, simplemente a nivel humano, las propias carencias desde el punto de vista de la formación… etc., y una se dice: «Esto es lo que Dios quiere de mí. ¿Qué voy a hacer?» Evidentemente, en ese momento tiene que intervenir el acto de fe en la existencia de Dios y en la gracia de estado, puesto que una no ha hecho nada por llegar hasta esa carga que se ha colocado sobre sus hombros.
Pero existen también, de todas formas, medios humanos que pueden remediar nuestros defectos. Yo diría que cuando se recibe un cargo que no se ha deseado, no debemos temer tanto nuestra pobreza personal, con estas condiciones:
1.° que reconozcamos esa pobreza: si no se reconocen las propias deficiencias, está uno perdido;
2.° que la aceptemos; si se ven las propias deficiencias, pero se pone una en un estado de reacción interior contra ellas, va a resultar así una turbación, una lucha, una agresividad continuas, que van a desbordar sobre los que nos rodean. Nuestra pobreza tíene que ser reconocida humildemente, pero tiene que ser aceptada con la misma humildad;
3.° que la combatamos. Que la combatamos con todos los medios a nuestra disposición.
Tenemos que conocer nuestro propio temperamento.
Cada una tenemos un temperamento y, con ese temperamento, una tendencia principal. Ya conocen ustedes las enseñanzas dásicas. Se nos presenta el afecto dominante como el punto sobre el que debe recaer el examen p’articular. A veces, hemos escuchado esto sin comprender bien toda la prudencia y sabiduría que encierra, su extraordinaria profundidad, natural y sobrenatural. No voy a darles a ustedes una clase de psicología (no sabría hacerlo); pero sepamos que todas tenemos un temperamento con una tendencia dominante y obramos siempre en función de esa tendencia. Por poca sinceridad que tengamos, hemos de ver en poco tiempo cómo se destaca esa tendencia profunda que es la nuestra.
A una misma falta cometida por dos o tres personas, podemos encontrarle dos, tres o cuatro causas distintas.
Tenemos un ejemplo concreto: en una casa o en una comunidad un poco numerosa, tres Hermanas se encolerizan, se dejan llevar del genio, y continuamente manifiestan reacciones de agresividad contra las demás compañeras. Las raíces de tal hecho pueden ser absolutamente diferentes. Una se enfadará porque es orgullosa y no soporta nada que pueda ir en contra de la buena opinión que tiene de sí misma: por orgullo, pues, se enfadará de continuo. Otra, lo hará porque es perezosa, y cada vez que se le pide un esfuerzo, tendrá una reacción de agresividad contra los que pretendan hacerla salir de su pereza. Otra, se enfadará porque se repliega en ella misma, tiene tendencia a buscar la amistad natural; y tan pronto como tiene la impresión de que ésta o aquella está menos bien dispuesta en su favor, pensará que no la quieren y de ahí la reacción de agresividad.
Manifestaciones exteriores exactamente semejantes pueden proceder de raíces totalmente diferentes. Y tenemos que conocer esa tendencia nuestra profunda porque va a verterse en nuestra forma de ejercer la autoridad. Si estamos dominadas por el orgullo (todas lo estamos, más o menos), tenemos que saberlo para poder prevenir sus reacciones en nuestras relaciones con los demás.
Si, por ejemplo, una compañera se llega a decirnos (tiene que ser ella la que venga a decírnoslo): «Hermana, ayer me dijo usted que hiciera tal cosa; pero me veo en la obligación de objetarle que me encuentro con tal dificultad». Una Hermana Sirviente orgullosa reaccionará diciendo: «¡Cómo! hace usted pasar su juicio por encima del mío. ¿Dónde está su sumisión de juicio, Hermana?» Ahí, no es la razón ni lo sobrenatural los que han reaccionado, sino la naturaleza.
Si la Hermana Sirviente está acostumbrada a dominar su orgullo natural (es posible y es normal que sienta una pequeña reacción interior) lo que hará ante todo será escuchar lo que le dice la Hermana. Si ésta no tiene razón, le dirá: «La he escuchado, pero creo que el motivo que da usted no tiene consistencia; después de reflexionar, he visto otros aspectos de la cuestión que usted no tiene en cuenta. Por consiguiente, lo mejor es que obedezca». Pero si se da cuenta de que la Hermana ha visto un aspecto de la cuestión que ella no conocía (cosa que es complamente normal), le dirá: «Le agradezco que me haga usted ver esto que yo ignoraba».
Así es como debe ejercerse la autoridad. Si esa Hermana Sirviente no estuviera con «la atención puesta» en su tendencia dominante, se dejará llevar y acabará por ejercer la autoridad con modales que son un desastre para la misma Hermana Sirviente, para la casa y para las Hermanas. Hay que conocerse, conocerse para poder dominar las tendencias profundas, por una parte, y por otra para poder remediarlas.
No somos universales y una Hermana Sirviente no está obligada a hacer ella misma todo lo que ha de hacerse en la casa. En «una sola cosa» es insustituible y no puede descargarse de ella: es la dirección espiritual de su casa y la dirección espiritual de sus Hermanas. Eso es «lo suyo» propio. Somos Hermanas Sirvientes «únicamente» para el aspecto religioso del cargo. Lo demás: debemos organizarlo, pero hemos de hacerlo ejecutar por otras. No hemos de tener ningún interés personal. Si no existiera esa cuestión de «relación con Dios», esa parte religiosa del cargo, no sería necesario tener Hermanas Sirvientes. Entonces, estaría yo de acuerdo con la escuela actual que pretende: «No hace falta Superiora en las casas; basta con una responsable y una fraternidad». No falta quien lo piensa así. Conozco, incluso, Congregaciones que han empezado esa experiencia. ¡Pero eso es una negacíón de la vida religiosa! Es reducirla a la comunidad humana, al equipo humano: ya no hay en ello sentido religioso, Dios no se halla en el centro. Ese es uno de los ejemplos de los que puede decirse: La renovación emprendida por ciertos Institutos va a llevarlos a su propio suicidio». Efectivamente, es una forma de suicidio, porque se acaba con la vida religiosa.
— Son ustedes Hermanas Sirvientes en función de esa tarea religiosa de relacionar con Dios.
Lo demás, pueden organizarlo; si les faltan medios, la cosa no tiene demasiada importancia. Vamos a tomar un ejemplo concreto. He oído a Hermanas Sirvientes decirme: Madre, no puedo en absoluto ser Hermana Sirviente: soy incapaz de hacer una suma: me equivoco continuamente. Y yo contesto a eso: «no tiene importancia. Encarguen a una de sus compañeras el llevar las cuentas o sírvanse de un contable. Punto y aparte». Más aún. Me imagino a una Hermana Sirviente que no tiene las cualidades necesarias para dirigir una reuníón de profesores, en una escuela, por ejemplo. ¿Y qué importa? No tiene más que designar a una de sus compañeras para que haga las reuniones de profesores. La Hermana Sirviente las preparará con ella, sabrá de qué se va a tratar, podrá asistir incluso si lo estima necesario; y si no, la Hermana le dará cuenta. Verá si las cosas marchan como deben. Y con eso basta.
Necesitamos tener la humildad de reconocer lo que nos falta. A cada una nos faltan bastantes cosas. Junto a nosotras tenemos compañeras dotadas con lo que nosotras no tenemos. Esa es la complementariedad de la Comunidad, esa es la riqueza de la Comunidad. «Yo no soy capaz de hacer esto o aquello»… pues que lo haga mi Hermana, ¡y que yo no tenga envidia, por amor de Dios! Al contrario, encarguen a una Hermana que lo haga y ya verán cómo la comunidad marcha perfectamente. La Hermana estará contenta de poder ejercer sus talentos, ustedes, porque ya no sentirán su deficiencia que quedará salvada, y toda la comunidad vivirá en serenidad y paz, porque cada una hará lo que tiene que hacer, según la gracia que Dios le ha dado.
Ser buena Hermana Sirviente, es eso. Es conocerse a fondo, con humildad, remediar en lo posible las propias deficiencias y los propios defectos, haciéndose completar por las que han recibido dones que nosotras no tenemos.
Pueden también tener ustedes disposiciones naturales que no han sido cultivadas. Hay que decir que actualmente esto se siente de manera más dolorosa que antes, porque existe una enorme distancia entre la formación que se da a las Hermanas jóvenes y la que se dio a las Hermanas Sirvientes cuando eran jóvenes a su vez: a mí me ha ocurrido lo mismo que a ustedes. Sí, en la vida se siente esa especie de abismo en la formación, y muchas Hermanas Sirvientes dicen ahora: «No estamos al día». Por lo demás, aun las que han recibido buena formación dicen: «Se ha dado tal evolución en la doctrina de la Iglesia, en la manera de presentar y recibir los Sacramentos, tal evolución en todos los campos, que nos sentimos completamente desfasadas con relación a nuestras Hermanas jóvenes». Otras se lamentan: «No sé cómo hacer las repeticiones de oración o cómo organizar la Conferencia del viernes». Es éste un punto importante. Una Hermana compañera me confesó un día con toda humildad: «Nuestra Hermana Sirviente nos dice a veces cosas que rozan la herejía». No era la culpa de la Hermana Sirviente, que decía, sencillamente, lo que a ella le enseñaron en otro tiempo. Pero que ya no estaba de acuerdo con lo que debemos entender y practicar.
Hay pues, en toda la medida de lo posible, que tratar de remediar tal estado de cosas. Son muchos los lugares donde constituye una verdadera preocupación. Hay provincias que han hecho cursillos de adaptación de «aggiornamento»; las «uniones» o federaciones de religiosas han organizado cursos doctrinales, de Sagrada Escritura, de psicología, etc.: en los que las Superioras locales pueden tomar parte. Que se dediquen al aspecto o, rama que más necesiten, no a todo, de forma que puedan poco a poco actualizar la formación que recibieron hace quizá muchos años. Se pueden también colmar las lagunas con lecturas apropiadas, bien dirigidas. Hay que preocuparse de esto. Ya sé que en las Provincias existe esta inquietud. Pero ustedes tienen responsabilidad, en cuanto a ustedes mismas y en cuanto a sus compañeras, de tratar de actualizar los conocimientos y la formación recibidos.
Estas son, yo diría, las obligaciones más importantes que tienen con ustedes mismas. Conocerse como son, para poder remediar sus deficiencias en lo posible, remediar la formación que pueden no haber recibido o la que resulta hoy poco actual, y por último tender a Dios de manera constante.
El mayor deber que tienen ustedes hacia sus compañeras es el de empezar por ser ustedes mismas lo que quieren que ellas sean. Honradamente no se puede pedir a los demás que hagan un esfuerzo de vida interior, de vida espiritual, un esfuerzo de virtud, si una misma no está determinada a hacer ese mismo esfuerzo. Observen que no digo «si se ha conseguido». Por más que hagan, nunca conseguirán yugular por completo sus defectos, ser las santas que deberían ser. Pero, con toda lealtad, tienen que tener esa tensión continua y personal hacia Dios, esa búsqueda del Señor. Si no, los consejos que den ustedes, las relaciones que tengan con sus compañeras y con la comunidad se situarían en un plano de mentira. Ahora bien, Dios no está donde la mentira. Deben ustedes a sus compañeras su actitud personal de búsqueda de Dios. Es el mayor de sus deberes. Que su actitud interior sea un tender continuo a Dios: sólo así podrán inducir a sus compañeras a hacer otro tanto.
Son cosas que no pueden expresarse. No será porque repitan ustedes que buscan al Señor por lo que harán pasar la corriente. Si en realidad, en el fondo de su alma, lealmente, todos los días intentan orientarse a Dios, no sólo en sus momentos de encuentro con El: rezos, oración, Santa Misa, exámenes particulares, sino a lo largo del día, en todos los instantes del día, esto se revelará, se percibirá, porque es una presencia de Dios, Dios está presente. Quizá no creemos bastante que una actitud de verdad «hace» a Dios presente. Presente en el alma que camina en verdad y caridad. Y esa presencia de Dios actúa en las que nos rodean.
Esa es la más clara, la más evidente de nuestras obligaciones de Superioras.








