Después de la Misa de esta mañana, me parece que no podemos hablar de otra cosa que de la vida fraterna.
Hemos rogado esta mañana por la unidad dentro de la Iglesia y también por la unidad en la tierra. Además, la Misa se ha celebrado por la intención de la unidad en la Comunidad. Que reine la unidad: unidad de espíritus, unidad de corazones, unidad en lo que debemos ser y pensar. Que reine igualtnente la unidad entre todas las Provincias; que reine entre las casas dentro de cada Provincia; y entre las Compañeras dentro de cada casa. Que vivamos como se nos ha dicho repetidamente durante la Misa, que vivamos en un espíritu unánime para alabar al Señor con un corazón unánime
La vida común. Tiene por fin llegar a esa unidad de espíritu, a esa unidad en la alabanza y el servicio del Señ or. Cuando la consideramos, nos encontramos divididas entre dos sentimientos: La miramos y exclamamos: O quam bonum et quam jucundum… «¡Qué bella, que buena es la vida en común!» Pero, después sentimos la tentación de decir: «¡Qué dura es!» No siempre es fácil vivir en común; es más, casi siempre es difícil, exige continuas renuncias. No sé ya quién era el que decía que la vida común formaba parte de la ascesis religiosa, que era un verdadero ejercicio de ascesis.
Preguntémonos en primer lugar en qué consiste el espíritu de la vida comunitaria.
Y empecemos por decir que vivir en una colectividad no es lo mismo que vivir en comunidad. Hay personas que se reúnen en un hotel; viven en colectividad. En una reunión cualquiera, se está en colectividad. Eso no es vivir en comunidad. No hay gran cosa, por no decir nada, en común entre los que se alojan en el mismo hotel, como no sea que pagan el mismo precio y comen la misma comida. Pero eso no basta para crear una comunidad; no pasa de formar una colectividad.
La vida fraterna es una vida de unión, una unión que debe efectuarse en ,e1 espíritu. ,
No debemos intentar que se realice la unión de la comunidad a partir del grupo en sí. Por ejemplo, podría darse en una casa el encuentro feliz de Hermanas que tuvieran las mismas ideas, pensaran igual, con una misma manera de ser y que, unidas, formaran un grupo ideal. Con sólo eso, no habría entre ellas más que unos vínculos un tanto egoístas y personalistas. Puede que llegaran a formar una comunidad porque, en medio de todo, se diera entre ellas cierta unidad de espíritu; pero no llegaría a ser comunidad religiosa, comunidad «religada» a Dios.
La unión en nuestras comunidades no debe efectuarse en torno a una misma, en torno a las Hermanas, sino en torno al fin común que ha de dominar nuestra existencia, es decir, en torno a Dios.
Unirse, en comunidad, no es mirarse a una misma para amarse de modo natural; es mirar juntas a Dios, formar una unión de corazón y de voluntad en torno a un mismo amor, que es Cristo.
Ya ven que no digo —y soy consciente de ello— en torno a un mismo ideal.
Cualquier comunidad humana puede, a mi parecer, únirse en torno a un ideal; por ejemplo, los marxistas se unen en torno a una idea, a un sistema de ideas. Muchas comunidades humanas pueden unirse así, por ejemplo, las instituciones que trabajan contra el hambre en el mundo. Cierto, se reúnen para una obra de caridad, en tomo a una idea, una campaña. Nuestra unión no puede efectuarse en tomo a una idea.
No me gusta cuando se dice: nuestra vida, nuestra vocación responde a un ideal. No, nosotras nos unimos en torno a un mismo amor que es Crúto, nos unimos en torno a una persona. El vínculo que debe unir nuestros espíritus, nuestros corazones, nuestros pensamientos, la actividad de nuestra vida, es la Persona de Cristo, que ha de ser para cada una de nosotras verdaderamente la finalidad, el centro, y cuantas expresiones pudiéramos añadir una tras otra: siempre serían exactas, porque Cristo debe sedo todo para nosotras.
A veces, nos extrañamos, nos lamentamos, pobres Hermanas Sirvientes, diciéndonos: tengo una comunidad y no logro reunirla. Y es verdad. Hay Hermanas Sirvientes que, con toda su buena voluntad, sin faltar para nada a su deber, no llegan a reunir a la comunidad que se les ha confiado.
Si no se consigue reunir a una comunidad, es porque en las Hermanas que la componen no es el amor de Cristo lo que domina. En la medida en que Cristo ensanche el corazón, el espíritu, la voluntad de cada una, se irá llenando y crecerá la unión y la vida fraterna.
Sobre esa Persona viva de Cristo, a quien hemos entregado nuestra vida, vamos también a cimentar nuestra comunidad, nuestra vida en común, dicíéndonos por adelantado que en ese aspecto, como en todo, no llegaremos a una perfección absoluta, ya que nuestra comunidad no deja de ser humana.
Una vida fraterna tiene que estarse construyendo siempre, porque hay roces, dificultades, momentos bajos; pero también los hay de crecimiento y progreso, y esos momentos corresponden al progreso o a la baja forma de los individuos que componen la comunidad.
Reflexionemos también, por otra parte, en que, desde que abrazamos la vida de Hijas de la Caridad, vida consagrada a Dios por los santos votos y por el compromiso de la vida en común, esa vida fraterna se ha convertido para nosotras en una obligación. No es algo añadido, además. Una Hermana, por ejemplo, no podría decirse: «Me he consagrado a Dios por los votos de Pobreza, Castidad, Obediencia; voy, pues, a vivir, pobre, pura, obediente, voy a servir a los Pobres lo mejor que pueda… y las demás, a mi alrededor, que hagan lo que quieran». Es cierto que así faltaríamos a una obligación formal y grave que pesa sobre nosotras desde que entramos en Comunidad. Además, en la fórmula de los votos observarán que decimos: «en la Compañía de las Hijas de la Caridad»…
La vida fraterna es, pues, una voluntad de Dios, una llamada que Dios nos dirige, y es en comunidad, no solas, como debemos ir a Dios; en comunidad, con nuestras Hermanas. También es en comunidad como debernos tratar de dar a Cristo a los demás.
Toda nuestra vida personal está comprometida en la vida de comunidad y hacia ella debemos orientarla. Tenemos algo que recibir de esa comunidad y tenemos también el deber de darle algo. En nuestra actividad no debemos nunca sentirnos solas, ni creer que no tenemos otra responsabilidad que la de presentar a Cristo a través de nuestra propía vida. Por el hecho de pertenecer a la Comunidad, comprometemos con nosotras en nuestras acciones, manera de ser, actitudes, esfuerzos, éxitos y fracasos, comprometemos a esa Comunidad a la que pertenecemos.
Y tenemos que añadir —cada vez es más cierto—: en el mundo en que vivimos, comprometernos también a la Iglesia. Tiene enorme importancia. Tenemos que sentirnos continuamente solidadrias de las comunidades a que pertenecemos: la Comunidad católica, la Comunidad de las Hijas de la Caridad, la comunidad local, parroquial, cristiana de las que formamos parte y que dan testimonio en el mundo descristianizado en que vivimos.
Las personas que nos contemplan, los que no son cristianos o están alejados de Dios, ven que el Señor existe. A sus ojos, queda representado por el sacerdote que pasa por la calle, por la religiosa, por aquella familia que frecuenta la Iglesia. Si todo ese mundo da testimonio unánime, si a través de ellos se percibe la caridad de Cristo, la gente dirá: <da Iglesia tiene caridad». Si algunas unidades se separan, por ejemplo, una religiosa, una Hija de la Caridad que es desagradable, que no se muestra disponible cuando se acude a ella, serán todos los cristianos los que no son buenos, la comunidad parroquial no será buena, será toda la Iglesia en general la que no representa a Dios: «Si Dios es como esta Iglesia, no merece la pena, yo no creo».
Para vivir en comunidad, hay que empezar por constituir un cuerpo, y en la vida cotidiana hacerse presente corporalmente en esa vida fraterna, aun antes que estado de espíritu.
Por ejemplo, en los recreos. Cada una tiene que imponerse la obligación de estar presente en los recreos. Hay Hermanas que se dispensan de asistir, y que lo hacen no tanto porque no deseen vivir la vida fraterna, sino porque tienen trabajo; se dejan desbordar por el trabajo y no piensan ya en otra cosa.
Cada una de las Compañeras es responsable de proporcionar a las demás un clima familiar y el afecto fraternoa que tiene derecho. Es la expansión que cada una debe encontrar en la comunidad.
Esto depende mucho de la Hermana Sirviente y de la forma en que dirija el recreo y participe en él. Por ejemplo, si una Hermana Sirviente, al terminar la comida, antes de ir al recreo se dice: «tengo tiempo de hacer algo, las Hermanas no vienen hasta tal momento, yo también llegaré entonces». Y al llegar retrasada, en vez de encontrar diez o viente Hermanas, no encuentra más que a dos o tres. ¿Qué ha ocurrido? Pues que a la hora fijada para el recreo, ha llegado una, la primera, ha abierto la puerta y ha dicho: «No está la Hermana Sirviente», ha cerrado y se ha vuelto a marchar diciendo: volveré Cuando haya alguien. Otra ha llegado también, ha abierto y ha dicho: «No hay nadie, me marcho» y se ha marchado del mismo modo… Y así una tras otra.
En cambio, si la Hermana Sirviente sabe imponerse la disciplina es cuestión de disciplina de estar en el recreo en el momento mismo en que empieza, aun cuando no haya nadie, sentarse en su sitio y esperar, ya verán cómo en poco tiempo las Hermanas se unirán a su alrededor y tomarán la costumbre de llegar puntuales, encontrándose muy felices.
Es muy importante que la Hermana Sirviente esté presente. Presente en los recreos y presente en las comidas. No es cosa indiferente comer juntas, aun prescindiendo de la lectura; hay grandes cristianos que dicen que las comidas, el tomar alimento, es una especie de comunión con los dones que Dios nos da. Que esa comunión tiene un valor de unión entre los miernbros de una familia, entre los miembros de una comunidad. En una familia humana, ¿no es acaso la hora de la cornida la que reúne, por lo general, a todos los miembros? Se reúne la familia, se conversa, se toma —todos juntos— la misma comida; son momentos de vida común real, en torno a un mismo acto, momentos de vivir unidos. Entre nosotras, en comunidad, también las comidas tienen ese valor. Si las comidas desaparecieran del género humano, si, por ejemplo, se llegara, como dicen, a sustituir las comidas por píldoras de alimentación química… el mundo caminaría hacia una especie de disgregación moral.
No es exagerado. Todos los psicólogos estarían de acuerdo en decirlo. Ya no existiría ese gesto común, esa reunión, ese acto hecho en común que tanto poder tiene para unir los espíritus. Nosotras, además, durante el tiempo de las comidas tenemos la lectura que creará una nueva comunión de espíritus, dándonos ideas comunes, pensamientos comunes, que podrán, después, ser el alimento de nuestras conversaciones en el recreo y facilitar el cambio de impresiones, aun incluso con ocasión del trabajo. Unos mismos pensamientos habrán alimentado nuestro espíritu y, poco a poco, se dará una formación que nos ayudará a tener una misma mentalidad.
Ya no se hacen muchos trabajos comunes en nuestras casas, porque, desgraciadamente, nos vemos cada vez más en la precisión de descargarnos del material en empleadas que nos ayudan De todas formas, tratemos de salvaguardar algunos trabajos comunes. Nada une tanto como una acción de interés común hecha entre todas. Cosas pequeñas… Por ejemplo, en una casa rural, o de otro tipo, se pueden preparar conservas entre todas, pelar guisantes o judías… Son cosas que unen, que crean vida de familia. En toda vida de familia se crea unión en torno a tareas materiales. Creo que no hay que descuidarlas. Los trabajos comunes no tienen como única finalidad la de proveer a determinadas necesidades: tienen también cierto valor de unión.
En todos esos usos de comunidad, en todo lo que forma la trama de nuestra vida, que nos legaron las generaciones que nos han precedido… es posible que haya cosas que adaptar, cosas que cambiar, incluso cosas que dejar caer por completo; pero guardémonos de perder el sentido profundo y las repercusiones enormes que tienen en nuestra vida, nuestra vida interior y nuestra vida fraterna.
La Hermana Sirviente tiene que estar presente también en el descanso. Hay Hermanas que se acuestan siempre después que las demás, y otras que se levantan siempre antes. ¡Es terrible! En comunidad, tenemos que acostarnos y levantarnos al mismo tiempo. No creo que sea necesario insistir en ello. Pero sé muy bien que hay Hermanas a las que resulta casi imposible poner en regla. Les deseo que lo consigan.
Tienen que hacer todo lo posible para ello. La vida en común es penosa, hay que reconocerlo; es necesario un respeto mutuo que comprende el respeto al descanso de las dernás. Ya sé que las Hermanas Sirvientes se ven obligadas a veces a velar para poder hacer su trabajo, y por lo tanto a acostarse más tarde. En primer lugar, les ruego que lo hagan lo menos posible, y después, que se las arreglen, al entrar en el dormitorio, para no molestar a las Hermanas. Y no se quedan más tarde con pretexto de mayor piedad o mayor mortificación.
Recuerdo en este momento una casa, en que la Hermana Sirviente, una santa Hija de la Caridad, había pedido permiso a su Director para acostarse después y así poder tener una rato mayor de oración. El Director me lo dijo —el Director Provincial, no su director espiritual— y le parecia que, desde entonces, había cierto malestar en la casa; la conducta de la Hermana Sirviente era como una especie de acusación: «Si la Hermana Sirviente hace eso, ¿no tendríamos que hacerlo nosotras también?»
La santidad y la perfección de la Hermana Sirviente debe consistir en practicar lo más perfectamente posible la vida común. Creo que esto es más importante que pedir excepciones o particularidades, aun con pretexto de piedad y mortificación mayores. La vida fraterna requiere una renuncia que es ya un acto de caridad hacia los demás, muy superior a cualquier práctica privada.
Por supuesto, no basta con estar presente de cuerpo en la vida común: hay que estarlo también de espíritu.
Hay Hermanas que llegan al recreo con su mal humor, con la preocupación de lo que han hecho o dejado de hacer durante la mañana, de esta o aquella dificultad de su oficio. En tal estado, no participan, se encierran en un silencio un tanto desagradable para las demás o permanecen ausentes o distraídas. Sé muy bien que, a veces, es muy difícil evadirse de las preocupaciones del oficio. Cuando se tiene, por ejemplo, la responsabilidad de un enfermo moribundo o de un grupo de chicas que no se portan bien y a las que no se sabe por dónde abordar… es cierto que eso se apodera del pensamiento. Pero creo que aun para la misma interesada será un excelente ejercicio de higiene mental al esforzarse por desechar esa preocupación siquiera durante unos momentos; y, además, será un buen acto de caridad fraterna.
Tengamos presente en nuestro espíritu, y hagamos que las Hermanas lo tengan también, que nuestro deber no se concreta sólo a los Pobres, a los niñ os, etc. Nuestro deber se extiende igualmente a la compa’ñera que tenemos al lado, esa compañera que necesita expansión, recreo, que necesita sentir una presencia amiga, un afecto fraterno junto a sí. Si no lo tiene, es que el medio ambiente de comunidad no le proporciona aquello que requiere.
A veces, las defecciones pueden prepararse, de lejos o de cerca, por esa especie de ausencia de la comunidad. Si se hubiese dado el ambiente ideal que debe haber en cada una de nuestras casas, es posible que esta o aquella Hermana no se hubiera desalentado y no habría ido a buscar fuera lo que podía encontrar dentro de la misma comunidad.
Tenemos, pues, que estar presentes de espíritu en la vida común. Tenemos que participar en las alegrías y sufrimientos de cada una. No se trata de inmiscuirse indiscretamente en su vida personal: a la Hermana Sirviente corresponde mantener las cosas en los límites razonables.
Me parece que, en nuestras comunidades, cuando se da una alegría familiar como un nacimiento, una boda, un bautizo, una ordenación sacerdotal en la familia de una de las Hermanas, toda la comunidad debe tomar parte en su gozo. Lo mismo cuando se trate de un luto, de un sufrimiento, toda la familia debe ofrecer a la interesada la ayuda de su oración, de su participación en su pena.
La mejor manera de participar es hacer celebrar una Misa por la intención de que se trate.
No estemos ausentes las unas de las otras, pero sin llegar a la ingerencia indiscreta. Tampoco conviene que la preocupación de la comunidad, sus conversaciones en el recreo, giren habitualmente en torno a esos acontecimientos de familia. Sería un abuso. Hay que participar en las alegrías y penas de las demás, pero el centro de interés de la comunidad no deben ser las familias de las Hermanas, sobre todo si se trata siempre de las mismas. Cuando se participa así en los acontecimientos familiares, todas las Hermanas tienen que recibir el mismo trato y no hacer distinciones. De otro modo se llegaría a una desviación, a unos abusos y la comunidad acabaría por inclinarse hacia un género de vida puramente natural. No es cuestión de desviarse de la comunidad religiosa a la comunidad humana. Comprendo que es difícil mantenerse en el justo medio.
La comunidad, que debe cimentarse en torno a los individuos que la componen, si quiere ser sana y verdadera célula de la Iglesia, debe cimentarse también en torno a lo que la rodea.
Una comunidad que vive de sí misma se empequeñece, se debilita, llega a inutilizarse, no produce frutos para la Iglesia de Dios. Vean lo que ocurre con una familia humana que se encierra en ella misma, cuyos miembros no participan con los otros: el marido tiene sus reuniones, la mujer sus asociaciones, los hijos los grupos que han escogido. Esa familia gira en torno a sí misma y acaba por tener poco valor. Lo mismo le ocurre a una comunidad religiosa.
Tenemos que partimPar en lo que se da en torno nuestro, en la comunidad cristiana y en la Parroquia en que vivimos.
Hay una participación de espíritu que debe darse en comunidad.
No basta, por ejemplo, en una casa donde una Hermana da catequesis fuera, otra va a cuidar a los enfermos, otra se ocupa de las internas, otra de las cosas de la casa y la Hermana Sirviente coordinándolo todo; no basta con que la Hermana que da la catequesis de la Parroquia organice la Primera Comunión sin que esto tenga repercusión alguna en la casa. Es necesario que todas hablen de la Primera Comunión, que, juntas, participan en esa alegría. (Bueno, no dejarán de hacerlo porque la Primera Comunión lleva consigo un «bendicamus» para la Comunidad). He tomado la Primera Comunión como ejemplo, pero hay otros. Hay que participar en todo lo que hacen las Hermanas, tomar interés en ello. La Hermana que cuida a los enfermos no puede decir, por ejemplo: «nos marea con sus niños». Ni la del Catecismo: «estoy harta de oír hablar de enfermos». Por supuesto, no habrá que estar contando siempre todas sus preocupaciones, pero cada una tiene que vivir unida a las demás.
Estar presente no sólo en los acontecimientos que nos rodean de cerca, sino también en los grandes acontecimientos de la Comunidad y de la Iglesia.
Abriéndonos y abriéndonos juntas a todo lo que se vive en la Iglesia, será como lleguemos a estrechar la vida común, a vibrar juntas ante los mismos pensamientos, a desarrollar en nosotras esa realidad que debe unirnos: el amor de Cristo y de la Iglesia.
Sí, juntas, vamos ensanchando nuestros pensamientos, nuestras intenciones de oración, nuestras preocupaciones en torno a lo que interesa a la Iglesia, a lo que concierne a la gloria de Dios y el Reinado de Crísto en el mundo, nuestra unión comunitaria se cimentará poco a poco apoyada en esos grandes principios. Los sencillos medios cotidianos, los intercambios y aun conversaciones entre nosotras, van logrando la formación personal de cada una y la de la comunidad.
A veces se dice: la comunidad no marcha porque tal Hermana tíene un defecto tremendo. Es cierto que hay personas que resultan verdaderos obstáculos para una vida fraterna. Es verdad que con ciertos caracteres es imposible llegar a constituir una verdadera comunidad. Creo que si tales caracteres se descubren en el Postulantado o el Seminario o durante los primeros años de vocación, antes de los votos, hay que decirse que no tienen vocación. No se debe mantener en la comunidad a una Hermana de la que se sabe de sobra que va a ser un obstáculo para la vida comunitaria. Es una serial segura de no vocación.
Pero estamos hechas para vivir en comunidad y cuando se dan entre nosotras personas así, es el caso de decirse: ¡soportémoslas! Es necesario que toda la comunidad se reúna para cargar con ese pobre carácter que es una pesada prueba para el conjunto.
Decimos que para vivir en comunidad tenemos que estar presentes de espíritu: así es como se llega a pensar en la misma línea, mediante los intercambios necesarios.
La «repetición de oración» es uno de esos intercambios, que tendrá que llegar a ser algo más auténtico que lo que solemos hacer. Creo que hemos abusado un poco de lo que se nos ha dicho: «no están obligadas, al dar cuenta de la oración, a decir estrictamente lo que han hecho, lo que han pensado en ella». De acuerdo con que no están ustedes obligadas a decir los propósitos muy personales que han formado, las reflexiones muy íntimas sobre su propia conducta, que, por lo demás, son del fuero de la conciencia. Pero tampoco hay que contentarse con sohar un discursito preparado de antemano con algunas frases leídas en un libro. Eso no es dar cuenta de la oración. ¿Qué resultado va a tener? Ninguno, por supuesto. Para eso basta con coger un libro y leer, o repetir cualquier frase de la «Imitación de Cristo».
La finalidad de la repetición de oración no es esa. Su finalidad es que cada una comunique a las demás lo que Dios le haya dado. Es un deber de comunidad. Me dirán ustedes: hará falta que Dios dé siempre algo para que se pueda hacer… Pues sí, pero no se puede absolutizar demasiado en este punto, aunque hay que recordarlo así a las Hermanas. Tenemos que acostumbrarnos a vivir entre nosotras en un clima de verdad, un clima de verdad no sólo con relación a las cosas exteriores, sino también a nuestra propia vida personal e interior.
A veces se tiene un pudor mal entendido, que ha perjudicado mucho a algunas de nuestras casas, de nuestras pequeñas cornunidades. No se atreve una a hablar de Dios, aunque profunda e interiormente se viva de El. Da como cierta vergüenza el hacerlo. Se teme que alguna diga: «¡Qué pesada se pone con sus discursos piadosos!» o bien «¡Quiere darnos una lección!» Yo creo que nuestra vida de unión con Dios debe transparentarse con toda normalidad en nuestra vida exterior y en nuestras conversaciones con nuestras Hermanas.
Tenemos que desterrar de nuestras comunidades que —nunca lo repetiremos bastante— están reunidas en torno a Cristo, ese falso pudor que nos impide hablar de lo que llevamos más dentro de nosotras mismas, y la «repetición de oración» debería ser el medio que permitiera expresar lo que la Hermana ha vivido con Dios. No se me ocurren ahora ejemplos concretos, pero creo tenemos que esforzarnos todos por devolver a estas prácticas de la comunidad su sinceridad primitiva.
Admiren en las conferencias de San Vicente y en los escritos de Santa Luisa la sinceridad con que hablan; admiren tambíén la franqueza espléndida de nuestras primeras Hermanas. Ahora se comenta con admiración —y hay motivo para ello— lo que son los intercambios que hacen los militantes de Acción Católica y otros seglares comprometidos. Hagámoslo también nosotras en los ejercicios de comunidad; seamos sencillas y busquemos a Dios, sepamos confesar y afirmar que buscamos a Dios y que, si no llegamos a ser lo que debemos, es porque fallamos en esa búsqueda día tras día. Eso es hacer repetición de oración.
La conferencia: «He tratado de hacer esto, de ser de esta manera, pero no lo he conseguido». De esta forma, la conferencia de culpas es no sólo una actitud de humildad ante Dios, sino también ante la Comunidad, ante esa comunidad con la que tenemos que construir la comunidad evangélica a que aspiramos. Tenemos que decirnos a nosotras mismas. he hecho bajar el nivel evangélico de mi comurúdad con tal falta. Por ejemplo: no me he mostrado disponible con tal persona… Me acusaré de no haber sido acogedora por egoísmo personal.
Que la conferencia no se nos convierta en: «¡Dios mío! ¿de qué me voy a acusar? ¡Si es ahora mísmo la conferencia…!» No; durante la semana transcurrida hemos hecho bajar el nivel espiritual, por una parte, el nivel evangélico, por otra, de la comunidad a la que pertenecemos. Al acusarnos de la falta ante nuestras compañeras, tenemos que reparar la cosa en sí y el mal ejemplo dado. Que no puedan decir las demás: cuando lo hace, es porque le parece que está bien, y, por consiguiente, podemos hacer otro tanto.
Esto es importante. El acto que llevamos a cabo muestra que estamos en desacuerdo con nosotras mismas. Como decía San Pablo: «Hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero». Pero tenemos que pensarlo así en nuestra intimidad, y no decirnos: he hecho tal cosa, he sido dura y desagradable en tal momento, con alguien de fuera o de dentro… pero tenía razón. No, en la conferencia decimos: he hecho mal, y al decir: he hecho mal, no sólo hacemos un acto de humildad y reparación, sino también restablecemos las cosas en la verdad.
Nunca serán demasiado grandes los esfuerzos que hagamos para llegar a devolver a nuestros ejercicios de comunidad toda la sinceridad que deban tener. Y las pritneras en fijarnos en ello, hemos de ser las Hermanas Sirvientes que tenemos el cargo o la responsabilidad de esos ejercicios. La sinceridad de las acusaciones de la Hermana Sirviente será la que consiga la sinceridad de las acusaciones de las Compañeras.
Hay que volver siempre a los mismos principios: la vida de la Hermana Sirviente generará la vida de las Hermanas. No lo perdamos de vista. Y no nos imaginemos que diciendo: Quiero vivir en la verdad, establecerme en la verdad…, todo está hecho. Lo sabemos muy bien: habrá algunas a las que no se hará llegar nunca a cierto nivel; sabemos que otras, incluso, serán refractarias. Y sabemos también que, aun entre las que correspondan, será preciso el espacio de algunos meses, quién sabe si algunos años, mucho tiempo en todo caso, porque las obras de Dios se hacen lentamente. Pero debemos tener siempre muy claro el fin que nos proponemos: una vida en verdad, en sinceridad, delante de Dios.
Además de esos ejercicios de la repetición de la oración y la conferencia, tenemos también lo que solemos llamar en comunidad «el catecismo entre nosotras», que ahora, propiamente, no es un catecismo, sino más bien un cambio de impresiones en torno a un pensamiento determinado o a un hecho de vida, es decir, en realidad, un tiempo de reflexión personal y a la vez comunitaria. Tenemos que prestar la mayor atención a ese «catecismo entre nosotras», a ese tiempo de reflexión e intercambio. Muchas Hermanas Sirvientes dicen: Tengo mucha dificultad en hacer el catecismo entre nosotras. Y en general, esas dificultades no provienen sólo de ellas Cuando las dificultades son sólo de la Hermana Sirviente, suelen llegar a superarse.
Hay dificultades que provienen de la comunidad que, no digamos se divide, pero sí se reparte en edades muy diversas, pensamientos muy diferentes, actividades muy variadas.
Aquí no podemos decir cómo hay que proceder en cada caso, porque cada caso es especial, particular. Siempre se puede hacer un «Catecismo» en torno a un punto determinado (por ejemplo: un punto de doctrina, o de las Santas Reglas). A veces, hará falta mucho tiempo de preparación: meses, años, hasta que puedan tenerse íntercambios verdaderos. En la medida en que consigan ustedes, en los recreos y en intercambios fortuitos, crear un clima de sinceridad, conseguirán también poco a poco, llegar a hacer intercambios provechosos y muy sinceros. Esta debe ser una de las metas concretas que han de proponerse.
En la coyuntura actual, es muy útil también que digamos que pensar juntas no quiere decir decidir juntas.
La autoridad tiene una función que hay que salvaguardar.
Hay ahora Hermanas jóvenes, por lo demás con excelente intención y con la lealtad que, generalmente, las caracteriza, que suelen decir: «en nuestra casa formamos un equipo, pensamos como equipo y decidimos como equipo». Estoy de acuerdo cuando dicen: formamos un equipo; pero me gustaría más que dijeran: «formamos una comunidad».
Nuestras comunidades no son equipos; pero, en fin, admitamos el vocabulario juvenil. Pasemos por que digan: vivimos en equipo. También estoy de acuerdo con lo de: pensamos como equipo. En cambio, lo que no admito es: decidimos en equipo.
Es que la decisión pertenece siempre a la Hermana Sirviente.
No se pueden decidir las cosas de la comunidad, la orientación que va a darse, «en equipo». No somos una república democrática, en la que se cuentan los votos y se decide por mayoría. Cada una debe aportar sus luces personales, su pensamiento; que tenga, no ya la ilusión, sino la verdadera certeza, de que ha aportado todo lo que puede dar. Después, la Hermana Sirviente tomará la decisión.
Observen que podrá hacerlo de dos maneras: podrá decir a la Compañera: vea qué le parece, qué se puede hacer, según lo que piensa cada una, puesto que interesa a todas. Y la Hermana dirá: creo que tal cosa. La Hermana Sirviente concluirá: «De acuerdo, hágalo». La decisión última pertenece a la autoridad.
Si la decisión de la Compañera no se sometiese a la autoridad, no habría relación con Dios. Se saldría de la obediencia religiosa. Y no podemos olvidar que llevamos una vida consagrada. Cada actitud, cada una de nuestras acciones debe estar relacionada, unida con Dios por medio de la obediencia, de la pobreza, etc.
Otras veces, la Hermana Sirviente, después de haber escuchado la opinión de todas las compañeras, podrá decir: «Ahora, ya sé cómo piensan, cuáles son sus puntos de vista, y tengo elementos de juicio para darme cuenta del fondo de la situación. Por eso, concluyo que vamos a hacer esto o aquello». Pero, sea como quiera, la decisión de la Superiora, de la Hermana Sirviente, que ha recibido mandato para ello, será la que dé la nota de la atención a la voluntad de Dios. Para eso son ustedes Hermanas Sirvientes: para relacionar con Dios todo lo que ocurra en la casa, en la vida de la comunidad, en la vida apostólica.
Hemos hablado ya de las lecturas. Para llegar a pensar juntas, hay que leer juntas, comprender juntas y querer subir, elevarnos, juntas. Me causa gran adrniración la actitud de los militantes obreros que llevan sobre sí la preocupación constante de la promoción del mundo obrero. Quieren, no ya elevarse personalmente, a nivel individual, sino elevar a la vez a todo el bloque, a la masa obrera. Esto se puede trasladar en cierto modo, no por completo, al plano de la comunidad. En el plano espiritual, cada alma tiene que hacer su ascensión personal hacia el Señor; retrasarse en esa ascensión, sería un grave error; pero junto a eso, o mejor dicho, al mismo tiempo, cada alma debe tener la inquietud de que toda la comunidad, en su conjunto, suba también. No se trata sólo de una progresión individual hacia Dios, de un ahondar personalmente en la vida interior; se trata de la ascensión, de la promoción espiritual de la comunidad. La atencíón espiritual que hay que prestar al Señor debe hacerse en común, todas juntas.
La Hermana Sirviente tiene que tener muy presente este pensamiento, pero también cada una de las compañeras debe sentirse responsable, en ese sentido, de las demás y tratar de buscar los medios de conseguir juntas esa escalada, en torno a intenciones comunes, esfuerzos conjuntos; por ejemplo, un esfuerzo que puede ser común a toda la comunidad es la acogida dispensada a todo el que se presente. Acogida también —se me olvidaba— a las Hermanas en primer lugar. Cuando se nos pide un esfuerzo en ese sentido, siempre pensamos en los «de fuera»; pero los «de dentro» tienen que ser los primeros. Sin olvidar a los de fuera, por supuesto, pero empezando por donde se tiene que empezar.
Traten, pues, de ofrecer objetivos, de orientar el fervor hacia cosas concretas. Y que el esfuerzo no se reduzca a algo individual, sino que se convierta en esfuerzo comunitario, que comprometa a la comunidad como tal.
Orar juntas, es ciertamente lo más grande que se pueda hacer. No nos aislemos en nuestra oración. Evidentemente, cuando nos ponemos de rodillas para orar, hay una gran parte de oradón personal en ese gesto. Tampoco hay que caer en la exageración: la oración siempre será una relación personal con Dios.
La. oración debe presentar al Señor toda nuestra vida; somos nosotras quienes vamos a su encuentro. Pero le encontramos con todo aquello de que formamos parte: nuestra comunidad religiosa, nuestra comunidad parroquia’, todos los pobres a los que somos enviadas. Que en nuestra oración vocal, en la Misa, sepamos desbordar nuestras pequeñas intenciones personales.
Cuando oremos, no lo hagamos pensando sólo en nuestra Comunidad. Tengamos presentes las grandes intenciones de la Iglesia; oremos por los pobres, por todos los que no conocen el Nombre de Dios y no le honran. Tenemos que estar de continuo constituidas en comunidad orante, constituidas en comunidad y en Iglesia.
Tenemos siempre —y termino porque el tiempo corre— en todo lo que hagamos, que saber pasar del yo (individuo, vida personal) al nosotros (comunidad, vida fraterna) y de la comunidad local a la Compañía de las Hijas de la Caridad, y de ésta a la Iglesia. Siempre trascender: individuocomunidadIglesiaDios. Siempre más arriba. No nos quedemos nunca en el plano puramente personal. Esto es lo que nos recomienda S. S. Juan XXIII, cuyas palabras cito como conclusión:
- vivir en una sociedad fundada en la verdad,
- vivificada por el Amor,
- cimentada por la Justicia,
- realizada en la Libertad.








