Susana Guillemin: La vida fraterna en la casa, en la Compañia, en la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Ejercicios espirituales a Hermanas Sirvientes. Instrucciones. Ascensión-Pentecostés, 1967

Cuando hablamos de la Comunidad, tenemos la tendencia a considerar esta palabra y la realidad que representa como restringida en cierto modo a nuestra casa o todo lo demás, por extensión, a la Compañía.

Ahora bien, la Comunidad tiene, en realidad, tres dimensiones. Tres dimensiones que, por lo demás, son como una sola porque sus objetivos coinciden.

Cuando hablamos de comunidad, de vida de comunidad, evidentemente lo primero en que tenemos que pensar es en nuestra casa, después en la Compañía en la que estamos reunidas en Comunidad y finalmente en la Iglesia a la que la Compañía nos vincula.

Tenemos que pasar de una realidad individual a una realidad superior. Cada una de las Hermanas está unida a la Compañía por la casa, y cada casa está unida a la Iglesia por la Compañía. Tal es el proceso. Cada una de nosotras vivimos en la Iglesia, y cada una de nuestras casas también, por mediación de la Compañía. Porque estamos reunidas en comunidad es por lo que nuestras obras, nuestras actividades, nuestros intentos de apostolado son verdaderamente de Iglesia.

La Compañía es el medio canónico que nos confiere el mandato para legitimar en cierto modo la acción que llevamos a cabo. Es lo que nos diferencia sensiblemente de los laicos. Ellos recíben también un tipo de mandato porque están unidos a la Iglesia a través de un Movimiento reconocido, habilitado por ella. Es necesario buscar una forma de legitimación.

Hoy quisiera hablarles un poco de la Comunidad, de la vida en común, en sus tres dimensiones:

— La Casa,

— La Compañía,

— La Iglesia.

Es difícil vivir en Comunidad. La vida en Comunidad es la prueba a la que somete a la caridad. Se dice a veces que la vida en común es algo muy difícil de tolerar. Es cierto. La vida fraterna es difícil. Podríamos decir que es la fuente de nuestras mayores dificultades; pero es también la fuente de nuestras mayores alegrías. Pienso que pocas entre ustedes podrían contradecirme. Esa vida «vivida» en común implica un agrado y una alegría real. Siempre que se hace el esfuerzo por ser fiel al Señor a pesar de las dificultades diarias, a pesar de tener que tolerar caracteres y otras cosas que bien sabemos, la vida en comunidad proporciona mucha más felicidad que dificultades.

La vida en comunidad tiene dos finalidades: una, yo diría, un tanto utilitaria, que es la aportación mutua de unas a otras. Las obras hechas en comunidad tienen una fuerza, una perennidad, una continuidad que no tienen las que se hacen individualmente. De modo que, por una parte, esa aportación mutua. Por otra, el testimonio apostólico. Pienso que éstas son las dos grandes razones de ser de la vida en común.

Recuerdo haber oído en ciertas reuniones en las que se hablaba de estudios, de investigaciones de teología y más aún de sociología: «trabajos de este tipo no pueden emprenderse ni llevarse a cabo más que por una Comunidad, por una Congregación, porque requieren una continuidad que nunca podrá garantizar un particular, aunque dirija una escuela y tenga discípulos. Sólo un instituto religioso puede garantizar la transmisión de los tesoros de ciencia adquirida a la generación siguiente, tesoros que permanecerán como propiedad del Instituto». Propiedad en el buen sentido, porque posteriormente revertirá en provecho de todos los que se dediquen a esos estudios. Y se insistía: «sólo un Instituto religioso puede asumir la cohesión de espíritu entre los miembros y la transmisión leal de la ciencia adquirida necesaria para proseguir investigaciones que a veces requieren un siglo o hasta dos para llegar a algo concreto».

Bastan estas reflexíones para demostrarnos que en un trabajo como el que señalamos, no es suficiente vivir unos al lado de los otros para constituir Lma vida de comunidad. Vivir en colectividad no es formar una comunidad. Todas sabemos que 5, 6, 8, 10, 15 ó 20 personas pueden vivir juntas, encontrarse reunidas a las horas de comer o a las de retirarse a descansar, coincidír en la capilla y realizar juntas actos tan grandes como la Santa Misa o la oración, y, sin embargo, vivir de forma completamente separada, aislada unas de otras. Ahí no hay Comunidad, hay personas que viven bajo un mismo techo, lo que es completamente diferente.

Tenemos que desconfiar de ello y guardarnos de que ocurra así en nuestras casas. Es responsabilidad de la Hermana Sirviente reunir en una verdadera Comunidad de alma, de inteligencia, de corazón, a las Hermanas que Dios le ha confíado. La vida en comunidad es una vida de unión. Común quiere decir unión, supone una unidad.

Si queremos observar lo que hemos dicho al principio de las tres dimensiones de la Comunidad, esa unión no debe efectuarse entre el grupo únicamente. El grupo comunitario no es una finalidad en sí mismo. No estamos en Comunidad para lograr un grupito que se entienda bien y viva a gusto. También en la familia humana existe ese peligro de egoísmo en la propia felicidad; la familia humana puede encerrarse en ella misma, no abrirse a las dificultades y llamadas de los que la rodean o sencillamente a una vida social normal. Así la Comunidad religiosa corre el riesgo de querer constituirse en su propia finalidad. Es la amenaza del egoísmo.

Toda comunidad religiosa se une para el servicio de la Iglesia y el servicio de los hermanos, los hombres. Estamos unidas no para nosotras, sino para abrirnos a los demás, para hacerles participar del calor de nuestra unidad, de esa vida en común que vivimos juntas. Ya conocen esta frase que ha venido a ser como un «slogan»: «unirse no es mirarse mutuamente, es mirar juntos hacia Dios». Creo que era una de las frases rectoras de un organismo pro matrimonio cristiano. Pero podemos aplicárnosla a nosotras de manera todavía más fuerte, más radical. Unirse, formar una verdadera Comunidad, no es estarse mirando unas a otras, formar un grupo humano bien avenido, es unirse para, juntas, mirar a Aquel a quien nos hemos entregado.

En uno de los numerosos cursillos en que he trabajado, se propuso una frase que me preocupó mucho. Es esta: «lo esencial de la comunidad religiosa reside en la vitalidad de la amistad fraterna». ¡Es un error craso! No es la amistad fraterna la que es un error. Lo que es un error es decir que es lo esencial Porque lo esencial de la Comunidad religiosa es la realidad, el porqué está constituida. Y esa realidad es Cristo. La finalidad concreta de nuestra entrada en la Comunidad no ha sido la de encontramos con nuestras Hermanas: ha sido Cristo.

¿Por qué hemos venido a la Comunidad, unas y otras? Para amar a Cristo, para seguirle, para servirle en la persona de nuestros hermanos los hombres. Y en ese movimiento de todo nuestro ser hacia Cristo, nos hemos encontrado con las que habían sido llamadas como nosotras. Ese encuentro ha venido después.

La determinante de nuestra entrega a Dios, de la composíción de la Comunidad, ha sido la voluntad de damos a Cristo. Cristo es el primero. La amistad fraterna es un resultado; ha partido del amor de Cristo, es el resultado de esa entrega de nosotras mismas a Cristo; pero no es lo primero, no es lo esendal. No es lo esencial en la composición de la Comunidad.

Si la amistad fraterna fuera lo esencial en la composición de la Comunidad, echaría abajo la obediencia: cuando se tratara de agruparnos para una obra, para reunirnos en una casa, tendría que ser la amistad la que determinara la formación del grupo, mientras que es la obediencia la que la determina. Es esa dependencia, en manos de Dios, que quisimos aceptar un día y de la que hicimos la nota dominante de nuestra vida. Si nos encontramos con nuestras Hermanas, es porque Cristo nos ha llamado a nosotras y a ellas para trabajar, juntas, en la misma obra, a través de la jerarquía establecida en la Iglesia, en la Compañía, en nuestra casa. Es el fundamento más sólido de nuestra fortaleza y de nuestra esperanza. Nos encontramos en Cristo y nuestra unión tiene que hacerse en tomo a su Persona.

Me guardaré muy bien de restar valor a la amistad fraterna. Al contrario, lo que pretendo es una amistad fraterna más hermosa, más fuerte; con unas bases en cierto modo teológicas porque es la voluntad de Dios la que nos ha unido. Estoy unida a cada una de las Hermanas que están en mi casa por voluntad de Cristo y por el Amor que le profesamos. Es algo indeleble. Son lazos de una fuerza extraordinaria. Y la amistad fraterna, con su nota humana, va a nacer legítimamente de ahí. Va a estar legitimada por la voluntad de Dios que nos ha unido. Esa amistad va a estar presente, va a tener gran importancia en la constitución de nuestra Comunidad.

Pienso que los siglos que nos han precedido minimizaron mucho el alcance de la amistad fraterna; nosotras tenemos que reconocerlo. Se temió tanto aquello que se llamó «amistad particular» que se acabó por suprimir la amistad sin más. Y es bastante grave. Porque la amistad es una fuerza natural que debemos poner al servicio sobrenatural del Señor. Evidentemente, manteniéndose en los límites debidos, controlándola continuamente para estar seguras de que no se desvía.

Pero el control es muy fácil de hacer. Una amistad que encierra a dos Hermanas juntas es mala. Una amistad que ayuda a las dos Hermanas a abrirse a toda la Comunidad sin excepción es buena. Está muy daro: ese es el punto de control del valor de una amistad. Si encierra a dos Hermanas la una en la otra: con pequeños encuentros, ciertas palabras, ciertas miradas; las demás nos fastidian… a partir de ese momento en que las demás hastían a las dos, ¡mala señal! Si, al contrario, entre las dos gozan con encontrar a la comunidad, está bien.

El P. Ranquet decía: «el valor de la virginidad… (hablaba de la castidad, pero en la amistad y la castidad siempre es el amor de Cristo el que está en juego, se interfiere una y otra)… decía, pues: a quien es verdaderamente de Dios, a un corazón verdaderamente casto, nadie le molesta nunca, porque está plenamente abierto a todos». La serial de autenticidad de una amistad es ésta: la alegría de abrirse a los demás; desde el momento en que hay una especie de estrechez en ese sentido, algo hay que no marcha bien.

Nos unimos en torno a una misma persona: Cristo. Empezamos ya la reunión eterna; por eso, la Comunidad religiosa cuando es verdaderamente tal, es como un anuncio de la vida eterna. Es la dimensión escatológica de la vida común.

La parte utilitaria de la vida común no es la más esencial. La parte de ayuda mutua fraterna, aunque importante, no es del todo esencial. Lo esencial es la imagen de la Santísima Trinidad que presenta una vida comunitaria lograda. Ese anuncio del encuentro eterno, de la unión eterna en Cristo, es lo que le da su verdadero alcance apostólico. No olvidemos que es ésta la gran serial evangélica que nos dio Nuestro Señor. No dijo: cuando seáis castos, cuando seáis pobres… Dijo: «Padre, que sean uno como Tú y yo somos uno… para que el mundo crea». El ‘mundo creerá si nos ve unídas en el amor de Dios, en el amor de Cristo. Ahí está el verdadero testimonio evangélico. Por supuesto, supone todos los demás

Juntas tenemos que buscar cómo «recrear» las demás componentes del Evangelio. Pero la unión en Cristo es esa serial que El mismo dio como la verdadera transmisora de la Buena Noticia, como sígnificación del Reino de Dios, como capaz de llevar a los hombres a creer. Desde el siglo I del cristianismo, los acontecimientos le dieron abiertamente la razón, puesto que de los primeros cristianos se decía: «Ved cómo se aman». Es lo que de verdad impresiona a la gente, ¡es tan difícil amarse!

Recuerdo haber oído a algunas Hermanas misioneras: «Lo que extraña en las naciones de mayoría pagana es la dificultad de la carídad fraterna». No comprenden la caridad fraterna. Es que es una virtud esencialmente, sustancialmente cristiana, porque la caridad es Dios. La caridad fraterna es la marca, la serial, lo propio del cristianismo. Tenemos que penetrarnos de ello para descubrir toda su importancia, para tratar de hacerlo penetrar en toda nuestra vida y para hacer vivir a nuestra Comunidad de esa caridad fraterna.

Cuando se habla de vida religiosa, de vocación religiosa, no me gusta que se hable de un ideal. No es en el terreno de las ideas donde reside la vocación religiosa. No nos hemos dado a una idea. Por lo menos yo, les aseguro que no me he dado a una idea. Nos damos a una Persona, que es Cristo. Y eso es completamente distinto. Consagrar su vida a una idea es una utopía, en cierto modo es ilusorio. A veces se ve a Hermanas jóvenes, a Hermanas de Seminario, fijas en una idea: han venido por una idea, por una actividad en particular. No es que esté mal, no es que quiera decir que su vocación no es válida. Pero será necesario que superen eso, porque de lo contrario no persistirán. No puede estar una vida pendiente de una idea. Es necesario que haya una unión íntima, vital con Cristo si se quiere llevar una vida religiosa; si no, no es una vida religiosa; será una vida humana entregada a un ideal. Y eso no es una vida religiosa entregada a la persona de Crísto. Es a la persona viva de Cristo a quien nos hemos entregado, es en torno a El y por El como vamos a sellar una amistad con nuestras Hermanas en Comunidad.

Es evidente que esa Comunidad va a requerir de nosotras ciertos esfuerzos. No es cosa tan fácil vivir juntas. Hay que someterse a una organización, a una regla, hasta a un reglamento: una Comunidad no puede vivir sin un horario, sin ciertas normas de relación determinadas de antemano. En mi circular sobre la obediencia citaba yo estas palabras de Karl Rahner, tan exactas: «¿Qué es la obediencia sino un método razonable para permitir a personas razonables vivir juntas?» Si no existiese un minimum de obediencia, no sería posible una vida en común. Si cada uno de los miembros no aceptase un minimum de disciplina para plegarse a una organización, no podría haber vida fraterna.

Podrá decirse: «Estamos unidas por el espíritu y el corazón». Sí, pero dedicada cada una a su trabajo, no se encontrará el momento de reunirse y la Comunidad no perdurará mucho tiempo. Hay necesidad de encontrarse, de verse, de hablarse, de intercambiar, para amarse. Hay que estar juntas para algunas de las manifestaciones diarias de la vida. Hay que estar presentes. Podrá haber excepciones, Hermanas que, por el hecho de su oficio, tengan que estar más o menos presentes en la comunidad; pero tiene que existir un esfuerzo común para reunirse.

Por lo demás, ese esfuerzo común es ya una prueba de amor y una aportación para la construcción de la Comunidad. Hay que estar presentes de cuerpo, porque somos pobres seres mortales y nuestra alma no está todavía separada del cuerpo. Cuerpo y alma están unidos para formar ese todo que somos nosotros mismos. Si queremos aportar nuestro corazón y nuestro espíritu a nuestras Hermanas, fuerza es que aportemos nuestro trabajo.

Les pido encarecidamente, a ustedes Hermanas Sirvientes, que no lo olviden. La presencia de la Hermana Sirviente es de la mayor importancia para la construcción de la verdadera comunidad. Una Hermana Sirviente que no sabe disciplinarse para llegar puntual a los ejercicios de piedad, para estar a tiempo en el momento del recreo —sobre todo y muy especialmente para estar presente, la primera, al empezar el recreo—, a la hora de las comidas… pone a su Comunidad en un peligro no pequeño. Puede que se lamente y diga: «Mis compañeras no quieren. No puedo llegar a integrarlas, hay una especie de desbandada en la casa». Pues es culpa suya; ni más ni menos. Por el solo hecho de su presencia, las Hermanas se aglutinan en torno a ella. Lo he dicho muchas veces y es cosa comprobada en todas las casas: si a la hora señalada para el recreo llega la primera Hermana, entreabre la puerta y no ve a nadie: «no está la Hermana Sirviente», se marcha. La segunda hace otro tanto. Cuando la Hermana Sirviente llega al cabo de un cuato de hora, allí no hay nadie. ¿De quién es la culpa?

La Hermana Sirviente debe esperar a sus compañeras a la hora, no antes. Estas cosas parece que no son nada. Se dirá: «son minúsculas infidelidades, pequeños deslices sin mayor entidad». Pues es extraordinario lo que hace la presencia de la Hermana Sirviente para reunir a la Comunidad. Por lo demás, esa puntualidad es una prueba de amor. Cuando la Hermana Sirviente no está, las Hermanas se dicen: «Después de todo, ya vemos que la Hermana Sirviente no tiene demasiado empeño en estar con nosotras». En cambio, cuando la Hermana Sirviente está presente, se las ve contentas de llegar ellas también, se alegran de verla con ellas, reciben como una prueba de que la Hermana Sirviente las quiere. No son las palabras las que convencen, sino los hechos. Si la Hermana Sirviente está a gusto entre sus compañeras, llegará a tiempo al recreo. Puede que algunas hasta lleguen algo antes para tener el gusto de estar dos minutos solas con ustedes. En todo caso, la Comunidad se constituirá en torno a ustedes.

No digamos tampoco que el comer juntas no tiene mayor importancia. Pues sí es importante. Un médico, gran cristiano, decía: «La comida representa una comunión material». A través de las comidas hechas juntas, pasa una gracia de unidad, a través de esa comida fraternal: y es muy importante. En una familia, cuando el padre, la madre y los hijos se encuentran alrededor de una mesa, es un elemento que constituye el espíritu familiar y ayuda a cimentar la unión de padres e hijos. Lo mismo ocurre en una comunidad.

A la hora de la comida es cuando en una familia se habla, se cambían impresiones. Nosotras, durante la comida tenemos la lectura, pero tenemos también bastantes «bendicamus», que ahora han aumentado todavía. Pero aun cuando no hablemos en el mismo momento de la comida, el hecho de la lectura que oímos todas puede constituir el fondo de un pensamiento común, que podrá inspirar las conversaciones que vamos a tener después durante el recreo, ya al mediodía, ya por la noche. El hacer las comidas juntas tiene su importancia. Hay que cuidar de que una Hermana no se vea siempre privada de hacerlo, porque es una carencia considerable en una vida religiosa la de no participar en la mesa de todas.

Los recreos, son, pues muy importantes. También tiene su importancia el descanso de todas a la vez. Es muy desagradable ponerse a dormir cuando se sabe que, al lado, hay una velando. ¡Cuidado con las velas! No las permitan más que si no hay otro remedio, y no por mucho tiempo. No hay que dejar que se conviertan en costumbre, en una forma de organizar la vida, tanto por lo que se refiere a la Hermana Sirviente, para la que se convierten en un desgaste nervioso, como para las Compañeras, a las que alteran nerviosamente también y además las apartan de la Comunidad. Todas estas cosas parecen de poca importancia, pero la tienen y muy grande cuando pasan a estado de hábito, o, al contrario, cuando se suprimen de manera habitual.

La Hermana Sirviente tiene que tener una presencia corporal entre sus compañeras, una presencia física, y también una continua presencia de espíritu para una serie de detalles. Por lo general, la comunidad se organiza al empezar un nuevo curso escolar. Se organiza la casa, se rehacen los horarios, se dan avisos… Todo el mundo tiene la impresión de que todo va a marchar magníficamente. Pero si la Hermana Sirviente se evade y no permanece atenta a todos los detalles diarios, todo se deteríorará. Cada una se irá por donde le tire su inclinación natural. Exteriormente, la comunidad se disgregará. Mientras que si la Hermana Sirviente presta toda su atención, cuida de los pequeños síntomas: ausencia de una, irregularidad general, ausencia de los recreos; si está presente para ver cómo empieza a dibujarse un abuso, eliminará grandes dificultades porque podrá preverlas.

Tienen que estar presentes a la vida común y hacer que cada una lleve su presencia a los pequeños o grandes acontecimientos que nos rodean. No se vive sólo de presencia corporal y física: es preciso crear una comunidad de espíritu y corazón entre las Hermanas. Antes se nos decía (y formaba parte de nuestra formación tan austera): «no debe saberse nada de su familia; deben ignorarlo todo unas de otras». La mayoría de las veces no se conocía ni el apellido de las compañeras de la casa, y se guardaba muy bien de dejar transparentarse en nosotras nada de lo que ocurriera en nuestra familia. Creo que en la hora actual debemos cambiar esto profundamente.

No se trata de inmiscuirse de manera indíscreta en la familia de las demás, lo que sería odioso. En algunas comunidades pequeñas, con pretexto de vida de comunidad, se dan a leer unas a otras las cartas que reciben. No es eso precisamente la Comunidad religiosa: eso puede ser indiscrección; puede molestar mucho a algunas Hermanas y en muchas ocasíones puede ser muy poco conveniente.

Que cada una guarde con relación a su familia la discrección debida. Pero hay cosas que pueden perfectamente comunicarse, llevarlas en común por la Comunidad, sin menoscabo alguno de la discrección necesaria. Cuando se da un acontecimiento feliz en la familia de una Hermana, es normal que la Comunidad, se regocije con ella: la boda de un hermano, de una hermana, un natalicio, una ordenación… es bueno que esas noticias se sepan y que la Comunidad manifieste a la Hermana que se une a ella, que ruega por los miembros de su familia. Que en el momento de un luto, de una desgracia, la Hermana se vea rodeada por el afecto de sus compañeras, que se rece en común. Que cada una vibre ante las emociones, pensamientos y sentimientos de los demás, con la única condición (y ahí entra el papel que tiene que desempeñar la Hermana Sirviente) de que se esté segura de que no se falta a la discrección.

Las Hermanas tienen temperamentos diferentes que deben respetarse. No hay que querer tratar a todo el mundo de la misma manera. Los naturales de Marsella son exuberantes; los de Lille lo son mucho menos. Y también ocurre a veces que en ambos lugares haya temperamentos diferentes. Si una de sus compañeras tiene un temperamento exuberante, gozará con compartir una alegría, manifestará espontáneamente un sufrimiento o una pena. No hay problema. Reúnen ustedes a la Comunidad en torno a tal acontecimiento. Otra, por el contrario, tendrá un temperamento bastante delicado, más bien cerrado, no gustará de exteriorizar o compartir: no la fuercen con pretexto de caridad y de vida común. Respeten su manera de ser. Si prefiere guardar para ella un sufrimiento quizá profundo, con implicaciones que ustedes ignoran o que las compañeras deben obligatoriamente ignorar, déjenla sola; es decir, sola no: que sienta que ustedes están con ella, que la rodean de afecto, la comprenden y admiten su reserva. Pero no comuniquen lo que ella no desea decir. Lo que pertenece a cada una, tiene que ser de su única propiedad.

No nos corresponde disponer de la vida familiar, de las penas y dificultades o bien de las alegrías de los demás, de la misma forma que no nos corresponde disponer de su dinero. El voto de pobreza no da a la Hermana Sirviente el derecho de disponer de la vida ni de los bienes de sus compañeras. Tiene, por el contrario, que rodearlas del mayor respeto y dejar que cada una disponga según su temperamento, aunque con todos los permisos necesarios, puesto que se trata de bienes que le pertenecen.

La vida común se hace odiosa a partir del momento en que no se respetan ya los derechos fundamentales, primordiales, de cada Hermana.

Enseñemos a las Compañeras a que no se molesten porque una de ellas haya preferido que no se hable de un acontecimiento familiar (alegría o pena) y a que no exclamen, si se enteran quince días o un mes después: «¡Vaya una forma de vivir en comunidad! No se nos dicen las cosas… etc.» Tenemos que hacer comprender de antemano a nuestras compañeras que, en la verdadera vida común, hay que respetar profundamente a cada una en su misma persona. Ese es el respeto a la personalidad. En esto, el papel de la Hermana Sirviente es insustituible y debe ejercerlo con muchos matices y mucho tacto.

Hay otros acontecimientos que no requieren tantas precauciones: pueden y deben siempre estar presentes en la vida de la Comunidad: es muy fácil tejer en torno a ellos una verdadera vida común. Se trata de los pequeños y grandes acontecimientos del mundo, de la Compañía y de la Iglesia. La Comunidad tiene que saber vivir todo eso y no encerrarse en sí misma; tiene que saber estar presente en esos acontecimientos. Enterarse de lo que pasa en el mundo, unir la oración en función de ello. ¿Quién podría actualmente desinteresarse de la guerra del Vietnam? Hay que vivir día tras día los acontecimientos que surgen. Son un alimento para nuestra oración, una forma de crear un pensamiento común. Hay que vivir los acontecimientos de la Iglesia. Por ejemplo, toda Comunidad det;erá unirse a los grandes imperativos que van a llevar a Pablo VI a Fátima. Toda la oración de nuestras comunidades debe engarzarse en torno a esa gran intención: La paz en el mundo. Tenemos que orientar el pensamiento y la oración de cada una de nuestras pequeñas Comunidades hacia esos acontecimientos que se desenvuelven a nuestro alrededor.

Tenemos que vivir juntas. Tenemos que llegar también a pensar juntas. Las jóvenes están formadas para ello. Tienen tal costumbre de pensar y trabajar juntas, que algunas no saben ya hacerlo solas. Es una de las características de la época actual. Se encuentran un tanto desconcertadas cuando, al llegar al Postulantado o al Seminario, se les dice que hagan un trabajo o una reflexión solas. No todas, pero sí la mayoría tienen la costumbre de reflexionar siempre en equipo, de trabajar siempre en equipo, de tal suerte que se desorientan y no saben cómo hacer cuando se encuentran solas ante un trabajo o una reflexión, sin poder intercambiar ideas o impresiones. Sí, es una de las características de la juventud actual. En cambio, no ocurre así con las edades que le han precedido. Dado que en nuestras comunidades se encuentran las dos generaciones, la actual y las anteriores, mezcladas, la Hermana Sirviente tiene que ser en cierto modo como la argamasa que reúna a ambas en un pensamiento común.

Decíamos que la lectura en el refectorio y las lecturas que hacemos en común a las 2, son un buen elemento de reflexión comunitaria. No ignoran ustedes que cierto número de Institutos religiosos se plantean hoy la cuestión de la lectura en la mesa y hasta la han resuelto suprimiéndola, suprimiendo del todo cualquier lectura en común, porque alegan: «todas esas cosas deben ser libres, hacerse a nivel individual». Personalmente, pienso que han inferido con ello un grave ataque a la vida de comunidad. Tenemos en esas lecturas una ocasión única de alimentar, a la vez, nuestro pensamiento, de poder encontrarnos en torno a los mismos temas y preocupaciones, y creo que es muy importante para construir una comunidad, no menos que para ayudar a la reflexión individual.

Otra de las cuestiones que se plantean igualmente es ésta: «¿Tenemos que mantener la lectura en común de las 2? o ¿no sería mejor indicar a las Hermanas que hagan una lectura personal, sobre un tema que ellas escogerían?» Son éstas cuestiones que van a surgir en la Asamblea general. Ustedes mismas tendrán que dar su opinión sobre ellas. ¿Hay que suprimir la lectura de las 2? ¿Reemplazarla por una lectura individual? ¿Hay que mantenerla? ¿añadir a ella cierto tiempo de lectura personal? Aquí tienen ustedes ejemplos concretos que les demuestran por qué tenemos tanto empeño en conocer la opinión de conjunto de las Hermanas, acerca de estos puntos y de otros por el estilo, que tienen repercusiones profundas en la vida comunitaria y en la vida religiosa de cada una. No se trata de un simple punto de disciplina

Con frecuencia hay personas que resuelven las cosas de un plumazo: «ahora, libertad individual, respeto a la persona, dignidad de la persona humana». Son términos conciliares; por consiguíente, que cada uno haga lo que quiera, lea lo que quiera y cuando quiera o donde quiera. ¡La vida es bella! Pero entonces, ya no hay vida religiosa. Las consecuencias son graves. Es posible que haya que añadir una lectura individual. Quizá haya que suprimir las lecturas comunes. Quizá haya que dosificar con prudencia una y otra cosa. Así, es distinto.

Les ruego que cuando contesten a los cuestionarios, cuando hagan sugerencias, tengan presentes, hayan considerado, las repercusiones que lo propuesto puede tener en la vida de cada una en particular. Porque hay quien no es capaz de desenvolverse individualmente. Acerca de la vida común, no sean ustedes solas las que piensen, hagan opinar a toda la Comunidad. Consideren también las consecuencias de las decisíones que haya que tomar. Cuando se ha leído algo juntas, cuando juntas se ha vibrado ante los mismos acontecimientos, hay que llegar a formar una opinión común, más aún a una comprensión común y si es posible orientada en la misma línea. Se trata de reflexionar en lo que se ha oído (no en todo absolutamente, porque se nos iría la vida en ello), en las ideas dominantes.

Es importante reflexionar juntas. Por ejemplo, cuando las Hermanas se hallan en un lugar en que se da una lucha social. O bien imaginemos que existen dificultades en la Iglesia local… sacerdotes que vierten ideas subversivas; luchas ya a nivel de la Iglesia, ya a nivel de la sociedad. Es muy necesario que la comunidad hable de ello. No se trata de evadirse, cobardemente, de la cuestión diciendo: «que cada una piense lo que quiera» o bien dar una solución terminante como: «ustedes, permanezcan neutras; no se comprometan» o acaso: «ustedes no tienen por qué pensar en ello». Es una actitud no correcta.

La Hermana Sirviente tiene que saber hablar con sus compañeras; tienen que dialogar juntas; es bueno que conozcan ustedes las diversas opiniones. Si es necesario, pídan consejo a alguien de confianza, está bien; hagan venir a un Padre bien documentado en la cuestión que pueda orientar el pensamiento de la Comunidad, ofrecerle principios básicos sobre los que pueda fundamentar su opinión. En torno a la vida es como se forma y constituye el pensamiento común. Nuestra oración no está colgando de las nubes. Nuestra oración parte de la vida; su primera y gran intención es la alabanza de Dios, ir a Dios en la oración, y después tiene como objeto todas las ocasiones accidentales que se presentan a nosotras, que piden nuestra intervención cerca del Cielo. Tenemos que ir creando poco a poco una inquietud por lograr unos esfuerzos comunes.

Precisamente a partir de un acontecimiento social, es posible que la Comunidad centre su atención en una categoría determinada de personas que viven a su alrededor y con las que hasta entonces no había tenido contacto. En tomo a una circunstancia de la vida va a nacer un pensamíento, una oración, unos esfuerzos concretos. Así es como la Comunidad va a vivir poco a poco unida y va a iniciarse poco a poco también una especie de promoción espiritual de esa Comunidad. Otro día hablaremos de los medios que tenemos para desarrollar, juntas, nuestra vida espiritual. Pero ese desarrollo de la vida espiritual casi siempre nacerá de circunstancias concretas.

Para mantener, pues, ese pensamiento común, esa vida común, la Hermana Sirviente tendrá que organizar intercambios entre las compañeras. Creo que es una de las grandes preocupaciones que debemos tener, con miras a la renovación de la Comunidad. ¿Cómo llegar a establecer, ya a través de las ocasiones señaladas por la regla, ya de una forma más o menos libre o informal, intercambios verdaderos entre las Hermanas? Ya se han intentado esfuerzos en ese sentido con relación a la preparación de la oración y a la repetición de oración… Pero bien nos damos cuenta todas que es muy difícil llegar a tener verdaderos íntercambios. O bien se hacen de una manera artificial, se cae en el formulismo y la rutina; una u otra emiten frases, ideas que les han parecido bonitas pero que no corresponden a su pensamiento íntimo. O bien, por el contrario, se desvía a una conversación que ya no es verdaderamente espiritual y por lo tanto no cumple la finalidad que se pretende.

Es realmente necesario que en cada una de nuestras casas (y ustedes son responsables aLlí donde se encuentran) se haga un esfuerzo considerable, permanente en relación con esta cuestión de los intercambios espirituales comunitarios. Tenemos que llegar a unimos en favor del desarrollo de nuestra vida espiritual, de nuestro caminar hacia Dios.

Todo eso es lo que constituye la renovación de la Comunidad. A partir de todo eso se convertirá la Comunidad, se convertirá a una vida interior más profunda, más fervorosa, más cercana al Señor. Se convertirá a una vida en común que logrará crear una verdadera Comunidad religiosa, testigo de Dios dondequiera que se encuentre. Tal es el punto concreto de nuestra conversión: esa marcha hacia Dios y esa unidad de la Comunidad. Si hacemos ese esfuerzo de conversión, no tenemos ya mucho más que intentar.

Seremos esa Comunidad religiosa apostólica de que la Iglesia tiene necesidad. La Iglesia no necesita de acciones extraordinarias; necesita que cada una de nuestras casas se constituya en verdadera comunidad religiosa: es lo que debemos intentar y lo que le debemos ofrecer.

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