Susana Guillemin: La vida comunitaria. Doctrina, 11 de agosto de 1967

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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Hermanas, vamos a hablar de la Comunidad. Es uno de los puntos más delicados y uno de los que tienen mayor repercusión en las personas que les rodean. Saben ustedes muy bien que lo sobrenatural no destruye la naturaleza, sino que la eleva y perfecciona.

No es una conferencia lo que voy a dar: no es cuestión de dar una conferencia a las propias Hijas. Voy a hacer con ustedes una especie de meditación acerca de esas realidades sobrenaturales que encierra la comunidad religiosa.

El hombre es por esencia un ser social. La comunidad es algo necesario a nuestra vida humana. No conoceríamos el desarrollo, el niño permanecería como un pequeño animal, si la comunidad familiar no se hiciera cargo de él, no lo rodeara de afecto y valor. La vida cristiana está llamada a elevar la naturaleza social del hombre: es vida comunitaria por excelencia. En nuestra vida religiosa encontramos siempre el aspecto social y humano, una base humana y cristiana; debe llevar consigo y dar un testimonio de lo Absoluto; tenemos que llegar a alcanzar una dimensión escatológica: anunciar las realidades de la vida futura. En esta vida comunitaria cristiana, se inscribe como modelo de radicalidad.

Fuerza es decir que nunca, tanto como ahora, se ha hablado de comunidad y de unidad: son términos que se emplean de continuo y en todos los sentidos: comunidad de los pueblos, de las naciones, comunidad europea… La comunidad es una de las grandes necesidades de la hora actual.

La idea de trabajar juntos, de agruparse, de defenderse en comunidad, como ahora se dice, es uno de los grandes pensamientos del mundo moderno, y no sólo uno de sus grandes pensamientos o ideas, sino una de sus grandes necesidades.

En la Iglesia existe la misma corriente: comunidad parroquial, comunidad diocesana, comunidad pastoral… la búsqueda de la unidad es una de las más fuertes características del Concilio. El pensamiento, deseo, voluntad de unidad entre los cristianos es la idea principal, el hilo conductor que mueve a los cristianos, así como a Pablo VI en la mayoría de sus pasos.

Así pues, podría creerse que, en la hora actual, la comunidad religiosa debiera ser reconocida, en cierto modo exaltada y sostenida, por esa corriente comunitaria, esa corriente de unión, de unidad que circula por el mundo.

Vemos que el pensamiento conciliar está impregnado, por una parte, del sentido de la dignidad de la persona humana y de su carácter social, y, por otra, del carácter comunitario de la vocación del hombre. El hombre no puede realizarse sino en la comunidad. «Gaudium et Spes» resume esta idea: «El hombre es, en efecto, por su íntima naturaleza, un ser social, y no puede vivir ni desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás».

Decimos, pues, que en este mundo y en esta Iglesia, la comunidad debiera ocupar un lugar privilegiado. Pero nos vemos obligadas a comprobar que no es así. Acaso la comunidad religiosa como tal no haya sido nunca tan discutida, controvertida, amenazada, como ahora. Se la ataca por muchas razones: como destructora de la pesonalidad humana, como obstáculo al esfuerzo apostólico y, en todo caso, como contraria a ciertos valores humanos y sociales.

En la misma comunidad religiosa surge otro peligro, la tendencia a convertirse en equipo humano y social. Voy a citarles una frase que, a mi juicio, es muy representativa de todo un movimiento actual que representa el peligro concreto que amenaza a la comunidad, frase que se ha pronunciado en un coloquio de religiosas, al que yo asistía, en América Latina: «Lo esencial de la comunidad religiosa radica en la vitalidad de la amistad fraterna». Ahora bien, esto es completamente falso. Lo esencial no es la amistad fraterna: eso no forma más que una parte de la comunidad religiosa, un resultado, una necesidad, pero no es lo esencial. En un tiempo, se negó el valor de la amistad fraterna, y ahora se descubre el valor humano del equipo, del sentido comunitario, de la amistad entre personas, como fuente de energía para la acción, fuente de ayuda fraterna, y, sin reflexionar, se traslada esto al plano religioso, haciendo abstracción de las miras de la Fe.

Esquema histórico de las actitudes de la Iglesia frente a los valores humanos y el pensamiento del mundo

En la Edad Media, siglos de Fe, pero de ignorantismo humano, en los que, fuerza es decirlo, los valores humanos y los valores sociales no estaban demasiado desarrollados, todas las fuerzas, toda la potencia educadora en el mundo, dimanaron de los valores cristianos. A esos valores cristianos, a esas miras de Fe, debemos la educación cristiana aun en terrenos que, en principio, deberían corresponder sencillamente a la iniciativa del hombre y de la sociedad. De la Fe y de los valores cristianos partió el impulso humano en aquellos tiempos.

Durante el Renacímiento y posteriormente con la influencia de la Revolución, se tomó conciencia de los valores humanos y sociales, independientemente de la Fe y de la Iglesia. Se dio como una especie de liberación del mundo de ese poder de la Iglesia, que era una potencia formativa pero que, hay que reconocerlo, había invadido el campo puramente humano y social. Toma de conciencia de los valores humanos: de la belleza, el arte, la literatura… Luego, durante la Revolución, aquellas famosas Libertad, Igualdad, Fraternidad, que son auténticos valores, se consideraron como en oposición a los valores sobre naturales, a los valores de la Fe.

En el siglo XIX, esa oposición se acentuó y dejó una huella en la espiritualidad de la Iglesia. Se salía de la Revolución, de esa, en cierto modo, rebelión contra Dios y contra la Iglesia, y dominaba un sentimiento general de culpabilidad. Se puso entonces el acento sobre la vaciedad de las cosas humanas, la reparación de los excesos cometidos, la muerte a la naturaleza… Ya ven, era una especie de espiritualidad de la renuncia, de la mortificación, de la negación de los valores humanos y de los valores naturales.

Pues bien, ahora, parece que, a pesar de algunos excesos, desembocamos, sin embargo, en cierto equilibrio. Nuestro tiempo y la Iglesia en estos momentos, sobre todo a la luz del Concilio, acaban de descubrir los valores humanos y de atribuirles su verdadero papel. Esos valores han recibido de la Iglesia una especie de reconocimiento oficial, pero lúcido por lo que se refiere a las consecuencias que podría traer una exaltación exagerada de lo que esos valores son y de su alcance.

Pero ¡ay!, a nuestros pobres espíritus humanos les cuesta trabajo mantenerse en equilibrio, y, actualmente, corremos el riesgo, después de haber renegado de esos valores humanos, de haberlos depreciado en nombre de la vida cristiana y de la vida religiosa, corremos el riesgo de darles, ahora, una especie de plus valía que podría llegar hasta el error.

Acabo de citarles un ejemplo sobre esa cuestión del sentido de la fraternidad en el equipo humano, fraternidad que es excelente; pero si se da no ya como una parte, un aspecto, de la vida religiosa, sino como lo esencial de la comunidad religiosa, me parece que el ejemplo citado es absolutamente representativo de una serie de errores que amenazan con comprometer la vida religiosa en su sustancia, en su impulso, y de los que, realmente, tenemos que guardarnos.

Nunca se ha hablado tanto como ahora de «equipo», de trabajo en equipo, de reflexión en equipo… y, por consiguiente, de manera instintiva, las religiosas usan del mismo lenguaje. Se habla de equipo comunitario —como también de equipo sacerdotal— y no es que sea malo decirlo. Se puede hablar muy bien del equipo comunitario, aunque sin dejar de atribuir a ese equipo comunitario todo su valor religioso; pero hay que tener mucho cuidado de no deslizarse de un simple término a una realidad, porque la comunidad es algo muy distinto a un equipo de trabajo, incluso a un equipo sacerdotal. Hay algo diferente, algo específico en el equipo religioso. Tendríamos que decir que no se trata de un equipo de trabajo, ni de un equipo profesional, ni de un equipo apostólico, ni siquiera de un equipo fraterno… o mejor dicho, para expresar toda la verdad, podemos afirmar que es todo eso, pero que lo es secundariamente, como expresiones diversas de lo que es su realidad profunda.

En la comunidad religiosa debemos saber descubrir un equipo de trabajo, un equipo profesional, un equipo apostólico, tenemos que saber descubrir también un equipo fraterno, unos corazones unidos. Pero nada de todo eso constituye su realidad profunda y su razón de ser… La comunidad religiosa saca su razón de ser y fija su finalidad en Dios mismo, que es uno y trino, tres en su unidad sustancial. Toda comunidad, por pequeña que sea, por minúscula, insignificante y modesta que sea, es la ínfima reproducción, la prolongación, el signo de la vida trinitaria. Ahí es donde encontramos la verdadera justificación de la vida comunitaria, nuestra razón de ser, de la misma manera que es en Dios en el que encontramos la justificación de nuestros votos.

¿Por qué estamos en Comunidad?

Porque Dios es uno y tres. Hemos venido a este mundo con un solo fin: unirnos a Dios y poder ir un día a compartir su vida trinitaria. En realidad, estamos invitadas a perdemos en Dios. «Recapitularlo todo en Cristo». El Señor nos llama a perdernos en El, a unimos a El, y a esa luz es como debemos contemplar nuestra vida comunitaria y la comunidad en la que estamos insertas. En la Santísima Trinidad encontramos el ejemplo más perfecto, pero también el más exigente, de nuestra vida comunitaria.

Consideremos que la Santísima Trinidad envió a Cristo al mundo, sin duda, por un fin general, que es la Redención; era preciso redimir a la humanidad. Pero no olvidemos que la Encarnación era ya un fin suficiente. Si Cristo quiso encarnarse, fue para que nosotros, los hombres, en cierto modo, nos divinizáramos. Recordemos lo que decirnos todos los días en el ofertorio de la Misa, cuando el sacerdote echa el agua en el cáliz. Pedimos a Dios, que se dignó compartir nuestra hutnanidad, que nos haga sumirnos, perdernos, en su divinidad. Tal es el gran movimiento. El Señor quiere constituir con toda la humanidad ese Cuerpo de Cristo que va a insertarse en la vida de la Santísima Trinidad. El Cuerpo Místico de Cristo no es sólo algo que debe existir en este mundo gracias a la unión de todos los cristianos: es el Cuerpo del Hijo de Dios que se constituye para estar unido al Señor, por toda la eternidad, en el seno de la Trinidad Santa. Cada una de ustedes puede, en sus oraciones, meditar en esta dimensión eterna de la comunidad cristiana por una parte, y de nuestras comunidades religiosas por otra.

Descendamos de estas consideraciones quizá un poco elevadas, para ver cómo la Santísima Trinidad es el ejemplo de nuestras comunidades. La Santísima Trinidad es una comunión de personas unidas entre sí en una perfecta unidad. La verdadera comunidad religiosa no es sólo un grupo de personas reunidas, sino una comunión de personas, en la que cada una es necesaria a las demás y debe sentirse reconocida y aceptada. No se trata de una absorción de las personas en provecho de la comunidad; no se trata tampoco de una sumisión de la comunidad en provecho de una u otra de las personas.

Según sea nuestra manera de considerar la comunidad, así va a ser nuestra forma de comportarnos en ella. Bueno será observar que la mayoría de las Hermanas que se quejan de no encontrar en la comunidad lo que vinieron a buscar en ella, son las que olvidan lo que ellas mismas tienen que aportar. Pensemos en ello. La comunidad no es sólo un medio, un ambiente, en el que tenemos que recibir, expansionarnos, encontrar afecto, alegría, apoyo para nuestra vida espiritual, guía y aliento para la acción que ejercitamos… Desde luego, todo esto es cierto; pero la comunidad es también un ambiente al que nosotras tenemos que aportar: y en primer lugar, a «nosotras mismas», tal y como somos, con todo lo que Dios nos da, los pensamientos de nuestra mente, el calor de nuestro corazón, nuestra entrega y abnegación… Estamos al servicio de la comunidad, de la misma manera que la comunidad está a nuestro servicio.

Con esto tocamos un punto muy delicado. La comunidad religiosa verdadera debe desembocar, ir a parar a una especie de intercomunicación espiritual, intelectual y no temo decir, afectiva —en el buen sentido de la palabra—, apostólica y demás Esta especie de comunicabilidad de los valores entre cada uno de los miembros de la comunidad, es uno de los elementos esenciales para formar una comunidad verdadera.

Se puede vivir reunidas, unas al lado de otras, cada una exigiendo que las demás aporten algo, sin que en absoluto se haya constituido una comunidad. Se podrá suponer que existe una colectividad, es decir, una reunión de individuos que provee a las necesidades de todos. Pero no se forrna una comunión de personas si no existe esa tmión de espíritus y corazones que hace la comunidad religiosa. La colectividad es una agrupación de individuos que se reúnen, porque resulta mucho más barato alimentar a cincuenta personas juntas que de una en una… es, pues, una reunión por interés, pero en la que no existe comunicación de los valores personales; cada uno no da al otro lo que él es; no hay comunicación de personas.

Lo que forma la comunidad religiosa es la comunión de los espíritus y los corazones, al nivel más espiritual de su relación con Dios. A eso tenemos que tender. Tenemos que sentirnos responsables, cada una allá donde Dios nos ha colocado, de comunicar a los demás —con la debida medida— lo que el Seilor nos da en el plano espfritual y en el plano intelectual. Existe un respeto humano que es una verdadera plaga de las comunidades. Se habla de todo, excepto del Señor y de la propia vida espiritual. No se atreve una. Se da una especie de pudor que impide comunicar lo que pertenece al terreno espiritual y a la vida interior. Tenemos, sin embargo, que dejar transparentarse nuestro don espiritual. Toda nuestra vida tendría que ser sencillamente la transparencia de nuestras relaciones con Dios. Tal es la finalidad de la «repetición de oración», de la preparación a la oración, de la conferencia del viernes (acerca de estos ejercicios creo que han debido ustedes de reflexionar y cambiar impresiones). Son puntos fuertes, momentos fuertes de nuestra existencia; pero no sólo en ellos, sino en toda nuestra vida debería darse esa comunicación espiritual, en la que, evidentemente, hay que obrar con tacto. Porque no hay nada más odioso que las personas que tienen la manía de edificar y de comunicar sus hermosos pensamientos. Es odioso, y si se quiere acabar con los intercambios espirituales, no hay más que hacerlo. Es insoportable… Ahora bien, si vivimos realmente con el Señor, en todo lo que hacemos, en nuestros razonamientos acerca de las cosas concretas y prácticas, en las decisiones que tomamos, en nuestras conversaciones en los recreos y otras, con toda normalidad, de una manera muy sencilla y natural, se trasluce que estamos pensando en El y que Le buscamos en todo.

Esa nuestra vida profunda debemos comunicarla a la comunidad. Con esa comunidad religiosa en la que estamos insertas, debemos compartir nuestra vida espiritual. Es algo muy importante. Tenemos con nuestra comunidad la deuda de nuestra oración, del valor de nuestra unión con Dios. Una Hermana que vive en la presencia de Dios lo lleva con ella a donde quiera que vaya, y esto es una manera de servir a la comunidad. Una Hermana que se aleja de Dios, que vive en pecado —no me refiero a pecado grave, sino a pecado venial habitual—, que no busca la intimidad con el Señor, priva de algo a la comunidad, porque la tibieza de un alma ejerce una terrible influencia sobre su comunidad religiosa. Mientras que su búsqueda de Dios, aun cuando no se manifieste en palabras, entraña una presencia del Señor y eleva a la comunidad por el solo hecho de esa actitud interior.

No creemos bastante en todo esto. En nuestro tiempo, se ha insistido sobre todo en ciertos conocimientos de psicología, en la dinámica de grupos… No tengo nada que objetar en contra de ello, está bien; pero no sirve para nada si el fondo íntimo de la persona no está unido a Dios, no está pronto a comunicarse a los demás.

¿Cuál es el vínculo interior de las relaciones trinitarias? Es el AMOR el que une a la Trinidad; es la CAIUDAD el factor de la unidad trinitaria. También es la caridad la que debe unir a la comunidad. Si cada uno de sus miembros se encuentra verdaderamente en estado de caridad, el vínculo de la caridad unirá los corazones. Si los miembros están unidos por la caridad fraterna, Dios está ahí. Si cada miembro, cada alma de Hija de la Caridad de la comunidad local se halla verdaderamente en estado de caridad hacia sus compañeras y hacia Dios, posee a Dios, Dios está en ella, y hay, entonces, una presencia de Dios en el alma de su compañera, en el alma de cada uno de los miembros. Esa es la esencia misma de la comunidad religiosa: la caridad en sus dos dimensiones, caridad hacia Dios de la que dimana la caridad hacia los hermanos.

Entonces es cuando llegamos a esta palabra de Cristo: «Donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Se da una verdadera presencia de Dios en medio de la comunidad, que se opera por la caridad. Si vivo en caridad, produzco la caridad de Dios. El hecho de que me haya abierto a la comunidad, hace que me abra a Dios y que sea una presencia de Dios en medio de mi comunidad.

Tratemos, pues, de vivir en Dios para que Dios esté en nosotras, y así encontraremos el verdadero nudo, el verdadero vínculo de nuestra caridad fraterna. La formación de la vida en comunidad es, ni más ni menos, una formación a la caridad, Sería necesario reflexionar en esta caridad profunda y en el estado de nuestro corazón: lo importante no es el sentimiento que experimento hacia una persona, sino lo que mi voluntad permite y consiente como pensamientos y disposiciones. Debo considerar a cada una de mis hermanas con la mayor benevolencia; debo mirarla como el Señor la mira, con AMOR, INDULGENCIA, y como me miro a mí misma. Cuando yo cometo una falta, encuentro todas las excusas posibles; pues a la otra debo concederle esas mismas excusas, porque bien sabemos que hay un fondo de mal en nosotros.

Si, en una casa, ninguna aceptase jamás un pensamiento contrario a la benevolencia hacia una u otra de sus compañeras, la comunidad llevaría una vida perfecta. No hay necesidad de metodología de la comunidad: se encuentra ahí, en esa bondad profundad de cada una de las Hermanas, en la disculpa y tolerancia de las faltas. Esa disposción interior es la que constituye la caridad y la que, por vía de consecuencia, hace a Dios presente.

Que la Santísima Trinidad sea nuestro ejemplo en nuestra vida comunitaria y el modelo de nuestras relaciones interpersonales, con ese lazo profundo de la caridad, como el Espíritu es la unión en el seno de la vida Trinitaria. La Santísima Trinidad, que se basta a Sí misma, se ha abierto, sin embargo, al mundo. No ha querido encerrarse en Sí, aun cuando nada, absolutamente nada, la obligaba a salir, si no un exceso de caridad: ese exceso de amor que existe en el seno de la Trinidad, ha sido el autor de la creación.

A ejemplo de la Santísima Trinidad, una comunidad religiosa debe abrirse al exterior. Una comunidad que no cumpla ese movimiento de abrirse a los demás, no es una verdadera comunidad religiosa. Esta, que ha de ser un foco de caridad, tiene que insertarse, inscribirse en comunión con todos los organismos de la Iglesia que la rodean.

Hay, no obstante, ciertos peligros en esta apertura al mundo, porque hay que abrirse, sí, al mundo, pero sin dejar de ser uno mismo.

Preciso es decir que las comunidades han permanecido demasiado cerradas en sí mismas, ya por sus métodos apostólicos, sus obras, su género de espiritualidad, o por su falta de relación con otras comunidades o una especie de separación de la vida parroquial Todo esto actualmente debe quedar superado. El testimonio de unidad y caridad que debemos dar fracasaría si no se extendiera a las relaciones con todos aquellos que viven en torno nuestro y con los organismos de la Iglesia.

Pero en esta apertura de las comunidades, dos peligros se abren paso. El primer es que lleguemos, algo así como a diluirnos en el laicado. Se hace tan grande aproximación entre la vida religiosa y el laicado, que se corre el riesgo de repudiar lo que le es propio y adoptar una vida tan semejante a la vida seglar, que la vida religiosa no tendrá ya razón de ser propia. Por otra parte, el trabajo y la unión con el conjunto de las otras comunidades religiosas se hacen ahora tan estrechos, que existe también el peligro de olvidar la vocación específica de cada Instituto, llegando a ser cada uno de ellos absolutamente semejante a los demás. Hay en esto como una pérdida del propio sabor, que acabaría por ser una disminución de la riqueza de la Iglesia.

Debemos conservar, para bien de la Iglesia, lo que es específico a la vida religiosa, por una parte, y lo que es específico a la propia vocación, por otra.

Por último, nos queda un aspecto bajo en el que considerar nuestra vida comunitaria: es el aspecto apostólico, cuya autenticidad descubrimos en las palabras mismas de Cristo, en el Evangelio. En la oración que dirige a su Padre, le dice: «Que sean UNO, Padre, como Tú y Yo somos UNO» y a continuación da como la finalidad y la razón de esta súplica: «para que el mundo crea». Esta unidad en la comunidad se nos presenta como el signo que hace germinar la Fe en las almas. Y se puede añadir que, si la palabra de Cristo necesitara una confirmadón, la encontraríamos en los primeros Hechos de la Iglesia, en los que vemos que la caridad y la unión entre los hermanos cristianos era lo que les hacía distinguirse y arrastrar a otros a que abrazaran la Fe. La unidad en la comunidad, esa presencia de la caridad, hace brotar la Fe… no lo olvidemos nunca.

Cuando tenemos dificultades en nuestra vida comunitaria, cuando tenemos que soportar caracteres difíciles, cuando en la casa en que están destinadas no encuentran los elementos necesarios para constituir una verdadera comunidad, que cada una de ustedes, aporte, ella, por lo menos, todos los esfuerzos personales que le sea posible, para que no deje de darse ese testimonio de caridad y unidad. El verdadero germen del apostolado, de que tanto se habla, radica ahí, erl esa carídad profunda que constituye la comunidad religiosa, la comunidad de Iglesia, en esa caridad que hace nacer la Fe en las almas.

Pienso que si viviéramos verdaderamente en esa caridad profunda, en esa caridad divina, aportaríamos ese signo evangélico que es semilla de Fe. Y de eso somos responsables. El alcance apostólico de la comunidad es un hecho: tenemos que estar completamente convencidas de ello, para darle la mayor importancia.

Actualmente, a la sombra de una búsqueda que se acentúa en la Iglesia y de un movimiento que parte de ciertos países, se intenta cierta tecnología o metodología del apostolado. Creo que no hay que despreciar esto ni minimizarlo, pues se trata de un esfuerzo de gran importancia, de muy grande alcance. Pero una vez más tenemos que decirnos que no son las técnicas ni las iniciativas humanas —aun cuando sean necesarias— las que llegarán a convertir al mundo obrero, a convertir a las masas descristianizadas, a penetrar en el mundo actual que ha perdido la Fe. Llegaremos a ello mediante la constítución de la unidad en el seno de las comunidades religiosas y eclesiales, con el vínculo de la Caridad. Tal es el signo evangélico y a él tenemos que volver. Entonces… cuando, por ejemplo, mañana tengamos que considerar los aspectos particulares de nuestra vida comunitaria, lo haremos desde la Fe.

Lo que hoy les he dicho era un poco arduo, pero de tal manera es la base de todo lo demás, que tenemos que empezar por ahí, por convencernos de ello. Lo primero de todo es tener miras de Fe. Tenemos que asentar nuestra vida y nuestras convicciones en la Fe, antes de ver cómo hacer la aplicación en la práctica, en la vida diaria.

La vida en comunidad es la presencia de Dios asegurada por la Caridad; es el signo evangélico por excelencia que hará germinar la Fe en las almas. Y sólo a partir de esto, podremos razonar todo lo demás. No se puede comenzar por «lo demás», y dejar lo primero para después. Empecemos, ante todo., por ver de qué somos responsables ante Dios y ante la Iglesia. Somos responsables ante Dios de dar a la Iglesia ese signo de Caridad, ese signo de unidad que es una comunidad religiosa perfecta. Y esto, no sólo en el conjunto de la Compañía de las Hijas de la Caridad, sino en cada una de nuestras casas, en nuestras comunidades locales y en las situaciones en que nos vemos colocadas.

Mañana, pues, veremos la práctica, las dificultades y también las nuevas posibilidades: la oración en común, cómo asegurar un espíritu de comunidad, cuando la vida en común se reduce a poca cosa; a veces, los tiempos vividos juntas son pocos, y, sin embargo, a partir de ellos, tienen que quedar constituidos un alma, un corazón, un espíritu común. Tenemos que llegar a la realidad de la comunidad religiosa a través de todas nuestras dificultades cotidianas. Mañana lo veremos.

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