Susana Guillemin: La santidad de una hermana sirviente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Ejercicios espirituales a Hermanas Sirvientes. Instrucciones. Ascensión-Pentecostés, 1967

Cuando nos dimos a Dios, después de una resistencia más o menos larga, comprendimos por lo menos confusamente que el paso que dábamos, el compromíso que tomábamos con Dios no era otra cosa que un compromiso a perseguir la santidad. En el seminario se nos enserió con toda claridad, y también en los ejercicios espirituales que hemos ido haciendo, que la persecución de la santidad, de la perfección es una obligación para el alma consagrada. Un alma consagrada que consintiera, de manera plenamente voluntaria, el permanecer en la tibieza, el no esforzarse por adelantar en la vida interior y en la unión con Dios, se pondría en peligro de pecar gravemente.

Ahora bien, vivimos en una época en que la noción de pecado puede decirse que ha caducado. Hoy en día, los jóvenes ya no creen en el pecado. En tanto que en los siglos que nos han precedido se exageró la posibilidad de cometerlo, en nuestra época ya no se cree en el pecado: ese es el motivo por el que muchos jóvenes y otras personas no se confiesan. Y sabemos muy bien que en los seminarios tenemos que volver a enseriar a las jóvenes a que comprendan lo que es la confesión y a acercarse al sacramento de la penitencia como el Señor lo quiso.

En cuanto a nosotras, guardémonos bien de ser de esas almas consagradas que no piensan ya en que pueden pecar.

Por lo que a nosotras, Hermanas Sirvientes, se refiere, el peligro es acaso mayor que para muchas de las otras Hermanas. Por una parte, es cierto que hemos hecho bastantes esfuerzos, hemos tratado de dominarnos, y como no vemos en nuestra conducta faltas verdaderamente graves, pecados mortales, fáciltnente llegamos a considerarnos como no pecadoras. Por otra, el hecho de ser Hermanas Sirvientes hace que nuestras Compañeras nos traten como si hubiéramos alcanzado cierto grado de perfección, con lo que corremos el riesgo de imaginarnos que no somos lo que somos en verdad.

Y sin embargo, ¡es tan importante que delante de Dios nos consideremos en esa situación de pecadores, que es la nuestra! No creamos que sea esto una humildad exagerada. La humildad de San Vicente nos parece tan extraordinaria, que a veces estamos tentadas de llamarle exagerado. Pero pienso que respondía sencillamente a la verdad.

Cuando una es veraz, cuando se mira delante de Dios, ve que verdaderamente está sumida de pies a cabeza en el pecado, aun cuando no sea cuestión de pecado grave. Tratemos de mantenernos así en una verdadera actitud de humildad interior.

Considerémonos capaces de pecar. Por lo demás, esa es la primera condición para evitar el pecado: creer que uno es capaz de cometerlo. Pienso que una Hermana que se imagina que ella no puede tener caídas graves, se encuentra en gran peligro, aun cuando esté revestida de autoridad, aun cuando desempeñe el cargo que sea. Consideremos que somos profundamente débiles y que tenemos constante necesidad de la gracia de Dios, de su ayuda, de sus auxilios particulares para no caer. Recordemos, de vez en cuando, la presunción del pobre San Pedro, tan confiado en sí mismo, tan seguro de su amor a Nuestro Señor, que no vacilaba en decir: «Aun cuando todos te abandonaran, yo no te negaría». Unas horas después, caía en la más lamentable de las faltas.

Contra el pecado, puede decirse que no hay más que un remedio: la humildad y la oración. Hemos de permanecer en esa actitud constante, en esa convicción de nuestra debilidad, que será la que engendre en nosotras la humildad; en esa actitud de oración incesante, nacida de la humildad y del temor al peligro; peligro del pecado mortal, por supuesto; pero también peligro del pecado venial que está más próximo a nosotras; y sobre todo, el gran peligro de la tibieza.

Cuando al cabo de cierto número de años transcurridos en la comunidad, se han acumulado esfuerzos para vencerse una misma, cuando se ha hecho todo lo posible por adquirir una vida interior más profunda, para yugular los defectos reconocidos, se llega a un punto de la vida espiritual en el que se tiene la impresión —y es una impresión cierta— de que es imposible, humanamente imposible, de dar un paso más hacia adelante. Sabemos que todos los esfuerzos que intentemos hacer no nos harán superar cierto grado de rectitud interior, de dominio de nosotras mismas, de entrega de nosotras a Dios, que ese grado es el maximum de nuestras posibilidades humanas.

En ese momento es cuando nace el peligro más temible.

Es en ese momento cuando las almas se separan en dos categorías:

— las que van a continuar el camino hacia la santidad,

— y las que van a volverse sobre sí mismas, caer en la tibieza y aun a veces, retroceder más allá de la tibieza.

En ese momento es cuando hay que comprender y pedir a Dios que nos haga darnos cuenta de que sí, es verdad, hemos llegado al límite de nuestras posibilidades personales, pero que es precisamente entonces cuando va a empezar la verdadera acción de Dios. Entonces, si tenemos la valentía y la voluntad de continuar unos esfuerzos que juzgamos inútiles y de los que humanamente no podemos esperar ningún resultado nuevo, es cuando nos situamos realmente, en el camino de la santidad. Y cuando, acaso durante largos años todavía, según el designo de Dios sobre nosotras, hayamos continuado ese esfuerzo diario, esa prueba de amor de todos los días que Dios espera de nosotras (porque la prueba de amor que espera no es que ganemos una victoria, cosa imposible, sino que mantengamos y repitamos los esfuerzos aun cuando no veamos resultado alguno), cuando Dios nos haya visto, durante el número de años que El tenga previstos, continuar así luchando por su Amor, ese día, fijado de antemano en su plan eterno, nos dará la victoria.

Pienso que es así como los santos han llegado a la santidad. Ningún santo, llegado al fin de su vida y al ir a entrar en la gloria eterna, ha tenido la ocurrencia de decir: «He vencido al mundo, he derrotado mis defectos, he superado las tentaciones humanas». Pienso que todos los que han llegado a la verdadera santidad, porque se han dejado iluminar por la verdad, han podido decir al vislumbrar el encuentro con Dios: Yo no he hecho nada (es lo que decía San Vicente); lo único que he hecho ha sido estropear la obra de Dios; lo que a mí me pertenece es el pecado, pero Dios ha sido Todopoderoso en mí y, como dice la Sagrada Escritura, «cantaré eternamente sus misericordias», y no mis triunfos. Es la misericordia de Dios la que hará nuestra santidad. Pero lo que sí nos corresponde a nosotros es mantener el esfuerzo todos los días de nuestra vida hasta nuestro último suspiro.

Vamos a ver todavía uno o dos consejos, completamente ordinarios, que entran en lo más vulgar, que ustedes mismas se dan de vez en cuando, pero que nunca se repetirán bastante. Cuanto más caen de su peso, cuanto más ordinarios son y más normales, tanto más difíciles son de aplicar y de llevar a la práctica con toda honradez y perseverancia.

Decíamos el otro día que antes de ejercer la misión de Hermana sirviente en lo que tiene de verdaderamente importante que es lo relacionado con la vida religiosa, con la dirección espiritual de las Hermanas, etc., era necesario que la Hermana Sirviente se aplicase a ponerse ella misma en una relación constante con Dios. Dicho de otro modo: «Hay que ser antes que hacer». Por otra parte cuando decimos «ser antes que hacer», no quiere ello decir que hay que llegar, haber llegado, a la perfección del ser que queremos constituir.

Toda función de autoridad religiosa requeriría por sí misma la santidad. No podemos ser santos, pero sí podemos tender a la santidad. Entonces, que por lo menos en nuestra convicción interior, en nuestro trabajo de cada día, ese esfuerzo sobre nosotras mismas sea el que pase en primer lugar. «Serantes que hacer» no quiere decir haberlo conseguido, pero sí pretende indicar una urgencia, una prioridad en la intención y en la inquietud.

Preocuparse de ser ante todo una misma lo que se quiere que las demás sean. Practicar antes que enseñar Lo que equivale a decir: formarse una misma al mismo tiempo que se intenta formar a las compañeras. Llegar a considerar que estamos en formación continua, que tenemos que aplicamos a nosotras los consejos que damos a las demás, que hemos de tener esa honradez radical que consiste en no dar nunca un consejo sin tener la firme voluntad de recibirlo para una misma y de tratar de hacerlo pasar a nuestra acción, a nuestras convicciones íntimas, a nuestras actitudes. Eso es esencial.

Creo que en ello reside la actitud fundamental de autenticidad que es absolutamente necesaria a la acción de la Hermana Sirviente. Nunca nos conveceremos bastante de ello.

Dos actitudes del alma, dos elementos esenciales hacen a Dios presente allá donde nos encontramos: Son la verdad y la caridad. Es preciso que todo nuestro individuo, toda nuestra persona, todo nuestro ser estén, por decirlo así, amasados con verdad y caridad. Creo que podríamos reducir nuestros exámenes de conciencia a esas dos actitudes; y sería suficiente. Preguntémonos todas las noches: .

  • ¿he sido hoy veraz, auténtica?
  • ¿en mis actitudes?
  • ¿en mis palabras?
  • ¿en los consejos que he dado a mis compañeras?
  • ¿en mis relaciones con Dios?
  • ¿en la forma en que me he considerado yo misma?
  • ¿en la forma en que he considerado a los demás?
  • ¿he vivido la verdad?
  • ¿he estado llena de caridad?
  • no sólo en mis actitudes exteriores, pero ¿en mis pensamientos íntimos?
  • ¿en la forma en que he considerado a los demás?
  • ¿a las que tengo encomendadas?

Es de la mayor importancia.

La verdad y la caridad son elementos componentes de Dios: «Deus caritas est». Igualmente podríamos decir: «Deus veritas est». Cuando una se mueve en la caridad como en un ambiente, Dios está allí necesariamente presente. Suelo repetirlo con frecuencia. El sentír a Dios presente después de un acto de caridad o de un acto de veracidad, no es una recompensa: Dios vendría porque hemos hecho un acto de caridad. Porque nos hemos situado en la verdad. Dios vendría para recompensarnos, como con una gracia suplementaria. No es eso en absoluto. Desde el momento en que nos hemos puesto en Dios, hemos, en cierto modo, producido a Dios; le hemos hecho presente por el acto mismo realizado. Dios está ahí. No tenemos suficiente fe para comprender que la presencia de Dios en un alma hace reinar en ella la verdad y la caridad. Y cuando en una comunidad la Hermana Sirviente vive de esa búsqueda constante de la verdad y de la caridad, Dios se hace presente. Y en la medida en que cada una de las Hermanas compañeras llega a ponerse en esa actitud de búsqueda de Dios en la verdad y en la caridad, crece la presencia de Dios en la Comunidad, se extiende fuera de ella, irradia. Eso es la acción apostólica.

La acción apostólica, por supuesto, viene de las obras, procede de lo que podemos hacer, procede también de las palabras. Porque hay que predicar, hay que decir, hay que revelar. Pero es principalmente la revelación que se desprende de la vida, la revelación vital, la que descubre a Dios y hace que se le vea a través de una comunidad que vive en la verdad, en la caridad y por el hecho mismo, en la unidad. Resulta, esa comunidad, una presencia perpetua de Dios en medio de los hombres, como Cristo estuvo presente entre los hombres durante los treinta años de su vida oculta. No podemos imaginar que durante esos treinta años, porque no habló, no se reveló. Se produjo una revelación, una preparación para que las almas pudieran recibir el mensaje evangélico.

Hemos de tener esa convicción profunda de que somos responsables, en cierto modo, de una presencia de Dios que proviene de nuestras actitudes de alma más íntimas. Y cuando enseriamos a los demás, contémonos entre ellos. No digamos nunca algo para los demás únicamente: a nosotras también nos hace falta aquello. Y cuando hablamos de los pecadores, no nos consideremos aparte: estamos entre ellos, formamos en su número. Lo estamos quizá de otra forma que las pobres gentes con las que nos cruzamos en la calle, pero acaso no sea mucho mejor nuestra situación. Ellos tienen menos obligaciones que nosotras, porque nosotras hemos sido colmadas de gracias, llenas de luces del Señor y es norrnal que El tenga con nosotras exigencias que no tiene con cierto número de otras personas. Contémonos en medio de los demás, como unas de tantos, humildemente, auténticamente, caritativamente y no como si hiciéramos un acto de humildad extraordinario (no sé trata de un acto de humildad extraordinario, sino sencillamente de la verdad), pongámonos entre los demás, con todas las Hermanas, con todos los pecadores con quienes nos tropezamos en la calle o en otras partes. Que no sea esto sólo una convicción personal interior, sino una verdad reconocida.

Para ser una buen Hermana Sirviente no es necesario aparentar que no se tienen defectos. Digo’ aparentar, porque no es posible que haya una sola persona sin defectos. Si aparentamos no tener defectos, es que somos un tanto hipócritas, en un punto o en otro. Tenemos que reconocer que tenemos defectos y en la práctica saber admitir que podemos equivocarnos, que, como los demás, estamos sujetas a error. Reconocer ante una compañera que nos hemos equivocado; no va a menguarnos o disminuirnos. Si un día hemos cometido una falta, reconozcámosla y reparémosla.

Creo que no hay nada más pernicioso que el querer ocultar sus faltas porque una es la Superiora. Por supuesto, no es que haya que tender a escandalizar; no hay que desedificar; no hay por qué hacer una ostentación de sus faltas. Todo esto sería un error. Pero frente a faltas que cometemos habitualmetne, sepamos reconocernos culpables. Somos como las demás. creo que esto es la palabra clave.

San Vícente decía que hay como una especie de veneno oculto en la superioridad que se infiltra poco a poco, mes tras mes, año tras año, y se acaba por creerse una mejor que las demás por el hecho de que es Hermana Sirviente u otro cargo. Es algo completamente falso. Estamos revestidas de una autoridad religiosa no porque no tengamos defectos sino a pesar de nuestros defectos. Y el hecho de haber recibido una superioridad no nos quita ningún defecto. Es precíso abolir de nuestro espíritu y del espíritu de nuestras compañeras esa especie de mito de la Hermana Sirvienteperfección y de la Hermana Sirvienteinfalible. Eso no existe, no es la verdad, y tenemos que situarnos en la verdad.

El P. Laplace, que es un autor tan espiritual de las cuestiones de la vida religiosa, dice: «Hay que bajar a esa profundidad en la que se siente de modo experimental (y no solamente se dice, aunque se diga la verdad: experimentar es algo más que decir) que uno es como los demás, y no darle tanta importancia a esta verificación». Nosotras mismas lo comprobamos, las demás lo comprueban también, aunque no nos lo digan por respeto o por temor, pero de sobras ven que tenemos defectos. Aceptemos que Dios’ quisiera comunicarse a través de instrumentos ir4erfectos, corno somos. Si nos situamos así en la verdad y en la humildad, yo diría que nuestros defectos no tendrán una proyección perjudicial para nuestras compañeras. La tendrían si tratáramos de encubrirlos faltando a la verdad: eso sería completamente distinto.

La verdadera razón de toda autoridad religiosa no es nunca una cuestión de mera administración ni una cuestión de dirección, aun apostólica. Es la de la relación de las almas con Dios. ¿Por qué tenemos un puesto de autoridad? Para que la relación con Dios quede establecida por mediación de la autoridad designada. Ustedes son ese lazo que une a Dios a cada una de sus compañeras, en su vida consagrada al Señor. Es por la mediación de ustedes como podrán cumplir su voto de pobreza, su voto de obediencia, como toda la vida consagrada de la Hermana va a poder estar en continua relación con la voluntad de Dios. Esto debe guiarlas a ustedes en sus reflexiones y hacerles tomar conciencia de la realidad de su cargo. Recuerdo haber visto a algunas Hermanas Sirvientes, buenas sin embargo, pero que en el momento en el que recibían la patente quedaban mucho más impresionadas, les inquietaba mucho más, la dirección de la casa, la dirección de las obras, que la dirección de sus hermanas. Y es todo lo contrario.

Me parece estar escuchando todavía a nuestra Madre Decq que me decía siendo yo Hermana Sirviente joven: «Sepa usted que la cruz de las Hermanas Sivientes no la constituyen ni las casas, ni el dinero, ni las obras: son las Hermanas». Y es verdad. La cruz son las Hermanas, pero son también la recompensa. Se dan las dos cosas. Ahora bien, el verdadero nudo del cargo es la dirección espiritual de las Hermanas y de la Comunidad que forman esas Hermanas; las Hermanas tomadas individualmente y consideradas en Comunidad. Tienen ustedes esos dos cargos; esos dos cargos, un poco diferentes entre sí, pero que se complementan mutuamente.

En primer lugar, el cargo —o encargo— de cada individuo y el de la Comunidad. Esta última no debe ser nunca opt,esión para el individuo; pero el individuo ha de ponerse al servicio de la Comunidad. Una Hermana que ha alcanzado su plena madurez (se habla a veces de madurez sin saber de qué se trata), está al servicio de la Comunidad. Una Hermana que se repliega en sí misma se halla todavía en estado de adolescencia.

Antes de hablar de la Comunidad, dándole una primacía, hagamos como el Concilio que ha dado primacía ante todo (no voy a decir los derechos del hombre porque la cosa tomaría resonancias un tanto políticas) a los derechos de la persona humana, a su dignidad, en supremacía sobre cualquier otra cosa; antes de pensar en la sociedad, antes de pensar en el mundo, hay que pensar en el hombre sin más, en la persona humana que se ve oprimida por esa sociedad y ese mundo.

Antes de pensar en la Comunidad, empecemos por pensar en las Hermanas, en cada Hermana en particular. De ellas, de cada una de ellas, el Señor nos pedirá,cuenta. Aquí también se oculta una tentación para la Hermana Sirviente: llega a una casa, recibe sobre sus hombros la pesada carga de esa casa, quizá grande y complicada, de una obra importante difícil de llevar, y se siente abrumada. Después, ve delante de sí a 10, 12, 15 ó 20 Hermanas y se dice: ¿cómo voy a reunir a todo este mundo? El pensar en los individuos es lo último. Y tendría que ser a la inversa.

Es necesario llegar a superar esa primera impresión y empezar por ver ante todo a «la hermana», a cada Hermana en particular. Ella es la que interesa. Si consiguen ustedes acercar a cada una de sus Compañeras a Dios, de verdad que todos los problemas quedarán resueltos. Por supuesto, tendrán de todas formas que ocuparse de las demás cosas, pero todo quedará muy simplificado. Por el hecho mismo de que cada una de sus Compañeras está profundamente unida a Dios, el resto marchará bien porque, entonces, las Hermanas serán buenos instrumentos de esa obra.

Si conceden ustedes toda la atención al conjunto de su casa y dejan vegetar a sus compañeras, si las dejan que se» instalen en una vida del todo natural, tendrán grandes dificultades; no lograrán hacer gran cosa. Estoy segura de que ya lo han experimentado de una forma o de otra.

La dirección espiritual de una Hermana supone una atención a toda su vida, no sólo a su vida de oración (y bien sabe Dios si es importante), sino a su vida de regularidad. Otra tentación: lo primero las obras, lo segundo la Comunidad, lo tercero la regularidad. En otros terrenos, no puedo ver el interior de cada una; y además no tenemos que penetrar en él inconsideradamente. No nos contentemos tampoco con fijarnos en la regularidad. Consideremos, antes, a cada una como Dios la ha hecho. Me gusta mucho una frase que oí a Mons. Bonnet, porque la encuentro muy humana, muy llena de realismo. Decía un día con bastante humor: «hay religiosas que repiten siempre, <quiero ganar almas a Dios>. Yo no he visto nunca un alma; síempre me he tropezado con personas».

En esta búsqueda de Dios, consideremos a la persona por entero; consideremos su cuerpo. No puedo repetirles (porque no soy capaz de hacerlo) una hermosa enseñanza que dio Mons. Géraut a las Directoras de Seminarios, en las que mostró esas interferencias del alma en el cuerpo y del cuerpo en el alma. Cuando queramos considerar a nuestras compañeras, veamos a cada una tal y como es, tal y como es delante de Dios, tal y como se presenta ante la comunidad, tal y como debemos ponerla al servicio de la Iglesia.

Empecemos por considerarlas en la totalidad de su vocación. Es muy hermoso lo que llamamos vocación. Lo decimos y no penetramos suficientemente en lo que es, no vemos todo el alcance que tiene. Es magnífico pensar lo que ha sido la acción de Dios que ha inducido a un alma a dejar el mundo, a renunciar a todas las esperanzas que se abrían ante ella. Todas han tenido esperanzas, ilusiones; aun las más humildes veían cómo se les ofrecía una vida que podía ser la suya, pero a la que han renunciado por amor a Dios. Es una espléndida victoria de la gracia.

Ver a cada alma en el contexto de su historia espiritual, en su vocación, aun cuando no las conozcamos. Porque no tenemos que forzar las puertas para intentar saber lo que la Hermana no quiere decir; pero sí sabemos cuál ha sido el desenlace. Han llegado hasta Dios a través de una historia que sólo ellas conocen, que es un secreto que debemos respetar. Han llegado hasta Dios, son propiedad de Dios, son una riqueza de Dios, una riqueza de la Iglesia. Cada Hermana es un capital del que somos responsables delante de Dios. Recuerdan ustedes la parábola de los talentos; aquellos hombres a quienes su amo había confiado a uno un talento, a otro cinco, a otro diez. A ustedes, Hermanas Sirvientes, se les han confiado tantos talentos como compañeras tienen; talentos que no deben enterrar y dejar improductivos. Tíenen que hacerles producir para la gloria de Dios, para gloria de la Iglesia, para bien de la Comunidad. Son ustedes responsables de esas riquezas que hay en cada una. Riquezas de espíritu, de corazón de alma, esos recursos, esas posibilidades, esos dones. Cada una tiene sus dones personales.

Tienen, pues, que conocerlos si quieren valorizarlos. Actualmente, las Hermanas jóvenes llevan eso metido muy dentro. Saben bien que representan un valor y quieren valorizarse, quieren «realizarse». No comprenden la cosa en su realidad. Tienen razón en la expresión, pero no la tienen del todo en el sentido que le dan y en cómo la comprenden. Pero nosotras, sí que tenemos que saber de qué somos responsables.

Hay que descubrir a las Hermanas, pero no indiscretamente. La indiscreción es algo horrible. No tenemos derecho a espiar, a escudriñar. Hay diferentes maneras de mirar a las personas. Recuerdo haber oído un día a una Hermana Sirviente: «Yo no otorgo mi confianza; empiezo prímero por mirar y luego ya veo». Es espantoso… espantoso.

Llegan ustedes a una casa; tienen ante ustedes diez Hermanas Son diez almas a las que Dios ha llarnado. Deben, desde un primer momento, inmediatamente, otorgar su confianza. Sí hay que dar confianza Hay que darla ,con prudencia, pero esto quiere decir: darla; después, en el correr de la vida ya verán si su confianza está en buenas manos. Si se ven ustedes obligadas a ponerle un bemol, ya se lo pondrán. Pero, lo primero, darla. De lo contrario, tengo la impresión de que haría un corte de corriente, y las compañeras lo advertirían, pero que muy bien. Sería terrible. Ante todo, demos nuestra confianza. Un alma que no se ha entregado a Dios merece confianza. No tenemos derecho a negársela; ciertamente que no.

Sólo hay una forma de mirar a las personas para conocerlas de verdad; es amarlas. Si se ama, se ve en la verdad. Siempre marchan unidas la caridad y la verdad. No se conoce verdaderamente si no se mira con los ojos del amor. No de un amor ciego. El amor verdadero no es ciego, porque ve la verdad. Pero hay que amar. Un solo Ser nos conoce a fondo: es Dios, porque nos ama, porque fija en nosotros una rnirada de caridad. También nosotras debemos fijar en nuestras compañeras, y por lo demás en todas las personas, esa misma mirada cargada de amor lúcido, generoso, desprendido de sí, de ese amor que, sólo él, podrá darnos el verdadero conocimiento de los demás

Mirarlos con un conocimiento adquirido sin amor, no es andar en verdad. Se dice a veces: «conozco a esta hermana, conozco sus defectos, la he visto actuar». Pues no es verdad. Si no la mira usted con amor verdadero, no la conoce. Ese «la conozco» quiere decir que conoce usted sus defectos. Y eso no es conocerla. Yo diría «la conozco» cuando conociera sus cualidades. Empiecen lo primero por descubrir su cualidades.

En toda alma, en toda persona existe esa parte positiva que hay que conocer. Y en la inmensa mayoría de los casos, en el conjunto de las Hermanas las cualidades, por lo menos las cualidades de intención, superan con mucho los defectos. Que el conocimiento de las Hermanas se haga ante todo en el terreno de lo positivo: traten de descubrir lo que Dios ha otorgado a esta o a aquella persona; después, ya conocerán sus defectos. Porque también es necesario. Pero a una persona no se le conoce bien si no se tiene la balanza de lo positivo y lo negativo a la vez, los dones personales, las cualidades y también los defectos.

No me acaban de gustar (aunque a veces hay que utilizarlos) los medios de observación científica. Se observa a una Hermana, se le hacen «tets»… No digo que un test no pueda ser bueno: puede servir para poner de manifiesto aptitudes profesionales, cualidades para dedicarse a esta o aquella rama del saber o a tal orientación de la actividad. Sí, creo en estos medios. Incluso si una Hermana está realmente enferma o cuando una investigación psicológica parece necesaria, se puede acudir a ellos, pero a condición de conocer bien a la persona que va a hacer el test, el médico a quien uno se dirige. Sin embargo, no podemos olvidar que el conocimiento científico, cualquiera que sea, tiene siempre la tendencia a quedarse en el nivel natural.

Se adquiere un conocimiento con medios científicos y no se va más allá del terreno de la razón humana, olvidando que el terreno de la gracia está ahí, sin ir muy lejos, y que la gracia tiene un poder pacificador y que personas aun muy perturbadoras, con ese poder de la gracia y acercándose a Dios, pueden recuperarse mucho mejor que con ningún tratamiento psicológico.

Recuerdo a cierto médico psiquiatra, gran cristiano, que decía a propósito de una Hermana muy perturbada: «se pueden fundar muchas esperanzas en esta Hermana, porque tiene una verdadera cualidad de búsqueda de Dios: su punto de equilibrio está ahí; va a recuperarse muy bien. Tiene, es cierto, una especie de traumatismo, pero puede recuperarse muy bien». Esto vale mucho más que todos los tranquilizantes. Creo que cuando nos vemos en la necesidad de acudir a observadores científicos de este tipo, conviene hacerlo siempre a personas capaces de tener en cuenta el campo de la gracia, lo que es de una importancia extrema.

No se debe, apenas llegadas a una casa, querer conocer en seguida a las Hermanas. Hay que dejar pasar el tiempo necesario para que se establezcan unas buenas relaciones humanas, esa confianza que nosotras hemos debido dar espontáneamente, pero que quizá las Hermanas no nos hayan dado espontáneamente a nosotras. Hay que dejar pasar un tiempo y no pretender que desde la primera entrevista nos cuenten toda su historia de Comunidad. De ninguna manera. Es necesario observar un respeto con todas y cada una. Hemos de tener la paciencia suficiente, la bondad diría yo, de observar por nosotras mismas. Dejemos que se anuden poco a poco unas relaciones que por el hecho de ser humanas no dejarán de ser también sobrenaturales.

La historia de comunidad, quizá los antecedentes de familia, incluso los antecedentes de salud, todo eso, lo irán conociendo poco a poco. Sobre todo no pidan informes a las otras compañeras. No se los pidan tampoco a las Hermanas Sirvientes que han tenido antes. No. Cuando lleguen ustedes a una casa, lleguen «nuevas» y reciban a unas compañeras «nuevas». Es el modo de que todas juntas vuelvan a empezar, en un nuevo período de su ‘vida espiritual, de la de ustedes y de la de ellas. No permitan que el pasado tenga influencia alguna. Todas sabemos que en nuestra vida ha habido momentos más o menos buenos, momentos que quisiéramos borrar. Pues esa es la ocasíón, o ninguna otra, para borrar lo que antes haya podido ocurrir. Por consiguiente, dejemos perderse en las sombras del pasado todo lo que no sea bueno de traer a la memoria de las Hermanas. No intentemos llevarlo a nuestra propia memoria y empecemos de nuevo todas juntas…

Lo que sí deben conocer en seguida es la carga que pesa sobre cada una. Cada una de las Hermanas lleva encima una carga, un peso. Ustedes llevan una más pesada que es la «carga» del «cargo». Son ustedes Hermanas Sirvientes y llevan la responsabilidad de las demás, tan pesada. Pero las demás no dejan de llevar también su propia carga. Tienen su oficio, tienen acaso una sobredosis de trabajo, tienen las relacions entre compañeras. Y a un nivel más íntimo, tienen su carga personal: sus tentaciones, sus pruebas, sus dolores, sus penas.

Esta última carga, no podrán ustedes tratar de penetrar en ella de inmediato; pero la carga exterior, la del oficio, la de la sobrecarga de trabajo que deben asumir, acaso la de la formación inadecuada para ese oficio… todo eso deben tomar conciencia de ello en seguida. Y voy a decirles por qué hay que hacerlo en seguida; cuando se llega a una casa con una mirada nueva, se ven las cosas; cuando se lleva cuatro o cinco años en la casa, se acostumbra una y ya no se ve con tanta claridad. Se han asimilado los asuntos, lo que al principio pudo chocar, después se ve como cosa natural. Por ejemplo, llegan ustedes a una casa, vieja y no demasíado limpia. Al principio, les impresiona. Se dicen ustedes: «está haciendo falta pintar todo esto». Si no lo hacen en seguida, al cabo de dos años, ya no lo ven, se han acostumbrado, forma parte del ambiente, del clima habitual, no llama ya la atención.

Lo mismo ocurre con todo lo demás. Llegan ustedes a una casa y en seguida piensan: «estas Hermanas tienen demasiado trabajo» o «estas Hermanas no están formadas debidamente para lo que tienen que hacer» o, por el contrario, «todo está bien equilibrado». Quizá se digan: «esta Hermana no está en su sitio; no es educadora y está conlas niñas; mejor sería darle otro cometido». No digo que vayan a remediarlo inmediatamente; que, sin más, van a tomar una determinación. Lo primero, hay que tomar tiempo para reflexionar. Pero sí hay que ver en seguida y formarse una opinión sobre aquello, para tratar de remediar lo que se pueda remediar.

Y remediar principalmente esa cuestíón tan debatida del exceso trabajo. Una de las mayores responsabilidades que pesan sobre las que tenemos una autoridad, es la de reducir el trabajo de las Hermanas. Más vale abandonar un oficio en una casa, vale más abandonar una o varias casas en una Provincia, con tal de que las Hermanas tengan una vida más equilibrada. Es una responsabilidad que pesa directamente sobre nosotras. Podemos exhortar a las Hermanas, podemos ayudarlas; pero no podemos suplir los esfuerzos espirituales que ellas tienen que hacer. Sí podemos, en cambio, ponerlas en condiciones de que puedan hacerlos. Esa es la responsabilidad directa del Superior. Puede que se les objete: «si suprime usted un oficio, quedarán abandonados los ancianos, o los niños, o quedarán abandonados los enfermos». Y añadirán: eso recaerá sobre usted… nos vamos a condenar… ¡qué sé yo! Pueden ustedes oír cosas espantosas. Pero todo eso es falso.

Tenemos que hacer el trabajo que podamos de tal suerte que las Hermanas tengan la posibilidad de tender a Dios y de llevar una vida religiosa equilibrada. Si las ponemos en una situación tal que la vida espiritual no puede por menos de bajar de nivel, cargamos con una responsabilidad mucho mayor que si hubiéramos abandonado las obras o las casas. Tenemos que tener convicciones claras a este respecto.

No seamos activistas. Hagamos todo lo que podamos, pero no olvidemos que es sobre todo el valor, el valor de nuestra vida religiosa, de nuestra caridad, la que tiene verdadero alcance apostólico. Es el talento al que hemos de hacer producir, ese talento depositado en cada una. Si dejamos que se aminore o sencillamente que permanezca infructuoso, tendremos una grave responsabilidad delante de Dios.

Imaginemos que ya nos hemos dado cuenta de la carga que pesa sobre cada una de las Hermanas y que tratamos de hacer todo lo posible por aliviarla. No siempre se pueden remediar todas las situaciones ni, sobre todo, remediarlas inmediatamente. Pero por lo menos que las Hermanas comprendan que lo hemos visto y que nos hemos preocupado de ello, que no lo dejaremos pasar indefinidamente, sino que llegaremos a encontrar una solución.

Después, hay que tratar de ayudar a cada una en su vida espiritual. Yo diría de buena gana: no se esfuercen tanto en predicar. Cuando éramos jóvenes se nos decía que no debíamos tratar con una persona sin decirle algo de Dios. Creo que es completamente exacto en la intención; acaso no lo sea tanto en el acto en sí. Hay momentos en que hay que no hablar de Dios, y con las Hermanas es lo mismo.

Hay que tener un tacto a la vez natural y sobrenatural. A veces se puede hablar de Dios sin haber dicho una sola palabra, sólo con la atención prestada a lo que la Hermana nos ha dicho, o con el don de nuestra presencia llena de paciencia, llena de bondad.

Pienso que un sermón colocado sin más no puede hacer bien. Cuando una Hermana Sirviente se dice de pronto: hemos terminado la comunicación, ahora tengo que decirle algo de Dios, porque no hemos hablado de Dios; ¿qué le digo? No le diga usted nada. Si no se le ha presentado la oportunidad en la conversación, déjela en paz, no importa. Si al final, antes de que se vaya, quiere usted servirle un sermoncito, no le va a resultar bien. Ella no está en postura de receptividad y usted va a salir por la tangente.

¿Entonces, qué? Lo primero, escuchar. Si el día en que recibe usted a la Hermana usted ha hecho oración sobre el Espíritu Santo y tiene deseos sobrenaturales sin duda de hablar del Espíritu Santo; se dice usted: «Tengo la impresión de que hoy podría comunicar bien al Espíritu Santo». Pero resulta que ella tiene su receptividad orientada a otra cosa; ella ha hecho la oración sobre la caridad con los pobres, y quiere hablar de la caridad activa. Déjela usted hablar de la caridad activa y tómela como punto de partida para lo que quiera usted decirle. Creo que lo primero es escuchar.

Pocas personas saben escuchar verdaderamente. Hay que saber escuchar lo que el otro tiene deseos de decir, y partir de ahí. Pienso que partiendo de lo que ellas han dicho, se puede llegar a dar los consejos convenientes, a ayudarlas dentro de su línea. Después de todo, el Señor se comunica a cada alma. Si usted tiene deseos, por ejemplo, de pedir a una que haga esfuerzos en el sentido de la regularidad, o de otra cosa, y el Señor, en ese momento, está trabajando en su alma en otro sentido, por ejemplo, en el de la caridad fraterna… No somos nosotras quienes dirigimos a las almas. Es el Señor quien inspira a cada una, cuando quiere, lo que debe inspirarle.

Es difícil, lo sé, no hay nada más difícil. Creo que sobre todo hay que orar mucho antes de recibir a las Hermanas, pedir mucho todos los días por ellas, y después tratar de ponerse a la escucha de Dios a través de lo que ellas dicen. Hay que sostenerlas en el camino por el que El las dirige.

Lo que no quiere decir que de vez en cuando, cuando se descubre verdaderamente una pereza, una mala voluntad o algo de ese tipo, no haya que hablar con firmeza. Hay que saber decir: «en este camino, está usted engañándose a si misma, equivocando el camino; tiene absolutamente que hacer un esfuerzo generoso y muy concreto en este o este sentido. Le hablo a usted en nombre de Dios». Hay que saber decir la verdad.

Pero de ordinario, hay que caminar más bien en la dirección en la que Dios orienta a cada una. Traten de descubrir qué es lo que le preocupa a esa Hermana. Más que imponer, hay que sugerir. Creo que no es buen sistema ofrecer soluciones prefabricadas. Si una Hermana se llega a pedirles consejo: «En este momento, tengo una dificultad, no sé qué hacer con tal hermana que se muestra siempre malhumorada conmigo; es que no puedo verla,… etc.». En lugar de contestar: «va usted a hacer tal y tal cosa; va usted a dar el primer paso, va usted a decir esto o aquello»… díganle: «Reflexione usted en la presencia de Dios lo que le parece».

Hay que sugerir más que imponer, sugerir un esfuerzo; a partir de la sugerencia de ustedes, la Hermana encontrará lo que verdaderamente debe hacer. Pero no impongan nada. También en esto hemos de pensar que no somos infalibles, que no tenemos toda la ciencia y todas las luces de Dios. No, no las tenemos. Con lo que la Hermana les dice y lo que ustedes piensan, pueden llegar juntas a encontrar la solución, lo que debe hacerse. Claro, siempre que no se trate de algo que se impone de suyo, que no hay más remedio que hacer.

Hay que saber escuchar al Señor que habla a cada una. Ciertamente es ésta la gran línea de conducta para la dirección de las almas. Estar convencidas de que el Señor habla e invita a cada una por un camino a ir a El. Al empezar, decíamos que había que mirar primero lo positivo de cada Hermana. Sí, hay que creer que todas tienen algo bueno y que el Señor las llama desde las cualidades que ha depositado en ellas. Es necesario conservar una gran paciencia con las almas; una gran paciencia y una gran esperanza.

El Señor tiene mucha paciencia y mucha esperanza con nosotros. Si también en esto nos situamos en la verdad frente a nosotras mismas y sabemos mirarnos con sinceridad, hemos de ver que tenemos defectos contra los que luchamos desde hace diez, quince, quizá veinte años o cuarenta, desde nuestra infancia, y que esos defectos están siempre ahí, a pesar de los esfuerzos que seguimos haciendo, y que, a pesar de esos defectos, Dios no deja de amarnos.

La Hermana que tenemos delante tiene también defectos, pero con la desgracia de que esos defectos saltan más a la vista que los nuestros, son más visibles, aunque acaso sean menos graves. Tiene caídas continuas que se dejan ver porque se trata de un defecto externo, y el Señor la soporta. El Señor nos soporta a todos. Entonces, nosotras tenemos que tolerarla con esos defectos externos y sobre todo hemos de ayudarla a mantenerse en la esperanza.

El gran apoyo de esas Hermanas que tienen defectos exteriores, es la paciencia y la esperanza de la Hermana Sirviente que las tolera. Mientras una Hermana Sirviente conserva la esperanza en la subida espiritual, en la corrección de una Hermana, no hay que desesperar. Porque se puede ascender espiritualmente aun sin liberarse de grandes defectos visibles. Pero hay que saber separar ambas cosas. Sostener a la Hermana en su ascensión espiritual, en medio de sus continuas caídas; decirle que a pesar de ellas Dios la llama, y sobre todo no dejarla que se abandone a una especie de desesperanza de la que sería muy difícil sacarla, y cuya única razón sería que tiene un defecto del que no puede deshacerse.

Pienso que la paciencia y la esperanza de la Hermana Sirviente son la mayor gracia que Dios puede conceder a una Hermana. Hay que pedir al Señor nos ayude a ello, porque a veces es muy difícil: soportar a una Hermana diciéndole: <nunca conseguiremos nada>. Es posible que no se consiga nada en cuanto al defecto en sí, pero sí se logrará mantener a la Hermana en su camino hacia Dios, a pesar de sus defectos y a pesar de sus caídas. Esa es la responsabilidad que les incumbe a ustedes.

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