Después de haber detallado lo que es el cargo de Hermana Sirviente, las responsabilidades que entraña, bueno será que nos coloquemos frente a lo que son ustedes, es decir, el instrumento.
En efecto, por una parte está el cargo; por otra, el instrumento. El instrumento son ustedes.
Cuando se han considerado a fondo las obligaciones de una Hermana Sirviente, cuando se ha reflexionado en ellas durante la oración, cuando se han medido esas responsabilidades y obligaciones, una no puede menos de decirse: «¡qué pobre instrumento soy!» Entonces… darían ganas de acogerse a la política del avestruz: meter la cabeza debajo del ala y concluir: «voy a vivir tranquila, haré lo que pueda y ya se verá en qué para la cosa.» Pero no es esa reacción la que deben producir nuestras consideraciones sobre el cargo.
No está mal, en medio de todo, enfocarlo en toda su extensión para llegar a una primera conclusión: la de que somos completamente incapaces de responder, porque, precisamente, ahí está nuestra mayor seguridad.
Por una parte, nos hacemos esta reflexión: estoy encargada de mantener el vínculo entre Dios y mis compañeras; tengo, en cierto modo, la misión de ser el canal de la gracia para las almas que me están encomendadas. Ponemos frente a esto, es ridículo: de sobra sabemos que no podemos responder, que para nosotras es imposible. Y Dios lo sabe todavía mejor. Por consiguiente, si, a pesar de todo, el Señor nos ha impuesto la carga, es porque quiere, no que nosotras demos la gracia, no que seamos nosotras las que actuemos en nuestras compañeras, sino actuar El a través de nosotras.
Sí, esa consideración, por una parte, de la gravedad de nuestras obligaciones y por otra, de nuestra impotencia para cumplirlas, tiene que situarnos de cara a Dios, o mejor dicho, ponernos ante El en la única postura capaz de hacer de nosotras instrumentos suyos: la postura de la humildad y, a la vez, de la confianza Puesto que Dios nos pide algo que no podemos, es que tiene intención de hacerlo El por nosotras, de hacerlo en nosotras.
Por consiguiente, la primera obligación de una Hermana Sirviente es ponerse en esa situación de humildad y confianza, persuadida de que no es sino una íntima prolongación de la Persona de Cristo.
La doctrina del Cristo total no tiene aplicación sólo cuando se trata de los pobres o las personas a las que somos enviadas: cuando cuidamos a los enfermos, enseñamos a los niños o hablamos a los que se acercan a nosotras. En todos esos casos, es a Cristo a quien recibimos, Cristo está en ellos.
Pero tenemos que saber también que Cristo está en nosotras, y de manera especial, por haber recibído el mandato de Hermana Sirviente. Somos, por lo tanto, una especie de prolongación de Cristo, formamos parte del Cristo total, continuamos su Encarnación en la tierra y participamos en la Redención. Debemos creer que Cristo se servirá de nosotras y que actuará a través de nosotras. Es una posición de fe que debemos mantener con relación a la función que nos toca desempeñar. Tenemos que situarnos en esa mira de fe: Cristo está en mí. Quiere rescatar, salvar, por mí. Esto no es hinchamos de orgullo o vanidad Está en perfecto acuerdo con nuestra miseria, es uno de los fundamentos de nuestra miseria, es la voluntad de Dios, es su método, el medio que emplea para dirigirse a los hombres. Dios, Cristo, viene a los hombres por los hombres, viene por nosotras mismas a quienes ha escogido para eso.
La Hermana Sirviente debe establecerse en esos pensamientos de fe y esperanza con relación a su cargo… Debe tomar posición de dependencia de Dios, posición a la que podríamos llamar teologal.
Después deben proponerse muy concretamente una opción.
Cuando se sale para un viaje, hay que fijarse una meta. Ustedes también, fijen cuál es su opción, su voluntad. Su voluntad será centrar su casa, orientarla hacia Dios. Lo que importa, es servir a Cristo. Lo demás: obras, profesión, acción apostólica, todo ello, entra en esa intención; pero lo esencial es un punto en el que basar nuestra acción. La persona de Cristo debe ser el Centro: Cristo, a quien debemos servir y dar a conocer. Fijar, pues, la opción; saber lo que queremos.
Y, en segundo lugar, quererlo. Una vez que se sabe lo que se quiere, hay que quererlo, y no quererlo, así, una vez, sino todos los días, entrar dentro de una misma para reanimar la voluntad y volver a fijar la meta.
Nuestra vida está organizada entre la Misa de la mañana, la Comunión, las oraciones que jalonan el día. Su finalidad es ponernos delante de Cristo que es verdaderamente el centro de nuestra vida y que debe ser el alma de todas nuestras acciones.
Aun para las que llevan treinta o más años en el cargo, existe la necesidad de prepararse para ser Hermana Sirviente, porque nunca lo estamos debidamente.
Al considerar todo el peso que recae sobre los hombros de la Hermana Sirviente y evaluar sus responsabilidades, se nos ha aparecido con toda evidencia nuestra incapacidad de responder. Entonces, acaso haya surgido también la tentación, no de desalentarnos —puesto que hemos visto que si Díos nos imponía una carga tan pesada era porque quería llevarla El en nosotras—, pero sí de un cierto quietismo: «ya que no tengo lo necesario para responder del cargo, me pondré en manos de Dios, con toda tranquilidad». Sería, desde luego, una tentación.
Tenemos la responsabilidad, que nadie nos quita, de perfeccionar el instrumento que somos, de aportar la colaboración de nuestro esfuerzo, de nuestra voluntad, de todas las facultades que Dios nos ha dado, para ponernos al servicio de la acción que El quiere llevar por nosotras
De ahí, que la primera obligación de formación personal que incumbe a la Hermana Sirviente, es ante todo, conocerse a sí misma; conocerse tal cual es, con su temperamento, sus cualidades, sus posibilidades y sus defectos.
No es faltar a la humildad y dejarse llevar por el orgullo el reconocer que se tiene la posibilidad, que tal línea de acción se nos da bien, que hemos recibido de Dios esta o la otra cualidad. Todo ello no nos pertenece, se nos ha encomendado. Es éste también un punto en el que debemos guardarnos de todo instinto de posesión o propiedad, porque lo que hay en nosotras, Dios nos lo ha dado para servirle.
No es indiferente que la Hermana Sirviente se conozca bien, que esté en continua búsqueda de ese conocimiento, porque a lo largo de la vida, cambiamos. Cualidades que teníamos a los 25 ó 30 años, se desarrollan después mediante nuestros esfuerzos, a consecuencia de las circunstancias y del trabajo que realizamos en nosotras mismas. También hay defectos que se desarrollan en nosotras. Nunca lo hubiéramos sospechado cuando estábamos en el Seminario o éramos Compañeras jóvenes, y, de pronto, siendo Hermanas Sirvientes, nos tropezamos con ellos.
En todos esos puntos tenemos que vigilarnos Por ejemplo:
— Si una Hermana Sirviente es inclinada al autoritarismo, a imponer su persona y su voluntad de manera inconsiderada, es muy importante que lo sepa. Si es autoritaria y voluntariosa de forma que llega a absorber a las demás, lo que impone no es la voluntad de Dios, sino que se impone ella misma.
— Por el contrario, tenemos que saber si somos débiles, si tenemos tendencia a dejarnos dominar, a seguir a tal compañera, en vez de ejercer el mandato que hemos recibido. Si no tenemos derecho a imponer nuestra propia voluntad en lugar de la de Dios, tampoco lo tenemos a dejar que otros se impongan en lugar nuestro.
Tenemos que conocernos, estar vigilantes, para poder actuar con el temperamento que Dios nos ha dado.
Conocer sus posibilidades y sus fallos es también necesario a nivel de la acción.
Una Hermana Sirviente no puede ser universal, estará dotada en un sentido y no lo estará en otro. Es bueno conocer una laguna que se tiene, no para desanimarse, sino para tratar de suplir, simplemente, lo que nos falta por medio de ésta o aquélla.
Hay aspectos en los que una puede hacerse ayudar muy bien, incluso en el plano espiritual. Voy a poner ejemplos concretos:
— Una Hermana Sirviente que no tiene el don de las cifras, que no se le da la contabilidad: nada le impide hacerse ayudar por un buen contable, o que una de sus compañeras lleve la contabilidad. Mejor es esto que no tener las cuentas en desorden, con riesgo de llegar a convertirlo en falta pobreza.
— Una Hermana Sirviente que no tiene dotes en el plano pedagógico. Si se le han encomendado niñas o jóvenes, que no se empeñe en ser ella la que tenga influencia en esas niñas o muchachas; que se las confíe a una de sus compañeras mejor dotada, o en último término que contrate a una educadora seglar que actuará bajo su línea espiritual como Hermana Sirviente.
No hay que querer abarcar absolutamente todo lo que hay que hacer. Como Hermanas Sirvientes somos responsables de que las cosas se hagan y se hagan bien; pero no estamos obligadas a hacerlas todas nosotras mismas.
Otro ejemplo que me ha referido hace poco Sor Directora. Se trata de una pregunta que le han hecho a ella: «¿Hasta qué punto puede una Hermana Sirviente ingerirse en el oficio de una Compañera?» Se trataba de una Colonia de Vacaciones. Me parece que la Hermana Sirviente en cuestión hubiera debido saber que la dirección de una Colonia de Vacaciones no entraba en sus especialidades y que, por el contrario, sus compañeras sí sabían cómo llevarla. Al llegar a la Colonia, hubiera tenido que ocupar sencillamente su lugar de Hermana Sirviente, es decir, ser la que, en cierto modo, lleva consigo la presencia de Dios, la que lleva la autoridad, que representa al Señor. Lo suyo es ver cómo transcurren las cosas. En vez de sustituir a su compañera, de ponerse a dar órdenes en su lugar —lo que no es inherente a su cargo y sí puede ser confiado a la compañera—, sería mucho mejor que se dedicara a observar si todo marcha bien, si hay alguna deficiencia. Y, si la hay, no ponerse a remediarla ella misma, sino advertirlo a la Compañera. En ese momento, la Hermana Sirviente tiene una injerencia que le corresponde, es para ella no sólo un derecho, sino un deber y un deber estricto el ingerirse en ese sentido que no será el de reemplazarla ni tomar el lugar de autoridad que ha debido dar a la Hermana.
La Hermana Sirviente tiene, pues, que conocerse y conocer a sus Hermanas para poder hacerse suplir.
Que se reserve para sí lo que le pertenece específicamente, es decir, la orientación y animación espiritual.
Aun así, sabiendo que la animación espiritual de la Colonia de Vacaciones (ejemplo que acabamos de citar) debe pasar por la Hermana a la que se la ha confiado. Si la Compañera está preparada, es mejor que sea ella Porque es pedagógico para la Hermana: es una manera de formarla, de ayudarla a que adquiera su plena dimensión, a dar todo lo que puede dar y eso las libera a ustedes para otras tareas que serán posiblemente más importantes. Así es como deben cumplir su misión: no sólo por ustedes mismas, sino a través de todas las que tienen a su cargo.
Para eso, hay que tener la sencillez y humildad de conocerse a una misma y desconfiar de ese demonio de la superioridad y la autoridad.
La Hermana Sirviente debe conocerse también en función de Dios, es decir, saber que sus posibilidades serán buenas porque las ejerce dentro de la sumisión .a la gracia de Dios, y que sus fallos podrán ser compensados en parte por la gracia de estado. A medida que pasan los días, cada una de ustedes se va dando cuenta de la fuerza de la gracia de estado. Creo que se puede comparar lo que es la gracia de estado para una Hermana Sirviente con lo que es la gracia de la obediencia para una Hermana Compañera. Es cierto que Dios está junto a la Hermana que obedece; es cierto también que Dios está junto a la Hermana Sirviente, para ayudarla en todas las decisiones que tenga que tomar, en todo lo que tenga que hacer, a condición de que lo haga en humildad y oración. Es cierto que la gracia de estado no le falta nunca a la Hermana Sirviente que permanece en humildad y en actitud suplicante delante de Dios.
No es todo conocerse y conocerse ante Dios.
Es preciso, además, tener la inquietud de su propia formación continua.
No nos imaginemos que, una vez llegadas al puesto de Hermana Sirviente, el cargo y el mandato son en cierto modo la sanción de una formación ya hecha y a la que no hay nada que añadir. Algo así como ocurre, en relación con los estudios primarios, con el certificado correspondiente. Acredita que están terminados. O con el título de bachiller para los estudios secundarios… La patente, para la Hermana Sirviente, sería también lo que acreditara que su formación estaba acabada. Sería un grande error. La patente no representa, para la Hermana Sirviente, más que la obligación de tener una formación más completa y, digámoslo bien, la obligación de una formación permanente. Nunca podemos decir que estamos del todo formadas. Nunca lo repetiremos demasiado: ni por lo que se refiere a nosotras, ni a nuestras Compañeras.
Por lo tanto, Hermana Sirviente, tiene usted que tener la inquietud de su propia formación. Tiene usted que seguir instruyéndose, estudiando, leyendo.
Me dirán: No es fácil, porque no tenemos mucho tiempo, que digamos. —Pero no les faltan ocasiones, sobre todo ahora.
¿A cuántos cursillos, congresos, reuniones, no se las invita? Quizás vayan ustedes, porque ahora ya se ha comprendido que hay que asistir a las reuniones, cursillos o congresos. Pero van un poco de mala gana, sin tener demasiado clara la intención de participar. De esa forma, no se aprovecha plenamente.
Empiecen por aprovechar todas las ocasiones que se les presentan. Sacarán partido, si acuden no sólo para hacer acto de presencia, sino verdaderamente para llenarse de todo lo que Dios quiere darles. Dios nos espera no sólo en las nubes y en teoría, sino también en la práctica, al filo de todas las ocasiones de nuestra vida.
Cuando se nos convoca a una reunión, podemos decir sin un misticismo extraordinario, que Dios nos espera allí. La convocatoria que hemos recibido es una invitación de Dios que, a través de esa reunión, quiere darnos algo. Y cuando vamos con buena voluntad, con un espíritu abierto para oir la palabra de Dios, es posible que recibamos una luz que, más adelante, ilumine nuestra vida, algo que nos sirva para siempre. Tenemos, pues, que conservar la voluntad de instruirnos, la voluntad de estudiar cuanto podamos. Estudiar de manera regular, es difícil para una Hermana Sirviente, por no decir imposible; pero si tenemos la posibilidad de hacerlo, no la dejemos escapar. Hay un medio que está a nuestro alcance, aunque requiere un acto de voluntad: es la lectura. Prestemos gran atención a las lecturas de comunidad, la lectura de las 2, que, a lo largo del año, debe proporcionarnos, a nosotras y a nuestras Compañeras, un contacto importante, primero y ante todo, con el pensamiento de nuestros Santos Fundadores.
No conocemos bastante a San Vicente ni a Santa Luisa de Marillac. Quizá imaginamos lo contrario porque hemos leído sus vidas, las leemos todos los años, pero lo cierto es que no los conocemos en la profundidad de sus almas; y podemos decir con toda exactitud que esas profundidades son espléndidas. Cuanto más se entra en contacto con San Vicente y con Santa Luisa, más queda una admirada de ver cómo y hasta qué punto se encuentra todo en ellos. Una de mis admiraciones es comprobar cómo coincide la reflexión actual de la Iglesia con el pensamiento de San Vicente y Santa Luisa.
Si tuvieran tiempo, podrían ir fijándose en las ideas centrales que corren ahora por el mundo. Por ejemplo: el apostolado de los laicos… Se trata de hacer de las virtudes teologales de fe, esperanza y caridad una dominante… Pues bien, acudan después a San Vicente y a Santa Luisa y encontrarán todo eso. Evidentemente, no han podido hablar sino con el lenguaje, el estilo del s. XVII, pero su reflexión espiritual, su doctrina, va en la misma línea que la de la Iglesia de hoy, de tal manera que nos encontramos mucho más centradas leyendo a nuestros Fundadores que los pensamientos del s. XIX.
Está más cerca nuestro s. XX de San Vicente que lo estaba el s. XIX. Para nosotras, es un gran estímulo. ¡Esa belleza, esa riqueza extraordinaria que se encuentra en los escritos de San Vicente! Por ejemplo, en su correspondencia, que es una mina; también en las Charlas a los Misioneros (no digo que sean más ricas que las Conferencias a las Hermanas, pero tienen otro contenido, proporcionan otra luz). No podemos ignorarlas. Si no hemos leído las Conferencias a los Misioneros, no conocemos a fondo a San Vicente, que en ellas se revela de una forma quizá más enérgica que en las Conferencias a las Hijas de la Caridad.
Así, una buena parte de la lectura de las 2, debe dedicarse a los escritos de Nuestros Santos Fundadores. Las meditaciones de Santa Luisa son verdaderas maravillas No hace mucho, un Sacerdote de la Misión me decía que había más teología en Santa Luisa que en San Vicente. Tiene una profundidad de pensamiento y de doctrina admirables. No se la conoce bien.
La lectura de las 2 proporciona un contacto con el pensamiento de nuestros Fundadores y también un contacto con la Iglesia. Es decir, con el pensamiento del Santo Padre y el de nuestros Obispos. Este pensamiento lo encontramos ya en las Encíclicas, con sus comentarios, sobre todo a sus partes doctrinal y espiritual (no a la profesional y administrativa), ya en los Boletines de las Federaciones de Religiosas. Este tipo de lecturas es el que debe hacerse a las 2.
La lectura del refertorio puede convertirse también en excelente medio de formación para una misma y para las Hermanas En algunas casas se hace cuesta arriba esta lectura del refectorio, pero puede ser de una gran riqueza. Es una mina que tenemos que saber explotar.
Pero por muy buenas que sean estas lecturas, tenemos que considerarlas como un mínimum y deben completarse con alguna lectura personal. Creo que ustedes, Hermanas Sirvientes, deben practicar por lo que les toca y aconsejarlo también a sus Hermanas, un poco de lectura personal cada día. En la última reunión, una Hermana Sirviente planteó esta pregunta: ¿No podríamos emplear nosotras mismas y las Hermanas ‘esa «media hora» que prevén las Santas Reglas para «aprender a leer» en una lectura personal?
Si pueden hacerlo, háganlo, es excelente. Me temo, sin embargo, que en la mayoría de los casos no va a ser posible: tenemos demasiado trabajo. No sé quiénes podrían, de manera habitual, hacer media hora de lectura suplementaria todos los días. Sería muy de desear, entraría dentro de lo completamente permitido y aun aconsejado; pero no creo que sea posible… y lo que no es posible no debe aconsejarse.
Ahora, lo que sí es posible es que, unas y otras, Hermanas Sirvientes y Compañeras, tengan siempre a mano un libro bien escogido, por ejemplo la correspondencia de San Vicente de que ya hemos hablado, o un libro de actualidad, como por ejemplo, «Hijo de Dios» (del Canónigo Lochet), o una conferencia dirigida a las Religiosas, u otro libro capaz de aportarles riqueza doctrinal o espiritual. Un libro que tengan a mano para poder decirse: dedicaré cinco minutos todos los días a mi lectura personal. Si pueden ser diez, dediquen diez: todavía mejor. Por ejemplo, entran en el despacho por la mañana, esperando que sus Compañeras vayan llegando a pedir los permisos que van a necesitar en el día. Si en ese momento disponen de cinco minutos y tienen allí el libro, pueden leer una página o aunque sólo sea media, ya que es algo que se les queda en el pensamiento, y al cabo del año se sorprenderán de lo que han asimilado y del alimento espiritual suplementario que han recibido.
Además, habrán ganado no sólo eso, sino lo que supone el acto de voluntad que han hecho. Tenemos que sembrar nuestra jornada de actos así que nos unen a Dios haciéndonos ratificar una intención, tomar un nuevo impulso espiritual. Esta cuestión de una lectura personal, muy corta pero que supone un acto de voluntad para fortificarnos espiritualmente, es de una gran importancia.
Por supuesto, no basta conocerse en función de Dios, instruirse, leer, aunque todo ello sea parte de nuestra formación de Hermana Sirviente que hemos de continuar. Hace falta, además, y creo que es lo principal, tender a Dios, es decir, ponernos en estado permanente de deseo de Dios: es esencial, lo más importante. Ya podríamos hacer todos los esfuerzos de que acabamos de hablar (empezando porque no podríamos hacerlos sin ese deseo de Dios): no tendrían valor alguno sino en la medida en que estuvieran en función de ese deseo, de esa búsqueda de Dios.
Todos los días una Hermana Sirviente, en su oración de la mañana, en la Misa, en la Comunión, debe hacer una llamada a Dios. ¡Necesita tanto de El para ser lo que tiene que ser! Tiene que pedirle todos los días ser un instrumento y que Él sea quien actúe sirviéndose de ella. Tiene que acostumbrarse a vivir con Él. No podemos contentarnos, en el cumplimiento de nuestro papel, en el ejercicio del cargo, no podemos contentamos con responder a las obligaciones precisas… Por ejemplo, al hacer un examen de conciencia, una Hermana Sirviente podría decirse: esta semana he hecho la Conferencia, la repetición… las he preparado; he hecho el «cuarto de hora» cuando respondía, he recibido a mis compañeras para los permisos… Todo ha ido bien. Pues no es suficiente.
Les cito unas palabras de Mons. Veuillot que me impresionaros mucho, cuando fui a felicitarle el año nuevo. El tema de conversación, esta vez, no era difícil de escoger; se habló del Concilio. Le pregunté yo entonces sí no estaba cansado con los trabajos. Me respondió: «Sí, me he sentido muy cansado, es algo agotador un Concilio». Yo pensaba que hablaba desde el punto de vista físico; pero me añadió: «No, no es físicamente como estoy cansado, es moral y espiritualmente. Porque nosotros, los Obispos, antes del Concilio, llevábamos una vida tranquila, nos conformábamos con nuestras normas diocesanas, reglas canónicas del derecho, costumbres de la diócesis… vivíamos encerrados en esas barreras, muy tranquilos y en paz. Pero llegó el Concilio y ha derribado todo eso; tenemos que cuestionarnos, ver si está actualizado, si responde a las exigencias de Dios. Así, todos los reglamentos han caído y no nos queda más que el Espíritu Santo. Y le aseguro que el Espíritu Santo es mucho más exigente que todos los reglamentos».
La Hermana Sirviente puede decirse eso mismo: De acuerdo, tengo que someterme a los reglamentos que organizan el cargo, pero, además, tengo que ponerme a la escucha del Espíritu Santo para no detenerme y llegar hasta el final de las exigencias de Dios sobre mí, sobre mis compañeras y sobre la Comunidad.
Prácticamente, al terminar esta reflexión sobre la vigilancia continua de la Hermana Sirviente sobre su propia formación, tenemos que llegar a esta conclusión que es uno de los principios más importantes que hay que observar siempre, tanto con relación a nosotras, como a las Compañeras. Tenemos que «ser» antes que hacer; hay que «ser» antes que obrar.
Los actos que no partieran de un ser profundo, no producirían frutos, no serían lo que tienen que ser. Serían «oropel», fachada.
Hay que ser antes que obrar, practicar antes que enseñar. Hay que empezar por formarse una misma antes que formar a las Compañeras. Entonces, me dirán: «no es posible; tengo que ser una santa antes de poder pedir a mis Compañeras que lo sean; y si tengo que practicar yo todo lo que les pido que practiquen, no podré. No puedo pretender estar completamente formada, no lo estaré probablemente antes de morir…»
Cuando decimos «ser antes que obrar, practicar antes que enseñar», no estamos dando una prioridad de tiempo. No es que haya que ser una santa para poder, sólo después de serlo, invitar a las demás a la santidad. Es una prioridad de intención; es decir, que cuando hablamos, cuando decimos a nuestras Compañeras lo que tienen que hacer, tenemos que empezar por vivido; tenemos que saber que lo que estamos recomendando no lo practicamos perfectamente, pero con nuestro espíritu y corazón nos unimos a nuestras compañeras para recibir la enseñanza que les damos, sin colocarnos en una especie de pedestal, con una superioridad docente.
Cuando exhortamos a nuestras Compañeras en las conferencias o repeticiones de oración, empecemos por dirigirnos a nosotras mismas lo que decimos. Nuestras compañeras tienen que saber, y no es malo que se lo digamos alguna vez explícitamente, que no practicamos todo lo que les decimos, que, con ellas y como ellas, tenemos que hacer los mismos esfuerzos, que adoptamos su misma actitud para tratar de llegar a lo más perfecto. Y cuando hacemos un reproche a la Comunidad, nos lo hacemos en primer lugar a nosotras mismas.
Pienso que esta actitud, que es actitud interior, no la percibirán nuestras Compañeras sino en la medida en que verdaderamente esté en lo profundo de nuestra alma. Esta actitud que comparte la necesidad de reflexión, la necesidad de perfeccionamiento, de esfuerzo, es absolutamente esencial a la eficacia de nuestra acción de Hermanas Sirvientes. La vida personal, la vida interior de la Hermana Sirviente, su unión con Dios, condicionan la vida religiosa de la comunidad. Evidentemente, es una gran responsabilidad. Es verdad que podemos decir que la condiciona hasta cierto punto, porque la libertad de las almas es grande; pero también lo es que ejerce una fuerte influencia en la vida religiosa de cada una en particular.
Esta atención que la Hermana Sirviente tiene que ejercer con las Compañeras, con la comunidad, no es tanto una enseñanza, una dirección, una guía, como una especie de transmisión de vida. Se dice con frecuencia de la Hermana Sirviente que es la «madre». Se la llama madre pero no tenemos más que una Madre, que es la Virgen. No obstante, sí hay —en el buen sentido de la palabra, no en el de maternalismo— una maternidad real de la Hermana Sirviente con sus Compañeras. Pues bien, la maternidad no es una fabricación. Una madre no fabrica a su hijo, lo engendra. Así, una transmisión de vida pasa de la Hermana Sirviente a sus Compañeras. Y esto no puede sustituirse con nada.
Sean, lo primero, ustedes mismas; en búsqueda continua de Dios, y poco a poco, esa búsqueda suya, esa vida espiritual suya, se transmitirá a las Compañeras que se les han dado. Cuantos esfuerzos hiciéramos serían, no digo inútiles, pero sí faltos de plena eficacia espiritual, si no partiesen, si no procedieran de una vida personal de unión con Dios. Esto es lo más esencial que debemos retener sobre nuestro papel de Hermanas Sirvientes: nuestra obligación de vivir una vida de intimidad con Dios que llegue a transmitirse a las Compañeras que se nos han confiado.








