Susana Guillemin: La Hermana Sirviente tiene la responsabilidad de cada una de sus compañeras

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Su responsabilidad es grande. En primer lugar se ejerce, de un modo más directo —aunque acaso menos de lo que debieran—con relación a cada una de las Hermanas.

Cada una de las Hermanas les está confiada «personalmente»

Hace dos o tres meses quedé muy extrañada cuando una Hermana Sirviente —una buena Hermana Sirviente, una buena Hija de la Caridad— me dijo con toda humildad durante sus Ejercicios: «Por primera vez comprendo que soy Hermana Sirviente para mis compañeras»… Confieso que me quedé atónita. ¿Qué se había imaginado? ¿algo, yo qué sé, extraordinario? Dios sabe si se dice y se repite, no es cosa de hoy afirmar esto en la Comunidad; está escrito en todas partes, en las enseñanzas a las Hermanas Sirvientes, en todas partes… Siempre se ha repetido, yo lo he oído siempre. Pues bien, aquella Hermana Sirviente decía: «No, yo siempre había pensado en mi responsabilidad apostólica, en relación con las obras, los pobres, los niños, pero ¿con mis Compañeras? Con las compañeras, estábamos unidas, formábamos un equipo de trabajo al servicio de las obras, trabajaba con mis Compañeras en ese sentido». ¡Es un error magistral!… Bien. Digamos enseguida que la primera responsabilidad de la Hermana Sirviente es la de sus Compañeras. Aun cuando no hubiera ninguna Obra, la Hermana Sirviente sería necesaria en función de cada una de sus Hermanas y del conjunto de la Comunidad. Cada una de ellas les ha sido enviada directamente por Dios y Dios las ha enviado a ustedes a cada una de ellas. Cada una es una llamada de Dios a ustedes, y a cada una tienen ustedes que darle a Dios.

Hay otra cosa que me gusta repetir —la decía una vez un misionero hablando de la función de la Hermana Sirviente— «La misión de la Hermana Sirviente es una verdadera mediación…». Es una mediación entre Dios y las almas. La Hermana Sirviente es una mediadora, garantiza, en cierto modo, la relación (al menos, cierta forma de relación) con Dios de cada una de sus Compañeras. Gracias a su mediación, se cumple el voto de obediencia, gracias también a su mediación, se cumple el voto de pobreza (al menos en algunos de sus aspectos). Por su mediación y bajo su dirección, se cumple el voto de Servicio de los Pobres. La Hermana Sirviente es necesaria para garantizar la vinculación con Dios. Sin la presencia de la Hermana Sirviente, la vida religiosa no podría llevarse como se lleva. Hay en ello algo muy grande. Además, fuera de esa garantía de la relación con Dios por medio de los votos, para cuyo cumplimiento es necesaria la Hermana Sirviente, tenemos ese apoyo, esa ayuda, ese consejo que da a cada una de sus compañeras en su caminar hacia Dios. Es lo primero de todo. Si llegamos a hacer todo lo demás, pero nos olvidamos de esto, no hemos hecho nada.

Tíenen, pues, que tomar en consideración a cada una de sus Compañeras, quienesquiera que sean, por dotadas y adelantadas en la virtud que estén, o al contrario, por deficientes y poco abiertas a las cosas espirituales, por pocas cualidades que tengan a nivel humano: cada una es un ser que el Señor les ha confiado para que le ayuden a ir hacia El. No es fácil, pero es así. Dios ha escogido a cada una para que se dé a El, y Dios las ha escogido a ustedes para que las ayuden en esa donación.

Por lo tanto, lo primero es conocer a esa Hermana; conocerla y escucharla. Una Hermana Sirviente debe aplicarse a conocer a cada una de sus compañeras. No, ya se imaginan, con investigaciones psicológicas, científicas o cosa por el estilo; no me gusta ese género de conocimentos. Está demasiado influenciado por una especie de humanismo actual, por un matiz natural y humano. Y no se conoce bien si no es con el alma y con el corazón. Podríamos aplicar a una de nuestras compañeras todos los tests existentes, pero si no la amáramos no llegaríamos a conocerla. No se conoce si no se ama.

Por lo tanto, lo primero es ponerse en una disposición de amor hacia las que tenemos a nuestro cuidado; sólo entonces tendremos derecho a mirarlas con atención para intentar conocerlas en todas sus dimensiones. Sólo entonces, si las amamos, tendremos derecho a mirar sus defectos. Si no las amamos, no podemos hacerlo, no nos corresponde. Tenemos que fijarnos en nuestras compañeras evidentemente para ver sus cualidades, los dones que el Señor les ha hecho y así poder hacerles rendir; pero también para ver sus deficiencias, sus dificultades para dirigirse hacia Dios, sus defectos, hasta las faltas que puedan cometer. Ahora bien, fijarnos en ellas como Dios las mira, es decir, con una mirada de amor misericordioso, y no con una mirada de inspector que pretende coger a la gente en falta. «¡Voy a sorprenderlas! ¡Voy a darles una lección!…». Si tenemos esos sentimientos, debemos presentar nuestra dimisíón como Hermanas Sirvientes. Creo que es el único aspecto del que yo diría: si tienen tal actitud hacia las Hermanas, no deben contínuar siendo Hermanas Sirvientes, porque les faltará lo esencial. Tenemos que ponernos en disposición de amor hacia ellas para poder ayudarles en todas sus dificultades y conocerlas a fondo.

Para conocerlas, hay que escucharlas… Cuando se es Hermana Sirviente existe una tentación, que es la de querer hablar siempre. Hablar, enseñar, decir lo que hay que hacer y no escuchar lo que la otra nos dice… Sí, se dice lo que hay que hacer, pero puede no estar adaptado a la circunstancia ni al estado de ánimo de la Hermana. Ya sé que antes se nos decía mucho que «no debíamos nunca separarnos de un pobre sin haberle hablado algunas palabras de Dios». Es un consejo que ahora se enfoca de manera algo diferente. No es tanto decir unas palabras de Dios al pobre al que se va a ver o a la Hermana que viene a hablarnos, lo que importa: una palabra de Dios puede caer al margen de la persona, puede no ser aceptada; lo importante, lo primero que hay que hacer, es ESCUCHAR.

Escuchar lo que el otro tiene que decir. Si usted, ese día, cree por ejemplo, que debe darle unos consejos de humildad, y resulta que ella se encuentra bajo el peso de una tentación, pues su consejo de humildad caerá en el vacío…, ese día hubiera sido necesario más bien levantar el ánimo, mostrarle lo positivo de su conducta, lo que iba bien encaminado, lo más adecuado para ponerla frente a la verdad de Dios, porque, a veces, cae uno en graves errores al considerarse a sí mismo Lo primero, por lo tanto, escuchar, saber escuchar y escuchar con paciencia, y sólo después, cuando el otro se ha expresado, iniciar el diálogo, dando, si parece necesario, el consejo que se crea adecuado, en nombre de Dios.

Hay que conocer y escuchar a las compañeras, escucharlas para conocerlas; después, hay que aceptarlas como son.

Tengo que decir que es difícil, difícil en función misma de las circunstancias. Es muy cierto que las compañeras deben ser el primer objeto de nuestras preocupaciones, pero también lo es que en nuestras casas tenemos obras y actividades que hay que sacar adelante. Necesitaríamos Hermanas bien equilibradas, con aplomo, buena salud, capaces de trabajar, y resulta que las que tenemos no gozan de buena salud, tienen siempre cierto desequilibrio nervioso, es necesario sostenerlas, ayudarlas, no tienen las cualidades indispensables para llevar el oficio, etc., etc. Pues bien, a pesar de todo, hay que aceptarlas como son.

Deben exponer, decir sus dificultades a los Superiores Provinciales, a su Visitadora, porque es su deber decir las cosas como son y tratar de garantizar la buena marcha de las obras de la casa; pero hecho eso, tienen que aceptar a las compañeras como son; aun cuando no sean aptas para llevar las obras, no pueden hacérselo sentir pesadamente. No es culpa suya si no tienen la salud suficiente, si no tienen la formación indispensable. Quizá hubiera sido posible dárselo antes; acaso sea culpa nuestra si no se hizo.

Tomarlas cual son, como son, encontrar forma de ayudarlas en todos los planos: el de su vida espiritual, el de su vida profesional, en todo lo que puede gravitar sobre ellas.

Hay que tener una enorme paciencia para soportar a las compañeras en sus defectos.

En efecto, los defectos de las compañeras no es siempre cosa de broma. Pero si queremos ser justas y no engañamos en nuestra apreciación, tratemos de discernir en nosotras los defectos que no hemos llegado a corregir. Todos tenemos defectos, y no creo que una sola se atreviera a decir: no, yo no tengo. Nos ocurre como cuando Nuestro Señor dijo: «El que se vea libre de todo defecto, arroje la primera piedra». Todos se marcharon.

Si queremos tener paciencia con las compañeras, intentemos mirarnos nosotras mismas, no con Ima mirada superficial, por supuesto. ¿Nos conocemos bien? Bueno, todas sabemos que hay una falta o un defecto que no hemos llegado todavía a extirpar, a pesar de los esfuerzos que hacemos desde hace años… y más años. El Señor ha permitido quizá que sea un defecto oculto, no muy aparente, que no se ve mucho. Los que viven a nuestro alrededor no lo han percidibo quizá, no se han dado mucha cuenta. Es una misericordia del Señor hacia nosotros. Otra habrá que tenga un defecto más aparente, posiblemente sea menos grave, pero molesta más en la vida comunitaria, en la marcha de la casa. Eso no impide que lo soportemos con paciencia y que no digamos: «¡Pues que se corrija, que se esfuerce en ese sentido!» Yo, por mi parte, les digo: «No puede corregirse», lo mismo que nosotras no hemos podido corregirnos de ese defecto nuestro, de esa tendencia profunda que no llegamos a cortar.

Así pues, frente a esos defectos, a veces frente a esas faltas repetidas, lo que tenemos que hacer no es ponernos en contra, sino llevarlas con la Hermana interesada. Los defectos de nuestras compañeras son cosa nuestra. Nos pertenecen. En cierto modo, forman parte integrante de nuestra vida personal. Debemos cargar con esos defectos y esas faltas y ayudarlas a vencerlos. Lo que no quiere decir en absoluto aprobarlas. Hay que saber hacerles ver las repercusiones de esos defectos; a veces, habrá que reprenderlas, porque no se trata de ser débiles. Para algunos temperamentos, el hecho de tener una reprensión podrá ser una ayuda, una especie de apoyo para no recaer en el defecto en cuestión. Hay que saber hacer la reprensión, manifestar a tiempo la reprobación, acertar a dar el pequeño latigazo que sirva para volver a poner en marcha. Pero sobre todo lo que no hay que hacer es agobiar.

Hay que mantener siempre a la hermana en la esperanza. Que nunca salga de nuestros labios una frase como esta: «No hay nada que hacer con esta Hermana, es inútil, no hay nada que hacer». Cuando se dice algo semejante a una Hermana, es espantoso, se la encierra, se la bloquea. Es muy grave. Se la encierra en una especie de desamparo, lo que es una actitud falsa. Mientras el Señor le conserva a uno la vida, hay una esperanza de salvación y hasta de escalada hacia la perfección. Somos responsables de ese clima de esperanza en el que deben vivir nuestras compañeras. Píenso que, para una Hermana, el hecho de ver que, a pesar de sus defectos, de sus faltas reiteradas, su Hermana Sirviente no deja de esperar en que llegará a mejorar, a abrirse a la gracia de Dios, no deja de tener confianza, es algo muy importante. «Nunca» hay que decir a una hermana que no se tiene confianza en ella. Lo primero porque no es del todo cierto desde todos los puntos de vista. En algunos, sí, será cierto que habrá que poner cierto límite a esa confianza, pero no en todo el conjunto. No hay que recriminar a las Hermanas de faltas y defectos que no tienen. Para una Hermana, el hecho de que su Hermana Sirviente sigue conservando la esperanza y no le retira su confianza, es el mejor motor, el mejor punto de partida, el mejor apoyo para que continúe avanzando por el camino de la perfección; de lo contrario, es el parón, la caída, no hay nada que hacer. Pienso que esto es muy, muy importante.

Y todos los días tenemos que pedir a Dios nos conceda la gracia de conocer, comprender y poder ayudar a cada una de nuestras compañeras, con gran paciencia, con gran esperanza y, al mismo tiempo, con gran exigencia, hay que saber exigir, dentro también de un respeto grande y religioso a lo que cada una es. Con discreción, hay que saber, y es difícil, cuándo hay que detenerse y cuándo, por el contrario, penetrar más adentro. Hay algunas con las que, en cierto modo, hay que forzar un poco las puertas, decirles: «Bueno, hoy vamos a hablar de esto. ¿Qué ha hecho usted, qué ha pensado…?»

Por el contrario, hay otras, con las que es preciso esperar. Cuando una Hermana no se abre, no hay que intentar forzar las puertas. Suele ser un mal sistema. A veces se vive con una Hermana meses, quién sabe si años, sin que se perciba una comunicación. Está, es cierto, la comunicación espiritual todos los meses; se puede probar, pero si síenten inmediatamente que hay un retraimiento, que se escapa, que no quiere entregarse, no fuercen la puerta. Una Hermana no está obligada a comunicarse plenamente con su Hermana Sirviente; hay que esperar la hora de Dios y hay que merecer la confianza. Un día llegará. La confianza y la apertura llegarán tanto más pronto cuanto menos se las haya forzado. Que la Hermana sienta que respetan ustedes su íntimidad personal con Dios, que no tienen ninguna curiosidad en saber lo que piensa, lo que desea. Es necesario un gran respeto, una gran discreción y, además recen, oren.

Recen si no pueden hacer otra cosa. Recen y den ejemplo. Todas las palabras del mundo sin la oración y el ejemplo, no son nada. En cambio, la oración y el ejemplo aun sin palabras, con frecuencia producen fruto. Ciertamente, con la oración y el ejemplo tendrán una gran influencia en la compañera de que se trate, esa que no se les había entregado; mientras que llegarían a quebrantar, acaso para siempre, su confianza, si intentaran forzar sus puertas. Nuestro amor y nuestra atención hacia las almas que se nos han confiado tienen que ser, verdaderamente, imagen del amor de Nuestro Señor, que no se presenta nunca rompiendo puertas y que respeta, ya sabemos hasta qué punto, nuestra libertad humana.

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