Susana Guillemin: La ascesis de las Hijas de la Caridad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Existe una virtud bastante poco comprendida en la época actual; y aun si llega a ser comprendida a nivel intelectual, si se la llega a admitir en teoría, no ocurre así en la práctica. Su mismo nombre no se admite ya en el lenguaje usual. Cuando se habla de mortificación, le miran a uno como si viniera de otro mundo, como si perteneciera a otra edad. Es una palabra que no tiene pase. Hay palabras como ésta que ya no quieren decír nada, a las que se les presta todo lo más un sentido peyorativo .

Los jóvenes de nuestra época no admiten que se les hable de mortificación. Sí aceptan, en cambio, que se les hable de ascesis. Estoy un poco de acuerdo con ellos porque, me parece, la ascesis es algo más amplio que la mortificación propiamente dicha.

Una ascesis de vida es como un espíritu que enfoca, que se apodera de toda la vida y la ordena con miras a la voluntad de Dios, a la búsqueda de Dios, sacrificándole, si es necesario, o al menos subordinándole (y creo que esta palabra es más exacta) todas las potencias de nuestro ser.

Eso es la ascesis: otdenar toda la vida, todas las potencias, todas las pasiones, todos los anhelos a Dios, por más sacrificios que ello pueda representar. Y en esto es donde interviene la mortificación. Cuando, para ordenar nuestra vida a Dios, hay que sacrificar una tendencia de nuestra naturaleza, ahí interviene la mortificación.

¿Podemos decir que nuestra vida de Hijas de la Caridad lleva consigo una ascesis? Es evidente que sí: lo sabemos primero por experiencia y también porque así nos lo han enseñado. Pero posiblemente nuestra ascesis, nuestro estilo de mortificación tengan una peculiaridad con relación al conjunto de las demás Congregaciones religiosas. Remontémonos —como siempre tenemos que hacer— al Evangelio y a San Vicente que nos explica el Evangelio.

San Vicente decía a nuestras primeras Hermanas:

«Amemos a Dios, hijas mías, amemos a Dios, pero con el esfuerzo de nuestros brazos y el sudor de nuestra frente».

Ahí encontramos la esencia misma, la característica de nuestra ascesis de Hijas de la Caridad. Podemos decir que se halla contenida por completo en el servicio de los Pobres. La mortificación de una Hija de la Caridad, su disciplina, decía Sor Chesnelong, es el trabajo, el trabajo al servicio de los pobres; esa es la gran ascesis de nuestra vida, lo que orienta en cierto modo todos los demás aspectos de nuestra mortificación personal.

Pero vamos a reservar para el final de nuestra charla esta cuestión de la ascesis a través del trabajo, porque cabría muy bien la tentación de decirnos: «Bien, toda mi ascesis, toda mi mortificación estriba en el trabajo; por consiguiente, fuera de esto, puedo relajarme, puedo desechar cualquier tipo de reglamento, de prescripciones, de usos y costumbres». Y esto sería un grave error. Porque nuestro trabajo al servicio de los Pobres no puede ser válido si no parte de una verdadera ascesis de vida, de una mortificación que haya penetrado en todos los detalles de nuestra existencia. De lo contrario, pronto reclamaría sus derechos nuestra naturaleza y acabaríamos por estar mucho más a nuestro propio servicio que al de los Pobres.

Vamos a ver, por tanto, en algunos apartados cómo transcurre en nuestra vida la mortificación, que, por lo demás, es inherente a toda vida religiosa y esencial para el buen desempeño del servicio de los Pobres.

Pongamos, si les parece, en primer lugar —aunque no nos detengamos mucho en ella por haberle dedicado ya tiempo suficiente en días anteriores— la regularidad u observancia. No podemos despreciar la regularidad que tiene en nuestra vida la importancía de la armadura o esqueleto. Es cierto que se puede vivir sin una parte del esqueleto, que no es lo vital o lo esencial. Lo vital es el corazón, los órganos nobles: el cerebro. Los huesos no son absolutamente necesarios para la vida de un cuerpo. Pero empecemos a quitar huesos y veremos en qué situación queda ese cuerpo. Pues bien, lo mismo ocurrirá en nuestra vida si no existe ese esqueleto, esa armadura de la regularidad, de la regularidad exterior que será el sostén de la interior: no podremos llegar muy lejos.

Esa regularidad exterior va a consistir en primer lugar en respetar el horario. No les digo, fíjense bien, respetar un horario universal que fuera el mismo para Japón, Filipinas, Estados Unidos, Francia, Madagascar… etc.

Ayer por la mañana no pude venir a hablarles porque tuve que asistir a una reunión importante del Consejo de Superioras Mayores. El Padre que preside nos habló del trabajo que va a llevarse a cabo en todas las Congregaciones religiosas. Nos dijo: «En el Motu Proprio que va a publicarse dando directrices para la aplicación del Decreto Perfectae Caritatis, podremos apreciar un cierto cambio de óptica en la Sagrada Congregación, en cuanto a la línea de conducta de los grandes Institutos internacionales, polivalentes, etc. Se darán ahora facilidades de adaptación, de flexibilidad para responder (como la mísma Iglesia lo hace, por lo demás, dando ejemplo) a las exigencias de tiempo, lugar, circunstancias de cada país en que el Instituto está establecido». Añadía: «Se tiende con grande empe’ño a la unidad, pero se es mucho menos estricto en cuanto a la uniformidad material».

Por lo tanto, nuestro respeto al horario no significa un horario único para el conjunto de la Compañía, sino el respeto al horario legítimo (legal, podría decirse) que les señalan las orientaciones provinciales, su Visitadora. Ese horario que se establece todos los años de acuerdo con ella, o que ella revisa periódicamente, es para ustedes la garantía de la regularidad en su propia casa. Una vez que ese horario se ha fijado, después de discutirlo, razonarlo, hay que aplicarlo, hay que ponerlo en práctica, o, de lo contrario, no serviría para nada.

Respeto al horario, por parte de ustedes, de sus compañeras, de toda la comunidad, que entraña también el respeto a la campana. Este toque de campana se cuestiona un poco en algunos lugares. No parece deba dársele tanta importancia. Verdad es que esto proviene de algo externo a nosotras: en no pocos países —y no fahan razones para ello— se ha prohibido el toque de campanas por la mañana. Antiguamente, en esta casa teníamos por la mañana tres toques de campana: uno a las 4, hora de levantarse; otro a las 4,25 para recuerdo de negligentes o retrasadas y otro a las 4,30. Después, se volvía a tocar, ya no me acuerdo si a las 5 o a las 6 para el Angelus… Y verdaderamente, uno se pregunta cómo podían dormir los pobres enfermos hospitalizados en Laénnec, cuando por lo general es esa hora de la mañanita la que proporciona un poco de sueño a los enfermos. Así pues, se han prohibido los toques de campana.

Creo que la más elemental caridad tiene que hacernos comprenderlo. Un timbre basta ahora para despertamos. Pero esto no tiene que hacemos olvidar que la campana es, a pesar de todo, la voz de Dios, y a lo largo del día si nada especial se lo prohíbe, deben tocar la campana; tienen que ser fieles a esa voz de Dios. En el ritual hay una bendición especial reservada a las campanas y también para los que responden a ellas Esas cosas no son prácticas infantiles: es poner por obra la fe en todos los gestos de nuestra existencia. Son esas cosas las que nos enseñan a vivir en un clima de fe y las que robustecen esa fe, manteniéndola viva y vibrante en nuestros corazones. La fe debe estar a la base de todas las acciones y actitudes de nuestra vida.

Quedamos, pues, en que debemos tener una campana, tocarla y hacerle caso cuando toca. Pienso que por lo que se refiere a nosotras, superioras, una de nuestras grandes tentaciones es escudarnos en lo sobrecargado de nuestro tiempo, de nuestros horarios. Tenemos, sin duda, un esfuerzo que hacer en este sentido. Cuidar de que toque la campana, responder a ella cuando toca y asegurar así la presencia en los ejercicios de comunidad, base de la regularidad de nuestras compañeras y de toda la casa. Si por la mañana no se puede tocar la campana, hay que tener, de todas formas, algo que avise. En la mayoría de nuestras casas, tenemos varios dormitorios, porque todas las Hermanas no caben en el mismo. Si se trata de una comunidad poco numerosa de tres o cuatro Hermanas, no hay problema: basta tener un despertador que todas oyen, levantándose al mismo tiempo. Pero si son varios los dormitorios, junto a la cama de la Hermana Sirviente o de otra encargada de ello, tiene que haber algo que sirva para avisar a todas.

Pueden instalar un timbre que se oiga desde todos los dormitorios. De no ser así, saben ustedes tan bien como yo que los despertadores se estropean; que uno adelanta cinco minutos y otro atrasa esos cinco minutos, lo que hace una diferencia de diez minutos en la llegada de las Hermanas a la capilla. Las que están las primeras se impacientan de esperar a las otras; no se sabe cuál es el reloj al que hay que atenerse… Es un desorden. Esas cosas pequeñas son las que dan cuerpo a una comunidad. Por supuesto, no son el espíritu, pero sí una ayuda, un estímulo poderoso. Una buena organización es esencial a la vida de una Comunidad: no hay por lo tanto que minimizarla.

Ahora bien, hay otra regularidad distinta de la regularidad externa y que consiste en estar haciendo de verdad lo que nuestro cuerpo cumple exteriormente. Saben ustedes tan bien como yo que, cuando tenemos que hacer las notas de fin de año, la respuesta a la pregunta: eEs, piadosa? suele salir espontánea, mientras que la apreciación global nos deja perplejas. ¿Qué decir?

Hay Hermanas que no dejan lugar a duda, toda su vida lo transparenta: buscan a Dios, aun cuando tengan defectos grandes y hasta ruidosos, por decirlo así. Se han dado a Dios, tratan de practicar la virtud, así lo muestra toda la trayectoria de su vida.

De otras, en cambio, hay que decirse: están presentes en la capilla, hasta son modelos de regularidad, porque entra en su temperamento, son disciplinadas por esencia; están presentes a todo. Pero ¿se dirigen a Dios?

Prediquemos de vez en cuando a nuestras compañeras esa regularidad interior, pero sobre todo tratemos de practicarla nosotras mismas para poderla transmitir. ¡Es algo tan cierto! Sí, se puede formar a los demás con buenos consejos, con enseñanzas, con el ejemplo. Pero se les forma sobre todo de una manera invisible, sobrenatural, al estilo de Dios, mediante la transmisíón de lo que uno es. La formación de las almas, sobre todo en el plano religioso, es mucho más un alumbramiento que una cátedra. No es una enseñanza. Hay que tratar de ser, hay que ser. Nunca somos lo que debemos.

Tratar de ser nosotras mismas lo que quisiéramos fueran las que nos han sido encomendadas, y entonces, por una especie de transmisión de vida, por una especie de ósmosis, si vale la expresión, se transmitirá a las que tenemos a nuestro cargo esa vida sobrenatural, personal, que deseamos vivir. Cuando nos miramos ante Dios, en lo íntimo de nuestra alma, nos decimos: Pues no, no soy lo que tenía que ser, soy muy indigna de todo esto. Pero aquello que Dios tiene en cuenta es el deseo, es la voluntad constante, esfuerzo tras esfuerzo, levantándose después de cada caída. Eso es lo que cuenta a los ojos de Dios, y no el nivel al que se ha llegado; es la fuerza de la tensión y del deseo hacia El en que nos mantenemos. Creo que de ese foco de deseo y de arnor que tiene que ser el corazón de la Hermana Sirviente es de donde debe partir, poco a poco, la animación de los corazones de todas sus compañeras.

Procuremos, por lo tanto, que nuestra regularidad no sea sólo exterior, sino interior, y que, por ejemplo, cuando sea el momento del examen, hagamos de verdad nuestro examen, cuando estemos en la oración, tendamos a ese contacto íntimo con Dios que es la oración, cuando estemos en el recreo, aportemos todos los recursos de que el Señor nos ha dotado para ser lazo de unión entre todas nuestras compañeras, para dar a las demás lo que hemos recibido, para mantener el clima de unión fraterna y ayudar a todas y cada una a que se expansionen, se regocijen, en una atmósfera de fraternidad.

Los recreos son esenciales, absolutamente esenciales para una Comunidad. Se necesita alegría, comunicación gozosa con las demás. Tenemos que poner en ello la mayor atención. En el interior de la comunidad tienen que estar la vida en común, la vida fraterna. Tienen que sentirse, que dejar percibir su dulzura, su alegría. Poner la mayor atención y arrastrar a cada una de nuestras Compañeras a que también ella aporte lo que ha recibido del Señor para crear verdaderamente ese clima de expansión, de comunión fraterna en la alegría y el amor de Dios, del que nuestros recreos son uno de los momentos más importantes.

En la vida común se dan dos momentos, dos «tiempos fuertes»: la oración, más directamente centrada en Dios, considerado en El mismo, y el recreo, también centrado en Dios, pero considerado en el otro, como se dice ahora. Es una expresión de la que se abusa un poco, pero que es muy veradera. Esos son los dos tiempos fuertes.

Y ya ven qué exigente es todo esto. No siempre se está de buen humor para hacer el recreo, no siempre está dispuesto el ánimo para recogerse en oración, precisamente en el momento en que hay que hacerla. Ello supone una disciplina personal, una ascesis general de la vida que da a Dios el primer puesto: eso es amarle, preferirle, preferirle en todas las circunstancias de nuestra existencia.

Otro aspecto, también muy denigrado y combatido en la hora presente, es el silencio. Sin embargo, no hay nada grande, nada profundo, aun fuera de la vida religiosa, nada —¿cómo diría?— «fructífero», en esta tierra que no se haga dentro del silencio.

Si los sabios no se rodeasen de una zona de silencio, no podrían, no serían capaces de hacer avanzar la ciencia. Es algo que ahora no se comprende bastante. Hay sacerdotes, religiosos inclusive, que han acabado por no comprender el valor del silencio. ¡Se ha hablado tanto, y no sin razón, de la necesidad de los intercambios fraternos! ¡El Santo Padre ha promovido tanto la cuestión del diálogo —diálogo que, por lo demás, él enfoca de manera muy distinta a como se interpreta y aplica—!… que se ha llegado a olvidar lo que es la base: el silencio personal, sin el cual lo otro, es decir, el diálogo y los intercambios, no pueden existir. Cuando nos reunimos con otros para hablar, el diálogo no podrá establecerse, los intercambios a que lleguemos no tendrán valor alguno, a menos de haber sido previamente preparados por una comunicación interior de cada uno de nosotros con el Señor, que es lo que se llama silencio.

Porque el silencio no es otra cosa que eso. El silencio no es el vacío, algo que se desocupa y se acabó. El vacío no es nada, de suyo es negativo. El silencio es esa zona de soledad interior que nos permite encontrar al Señor, anudar el contacto con El. No podemos perder en nuestras vidas el valor del silencio.

Empecemos por respetar las zonas de silencio, ya sean zonas de horario o zonas geográficas. ¿A qué podemos llamar zonas geográficas? ¿zonas geográficas de silencio?

El refectorio, el dormitorio: no debemos hablar en esos lugares. Es poca cosa y al mismo tiempo es difícil de observar en nuestras casas, que están abiertas a los demás, a todo el que llega, como lo está nuestra vida de Hija de la Caridad. Tenemos que observar cierto recato en lo que llamamos «idas y venidas», lo que no puede hacerse con los externos. Si encontramos a alguien por los pasillos, las galerías de nuestros hospitales, no tenemos que observar el silencio como un monje en su claustro; tenemos que ser sencillamente sociables y contestar a quien nos habla, sin que ello signifique entablar conversaciones interminables.

Pero si esto sucede en las idas y venidas dentro de la comunidad, no tenemos por qué iniciar una conversación. Estemos atentas a lo que Dios nos pide y respetemos esas zonas geográficas de silencio. En el refectorio y en el dormitorio no tenemos razón alguna para hablar, ningún otro motivo que nuestra ligereza, nuestra despreocupación, nuestra falta de mortificación.

Creo que debemos cuidar de ello de manera muy «concreta»; tenemos que conservar en nuestras casas el carácter religioso. Ese carácter exterior es algo que nos ayuda, nos protege. Si lo suprimimos, ¿qué llegaremos a ser? Personas del mundo, ni más ni menos. Hay algo más: la facilidad de comuncación con Dios que nos proporciona todo ese conjunto de disposiciones exteriores. Tomadas cada una por separado, parecen fútiles; pero en realidad forman un conjunto. Si llegamos a destruirlas una por una, la consecuencia será una vida puramente humana, puramente natural. Y en ese caso, estoy completamente de acuerdo con los que dicen: «¿Qué falta hacen las religiosas?» No hacen ninguna falta, porque ya no dan, no comunican aquello para lo que especificamente las había llamado Dios. Bien, respetemos esas zonas geográficas de silencio.

Han podido observar, en la hoja del consultudinario en que se habla de las comidas y del refectorio, que, después de haber reflexionado, nos ha parecido que ya a las 10, ya a las 4, al tomar algo entre horas, las Hermanas podrían sentarse y hablar. Hemos pensado que en sus vidas hay una tensión a veces muy grande al servicio de los pobres, de los enfermos, de las alumnas, de los niños, de los ancianos .. y que era bueno que en un clima de fraternidad tuvieran cinco o diez minutos de expansión, mientras que rehacían sus fuerzas, ya a media mañana, ya a media tarde. Pero no en el refectorio. El refectorio tiene que permanecer esa zona de silencio. El dormitorio tiene que seguir siendo esa zona de silencio que debe representar. Con demasiada facilidad nos dispensamos de estas cosas, que no son vanas, no son fútiles. Y esto es grave, muy grave.

Hay que respetar también las zonashorario de silencio, es decir de las 2 a las 3 de la tarde. Evidentemente, no resulta tan difícil guardar esa hora de silencio porque, normalmente, nos encontramos en nuestros oficios sin otras Hermanas a nuestro alrededor. Hablamos por necesidad de esos oficios, es decir, estamos dando clase, hablamos con los enfermos, con los médicos, con los empleados, todo con normalidad. Diría que el silencio queda respetado porque hablamos por deber. Pero, sí en ese momento nos vamos al servicio de al lado para entablar una conversación con la Hermana, nos salimos de la línea de la ascesis de vida, indispensable para nuestra unión con Dios. La fidelidad está compuesta de todas esas cosas pequeñas, que, a lo largo de la vida, a lo largo de las circunstancias del día nos permiten, en todo momento, interiormente, manifestar nuestra preferencia por la voluntad de Dios sobre la nuestra, sobre nuestra naturaleza.

Guardemos presente en nuestro espíritu, tratemos de fomentar en el espíritu de nuestras compañeras, ese aprecio, ese sentido profundo de las medidas que pueden parecernos a veces simplemente externas y de disciplina, pero que tíenen tanta repercusión en el conjunto de nuestra vida.

En tercer lugar, hay otro silencio que respetar con el mayor interés: el que yo llamaría «silencio de los demás». Cuando faltamos al silencio, turbamos siempre el de otros. Y tenemos que tener un gran respeto a las que viven con nosotras, a su vida espiritual, a la voluntad de Dios sobre ellas. Cuando en tiempo, no ya de silencio sino de simple recogimiento, vemos que una de nuestras compañeras no demuestra ganas de hablar y sí de estar en silencio, respetémosla, callémonos. A veces tenemos demasiada tendencia a pensar: estar de mal humor, no quiere hablarme… Y ¿por qué no decirnos que está unida a Dios, conversando con El? Aunque no sea palpable, aunque no lo descubran sin rnás, es muy de desear y también muy posible.

Tengamos un gran respeto por los demás. No nos interpongamos entre el Señor y nuestra compañera, al contrario, ayudémosla a observar el conjunto de sus prácticas de silencio, de regularidad, para desarrollar su vida interior. Sí, tengamos un inmenso respeto por los demás, y de vez en cuando examinémonos acerca de ese respeto.

Todo esto, no cabe duda, supone mortificación, «Hay que mortificarse». Y hemos llegado a pronunciar esa palabra que tan desagradablemente suena, hoy, a los oídos, pero que tan verdadera es. Hay que mortificarse; hay que llegar a saber decirse: no, a violentarse en algunos aspectos de nuestra vida.

Y no existe sólo la mortificación personal: hay mortificaciones previstas por la regla. Es cierto que son muy pocas. Si nos atenemos a la expresión concreta: mortificaciones, me parece que haciendo el recorrido de todo lo que se nos impone, nos encontramos sólo con la prescripción del ayuno de regla, aparte del ayuno de la Iglesia impuesto a todos los cristianos.

En la Asamblea general se discutió sobre esta cuestión, y antes, lo habíamos pensado mucho en el Consejo, porque dentro de la tendencia actual nos encontrábamos con muchos Misioneros que decían: «Es estúpido hacer desayunar a las Hermanas de pie. Es inadmisible ver a las pobres Hermanas desayunar de pie los viernes y durante la cuaresma». Bien. Pero si ni siquiera hacemos esto, ¿qué quedará como mortificaciones en la comunidad? En toda la historia de la Compañía se ha dado nunca, que yo sepa, el caso de una Hermana que haya muerto por desayunar de pie. Nunca ha ocurrido ni creo que ocurra jamás.

Si hay una Hermana de más de 80 años, o de menos edad, pero enferma, delicada del corazón o de cualquier otra cosa, ahí están las Hermanas Sirvientes, con bastante cabeza y bastante bondad para hacerla sentar, para imponérselo, inclusive, si ella no quiere, para tomar todas las precauciones requeridas por su estado. Pero las demás, podemos perfectamente desayunar de pie.

Hay quien dice: cuesta mucho, es muy incómodo… Pues por eso precisamente se hace. Si no costara, si no exigiera un esfuerzo, no se haría porque no tendría razón ninguna de hacerse. Tengamos, pues, el valor de aceptar esa pequeña mortificación.

Y no crean que no me doy cuenta de lo que significa, pues sé muy bien que la mayoría de ustedes están de pie toda la mañana al servicio de los enfermos, o en la clase, o atendiendo a domicilio a los pobres; que es, pues, un cansacio suplementario. Pero es que una mortificación implica siempre una molestia corporal o un cansancio: eso es a lo que se llama mortificación, que sin ello no existiría. Seamos, pues, fieles a ese ayuno de regla. Ha quedado reducido a muy poca cosa, ya que dado el desgaste de fuerzas que tienen en su trabajo, en su servicio, hemos pensado que la mortificación no se centre en la comida, que no se priven de alimento por la mañana. Nos ha parecido que, en conciencia, podría traer malos resultados desde el punto de vista de la salud. Pero en ella no influye el desayunar de pie, podemos hacerlo. Es muy poca cosa.

Por la noche, cuando ya no hay que reanudar el trabajo, cuando falta poco para ir a acostarse y como suele decirse «el sueño alimenta», en ese momento, creo que sin peligro ninguno para la salud, se puede suprimir algo de la cena, y no es una mortificación tan grande que no podamos imponérnosla, aun cuando llevemos una vida de trabajo y cansancio como la nuestra.

Por ejemplo, yo no estaría de acuerdo en que se dijera a las Hermanas: ya saben ustedes que ahora los días de ayuno de regla tenemos permiso para tomar mantequilla, mermelada o cualquier otra cosa. Pero es más perfecto no hacerlo. Yo diría: No. Desde el momento en que se nos ha dicho: por la mañana, tomen el desayuno normal, hay que tomar el desayuno normal. Hay motivos para ello y, además, la mortificación está en la obediencia. En cambio por la noche… hay quien se permite no suprimir nada. No seamos demasiado permisivas. Esa pequeña restricción no tiene demasiadas repercusiones. Tenemos que saber lo que hay que hacer y ser lo suficientemente firmes para mantenerlo.

Hemos visto fidelidad a los ayunos de regla. Pero hay otras mortificaciones exteriores que emanan de la naturaleza misma de nuestra vida religiosa y que ahora existe la tendencia de olvidar. Antes, la mayoría de estas mortificaciones se nos enseñaban bajo la forma de «usos». Ahora ya saben hasta qué punto se cuestionan esos usos o costumbres. Siempre lo mismo: ¿Y eso por qué? ¿qué finalidad tiene? ¿para qué sirve? Ya no se comprende porque el espíritu de fe ha decaído en el conjunto de toda la vida cristiana, y lo que antes parecía natural a una alma impregnada de cristianismo, ahora no tiene sentido para quienes están imbuídos por el culto de la materia y de una especie de humanismo que aúpa al hombre por encima de todo, inclusive de Dios. Entonces no se comprende nada que pueda significar una pequeña molestia o represión de la naturaleza, por mínima que sea.

Hay mortificaciones continuas que, sin embargo, no constituyen propiamente puntos de regla. Por ejemplo, las posturas.Mantener posturas de religiosa y no de cualquier muchacha del mundo. No cruzar las piernas, por no decir otra cosa; no arrellanarse, medio tumbada, en una silla o sillón. Una serie de detalles como éstos que preservan la dignidad de una persona que, por su consagración a Dios, le representa de manera especial y llega a ser ante los demás como una especie de imagen suya.

No se trata de ser afectada. Puede una tomar posturas muy correctas de forma sencilla y natural. No se trata de llevar la cabeza baja, sin atreverse a mirar a las personas que nos hablan. De ninguna manera. Seamos muy sencillas, muy claras, muy abiertas, pero sin permitirnos lo que no se debe permitir.

Por ejemplo, se nos ha enseñado siempre a no apoyarnos en el respaldo de la silla, del banco, .de los sillones. El hacerlo así, no nos da una apariencia extraordinaria, no hay por qué hacerlo con ostentación. Esto nos mantiene en cierta mortificación y al mismo tiempo en esa especie de dignidad religiosa que se espera encontrar en alguien consagrado a Dios. Y no son prácticas supererogatorias, sino que forman parte del conjunto de nuestra persona religiosa, hasta díría de nuestra personalidad.

Podríamos hablar también de cierta mortificación en las satisfacciones normales que se permiten las personas del mundo y que nosotras no nos debemos permitir.

Aquí tenemos un ejemplo: debe cuidarse de la presentación agradable, artística de los locales reservados a las niñas, a los enfermos, a los ancianos, de las clases, etc.; pero cuando se entra en las dependencias reservadas a la comunidad, el panorama debe cambiar por completo. Se entra en una zona de restricción, no digo de completo despojo, pero sí de sobriedad. En esos locales no debe haber nada previsto para afégrar la mirada, sín una necesidad funcional, como ahora se dice.

Nuestras habitaciones de comunidad deben estar limpias, ordenadas, sobrias, sin decoración. En esto tenemos que ser también firmes, estar muy atentas. No busquemos juegos o combinación de colores. En cierto lugar, los pintores habían empezado a pintar de un color distinto cada una de las paredes de la sala de comunidad. Pues no. Por cierto que, aun en el mundo, a mí me habría chocado; pero en la comunidad, ni pensarlo. No pinten sus habitaciones de comunidad de color rosa. Escojan algo extremadamente sencillo: blanco grisáceo, blanco con un tinte ocre. Algo claro, limpio, luminoso, siempre con gran limpieza y orden, bien presentado. Aparte de que, en esa sobriedad, se encierra gran belleza. Otras cosas pueden ser bonitas, caprichosas; esto es serio y hermoso. No es lo mismo; pero hay que saber distinguirlo.

Conservemos cierta mortificación. No nos permitamos comprar una figurita, un objeto de fantasía, que se va añadiendo a lo que ya hay. Porque si cada Hermana Sirviente añade una nueva estatuilla, llegará a haber 30 ó 40 en su despacho. Es espantoso. Y si se trata de objetos piadosos, ea cuál de las devociones dar la primacía?

Sobriedad, pues, en nuestros locales y también un recato, una mortificación, en lo que pudiéramos llamar diversiones. Por supuesto, es necesario que las Hermanas tengan momentos de expansión. Bien sabe Dios si lo deseo y si les recomiendo a ustedes, Hermanas Sirvientes, que se los proporcionen de vez en cuando: es su deber. Escuchar una tarde unos discos de música buena; una pequeña excursión al campo, cosas por este estilo, pero no de continuo, de forma que sólo se piense en ellas, que no se pueda prescíndir de ellas, que constituyan como el fondo de la vida.

Hay que saber dosificar, hay que saber medir estas expansiones. Ahí está la dificultad, y no se puede hacer en todas partes lo mismo, ni en todos los países ni en todas las circunstancias. Saber mantener dentro de cierta medida los momentos de expansión, sin dejar de proporcionarlos. Lo mismo puede decirse del uso de los medios de comunicación de que ahora disponemos: la radio, la TV, la asistencia a ciertas sesiones de cine reservadas a las religiosas para mantenerlas al corriente, o cualquier otra circunstancia parecida.

Todo esto es legítimo en sí cuando va encaminado a la finalidad recomendada por el Concilio de estar al tanto de las condiciones de la sociedad actual, de conocer lo suficiente aquello que preocupa a nuestros contemporáneos, de perfeccionar la cultura personal de forma que podamos responder mejor a nuestros oficios, a nuestra acción apostólica.

Todo esto es legítimo a condición de que esté «ordenado» de que quede salvaguardada la vida de comunidad, y no se convierta en una costumbre de la que no se pueda prescindir, llegando, por ejemplo, a matar todos los recreos como a veces ocurre con la TV. No es corriente, pero ha llegado a ocurrir en alguna casa que todos los recreos transcurrieron viendo la TV. Es inadmisible de todo punto puesto que equivale a la pérdida de la mortificación, del sentido religioso, de la vida común. No es eso lo que pretendemos. Tiene que darse una especie de buen sentido, a la vez natural y sobrenatural, que oriente sus decisiones, sus opciones de Hermanas Sirvientes.

No creamos que surgirán vocaciones si nos alineamos de esta rnanera con la vida de las personas del mundo. Existe también (y conviene que hablemos de ello) una tendencia en la hora actual a decir: «Ya ven cómo poco a poco se van salvando todas las distancias para asemejarnos a los seglares». En algunos países, llega a decirse: «Pero ¿por qué no fuman las religiosas?» Es cierto, lo sé por diferentes conductos, y yo misma lo he visto con mis propios ojos. Pues la verdad es que no hay el menor asomo de motivo, ya sea natural, ya sea sobrenatural, para que una religiosa fume, ni uno solo. Es muy sencillo: yo no veo otro pretexto para poder hacerlo que el de un respeto humano muy fuera de lugar. Cuando hayamos ido así soltando todas las amarras de nuestra vida religiosa, se nos despreciará y se nos dejará de lado. Hay que saber mantenerse. Se empieza por una cosa pequeña y luego se pasa a mayores. Fumar no conduce a nada, absolutamente a nada.

Hace muy poco me decían que unas jóvenes, hablando de religiosas con las que habían convivido cierto tiempo por causa de estudios, decían: «Después de todo, ¿qué hacen más que nosotras? Tienen la misma manera de vivir, las mismas diversiones, los mismos pasatiempos; ¿por qué son religiosas?» Y para ellas mismas debían añadir: ¿Y por qué sería yo religiosa?

Mientras que si la Hermana es la que debe ser, en su porte, en su manera de presentarse; si se advierte en todos sus gestos ese trasfondo de su pertenencia a Dios que la separa con barrera invisible de los demás, aun cuando está tan cercana a ellos por la atención que les dedica, por su servicialidad, por su sencillez y ausencia de complicación; por esa manera, tan clara y bonita a la vez, de ser religiosa en sus relaciones… Entonces, es cuando se revela a los demás una presencia de Dios, a través de esa persona que puede seguir siendo muy alegre, muy abierta (¿cómo decir?), muy entregada a todos los problemas actuales.

Guardo como un tesoro estas palabras que Pablo VI dirigió a la Comunidad:

«Los Pobres, los pobres no son sólo los miserables, los indigentes, sino todos aquellos a quienes nos dirigimos y que tienen necesidad de Dios porque no lo poseen totalmente». «Al hacer a Dios presente a los pobres… (ya se lo he dicho a ustedes otra vez, van a decir que repito las cosas sin darme cuenta… pero pienso que la contemplación es eso: repetir lo mísmo interiormente delante de Dios). Al hacer a Dios presente a los Pobres, dais un testimonio sin igual, esa es vuestra fidelidad esencial».

Si en todos los detalles de nuestra vida, hacemos a Dios presente a las personas con las que convivimos, siempre tendremos una razón de existir Nuestro Señor decía: «Siempre tendréis pobres entre vosotros». Mientras nosotras les demos a Dios, Dios hará subsistir a la Comunidad, viva y próspera, en medio del mundo. Pero para ello tenemos que permanecer ancladas a esta forma de vivir a la vez religiosa y tan cercana a los hombres, que nos legaron San Vicente y Santa Luisa, grandes precursores en su tiempo, y que seguirían siéndolo si vivieran actualmente.

El último punto acerca del que quiero decirles unas palabras en relación también con esa ascesis de vida peculiar de las Hijas de la Caridad, es la fidelidad al deber. Porque si bien hay mortificaciones de regla en nuestra vida, mortificaciones personales también, está sobre todo esa ascesis que nos impone el ejercicio de nuestra vocación, es decir, el trabajó al servicio de los Pobres.

Bien saben ustedes que en nuestra época, en la Iglesia y en el mundo, se concede un valor especial al trabajo, a la clase obrera; que en Francia, el episcopado ha dado una prioridad urgente en los objetivos apostólicos a esta clase de los trabajadores, que tanto está creciendo en el mundo.

Puede preverse que dentro de cien años, de ciento cincuenta, el orden social se habrá invertido (no hago política, no lanzo opiniones, pero veo lo que todo el mundo ve). Vamos a pasar de un régimen, de una era capitalista a una era —no conviene emplear la palabra socialista o comunista— de propiedad de las cosas por los trabajadores, por los que las producen. Lo que me parece mucho más dentro del orden y de la justicia social Asistimos, pues, a una especie de promoción del trabajo dentro del mundo y dentro de la Iglesia.

Pues bien, nosotras —y me atrevería a decir: por esa vena original de nuestra vocación— nos encontramos completamente a nuestras anchas dentro de esas previsiones de futura evolución del mundo. En este momento surge en la Iglesia una mística del trabajo. Y nosotras debetnos tener esa mí stica del trabajo porque nuestro trabajo es nuestra manera de ir a Dios. Cuando se oye hablar de religiosas trabajadoras, de religiosas obreras —ya sé que no es esa misma idea la que se tiene— pero nosotras podríamos dedrnos: «¿No estamos ya nosotras insertas en el trabajo, más o menos como los colaboradores profesionales que trabajan con nosotras?» Llevamos, como la gente, esa carga del trabajo, pero para nosotras es infinitamente más hermosa, porque es un trabajo de caridad, cuya finalidad no es el lucro, sino una fidelidad apostólica.

Sepamos, pues, que ese ejercicio de nuestro trabajo al servicio de los demás es la forma propia de nuestra ascesis de vida, de nuestra mortificación, y que debemos aceptar sus condiciones lo primero, con un sentido de unión, de unidad con toda esa masa de personas a las que queretnos llevar a Dios, es decir los Pobres (ya lo sean en cuanto al dinero, ya en cuanto a las condiciones de trabajo), a toda esa masa de trabajadores de hoy.

Es San Vicente quien quiere para nosotras las mismas condiciones de vida que los Pobres para los que trabajamos: el trabajo debe acercarnos a ellos. Como ellos, en efecto, llevamos el peso del cansancio producido por cierto trabajo, el peso de unos horarios. Llevamos la carga de condiciones difíciles de compaginar, a veces de un exceso de trabajo, tenemos que reemplazar a los empleados que están de permiso…

No debemos considerarlo como algo fuera de nuestra vida religiosa, ajeno a ella, que padecemos porque no podemos hacer de otro modo. No, son nuestras condiciones de vida, forma parte de nuestra donación el Señor, forma parte de nuestra mortificación.

El encontrarnos metidas en las condiciones actuales de trabajo, es, en realidad, la base de nuestra mortificación de Hijas de la Caridad: tolerar a los que nos mandan en los hospitales o en otros lugares; conllevar a nuestros colaboradores, que no son siempre fáciles y con los que tenemos que entendernos bíen; soportar a los enfermos, a los niños, a todos los que se dirigen a nosotras, y en medio de todo ello, soportarnos a nosotras mismas, con nuestros propios defectos y nuestras dificultades para insertamos en el equipo de trabajo. Todo esto constituye nuestra mortificación de todos los días. Tenemos que pensar en ello.

Para terminar, podemos decirnos: La fe, el sentido de nuestra relación con Dios, tiene que iluminar todos los acontecimientos de nuestra vida, todas las circunstancias de nuestra existencia. Cuanto se nos presenta es una manifestación de la voluntad de Dios sobre nosotras, y de nosotras depende hacer de ello una forma de dirigirnos a El, de descubrirle presente y de darlo a los demás.

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