Susana Guillemin: La andadura espiritual

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Ejercicios espirituales a Hermanas Sirvientes. Instrucciones. Ascensión-Pentecostés, 1967

Quisiera decirles una palabra sobre el progreso de nuestro caminar hacia Dios, lo que podríamos llamar en términos modernos la andadura espiritual de cada alma. No hemos de imaginarnos que se pueda llegar a Dios, a la perfección, a la santidad, de un forma rápida y súbita. Nuestra vida espiritual pasa por un desarrollo tan largo como nuestra vida. Cuando hayamos llegado al punto en el que Dios nos quiere, entonces el Señor nos llamará de este mundo. Mientras permanecemos en la tierra, es que tenemos todavía que adelantar. Es que espera de nosotros algo que todavía no hemos dado.

Pero el crecimiento de nuestra vida con Dios y su desarrollo, no son un crecer rápido y desordenado; no se hace así como así, sin más. Tenemos que enfocarlo, tenemos que organizarlo. Hay etapas en esa marcha que sólo Dios conoce: las que nos vienen impuestas desde fuera.

La vida espiritual nació en nosotras cuando, inconscientemente, recibimos el bautismo; en aquel momento, Dios tomó posesión de nuestra alma. Depositó en nosotros los gérmenes insustituibles de la Fe, la Esperanza, la Caridad. Nos constituyó, en cierto modo, en unidad con Cristo, con su Hijo. Pero eso era tan sólo el punto de partida. Ahora, en todo el recorrido de nuestra vida, tenemos que alimentar esa vida espiritual y proporcionarle un crecimiento.

No voy a hablarles del desarrollo místico de una vida espiritual, porque lo primero no podría hacerlo, y segundo, porque no es tanto eso lo que les incumbe como Hermanas Sirvientes. Lo que les incumbe es garantizar —para ustedes y para sus compañeras— la organización y el esfuerzo humano que deben acompañar a esa vida y hacerlo posible. Por lo demás, no sabemos lo que verdaderamente sea una vida espiritual. Es el Señor quien fija las grandes etapas de nuestra vida. Mirando hacia atrás, sí sabemos bien cuáles son las fechas que jalonan nuestro caminar hacia Dios. No son fechas externas. No son obligatoriamente circunstancias exteriores las que han señalado el día en que decidimos consagrarnos al Señor. No es obligatoriamente el día de nuestra Toma de Hábito o el de la emisión de los Votos, los que fijaron el paso de cierto estadio de vida espiritual a otro. El Señor tiene sus horas para darnos su gracia. Y es importante que tengamos los ojos abiertos para acoger esa gracia y nuestro ánimo preparado para responder a ella.

Pero hay otras etapas que dependen absolutamente de nosotras. No podemos menos de descender a lo que podría llamarse lo elemental de la vida espiritual.

Ahora existe la tendencia a decir: «¡Cuidado con la libertad humana! Hay que dejar a cada uno libre de hacer lo que quiera, porque así irá directamente a Dios». Es una verdadera utopía. Sería muy bueno si el pecado original no estuviera de por medio. Es necesaria, desde luego, la libertad, pero una libertad que debe emplearse en hacer estructuras, en crear un marco de vida que nos ayude, nos obligue a hacer determinados esfuerzos, determinados actos que no haríamos si no nos hubiéramos fijado esa organización. Debemos tener en nuestra vida espiritual algo así como jalones, altos en el camino, oasis, etapas, en las que nos detengamos para cobrar conciencia y volver a emprender la marcha hacia Dios.

¿Qué es una etapa? Es una parada. Cuando se ha caminado durante cierto tiempo, se empieza a dejar sentir el cansancio, y uno se detiene. Parada. Descanso. Creo que es importante. Tanto el descanso físico como el descanso moral. Parada. Descanso, mirada hacia atrás, previsiones para el resto del camino. Toda etapa comprende eso.

Nuestras etapas espirituales son de dos clases. unas diarias, otras mensuales y anuales.

Las etapas diarias son tres. Es la regla quien nos las propone. Acaso no les damos bastante importancia. Hacemos de ellas una especie de formulismo disciplinario, regular y no cumplimos la verdadera finalidad por la que se nos impusieron esas etapas.

Comprenden tres momentos: los dos exámenes particulares y el examen general de la noche.

Son las etapas que nos permiten controlar la vida espiritual de la jornada. No hablo de la oración, de la comunión, de la misa como .de una etapa: me parece que son una cumbre, un tiempo fuerte, una realidad de que disponemos para prever la jornada que empieza y que estamos preparando. Nuestra vida se recorta entre una misa con su comunión y otra misa con su comunión. La oración y los laudes forman en cierto modo bloque con ella. No podemos separarlo en un rato de oración vocal —que serían los laudes— y un rato de oración mental seguido de un sacrificio, ofrenda y comunión, que sería la misa. No. Es un encuentro con el Señor en el que gozamos de los tres aspectos, es decir: la alabanza que sube espontáneamente de nuestro corazón, durante los laudes, el recogimiento, la búsqueda de Dios, el acercamiento de El a nosotras, sin otra manifestación externa, que es la oración mental, y el sacrificio, esa unión que pretendemos y tratamos de reproducir con el sacrificio de Cristo. Pero todo ello forma un todo.

De ese momento fuerte de la mañana hasta el día siguiente derivan esas tres etapas de la jornada: «¿Qué he hecho? ¿Por dónde voy?» Una vida espiritual requiere una vigilancia continua.

No concedemos demasiada importancia a las preces que acompañan al examen particular. Rezamos el Veni Sancte… nos distraemos durante el momento de silencio… y en seguida rezamos el De Profundis. Muchas veces ocurre así. Desgraciadamente, puedo decir que a mí también me pasa. Sí prevén que van a tener distracciones, nada les impide, mientras se dirigen a la capilla, echar una mirada sobre ustedes mismas. Si no lo han hecho en el momento requerido, siempre hay medio de rectificar después, una vez salidas de la capilla. Lo que es necesario es ese momento de contacto con Dios, ese momento en I que se hace el vacío de lo demás. Dejen aparte las preocupaciones, las dificultades, las inquietudes; que esperen. Pongámonos en la presencia de Dios y preguntémonos verdaderamente qué estamos haciendo.

Para este examen particular, como materia del mismo, hay que tener presentes una o dos resoluciones muy concretas, no resoluciones vagas, como: practicaré la caridad. Eso y nada es todo uno. El examen particular es algo esencialmente concreto: fidelidad a este acto, a esta cosa. No es largo de hacer el examen particular; basta echar una mirada y en seguida sabemos si sí o no hemos hecho u omitido el acto al que nos habíamos propuesto prestar atención. Y todas las marianas hay que volverlo a concretar.

He oído a Dominicos y Jesuitas discutir sobre esta cuestión del examen particular, haciendo de ella una especie de escuela espiritual. Los que estaban a favor, los Jesuitas, decían «el examen particular es necesario». Los que estaban en contra, los Dominicos, decían: «No hay por qué hacerlo». Aquella discusión a mí me daba lo mismo. Lo que sé es que tenemos que renconsiderarnos, mirarnos delante de Dios. Eso es cierto. Ya se sea Jesuita, Dominico o hijo de San Vicente de Paúl, nuestra vida espiritual necesita de ese control. Es importante. Hasta estamos preguntándonos si no sería mejor suprimir todas las oraciones vocales que rodean este acto para que toda la atención recaiga en la realidad sustancial de lo que representa.

Otra cosa que habrá de ser discutida por la Asamblea general. No es de mínima importancia porque puede ayudar verdaderamente a la vida espiritual de las Hermanas. Este ejemplo puede mostrarles cuál es la finalidad profunda de la renovación emprendida.

La renovación profunda no tiene como finalidad el sustituir una oración por otra o suprimir sin más una oración. Su finalidad es tratar de ver cómo podemos disponer lo que hacemos para que, a su vez, alcance su finalidad, su objetivo: favorecer en cada una, y por cada una en toda la Comunidad, la marcha hacia Dios, el caminar espiritual, la vida espiritual. Otra cuestión, ésta, sobre la que podrán ustedes reflexionar y que ciertamente se discutirá en las Asambleas provinciales y las generales. Pero no tomemos como cosa de poca monta los exámenes particulares que hemos de hacer dos veces al día.

Tenemos, por último, el examen general de la noche que es una mirada más amplia a nuestra vida. Debe ser algo más largo. El tiempo que se le dedica dentro de completas es bastante restringido. Siendo tan numerosas como somos, no podemos detenernos cinco minutos en el examen general. No creo que diera buen resultado. Pero, ¿por qué no hacer ese examen, ese alto normal, a los pies del Señor durante nuestra oración de la tarde, o bien al irnos a acostar, mientras nos quitamos la ropa, examinando entonces de manera concreta lo que hemos sido durante la jornada?

Hay que empezar por algo positivo. En vez de decirnos (como lo hemos heredado del siglo XIX, mucho más que del XVII): «¿Qué pecado he cometido hoy?», podríamos empezar por decirnos:

— ¿He amado verdaderamente a Dios, hoy?

— ¿He vivido en su presencia?

— ¿He tendido hacia El?

Es mucho más positivo y es la realidad de fondo de nuestra vida. Las faltas, los pecados son caídas, accidentes, no constituyen el fondo de la cuestión. El pecado es, ciertamente, algo muy perjudicial; pero el pecado en sí es la nada, no existe. Mientras que la atención fija en Dios, el amor, eso sí existe, o debe existir por lo menos. Empecemos, pues, por preguntarnos:

— ¿He estado hoy atenta a Dios?

— ¿He tratado de unirme a El?

— ¿Me he empeñado en encontrar espacios para recordar su presencia? ¿He vivido bajo su influencia?

— ¿Le he reconocido en los que se han dirigido a mí?

— ¿He tenido una mirada de Fe para todo lo que me ha rodeado, lo que me ha ocurrido, acontecimiento feliz o desgraciado?

— Y ante la dificultad, si se me ha presentado: ¿He visto en Dios a las personas con quienes he tratado?

Esa es la autoeducación que tenemos que hacer, lo importante verdaderamente. Lo demás, ya llegará después.

Nada hay más hermoso que leer el Diario espiritual de Juan =U. Se le ve desde joven seminarista hasta su encumbramiento al pontificado, ya en el Vaticano, hacer sus exámenes de conciencia por la noche de la misma forma, y todos los días repetirse: «Hoy no he hecho esto; hoy no he sido lo que tenía que ser; hoy, a pesar de todo, he tendido hacia Dios». No creamos que vamos a encontrar un sólo día que haya sído plenamente lo que debiera. Pero por lo menos, mantegamos en nuestro corazón, en nuestro pensamiento, ese deseo, esa voluntad de ir a Dios y de renovarnos en nuestra vida espiritual. La parte positiva es mucho más importante que la parte negativa.

Después, de un solo golpe de vista se ven las faltas que se hayan cometido. En seguida vemos que hemos hecho tal acto de orgullo o de impaciencia o de pereza, etc. Son accidentes del camino. Lo importante es revisar lo positivo y volver a proponernos nuestro objetivo. Es importante; mantiene nuestra marcha espiritual. El comprobar nuestras faltas es algo obligatorio: nos mantiene en la humildad, nos da la materia para nuestras confesiones, es una necesidad porque tenemos que pedir perdón a Dios, tenemos que reparar. Pero el verdadero sentido del examen y su actitud más importante es el ponernos frente a nuestro propósito, al objetivo que pretendemos, en la línea de Dios. Eso es lo más importante.

Así, pues, es cómo todas las noches hemos de intentar ponernos en estado de encontrarnos con Dios al día siguiente en la Comunión, que es como el aprendizaje del encuentro eterno. Así, desde los exámenes de la noche a los encuentros de la mañana, caminamos al encuentro final que será la muerte. Es así como nos preparamos a la muerte.

Porque no creo que haya que hacer una preparación especial, sino esa vigilancia sobre nosotras mismas para no salirnos de la línea de Dios, del camino que lleva hacia Dios.

Esa es la conversión continua; la conversión que tenemos que emprender cada día. Nuestra tendencia humana nos lleva siempre a desviarnos. Vamos por el camino ascendente, y nos asaha el deseo de tirar por los caminos transversales, cuesta abajo. Nuestro peso humano tira hacia abajo; nos desvía del camino.

Hace falta ser valientes para tomar las riendas y colocarnos de nuevo en la línea ascendente hacia Dios. Eso es convertirse, esa es la conversión diaria que Dios pide de nosotras.

Existe otra etapa quizá con mayor repercusión todavia en nuestra vida espiritual y a la que (tenemos que confesarlo), descuidándola demasiado, unas y otras no damos toda esa importancia que debe tener, que debe tomar en nuestra vida espiritual. Me refiero al Retiro mensual.

Hemos estado demasiado acostumbradas a considerar ese día del retiro mensual como una jornada en la que se acumulaban los ejercicios unos tras otros, sin dejar para nada el oficio. Casi se podía decir —es un poco exagerado— que, dada la acumulación de cosas que había que introducir, era un día en el que teníamos menos tiempo para reflexionar que los demás. Lo que resulta opuesto a la finalidad del retiro. Por eso hemos tratado de renovarlo.

Pero es necesario que comprendan cuál es el espíritu que nos ha llevado a transformar el enfoque del retiro. La transformación es sustancial Lo primero que hemos pedido es que se vea la forma de que las Hermanas puedan hacer el retiro liberadas de sus oficios habituales, que sea para ellas una jornada de verdadero retiro, en la que dispensadas de preocuparse de su trabajo, puedan verdaderamente encontrarse con Dios, que sea verdaderamente un oasis espiritual en medio de su caminar a veces muy arduo. Es la finalidad que hemos querido alcanzar: esa liberación para una mejor reflexión ante Dios.

Hay varias formas de reaccionar frente a los retiros.

La primera consiste en decirse: «¡Qué relajamiento!» etc. «A mí que me den el retiro verdaderamente comunitario, verdaderamente apretado con todos sus ejercicios acumulados, sin movernos de casa. Dónde va a parar: es mucho más perfecto»… Es una equivocación.

Otra forma de reaccionar, más equivocada todavía, es la de decirse: «¡Menos mal que han abierto la mano! Aprovechémonos de ello, que falta nos hace». Y cada Hermana se irá a cualquier sitio a pasar el día de su retíro, con tanta libertad, que de retiro, ¡nada! Con pretexto de descanso espiritual, no hará nada o muy poco.

Como siempre, en el justo medio está la virtud. Hay que empezar por comprender el porqué de este cambio. Y que la Hermana Sirviente organice los retiros mensuales de sus Compañeras.

Pienso que durante el año hay que dejar por lo menos dos o tres retiros para hacerlos comunitariamente, porque la dimensión comunitaria debe estar siempre presente en nuestra vida, y es necesario encontrar espacios de vez en cuando para reunirnos todas juntas. Siempre añoro que las Hermanas de una casa puedan hacer juntas los Ejercicios anuales. Porque si toda la casa se renovase al mismo tiempo, parece que habría una posibilidad de volver a empezar juntas, que sería muy hermosa. Pero esto es imposible; y desde el momento que es imposible, es que no es voluntad de Dios. No tenemos, pues, que preocuparnos de ello. En cambio para el día del retiro mensual, es posible.

Puede haber ciertas épocas, tiempos fuertes del año, por ejemplo, el retiro que precede inmediatamente a la Navidad; el que precede a la renovación sobre todo; acaso, el que precede a la fiesta de San Vicente. Creo que los retiros de estas fechas deberían ser retiros comunitarios, en los que toda la Comunidad intentaría a la vez renovarse durante un día de recogimiento En tales fechas, hay que hacer todo lo posible para organizar los oficios de forma que quede tiempo para reflexionar, para recogerse, aun cuando no pueda ser tan completo como cuando se libera una enteramente del oficio.

Lo ideal sería (y hay que tender a ello, hay que intentarlo) que todos los meses cada una de las Hermanas dispusiera realmente de una jornada completa de «recuperación» espiritual personal. Pienso que iría en ello un gran progreso espiritual para la Compañía: poder hacer esto en todas partes, por supuesto, en el buen sentido, de la forma que deseamos se haga.

En algunas casas, ha habido Hermanas Sirvientes deseosas del adelanto espiritual de sus compañeras, que han tomado la costumbre de organizar el retiro del mes en dos grupos. Se llevan a la mitad de las Hermanas a una casa de colonias de vacaciones, cerca de París, y allí hacen el retiro del mes como debe hacerse: con gran libertad de horario, lo que permite terminar por la noche con una nota de espiritualidad concretada en un intercambio comunitario en el que se examinan los esfuerzos hechos durante el día y se prevén objetivos comunes para el mes siguiente. Otro día, la misma Hermana Sirviente vuelve a marchar con la otra mitad. De ello resulta que la interesada, la Hermana Sirviente en cuestión, hace dos retiros en el mes… Evidentemente, esto supone que en las casas sea posible llegar a esa solución. Pero no crean que en la casa a que me refiero hay Hermanas de más; les aseguro que no. Lo que ocurre es que cuando se está «convencida» hasta lo niás dentro del alma de la necesidad espiritual de algo, es muy raro que no se pueda lograr hacerlo. Cuando una mujer quiere algo, lo logra.

Pienso que quizá no estamos bastante convencidas. Tenemos la impresión de que es perder un poco el tiempo. Yo les aseguro que no es tiempo perdido y que ustedes, Hermanas Sirvientes, y su Comunidad y cada una de las Hermanas en particular, sacarán de ello mucho provecho, si se deciden verdaderamente a hacer un esfuerzo a este nivel del retiro mensual. Es una necesidad innegable en una vida tan recargada como la nuestra.

Saben ustedes —o no sé si lo saben— que actualmente frente a las grandes dificultades con que tropíezan los sacerdotes y las religiosas para conseguir en cada una de sus jornadas el tiempo necesario para los actos espirituales y prácticas comunitarias, hay una Escuela que propugna: «en vez de instituir un ritmo diario de vida espiritual, se podría instituir un ritmo mensual». Y sé que ciertos equipos de sacerdotes lo hacen así: en vez de tener las oraciones y lo que cada día acumulamos, tener sencillamente todas las semanas un día completo dedicado a lo espiritual. Puede que esto sea bueno para algunos equipos de sacerdotes que no pueden hacer de otro modo y que no tienen la obligación de una vida religiosa y de una vida comunitaria.

Por lo que a nosotras se refiere, no es a eso a lo que debemos tender.

Pero de ello podemos sacar la conclusión de la necesidad de esa compensación que hemos de dar a lo que en nuestras jornadas resulta insuficiente. Bien sabemos que a pesar de nuestra buena voluntad, no llegamos siempre a hacer lo que tenemos que hacer, y aun cuando exteriormente lleguemos a hacerlo, en ello hay muchas deficiencias desde el punto de vista de atención personal, entrega o empleo de todo nuestro ser, porque estamos muy cogidas por la acción y la actividad.

Ese alto en el camino de todos los meses me parece algo de extrema importancia en nuestra vida. No podemos, nosotras, suplir a nuestras compañeras en los esfuerzos espirituales que cada una tiene que hacer. Nosotras mismas (niguna lo ignoramos) no damos todo el esfuerzo que deberíamos, porque la debilidad humana nos arrastra. De no ser así, seríamos ya santas canonizadas o al menos en vías de serlo. Nuestra responsabilidad de superioras exige que busquemos cómo proporcionar a cada una de nuestras Hermanas y a nosotras mismas ese día mensual dedicado a «recuperarse» espiritualmente, no de manera ilusoria sino real.

¿En qué deberá consistir ese día de retiro mensual? Deberá comprender, como es lógico, por la mañana los ejercicios habituales: Laudes, Oración, Misa, la segunda oración y la invocación al Espíritu Santo mediante la bella prosa Veni Sancte Spiritus, y creo no estaría mal la lectura de un capítulo de la Imitación de Cristo (no recuerdo si se ha conservado esta práctica para el retiro del mes: creo que no). Por la tarde, rosario, otra oración mental y una lectura personal. Es cuanto está prescrito para esta ocasión.

Con esto, se introduce la libertad, se quiere favorecer el compromiso personal. Hay que dejar a la Hermana que organice como quiera su jornada, según su propio ritmo, a condición de que no omita estas cosas. Si, por ejemplo, la Hermana prefiere hacer su lectura personal por la mañana en vez de por la tarde, está bien, no tiene importancia. Acaso está deseosa desde hace varias semanas de leer determinado pasaje de la Escritura, o tal libro que pueda servirle de dirección espiritual, y se dice: «Lo haré por la mañana, y me servirá de tema para todo el día». Idea excelente y nadie puede contradecirla. Que la Hermana tenga, pues, libertad para organizar su tiempo, y así, al hacer lo que se le prescribe, pueda hacerlo con toda atención y en las mejores condiciones posibles. En general, las Hermanas que han llegado a hacer el retiro en esta forma, han dicho que han sacado el mayor provecho. Recuerdo haber oído a algunas decir: «Es la primera vez de mi vida que hago un retiro mensual». Y es verdad.

Les pido, pues, a ustedes con el mayor encarecimiento que presten una atención particular a esta cuestión del retiro mensual, a su organización y a la forma en que pueden facilitárselo a cada una de sus Compañeras.

Observen que puede darse el caso de que algunas Hermanas Sirvientes se digan: «En el estado de espíritu que están mis compañeras ahora, creo preferible que no hagan el retiro individualmente; es mejor que lo hagan en grupo, como antes se hacía, la mitad de la casa un día y la otra mitad otro». Es muy posible y hay que tener un espíritu abierto y amplio para juzgar y darse cuenta del estado de la casa y del espíritu de las Compañeras.

Pero también hay que guardarse de proyectar sobre nuestras compañeras una especie de desconfianza, creer siempre que no son capaces, considerarlas como niñas a quien hay que conducir, guiar, mantener en sus debidos límites, porque no son capaces de marchar por sí solas. Es muy posible, admito, que no sean capaces de conducirse ni de hacer un esfuerzo espiritual personal, pero porque nunca les hemos dado ocasión de hacerlo. Si sabemos dedicarles el tiempo necesario para explicárselo en general —y quizá a algunas en particular—, para explicarles lo que es un retiro mensual, por qué hay que hacerlo, cómo se debe hacer personalmente, quién sabe si no recibiremos grandes sorpresas. Quién sabe si no veremos que algunas de nuestras compañeras con las que nos parecía que no podíamos contar, toman completamente para sí esa responsabilidad y organizan muy bien personalmente su propio retiro.

Pueden decirles: «Prueben, y luego vengan a decirme cómo les ha ido, qué han hecho». No a manera de vigilancia; tenemos que desembarazarnos de ese complejo de vigilancia de todos los instantes, de estar siempre encima de las Hermanas, de imponerles las cosas. No es adecuado ni supone una buena formación. ¿Cómo hacer? Darles confianza, tener confianza en ellas. Proporcionarles las debidas explicaciones, dejarles la libertad necesaria para que puedan ejercer una especie de iniciativa espiritual, y después enterarse por ellas de lo que han hecho. Más aún, yo diría que es ver cómo el Señor ha hablado a sus almas y acaso tomar ejemplo de ellas para hacer otro tanto. Es asombroso a veces ver lo que Dios inspira a las más sencillas, a algunas que no parecen tener excesivas cualidades, ni estar adelantadas en la vida espiritual. Hay grandes sorpresas en este aspecto.

Es evidente que cuando las Hermanas hacen individualmente el retiro, por la tarde no se hace el intercambio, lo que llamábamos la nota de espiritualidad. Es una Hermana sola la que ha hecho el retiro… Cuando regresa trae a la comunidad el perfume de lo que ha vivido durante el día, de las virtudes adquiridas. Y se puede esperar que toda la Comunidad reciba esa influencia del progreso de uno de sus miembros.

Por lo que se refiere a los Ejercicios Anuales, poca cosa les diré puesto que han estado oyéndolo durante ocho días. Acaban de practicarlos ustedes mismas, y por lo tanto no hay que insistir. Que se dé una fidelidad. En general, las Hijas de la Caridad son fieles a la práctica de los Ejercicios espirituales anuales. Es muy raro dar con alguna casa de Hijas de la Caridad en la que no se tenga interés por ellos. A esos ejercicios (y es lo que quiero decirles) hay que mantenerles su carácter de tales ejercicios y de ejercicios personales.

Tratándose del retiro mensual, se puede tolerar (cuando se hace comunitariamente) un intercambio. Está autorizado. Durante un día de retiro mensual se puede muy bien poner en común la reflexión de todas y el esfuerzo hecho por tender hacia Dios. Es una nota de espiritualidad que corona el retiro ya al atardecer. Creo que el retiro mensual puede tolerarlo perfectamente con tal de que no suponga, ese intercambio, más de una hora en la jornada; de que se salvaguarden los tiempos de soledad con Dios (porque son lo más importante del día).

No es lo mismo cuando se trata de los Ejercicios espirituales anuales. Se ha introducido, sobre todo desde hace unos años, una especie de tendencia a transformar los Ejercicios en Cursillo, con los correspondientes grupos e intercambios. No es conveniente. (Parece que ahora empieza a decaer esa tendencia). Ello distrae de la finalidad esencial de los Ejercicios que es una finalidad propiamente espiritual, de trabajo personal en la búsqueda de Dios, trabajo en el que va incluido todo lo que cada una lleva dentro de sí: la Comunidad, las Hermanas, las Obras, las personas que tienen a su cargo. Pero es a nivel personal como tenemos que colocarnos delante de Dios. Las Hermanas pasan el día, el año, la vida, en contacto, en conversación, en diálogo con los demás, dándose a ellos. En un momento dado, es absolutamente necesario encontrarse a solas con el Señor. Pronto se nos acaba, dándolo, lo que tenemos, porque no es gran cosa. Tenemos que volver a repostar nuestras provisiones en Dios para tener algo que dar, algo que comunicar. No transformemos nuestros ejercicios en tiempo de intercambio, de diálogo, en jornadas de estudio, de perfeccionamiento metódico, etc. De lo que se trata es de encontrarnos frente a frente con Dios, de ver cómo eliminar lo que ha sido un obstáculo entre El y nosotras y anudar lazos sólidos, preparar espiritualmente el año que se abre ante nosotras, repostar, como decíamos, nuestra carga de Dios. No desnaturalicemos la esencia misma, la sustancia misma de nuestros ejercicios anuales. Que cada Hermana se sienta responsable de sus propios Ejercicios.

En este punto hemos intentado también introducir algunas diferencias en la forma de llevarlo a cabo: dejar libertad para que cada una escoja la hora de la segunda oración de la mañana, no intercalar lecturas comunitarias para que cada una pueda leer lo que desee. Pero en cambio se impone un esfuerzo espiritual. Cada Hermana tiene que sentirse responsable de sus Ejercicios. No es el predicador el que hace los Ejercicios. Cosa excelente es tener un buen predicador. Cuando esto se consigue, hay que saber aprovecharlo y dar gracias a Dios. Pero en realidad el predicador es una ayuda, alguien que queda fuera, que nos propone determinadas cosas. Pero nuestras necesidades personales, somos nosotras las que las conocemos. Entonces, cada una tiene que hacer los Ejercicios en su propia línea, en la que sabe reside su necesidad actual. Es indispensable. Se habla de libertad: la libertad no consiste en ir a pasearse durante los Ejercicios, en hacer lo que venga en gana de la mañana. a la noche. La libertad consiste en examinar las necesidades de nuestra alma y en proveer a ellas, en esforzarnos porque los Ejercicios sean fructuosos y respondan realmente a nuestras necesidades.

Puesto que hemos llegado a esta cuestión de los esfuerzos, vamos a dejar el tema de los ejercicios, del que creo hemos hablado lo suficiente, para decir algo sobre lo que podríamos llamar la ascesis de la vida.

No sé si ocurrirá lo mismo en otros países, pero en los de lengua francesa hay una palabra que se ha desvalorizado por completo en el momento presente, que hasta suena mal a los oídos de los jóvenes, que ya no la aceptan. Es la palabra «mortificación». Cuando se habla de mortificación, se nota inmediatamente que los jóvenes se cierran; en cambio, si se habla de ascesis de vida lo aceptan muy bien. Así es. Pero llámese mortificacíón, llámese ascesís, tenemos que llegar a tomar las riendas de nuestra vida, a saber combatir, luchar. En el fondo, la ascesis es el conjunto de los esfuerzos, de las prácticas que se efectúan para trabar el combate espiritual. Observen que la palabra ascesis es más amplia que la palabra mortificación. Esta implica algo restringido, se propone sobre todo domar, matar algo, llevarlo a la muerte. Mientras que la ascesis comprende esfuerzos vitales, esfuerzos fructuosos, más positivos que lo que encierra la palabra mortificación.

Hay que decir que la actitud actual de la juventud es una reacción bastante justificada contra una especie de masoquismo que campeó el siglo pasado (habría que comprenderlo en su contexto histórico), una especie de búsqueda de la mortificación como destrucción de la naturaleza. Había que destruir la naturaleza con una penitencia de todos los instantes. Se acaba de salir (me refiero a Francia particularmente) de los excesos y abusos de la Revolución. Una sed de penitencia y de reparación de todo lo cometido se había apoderado de las mentes cristianas.

Puede decirse que en esa época la Iglesia recibió el impacto del sentido de la penitencia, de la reparación, de evaluar la vanidad de las cosas humanas a las que se había visto caer y desaparecer. Hubo grandes exageraciones; se llegó a mortificar la naturaleza de tal forma que más se pensaba en destruirla que en ponerla al servicio de Dios, con todas las potencias que El ha depositado en esa naturaleza nuestra.

Actualmente, se está volviendo a descubrir el sentido de la dignidad de la persona humana, de lo que tiene de insustituible a los ojos de Dios y en su plan de salvación. Ahora corremos el riesgo de cultivar de tal manera las posibilidades, el potencial de cada una, que ya no se ve la necesidad de cierta mortificación. Así es nuestra pobre naturaleza humana: pasa con facilidad de un extremo al otro. Menos mal que tenemos la suerte de que todo el mundo se muestra de acuerdo con la palabra ascesis. Todos: jóvenes, viejos, etc. Tratemos, pues, de ver las llamadas que Dios nos dirige en ese contexto.

Podemos preguntarnos: Nuestra vida de Hijas de la Caridad, la nuestra, ¿comprende esa parte de renuncia, de ascesis contínua? Con toda certeza podemos contestarnos que sí.

Sé muy bien que alguna Hermana ha dicho en alguna ocasión: «No tenemos que imponemos absolutamente ninguna mortificación; porque nuestra vida es ya de por sí mortificante, de modo que no hay necesidad de añadir nada más». Es mucho decir. Según esas Hermanas, que después de todo eran excepciones, habría que suprimir toda práctica suplementaria de penitencia en la Comunidad para contentarse con la penitencia general de la vida. Hay que convenir en que es un tanto exagerado.

Pero en lo que tenemos que convenir también es en que nuestra misma vida reclama una ascesis continua y que supone el género de mortificación más adecuado para nosotras. San Vicente nos dice (ya conocen la frase, que es célebre) «Amad a Dios, hijas mías, amad a Dios pero que sea con el esfuerzo de vuestros brazos y el sudor de vuestra frente». Va implícito un acto de caridad porque el servicio de los pobres requiere ese esfuerzo de los brazos y ese sudor de la frente; lo sabemos todas por haberlo experimentado. Y al mísmo tiempo esa aplicación continua de nuestro pensamiento, de nuestro cuerpo, de todas nuestras potencias al servicio del prójímo es una extraordinaria disciplina espiritual y una ayuda para nuestra vida personal con Dios, que no podemos evaluar si no es por comparación con las que no hacen lo mismo. No nos damos cuenta hasta qué punto el hecho de dar a los demás nuestro tiempo, nuestro trabajo, nuestra acción, de darles toda la preocupación de nuestra mente porque debemos hacer nuestros sus problemas y responder de ellos, hasta qué punto todo eso nos ayuda a desprendernos de nosotras mismas. Nos crea, nos coloca en una especie de estado de consagración a Dios; nos vacía de nuestras preocupaciones personales; hace a nuestra alma y a nuestro cuerpo castos, pobres y obedientes. Esa es nuestra ascesis de Hija de la Caridad si sabemos comprenderla como Dios nos la presenta y nos la impone.

Sor Chesnelong solía decir: «La mortificación de una Hija de la Caridad, su disciplina (hablaba de la disciplina que se propina uno golpeándose la espalda), es el trabajo». Es verdad. Pero sabiéndolo tomar en ese sentido. El trabajo al servicio de los pobres es la gran ascesis de nuestra vida; dirige en cierto modo todas las demás prácticas que tenemos. Ante ella, todo lo demás tiene que ceder.

Dentro de poco, si me da tiempo, volveré a esta cuestión del trabajo de nuestra vida. Las Directoras de los Seminarios saben que el Padre Lloret les ha hablado de ese trabajo como de una de las características de la espiritualidad de San Vicente. Por lo demás, nos hemos formado, nos hemos criado, por decirlo así, en ese sentido. En este momento en que la Iglesia está queriendo hacer resaltar el valor del trabajo humano, descubrir su papel en la construcción del mundo y hasta en la del Reino de Dios, su gran dignidad, nosotras, Hijas de la Caridad, tenemos que profundizar esta cuestión y ver cómo actúa el trabajo aun en nuestra consagración y en nuestra vida espiritual personal.

Ahora bien, esta mortificación inherente a toda vida religiosa vamos a encontrarla lo primero en la misma trama de nuestra vida. Podríamos empezar por una palabra que a nadie le gusta ahora, y menos que a nadie a las jóvenes, pero que, no obstante, hay que mantener; no tiene equivalente, como la ascesis lo es de la mortificación. Me refiero a la «Regularidad». No sé de qué otra forma podría decirse. La regularidad requiere ciertamente una gran disciplina de uno mismo. Implica un esfuerzo que no se da por terminado, que hay que repetir siempre, que exige un ejercicio de la voluntad, una opción que hacer de continuo entre Dios y la vida natural. En el fondo, ¡eso es la ascesis eA qué corresponde esa cuestión de mortificación o de ascesis, como queramos llamarla? Sencillamente se reduce a esto: en todos los detalles’de nuestra vida hacer el esfuerzo que nos permita escoger la voluntad de Dios en vez de las miras puramente humanas y naturales.

Siempre nos hallamos frente a dos opciones: o vivimos de manera natural, poniendo nuestra esperanza en las posibilidades humanas para la dirección de nuestra vida, de nuestro quehacer de todos los días, de nuestra influencia en los demás, etc. (eso es una vida natural aun cuando quiera ser abnegada y caritativa), o ponemos nuestra fe en Dios. En todas las circunstancias que se presenten, por insignificantes que sean, hemos de escoger o el camino de la naturaleza o el de la fe. La ascesis, la mortificación, consistirá no en destruir la naturaleza (como se creyó y practicó en otro tiempo), sino en dejar por un momento la naturaleza para hacer actuar a la fe y la esperanza en Dios, para optar a El, aunque sin descuidar por ello,r y haciéndolo lo más perfectamente posible, lo que sea puramente natural y humano. Entre las dos posibilidades, opto por Dios, pongo mi confianza en la fe, actúo por esperanza teologal, obro por caridad sobrenatural y no por razonamiento puramente humano y natural.

La regularidad se presenta en bastantes detalles. Por una parte, la regularidad que podríamos llamar exterior: respeto al horario, respeto a la campana, presencia en los ejercicios, respuesta inmediata. En todo esto hay muchos grados.

Tampoco hemos de hacer de la regularidad un fin. Hay que buscar la regularidad porque es un aspecto de la fidelidad continua a Dios y uno de los aspectos de la vida comunitaria. Esa es la mayor importancia que podemos darle. Pero, sobre todo en nuestra vida de Hijas de la Caridad, la regularidad está siempre subordinada a la caridad. La famosa expresión de San Vicente: «Dejar a Dios por Dios».

Aquí puede ocultarse un peligro porque es fácil tomar a Dios por lo que no es Dios. «Dejar a Dios por Dios» es dejar una práctica de regularidad, aceptar una irregularidad aparente para responder a una necesídad urgente e importante. Siendo así, se encuentra verdaderamente a Dios en esa respuesta de caridad que se ha dado.

Pero no es caridad el capricho que nos impide dejar lo que estamos haciendo, quizá una simple conversación, pretextanto que es por el bien de un pobre o un enfermo. Ahí ha de intervenir el buen juicio y el sentido sobrenatural de las cosas.

La regularidad que yo llamaría ínterior requiere una ascesis de vida todavía mayor que la regularidad exterior. Consiste en que hagamos en verdad lo que con el cuerpo estamos observando exteriormente. Saben ustedes como yo, por haberlo experimentado en nuestra propia vida y por comprobarlo en algunas de nuestras compañeras, que se puede ir con regularidad admirable a tal ejercicio, a la oración, al examen, etc. y estar en realidad presente sólo con el cuerpo, pero con el espíritu ausente. No nos desprendemos, no nos despegamos de todas las imaginaciones que de continuo se suceden en nosotras. En el momento en que nuestro cuerpo obedece a la orden de Dios transmitida ya sea por la campana, ya sencillamente por la hora

y la necesidad, tenemos que saber imponernos el esfuerzo de arrojamos verdaderamente en Dios, para hacer de manera efectiva, como decíamos ayer, el examen particular, de manera efectiva, la oración. Lo que no quiere decir que vayamos a olvidar lo que hemos dejado. Si tenemos, por ejemplo, enfermos graves o estamos con niños a quienes no sabemos cómo encaminar hacia Dios, cómo educar, delante de Dios y en oración nos encontramos con todo lo que constituye nuestra vida, con eso que en realidad es una llamada de Dios en nosotras. Podemos muy bien llevar todas esas preocupaciones delante de El, a condición de que no nos detengamos en la preocupación como tal. No es el momento de buscar los detalles materiales que la cosa requiere. Es el momento de darnos por completo a Dios, con todo aquello que llevamos en nosotras, para tratar de encontrar en El lo que quiere que hagamos en esta o aquella circunstancia.

Esa presencia interior es una ascesis extraordinariamente importante y muy necesaria en nuestra vida. Una vida de Hija de la Caridad que responde a la regularidad exterior, que se impone la ascesis interior de cumplir con toda atención de espíritu los ejercicios que observa exteriormente, les aseguro que sólo eso ya representa un conjunto de esfuerzos que conserva, que alimenta, que sostiene nuestra vida espiritual. Es el combate espiritual de cada día: esa continua lucha contra todo lo que nos arrastra hacia lo natural, para colocarnos en el plano de la fe.

El silencio es otro medio de ascesis. En la hora actual, es una cuestión muy difícil, difícil también en nuestras casas de Hijas de la Caridad. Fuerza es decir que en la mayoría de nuestras casas el silencio en las idas y venidas por ejemplo, es algo ilusorio, porque idas y venidas no las hay. Las que hacemos están abiertas a las personas de fuera, con las que es inadmisible que guardemos silencio. Si guardáramos silencio al tropezarnos con alguna persona de la casa, sería absolutamente ridículo y una actitud no adecuada en una Hija de la Caridad.

La mayoría de las veces el silencio se reduce al que se guarda en los lugares regulares y a las horas regulares. Sin embargo, bien está que no observemos el silencio con los externos en las idas y venidas; pero eso no es una razón para entablar una conversación con una Hermana con quien nos cruzamos. Un sentido real del silencio nos hace captar los matices y nos impone las mortificaciones necesarias. Cuando en las idas y venidas, en las salidas, en los lugares en que se pueden encontrar seglares y donde, por consiguiente, no puede ser cuestión de guardar un silencio exterior absoluto, nos encontramos con otras Hermanas, fuera de los tiempos de recreo, no es el momento de entablar con ellas largas conversaciones, en las cuales, más o menos, lo que haremos será contar la última contrariedad, la últinia dificultad, quien sabe si destrozar la reputación del prójimo o de otra Hermana. Esa sí que es una verdadera falta contra el silencio.

Que cambiemos entre nosotras algunas palabras, me parece necesario. No creo que en la mentalidad actual sea edificante para personas de fuera ver a dos Hermanas que se cruzan sin decirse una palabra fraterna. Que en tal circunstancia pasen juntas uno o dos minutos y darán testimonio de alegría fraternal. Eso me parece muy, muy necesario. Pero fuera de eso, si dentro de las habitaciones de Ia comunidad, en. el dormitorio, en el refectorío, en los pasillos interiores, nos encontramos con otras Hermanas, aun en los momentos que no son. el «gran silencio», sino tiempo de recogimiento, o si estamos juntas. trabajando y las demás guardan silencio o pasan en silencio, tengan cuidado de no interponerse entre ellas y Dios Cuando se pasa la mayor parte de la vida con otras personas, con los de fuera, en conversación continua con los externos, es necesario crear esas zonas de silencio, de tiempo o de lugar, que permitan entrar dentro de sí unos minutos y restablecer en el alma un contacto con Dios. No nos interpongamos, pues.

Recuerdo a unas Hermanas jóvenes que no podían ver a otra en silencio con un aire poco serio, sin inmediatamente rodearla, preguntarle qué le pasaba… Era su caridad fraterna la que les impulsaba; pero era interponerse entre Dios y el alma. No podemos imponernos así a los demás todo el tiempo. Por supuesto, no se trata de que dejemos a una Hermana que pasa por una gran pena sin decirle una palabra de consuelo. Ahora, en la vida diaria, si una Hermana está un poco triste en determinado momento, si guarda silencio, dejémosla en paz. Si quiere estar callada, que se calle. En ese tiempo de silencio, el Señor va sin duda a hablarle, a decirle algo más importante que lo que nosotras pudiéramos decirle. En Comunidad tenemos que guardar un respeto a la vida de los demás, y creo que respetar los silencios de nuestras Hermanas es uno de los actos de caridad que podemos hacer. Si en ese momento no le ofrecemos la ayuda humana que queríamos ofrecerle (quién sabe si equivocándonos en cuanto al alcance y calidad de nuestra acción personal), el Señor lo hará por su parte y le dirá lo que nosotras no somos capaces de decir.

Tendríamos que hablar de las mortificaciones previstas por la Regla, que ahora están reducidas a muy poca cosa: el ayuno. ¿A qué podemos llamar ayuno actualmente? Sólo han quedado dos días en el año. En la última Asamblea, hemos tenido empeño en que se conservara el gesto de desayunar de pie los viernes y de suprimir algo en la cena de ese día. Que por lo menos quede ese signo. Porque es un signo más que una realidad. Pero hay que hacerlo. Mantiene y hace patente nuestra voluntad de privarnos de algo por amor de Dios.

Terminaré diciéndoles que la fidelidad al deber y especialmente al trabajo es como una mística en nuestro tiempo, pero forma parte inherente de lo que podríamos llamar la mística de la vocación. Tenemos que comprender que, como la mayoría de nuestros hermanos los hombres, estamos insertas en una condición de trabajadoras, más o menos acentuada según el quehacer que es el nuestro, pero real.

Muchas de nuestras Hermanas tienen que soportar esa condición y ofrecérsela a Dios de continuo. A veces se dice: «Las Hermanas están sobrecargadas, las Hermanas llevan una vida inhumana, las Hermanas hacen esto o lo otro». Es uno de los grandes reproches que se dirigen actualmente a las religiosas. Se les dice: ¿Cómo quieren ustedes que las jóvenes se dejen entusiasmar por la vocación, que quieran hacerse religiosas cuando ven la vida que llevan ustedes? Y yo me pregunto: «¿No es acaso la condición de todas las personas en la hora actual?» Yo quisiera que me citasen una persona del mundo que no estuviera sobrecargada; no tenemos más que mirar a nuestro alrededor. ¡A cuántas personas, ya intelectuales, ya trabajadores manuales, no les da un infarto! Creo que no pasa una semana sin que ocurra. ¡Cuántas mueren en edad relativamente joven o se ven alejadas de la actividad durante meses por depresiones nerviosas!… etc. Y es que la vida actual (bien a pesar nuestro) impone a todos un ritmo absolutamente inhumano. No puede compararse (las personas mayores lo dicen) el ritmo de la vida que existía antes de la guerra de 1914 con el ritmo de vida actual. Es de la noche al día. Por el hecho mismo de los progresos técnicos, llegamos a algo superior a las fuerzas de la naturaleza humana, que la oprime, la disgrega, pesa sobre ella.

Comprendamos y sepamos contestar que no se trata de algo exclusivo de las religiosas, sino que, con todo el mundo, padecemos las condiciones de la vida de hoy. Hay que saberlo. Nosotras, superioras, somos responsables de reducir el exceso tanto como nos sea posible; y aceptar lo imposible de solucionar. Pero tenemos la responsabilidad de disminuir la sobrecarga en la medida en que podamos. Una vez establecido esto, frente a lo que no puede cambiar, aceptemos el hallarnos en las mismas condiciones que los trabajadores con quienes convivimos. Pienso que ésta es una de las grandes semejanzas que podemos tener con los obreros, que son los pobres de nuestro tiempo. Con ellos hemos de soportar esas condiciones de vida a veces tan duras de llevar. ¡Cuántas Hermanas nuestras, al igual que los obreros y trabajadores, soportan ese ritmo de vida tan penoso, soportan a jefes no religiosos sino profesionales, se enfrentan con la dificultades de la colaboración en equipo, tienen que tolerar a las personas a quienes se dirigen, personas con malos modales que a veces las insultan y, además, tienen que soportarse a ellas mismas condicionadas por todo eso! Sí, tenemos que comprender que ese trabajo, que todo eso que compone nuestra vida al servicio de los pobres, es nuestra primera mortificación.

Pero no lo tomemos como condiciones malas, que hemos de rechazar. Tomémoslo como la forma de ascesis que el Señor pide de nosotras y digámonos que todas esas dificultades (ya sea la del exceso de trabajo, ya la de la tolerancia de los que están por encima de nosotras: jefes, administraciones, patronos, colaboradores religiosos, sacerdotes, laicos y otros) forman nuestra verdadera ascesis, la mortificación de la vida de una Hija de la Caridad.

Pienso que es una de las convicciones más importantes que hemos de tener y de enseñar, sabiendo que no son algo marginal a nuestra vida.

«En» nuestra vida misma de trabajo al servicio de los pobres es donde debemos dar continuamente a Dios la prueba de nuestro amor, de nuestra preferencia por El sobre todo lo que es puramente humano.

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