Susana Guillemin, H.C.

Mitxel OlabuénagaBiografías de Hijas de la CaridadLeave a Comment

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Author: Lucía Roge, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Sor Susana Guillemin murió en plenitud a los 62 años, el 28 de marzo de 1968.

Para aquéllos y aquéllas que no la conocieron o que la conocieron poco, parece bueno precisar en primer lugar que la Madre Guillemin fue ante todo y en todo su ser una Hija de la Caridad según el corazón de los Fundadores. Toda su persona, en efecto, respondía a la vocación y se adhería profundamente a sus exigencias.

Con una fuerte influencia en la vida religiosa y eclesial de la etapa providencial del Vaticano II, fue nombrada auditora en el mismo al comienzo de la tercera sesión, y contribuyó profundamente a la renovación de la vida religiosa femenina. De una manera particular, por su personalidad y por su cargo, promovió y animó la renovación personal y comunitaria de las Hijas de la Caridad.

Era «grande» en la plena acepción de la palabra. Se imponía por una dignidad y reserva en sus actitudes, a la vez que por la discreción y modestia de su comportamiento. Su mirada iluminaba el rostro y revelaba a la persona unida sin cesar a Dios: un bello mirar profundo, recto, atento y perspicaz, bondadoso.

Su acogida era siempre sencilla, a veces reservada, siempre cálida sin embargo, en cuanto quedaba establecido el primer contacto. Rápidamente, se encontraba uno con ella a nivel de relaciones humanas impregnadas de confianza.

La humildad verdadera, sin encogimiento ni evasión, la caracterizaba, ya que su naturaleza profunda todo lo atribuía a Dios. «Ahora ya no puedo dudar de que yo no soy nada y de que Dios lo lleva todo«, escribía en diciembre de 1963, con motivo de unos acontecimientos relacionados con la Compañía. Consciente de los peligros que puede encerrar la satisfacción de la vanidad, sabía descubrirlos para sí misma.

Me viene un recuerdo… el de un Congreso de Religiosos: varias conferencias se daban al mismo tiempo, y las Religiosas se distribuían según los temas. Ella era una de las conferenciantes, y yo gozaba porque iba a escuchar a mi Hermana Sirviente. Mi sorpresa fue muy grande al oír que me decía era preferible que asistiera a otra conferencia… Y añadió esbozando una sonrisa: «Renuncio a quedar bien delante de usted«.

Buscar ante todo la gloria de Dios, no atribuirse nada a sí misma, vivir con gran pureza de intención al servicio de Cristo en los Pobres… así es como todo su ser realizaba —sus más íntimos pueden dar testimonio de ello— la armonía entre la vocación y la vida. Sus exigencias eran fuertes respecto de la verdad, la misericordia y la justicia. Para ella, humildad y verdad, eran inseparables. Por eso, no podía tolerar que se alterase la verdad en su presencia, como tampoco aceptaba las insinuaciones ni acomodos. En estos casos, ella sabía admirablemente dar a entender que no estaba de acuerdo. Para suavizar y excusar esta incapacidad «para la componenda», una sonrisa constituía su primera respuesta: luego, expresaba tranquilamente las convicciones fundamentales, con apreciación de los compromisos necesarios, de las opciones que habría que tomar y los medios oportunos para permanecer fiel.

En lo íntimo de sí misma, explicando decisiones y comportamientos, existía un sereno dominio de sí, derivado de su Fe, y una energía constante y optimista traducía su Caridad ardiente y aquel fervor apasionado, contenido, que revelaba a veces una expresión fugitiva.

Tenía una capacidad extraordinaria para realizar lo que había proyectado, incluso a partir de las bases más precarias, a menudo con medios irrisorios. Cuando estaban en juego el bien de la Compañía, la renovación de la vocación de la Hija de la Caridad Sierva de los Pobres, para hoy, necesariamente tenían que vencerse los obstáculos. Había en ella una especie de prudencia audaz, arraigada en la Fe y cierta convicción, que se comprobaba sin cesar, de que con una reflexión madurada ante el Señor, apoyada en un amor confiado, ninguna realización era imposible. Muchos recuerdos podrían ilustrar esta afirmación…

Sabía también suscitar el interés por todo lo que concierne a la evangelización, abrir sin cesar nuevas perspectivas, lograr que cada uno diera todo el potencial de los dones recibidos. Más todavía, su Fe profunda, alimentada en la oración regular, su adhesión a la Compañía y a los Pobres, su sentido de lo real, han hecho de ella un verdadero guía espiritual.

Esquela de sor Susana Guillemin, aparecida en el diario ABC el 29 de marzo de 1968

Esquela de sor Susana Guillemin, aparecida en el diario ABC el 29 de marzo de 1968

En ella se hallaban reunidas: la sierva de Cristo en los Pobres, la mujer de reflexión, la organizadora, el ama de casa hasta en los detalles de la vida doméstica, y también, la mística unida sin cesar a su Dios.

«He recibido una gracia… He comprendido con claridad meridiana que el trabajo sobre la Comunidad y para la Comunidad no es ni nunca podrá ser obra de nadie en particular. Es obra de Dios y únicamente de Dios. Y yo he entrado en ese trabajo, porque Él lo ha querido, pero es Su Obra y no la mía la que hago. Por eso, a menudo he hecho lo que no había previsto y otras veces no puedo realizar lo que me parecía más razonable. Este pensamiento de obrar según el plan de Dios… me da una confianza infinita. Y comprendo que mi trabajo más urgente es hacerme cada vez más apta para recibir el impulso divino«. (Correspondencia [inédita.) 1958).

En sus textos deseo descubran la amplitud y la actualidad del mensaje que ella nos dejó: es el de una vida teologal que impregnaba una entrega incondicional al servicio de los pobres, al servicio de la Compañía, al servicio de la Iglesia. Ese mensaje es todavía una presencia de unión, de comunión en el seno de la pequeña Compañía, una presencia profética para la Misión. De ahí, que un «Congreso Nacional de Religiosas del campo de Sanidad», doce años después de su muerte, haya podido inspirarse ampliamente en sus escritos.

Y nosotras, sus herederas en línea directa, ¿qué hemos hecho de su mensaje? La invitación a releer sus escritos, constituyen una invitación para continuar la tarea emprendida por ella: en fidelidad a los Fundadores, necesitamos reanimar en nosotras el amor y el don total al Señor de la Caridad.

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