Susana Guillemin: Formalismo y verdad

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .

Publicado en Eco 1965, 165-168


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«Ya llega la hora, y ésta es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad.» (Jn. IV, 23). No se trata aquí de emprender una discusión teórica e inútil sobre el eterno dilema entre la letra y el espíritu. Se trata de saber, en esta hora conciliar en que la Pequeña Compañía se interroga a sí misma, si nuestros actos exteriores son la expresión de nuestras actitudes internas y si nuestra vida se desenvuelve a la luz de la verdad, bajo la mirada de Dios.

La Asamblea que, muy pronto ya, reunirá a nuestras queridas Visitadoras, no tiene otra pretensión que ésta: colocar nuestra vida, la vida de la Comunidad, en la verdad de Dios, y hacia ese único objetivo convergen los tres grandes temas que en ella se van a estudiar:

—  Encontrar de nuevo la Voluntad de Dios sobre nosotras y profundizar más en ella, es decir, descubrir las exigencias de la pureza primitiva de nuestra vocación en la Iglesia y en el mundo de hoy.

—  Ajustar los métodos de formación a ese objetivo fijado de antemano, teniendo en cuenta los diversos ambientes y la mentalidad contemporánea.

—  Revisar y revitalizar las formas y las fórmulas que nos ayudan a vivir nuestra vocación y a manifestarla.

Un gran esfuerzo hacia la verdad distingue a nuestra época, y si bien una parte del mundo está bajo el imperio del Padre de la mentira, ha surgido en él, lo mismo que en la Iglesia, una poderosa corriente que impulsa a dejar de lado lo meramente convencional para encontrar la realidad esencial de todas las cosas. Vemos así desaparecér poco a poco, con gran provecho de la verdad, todo un mundo de apariencias que la escamoteaban o la deformaban más o menos.

El mismo movimiento, alimentado con el esfuerzo de cada una de las Hermanas hacia su conversión personal, se dibuja y acentúa progresivamente en la Comunidad.

Las generaciones que nos han precedido, concedieron la mayor importancia a los gestos exteriores, a la práctica literal de prescripciones que regulasen minuciosamente los menores detalles de la vida. Pero no por ello hay que acusarlos, como se inclinarían a hacer mentalidades poco reflexivas, de formalismo, o, peor aún, de fariseísmo. Aun cuando hubiese individuos aislados aferrados a la letra, limitándose a una observancia exterior desprovista del espíritu que la vivificaría, el resto, que constituye la gran mayoría, animaron sus gestos cotidianos con esa luz de fe que les confería un valor auténticamente sobrenatural.

La generación actual, tan entregada al culto de la verdad al desnudo, desconfía de toda actitud impuesta o convencional. Acostumbrada por su educación a someter todo a una crítica previa antes de adherirse a nada, terriblemente preocupada de garantizar la lealtad de sus actitudes con una absoluta libertad de expresión, su formalismo específico consistirá precisamente en suprimir toda fórmula. Es evidente que no hemos de juzgarla por eso rebelde e indisciplinada, ya que, si puede haber algunas que, por debilidad de carácter se evadan de toda norma que coarte su capricho, la inmensa mayoría busca con valor lo que debe constituir la expresión leal y el auténtico apoyo de una vida interior profunda.

La actitud exacta no se encontrará ni en el imperio de las minucias formales ni en su radical supresión, sino cuando se consiga que la forma responda exactamente al espíritu, la expresión a la realidad profunda. Librarse del formalismo es vivir de acuerdo con la verdad, vivir en la verdad, tanto en nuestras relaciones con Dios y con nuestros hermanos, como en la práctica de la Regla y los Votos.

Si hay un campo de donde debiera desterrarse el menor asomo de formalismo es el de nuestras relaciones con Dios, y, sin embargo, ¡cuántas veces nuestro estado interior está en completo desacuerdo con las fórmulas que nuestros labios pronuncian! Si bien es cierto que la debilidad humana no puede evitar absolutamente las distracciones, procuremos, por lo menos, que una rectitud de intención previa valorice nuestras palabras; no convirtamos nuestras oraciones en un ejercicio que se cumple por deber; sepamos, por el contrario, hacer dr ellas una búsqueda viva del Dios vivo.

«No se trata, decía Juan XXIII, de la repetición mecánica de fórmulas, sino del medio irremplazable de ponerse en contacto con el Señor, de comprender mejor la dignidad de Hijas de Dios, Esposas del Espíritu Santo, el dulcis hospes animae, que habla a quien sabe escucharle en medio del recogimiento».

¿Y qué decir de las relaciones con nuestros hermanos? ¿Cuántas veces nos contentamos y quedamos tranquilas dirigiéndoles una sonrisa o una palabra amable, mientras quizá cultivamos una actitud intelectual crítica y severa hacia las menores faltas y gestos de los demás? Hay actitudes de amabilidad aparente que, precisamente por ser ficticias, levantan una barrera invisible entre los corazones y matan la verdadera caridad. Ofrezcamos a los que nos rodean, y de manera especial a nuestras Hermanas, el homenaje de una actitud auténtica, verdadera, pero con esa verdad de Cristo que emana de la caridad. Hay otro género de formalismos, extraordinariamente sutil, que caracteriza marcadamente a nuestra época: consiste en blasonar de ciertas posturas ideológicas actualmente de moda, o aún de las tradicionales (prioridad de la evangelización del mundo obrero, preocupación por los pobres, etc…), en contentarse con expresiones y palabras en boga, dejando resbalar todo su significado profundo.

Sería fácil, pero inútil, detallar todos los aspectos de nuestra vida religiosa amenazados por el formalismo: prescripciones de la Regla, práctica de las virtudes y de los votos, frecuencia de Sacramentos, etc… Sólo nos preservaremos de él si buscamos lealmente una actitud de autenticidad plena en nuestros pensamientos, palabras y acciones.

¿En qué consiste concretamente ese formalismo, tan temible para todas las almas religiosas, para todas las Congregaciones, ese formalismo que puede anquilosar, si no se toman precauciones, los mejores impulsos y falsear la autenticidad religiosa?

Consiste en un apego excesivo a la forma, con detrimento del espíritu.

Una Hermana formalista llega a ser en todo «conforme», al menos exteriormente, a un modelo que se le propone o que ella imagina: una compañera, su Hermana Sirviente, sin que ningún avance interior acompañe la transformación externa. Se limita a encuadrarse en un marco determinado, a introducirse en un molde, y adopta, aunque inconscientemente, una apariencía que no responde a su auténtica realidad personal. Es mucho más fácil adoptar la apariencia, «tener el aire» que se desea, que llegar a serlo en realidad, que transformar lo más profundo de su ser, remodelándolo en la lucha diaria. Lo que caracteriza al formalismo es el «desfasamiento» que existe entre las prácticas externas y la intención o disposición interior.

Se encuentran muchas vidas religiosas que, por el singular relieve concedido a las cosas pequeñas, se encuentran casi exclusivamente en una observancia minuciosa y servil de las fórmulas y prácticas. La confusión que reina en su espíritu, les quita la libertad indispensable para obrar de acuerdo con una sana jerarquía de valores: conceden, por ejemplo, la misma importancia a la observancia de un uso que a una exigencia de caridad fraterna, y aún a veces dan la primacía a la primera. En una Comunidad en que reina el formalismo se extingue rápidamente la alegría, un malestar indefinido oprime las conciencias, que, más o menos confusamente, se sienten entorpecidas en su ascensión hacia Dios. La rígida sujeción a las menores prescripciones disminuye la disponibilidad a la gracia, y poco a poco se va estrechando la visión de las cosas, y se corre el riesgo de vivir en la ilusión, fuera de las realidades divinas y humanas.

Las causas de estas desviaciones son múltiples. La primera de todas es la constitución física: hay Hermanas formalistas o conformistas por temperamento. Otras veces la raíz está en la educación recibida: cuando era pequeña se la «enderezó/ más bien que se la educó; se la formó en el sentido de actuar un poco por obligación más que por convicción; se dio, por ejemplo, mayor importancia a una falta de educación que a una falta moral.

Pero ya se trate del temperamento o de la educación, el formalismo es siempre serial y resultado de cierto infantilismo, de falta de formación y de madurez en el plano humano y en el espiritual. Frente a las exigencias de la vocación toma el camino más sencillo: identificarse con un patrón exige menos que responder a lo que pide el espíritu; cuando se encuentra frente a un dilema de conciencia, frente a una responsabilidad que hay que asumir, incluso frente a invitaciones interiores a subir más alto, a buscar lo más perfecto, resulta muy cómodo refugiarse en una obediencia pasiva a prescripciones que regulan el comportamiento exterior, aunque se sepa muy bien que siempre están subordinadas al espíritu que debe animarles: ¡Cuántas veces se nos repite en las Santas Reglas: «con tal de que el servicio de los pobres no lo impida», y otras palabras semejantes! Resulta mucho más cómodo tanto para la Hermana Sirviente como para su compañera, adoptar de una manera pasiva una solución puramente formalista, sin tener en cuenta las circunstancias, más bien que buscar juntas, a la luz de la verdad, el punto de unión entre aquella obligación menuda y que constituye una prescripción puramente literal, y el imperativo de la ley de Dios.

¿Querrá esto decir que cualquier práctica que se nos imponga debe pasar por la criba de nuestro juicio, que todo marco que nos sujete debe considerarse como nefasto, y que no hay que preocuparse de los puntos pequeños de la Regla? Que Díos nos libre de semejante error. Adherirse a semejantes teorías sería ponerse en contra de las enseñanzas evangélicas, del ejemplo de los Santos, y caer en la ilusión. ¿Cómo podemos encontrar el justo medio entre un formalismo que ahogaría el espíritu, y el actuar con una libertad de espíritu mal digerida que destruiría toda regularidad y conduciría al relajamiento?

Esta búsqueda se prolongará durante toda nuestra vida, y no seríamos capaces de llevarla a cabo sin una esperanza apoyada en fervorosa oración: sólo un don de Dios puede darnos luz en este punto. Don de fe viva que ilumine nuestra mirada cuando la dirigimos hacia aquello que constituye el marco de nuestra vida: Reglas y usos, prescripciones diversas; la fe nos hará descubrir el misterio de amor que se oculta en los actos de fidelidad a las cosas pequeñas. Pero ese don es también don de caridad, alma de nuestra vida, y espíritu que debe animar todos nuestros actos. Así aprenderemos, no a repudiar la forma, sino más bien a subordinarla al espíritu y a hacer que el espíritu sea el alma de la letra.

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