El 30 de agosto de 1963, su Santidad Pablo recibía en audiencia en Castelgandolfo a los miembros de la trigésimo tercera Asamblea General de la Congregación de la Misión. Después de haber evocado la memoria de San Vicente de Paúl y recordado «las insignes obras, ejemplos y ministerios que honran no sólo a esta Congregación, sino a toda la Iglesia y que difundieron el esplendor del nombre cristiano también por el campo profano», el Santo Padre exhortó a los Delegados a una «triple fidelidad».
Son tantos los vínculos orgánicos y tradicionales de unión entre las dos familias de San Vicente, que el Santo Padre mencionó de pasada el nombre de las Hijas de la Caridad, y que nos parece podemos, sin incurrir en una temeridad, recoger y meditar nosotras también las palabras del Vicario de Cristo para impregnar con ellas nuestro pensamiento y nuestra conducta.
¡Fidelidad! Palabra de la que nuestro mundo de hoy parece no saber apreciar el valor profundo. ¿Dónde están las fidelidades de antaño, fuerza de las familias cristianas, en las que los esposos se unían en el gozo y en el dolor; garantía de los hogares en los que «amos» y «servidores» observaban recíprocamente hasta la más extremada vejez un compromiso tácito; solidez de las empresas en las que el personal y el patrono se prestaban mutuo apoyo, sin pensar siquiera en una posible separación? Fidelidad a la doctrina de un Maestro… Fidelidad a las propias convicciones… Fidelidad a Dios… Nada tan corriente en la actualidad como la ruptura de los contratos más serios, como el divorcio, los cambios de profesión, de patria, de opiniones, como el abandono de toda religión. La evolución profunda y rápida que agita y transforma el mundo no perdona a nadie: a personas o instituciones, a ningún sector de la vida. La necesidad de los múltiples cambios que todo ello implica, la costumbre de reformarlo todo, de ponerlo todo en tela de juicio, de «reconsiderarlo» todo, destruye en el hombre moderno las raíces psicológicas de la fidelidad. Nosotras mismas, arrastradas por ese irresistible movimiento, obligadas por el deber de adaptarnos al mundo para darlo a Dios, revisamos nuestras posturas y variamos nuestros métodos. Y nos arriesgamos con ello a olvidar que la adaptación no es aceptable si no se lleva a cabo dentro de la fidelidad, y que la evolución de las «formas» tiene que favorecer el nuevo descubrimiento de los valores esenciales.
¡Fidelidad! Esta palabra evoca inmediatamente en nosotras la imagen de Aquel en quien hemos puesto nuestra confianza. Dios es fiel, y su fidelidad constituye el fundamento de nuestra alegría y nuestra esperanza. Dios es fiel porque es la Verdad y su Palabra no puede engañar. Dios es fiel porque es Bueno y su misericordia no puede fallar Dios es fiel porque es Todopoderoso y no hay obstáculo que se oponga a su poder. En el Antiguo Testamento descubrimos la admirable fidelidad de Dios para con su pueblo, que, por su parte, le es constantemente infiel. Y el advenimiento de Cristo, enviado para dar cumplimiento a las promesas del Padre y a las Escrituras, hace brillar a nuestros ojos la plenitud de la fidelidad divina.
¡Cuánto consuelo experimentamos también en saludar a María como a la Virgen Fiel, atenta a la Palabra de Dios, que conserva y medita en su corazón; sumisa a la voluntad divina, amada y reconocida en cualquier acontecimiento, sin exceptuar la subida al Calvario! A imitación de la fidelidad virginal de María, nuestra frágil e inconstante voluntad humana de fidelidad debe esforzarse por responder, en unión con Cristo obediente, a la misericordiosa fidelidad con que el Señor nos rodea y previene de continuo. Es ella, precisamente, esa virtud propia de los santos, la que, con el nombre de perseverancia, nos abrirá un día las puertas del cielo.
Se trata, sin duda, de una fidelidad individual, pero que ha de tener repercusiones comunitarias. Nuestra responsabilidad personal como Hijas de la Caridad va siempre enmarcada en una responsabilidad colectiva. Cada una de nosotras es responsable, desde su puesto y en todos los actos de la vida, de la Fidelidad de la Compañía a su vocación. Y precisamente de esa fidelidad comunitaria era de la que hablaba el Padre Santo.
—»Seguid fidelísimamente las normas de vida legadas por vuestro fundador, que están empapadas de sabiduría evangélica y de imitación a Cristo… Guardad santas e íntegras las leyes ciertas, definidas y canónicas con que esta familia se ha consolidado interiormente..,»
Todo queda dicho acerca de cuanto nos es tan querido: las Santas Reglas, nacidas del espíritu y del corazón de San Vicente, nuestro Fundador, la sabiduría evangélica de sus preceptos; el gran modelo y el gran amor de nuestra vida: Cristo. Y, por último, la sólida estructura interna, esqueleto o armazón de nuestra familia religiosa. Estos valores de ayer que han hecho de la Comunidad lo que es hoy, esperan nuestra fidelidad para seguir produciendo nuevos frutos.
Nuestra fidelidad es la que ha de prolongar y reproducir en el siglo XX, acomodándolos a las condiciones de la época, los rasgos de aquel gran contemplativo, y gran activo a la vez, que fue San Vicente de Paúl, quien nos dejó como herencia la base indispensable para toda santidad: un cristianismo vivido íntegramente. Los que le conocieron vieron en él y veneraron ante todo a «un perfecto cristiano». Se presentó a los ojos de sus contemporáneos no como separado de ellos por prácticas singulares, sino como el Justo del Antiguo Testamento, fiel cumplidor de todos sus deberes para con Dios, con sus Superiores eclesiásticos, su patria y su prójimo. Fue el Sabio, lleno de esa «sabiduría evangélica» que sabe discernir la verdad y lo juzga todo sin pasión. San Vicente fue el hombre del deber de estado. No se santificó a pesar de sus cargos y de su trabajo incesante, sino que la extraordinaria actividad de su vida llegó a ser para él la materia prima de su santidad. Su amor de Dios transformaba en ofrenda y en oración sus gestos o palabras, en tanto que cada uno de sus actos alimentaba y acrecentaba la caridad que ardía en su corazón. De esa acción suya vinculada a Dios de tal manera, brotaba en toda circunstancia como de fuente propicia una oración que llegaba a invadir poco a poco toda su vida y le confería un maravilloso alcance apostólico. Recojamos, por nuestra parte, como es nuestro deber, y tratemos de imitar con toda fidelidad esos tesoros sobrenaturales de oración, de santidad y de gracia.
Ahí está para nosotras la verdad. No busquemos otro secreto para lograr nuestra ascensión hacia el Señor o para difundir a nuestro alrededor su mensaje. Fieles a nuestros Santos Fundadores (porque Santa Luisa fue la xnás admirable y fiel discípula de San Vicente), centremos nuestra vida espiritual en esos dos polos: acción y oración, que constituyen nuestra espiritualidad propia, la que más necesita, por otra parte, nuestra generación. Espiritualidad de «vida plena» que el laicado militante de nuestros días parece descubrir. Por ella nos unimos a esos militantes que trabajan y luchan en su propio medio ambiente para hacer entrar en él a Dios no menos que para llenarse ellos también de vida divina y conservarla. ¡Qué bueno es sentirnos así unidas a los que son los Pobres del mundo moderno! San Vicente nos dice en nuestras Santas Reglas: «serán tratadas como los Pobres que ellas asisten». Por lo tanto, nuestra vida de trabajo debe sernos muy querida, como un medio personal de santificación y como una semejanza con nuestros Hermanos los obreros.
Leamos con atención nuestras Santas Reglas para encontrar en ellas las normas llenas de esa «sabiduría evangélica» de que habla el Santo Padre; saboreémoslas durante nuestra oración, comparémoslas con las orientaciones dadas hoy por la Iglesia y quedaremos admiradas al comprobar la actualidad sorprendente del espíritu que las dictó y que debe ser el que continúe inspirando nuestro deseo de actualización.
— «Asimismo, no cejéis en el afán por conocer y resolver las necesidades de los hombres, en su cuerpo y alma, de las que está aquejado el mundo actual. Mantened los cuidados y buena voluntad para con los pobres, enfermos, abandonados y errantes; que vuestros brazos estén abiertos a las necesidades de cada uno de los hombres y de toda la sociedad y que no falte vuestro afán donde los hombres se esfuerzan por un orden más humano, con dolor y grandes ansias y aun en medio de error.»
Nuestros corazones de Hijas de San Vicente se colman de gozo al leer estas líneas tan llenas de sabor vicenciano. Es el más puro espíritu de los comienzos, el que animaba a nuestros Santos Fundadores, el que les hizo concebir nuestras dos familias Nos parece descubrir en ellas las fuentes que nos dieron origen, el manantial inagotable que nos viene alimentando desde hace más de tres siglos. Si bebemos de esa agua no moriremos, porque en ella encontraremos la vida.
«Sed fieles, no cejéis en el afán por conocer y resolver las necesidades de los hombres, en su cuerpo y alma, de las que está aquejado el mundo actual.»
Una de las características más acusadas y esenciales de San Vicente es la de haber estado, por decirlo así, pendiente de los hombres de su tiempo y de haber respondido a sus necesidades con múltiples creaciones. ¿Quién mejor que él ha sabido mirar y comprender las miserias de su época? ¿Quién se ha mostrado más dispuesto a remediarlas? Detuvo sobre sus contemporáneos una mirada clarividente, de campesino acostumbrado a calcular la probable cosecha, pero también una mirada ilustrada por la presencia interior de Cristo. Y así descubrió el gran abandono espiritual del campo, la miseria de los Pobres, la compasión de los niños expósitos, el horror de las mazmorras, la tristeza de los hospitales. Día tras día observó las miserias y percibió las llamadas de las circunstancias; permaneció atento a las necesidades de los hombres y a los acontecimientos en los que descubría el signo de la Providencia, siempre dispuesto a trabajar, a actuar. Precisamente a esa atención y a esa disponibilidad debemos el ser.
Y ahora es deber nuestro seguir ese mismo camino. Nosotras también tenemos que detener sobre nuestra época la mirada de amor de los dos grandes Santos, nuestros Fundadores. Tenemos que descubrir, como ellos lo hubieran hecho, la gran calamidad de los hombres, nuestros contemporáneos Fuimos creadas para responder a las «necesidades actuales» y remediarlas, no lo olvidemos. La nuestra es una vocación de «actualidad» y viviremos en tanto seamos fieles a ella. San Vicente no quiso encerrarnos en los moldes de una obra determinada, sino que su intención fue la de que estuviéramos atentas a los que sufren en su cuerpo o en su alma para servirles en sus necesidades.
«Que nuestros brazos estén abiertos a las necesidades de cada uno de los hombres y de toda la sociedad» requiere de nosotras una actitud interior hecha de atención, de vigilancia constante a los que nos rodean, de renuncia a nuestra manera de ver y a nuestros prejuicios, de humildad de espíritu que nos prepare a escuchar y a recibir mucho más que dar. Miremos en torno nuestro el mundo del trabajo, el mundo de los enfermos o el de la juventud; conozcamos los grandes problemas que varían según las regiones en que estamos establecidas. Las necesidades de los Pobres de nuestros días son ante todo de orden espiritual: la falta de fe se está generalizando; las hay también de tipo material, que provienen de un orden social defectuoso.
Nuestra respuesta a todas esas necesidades debe darse en dos planos:
— Un esfuerzo personal para convertirnos en esas obreras apostólicas que esperan las masas descristianizadas; llenas de Cristo para podérselo dar; cercanas a ellas para que nos comprendan. Precisamente en este sentido se nos pide el doloroso sacrificio de nuestro Santo Hábito.
— Después, una revisión de nuestra acción: no nos desviemos en la creación de obras nuevas, que nos tientan porque se nos presentan brindándonos facilidades económicas y resultados exteriores de tipo estadístico. Nuestro puesto está junto a «los pobres, los enfermos, los abandonados o extraviados». Que el Señor nos conserve el amor a ellos y nos facilite los medios para poderles atender.
Esta cercanía de los pobres exige también de nosotras una comprensión del esfuerzo colectivo desarrollado por los militantes obreros u otros con miras «a instaurar un orden más humano». Tenemos la obligación terminante de conocer la doctrina de la Iglesia en materia social y de seguir su pensamiento o directrices cuando se produzcan acontecimientos (huelgas, luchas sindicales u otros) que afecten al sector en que trabajamos.
— «Mostraos siempre asiduos y ejemplares fieles de la Iglesia católica a la que es preciso que siempre estimemos, amemos y ayudemos como hijos, soldados, apóstoles y santos.»
Sería muy fácil encontrar en los escritos de San Vicente su preocupación y deseo constantes de servir y sostener a la Iglesia. En cuanto a nosotras, la época del Concilio en que vivimos favorece un conocimiento más exacto de lo que es la Iglesia y de lo que debemos ser en ella. Nunca llegaremos a apreciar bastante lo que es vivir en un tiempo tan fecundo en gracias de renovación y unidad en el seno de la Santa Madre Iglesia.
¡Qué culpables seríamos si no recogiéramos cuidadosamente la enseñanza que se nos dispensa en este tiempo con tan amplia prodigalidad!
Vivamos las enseñanzas del Concilio; sigamos con atención y con un espíritu abierto la marcha de la Iglesia hacia su renovación. Imitemos a la Virgen, que conservaba y meditaba las palabras de su Hijo. Preparemos nuestro corazón para una adhesión leal a las decisiones del Concilio que pudieran afectarnos; pero preparémosle sobre todo para que entre en la senda que nos trazan los trabajos de los Padres Conciliares, encaminados a lograr una Iglesia más cercana a la humanidad, una Iglesia de los Pobres.
Vivamos en Iglesia en cada una de nuestras Casas, pequeñas o grandes. Llevemos a cabo nuestra acción en un clima de sumisión a las autoridades eclesiásticas y de unión con las personas u organismos que constituyen nuestra Iglesia local; tengamos empeño en participar en la vida de la Iglesia, en servirla, en ofrendarle lo que somos y lo que hacemos. Nuestra fidelidad de cada día, tan meritoria, resulta a veces poco visible y siempre se ve rodeada de dificultades; pero a pesar de todo tiene que permanecer intacta e inquebrantable y ser perseverante. Cuando nos invada la tentación de desaliento porque los resultados son pocos y no se aprecian, levantemos los ojos y consideremos con corazón humildemente agradecido lo que aporta a la Iglesia la suma de nuestras pobres pero fervientes fidelidades diarias.
Tomemos conciencia de la multitud de lugares, en todo el mundo, en los que nuestras modestas Comunidades locales implantan la Iglesia y trabajan por ella. Pensemos en todas las almas que día tras día entran en contacto con Dios y con la Iglesia porque nosotras, pobres Hijas de la Caridad, a pesar de nuestras deficiencias y faltas, continuamos trabajando en su servicio y esforzándonos en presentarles a Cristo. Demos gracias a Dios por permitir a nuestros Misioneros que lleven el Evangelio a los que no le conocen, desde multitud de puestos de Misión, que aumentan de continuo. Pensemos en nuestras Hermanas de los países del silencio, que bajo la opresión y el yugo de cada día gracias a su fidelidad callada, mantienen viva la Iglesia y a Cristo presente. En cada país, la Compañía ofrece todos los días una fidelidad distinta pero en consonancia con la situación local.
Que el Señor nos conserve en esa fidelidad y nos haga crecer en ella, que nos enseñe a acomodarla a los tiempos presentes y a las distintas situaciones en que nos encontramos. Que infunda en nosotras el espíritu que alentó nuestros comienzos e inspiró la conducta de nuestros Santos Fundadores: espíritu impregnado del más puro cristianismo y de la actualidad más viva, y que, con el Santo Padre, podemos resumir en estos términos:
— Fidelidad a Cristo y al espíritu evangélico.
— Fidelidad al conocimiento y al servicio de los Pobres de hoy.
— Fidelidad a la Iglesia.
¿Es éste el espíritu de San Vicente o es la exposición del espíritu que lleva a la Iglesia hacia su renovación? Bendigamos al Señor porque, para nosotras, la fidelidad se confunde con la «adaptación».








