Susana Guillemin: El cargo de la Hermana Sirviente en la Iglesia

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

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Quisiera (con riesgo de repetir lo que ya he dícho) hablarles una vez más de lo que caracteriza su cargo de Hermana Sirviente. Saben muy bien que vivimos en un mundo en el que no se puede considerar ya nada de manera aislada. Todo se relaciona con determinados «conjuntos». Puede decirse que ya no existen situaciones puramente locales. Todo se inscribe ahora en un plano internacional.

Pues bien, esa unión con el gran conjunto que es la Iglesia —si podemos expresarnos así— no constituye un fenómeno nuevo por lo que se refiere a su cargo de Hermanas Sirvientes. Desde siempre, cualquier cargo de autoridad, por pequeña que ésta sea, ha estado unido directamente a la Iglesia. Pero ahora, con la reflexión conciliar, se ha puesto más en valor esa dimensión, de Iglesia que tiene todo puesto de autoridad ejercido en su seno. El cargo de Hermana Sirviente —aunque sólo lo sea de una casa muy pequeña, muy poco numerosa, muy poco importante en cuanto a su influencia— no puede situarse, no puede considerarse debidamente si no es dentro de la Iglesia, encuadrado en los designios de Dios.

Cito el Decreto Perfectae Caritatis: «En su Cuerpo, es decir, en la Iglesia, Cristo dispone de continuo los dones de los ministerios por los que nos comunicamos mutuamente, gracias a su virtud, los servicios necesarios a la salvación».

Podríamos releer esta frase palabra por palabra, meditarla, penetrarnos de su contenido para saborearlo en su pleno significado. Lo mismo tendríamos que hacer con todos los textos conciliares. desgranarlos frase por frase para extraer todo su jugo, para comprender todo su sentido. Las expresiones se han reducido todo lo posible, pero se han reducído en torno a ideas esenciales que se han destacado lo más posible y que nos ofrecen la verdadera doctrina de la Iglesia. •

Les aconsejo que durante sus ejercicios mediten estas frases que les cito. La primera, tan hermosa: «En su Cuerpo, es decir, en la Iglesia, Cristo dispone de continuo…» Constantemente estamos hablando de las Hermanas Sirvientes… Vayamos a lo concreto: no son palabras abstractas que se quedan en el aire, sino que se aplican a personas determinadas, en este caso, a ustedes mismas. En su Cuerpo, Cristo dispone de continuo los dones de los ministerios por los que nos comunicamos mutuamente… Los ministerios se dan para el bien común. «Nos comunicamos mutuamente». ¿Cómo? Sin duda, no por nosotras mismas, antes bien, «gracias a su virtud», a la virtud de Cristo, es decír, a la gracia de estado, la presencia de Cristo en la autoridad.

Gracias a su virtud, nos comunicamos mutuamente los servicios necesarios a la salvación, no sólo a nuestra propia salvación ni a la de nuestras compañeras, sino a la salvación de todos .los que nos rodean, con los que convivimos y hacia los que tenemos algún deber para llevarlos a Dios, para presenciarles al Señor. Esta primera fase es muy hermosa.

Ya les he dicho que el cargo de Hermana Sirviente no puede considerarse sino en la perspectiva de la Iglesia. El nombre de Hermana Sirviente ha sido, no cabe duda, inspirado por Dios a San Vicente quien, por lo demás, lo copió sencillamente del que lleva el Sumo Pontífice: Siervo de los Siervos de Dios. Nosotras, somos las siervas de las siervas de los Pobres. El nombre ha sido legitimado por el Concilió.

En el artículo que se refiere a la obediencia, se dice: «Los Superiores, por su parte, que han de dar cuenta a Dios de las almas que les han sido encomendadas, dóciles a la voluntad de Dios en el cumplimiento de su cargo, ejercen su autoridad con espíritu de servicio a sus hermanos, de suerte que expresen la caridad con que Dios los ama».

Con sólo estas dos frases, tendrían ustedes amplia materia para meditar durante sus ejercicios de Hermanas Sirvientes, sean éstos los primeros que hacen o bien se añadan a muchos otros.

Si nos fijamos en el contenido de ese texto, notamos en primer lugar la frase «dóciles a la voluntad de Dios». El cargo de Hermana Sirviente es la manifestación de una voluntad del Señor hacia cada una de nosotras. No es sólo una necesidad del gobierno de la comunidad, una necesidad de la administración; significa algo mucho más profundo en la historia de nuestra alma y de nuestras relaciones con Dios: es una V oluntad personal, manifiesta, concreta de Dios sobre nosotras.

El señor ha querido que cada una de ustedes aquí presentes recibiese esa carga de Hermana Sirviente, que estuviese encargada de ejercer ese ministerio con los demás, porque es un mínisterio. No hay que considerarlo como algo sobreañadido a su vida. Forma parte integrante de su vida espiritual, de su caminar hacia Dios.

Es una segunda vocación. Así hay que recibir el cargo, no como algo que se ha deseado. Pienso que, en general, no se desea; el peligro de apegarse a él viene después, cuando se tiene. Es cosa que debemos saber. Nos apegamos al ejercicio de la autoridad, quizá a una independencia mayor. El apego significa que no se ha interiorizado hasta el fondo lo que es el cargo: no se han visto sus escollos y dificultades, y se corre el riesgo de querer aprovecharse de él, lo que sería horrible.

El cargo es una voluntad especial de Dios sobre nosotras. Nos llama a eso, con una llamada gratuita, absolutamente gratuita, iba a decir no merecida. Es que el cargo de Hermana Sirviente no se merece, no es una recompensa. Creo que debemos estar convencidas de ello: no es un premio, no es un certificado de buena conducta, no es algo que se nos concede o se nos da tras haber cumplido bien nuestros deberes.

La mayoría de las veces —me gustaría repetirlo porque es muy cierto— la mayoría de las veces cuando se nos confiere un cargo cualquiera, desde el más mínimo al más elevado, es porque no se ha encontrado a otra a quien encomendárselo.

Si hubiéramos estado presentes, unas y otras, en los consejos, en las consultas en que se decidieron nuestros nombramientos, sabríamos muy bien que de todas nosotras se dijo: «tiene cualidades para ocupar ese cargo, esperemos que con la ayuda de Dios llegará a desempeñarlo; pero tiene tal defecto, tal deficiencia, tal inconveniente que aconsejarían otra más completa para ponerla al frente del mismo». Eso es lo cierto y tenemos que saberlo, tenemos que mirar de frente a la realidad.

Todas, sin excepción, somos seres imperfectos, incapaces de asumir los puestos que ocupamos, y precisamente en ese punto concreto es donde se asienta nuestra esperanza, porque a pesar de nuestra indignidad, de nuestra incapacidad, de nuestra insuficiencia, el Señor ha querido pedirnos esa prueba de amor, darnos ese cargo, confiarnos ese oficio, porque tiene intención de suplir El mismo lo que nos falta, de ser El quien, a través de nosotras, cumpla su obra.

Cuando nos desalentamos, cuando nos decimos «no puedo, no puedo, son cosas superiores a mis fuerzas, voy a un fracaso», eso procede del orgullo: es que en realidad nos habíamos imaginado que éramos capaces por nosotras mismas y vemos que no lo somos.

Ejercer la autoridad en un plano espiritual, en un plano de cura de almas, no hay nadie en la tierra que sea capaz de hacerlo.

Sólo puede hacerlo el Señor

Por consiguiente, nuestra inmensa confianza, nuestra esperanza absoluta es decirnos: el cargo que tengo me lo ha dado el Señor, porque tiene intención de ser El quien lo ejerza a través de mí y de suplir con su gracia mis deficiencias, insuficiencias y aun mis mismas faltas. Esa es una llamada gratuita, es una vocación, ante la que tengo que inclinarme. Es la voluntad de Dios sobre nosotras, voluntad que tenemos que adorar siempre que se manifiesta, y respondet a ella.

Es una invitación a un amor más grande

Tenemos el texto evangélico que refiere el episodio en que Nuestro Señor confía, a San Pedro, el cargo más importante que pueda darse en la Iglesia. Observemos en qué momento se lo confía: cuando acababa de cometer la falta más grave de su vida, negarle tres veces en circunstancias extremadamente dolorosas. En ese momento el Señor hace de Pedro el siervo de los siervos de Dios, el que debía dirigír el destino de su Iglesia y responder de todos los cristianos congregados en ella. ¿Y qué le pregunta en tales momentos? No va a preguntarle como en otra ocasión «Y tú, ¿quién dices que soy yo?… ¿Tienes fe? ¿Tienes esperanza? ¿Estás dispuesto? ¿Has comprendido mis enseñanzas?» No le pregunta nada de eso, sino: «Simón, ¿me amas? ¿me amas?» Y por tres veces exigirá esa afirmación de amor por parte de Pedro. Sólo en base a ese amor será escogido Pedro (su elección estaba hecha hacía mucho tiempo, pero entonces quedó confirmado en su cargo). Pedro, ¿me amas?

El cargo de Hermana Sirviente es una invitación a un amor más grande. Si no se tiene el corazón lleno de caridad hacia Dios, lleno de caridad hacia las compañeras, yo diría incluso, lleno de caridad hacia todo el universo, hay ahí un grave obstaculo, una enorme carencia. En ese caso, hay que suplicar al Señor nos llene de su amor.

Es una invitación a un mayor amor y también a un mayor sufrimiento

No hay por qué minimizar la cosa. En el lenguanje corriente, solemos decir: «Le han colocado la cruz sobre los hombros». A veces, cuando no se ha llevado esa cruz, no se cree del todo… La cuestión es que así se dice y que cuando se hacen etiquetas con los nombres para los dormitorios o el refectorio, se pone una crucecita junto al nombre de las Hermanas Sivientes. Lo que les caracteriza es la cruz, un sufrímiento suplementario. Porque esa cruz no está sólo en las etiquetas: es un sufrimiento real, que existe, que se da. Y a medida que pasen ustedes años en el cargo, que tengan más experiencia en el ejercicio de la autoridad, se darán cuenta de que la cruz, el sufrimiento es el pan nuestro de cada día y que es normal…

Es la Hermana Sirviente la que debe llevar no sólo sus propios sufrimientos sino los sufrimientos de sus compañeras, los de la comunidad, los que surgen en torno a ella, y .1a vida se encargará de demostrarles que la asimilación de la cruz con el cargo de Hermana Sirviente es algo absolutamente exacto.

Tenemos que prepararnos a sufrir: tenemos que saber que el sufrimiento será nuestro pan cotidiano. Y creo que tenemos que saberlo no para entristecernos, sino para alegrarnos.

¿No creen ustedes que el Se’ñor, a partir del momento en que empieza a ser El también el siervo de sus apóstoles reunidos en comunidad para predicar el Evangelio, no creen que a partir de ese momento empezó también para El su vida de sufrimientos? Sus primeros treinta años debieron de ser, a lo que parece, relativamente felices. Pero a partir ‘del momento en que comenzó a ejercer cierta autoridad, entró de seguro en el sufrimiento. ¡Si pudiéramos detallar todo lo que tuvo que asumir! Cuándo lo leemos, en la liturgia, no nos llama tanto la atención porque sabemos que todo terminó en la Resurrección. Pero si nos detuviéramos a pensar cómo vio el Señor surgir en torno a El la contradicción, la aversión de sus enemigos, la reprobación de los sacerdotes que dirigían enionces la religión judaica, si nos diéramos bien cuenta de toda la mala voluntad, de todo el odio y la incomprensión de que se vio rodeado, veríamos que lo que nosotras sufrimos es bien poca cosa en compáración de lo que El sufrió. Sí, llevar el cargo de Hermana Sirviente es llevar un sufrimiento suplementario.

Debo decir que es también una llamada a la soledad

Hay una soledad que es propia de la autoridad, que procede de ella. Sí cuando se tiene un cargo cualquiera, una quiere deshacerse de esa soledad, hay muchas probabilidades de que la cosa resulte mal, lo que no quiere decir que no se puedan comunicar con normalidad ciertas dificultades a quienes deban estar al corriente de las mismas. Pero por lo que se refiere a la vida diaria, la vida con las que nos rodean —las compañeras— la Hermana Sirviente debe saber vivir en cierta soledad de espíritu. Lo primero es que no puede señalar preferencias entre sus compañeras, dirigiéndose a ésta más bien que a aquella. Después, debe rodear a su comunidad de un clima de serenidad. Tiene que saber cargar con las dificultades sin hacerlas pesar sobre las que conviven con ella, a quienes, por el contrario, debe preservar en lo posible.

El cargo de Hermana Sirviente es una elección gratuita de Dios y también la dádiva de un ministerio

Porque no se es Hermana Sirviente para una misma.

El puesto de Hermana Sirviente, cualquier puesto de autoridad en la Iglesia, no se da nunca en función de la persona. Si no se tuviera en cuenta más que a la persona, no habría que dar «absolutamente» ninguna autoridad, habría que huir de la autoridad. Porque la autoridad es un peligro (de ello hablaré en seguida), hay que tenerlo presente a nuestro pensamiento. La autoridad es un verdadero peligro. San Vicente lo decía: «Hay un veneno que se oculta tras cualquier puesto de autoridad». Por lo tanto, no se nos ha encomendado una antoriclad deterrninada pensando en nosotras mismas Ha sido con miras a una misión, es la entrega de un ministerio que Cristo hace a la Iglesia, un ministerio previsto de tal suerte que llegue a animar ese cuerpo, esa célula de la Iglesia que es la Compañía y esos corpúsculos, esas minúsculas células de la Compañía y de la Iglesia que son cada una de nuestras comunidades locales.

El Señor hace la dádiva a la Comunidad, a cada una de nuestras pequeñas comunidades locales, de ese ministerio, encarnado en la persona de ustedes. Es un ministerio de amor, como ya hemos dicho, un ministerio de amor por el que Nuestro Señor quiere manifestar, hace continuamente presente el Amor que tiene a cada una de las Hermanas, encomendadas a los cuidados de ustedes. El Amor del Señor tiene que pasar a través de ustedes. Esa es su gran responsabilidad. Su primera responsabilidad no es la de mandar, administrar, gobernar u organizar; su primera responsabilidad es la de garantizar la presencia del Corazón de Cristo junto a cada una de las personas que tienen a su lado: Compañeras, pobres, niños, etc.; todos aquellos con quienes tienen que tratar. Indudablemente esa presencia del Amor de Nuestro Señor es lo más importante.

No es sólo un ministerio de amor, es también, a pesar de todo, un ministerio de autoridad.

La Iglesia no es una sociedad anárquica. El Concilio ha despertado ciertas ideas que han sido interpretadas muy erróneamente por algunos. De seguro que han observado ustedes, en gran cantidad de países, que hay grupos que interpretan muy mal las enseñanzas del Concilio, que se imaginan que se tiende hacia cierta anarquía; y eso es absolutamente falso.

Si quieremos saber cómo comprende la Iglesia la autoridad, no tenemos más que considerar lo que ha hecho el Santo Padre con relación al establecimiento del sínodo de los Obispos.

Ya saben que el Papa ha instituido de manera permanente un Sínodo de los Obispos, es decir, un cuerpo constituido de Obispos delegados por cada país, que tienen como misión asistirle en el ejercicio de su cargo. Se reunirán en momentos que ahora mismo no se han fijado con un ritmo organizado, sino cuando se juzgue necesario, para presentarle el punto de vista del universo, en el estudio de las cuestiones que él quiera someterles y para decir, también ellos, lo que piensan debería estudíarse o hacerse.

El Sínodo de los Obispos tendrá sin duda un gran poder representativo, una gran potencia de trabajo, de investigación, de presentación, de expresión de la voluntad y de la opinión del pueblo cristiano y del conjunto de la Diócesis. No tendrá, en cambio, poder de decisión.

El poder de decisión queda reservado a la autoridad. Porque fue a Pedro a quien Nuestro Señor dijo: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Los Obispos estarán presentes para comunicar el pensamiento del pueblo cristiano, pero será el Santo Padre quien tome las decisiones, quien ordene. Esto es lo que constituye la fuerza y la seguridad de la Iglesia toda.

Hay, pues, un ministerio de autoridad que ejercer, pero (parece un tanto contradictorio) no debe ejercerse con autoritarismo: tambíén en esto hay que tomar modelo en lo que hace el Santo Padre, en lo que hace la Iglesia. Fíjense en esa consulta, esa conversación que puede calificarse de fraterna con toda la Iglesia, toda la libertad de acción que ha dejado el Papa durante el Concilio, todo lo que en adelante se hará por vía de consulta, mediante el Sínodo de los Obispos. El Papa se aconseja, escucha, acepta el diálogo, ese diálogo del que tan magníficamente habló en su Encíclica «Ecclesiam Suam». (Es una Encíclica que les aconsejo que lean y vuelvan a leer y meditar, para hacer, en cierto modo, de ella el código de su vida personal y de relación con los demás. No hay, quizá otra que me guste más que esta Encíclica «Eccesiam Suam»; es magnífica).

El Santo Padre entra en diálogo con todo lo que existe en la Iglesia, hasta con todo lo que existe en el mundo; pero, después, es él quien decide. Y con esta actitud de tan gran benevolencia, de tan profunda caridad, de tanta atención e interés hacia el pensamiento de los demás, ha demostrado que sabía llevar con firmeza el timón de la barca de Pedro; ha sabido demostrar que su actitud de escucha no era debilidad, que sabía perfectamente gobernar e imponerse, como es su deber. Así pues, en el cargo de Hermana Sirviente hay un ministerio de autoridad, pero de autoridad ejercida en medio de una gran comunicación con las que nos rodean y a las que tenemos el deber de encaminar hacia Dios.

Es también —el cargo—, podemos decir, un ministerio con miras a la unidad, un ministerio para la unidad. Si mandan ustedes, no es sólo para garantizar junto a cada Hermana la presencia de Dios; es también para que cada una pueda unirse a sus Hermanas de manera más orgánica, si se puede decir así. La Hermana Sirviente es el nudo, el alma, el lugar de encuentro de todas y cada una en el seno de la comunidad. Ese ministerio con miras a la unidad es también una parte muy importante de la funcíón de la Hermana Sirviente. La Hermana Sirviente está ahí para unir a sus compañeras, para reunirlas en un solo cuerpo. En las instrucciones de los días siguientes, veremos cómo va a ser el alma de la vida de sus compañeras, el lugar de encuentro de su vida de oración, de su vida apostólica, de su vida fraterna, etc. La Hermana Sirviente es elemento de unidad, factor de unidad en el seno de su comunidad. Esto es muy importante.

Ministerio de amor, ministerio de autoridad, ministerio con miras a la unidad… todo eso es el cargo que, además, y ésta es nuestra gran seguridad, lleva consigo una gracia particular, llamada gracia de estado.

Creo que rió és necesario detenemos mucho en ello. Creo que, muy pronto, todas han experimentado lo que es la gracia de estado. Cuando una se enfrenta con una dificultad, una decisión que tomar, siempre encuentra la asistencia de Dios.. Ya sea por mediación de una persona que llega a punto para aconsejarnos:para ayudarnos, ya sencillamente por una inspiración directa (no hace falta quo sea mística, aunque sí directa), encontramos la solución a adoptar.

Si miran un poco, y hoy les aconsejo que lo hagan; si echan la vista atrás hacia los meses, los años que llevan de Hermanas Sirvientes, quién sabe si las décadas en el oficio, verán de qué forma se han visto ustedes ayudadas por la gracia de Dios, siempre infínitamente fiel, y también por su presencía. Hace poco me decía una Hermana Sirviente: «Trato de ser fiel tanto como puedo, porque me doy cuenta de que es lo que me atrae la ayuda de Dios. Si no creyera que tenía al Señor conmigo para guiarme en toda circunstancia, no tendría valor para continuar». Es muy cierto.

El señor está con nosotras para guiarnos, ayudarnos en toda circunstancia. Tenemos que apoyar nuestra vida en esta convicción. La gracia de estado se nos da no sólo para nosotras, para que no se pierda nuestra alma en el ejercício del cargo —lo que podría ocurrir: es San Pablo quien dice «no vaya a ser que después de haber predicado a los demás sea yo mismo reprobado». Era la oración que le brotaba a la vista de su fragilidad, su humana flaqueza.

Mantengámonos en ese sentido de nuestra fragilidad, de nuestra propia debilidad, de la dependencia que debemos tener de Dios. Es ahí donde reside nuestra seguridad, nuestra fuerza.

Pero la gracia de estado se nos da también en función de cada alma, de cada una de las que nos están encomendadas. Se nos da en función de la comunidad, de la pequeña comunidad local que tenemos a nuestro cargo y también de la gran comunidad, de la Compañía que es en la Iglesia de Dios el árbol religioso más importante; y pidamos todos los días que sea también uno de los más santos. No tiene mayor importancia el que sea grande, numerosa, extendida por todas partes. Lo que importa es el valor de la santidad de cada uno de sus miembros: por ella es por lo que se juzga a una comunidad.

La gracia se da a la Hermana Sirviente con miras a su propia comunidad y a la Compañía toda. Porque la Compañía está en relación directa con las pequeñas comunidades locales y con cada uno de sus miembros. Y me atrevo a decir sin temor a exagerar que la gracia de estado se da a cada Hermana Sirviente más allá de cada alma, más allá de la comunidad y de la propia Compañía, se le da con míras a la Iglesia. El trabajo que llevamos a cabo no va sólo encaminado a aquellos a los que nos dirigimos directamente, ni siquiera a la comunidad a la que pertenecemos, sino a la Iglesia y a Cristo. Hemos de remontarnos siempre más alto, abrir los ojos de par en par para ver nuestra obra encuadrada en los designios de Dios, en la Iglesia. Es a la luz de esta dimensión como debemos considerar nuestra vocación y la responsabilidad que pesa sobre los hombros de cada una.

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