Y cuando se hacen cargo de la casa que les deja la Hermana Sirviente anterior, pues, ¿por qué negarlo? lo primero que ven son las pequeñas deficiencias, las cosas pequeñas que hubieran podido hacerse de otro modo, incluso los verdaderos errores, más o menos graves, que se han cometido. Por su parte, la Hermana Sirviente que sale acaso se diga a sí misma lo que ustedes están viendo… Es nuestra condición humana, por lo demás, la que lleva consigo el no poder alcanzar nunca la perfección que buscamos, no ya la que deberíamos tener, porque eso es imposible; pero ni siquiera la perfección por la que nos es posible afanarnos.
La primera reflexión que hacer frente al cargo de Hermana Sirviente, es la de que necesitamos formarnos continuamente para él. Siempre tendremos motivos para tratar de ser diferentes de lo que somos, si queremos responder a las exigencias del cargo. Y si queremos ver de forma algo concreta lo que es ese cargo, empecernos por detallar lo que no es, los errores de apreciación en que podría caerse con respecto al mismo.
Cuando se las llama para confiarles una patente, tienen según el temperamento de cada una, diferentes reflejos. Hay que decir que, por lo general, una Hermana a la que se llama para confiarle el oficio de Hermana Sirviente no suele tener un reflejo de alegría, porque demasiado tienen visto que no se trata de algo envidiable, sino de algo que lleva consigo muchas dificultades y muchos sufrimientos.
Sin embargo, dada nuestra naturaleza humana, corremos el riesgo de tener unos reflejos, más bien interiores que exteriores, que nos harían tomar el puesto de Hermana Sirviente por lo que no es, y emprender, por ello un camino, tomar posiciones que no serían correctas.
El cargo no es un honor
Nunca lo ha sido en la mente de los Superiores que se lo imponen a una Hermana, y no ofrece motivo alguno para enorgullecerse. No nos coloca en una situación de superioridad personal. Hay una gran diferencia entre superioridad y autoridad. Veamos, de paso, la sabiduría de San Vicente al no querer que en la Compañía las Hermanas ostentaran el nombre de superioras, sino simplemente el de Hermana Sirviente. No, en virtud de la patente, no nos hallamos instaladas en una posición de superioridad. Somos —y en lo íntimo de nuestra alma y de nuestro pensamiento debemos reconocerlo así— una Hija de la Caridad como las demás pero que ha de soportar encima el peso del superiorato.
El cargo de Hermana Sirviente no es tampoco una recompensa
No se trata de un premio que de pronto se les adjudica porque han cumplido bien el tiempo de su formación, cuatro o cinco años antes de los votos, y después han sido Hermanas ejemplares, admirables en el ejercicio de su ministerio. Y entonces se dice: aquí está la recompensa, vamos a premiarla. Instintivamente corremos el riesgo de abrigar ese pensamiento, de decimos: bueno no lo hecho muy mal, tienen confianza en mí y por eso se me otorga el puesto de Hermana Sirviente…
Pues bien, voy a decirles sencillamente que, la mayoría de las veces, si unas y otras ocupamos tal o cual puesto, si se nos ha encomendado éste o el otro cargo, es porque no se ha encontrado otra. No crean que estoy exagerando al decir esto: es completamente cierto, y estoy convencida de que si se examinan atentamente las cosas, se da uno cuenta de que es así; porque si se quisieran detallar todas las cualidades que debería tener una Hermana Sirviente, si se expusieran todas las responsabilidades que pesan sobre ella, todos los puntos de los que debe responder —en cuanto a las Hermanas y en cuanto a la casa—, es completamente cierto que ninguna Hermana posee el conjunto completo de cualidades que tendría que reunir para desempeñar el puesto de Hermana Sirviente. No es ninguna exageración lo que estoy diciendo sino la simple verdad. Nosotros, pobres humanos, nos hallamos siempre por debajo de la tarea que se nos encomienda y nunca somos plenamente lo que debiéramos.
Estos pensamientos no son los de una humildad extraordinaria; responden simplemente a la realidad ante la que nos tenemos que situar. Sin embargo, no sería tan difícil que se apoderara de nosotras la ilusión de creer que se nos ha dado el cargo precisamente porque tenemos todas las cualidades necesarias. No es cierto. Si se nos ha dado el cargo, es porque hace falta dárselo a alguna. Ni más ni menos. Y nos han escogido, claro, después de pensarlo, de reflexionar, de orar; pero no digamos que somos capaces de responder, porque sería absolutamente falso, sería una tremenda equivocación.
El cargo no es, ni mucho menos, una situación de poder
Hay un instinto grabado en nosotros: es el instinto de posesión. Eso es mío. Poseer. Desgraciadamente, ese instinto llega a su plenitud muy cierta con la edad precisa o aproximada a la que se suele dar la patente a una Hermana, entre los 35 y los 45 años. Ese es el momento en el que el instinto de posesión alcanza su mayor fuerza en la naturaleza humana. En ese momento, se sale de un período de formación en la obediencia —período de sujeción— que a veces, ha sido muy costoso a la naturaleza, pero que ciertamente se ha aceptado y practicado por amor de Dios. Al llegar en ese momento clave, la patente de Hermana Sirviente hace correr el riesgo de sentir como una especie de liberación, de producir un reflejo en sentido contrario. Se sale de una posición de sujeción y se pasa súbitamente a una situación de autoridad. ¡Qué peligro, entonces, de caer en la falta, el pecado de la posesión! Esta casa es mía. Tengo unas compañeras. Tengo unas obras a mi cargo, un presupuesto, unos fondos; tengo unas almas que me rodean y de las que respondo ante Dios… Y todo eso se hace algo personal.
Se da una especie de satisfacción interior, de posesión, de poder, de posibilidad de acción, que pudiera llegar a desvirtuar el concepto real que debe tenerse del cargo, a hacernos adoptar posturas completamente equivocadas en el ejercicio de la autoridad; que puede también —y es lo más grave— echar a perder el beneficio espiritual de lo que estamos haciendo y dejarnos ante Dios con las manos vacías.
Lo primero que debe proponerse una Hermana Sirviente al recibir el cargo, cuando ha tenido un poco de tiempo para poder reflexionar, es desprenderse de continuo de ese instinto de posesión. Y no creamos que se consigue de una vez para siempre. No basta con haber hecho oración un día y haberse dicho: «sí, estoy convencida, soy una mera depositaria». No creamos que con eso está todo hecho, porque la naturaleza está ahí, reclamando siempre sus derechos, precisamente en ese sentido de la posesión, del poder, de la autoridad.
Tenemos que desprendernos todos los días; tenemos que tener, todos los días, los ojos abiertos para darnos cuenta de que poseemos a esa compañera, o a tal persona con la que nos relacionamos, que poseemos el dinero que se nos confía. Obramos bajo el impulso de un instinto de poder, de una especie de «borrachera de autoridad». La palabra es un poco fuerte, pero si se examinan bien, se darán cuenta de que eso existe en todas las naturalezas y que, a veces, se siente uno arrastrado a obrar bajo tal impulso. Es un gran peligro del cargo: la posesión, el poder. Poseer y obrar por el placer de imponerse.
San Vicente decía que había en el ejercicio del cargo un veneno sutil, y que aun a los mejores les costaba guardarse de él. Creo que ese veneno sutil es precisamente ese deseo de poseer, de imponerse, de dirigir.
No deberíamos dejar pasar un solo día de nuestra vida sin estar en guardia, a lo largo de él —no sólo en la oración de la mañana—, para que en ninguna de nuestras acciones, en ninguna de nuestras decisiones, en ninguna de las posturas que adoptemos se introduzca nunca ese instinto de autoridad, de posesión, instinto tan fuertemente arraigado en lo más profundo de nosotras mismas.
Bien. El cargo no es, pues, un honor, no es una recompensa, no es un puesto de poder.
Tampoco es el cargo un privilegio inalienable
Y en esto también tenemos que insistir y grabarlo en nuestra mente.
Por lo demás, ya ven que Roma, que conoce todo lo que se da en la naturaleza humana, y acaso más en la naturaleza femenina, ha establecido reglas canónicas que obligan a hacer cambios, incluso frecuentes, que no dejan de ser un quebradero de cabeza para las pobres Visitadoras. A veces, tienen que pedir la renovación de un indulto al llegar a los seis años, y, si no, a los nueve. Y no es fácil, porque Roma se niega a darlos. Roma no quiere dejarnos la posibilidad de que nos apeguemos al puesto que estamos ocupando.
Sería de desear —ojalá se pudiera llegar a ello, pero, desgraciadamente, es muy difícil— lo que se hace en los monasterios de clausura; que una vez cumplido el mandato, la Hermana Sirviente volviera a ser Hermana compañera. Sería algo completamente normal, y de excelentes resultados, porque, después de haber sido Hermana Sirviente, se sabría obedecer mejor, se comprendería mejor la postura de la Hermana Sirviente, por qué manda, cuáles son los imperativos que pueden hacerla actuar, y se tendrían unas disposiciones muy distintas de las que se tenían antes de haber probado la autoridad.
Cuando San Vicente enviaba una nueva Hermana a una parroquia (lo sabemos por ciertas comunicaciones que se han conservado), solía decir: «Sor Fulana será la Hermana Sirviente durante el primer mes y Sor Mengana lo será después. A continuación, volverán a empezar el turno». ¡Qué buen ejercicio de desprendimiento para la Hermana Sirviente, de humildad y obediencia para todas! Era, ciertamente, excelente cosa, pero ahora sería muy difícil hacerlo. Lo que sí tendríamos que lograr es que, cuando por uno u otro motivo se releva a una Hermana del puesto de Hermana sirviente que estaba ocupando, no se tomase ese relevo como una humillación insoportable, como un fracaso terrible, como una herida de la que no se cura.
Lo primero, porque esto está completamente fuera del pensamiento de los Superiores que determinan el relevo; luego, porque queda también al margen de las realidades, de las actitudes interiores que debemos vivir. No es algo inaudito —ha ocurrido varias veces estos últimos tiempos— que algunas Hermanas Sirvientes, que no dejan de ser excelentes Hermanas sirvientes, hayan pedido con insistencia que se las descargara de la autoridad, por lo menos durante una temporada; poder volver a ser Hermanas compañeras, llevar una vida de obediencia, poder meterse de lleno, más directamente, con menos dificultades al no tener autoridad, en una vida espiritual más oculta en Dios. A algunas de esas peticiones, se ha creído conveniente acceder… Pero, aun cuando un día se nos relevara de un cargo por no haber acertado plenamente, tendríamos que saber recibirlo no como una injuria mortal, sino en su sencilla realidad. No olvidemos que hay almas a las que Dios quiere llevar a Él por el camino del fracaso.
De todas formas, en cualquier vida humana, siempre se dan momentos de dificultad, y el que se nos retire de un cargo, no es quitarnos algo que se nos debe; es simplemente liberamos de una responsabilidad con la que, quizá durante un tiempo, no podemos cargar, o definitivamente no podemos con ella, porque no era voluntad de Dios que la lleváramos. No hay obligación de ser Hermana sirviente para ser santa, ¡felizmente para las que no llegan a serlo!…
Lo importante no es llegar a un puesto de autoridad —eso sería oportunismo, sería desear ¿qué? un, digamos, éxito exterior que no es más que humo—; lo importante es ir a Dios por el camino por el que Él quiera llevarnos. Y si su voluntad es que ese camino sea el de la sujeción continua, no podemos dudar de que ese será para nosotras el camino real. Tener otro concepto del cargo de Hermana sirviente es salirse fuera de las miras de Dios.
Puede que digan —desgraciadamente, es lo que suele decirse—; puede que digan: «me han calumniado, han dicho esto o aquello de mí». La mayoría de las veces no es del todo exacto, porque en general, cuando las Hermanas compañeras hablan de la Hermana sirviente suelen exagerar, y los Superiores lo saben muy bien, pueden tener la seguridad de ello. Pero, admitamos que, completa y absolutamente, haya habido una calumnia —podría ocurrir—. En ese momento, nos encontramos con la voluntad de Dios, que se manifiesta de esa forma; pongámonos ante esa voluntad de Dios con paz, con serenidad. Más vale ser calumniada que acusada de cosas ciertas. Sí se me calumnia, yo estoy en paz con el Señor, peor cuenta les traerá a los que lanzan la calumnia, ellos serán los que carguen con la culpa, después de todo, yo debo permanecer en paz y en calma.
En todos los acontecimientos, en todo lo que nos ocurre, hemos de mirar siempre la mano de Dios. Si los hombres se engañan, la responsabilidad no es nuestra: podemos conservar la serenidad y aun la alegría. Comprendo que ante casos así, una se sienta removida interiormente; pero no debería durar más que unos días. Después, habría que llegar a reflexión sobrenatural, y decirse.: Bien está, no perdamos la alegría.
Hemos visto, pues, lo que no es el cargo de Hermana Sirviente. Vamos a preguntamos ahora lo que es.
Después de lo que acabarnos de decir acerca de la voluntad de Dios, de los planes de Dios sobre cada alma, el primer punto de vista desde el que tenemos que considerar nuestro cargo, es el de la voluntad de Dios.
Dios tiene un plan sobre cada uno de nosotros, una voluntad que no es sólo algo general que los hombres podrían interpretar, sino un querer que se extiende a todos los pormenores, a todas la situaciones en las que permite nos debatamos. Ahora bien, cuando los Superiores, reconocidos por la Iglesia, imponen a una Hermana la patente de Hermana sirviente, esta Hermana puede estar segura de que la voluntad de Dios es que vaya hacia El por la prueba del superiorato. Creo que ésta es la primera visión que debemos tener de nuestro cargo.
La voluntad de Dios es que le probemos nuestro amor a través de las dificultades y los sufrimientos del ejercicio de la autoridad.
Las que llevan algún tiempo ejerciendo el cargo, saben que lo que estamos diciendo es la realidad: el puesto de Hermana Sirviente lleva consigo muchas pruebas, muchas dificultades y muchos sufrimientos, sufrimientos tanto mayores cuanto que no se pueden manifestar.
Las Hermanas compañeras pueden manifestar a su Hermana sirviente lo que les hace sufrir, las dificultades que encuentran en sus relaciones con ésta o aquélla Cuando se es Hermana sirviente, hay que guardar en lo íntimo del corazón y en lo íntimo de la oración los sufrimientos que sobrevienen por parte de las Compañeras. Y saben ustedes muy bien que el gran sufrimiento de las Hermanas sirvientes proviene de las Hermanas. No son las obras con sus dificultades, las casas con su peso. El peso mayor es el de cada alma, ese pesa de cada una de las que tenemos confiadas es el que más se hace sentir.
Así pues, la voluntad de Dios es que la Hermana Sirviente vaya a Él por esa prueba del cargo. Para ella es una obligación aceptar la patente y tratar de responder a los deberes que le presenta. Es también una pesada responsabilidad. El cargo de Hermana Sirviente Lleva consigo unos deberes de los que vamos a tratar de ver toda la extensión. Hay que responder a ellos. A las Hermanas sirvientes les será pedida cuenta del estado de cada una de sus compañeras, del estado de su comunidad, porque no basta con ocuparse de cada una: hay que tener en cuenta a todo el bloque comunitario, a la comunidad formada por la reunión de todas y cada una.
El cargo es un servicio
Nuestro Señor ha dicho: «Estoy en medio de vosotros como el que sirve». Pues bien, la Hermana Sirviente está junto a sus Compañeras para servirlas, para servir a Cristo en la persona de cada una de ellas. Pero creo que hay que remontarse todavía más alto.
El cargo de Hermana Sirviente no lleva sólo consigo responsabilidades, deberes; no es sólo un servicio, por hermoso que éste sea; no es tampoco simplemente una voluntad de Dios que se manifiesta acerca de su vida personal. Es, ciertamente, algo más que todo eso.
El cargo es una mediación
Es un mandato recibido de la Iglesia y que establece a la Hermana sirviente como el lazo que une a sus hermanas y su comunidad con Dios.
El papel de la Hermana Sirviente es verdaderamente el de mediadora. Porque hay una Hermana sirviente en la casa, existe una relación con Dios. Ya comprenden en qué sentido lo digo. Es muy cierto que cada alma va a Dios directamente; pero en el ejercicio de la vida religiosa, la persona de la Hermana sirviente es la que establece el vínculo con Dios; a través de ella, se tejerá el lazo de la obediencia, a través de su persona quedará asegurado el lazo de la pobreza, y podríamos continuar enumerando.
La persona de la Hermana sirviente —su acción en la casa y en sus compañeras— es la que asegura el cumplimiento de la voluntad de Dios y lo que mantiene en la sumisión hacia Él.
Esta es la razón por la que hay una Hermana sirviente en una casa: para garantizar esa relación con Dios. Si no, bastaría con responsables en los oficios. Una Hermana podría estar encargada, por ejemplo, de toda la parte administrativa; otra, de la parte material; cada obra tendría una directora. Y acaso una Hermana para coordinarlo todo. Punto y basta. Cada una, por su parte, cuidaría de su vida espiritual personal. Pero, entonces, tendríamos no una comunidad, sino un equipo de trabajo, de beneficencia, o hasta un equipo de trabajo apostólico; pero nunca una comunidad religiosa.
La persona de la Hermana sirviente une a cada una y a toda la comunidad con Dios. Esa es su razón de ser. Si reciben ustedes una patente, no es para dirigir las obras, no es para llevar la casa, ni siquiera para ejercer el apostolado. Reciben la patente para que sus Compañeras estén en relación con Dios, ligadas a El.
Es en la persona de ustedes donde tiene cumplimiento esa relación de todos los actos y toda la vida de la casa con Dios. Es algo extraordinariamente fuerte y también extraordinariamente cargado de responsabilidades. Evidentemente, no es éste el único aspecto del cargo, pero sí el que penetrará en todos los demás y no se separará nunca de ellos.
Enfoquemos el cargo desde todas sus dimensiones.
Tiene, en primer lugar, dimensiones humanas
La Hermana sirviente es responsable de la vida material de las Hermanas y de la vida material de la comunidad. Tendrá que ocuparse de ella y no descuidarla. En cierto modo, es como el cuerpo de la comunidad, y ya saben hasta qué punto influyen en las reacciones del alma la vida y buena salud de su cuerpo. Si una comunidad está bien ordenada, bien organizada, si tiene lo necesario sin excluir, por supuesto, el equilibrio exigido por la mortificación religiosa, las Hermanas se encontrarán en las debidas disposiciones para llevar una vida espiritual satisfactoria.
Si, por el contrario, campea el desorden, si hay descuido, es cierto que será mucho más difícil conseguir el adelanto espiritual de las almas.
Existe también, en las responsabilidades de la Hermana sirviente, una dimensión profesional
¡De sobra lo saben ustedes! Y muchas lo comprenden perfectamente, ya que se ven abrumadas por la responsabilidad profesional. ¡Cuántas tienen que sacar a flote la dirección de un Dispensario, de una Escuela; cuántas tienen, incluso, que desempeñar ellas mismas un servicio hospitalario; preocuparse también de la actividad profesional de las Hermanas, organizarla, etc.! Hay que estar en guardia, porque, durante un primer tiempo, puede una sentirse abrumada por esa obligación profesional; pero, después, llega una a acostumbrarse y, finalmente, se encierra una en ello y no se piensa en otra cosa. ¡Cuidado con dejarse absorber! Hay Hermanas sirvientes que ponen toda la carga de su atención en la vida y organización material de la casa, y otras que acaban por ser meras profesionales. Sí, hay que ocuparse de ese aspecto, pero nunca tiene que llegar a ser el primero y principal en su espíritu y su dedicación.
Algo muy importante —y no es ocioso quizá que lo recordemos—es considerar las dimensiones cristianas del cargo
Como ya saben, Juana de Arco solía repetir con frecuencia: «Si, soy buena cristiana». Varias veces durante su proceso, cuando ya no sabía qué decir, cuando presentía que le tendían un lazo, decía: «Soy buena cristiana». Y San Vicente y Santa Luisa, en sus prudentes enseñanzas y en las santas Reglas, nos dicen que debemos ser ante todo buenas cristianas.
Pues bien, ¿qué es cumplir la ley cristiana? Es, lo primero, vivir la vida teologal, vivir de fe, esperanza y caridad.
Bueno sería que de vez en cuando hiciéramos examen de conciencia sobre esto:
- ¿Está verdaderamente la fe en la base de mi vida?
- ¿De la vida de las Hermanas, de la vida de nuestra comunidad?
- ¿Afloran a nuestra mente pensamientos de fe?
- ¿Lo demuestran así nuestras conversaciones?
Este clima de vida teologal es el que suscita un clima de vida moral. En una casa donde se faltara, más o menos gravemente, a la verdad, a la justicia, a la justicia social, tan importante con relación a los empleados, en esa casa no se viviría vida cristiana.
Es preciso que en nuestras casas, antes que otra cosa, se practiquen todas la virtudes morales. Estemos atentas a ello. Antes que religiosas, tenemos que ser cristianas. No nos hagamos ilusiones: ya podría una Hermana practicar admirablemente la pobreza, pedir todos los permisos hasta la última tilde, si no diera el justo salario a sus empleados o no cotizara lo debido para las cargas sociales, esa Hermana no llevaría una vida cristiana y estaría faltando, de manera más o menos grave, a la justicia. En su casa no habría lo que se llama clima evangélico, que conduce a Dios, porque se estaría faltando a la ley cristiana propiamente dicha.
Haciendo una escala ascendente de responsabilidades, llevamos dicho que el cargo de Hermana Sirviente tiene dimensiones humanas, dimensiones profesionales y dimensiones cristianas.
Tiene también dimensiones religiosas
La Hermana sirviente debe cerciorarse de que cada una de sus compañeras responde verdaderamente a las obligaciones de su consagración al Señor, de que lleva una vida consagrada, de que lleva una vida de comunidad, como corresponde a los miembros de la Compañía.
Debemos tener siempre presentes esos dos aspectos de la vida religiosa: vida consagrada, por los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y vida de comunidad. La Hermana sirviente es la encargada de ayudar a cada una de sus compañeras a vivir esa vida de consagración y esa vida comunitaria.
Tengamos siempre presentes esos dos aspectos. Piensen que tenemos la responsabilidad de cada una en cuanto a su vida cristiana, su vida religiosa, su vida material, su vida profesional, su vida apostólica. Somos responsables de cada una y lo somos también del conjunto.
Si nos contentamos con ayudar a cada una en particular y nos olvidamos de hacer vivir a las Hermanas la vida comunitaria, de hacerles dar un testimonio común, no habremos respondido a la plenitud del cargo. No perdamos de vista ambas cosas: lo individual, lo comunitario. Es absolutamente esencial.
En el cargo de Hermana sirviente hay también unas dimensiones que podernos llamar apostólicas
La Hermana sirviente es responsable del testimonio que cada una de sus Hermanas, desde el oficio que desempeña y desde la vida que lleva, da de Jesucristo.
Esta dimensión es difícil, sobre todo dadas las exigencias de nuestro tiempo. Antes, las Congregaciones religiosas gozaban de un «a priori» favorable. Se daba por supuesto que todo lo que hacían —o casi todo— estaba bien y era edificante para los fieles y para todos los que las contemplan. Ahora, se escudriñan nuestras vidas en sus menores detalles: se nos observa, se nos enjuicia, se nos critica, se nos desprecia a veces, y en todo caso, no se nos pasa la menor falta. No se nos perdona nada que no responda a ese ideal que la gente se hace de la vida cristiana y de la vida religiosa.
¡Cuánta atención tenemos que prestar en cada una de nuestras casas para que la vida que llevamos ofrezca a los que nos contemplan una imagen de Cristo!
Los que nos ven tienen que poder descubrir a Cristo a través de nuestra manera de ser, de nuestras palabras, de nuestra manera de obrar. Sobre todo, cuidemos de no ser nunca una pantalla que se interponga entre Cristo y la gente que le busca a veces sin darse cuenta de ello.
Si nos miran con tanta atención, es que quisieran encontrar en nosotras una prueba de que Dios existe. Sin confesárselo, lo desean. Y ocurre, a veces, que, a través de nuestros actos, se dicen: Dios no existe puesto que ella es así, obra así, no es capaz de acoger bien, puesto que ha dicho una mentira… Una Hermana que dice algo no conforme con la verdad, oculta ante la gente el rostro de Cristo.
Tenemos que tener mucho cuidado. Está en juego nuestro cuarto voto; Cristo tendría que transparentarse a través de nuestra manera de ser, a través de nuestra conducta.
Ustedes, Hermanas sirvientes, tienen que reflexionar en ello con frecuencia y hacer que las Hermanas lo reflexionen también. Que éste sea el pensamiento dominante de nuestra vida. Y con ello llegamos a la conclusión de lo que es el cargo de Hermana sirviente.
Es preciso establecer una jerarquía de valores entre todas estas dimensiones, entre todas estas obligaciones del cargo
Al oírlas detallar así, se queda una abrumada, pero en la vida se funden unas con otras. En el fondo, bastará con decimos la palabra de San Agustín: «Ama a Dios y haz lo que quieras». Sí la caridad ha echado raíces en nosotras, responderemos a todo ello instintivamente, sencillamente, porque amamos a Dios, y amando a Dios, amaremos a todas nuestras compañeras, a todos nuestros prójimos. Ese amor repercutirá en todas nuestras acciones en todas nuestras palabras. Pero como no hemos llegado a esa perfección, y es posible que no lleguemos nunca, no nos queda más remedio que establecer una jerarquía de valores en nuestras obligaciones.
Esa jerarquía de valores no puede establecerse en perjuicio de las obligaciones de cualquiera de los órdenes. Por ejemplo, no es posible decirles: «descuiden un poco la salud de sus compañeras, la comida…» o bien: «déjense de lo profesional y dedíquense a ser la Hermana sirviente espiritual». Sería un error obrar así. Lo que tenemos que decirles es: «Traten de responder al conjunto de sus obligaciones lo mejor que puedan, adaptando, de acuerdo con su Visitadora, el horario de su casa, con el fin de conseguir que la vida de piedad y la vida de comunidad de sus Hermanas quede asegurada en la mayor medida posible. Y tengan la inquietud de atender a la vida material, profesional, cristiana…
Pero, con todo, que haya una dominante en ustedes. Y no ha de ser a la ocupación, a la acción, a la que tengan que dar la prioridad; tampoco al empleo del tiempo. La prioridad tienen que dársela a la intención, o dicho de otro modo, al amor que es el motor, el alma de la vida.
Escojan la dominante que habrá de dar el tono de la casa. Porque todo esto es cuestión de vida. Vean, por ejemplo, lo que hace una madre de familia. Ella ha optado por su marido. Lo ha escogido y está dedicada a él. En toda su vida, en todas sus acciones, en todo lo que hace —aun en el más insignificante de los detalles—, qué sé yo… escoger el color de un vestido, pensar en la comida que va a poner, en todas las cosas materiales, sin casi pensarlo, se decidirá por lo que sabe es el gusto de aquel a quien desea agradar. O dejará de hacerlo porque sabe que no le gusta.
En nuestra vida tiene que haber una dominante que es Cristo, un pensamiento que se imponga a los demás: el de servirle y darle a conocer. Y tenemos aquí la primera condición para lograr que su casa, la casa de que están encargadas, se oriente en ese sentido: que Ustedes se muevan bajo el impulso de esa dominante.
Si usted, Hermana sirviente, ha hecho del pensamiento de Cristo, de su servicio, de la voluntad de llevar una vida evangélica —que lo comunique a los demás— la dominante de su vida; si verdaderamente es el amor el que mueve su corazón y dirige todas sus acciones, sus opciones, decisiones, opiniones, todas sus palabras y cuanto dice, tenga por seguro que su casa, sin fallar, seguirá la misma línea.
La seguirá más de cerca o más de lejos, con más rapidez o más lentitud, con más facilidad o a pesar suyo; pero al cabo de cierto tiempo, se habrá creado un clima en esa casa que tiene usted a su cargo.
Porque es usted la que está encargada de orientarla por rutas más o menos temporales o más o menos eternas, más o menos materiales o espirituales. Su opción personal será la que dicte la opción de su casa. No cabe duda que es una grande responsabilidad.








