Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Mayo de 1963 (L’HAY)

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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La Caridad subyace en todas las manifestaciones y actos de las tres virtudes principales de nuestra vocación. Las envuelve y rodea, podríamos decir.

Les hablaré, pues, de la Sencillez que uno a la Verdad y de la Humildad que uno a la Pobreza. Los dos aspectos, dos realidades de nuestra vida interior y exterior que necesitamos traer con frecuencia a nuestro pensamiento.

Este clima de verdad es esencial en el mundo en que vivimos, por un motivo obvio: es inseparable de Dios, ya que Dios es la Verdad y si se vive en un clima de verdad, se vive en un clima de Dios.

Nuestra época es muy sensible a esa atmósfera de verdad. Nuestros contemporáneos tienen puestos los ojos en la verdad y en la justicia. Ahora bien, la sencillez es una irradiación de la verdad.

Tenemos que situar estas dos virtudes como puntos esenciales de nuestras actitudes espirituales y de nuestro testimonio evangélico.

¿Cuál es la base de la sencillez? Ya hemos dicho que es la irradiación de la verdad. Si pues Dios es la verdad, está claro que la sencillez irradia a Dios, lleva consigo a Dios.

«La sencillez, yo la llamo mi Evangelio», decía San Vicente. Antes de obrar en la verdad, seamos auténticas. Dios es el que es; nosotras las que no somos. Pongámonos ante Dios, mirémosle a El, y seremos sencillas tanto en nuestras actitudes interiores con Dios y con nosotras mismas, como en nuestras actitudes exteriores, con el prójimo. Tenemos que tener la preocupación de ser y no tanto de parecer. ¡Cuidado con esa especie de manía de querer edificar a los demás! Es algo absolutamente erróneo en cuanto a postura. Tenemos que enseriar a nuestras Hermanas a ser lo que son, a llegar a ser lo que deben ser. Es así como edificarán sin tener la preocupación de hacerlo. Si hacemos nuestras acciones para edificar, corremos el peligro cierto de errar el blanco, de no conseguir el fin que nos proponemos, porque esas acciones no saldrán de nuestro interior. Por el contario, si la intención que nos proponemos es la de agradar a Dios en todas nuestras acciones, si ponemos esa intención en la base de nuestra vida, de nuestras actitudes y comportamientos, a través de todo ello dejaremos transparentar a Dios. Lo único que edifica verdaderamente es lo que procede de una vida interíor.

Esforzarnos por ser y no por parecer, implica ante todo la sencillez en nuestras palabras de las que tenemos que desterrar aun la más ligera mentira. Por insignificante que fuere podría tener consecuencias y repercusiones extraordinarias. Nuestra verdad ha de ser transparente corno el cristal. Nuestro Señor no permitió que nadie manchara o atacara su reputación de pureza. Algo así tenemos que desear nosotras tocante a la verdad, a la. sencillez. Si una Hermana no es recta y sincera, interpone una nube entre Dids y los hombres.

Hay que saber reconocer un error, un fallo, una equivocación por ejemplo en el terreno profesional. Se apreciará mucho más a la Hermana si reconoce y declara la falta o fallo cometido que si trata de disimularlo. Hay que saber reconocer una deficiencia, una falta de mernorial un olvido, la ignorancia de algo, una falta de competencia cualquiera… No dejemos escapar esas ocasiones de ser :ánceras, aunque sea con detrimento de nuestro orgullo.

El Santo Padre acaba de decirnos en su Encíclica «Pacem in terris» que tenernos que vivir «en una sociedad fundada sobre la verdad, asentada en la justicia, vivificada por el amor, perfeccionada en la libertad».

Fundada sobre la verdad, vivificada por el amor… ¡es maravilloso! Tenemos que ser veraces, auténticas y saber crear y exigir la verdad. Así, como tenemos que mostramos indulgentes y comprensivas con los demás defectos, así tenemos que ser inflexibles cuando se trate de la verdad, no tolerando ninguna falta ni aun un simple desliz, porque bastaría para echar a perder toda una actitud.

Ya podemos practicar todas las virtudes, si vivimos en la mentira echamos sobre nosotras un borrón que repercute en toda la Comunidad, en la Iglesia y hasta en Dios.

El ambiente, el clima en que vivimos está impregnado de mentiras. Hemos de estar alerta porque es fácil deslizarse… El mundo miente hasta el punto de no reparar en que falta a la justicia; no nos ensuciemos las manos con ello. Si nos mantenemos en esa actitud interior de verdad, se exteriorizará en la sencillez; son dos aspectos de la misma realidad.

Esforcémonos por ser siempre sencillas, por conservar nuestra hermosa sencillez, evitando toda afectación exterior. Guardémonos de adoptar posturas y aires modernos con pretexto de ponernos al día. Presentémonos siempre con sencillez en nuestros vestidos, en nuestro porte, en nuestra uniformidad.

Nuestra sencillez consiste también en despojar nuestro lenguaje de palabras rebuscadas. Hablemos sencillamente, ni demasiado, ni demasiado poco, no usemos de afectación, no empleemos palabras malsonantes. Seamos buenamente, en todas partes, las Hijas de Dios, las Hijas de la Caridad que se presentan sin suficiencia y sin complejo. Es una gracia que nos confiere nuestra vocación, el saber tratar a todo el mundo, dejando a gusto y contentos lo mismo a los Pobres que a los ricos.

Instintivamente, cuando se acercan a un alma consagrada exigen hallar en ella la verdad y la justicia. Y por lo que se refiere a la pobreza y a la humildad, desean con todas veras encontrarlas. Lo esperan porque intuyen que los que se han consagrado a Dios deben de ser, como Jesucristo, humildes y pobres. Y cuando no encuentran esas virtudes en un Sacerdote o un religioso, se sienten decepcionados: decepción que está muy cerca del escándalo.

Podemos calibrar el valor de estas virtudes, comprobando el lugar que ocupan en el corazón de Nuestro Señor. Consideremos cuántas veces las encontramos en labios de Cristo en ocasiones de las más solemnes:

«Aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón…» «Bienaventurados los pobres de espíritu…».

En cuanto a nosotras, tenemos siempre ejemplos admirables en nuestros Santos Fundadores que realmente se caracterizaron por estas virtudes: San Vicente por la humildad y Santa Luisa por la pobreza. San Vicente dice hablando de nuestra Santa Madre: «La que ama en el más alto grado la santa Pobreza». Y por lo que a él se refiere, fundamentó su santidad sobre la base de la humildad. Con razón la Iglesia nos dice hoy: «Si queréis ser evangélicos, sed pobres».

Santa Luisa en una carta a su arquitecto, le decía «los motivos muy graves que tenemos para aparecer como pobres», y en la historia de su vida leemos que quería que construyese con piedras viejas, ennegrecidas por el uso. Era una manifestación exterior de la virtud de pobreza, reflejo de una actitud interíor.

Para ser verdaderamente evangélica, la pobreza tiene que ir acompañada de generosidad y de abnegación. No basta con estar desprendidas interiormente. En el fondo de nuestra pobreza tiene que encontrarse siempre el gesto de amplitud y de disponibilidad. Lo que no se proyecta hacia el prójimo difícilmente se comprende, además de que no es verdaderamente evangélico o anunciador de Cristo. Siempre debemos movernos en esta doble óptica: damos a Díos y darlo a los demás. Ya lo decía San Vicente: «No me basta amar a Dios si mi prójimo no lo ama».

San Vicente y Santa Luisa se dieron a los Pobres en la pobreza y con medios e instrumentos pobres y sencillos.

Tenemos que ser pobres y sencillas en nuestras relaciones con Dios. Cuando nos presentamos ante El con esa actitud, llegamos hasta su corazón. La humildad inspira el arrepentimiento, nos sitúa en el puesto que nos corresponde ante Dios, crea en nosotras el deseo de la oración y la alimenta. Se da a veces una satisfacción de nosotras mismas que impide oír las llamadas de Dios: es la autosuficiencia. En cambio, cuando nos situamos en nuestra pobreza, el Señor viene a nosotras, no con una acción sensible ni mística, sino con esos medios suyos de los que El dispone. Si estamos penetradas de nnestra pequeñez y limitaciones, .1a humildad hará florecer en nosotras la esperanza. No es la seguridad, la confianza humana sino la esperanza que espera de El cuanto necesitamos para nuestra propia vida y para nuestra acción evangélica.

La luz no se otorga más que a los corazones humildes: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos». Estos pequeñuelos son los que no tienen nada y no son nada. Nosotros somos de esos pequeños a los que el Señor otorga su luz. Lo seremos, sobre todo, si practicamos la pobreza y la humildad.

Si no tenemos humildad y nos creemos capaces de gobernar solas, gobernaremos solas, efectivamente, y nuestra acción será humana. Pero si nos reconocemos incapaces de gobernar, el Señor vendrá a nosotras con sus luces y sus gracias, gobernará El por nuestro medio y entonces haremos su obra.

Necesitamos considerar de vez en cuando en la oración cuál es nuestra conducta en relación con la humildad y la pobreza, y pedir al Señor que nos fundamente en esas virtudes. Consideremos, por ejemplo, después de una prueba sufrida, de un destino, de una calumnia o una desgracía cualquiera que era una llamada del Señor al desprendimiento, al conocimiento de nosotras mismas; y cuál ha sido nuestra reacción. ¿Hemos pensado que más allá de las cosas que puedan sucedernos, trascendiéndolas a todas, está el Señor presente que nos llama a través del signo de los acontecimientos y de las pruebas? Demos gracias a Dios por no permitir que nos quedemos aletargadas, por dignarse trabajar en nuestra alma. Sepamos reflexionar, considerar las circunstancias de nuestra vida bajo ese aspecto de la acción del Señor en nosotras. Repasemos en nuestra mente todos los pasos dados por Dios para atraernos a la pobreza y a la humildad. Si sabemos verle a El, cooperaremos en su acción, aceptaremos su voluntad y nos estableceremos en la verdadera paz de los Hijos de Dios.

Por otra parte, la humildad y la pobreza regulan nuestras relaciones con las criaturas y les dan su punto exacto.

Examinemos un caso cualquiera en el que nuestras relaciones con el prójimo no hayan dado la nota justa: siempre llegaremos a descubrir que en la base ha habido una falta de humildad.

Una persona, una Comunidad no son evangélicas, no hacen presente a Cristo más que si irradian —la persona en sí misma, la Comunidad en su género de vida— la Verdad, la Justicia, la Humildad y la Pobreza.

«Oprimidos y pobres —nos dice Juan =II— son libres para el Reino».

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