Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de septiembre de 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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En nuestra vida espiritual, como en toda nuestra vida, se da una especie de intoxicación. Proviene de nuestra condición humana, de las faltas que cometemos las cuales, poco a poco, van disminuyendo el sentido de Dios, asfixiando nuestro deseo e impidiéndonos ver las cosas según la verdad. Necesitamos recibir una gran corriente de aire fresco que lo reanime todo, nos purifique de esas escorias de la vida y nos restablezca en la verdad y la caridad.

El Concilio ha trabajado acerca de esa inspiración que recibió Juan man y nos ha dado directivas concretas. Tenemos unos documentos conciliares, en número de dieciseis, que constituyen un verdadero monumento de trabajo. Sólo Dios sabe la suma de trabajo que ha sido necesaria para componerlos, y no sólo la suma de trabajo material de escritura, de investigación, sino de trabajo intenso realizado en el espíritu y el corazón de cada uno de los Padres conciliares Puede decírse que no se han apartado de la reflexión y de la meditación durante los tres años largos que ha durado el Concilio.

Durante las cuatro sesiones, las cuatro grandes sesiones generales, se ha operado un trabajo extraordinario en el alma de cada uno de los Padres, aparte del trabajo concreto extraordinario que ha llevado consigo el Concilio. Aunque no hubiera habido más que eso, esos deseos que han subido hasta el Señor, esa profundización personal, esa búsqueda en común, ese homenaje del trabajo humano, tributado a Dios, creo ya que sería un testimonio espléndido y bastaría para justificar todos los gastos materiales y demás que se han invertido con esta intención. Pero al fin de todo esto, si nos quedáramos en ello, sería algo pasado, algo muerto en el fondo. Ahora de lo que se trata es de hacer verdad el Concilio. Fuera de ese valor de alabanza a Dios de que acabamos de hablar (valor gratuito en todas nuestras acciones), todo lo escrito, investigado, elaborado, no cobrará vida, consistencía, verdadero valor, sino en la medida en que lo apliquen en adelante todas las fuerzas vivas de la Iglesia. Esto depende, ahora, de nosotras; en ello va comprometida nuestra responsabilidad personal desde el lugar en que Dios nos ha colocado.

En todo lo que depende de nosotras, en todo lo que tocamos, tenemos una responsabilidad personal en cuanto a las prescripciones del Concilio. A nosotros nos toca recogerlas, darles forma, darles vida.

Podríamos decir que, durante este periodo del Concilio, el Espíritu Santo ha depositado su germen en la Iglesia, y es ahora cuando la Iglesia ha de engendrar, del Espíritu, magníficos frutos de amor y de vida. Es ahora cuando esto tiene que ocurrir.

Pues bien, ahora nosotras, cada una en su puesto… y no digo «nosotras» pensando en las que tienen responsabilidades, no digo «nosotras» pensando en las Hermanas Sirvientes, digo «nosotras» pensando en cada una de las Hijas de la Caridad en particular… nosotras tenemos la grave responsabilidad de impregnar cada una de nuestras acciones, cada una de nuestras actitudes interiores o exteriores, de lo que el Concilio nos ha enseriado. Somos ahora nosotras las que tenemos que darle vida.

Vamos a hablar esta mañana especialmente de lo que se refiere a la vida de Comunidad propiamente dicha, de nuestra vida religiosa. Aunque hablando en propiedad, no seamos religiosas, tenemos una vida religosa, es decir una vida «religada» a Dios. Hablaremos también de lo que se refiere a nuestra vida en todos sus aspectos y direcciones.

Para no dar más que un ejemplo concreto, sabemos todos cómo ha delineado el Concilio el papel de los laicos en la Iglesia, puesto que hasta un decreto les ha sido consagrado: el decreto sobre el apostolado de los laicos. Pues bien, una Hija de la Caridad que en su acción concreta de todos los días se comportara de suerte que no tuviera en cuenta esta postura del Concilio, faltaría absolutamente a su deber, impediría los frutos del Concilio en este punto.

Les cito una frase que me han dicho no hace mucho. Creo que ayer o anteayer alguien me decía que en tal país —no me acuerdo en absoluto de cuál; por consiguiente, hablo con toda inocencia de espíritu, sin apuntar contra nadie— nuestras Hermanas estás sobrecargadísimas de trabajo; en los hospitales, la vida que llevan no es humana; no se sabe si será posibk que continúen así. Y yo contesté: —¿Pero tienen suficiente ayuda? ¿no tienen enfermeras? — ¡Ah no! ¡de ninguna manera! ¡No quieren enfermeras con ellas!

— ¡Está bien! Entonces quieren mantener una postura de otras épocas, no quieren `caminar al compás del tiempo ni siguiendo los pasos de la Iglesia. ¡Esto es bastante grave!

Tenemos que saber que, actualmente, en la Iglesia de Dios los laicos tienen que ascender, tienen que ocupar su puesto no sólo en lo que se refiere a su profesión, sino también en lo relacionado con la acción apostólica. La acción evangelizadora no es un monopolio nuestro, tenemos que llevarla en unión con los seglares que viven junto a nosotras. Tenemos que llegar a una especie de entrada en fraternidad con el mundo, que es la característica de la hora actual.

En las generaciones que nos han precedido, hubo una gran distancia entre el estado laico y el estado religioso; se daba como una especie de jerarquía. En todas partes donde se trabajaba juntos, estaban primero los religiosos o religiosas en situación de superioridad, y después, por debajo de ellos, los seglares, en situación de inferioridad. No era malo, no censuro en absoluto lo que se ha hecho, tenía su justificación en hábitos generales, en una organización reconocida por la Iglesia y completamente normal en aquel momento. Estaba bien en aquel tiempo, pero podemos decir sin embargo que en aquel tiempo, si realmente se servía a los pobres (y de verdad que se los servía, y Dios sabe si nuestras Hermanas mayores y las Hermanas de las generaciones que nos han precedido ‘los han servido de una manera admirable… ya querría yo que todas tuviéramos su santidad), por el hecho de una organización social determinada, se los servía en situación de superioridad. Eso no podemos negarlo. Ahora bien, en nuestro tiempo, por el hecho de la evolución del mundo, estamos llamadas a servirlos en situación de fraternidad. Eso es lo que significa «la Iglesia en el mundo». Ha sido una de las grandes corrientes del Concilio, y se ha notado en muchas de las actitudes y gestos del papa y de los obispos.

Actualmente, se suprime en cierto modo todo lo que en el plano social parece conferir privilegios, todo lo que no es estrictamente religioso, porque el privilegio religioso permanece. En la vida de todos los días, en el ejercicio de lo que ahora se considera como una profesión, estamos en situación de fraternidad con los demás. Esto es «la Iglesia en el mundo». En la medida en que lo comprendamos, en que lo aceptemos, en que tratemos de asumirlo en nuestra vida de todos los días, en la organización de nuestras instituciones y nuestros establecimientos, implantaremos poco a poco, ese orden social, ese orden incluso religioso querido por la Iglesia. Entonces la primera recomendación que quiero hacerles es la de que lean en común, con toda atención, los dieciseis documentos conciliares

A vecés nos dicen: Vds., los religiosos, lean Perfectae Caritatis y emprendan su renovación. ¡Es ridículo! Claro que el decreto sobre la renovación de la vida religiosa es importante para nosotras, que tenemos que conocerlo bien y ponerlo en práctica; pero el decreto sobre la renovación de la vida religiosa no es más que un detalle en todo el conjunto del trabajo conciliar, y aunque tomáramos, uno tras otro, todos los artículos del decreto e intentáramos trabajar sobre ellos, no conseguiríamos exactamente nada, nuestro trabajo iría encaminado al fracaso.

Lo que hay que empezar por leer es «Lumen Gentium», la constitución sobre la Iglesia, que es la base de todo el trabajo conciliar, y luego, uno tras otro, todos los decretos y actos del Vaticano II, hasta el último, que es un verdadero monumento, en cierto modo, la culminación de los demás: es la «Constitución sobre la Iglesia en el mundo».

Así, nuestro espíritu irá iluminándose poco a poco, hasta entrar en la idea que la Iglesia se ha hecho de sí misma, del mundo y de su misión en el mundo de hoy, tal como debemos comprenderla: entonces tendremos nuestro espíritu suficientemente preparado para emprender nuestro propio trabajo de renovación.

Pienso que en cada una de nuestras casas, en la lectura de las 2, que es importante, que debe dedicarse a leer cosas sólidas y no cualquier librillo de espiritualidad, debemos leer juntas las actas del Concilio para poder tener presente en nuestro espíritu todo lo que en él se ha dicho.

El decreto sobre las Misiones, por ejemplo, que es quizá uno de los más bellos, tenemos que conocerlo a fondo, porque no se trata sólo de las misiones extranjeras, sino del espíritu misionero que debe animar todo lo que se vive en la Iglesia.

Actualmente, el sentido de la Misíón es mucho más universal que lo era antaño. Antes, se consideraba completamente aparte a los Misioneros que marchaban a otras tierras y a los que quedaban en la suya. Ahora, no se ve tan delimitádo, tanto más cuanto que puede decirse que, en cierto sentido, todas somos misioneras allí donde Díos nos ha colocado. Todas tenemos que dar a conocer a Dios, por el hecho de la descristianización general que se ha producido en muchos países. Estamos siempre junto a paganos, junto a personas que no conocen al Señor; por consiguiente, todas debemos estar penetradas de un auténtico espítiru misionero. Pero debemos sentirnos penetradas de ese espíritu no sólo para llevar a cabo nuestra acción, sino también para comprender y sostener la acción de los misioneros que, ellos sí, marchan a lo que ahora se llaman misiones «ad gentes».

El hecho de que todas seamos misioneras no impide que los misioneros que marchan al extranjero tengan, de todas formas, otro impulso, otro potencial, puede decirse, de vida misionera que el que nosotras, las que permanecemos aquí, tenemos. No hay que minimizar la importancia de esas partidas misioneras al exterior, y precisamente para entrar en la línea de esos documentos conciliares, tendremos que buscar medios para asegurar la vida de los misioneros en el plano material.

Bien saben que el Concilio no sólo pide sino ordena lo que se llama la parecuación o reparto equitativo de bienes dentro de la misma congregación religiosa y, aun en cierto sentido, dentro de la Iglesia, es decir, que quien posea bienes en una congregación debe ayudar a quien no los posee. No es normal que los misioneros estén siempre en situación de mendicidad, mientras que otras provincias, otras casas de la misma congregación están en situación de bienestar, a veces casi de riqueza, y acaban, a causa de ello, por perder cierto sentido de la mortificación y del olvido de sí.

Ahí tienen otra manera de entrar en el espíritu de los documentos conciliares. Vamos a buscar de qué modo proponerles medios para llegar a establecer esta justa repartición de bienes en el conjunto de la Compañía.

Pienso que tener el espíritu misionero, ser misioneras, podía consistir también en renunciar de vez en cuando a una satisfacción, aunque muy legítima, que pudiéramos concedernos, a renunciar quizá a cierta instalación de comodidad o confort, que pudiera introducirse aquí o allí. Evidentemente, hay que ser razonables y a los superiores corresponde juzgar de lo que debe hacerse y de lo que no, pero acaso, de vez en cuando, sería bueno restringir algo de lo que pudiera ser legítimo hacer o instalar, para que nuestros misioneros lejanos puedan tener cuando menos el mínimum vital.

Hoy ya no es posible vivir replegadas en su pequeño rincón; y cuanto más necesario es conservar la soledad, el silencio interior con Dios, esa relación personal e íntima con el Señor, tanto más lo es también, a partir de esa misma relación, abrir los ojos al universo entero. Ya no podemos vivir para nosotras, para nuestra obra, como se decía antes: mi obra, mis pobres, mis niñas. Eso se ha acabado; debemos estar completamente entregadas a lo que hacemos, pero desbordando siempre del marco de nuestra implantación para tener los ojos abiertos a las necesidades universales de la Iglesia, de la Compañía; dicho de otro modo, a las necesidades universales de los hombres, porque, en fin de cuentas, estamos a su servicio.

Por favor, Hermanas, salgamos de nuestras pequeñas historias; a veces se ve Hermanas que discuten o se llevan mal una con otra porque, qué sé yo, la una ha abierto una puerta que la otra quería tener cerrada, o cualquier cosa por el estilo. ¡Superemos todo eso! ¡Hay tanto que hacer! ¡tantas cosas que considerar en el conjunto! Entremos verdaderamente en esa apertura de espíritu que la Iglesia posee en la hora actual, razonemos nuestras propias cosas en función del conjunto; que nuestra oración esté penetrada de las necesidades de las demás y no sólo de las nuestras; que aun la administración económica de nuestras casas tenga en cuenta las necesidades de las otras. Eso es pobreza, créanlo. Hay quien cree que la pobreza es tener aspecto de indigentes; no, eso no es la pobreza; es cierto que, en el plano apostólico, hay que tener en cuenta lo que piensan las gentes que nos rodean; pero la verdadera pobreza no es eso. La verdadera pobreza es vivir en un estado de desprendimiento, de desasimiento, lo que puede, por otra parte, orientarse en el sentido de no gastar para permitirse un gusto inútil; pero, de todas formas, no es estrictamente la economía la que hace la pobreza. Pienso que es también tener las manos abiertas a las necesidades que vemos a nuestro alrededor.

Quizá nosotras, en las comunidades, podríamos tener un sentido de la pobreza que se redujera a una especie de estricta economía que, ejercida sobre las personas, permitiera conservar magníficamente el conjunto de la institución, dejando a nuestro lado padecer y perecer otras casas de la Compañía o a misioneras que no pueden alimentarse debidamente por falta de medios.

Es preciso que nuestro espíritu esté abierto a las necesidades de los demás.

El contacto con el espíritu actual de la Iglesia por medio de los textos conciliares, por todas las instrucciones y explicaciones que se nos dan, debe llevarnos, poco a poco, a emprender, a realizar, a cumplir el verdadero trabajo de renovación interior y exterior, y empiezo con insistencia por esta cuestión de la renovación interior.

Desgraciadamente, es muy corriente que, cuando se habla de la adaptación y renovación de un instituto, se piense inmediatamente en lo que es exterior: ¿tendremos que vestirnos de seglar? ¿tenemos que hacer las comidas con el personal externo? Ya se sabe, se piensa en seguida en cosas de este género. ¿Tendremos que dedicamos a obras nuevas? Todo eso son cosas completamente secundarias; no deben ser sino la expresión (i cuidado! con esto no digo que deban hacerse; me refiero a cosas menos fuertes que éstas y que podrían ser aceptadas), no deben ser sino la expresión exterior de una transformadón personal interior, de una renovación espiritual llevada a cabo por cada una de nosotras. La verdadera renovación —nunca se repetirá lo bastante, tendría que convertirse en una especie de eslogan entre nosotras— la verdadera renovación es interior, es espiritual.

Antes de tratar de ajustar nuestra pobreza exterior al Evangelio, antes de estudiar qué transformaciones debemos introducir en nuestras relaciones para que nos abramos verdaderamente al mundo, empecemos por preguntarnos si hemos ajustado al Evangelio nuestras disposiciones interiores:

— ¿tenemos verdadera pobreza interior?

— nuestra caridad hacia el prójimo más cercano, nuestra compañera, ¿es verdaderamente interior?

— cuando hablamos ¿lo hacemos siempre según la verdad?

— dicho de otro modo, en todas nuestras acciones, en todos los movimientos de nuestra,vida, ¿estamos verdaderamente conectadas con Dios?

— o bien, ¿no somos acaso una especie de máquina de obras buenas, puesta en marcha en un lugar determinado y que continúa funcionando, haciendo, como suele decirse, el bien? Si es así, no digamos que es Caridad lo que hacemos.

El año pasado Su Santidad Pablo VI dijo a las Visitadoras unas palabras que nunca meditaremos bastante: «haciendo a Dios presente a los pobres», nos dijo, «dan un testimonio excepcional, esa es su fidelidad esencial». Recordémoslo.

No nos dijo que eran los actos caritativos, el cuidado de los enfermos, la enseñanza; nos dijo «hacer a Dios presente en el mundo de los pobres». Pues bien, para hacer a Dios presente, hay que poseerlo una misma por una vida interior contínua, por un deseo intenso. ¿Cómo se hace a Dios presente allí donde una se encuentra?

Se le hace presente, un poco como acabo de decir. ¿Quién es Dios? El Catecismo nos dice que posee todas las perfecciones, infinitamente. Dios es la perfección misma hecha realidad, es el Ser Supremo, la misma Perfección.

Si hablan ustedes según la verdad, hacen a Dios presente, porque Dios está en la verdad, Dios es la Verdad. Recuerden las palabras de Nuestro Señor: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Y esta otra palabra de San Juan: «Dios es Caridad». Dios es la Caridad misma. Deus Caritas est.

En nuestras relaciones con los demás, en nuestra manera de obrar, cuando obramos en contra de la verdad, echamos a Dios, lo alejamos, no está presente; cuando obramos según la verdad, hacemos a Dios presente, porque Dios es la Verdad; quizá no lo comprendemos bastante. Tenemos que tratar de penetrarnos de ello en la oración. Es lo principal, creálo.

Tomo como ejemplo una Hermana a la que su jefe de servicio le pregunta su parecer sobre una persona determinada. Si responde según la verdad, Dios está presente; si al contrario, si engaña, si no habla segun la verdad, Dios no está presente.

En lo íntimo de su corazón, aun sin ninguna manifestación exteríor, durante un recreo, por ejemplo, cuando miran o escuchan a una de sus compañeras, cuando voluntariamente fomentan sentimientos interiores de antipatía hacia ella, cuando se dicen. «mírala, ya está repitiendo lo mismo, ya está haciendo lo mismo, ¡qué desagradable es!… etc.», están alejando a Dios, lo alejan. Cuando, por el contrario, su compañera ejercita su paciencia con defectos, que pueden ser muy reales y que tienen ustedes el derecho de ver —porque no se puede impedir que se vea la realidad— pero conversan con ella en carídad, es decir que sustentan en ustedes sentimientos de benevolencia hacia ella y no se permiten comentar con otra esto o aquello… entonces, hacen a Dios presente.

En ciertas comunidades se palpa la presencia de Dios, se siente a Dios allí. ¿Por qué?; pues no tanto porque no hay tropiezos o díscusiones, sino porque Dios reina en cada una por la Caridad, por la Verdad en todas sus relaciones, y esto es muy importante.

Nuestra renovación es espiritual. Si cada una de nosotras hiciese, así, cada día, un esfuerzo hacia la Verdad, un esfuerzo hacia la Caridad, veríamos cómo, poco a poco, se transformaban todas nuestras relaciones con las personas que nos rodean. Este es el fondo de nuestra renovación, esa vida en la Verdad y en la Caridad; lo demás nacerá de esto como un brote nace en una rama. Si la rama no tiene savia, esa savia que es Dios, Dios Caridad, Dios Verdad, pues el brote no nacerá. En una rama muerta no nacen brotes. En cambio, cuando la savia es potente y fuerte, la savia de caridad, de amor, las flores y los frutos se abren y maduran sencillamente. Comprendamos esto; es lo primero que tenemos que hacer. Después, en los actos de renovación que se nos presenten ya trataremos de descubrir lo que puede ayudar a esa renovación espiritual, serán para nosotras como medios de expresión de la renovación interior que es la verdadera e importante renovación.

No sé si leen en sus casas —y sería muy de desear que lo hicieran— las palabras de S.S. Pablo VI. Habla con mucha frecuencia: todos los miércoles en la audiencia general en San Pedro, de Roma; todos los domingos, a las doce, en el Angelus, a los cristianos reunidos en la plaza. Cuando se siguen sus palabras en conjunto, se ve muy bien el desarrollo de su pensamiento, sus preocupaciones generales. Se le ve muy preocupado, porque actualmente todo un sector de sacerdotes, de religiosos y religiosas, todo un sector de laicos, no comprenden el verdadero sentido de la renovación, pedida por el Concilio. El Santo Padre, insiste de contínuo sobre el valor de la oración, sobre la necesidad de la ascesis, de la mortificación en nuestra vida, sobre los valores fundamentales del cristianismo y del Evangelio. Se nota que está angustiado porque no se acata como es debido la interpretación que da la autoridad, que da el Papa a los obispos.

Que cada cual no se crea encargado, por la inspiración del Espíritu Santo, de transformar, de investigar personalmemte la interpretación que va a dar al Concilio. Esa actitud es protestante.

La serial de la Iglesia Católica, que es la Iglesia de Dios, ha sido siempre esa marcha conjunta, ese pueblo de Dios bajo la direccíón de sus Jefes, que busca unido a ellos cómo corresponder a la voluntad del Señor en cada época.

Llevamos con el Santo Padre esa preocupación de la Iglesia en la hora actual y esa preocupación de la Compañía. Y en lo que nos concierne, tratemos de enfocar como es debido la renovación que tenemos que llevar a cabo.

Quisiera ver con ustedes, rápidamente, los diversos actos concretos de transformación, de renovación, que se ha planteado la Compañía.

Ya saben que la adaptación concreta, oficial, se les transmite, actualmente, a través de las fichas del consuetudinario. Esas fichas llegarán a su poder en tres o cuatro envíos sucesivos; de momento, otras están en preparación, pero requieren reflexión más detenida. Pero me llama la atención la forma tan diferente con que se reciben, por unas o por otras, esas fichas del consuetudinario.

Primero, hay cierto nútnero de Hermanas —se trata de extremismos, claro— cierto número de Hermanas que se creen directamente inspiradas por el Espíritu Santo y que se saben ya de memoria lo que van a decir las próximas fichas que reciban. Entonces se ponen a practicarlo ya, antes de que lleguen. Es un mal sistema; no tengo necesidad de insistir en ello. Además, dichas Hermanas afirman, lo dicen a las demás. «Sí, sí, está permitido. Nuestra Madre ha dicho que… es completamente cierto, se va a hacer así…» Y de pronto me entero de que he dicho algo que, por cierto, jamás se me ha ocurrido. Es muy sencillo, voy a decirles que nunca digo nada que antes no se haya escrito. Lo que se diga que he dicho sin que lo hayan visto escrito, no lo crean, no lo tengan en cuenta. Si no tienen ante la vista algo escrito, lo que digan las Hermanas aun las más inspiradas por el Espíritu Santo, no lo tengan en cuenta. Tienen que tener esto muy presente: no le den validez.

Segundo, hay otro tipo de Hermanas. Cuando llegan las fichas del consuetudinario, se las mira con cierta aprensión, se las lee rápidamente y se las mete en un cajón, cambiando lo menos posible de aquello que debe cambiarse. Es el otro extremo; tampoco esto está bien. No es eso, no es sistema.

Por último, hay una tercera forma de recibir las fichas, que tampoco es buena. Es precipitarse sobre su contenido y decirse: «¡qué bien! ahora podemos hacer esto o lo otro —no sé qué—tenemos derecho de hacer una visita a la familia, tenemos derecho de hacer el retiro del mes solas… tenemos derecho… podemos…» Nunca las fichas del consuetudinario les transmitirán un derecho. Esa es una mala actitud, una mala disposición de espíritu. Las fichas del consuetudinario, lo mismo que cualquier adaptación razonable, bien pensada por el Consejo, les transmiten siempre un deber, un deber grave con Dios de una renovación espiritual; en ese sentido es como hay que tomarlas.

Miren ustedes, nunca, puedo afirmárselo, nunca, ya en la Asamblea General de Visitadoras, ya en el Consejo, nunca hemos redactado nada de lo que pueda parecer mayor holgura, con ánimo de hacer concesiones. Y no por falta de sentido maternal, sino con un sentido de nuestra responsabilidad hacia ustedes. Nunca ha sido por una concesión o por mayor amplitud, sin más razones, por lo que se ha decidido una adaptación cualquiera.

Siempre hemos tenido presente, y queremos tener presente cada día más, el deseo de ayudarlas, a través de los diferentes momentos de su vida de cada día, a vivir mejor su vida espiritual. Lo que parece ser, y lo es en realidad, una mayor amplitud, llega hasta ustedes con el fin de permitirles practicar mejor uno u otro de sus deberes y para que, por consiguiente, puedan responder mejor a la voluntad de Dios.

Por ejemplo, vamos a fijarnos, si les parece, en las fichas que tratan del retiro del mes. Ya saben que ahora se preven tres formas de hacerlo.

Se puede hacer el retiro toda la Comunidad al mismo tiempo, y se pide que se haga así por lo menos dos o tres veces al año. También la Hermana Sirviente puede dividir la Comunidad en dos grupos separados, dentro de la Casa. O bien, si las circunstancias lo aconsejan, se puede hacer individualmente, ya en la casa, ya saliendo fuera.

Evidentemente, al recibir esa ficha, se puede decir: puesto que se permiten tres formas, yo —dirán las que tienen un poco de fantasía— lo voy a hacer sóla, y yo de tal o cual manera y yo… etc. Sería un desorden.

Cuando se recibe una ficha del consuetudinario, lo primero que hay que hacer es no leerla en el recreo. No es en absoluto un tema de recreo.

La Hermana Sirviente la leerá en la lectura de las 2, escuchando todas con atención; luego invitará a las Hermanas a que lo piensen en la oración, una o dos veces; ¿para qué? para descubrir el sentido espiritual de lo que se les comunica en esa ficha; la meta espiritual a que esa ficha se propone llevarnos. Todas la tienen, incluso las que parecen no tratar sino de cosas puramente materiales; todas tienen una finalidad espiritual.

Que cada una reflexione para descubrir ese fondo espiritual de la ficha que acaba de llegar. Después, sería bueno reunirse en torno a la mesa de comunidad y decirse: «¿Cómo vamos a practicar ahora estas disposiciones que se nos comunican, para que verdaderamente consigan su fin? ¿para que la Comunidad saque provecho de ellas? ¿para que se enriquezca la vida espiritual de cada una?»

En este momento es cuando hay que ejercitar más la virtud de la escucha y acogida al pensamiento de las demás Pienso que el Señor puede comunicar a cada Hermana un pensamiento diferente; es posible que haya descubierto lo mismo que su compañera; pero no cabe duda de que en el conjunto de la comunidad tiene que haber mayor riqueza que en el pensamiento de una sola Hermana. Juntas se reflexionará así, pero bajo la dirección de la Hermana Sirviente que será quien finalmente decida. Porque el «equipo» entre nosotras, el «equipo» en la vida religiosa, ,no es el que decide. Hay un pequeño desliz en este punto. En algunas casas suele decirse: «nosotras lo decidimos todo en equipo». No es exacto. Por lo demás, tampoco me gusta la palabra «equipo». Debemos reflexionar, razonar todo en comunidad, porque cada una debe aportar su parecer, debe aportar lo que Dios le ha inspirado en la oración; pero después, tiene que haber el sello de Dios, que es la decisión de la autoridad. Tenemos que tener convicciones muy daras.

Después de esta consulta a todas, la Hermana Sirviente verá lo que es más oportuno para aplicar esa ficha como es debido y que dé frutos. Cada una habrá sabido encontrar su jugo espiritual. Entonces no hay ya que temer el aceptar una mayor amplitud; no lo hagan con conciencia de culpabilidad: «lo hago, pero creo era mejor lo de antes». No es cierto. Desde el momento en que se las invita a hacerlo así es porque se ha pensado que esto era mejor. Por ejemplo, durante los Ejercicios, se nos dice que puede hacer la oración cada una por su cuenta. No tengan la imprensión de que era mejor hacerla todas al mismo tiempo. No es así. Cada una sola con Dios, en el momento y lugar en que pueda estar más recogida… es precisamente lo que va a a permitirles un contacto más íntimo con el Señor. Quédense en paz y hagan las cosas como deben hacerse.

Hay que entrar de lleno en esa búsqueda de la verdadera renovación y usar con toda tranquilidad de conciencia las amplitudes que se nos permiten, viendo siempre su finalidad espiritual.

Y no será, como les digo, el ejercicio de un derecho sino el cumplimiento de un deber.

Ya se les darán normas para lo que se llama las visitas a la familia Esto tampoco será nunca un derecho para reivindicar.

No, no digan «ahora tenemos derecho de… derecho de comer con la familia en tal ocasión… derecho de…» No, no es eso. ¡Me causa horror esa palabra «derecho»! Estamos pensando ante el Señor —no hemos decidido nada todavía, no crean que es fácil— que en determinada ocasión o por tal motivo, la Hermana tiene el deber para con sus padres… un deber del orden que sea, pero lo que se determine será en función de un deber. No será nunca en el sentido de un desorden en el que cada cual hace ahora lo que quiere. De ninguna manera es eso; de ninguna manera.

De ahora en adelante van a encontrarse a veces, aun las que son Hermanas Sirvientes en situaciones cualesquiera, por ejemplo, yendo de paseo con los niños, o porque pasan por delante de la casa de su familia, en que tengan ustedes que decidir acerca de algo para lo que no cuenten con permiso. Deberán decirse: «Paso por aquí, ¿puedo entrar a ver a mi familia o no debo hacerlo?» «Voy con los niños, ¿puedo comer con ellos o no?» No estará presente la autoridad para preguntarle. Tendrán que juzgar delante de Dios, diciéndose no precisamente: «puedo darme ese gusto», porque nunca será ese el criterio sino «¿ cuál es mi deber? Si lo hago o no, ¿es por Dios, por agradarle?» Entonces es cuando darán ustedes la nota justa.

San Vicente —y no digamos si tenía el sentido de la relación con Dios— nos dice: vuestra clausura es la obediencia y vuestro claustro, las calles de la ciudad y las salas de los hospitales. Es nuestra clausura, en ella estamos con Dios, y esa clausura no es una barrera que va a impedirnos entrar aquí o ir allá, sino esa obediencia ínterior que rendimos a los representantes de Dios para guiarnos. Pero ya ven en qué consiste esa actitud interior de nuestra alma: no buscar nunca el sentido de una satisfacción personal, sino el sentido de cuál será la voluntad de Dios.

— ¿Dónde voy a encontrar a Dios?

— Haciendo esto o aquello, ¿lo encontraré?

— Comiendo con los niños en tal o cual ocasión, ¿encontraré a Dios? O, por el contrario ¿será hacer mi propia voluntad?

Entonces, ante el Señor, es como se decide lo que hay que hacer o dejar de hacer. Después, con toda humildad y sencillez se dice a la autoridad: me he encontrado en tal circustancia y he creído responder a la voluntad de Dios haciendo esto o aquello. La autoridad les dirá si han hecho bien o mal y eso les servirá para cuando hayan de tomar otra decisión; pero en todo caso, habrán obrado bajo la mirada de Dios y su acción habrá sido buena y bendecida por El. No habrán obrado en el sentido de permitirse todo hasta el límite extremo de lo que puede hacerse.

Cuando se ama al Señor, no hay necesidad de preguntarse a cada momento: ¿es esto pecado? entonces no lo hago. No es esa una actitud propia de un alma que se ha entregado a Dios.

Es menester que nuestra conducta no responda sólo a huir del pecado, sino a ese deseo íntimo y constante de Dios de que debemos estar penetradas

Todo lo deberemos razonar en ese sentido, y no crean que las personas del mundo nos criticarán cuando nos vean permanecer verdaderamente religiosas, unidas a Dios en todo el conjunto de nuestra vida. A veces dírigen algunas bromas, pero eso ocurre, en general, cuando no hemos sabido presentar bien las cosas.

En la mayoría de los casos, la gente que nos contempla sabe muy bien lo que tenemos que hacer y lo que no, y se dan cuenta.

Les cito las palabras de dos jóvenes que, en una escuela, habían vivido durante todo un curso con religiosas de diferentes congregaciones. Al terminar ,decían entre ellas, por cierto delante de una Hija de la Caridad: «Después de todo, ¿por qué hacerse religiosas? ¿qué hacen ahora las religiosas? Se visten como nosotras, hablan como nosotras, tienen las mismas diversiones que nosotras, se permiten todo lo que nosotras nos permitimos… ¿por qué hacerse religiosas?»

Ya ven, les parece que tal cosa no tiene importancia… ¡y es muy grave! No somos personas del mundo, eso es cierto. Y es verdad que debemos comportarnos con toda sencillez, tiene, sin embargo, que haber en nosotras algo, una manera de ser, que muestre que el Señor está ahí, que se le puede sentir en nosotras.

No se trata de una persona cualquiera; se trata de una consagrada a Dios, la que se presenta, y esto debe resaltar en toda nuestra manera de ser.

Seamos lo que somos. Ya ven, es una idea muy simple, pero que debíamos tener siempre presente. Seamos lo que somos: unas consagradas a Dios en plena fraternidad con la gente, llevándonos bien con ella, con toda sencillez, con toda caridad, todo lo que quieran, pero no somos seglares.

Hay una presencia suplementaria en nosotras y tiene que percibírse. Hay ciertas cosas, ciertas formas, que una persona consagrada a Dios no puede permitirse.

Hay ahora religiosas —no hace mucho he visto alguna— que encuentran muy normal que una religiosa fume. No pongamos el grito en el cielo porque, a veces, hacemos cosas que no están mucho mejor. No se sabe hasta dónde va a llegar el límite de lo que algunas personas se permiten. ¡Tengamos mucho cuidado!

Tengo que decir, por último, que, en general, el Señor concede a sus Hijas de la Caridad cierto sentido común en su conducta. Tengo que decir que es muy raro que yo reciba quejas en ese sentido. Creo que tenemos una especie de gracia inicial que nos acompaña desde tiempos de San Vicente, porque nuestros Fundadores fueron tan prudentes que nos dieron cierto sentido de las relaciones con el mundo que, aun manteniéndonos en una gran secillez, nos preserva de esos excesos.

Hemos sido creadas para estar en medio del mundo y, por consiguiente, desde nuestros orígenes, tenemos el sentido de esa separación interior de con él, que debe manifestarse en nuestras actitudes exteriores.

Conservemos, pues, esa gracia y cuando lleguen hasta ustedes algunas concesiones, algunas adaptaciones díganse siempre que 16 que se les comunica —lo he repetido quizá diez o doce veces esta mañana— va siempre en línea del adelantamiento espiritual, para cada una y para la comunidad, nunca con miras a una relajación, y si lo toman en su verdadero sentido, la renovación’ de la Compañía se irá llevando a cabo, día tras día, mes tras mes, año tras año.

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