Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de septiembre de 1965

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Estos ejercicios caen en fecha oportuna, puesto que me permiten hablarles unas palabras antes de marchar a Roma. Siento no poder recibirlas, como en otras ocasiones, pero me resulta imposible con el trabajo de última hora. Voy a recibir sólo por grupos, luego cuando terminemos, a las Hermanas del Extranjero.

No voy a referirles, por menudo, lo que ha sido la Asamblea. Lo saben ya todas. Han leído El Eco que ha hecho perfectamente la crónica y les ha dado una idea muy exacta de cómo han transcurrido las cosas y del espíritu que ha animado a la Asamblea.

La primera parte se claustró el 5 de junio de 1965; era como el prólogo de la Asamblea, porque la Asamblea no ha terminado. Por el contrario, es ahora cuando comienza, cuando comienza su parte más importante. Hubiéramos podido, como se ha hecho durante un mes, acumular los centros de interés, los puntos de búsqueda, hubiéramos podido emitir los pensamientos mejor inspirados por el Espíritu Santo; si todo esto hubiera quedado como letra muerta, escrita en el papel y aún recogida en libros, pero sin pasar a la vida de la Comunidad, es evidente que la Asamblea no hubiera alcanzado su objetivo. Hubiera sido una asamblea inútil: el tiempo invertido en ella, perdido; el dinero, malgastado; los pensamientos, vanos. No ocurrirá así porque en torno a esta Asamblea ha habido muchas oraciones, muchos deseos sinceros de bien, muchas llamadas de Dios, y no puede quedar en eso, encontrarse mutilada por su parte viva, de su parte importante de esa parte que era su verdadera razón de ser.

Y ahora empieza, pues, esa parte eficaz de la Asamblea. Todas nosotras en el lugar en que Dios nos ha colocado, en la situación que ha querido para nosotras, somos las que tenemos que darle vida, transformar en vivencias las decisiones que se han tomado. Lo mismo ocurrirá con el Concilio que terminará probablemente este año o a lo sumo a principios del que viene: sería estrictamente inútil si, después, en cada diócesis, en cada nación, no se tuvieran en cuenta sus enseñanzas, no se asimilaran, no se llevaran a la práctica, en una palabra, si no se transforman en vida. Nuestra responsabilidad de cara al Concilio radica, precisamente en esta Asamblea, que ha sido como nuestra voluntad de respuesta a las exhortaciones del Concilio. Habla el Santo Padre, hablan los Obispos, la Iglesia se estudia a sí misma. Y todo lo que vive en la Iglesia tiene el deber de detenerse, de examinarse a la luz del Concilio y de volver a colocarse, si se ha desviado, en el camino al que Dios nos llama por la voz de los Obispos reunidos, por la voz del Concilio. El trabajo de la Asamblea es el trabajo de la Compañía en respuesta al Concilio.

Pablo VI ha señalado los objetivos del Concilio en su magnífica Encíclica Ecclesiam Suam. Algo por el estilo ha tratado de hacer la Asamblea, tomar conciencia de lo que somos en la hora actual, hacer un sondeo de la mentalidad, de la opinión general de la Compañía para, así, poder Llegar a una verdadera renovación, es decir, a una verdadera conversión.

Pablo VI llama a la Iglesia a la Conversión. No es la Iglesia en sí misma la que necesita de conversión. La Iglesia en sí es santa, inmaculada, tal como Dios la ha querido y la conserva. Pero los que viven en la Iglesia, los que la componen están sujetos a las debilidades humanas, pueden caer en sí mismos y encubrir a los ojos del mundo la belleza de la Iglesia.

Cuando Pablo VI llama a la conversión, llama a todos los que viven en la Iglesia.

Tenemos, pues, que responder a esa voz lanzada por el Papa, a su llamada a la conversión. Ahora bien, la verdadera conversión de la Compañía no es algo que tenga que darse a nivel del Consejo General, ni al nivel de los Consejos Provinciales. Tiene que darse a nivel de las Comunidades locales. La Comunidad no está compuesta exdusivamente por esos grandes organismos generales: están simplemente al servicio de cada casa y de cada Hermana. Lo importante en la Compañía no es la cabeza, no es la administración, no son las organizaciones de gobierno. Lo importante es la vida que circula en cada unidad local, es decir, a nivel de cada comunidad local, y la que circula en el interior de cada Hermana. El gran valor de la Compañía, el único que cuenta a los ojos de Dios está formado por el conjunto de valores sobrenaturales de cada Hermana. El tesoro de la Compañía es ese conjunto que ofrece el valor sobrenatural de cada una de las Hermanas. Lo demás no son más que medios; en cierto modo, no es más que ilusión, exterioridad, cosas que pasan y se esfuman.

En la Compañía lo que cuenta es la vida interior de cada Hermana, sus relaciones con Dios, ya ven qué responsabilidad pesa sobre cada una de nosotras. No tenemos que engañarnos ni hacernos ilusiones. Vivimos en un siglo en el que, en la práctiCa se tiene muy poco en cuenta los valores espirituales, los valores sobrenaturales. Toda la confianza se pone en algo muy distinto. Tenemos que convencemos que para llegar a la verdadera conversión de la Compañía, a través de cada una de nosotras, tenemos que movernos en sentido opuesto, a la inversa del pensamiento contemporáneo. Entendámonos que en cierto sentido, porque hay que saber tomar de él lo bueno que tiene.

Hay que reconocer que en la Iglesia actual se rechazan muchos valores auténticos y profundos y que se hace por parte de almas de buena voluntad, miembros del clero y aun a veces de la Jerarquía. La Iglesia Colegio Episcopal, es infalible, pero cada Obispo por separado no lo es. Y así ocurre .ahora, acá o allá, que se emiten directrices, pensamientos, líneas de conducta que están por completo al margen del pensamiento profundo del Evangelio y de las costumbres de la vida religiosa, de la vida religiosa clásica, eterna, es decir de lo que perdurará siempre. No se si han leído Vds. ciertas exhortaciones del Papa, lleno de angustia al darse cuenta de hasta qué punto corren riesgo de desviarse, en la actualidad, ciertas realidades de Iglesia: clero y vida religiosa en particular. Tenemos, a todo trance, que permanecer en una línea de lealtad al abordar nuestra renovación, fieles a lo que es esencial en la vida cristiana y en la vida religiosa. De otro modo nuestra conversión no pasaría de ser ilusión. Estemos alerta.

Tenemos que convertirnos, a la vez, de lo que no estaba a tono en el pasado y de lo que amenaza con arrastrarnos en el presente. Convertirse es, por decirlo así, tomarse de la mano y girar, dar la vuelta, hacia otra cosa. Esa otra cosa, es otra persona, Dios. Tenemos que tomarnos de la mano, salir de las corrientes humanas, ya sean de antes, ya de ahora, y volvernos hacia el Evangelio y hacia Dios. Esa es la conversión profunda que Dios nos pide.

Por ejemplo: el siglo anterior tenía un gran respeto por la vida religiosa. Se tributaba a la persona religiosa una especie de respeto, una consideración que procedía de una visión de fe. Era bueno y de acuerdo con nuestras creencias. Pero como contrapartida de esa actitud, los religiosos adoptaban cierta postura de superioridad sobre los laicos y sobre el mundo. Esa tentación de la superioridad religiosa era ciertamente un riesgo. Se corría el riesgo de creer que se era verdaderamente superior por el hecho de ser religioso y estar comprometido en una vida entregada a Dios.

Guardémonos de ese complejo, de ese pensamiento íntimo de superioridad religiosa. Hay, sí, una superioridad en la fe de la vida religiosa en sí, en la consagración a Dios. Eso es cierto y no debemos olvidarlo. Pero no lleva consigo la superioridad de nuestras personas y de nuestras congregaciones religiosas. Tenemos que mantenernos en esa humildad que no sea sólo de fachada ni de oportunidad, sino una realidad de verdad. No es porque nos hemos dado a Dios por lo que somos mejores o superiores. Tenemos, por ello, simplemente la obligación de ser más perfectas. Y no somos más perfectas por el hecho mismo de habernos dado a Dios. Guardémonos, pues, de esa impresión de superiorídad.

Es cierto que ya no existe tan arraigada, porque, desgraciadamente, la opinión pública se ha encargado de dejarnos en su sitio, en el nuestro. Después de haber admirado mucho a las religiosas y la vida religiosa, se ha pasado a estudiar mucho sus defectos, se ha hablado mucho de ellos, se nos han recalcado mucho, de tal manera que ahora corremos el riesgo de pasar a un complejo de inferioridad, de culpabilidad.

También tenemos que guardarnos de él. No somos perfectas: está bien que nos convenzamos de ello. Pero tampoco somos unos monstruos de iniquidad, ni la Compañía de las Hijas de la Caridad es una amalgama de cosas reprensibles, alejada del pensamiento de la Iglesia, de su deber y del mundo. Esto no es cierto. En la Compañía hay cosas espléndidas: no podemos negarlo, ni ignorarlo. Cuando en el transcurso de una Asamblea, a través de las relaciones continuas o de las cartas, se ven las maravillas del don de Díos, las maravillas de abnegación con los pobres y de la caridad verdadera e interior que existen en la Comunidad; los esfuerzos en la’práctica de la virtud, en el sentido de la pobreza —que tanto se niega ahora— se queda uno admirado. Se pueden dar gracias a Dios. No quiere esto decir que tengamos que enorgullecernos; quiere decir que tenemos obligación de seguir en la misma línea y superarnos. Permanezcamos en el justo medio entre el complejo de superioridad, religiosa que es una necedad y un desconocimiento de la verdad, y el complejo de inferioridad alimentado por toda una prensa que se dedica ahora a hablar mal de la vida religiosa y que está, a su vez, por lo menos tan alejado de la verdad como el anterior.

Guardémonos también de ciertas posturas de autoridad. Todavía no nos hemos deshecho bastante de ellas Antes, el hecho de esta superioridad, casi incondicional, que se reconocía a la vida religiosa, hacía que dondequiera se encontrara una de ellas tenía que ejercer la autoridad. Ya lo recuerdan ustedes: nuestros antiguos contratos de hospitales exigían que la Herrnana estuviera siempre al frente y a la cabeza de todos los servicios. Ella tenía que ejercer el puesto de supervisora, tenía, automáticamente, la dirección del personal de servicio, de las enfermeras —aun con títulos superiores—. Estaba, en una palabra, en una situación de autoridad.

Es algo de que debemos prescindir, en absoluto, en la hora actual. La autoridad no es un privilegio de la vida religiosa. En la línea de la profesión, de la acción asistencial, tenemos que acceder a los puestos de autoridad, por la vía corriente de la antigüedad o de los concursos. Esto es lo justo. No es una ofensa que se nos infiere; al contrario, es así como, simplemente, se reestablece la justica. Es en ese sentido como debemos enfocarlo y es estupendo para nosotras aceptar, a veces, puestos en que estamos subordinadas a una seglar. Por lo demás, es algo completamente normal y tenemos que hacer a ello nuestra mentalidad y acostumbrarnos a tal cambio de cosas.

La superioridad religiosa es del todo sobrenatural y no debe afectar al orden humano, al orden natural de las cosas. Nuestra superíoridad no puede y no debe residir ‘más que en la forma exacta, más fervorosa, como vivimos el Evangelio, desde cualquier puesto en que nos encontxemos integradas. Es la conversión de un complejo de superioridad religiosa a una franca colaboración. Es la conversión de una situación de autoridad a una postura de inserdón. Tenemos que situamos no por encima de las personas ni de los reglamentos. Nuestro lugar está entre ellos, dentro de ellos, en nombre de Dios y del Evangelio. Nuestra verdadera misión no es la de dirigir la caridad, sino la de ser la caridad y ejercerla. Se puede ser caridad y ejercer la caridad dirigiendo, pero se puede ser caridad y ejercerla obedeciendo, estando bajo la autoridad de otro, incluso de un seglar.

Lo importante es que en lo que hacemos y vivimos seamos en realidad Cristo y Evangelio, que lo seamos en la profundidad de nuestro ser y en cada uno de nuestros gestos. Así es como nos transformamos en el Señor y Le hacemos pasar a través de nosotras, con esa vida profunda que debe manifestarse en cada una de nuestras reacciones o actuaciones, en cada una de las actitudes de nuestra vida. Eso sería convertirnos de las corrientes antiguas acerca de la vida religiosa para vivir en plenitud el Evangelio.

Pero nuestra conversión no se ve tan sólo amenazada por corrientes antiguas. Lo está también por corrientes actuales, muy fuertes, y de las que tenemos que guardarnos, porque, como siempre, las obras del príncipe de las tinieblas se revisten con armas de luz y siempre es bajo pretexto de bien como nos ataca.

Estamos amenazadas, y mucho, por el materialismo. Hoy el culto de la materia, de los objetos, de lo que se ve y se palpa está muy extendido en el mundo. Se pone la confianza en las relaciones externas más o menos espectaculares. Es impresionante. En la Iglesia actual, cuando se quiere emprender una campaña contra una calamidad o azote cualquiera, e qué se hace? Se reune gente, se empieza por cerciorarse de que se cuenta con dinero, se construyen monumentos, casas inmensas, se contrata personal, se empieza por provocar una reacción espectacular y se invierte en esa primera realización una buena parte del dinero que se había reunido y que se hubiera podido emplear en la lucha directa contra el azote. No me opongo a ello, a lo que me opongo es a la exageración y a la confianza total puesta en medios de este tipo.

Es precisamente lo contrario de las realizaciones evangélicas. Lo que parte en general del Espíritu de Dios es ante todo la respuesta directa. Cuando alguien está atento a Dios, a Dios en sus hermanos, al mirar las necesidades del universo y ver de pronto una especial, una pobreza, una miseria que se le revela, lo primero que hace, espontáneamente, es darse, y es su don personal el que va atrayendo otros. Esos obreros del Evangelio tratan de dar la respuesta de Dios a aquel azote o calamidad; después ya se piensa en institucionalizar y luego van llegando los recursos materiales. Pero la primera respuesta es el don de sí mismo en el que estriba el verdadero valor.

Corremos grandemente el riesgo, ahora, de poner toda nuestra confianza en la obra, en la ciencia, en la técnica, en la organización, en todas esas cosas niateriales, y no tener ya bastante en cuenta los valores espirituales. El valor de una obra, de una acción, su verdadero alcance y lo que determina su eficacia real ízle cara a la vida eterna y al Reino de Dios que tenemos que construir en este mundo y en el otro, es el don personal en el encuentro con Dios. Tenemos que llevar esa convicción fuertemente anclada en el corazón. No, no son todos los medios actuales y modernos los que constituyen el valor de una obra, sino el don personal y profundo del que trabaja en ella, del apóstol.

Tenemos, eso si, el deber estricto de servirnos de la modernización. Para llevar a cabo una obra se requiere una buena organización: locales suficientes, el personal necesario; hay que emplear los medios de que normalmente se puede disponer en la hora actual. Proceder de otro modo es ir contra la razón humana; es dar en la necedad. Lo sobrenatural no puede establecerse sobre la base de una necedad humana.

Tenemos, pues, que servirnos de todo ello, pero con la firme convicción de que se trata sólo de medios, y si esos medios se hallan desprovistos de valor espiritual profundo, no conducen a nada.

Es necesario llegar a restablecer esas relaciones de cuerpo y alma, de natural y sobrenatural, de materia y espíritu. Sirvámonos de lo que es humano, de lo que es natural; son medios; pero si llegan a faltamos, no creamos que está todo perdido, porque el éxito y la eficacia no radican en esos medios. Tenemos el deber de servirnos de ellos en tanto nos sea posible, en tanto podamos proporcionárnoslos honrada y lealmente. Pero no dejemos que absorban nuestro espíritu. Y si el Señor nos lo niega, tengamos plena esperanza. Es que El quiere obrar por sí mismo, prescindiendo de ellos. La eficacia de una obra no depende de eso, sino del valor real del que la ejecuta.

Otra tentación es el humanismo. No nos damos cuenta de que estamos refiriéndolo todo al hombre: tenemos que desarrollarnos, que realizarnos, que equilibramos… Todo gira en torno a nosotros mismos, a nuestra naturaleza.

Lo cierto es que se puede tomar esa voluntad y esa necesidad de realización personal en un sentido puramente humano, y eso es precisamente lo que nos acecha. Con el pretexto de realizarse, de equilibrarse, de desarrollarse, se suprime todo lo que molesta a la naturaleza. Ahora se trata de quitar toda traba, de renunciar a toda mortificación, hay que considerar como malo o rechazable todo lo que viene a frenar un tanto la naturaleza y sus reclamos Esto es un error.

Les contesto sencillamente con estas palabras de Mon. Renard: «Hemos hablado demasiado de desarrollo, hemos hablado demasiado de realización humana y nos hemos olvidado de puntualizar que ese desarrollo y esa realización no pueden prosperar sino hundiendo sus raíces en la cruz. El ser humano está compuesto de cuerpo y alma y el cuerpo no puede crecer sólo, respondiendo únicamente a sus necesidades. Puede crecer y expansionarse solamente en la dicha íntima del alma que ha encontrado a Dios. Ahora bien, en esta vida no se puede encontrar a Dios más que en la cruz. No hay que olvidarlo». El encuentro de la cruz, de la dificultad, la inserción cotidiana de la mortificación, lejos de ser un impedimento al desarrollo, se encuentran, precisamente, en la base del mismo. Cuando algo pesa sobre nuestra conciencia, no somos en absoluto felices. Piensen en un día feliz en apariencia y lleno; si en el fondo de su corazón tiene el remordimiento de haberle negado algo al Señor, ese día en verdad no ha sido feliz; en ese día no han logrado un desarrollo, un florecimiento, un progreso. El día en que verdadera y profundamente somos felices es aquel en que hemos sabido buscar a Dios, cimentar nuestra vida en Dios y por consiguiente lograr nuestro equilibrio en El.

Hay que tomar de lo actual lo que es bueno, y hay que repudiar, por el contrario, lo que no se sitúa en el línea de Dios. Eso es vivir de fe. Nuestra fe y nuestra esperanza están en Dios, no en nosotras. Damos a veces una importancia demasiado grande a lo humano, que tiene, sin embargo, que estar a la base de lo sobrenatural, la dificultad consiste en llegar a encontrar el equilibrio que hay que proporcionar a la naturaleza para que pueda estar al servicio del alma.

Cito también la tentación del activismo. Dimana de los dos anteriores: materialismo y humanismo. Si colocamos toda nuestra confianza en lo material y en el desarrollo humano, la pondremos también por entero en nuestra acción. Y entonces, obraremos como autómatas, sin saber regular nuestra acción, sin saber detenernos, sin reserVarse el tiempo suficiente para las pausas espirituales absolutamente necesarias, absolutamente esenciales. Tenemos que convertirnos, tomamos en la mano para lanzarnos a Dios, pasar, del plano de la sola razón humana al plano de la fe. Eso es la conversión: pasar del hombre a Dios, de ,la vida humana a la vida de fe, al plano teologal.

Esta conversión tiene que efectuada cada’ una. Vamos a tratar de hacerlo en la Comunidad según una pauta. Recibirán Vds. los resultados de la Asamblea en la segunda quincena’ de septiembre, es decir, en el momento en que, finalizado el período de vacaciones y de los Ejercicios de cada Hermana, una vez reorganizado el curso que se anuncia, las casas van a encontrarSe en un período de tranquilidad y orden, el del último trimestre del año. Así pues, dentro de poco van a recibir un primer envío que les llevará una pauta para el espíritu, una guía de conversión, una guía para la vida y costumbres.

La pauta o la guía para el espíritu, en primer lugar. Se ha dicho que las ideas gobiernan el mundo, y son nuestras intenciones las que dan valor a nuestra vida. Por eso antes que cualquier otra cosa, hay que renovar las convicciones. Esa guía para el espíritu no es otra cosa que el documento de base de la Asamblea: el esquema sobre la Hija de la Caridad en la Igleisa y en el mundo de hoy. Este esquema se les enviará en su texto completo. Irá simplemente multicopiado y no impreso. La impresión, tal y como pensamos hacerla hubiera retrasado demasiado el envio. Ya lo haremos más adelante, después de haber revisado de nuevo el texto.

Cuando llegue ese momento, pondremos a modo de confrontación el texto del esquema y, en la página opuesta, las fuentes de donde se ha sacado, es decir, los textos de las Santas Reglas y de las Constituciones, los textos de las Conferencias de San Vicente y Santa Luisa que lo acreditan y legitiman. Esa doctrina vertida en un lenguaje moderno, acaso les parezca que aporta ideas nuevas, pero podrán darse cuenta de que no son en realidad más que la pura doctrina de los Santos Fundadores. Ha sido para nosotras un descubrimiento y una admiración al comprobar de continuo que aquello que nos parecía una línea de avanzada de nuestro pensamiento y de nuestra comprensión, era ni más ni menos que descubrir el pensamiento de los Fundadores. Tenemos unos Fundadores que no son modernos en su lenguaje, porque es evidente que hablan al estilo del siglo XVII. Pero son admirablemente actuales, y lo serán siempre, en su espíritu puesto que no han enseñado otra cosa que el Evangelio.

Pienso que la humildad profunda de San Vicente y Santa Luisa es la que ha dado ese valor evangélico a sus enseñanzas. No se buscaron a sí mismos, no quisieron transmitir su propio pensamiento, su manera de actuar, no se fiaron de su inteligencia o de su ingenio. Por lo mismo, hicieron de continuo referencia al Evangelio y por eso también son intemporales y estarán siempre actualizados. Su doctrina es Evangelio y el Evangelio no pasa.

Bien. Van a recibir ese esquema. Cuando lo tengan en su poder se pedirá a sus Hermanas Sirvientes que se lo lean por entero en la lectura de las 2 y que después tomen como tema de estudio durante todo el año el primer capítulo del esquema: la Hija de la Caridad, Hija de Dios. Ser Hija de Dios comprende: hija de Dios por la creación, por el bautismo, por la consagración. Tendrán Vds. entonces que buscar qué esfuerzos, qué renovación de espíritu les pide este texto. Hay un enorme contenido para profundizar: por ejemplo, relaciones entre la naturaleza y la gracia, la expansión y desarrollo en la cruz, la puesta en acción al servicio de Dios de todos los valores humanos que el Señor les ha confiado. Es un tesoro de la Compañía que ésta no tiene derecho a dejar improductivo y que cada una, por su parte, tampoco tiene derecho a dejar improductivo. Tenemos ahí también la cuestión de ser verdaderas cristianas, todo lo relacionado con la verdad, la justicia individual y social. Es un capítulo muy denso el que ha de servirles de tema de búsqueda en cada una de sus casas.

Pedimos también a las casas, como resultado del trabajo del año pasado, que nos envíenuna brevísima síntesis de las principales resoluciones que tome la casa a partir del estudio de este esquema. Esto les ayudará a revisar sus posturas de espíritu y su comprensión de la vocación. Esto es lo que he llamado la guía o pauta del espíritu. Al hacer esto en todas nuestras Provincias del mundo, en todas las Casas y todas las Hijas de la Caridad se producirá como una corriente común que circulará por toda la Compañía. Y esto es lo que he llamada la guía de . conversión de las Hermanas

Pero la conversión del espíritu tiene que traducirse en actos, tiene que entrar en movimiento, que actuar. Por eso la guía del espíritu irá acompañada de una guía para la acción, para la vida, compuesta por las fichas provisionales del nuevo consuetudinario. He dicho «provisionales» porque estamos decididas a seguir en todo la manera de proceder de San Vicente, y creemos que no ha llegado todavía el momento oportuno de redactar un consuetudinario definitivo.

Como les digo, pues, irán recibiendo el consuetudinario en forma de fichas que les pediremos pongan en práctica durante los tres años que van a preceder a la Asamblea General de 1968. Se tratará de una hojas multicopiadas sólo por un lado, el reverso quedará en blanco para que, a medida que vayan poniéndolas en práctica, pueda la Hermana Sirviente, después de haber cambiado impresiones con sus compañeras acerca de las ventajas o inconvenientes de tales fichas, anotar sus reflexiones, haciendo constar esas ventajas o esos inconvenientes. En el plazo de unos dos años aproximadamente, lo enviarán a las Visitadoras y servirá a la Asamblea General para revisar las fichas provisionales y llegar por fin al consuetudianrio definitivo.

Quizá les extrañe no recibir en el primer envío más que seis fichas y se dirán Vds.: «desde luego no es mucho… el Consejo General toma las cosas con calma». Por supuesto que hay más de seis fichas confeccionadas ya; pero exprofeso no se les mandan todas a la vez. La experiencia que tenemos nos enseña que si les enviamos de pronto todo un código de vida, lo leerán con buena voluntad, sí, y se dirán: esto es lo que tenemos que hacer, pero no lo digerirán ni lo asimilarán. Cuando terminamos la Asamblea, las Visistadoras dijeron: tenemos la convicción de que por más que lo cambiemos todo en la Comunidad, todas las formas de proceder, de rezar, todos los usos y costumbres, si esos cambios exteriores no van animados por el fervor de cada una de las Hermanas, iremos a parar de nuevo a la rutina y no alcanzaremos el objetivo que nos proponemos.

Así pues, les enviaremos las fichas poco a poco, en envíos distanciados de uno a dos meses, de suerte que cada envío pueda dar lugar a una revisión de vida a un exámen de conciencia sobre los puntos de que se trate, y dar lugar también a un esfuerzo de fervor por parte de cada Hermana y de su Comunidad en el sentido de los puntos que se sometan a su atención.

De las primeras fichas que se les van a enviar, dos serán de orden espiritual. La primera se refiere a la preparación de la oración. Se ha cambiado el nombre, lo mismo que el método, para intentar dar mayor libertad, mayor espontaneidad al ejercicio en cuestión. La segunda tiene por objeto las prácticas de penitencia, para poner en orden la cuestión del ayuno de Iglesia y del ayuno de Comunidad, que en adelante se llamará día de penitencia, ya que hablando con propiedad no se trata realmente de ayuno. Ya se les dirá con exactitud lo que tienen que hacer.

La preparación de la oración va a ser un verdadero esfuerzo espiritual, personal y comunitario. Cada una tiene que comprender que en esta preparación no ha de enfocar únicamente la suya propia, aunque como es lógico, no pueda olvidarla. Pero se trata de ayudar a sus compañeras a que hagan bien la oración del día siguiente. Es importante en la vida de Comunidad, hacer oración juntas en torno a un mismo tema, porque ello crea un espíritu común, lazos de espíritu, de corazón y de acción en la Comunidad. Este será, pues, el esfuerzo que se van a pedir a las casas durante los dos meses que mediarán hasta el envío siguiénte; de poner atención en la preparación de la oración y adualizar las prácticas de penitencia usuales en la Compañía.

Esto en cuanto al aspecto espiritual. Más adelante, sin dejar éste, tendrán que hacer otro, y así iremos revisando nuestra vida espiritual; luego le llegará el turno a la vida comunitaria, a nuestra vida de relaciones sociales, la vida litúrgica, etc.

La primera ficha relativa a la vida comunitaria será la de «regularidad», acto de levantarse, de acostarse, comidas, dormitorio. Todo esto no va a exigir a Vds. esfuerzos extraordinarios, pero sí el moldear con lealtad su vida sobre lo que se les indique. Es condición hutnana la de desviarse siempre un poco, la de apartarse de la línea trazada. A medida que va transcurriendo la vida, vamos añadiendo cosas y desviándonos un poco. Las fichas que se les van a enviar les dirán lo que tienen que hacer, cómo deben ser sus locales de Comunidad, cómo deben proceder en tal o cual circunstancia; y con toda lealtad en sus casas, se preguntarán comunitariamente: ¿hacemos como nos indica esta ficha?

Por ejemplo, en la cuestión dormitorios: se les dice que pueden tener camarillas con un lavabo; se les indica también el mobiliario con que pueden contar. No hay obligación de tener todo lo que indica la ficha. Si no tienen mesita, porque su Hermana Sirviente no ha dispuesto del dinero necesario para comprarlas todas, mejor. Se puede siempre tener menos; lo que no se puede es tener más. Y eso es lo que hay que tener en cuenta. Si tienen menos, den gracias a Dios y a su Hermana Sirviente.

En la camarilla así amueblada, no añadan nada más: ningún decorado, ninguna fantasía, nada de color, nada de buscar el buen efecto. Tenemos derecho a un Crucifijo y a nada más.

Seamos lo que somos, lo que han sido las que nos han precedido, que tan magníficamente conservaron la sencillez de vida y la pobreza legadas por los Santos Fundadores. Tengamos verdadero empeño en ser verdaderas Hijas de la Caridad sencillas, humildes y pobres, como debemos serlo. No serviremos a Dios y a los pobres más que en la medida en que mostremos lo que somos, de no ser así no tenemos ninguna razón de ser.

Va a haber un cambio todavía más importante que éstos: es el que afecta a nuestras oraciones. La Asamblea ha decidido adoptar como oración de la mañana Laudes y como rezo de la noche Completas. Todavía no tendrán Vds. que empezar a rezarlo, porque hace falta mucho tiempo para preparar las cosas. Tenemos que escoger los libros y también prepararles a Vds. para esta adaptación.

El Señor es bueno. Siempre pone en nuestro camino aquello de que tenemos necesidad. Hace poco me encontré con un religioso que me dijo: «En nuestra Congregación hemos adoptado el rezo de Laudes y Completas en sustitución de las antiguas preces de la mañana y de la noche. Y no hemos sacado ningún provecho, porque, de pronto, se nos mandó el libro y empezamos, sin más a rezar esa parte del Oficio, cosa que ahora hacemos con la misma rutina que antes. Puede que nuestras preces antiguas fueran más fáciles de comprender, que hablaran más directamente al corazón; llevaban consigo, además, una costumbre ancestral y todo contribuía a que dejaran algo en el alma. Ahora me pregunto qué nos dejan los nuevos rezos». Y me dije para mí: no haremos lo mismo.

Hay que tener mucho cuidado. Nuestro Padre Director ha escrito un breve artículo de preparación. Vamos a empezar por Completas sólo, y cuando ya las hayan asimilado, adoptamos Laudes que nos son más difíciles y suponen más cambios. Ya se les darán unas normas. Pediremos a sus Padres Directores que les ayuden a orar con los salmos, de forma que puedan sacar el mayor provecho espiritual posible de esta innovación. Por ahora, ya quedan informadas de que ha sido aceptada y se la tiene en cuenta.

Retengan bien esto. De todas las modificaciones que se van a introducir, unas van a poner el acento sobre la necesidad de llevar una vida religiosa y mortificada; otras, parecerán dar más amplitud, una apertura que se hace absolutamente necesaria. Ahora bien, las decisiones que se han tomado no lo han sido nunca en función o con deseo de una concesión a la naturaleza, con ánimos de proporcionarles un capricho. Hemos tenido en cuenta, ante todo, un mejor servicio de Dios. Una mayor amplitud en nuestra vida personal puede traducirse en una práctica de mortificación menos rígida o en relaciones sociales más abiertas, o en mayores facilidades. No es por halagarlas a Vds. por lo que lo hacemos, ni para enfriar o disminuir el valor de nuestra vida de relación con Dios —una vida religiosa es siempre una vida en relación con Dios—, sino para hacer de nosotras instrumentos para el servicio de Dios, como nos decía Pablo ‘VI, para entablar mejor el diálogo con el mundo.

Cada una de nosotras tiene que sentar bien en ella la convicción, y tenerlo presente en la práctica, de que lo que se hace o emprende no puede ser nunca en función de nosotras mismas, por nuestro propio gusto, sino por amor de Dios y para su servicio. Ese es el gran principio. Renovación no es relajación, sino conversión.

La adaptación de usos no se hace por nosotras, para que tengamos una vida más cercana al mundo, para asemejarnos más a las personas del mundo que nos rodea. Se hace sencillamente para que seamos mejores obreras de Cristo. Esto es lo que les pido que conserven en su .memoria y también en sus oraciones. En esa línea tratarán de asimilar todas las modificaciones que se hayan de introducir.

También les ruego pidan por el Concilio, por el Santo Padre, sobre quien va a recaer la pesada responsabilidad de tantas determinaciones; rueguen por los Obispos para que sean siempre fieles a la voz del Espíritu; y, por último, háganlo también por mí para que en mi pequeña intervención, eventual, en el Concilio sea verdaderamente instrumento del Señor.

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