Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de noviembre de 1967

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Saben también como yo, que estamos viviendo una época muy particular de la vida de de la Comunidad, que es también un estado peculiar en la Iglesia de Dios. Estamos en ese período —¡ cuántas veces lo habrán oído! y cada uno lo interpreta como quiere, lo que es una lástima por los resultados que esto produce—, estamos en ese período postConciliar, lo que quiere decir que ustedes y yo, nosotras juntas como todas las fuerzas vivas de la Iglesia, tenemos la responsabilidad de recoger y asimilar las enseñanzas del Concilio. Para ello, lo primero que se precisa es conocerlas, penetrarse de ellas y luego, sobre todo, ponerlas en práctica. Este es uno de los primeros actos que nos incumbe hacer en la hora actual. Conocer las actas del Concilio, tratar de reflexionar en su contenido y, por fin, tratar también de llevarlas a la práctica. Evidentemente, no es «una» Hermana la que puede llevar a la práctica las actas del Concilio; pero sí somos todas y cada una de las Hermanas las que debemos penetramos del espíritu del Concilio.Podríamos suponer que se procediera a la renovación de la Compañía toda, con la mayor minuciosidad, con el mayor lujo de reglamentos, con una organización de las estructuras, de los usos, de la manera de vivir, y, con todo, fallar por completo en esa renovación. Porque no son los reglamentos ni los cambios de formas exteriores materiales, los que van a renovar a la Compañía, hacerle alcanzar con éxito el «aggiornamento» que ha pedido el Concilio y que la Iglesia sigue pidiendo. La renovación —nunca se repetirá bastante; yo lo digo en casi todos los Ejercicios— la renovación verdadera es interior, es íntima. No es un hábito lo que hay que cambiar, no es una forma de rezo, un estilo de oraciones, no es tampoco nuestra actividad apostólica. Todo esto, sí, debe revisarse, debe ponerse al día; pero todo esto no es el ser profundo, no es sino una expresión o manifestación de lo esencial y podría llamar a engaño.

Se ven a veces Congregaciones, Movimientos de Acción Católica u otros, organizaciones cualesquiera de la Iglesia, que parecen haber conseguido su aggiornamento exterior: han cambiado tal o cual aspecto, dan la impresión de haber hecho algo. Pero, en cuanto se establece un contacto con las personas de no más de diez minutos, se da tmo cuenta de que no se ha hecho nada.

El espíritu del Concilio podría reducirse a dos palabras: Verdad, Caridad. Palabras que son, por lo demás la esencia misma de Dios: Dios es caridad. Dios es la Verdad. Pues bien, se da uno cuenta de que ese impulso de Verdad y Caridad no ha transformado a las personas, su manera de trabajar con los demás y que, por consiguiente, el supuesto aggiornamento llevado a cabo en las formas externas es falaz. Más vale no correr tanto y que, de verdad, se realice esa transformación interior.

No es fácil transformarse interiormente. Es un trabajo de todos los días. Nunca lo lograremos por completo, no nos lo imaginemos. Si consiguiéramos plenamente nuestro aggiornamento, querría decir que éramos santas, prontas para ser canonizadas… porque ese es el verdadero aggiornamento: entrar de tal manera, dejamos conduCir de tal manera por la verdad y la caridad que llegásemos a ser santas, que no hubiese ya distancia entre Dios y nosotras, que Dios hubiese penetrado tan por completo hasta en el último repliegue de nuestra conciencía, de nuestro ser, que nos gobernase completamente, que en nosotras se hubiese operado una especie de consagración. La materia que se ofrece a Dios en la Misa es poca cosa pero pura; es insignificante, pero se transforma en Dios. La materia de nuestro ser, la materia que constituye nuestra vida de todos los días, tiene que quedar tan purificada, tan desprovista de toda escoria humana, que pueda, en el momento escogido por Dios, transformarse en la persona divina. Así es como, llega a constituirse poco a poco el cuerpo místico de Cristo. Cuando se díce «recapitular todo en Cristo» quiere decirse que, al purificarse cada ser más y más por su esfuerzo personal y sobre todo por la acción de la gracia, llegue a ser la materia posible de una consagración mística, de una transformación en Cristo. En eso consiste el aggiornamento. ¿Por qué se intenta transformar las formas? Para poder llegar a vivir más verdaderamente, más auténticamente lo que Dios quiere, esa vida interior nuestra con Dios, ese comunicar nuestro con el Señor. Por lo demás, bien lo saben ustedes todas. Todas lo han dicho muy bien: hablan como libros, escriben magníficamente. Es admirable. Cuando se leen los cuestionarios hay que decirse: Ya está, han comprendido. Está muy bien. Pero cuando se trata de vivirlo, es otra cosa. A mí me ocurre lo mismo que a ustedes. Es relativamente fácil hablar, relativamente fácil escribir; pero es muy difícil vivir.

¿Por qué deseamos transformar la manera de hacer las repeticiones de oración, las preparaciones de oración, la conferencia de culpas del viernes? Para que sean más verdad —siempre esa búsqueda de Verdad— para que sean más auténticas, para que la caridad circule verdaderamente entre los hermanos, entre las Hermanas, entre los miembros. Aun cuando no hubiese llegado a advertirse esa búsqueda de verdad, de caridad, se siente instintivamente que son esos los dos puntos de mira: la autenticidad, la verdad y la caridad. Eso es lo que se pretende: llegar a una vida más verdadera con el Señor.

Recuerdo que en una reunión de superioras mayores, en Roma, se habló de esa necesidad, porque todo el mundo lo experimenta: no somos nosotras solas en la Comunidad. Se habló de la necesidad de ‘revivificar lo que en las Congregaciones religiosas se llama el Capítulo de culpas. Y todas empezaron a decir que no era fáCil, pero que se sentía la necesidad de hacerlo, ya que la cosa se estaba convirtiendo en rutina, a lo que ya nadie prestaba mayor atención. Entonces una Superiora General de Argentina nos explicó que, desde hacía un año, estaban viviendo una excelente experiencía en su Congregación. Habían decidido todas —se trata de una Congregación pequeña— que en cada Congregación local la Superiora se reuniría todos los meses con sus Compañeras para determinar juntas, en un intercambio, el esfuerzo que iban a proponerse hacer sobre un punto de Regla, o un punto simplemente de la vida común. Ese esfuerzo lo realizarían durante el mes siguiente (no hacían el capítulo de culpas más que una vez al mes). Durante dicho mes, hacían lecturas relacionadas con el punto en cuestión; de vez en cuando, la Superiora recordaba la cosa mediante una breve exhortación, y, al final del mes, se reunían. La Superiora decía su impresión sobre la manera como habían vivido lo propuesto durante el mes que acababa de transcurrir, y a continuación se hacía la acusación: cada una se acusaba de sus fallos sobre aquel punto, y nos decía, hemos sacado un gran provecho; se han podido comprobar los adelantos en las casas. Fue muy interesante; todas decíamos: «es magnífico». Pero añadió esta frase: «Hace un año que venimos haciéndolo así, y ya hace un mes o dos que las Hermanas dicen que estamos volviendo a caer en la rutina».

Ya se puede hacerlo todo, cambiarlo todo; pero las que tenemos que cambiar somos nosotras. La rutina anida en nuestro interior. No está en la forma. Si fuéramos personas de santidad vigorosa, podríamos transformarnos sin cambiar nada en nuestra vida, y bastarnos su sencillez vicenciana. Porque yo les garantizo que lo que se hacía en tiempos de San Vicente era auténtico, había verdadera autenticidad. Por lo demás, es a San Vicente y a Santa Luisa a quienes debemos esa magnífica sencillez de formas que tenemos en la Comunidad. No llevamos el lastre de una sobrecarga. No hay necesídad de suprimer gran cosa, para liberamos, digamos, de lo superfluo. ¡Cuando veo todo lo que tienen otras! Me digo entonces: «Es magnífico ver lo que San Vicente y Santa Luisa hicieron». No es orgullo, es un simple amor filial el que me hace hablar. Y decirlo es la verdad, porque la humildad no consiste en decir mentiras para convencer de que somos peores que otros; la humildad es la verdad. Pero tenemos que hacernos dignas de esa sencillez y de esa admirable carídad que animaban a nuestros Fundadores y a nuestras primeras Hermanas.

Por lo tanto, a quien se trata de cambiar es a nosotras mismas. Lo demás ya se verá en la Asamblea General. Corresponde antes a sus Asambleas Provinciales hacer propuestas como las que ya han hecho en las Asambleas domésticas, que, en general, han sido excelentes. Después de a la Asamblea Provincial, será a la Asamblea General a quien corresponde ver lo que se debe adaptar para dar formas más comprensibles, más de acuerdo con el temperamento actual, con la época en que vivimos. Pero el gran trabajo —se lo ruego, apúntenlo en sus libretas si quieren, pero sobre todo en su mente y en su corazón—el gran trabajo, el principal trabajo es la renovación personal.

Lo que hace falta es que cada una de las 45.000 Hijas de la Caridad se transforme, se renueve interiormente, llegue a ser una persona atenta a la voz de Dios, una persona atenta al trabajo espiritual que debe hacer en ella misma, atenta a los demás, y eso es la base de todo el resto. Si no hacemos eso, todos los demás esfuerzos serán vanos e inútiles. Eso es lo que importa, eso es lo primero que hay que hacer. No se cree bastante ahora en lo que podríamos llamar trabajo espiritual. Se llena uno de palabras, se leen muchas cosas, hay una literatura espiritual abundante; es buena, por lo demás, excelente, se puede sacar mucho de ella, se puede encontrar en ella, sobre todo, doctrina. Pero no tengamos montones de libros. Los que tengamos, escojámoslos bien, ya desde el punto de vista de la doctrina, ya desde el de la vida espiritual, y de éstos, no muchos, porque la vida espiritual es más para vivirla que para leerla. Actualmente se tiene tendencia a leet: mucho lo espiritual, a hablar mucho de ello y a hacer muy poco, no se pone en práctica. Y la vida espiritual es un trabajo no un ensueño, no un pensamiento, no un razonamiento bien planteado. No se crea que se vive vida espiritual por haber comprendido bien lo que es: completamente falso, porque entonces se vive como en una especie de ilusión: se han asimilado ciertos principios básicos y ya se cree que se han puesto en práctica, cuando no es así. Tenemos que determinarnos a organizar bien el trabajo espiritual que tenemos que hacer.

Ese trabajo debe centrarse por completo en torno a la Misa y a la Comunión. Es cierto que el polo de nuestra vida es ese encuentro diario con el Señor, esa ofrenda de lo que somos, de lo que hacemos, de lo que sufrimos, ofrenda con Cristo a Dios, que hacemos todas las mañanas, y nuestra vida toda está ordenada a ese encuentro con el Señor, preludio del encuentro eterno. ¿Por qué vivimos así, de esta manera? Para que cuando llegue nuestro último día, el encuentro con el Señor lo tengamos ya preparado por nuestra vida: en eso consiste prepararse a la muerte. No son unas prácticas espirituales las que preparan a la muerte; es la purificación progresiva, con miras al encuentro. Y cada una de nuestras jornadas es un aprendizaje, es, en cierto modo, el ensayo de nuestra vida. Cada una de nuestras jornadas es la preparación al encuentro con el Señor de la mañana o la tarde siguiente, según la hora a la que tengamos la Misa. Se prepara todo el día con la purificación de nuestros actos, para llegar a hacernos dignas de ser transformadas en Dios y encontrarnos con El, dignas de la comunión diaria, que un día llegará a ser la comunión eterna.

¿Cómo podemos prepararnos? Tenemos que prepararnos. La Misa y la Comunión no son un episodio, un ejercicio, lo mismo que cuando nos reunimos para la lectura o para rezar el Da Pacem. La Misa no es un ejercicio; la Misa y la Comunión son la esencia misma, al centro mismo de nuestra existencia.

¿Cómo se prepara? Hay que pensar en ello, reflexionar En nuestra vida necesitamos espacios de reflexión, de entrar en nosotras mismas. Es cierto que tenemos las dos oraciones diarias; pero muchas de ustedes piden tener una tarde por semana libre. Hay que ponerse de acuerdo en lo que quiere decir esa palabra: libre. ¿Sería libre esa tarde para que pudieran entregarse a toda clase de caprichos? No, de ninguna manera. Tarde libre o expansión para liberarse del trabajo habitual y poder vivir una vida más cercana a Dios. Que en esa tarde, por ejemplo, se incluya una salida, un recado, unas compras, que se dé una verdadera expansión por medio de una lectura amena, está bien, no es censurable; pero no se puede olvidar que el fin principal de esas tardes libres que se piden es el de poder poner en orden nuestro estado espiritual, nuestros intereses espirituales, el de tener tiempo para reflexionar, para leer la Palabra del Señor. Muchas piden posibilidad de hacer lectura personal, sin abolir, por lo demás, la lectura en común; muchas piden un tiempo para poder leer en particular y tomar así contacto con la Sagrada Escritura, con la Palabra de Dios. Esa tarde libre puede dedicarse a ello; puede tomar un cuarto de hora o media hora para hacer una lectura espiritual.

También está, en ese sentido, el día del retiro mensual, que tan importante es. Es un poco exagerado lo que voy a decir, pero matizándolo, pienso que el progreso espiritual de una casa está en estrecha relación con la manera de hacer el retiro del mes. Se podría medir por ahí ese progreso. Hacer el retiro del mes, en el que cada una puede entrar dentro de sí e interrograrse, detenerse un poco, hacer una pausa en su vida para ver por dónde anda su reladón con Dios. ¿Ha sido fiel? ¿hemos sido fieles? Durante estos Ejercicios que están haciendo van ustedes a formar propósitos, propósitos que van a olvidar bastante pronto: ustedes y yo sabemos lo que nos pasa: al cabo de ocho días, al cabo de quince, sí, los recordamos, claro; todavía durante un mes se tiene presente lo que una se ha propuesto, pero ya se piensa menos en ello… Es necesario que nos controlemos, que nos organicemos, que nos detengamos un día dentro del mes. Y nunca insistiremos bastante para que ese día sea verdaderamente una pausa, un detenerse, liberadas de cualquier otra ocupación: así será un verdadero descanso espiritual, el momento de entrar dentró de una misma para interrogarse.

Ver cómo andan mis propósitos de Ejercicios. ¿Qué me propongo hacer durante el mes que empieza? ¿Cómo he hecho mis exámenes diarios? Nuestra vida tiene tres etapas espirituales: los Ejercicios —los están haciendo— que van a orientar todo lo demás; el retiro del mes que les permitirá permanecer vigilantes sobre ustedes mismas, ver por dónde van, cuestionarse. Si esperasen todo un año sin hacer cuentas, sin apuntar los gastos, no sé cómo se verían al final. En el plano espiritual, ocurre lo mismo.

Y tenemos, por fin, los exámenes diarios. Ya saben que hay cierta polémica entre los maestros de vida espiritual: ¿Hay que hacer examen particular? ¿Es mejor no hacerlo? ¿Está en lo cierto la escuela que lo recomienda, o es un error?… Yo les digo: ¡es indispensable! porque está de acuerdo con la naturaleza humana. Si se quiere adelantar, hay que vigilarse. responde a una psicología. Que los maestros de vida espiritual discutan cuanto quieran; nosotras, organicemos nuestra vida espiritual y para ello, hay que pensar en el examen particular.

El examen particular no es dar la vuelta a todo lo que se nos ha dicho o se ha dejado de hacer durante el día. Es una ojeada rápida y muy concreta a la resolución que se tomó en los Ejercicios y se ha renovado en el retiro mensual. Por ejemplo: supongo que se han propuesto no permitirse ni un pensamiento rú un sentimiento interior contrario a la caridad. Pensar siempre bien del prójimo, aun cuando se reconozcan sus defectos, pero pensar siempre bien, dentro del amor que debe tenérsele.

A medio día o por la tarde, echen una mirada: ¿me he dejado ir a algún pensamiento en contra de mis Hermanas? ¿en contra de las personas con quienes me he relacionado? No hacen faha cinco mínutos para esto. Y en ese momento, no hay otra cosa que considerar. Pero esa vigilancia sobre ustedes mismas, va a ser la que va a condicionar su adelanto espiritual y el avance del Reino de Dios en ustedes.

Por lo contrario, al llegar la noche, se hace el examen general, que corresponde a su nombre, es decir, que en él ha de considerarse lo que ha sido toda la jornada. Pienso que hacemos mal en enfocar los exámenes siempre desde un punto de vista negativo. Nos decimos: ¿qué pecados he cometido? ¿en qué he ofendido a Dios? Eso no es, según mi parecer, más que un aspecto del examen, sería mejor que nos preguntáramos: ¿cómo he vivido hoy mi vida de Hija de la Caridad? ¿he hecho actos de amor a Dios? ¿he vivido en su presencia? ¿he sido fiel a su voz? Veamos primero lo positivo. Estoy segura de que en nuestras jornadas hemos de encontrar algo positivo que ofrecer a Dios y que al mismo tiempo nos estimula a nosotras mismas ¡lo necesitamos! No es malo decirse eso, ver lo que ha sido bueno, lo que ha sido u_n caminar hacia Dios, un don hecho a Dios. Luego ya, después: ¿en qué he faltado? Se hace con bastante rapidez. Tampoco es obligado hacerlo únicamente en la capilla. Yo que corro bastante mundo, tengo que ingeniármelas para hacer la oración de la noche donde sea. Hay lugares en los que apenas si se cuenta con un minuto para el examen de la noche; hay otros… me acuerdo de una Provincia en la que hubiera habido tiempo para hacer el examen general para una confesión de veinte años, tan largo era. Yo me decía: ¿pero qué pasa? En fin, esto no tiene una importancia extraordinaria Nunca se acertará con el tiempo adecuado para cada uno. Lo mejor es un término medio. Pero, por otra parte, se nos recomienda que nos acostemos con pensamientos que nos mantengan en la presencia de Dios. Entonces, por ejemplo, al ir al dormitorio al quitarnos la ropa… podemos continuar el examen de conciencia, sin torturamos. (no se trata de someternos a una tortura). Pero ésta es también una forma de ponerse en la presencia de Dios y podemos con ella hacer un acto de amor.

Pienso que todo esto es muy importante: esta organización, esta especie de estructuración de nuestra vida espiritual, en torno siempre a ese encuentro con Dios que es la comunión del día siguiente y la gran comunión eterna hacia la que nos encaminamos.

Esos exámenes diarios, examen particular y examen general; la pausa mensual del retiro y la gran etapa de los Ejercicios, anuales son, a mi juicio, esenciales. Coil ellos es cotno se renovará la Comunidad. Con ellos se pondrán en las disposiciones requeridas para acoger Por una parte y después para cumplir en verdad, de manera auténtica las adaptaciones, las puestas al día, las renovaciones que determine la Asamblea General.

Las acogerán con un corazón sincero y las cumplirán con todo el fervor de la caridad y del amor.

Consideren que su responsabilidad personal consiste en transformarse ustedes mismas y en orar para que el conjunto de la Compañía de las Hijas de la Caridad, después de haber comprendido esto gracias a la renovación íntima, al esfuerzo de santidad y de vida interior hecho por cada una, llegue a ser transformada y renovada en profundidad.

Si no nos organizamos, nada haremos ni en el plano espiritual ni en el material. Ya trataremos de tenerles al corriente y de mantener todos los espíritus y corazones unidos en torno a este ingente trabajo, que les encomiendo en todos los sentidos. Pero recuerden, por favor, que el verdadero trabajo a realizar es el de intentar ser santas, eso es lo que condicionará el éxito de la Asamblea General.

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