Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de marzo de 1965

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Los Ejercicios constituyen siempre un tiempo propicio para profundizar lo que somos. Me parece que durante unos Ejercicios debemos preguntarnos si verdaderamente somos fieles a lo que el Señor ha querido de nosotras, al designio que tuvo por una parte al llamarnos a la existenia, después al bautismo, haciéndonos cristianas y por último llamarnos a ser Hijas de la Caridad, haciendo de nosotras almas consagradas. No somos propiamente religiosas, pero sí somos consagradas entregadas a El por completo para el servicio de la Caridad.

Con motivo de unos Ejercicios —y aún con más frecuencia—debemos preguntarnos si somos fieles. Ya saben cómo San Bernardo se repetía a menudo: «Bernardo, ¿a qué has venido aquí?» Así, nosotras debemos hacernos la pregunta: «¿Qué ha querido el Señor al llamarme a ser Hija de la Caridad?» Todos los santos estuvieron durante su vida como obsesionados por esta inquietud, por responder a la llamada, a la voluntad de Dios acerca de ellos. San Pablo decía a los cristianos de Corinto: «Considerad vuestra vocación». Tenemos una pobre naturaleza humana que, a pesar de sus riquezas, vuelve a caer fácilmente sobre ella misma y es un tanto inconstante para correr hacia una meta y responder a una llamada. Si no estamos alerta, si no nos adueñamos de continuo de nosotras mismas para encauzarnos por el buen camino, inevitablemente caemos en la tibieza, en una especie de indiferencia, de rutina. Los días pasan sin que nos hayamos preocupado de hacerles rendir lo que Dios espera de ese tiempo que nos da. Esto es grave. Con ocasión de estos Ejercicios, preguntémonos todas: ¿somos fieles a nuestra vocación?

San Vicente dedicó varias conferencias a explciar a nuestras Hermanas lo que es la vocación, la vocación de Flija de la Caridad; y esas conferencias son unas joyas, no tanto de inteligencia humana, aunque no carecen de ella, pero joyas sobre todo de inspiración del Espíritu Santo, de gracia de Dios. Son tan actuales, tan concretas, tan adaptadas a la Iglesia de hoy como si San Vicente las hubiese pronunciado ahora. A veces, la expresión de San Vicente es lo que resulta un poco desfasado; pero por lo que hace al fondo, conserva, hoy como entonces, toda su pureza y toda su brillantez. Lo encontramos todo en esas conferencias de Nuestro Padre. Tenemos que volverlas a leer buscar en ellas también las luces que la Iglesia quiere damos en la hora presente. Esa luz, la encontramos en toda su pureza, en toda su exactitud y precisión en las enseñanzas de San Vicente a sus primeras Hijas.

San Vicente nos repite: «Hija de la Caridad quiere decir Hija de Dios, Hija del Amor divino». También hubiera podido decir, Hija de la Iglesia. Pienso que aprovechando la circunstancia de los Ejercicios, tenemos que preguntarnos: ¿Somos verdaderamente Hijas de Dios? ¿Somos verdaderamente Hijas de la Iglesia? No sólo de una manera teórica, un poco idealista, vanagloriándonos en estas palabras y en su contenido. Es en cierto modo el defecto de la generación actual: emplear palabras altisonantes, bellas frases, emitir ideas por lo general perfectas, pero sin que todo ello se traduzca en la conducta.

No nos contentemos con palabras, Hermanas. Cuando decimos Hija de la Caridad, Hija de la Iglesia, es preciso que entremos inmediatamente en lo profundo del tema, en nuestra vida de todos los días. Es preciso que nos preguntemos si realmente vivimos como corresponde a una Hija de Dios, a una hija de la Iglesia, es decir, si estamos no sólo en nuestra intención, sino en nuestras obras, en nuestras preferencias, en nuestra manera de dirigir nuestra conducta, unidas a Dios y a la Iglesia con toda la fuerza de la palabra y de las obligaciones que implica la condición de hijas.

Ser Hijas de Dios es, evidentemente, vivir de El. Quiere decir que hemos nacido de El, de su voluntad. Lo sabemos, pero quizá no lo bastante. La paternidad humana se cumple una vez; unos padres hacen ver la luz a un niño: es su hijo; han participado en el acto creador de Dios. Peo el acto de paternidad y de maternidad no se cumple más que en el origen de la vida humana, en tanto que la paternidad de Dios, puede decirse que se cumple en todos los instantes. Dios nos crea de continuo, de continuo Dios quiere nuestra existencia, nos sostiene en ella. Hay teólogos que afirman que si la voluntad de Dios se apartase de nosostros por un instante, si saliésemos un instante de su pensamiento, de su voluntad, en ese mismo instante volveríamos a la nada. Un vínculo ininterrumpido nos une a ese Dios que es nuestro Padre no sólo en el momento de nuestro origen, sino desde toda la eternidad. Por toda ella hemos estado presentes en su pensamiento. Pensémoslo en nuestras oraciones.

Es posible que hagamos de nuestras oraciones un cúmulo de distracciones: no siempre es culpa nuestra, ya que nos vemos acaparadas por las cosas que componen nuestra vida. Hagamos de esas distracciones algo práctico, pero sepamos también esforzarnos por que nuestra oración sea desinteresada, que gire simplemente en torno a Dios, en torno a nuestras relaciones con El, una oración que podríamos llamar de contemplación y alabanza. Esa contemplación es posible aun para las Hijas de la Caridad. No es porque llevemos una vida a la que se califica de activa por lo que la contemplación no está hecha para nosotras. Muy al contrario, nuestra vida activa no tendrá valor, no dará su pleno rendimiento más que a condición de verse rodeada de una atmósfera continua de contemplación.

Se dice ahora mucho —y con toda razón— que debemos contemplar a Dios en el «otro», en los pobres a los que somos enviadas, en las compañeras con las que vivimos; en ellos, en ellas, tenemos que saber descubrir el rastro de Dios. Descubrirle de continuo, saber escuchar sus llamadas y saber darle respuesta. Todo esto es profundamente verdad. Pero también lo es que debemos tratar de contemplar a Dios en Sí mismo en nuestras oraciones, aunque no sea más que para recocijarnos de que existe eternamente y es eternamente feliz. Tratar de mirar, de contemplar, de pensar en esas admirables relaciones de las tres divinas Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pensar en el vínculo de filiación que nos une con Dios, con ese Dios tan grande y tan bueno que nos ha llamado a la existencia en un movimiento de amor de su corazón. Pienso que no mantenemos suficientemente con Dios las relaciones que deberíamos tener y fomentar con El.

Tratemos de vivir de Dios, de contemplarle, de buscarle desinteresadamente. Tenemos que alimentarnos de Dios en la oración, la oración vocal y la meditacíón, en una oracíón continua. En buen número de nuestras casas, de todas las lenguas y de todos los países, se ha leído «El Diario del Alma», de Juan )0(III. Es una verdadera maravilla en el que se percibe el movimiento de un alma extremadamente sencilla, pero impulsada por una voluntad que podríamos llamar de hierro, para encontrar a Dios, unirse a El, buscarle y servirle con una perseverancia poco corriente, esa perseverancia que forja a los santos. Juan =I se alimentó de Dios, buscó de continuo unirse a El; se alimentó de Dios no de una manera un tanto desordenada, como acaso haremos nosotras con harta frecuencia, sino de una forma organizada, controlada, revisada de continuo para hacerla más perfecta y más eficaz. ¡Con qué perseverancia este sacerdote, este Obispo, este Papa ha examinado todas las noches su conducta, previendo los esfuerzos para el día siguiente en el plano interior y exterior, señalando y condenando sus propios fallos, previendo también las oraciones jaculatorias que jalonadas a lo largo del día, estarían llamadas a hacer más sensible el lazo de unión entre Dios y él! Les aconsejo a todas, si no lo han hecho ya, que lean este diario, que lo mediten, que saquen de él las lecciones que debemos sacar. Juan XMII, después de haber guiado maravillosamente la barca de la Iglesia, le está dando, a toda ella y a cada cristiano en particular, a través de su diario una admirable lección de espiritualidad.

Debo decir, por mi parte, que a la luz de sus páginas íntimas he comprendido mejor la manera como me recibió cuando tuve la dicha de arrodillarme ante él. No es poco: veinte minutos a los píes del Papa. Ni siquiera tuve la tentación de hablarle de un problema particular o de cualquier cosa exterior. Apenas me hube arrodillado, me hizo levantar y empezó en seguida una conversación que en realidad era la repetición de su oración de la víspera por la tarde y de aquella ma.ñana. Había leído un capítulo de la «Imitación de Cristo», el que trata de los cuatro medios para hallar la paz, e insistía sobre todo en el de: preferir tener menos que más y hacer la voluntad de otros antes que la nuestra. Aquella entrevista fue una entrevista de pura dirección espiritual. Fue una especie de revelación de la personalidad de Juan =II. Porque todo el valor de su acción, de sus decisiones, radica no en sus valores personales, aunque ciertos y destacados, sino sobre todo de su continua reladón con Dios. Ciertamente los carismas que han acompañado el pontificado de Juan )0(III y le han permitido poner en marcha el Concilio, con admiración de todo el mundo, proceden de esa relación íntima que tenía con el Señor.

Nuestro primer deber de Hijas de la Caridaad es fomentar esa relación íntima con Dios. No sólo vivir con Dios, sino nutrimos de El constantemente para poder, así, vivir para El, a su servicio. Es sencillamente llevar la vida teologal que es el florecimiento de la gracia recibida en el bautismo. Que nuestra vida toda transcurra bajo el signo de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad. Muchas Hijas de la Caridad viven así. En algunas se advierte con facilidad; en otras, no tanto. Pero creo que en la Comunidad hay, bajo apariencias muy humildes y sencillas, verdaderos y magníficos tesoros espirituales.

Aquí, junto a la sala de Ejercicios, tenemos en estos momentos a una de nuestras Hermanas que duerme su último sueño. Ha muerto casi de repente esta noche. Hemos encontrado, en su documento de identidad, una hojita de papel; la había colocado ahí, a sabiendas de que la encontraríamos en seguida después de su muerte. En dicha hojita ha escrito lo que podría ser el modelo de un testamento de Hija de la Caridad: primero que no hace testamento porque no posee nada; que las pocas cosas de que disponía las ha dado todas, y después de unas cuantas consideraciones extraordinariamente claras y concretas, como lo fue su vida toda, añade. «El Señor me ha amado mucho». Es magnífico poder hacer tal afirmación con una seguridad plena y sencilla. «El Señor me ha amado mucho, y creo que he hecho todo lo posible por amarle yo también». Seguridad del alma que ha sido siempre fiel, que se ha dejado guiar por la gracia de Dios. A continuación prosigue: «Siempre he tenido Fe, y ahora tengo prisa por ir a ver lo que he creído». No se puede decir nada más bello. Podrían escribirse muy hermosas frases, bien sonantes, pero esto es el resultado de una vida que ha transcurrido a la luz de la Fe, a la luz de la Esperanza y en la Caridad.

Preguntémonos si nuestra propia vida se desliza así, en esta línea de fe, con esta seguridad íntima de la Esperanza en Dios y en la vida futura, manifestándose y abriéndose en una Caridad viva hacia Dios, que se traduce y concreta en nuestras relaciones con el prójimo. Tenemos que vivir esta Caridad en la Iglesia.

La segunda pregunta que debemos plantearnos durante unos Ejercicios es ésta: ¿Soy Hija de la Iglesia? ¿Vivo verdaderamente como Hija de la Iglesia?

¿No se completarán estas dos partes con otra que se nos ofrecería como instintivamente: Soy Hija de la Comunidad?, porque pienso que no podemos ser verdaderamente Hijas de la Iglesia, si no lo somos de la Comunidad, y que no podemos ser Hijas de la Comunidad si no somos de verdad Hijas de la Iglesia. La Comunidad no es una realidad independiente que se inscribe al margen de la Iglesia o que ha surgido espontáneamente como un brote imprevisto. La Comunidad es parte integrante de la Iglesia. Es Iglesia, y nuestra forma de pertenecer a la Iglesia es lo que crea la Comunidad. El Señor ha escogido para nosotras insertarnos en la Iglesia por medio de la Compañía. Por consiguiente, para nosotras los dos términos se confunden. Cuando nos preguntamos: ¿Soy Hija de la Iglesia? Cuando en lo secreto de nuestra oración, nos hacemos esta pregunta: ¿me porto como verdadera Hija de la Iglesia?, todos los deberes hacia la Compañía se nos ponen delante de los ojos.

Parece como si el Señor hubiese querido darnos una seguridad, una confirmación visible de esto al llamar a la Compañía al Concilio. El hecho de esta inserción en la magna asamblea de la Iglesia que es el Concilio, me parece una especie de bendición de Dios a la adhesión de la Compañía a la Iglesia, a su inserción en ella, y debemos estarle sumamente agradecidas por ello. Es una gracia que no es simplemente exterior, ya que una especie de predilección ha precedido a esta llamada. Pero me refiero, sobre todo, a esta inserción profunda en el Concilio y al enriquecimiento que supone para la Compañía, a la formación que por este medio recibe. Asistir al Concilio no es sólo lo que puede aparentar a los ojos de los hombres: un honor. No es tampoco, únicamente, una satisfacción profunda, un gozo. Es, además, una gran lección y la opurtunidad de recibir riquezas inconmensurables. Pienso que no puede una ser la misma cuando se ha participado en esa magna reunión, que cuando no se ha asistido a ella.

La participación en la misa del Concilio, cada mañana, supone una gracia inmensa, que difícilmente se acierta a definir Repito con frecuencia lo que me decía el prior Schultz: «La misa del Concilio es algo único en el mundo, algo indescriptible. Esta misa me sirve para meditar todo el día». Es completamente cierto. Esa misa en medio de la Asamblea Conciliar, con los 2.300 ó 2.500 Obispos presentes, esa oración que se eleva en la Basílica de San Pedro y de todos los confines del Universo, porque cada Obispo lleva consigo a su diócesis, su Iglesia particular, célula de la gran Iglesia… no se puede describir.

Además de ese gozo, de esas gracias interiores recibidas, tenemos también la lección del trabajo. Pienso que es para nosotras una preparación providencial, querida por Dios, que nos mira con amor, y por la Virgen Santísima, Madre de la Iglesia y Madre también de la Pequeña Compañía. El Concilio se ha prolongado para mí durante el mes de febrero con un trabajo en una comisión conciliar, reunida para estudiar lo que se llama el esquema XIII, es decir, el esquema que trata de la Iglesia en el mundo y de las relaciones de la Iglesia con el mundo, lo que debe ser la Iglesia en medio del mundo. También ha sido una gracia muy grande haber podido tomar parte en ese trabajo, una gracia, una lección, un enriquecimiento.

Las sesiones de trabajo se llevaban entre 85 personas designadas: 30 obispos, de 30 a 35 laicos, de 30 a 35 teólogos sacerdotes y 2 religiosas. En cada comisión de trabajo, una mirada al horizonte mundial abría los ojos acerca de muchos problemas; de tal forma que el cuarto texto redactado para la presentación de este esquema XIII, en el espacio de una semana se refundió, parte por parte, por lo menos tres o cuatro veces. Los asistentes aportaron, cada uno, el punto de vista de su país y hacían cambiar, obligadamente el pensamiento de los que habían redactado el texto. La subcomisión en la que yo intervenía, estaba compuesta por siete personas de las que cuatro eran Obispos: uno de América Latina, Panamá; otro de Japón, otro de la India y otro del Africa Negra. Ya pueden darse cuenta de la panorámica que abarcaba una comisión compuesta de tal forma. Los teólogos eran de Bélgica y de Francia, un seglar de Polonia y yo.

El texto que teníamos que revisar y redactar de manera definitiva, lo refundimos por lo menos cuatro veces en el espacio de seis días. Los Obispos dijeron inmediatamente al leer el primer texto: es un texto occidental, europeo. No se tiene en cuenta nuestra situación. Un Obispo del Africa Negra nos decía: «Nos presentan al hombre moderno como abrumado, presionado por la socialización y la técnica, preocupado con la angustia de lo que traerá el día de mañana. Ahora bien, para nosotros no es esta la situación. Nuestras poblaciones no se ven en modo alguno oprimidas por la técnica y la socialización; se encuentran, por el contrario, todavía bajo la dependencia de las fuerzas de la naturaleza que aún no han dominado. Para nosotros la técnica y la socialización representan más bien una liberación en el plano de la vida material y en el de la vida espiritual puesto que nuestras poblaciones, en una gran mayoría, consideran las fuerzas de la naturaleza como revestidas de un poder mágico. Al demostrarles que el hombre está por encima de esas fuerzas , naturales, la técnica les liberará de toda suerte de temores y creencias y les hará más aptos para recibir la evangelización».

A partir de reflexiones como ésta, el texto del esquema que se nos había encomendado y que comprendía unas cinco páginas, sufrió así cuatro o cinco reformas. Tan pronto como quedara terminado, debía ser presentado a la Comisión de teología para que examinara si no contenía nada contrario a la doctrina y si se habían tenido en cuenta todas las enmiendas. Después, el texto ya completo tenía que presentarse a una comisión general compuesta de sesenta obispos. Y, finalmente, en la comisión de coordinación del Concilio, que verá si está de acuerdo con los demás textos conciliares y si no repite o se interfiere en otras materias tratadas. Por último será sometido al mismo Santo Padre. Una vez pasados todos estos trámites se presentará definitivamente a los Obispos durante la cuarta sesión. Los Obispos podrán discutirlo de nuevo, pedir correcciones y hasta echarlo abajo.

Pero puede decirse que el trabajo se ha llevado a cabo de manera seria y concienzuda. Cuando dejé la reunión, pude decir a uno de los Obispos y a un teólogo del grupo, cuánto valoraba el haber sido llamada a colaborar y de cuánto me había servido aquella pedagogía del trabajo. Me contestaron: Madre, no es sólo usted la que ha recibido una lección, lo es para nosotros todos y también para la Iglesia. Desde el comienzo del Concilio, es decir, desde hace dos años a esta parte, hemos aprendido a trabajar. Al principio estábamos lejos de hacerlo como ahora lo hacemos. Pero sobre todo hemos aprendido esta cosa magnífica: el saber acoger el pensamiento de los demás. Ahora sabemos escuchar al que habla, sabemos aceptar lo que piensa, aun cuando sea contrario a nuestro propio pensamiento. Hemos tratado de reformar, de revisar nuestro concepto de las cosas a la luz de lo que piensan y dicen los demás. Un Obispo sacaba esta conclusión: Aun cuando el Concilio no hubiera conseguido otro resultado que el de esta formación de pensamiento y mentalidad, el de este método de trabajo de los Obispos y de todos, hubiera sido ya más que suficiente. No se requeriría más para que la Iglesia hubiera dado un gran paso adelante.

Esta participación en el Concilio ha sido, pues, una gracia de Dios para toda la Compañía, una disposición de su Providencia que nos enseñaba, por este medio, cómo debemos llevar a cabo nuestro trabajo en la Asamblea que vamos a celebrar en mayo.

Ahora ya está muy cerca la Asamblea; dentro de unas semanas, nos encontraremos todas en Roma. El trabajo que vamos a llevar a cabo no se hará, después de las lecciones recibidas en el Concilio, de la misma forma que lo hubiéramos hecho espontáneamente y sin relacionarlo con el trabajo de la Iglesia. Por lo demás, podemos decir que nuestra Asamblea va a integrarse casi en el conjunto del trabajo conciliar No está ligada al Concilio porque no procede de él; pero sí es una consecuencia de las directrices del Concilio que pide a todo lo que en la Iglesia radica que cumpla en sí mísmo el trabajo que la propia Iglesia ha llevado a cabo.

Tenemos encomendada una parcela de la Iglesia. De ella somos reponsables todas solidariamente. Esta realidad eclesial que es la Compañía de las Hijas de la Caridad, tiene que hacer su propio Concilio, cumplir las directrices de la Iglesia, «realizarse», contemplarse a sí misma bajo la mirada de Dios para darse cuenta si es lo que Dios quiere de ella, si es ese instrumento perfecto en sus manos y bajo la dirección del Sumo Pontífice, destinado a ayudar a la evangelización del mundo, representando ante los Pobres la Caridad de Dios y de la Iglesia. Si dejamos que se degrade, que se eche a perder o se falsifique esta Compañía de las Hijas de la Caridad que componemos todas juntas, seremos responsables de ello.

Cuando trabajamos sobre nosotras mismas, cuando buscamos la perfección, la espiritualización de una de nuestras casas, cuando tratamos de perfeccionar una de nuestras Provincias, cuando nos proponemos, según el deseo del Santo Padre, renovar la Compañía, no es simplemente por la Compañía, no para que una casa sea perfecta o para tener la satisfacción de podemos decir: pertenecemos a una Comunidad estupenda, hacemos verdaderamente todo lo que podemos, en tal o cual casa todas cumplen perfectamente su deber, no tenemos dificultades… Estos son objetivos completamente secundarios, que hasta podrían ir salpicados de egoísmo, objetivos un tanto falsos, terrenos, y que en nada coinciden con las metas profundas que el Señor nos ha señalado. Cuando trabajamos sobre nosotras mismas lo hacemos para responder a la llamada de Dios. Trabajamos para que la Iglesia, en la persona de la Compañía se muestre con un rostro, como dice el Papa Pablo VI, hermoso y agradable a su Esposo, para que aparezca bella y sin mancha, conforme a la voluntad primera de Cristo acerca de ella. Es necesario que sepamos trascender nuestros planos estrechos: individuales, de comunidad local, de Provincia y hasta de Compañía para alcanzar ese plano grande de la voluntad de Dios y del trabajo de Iglesia.

Esta Asamblea, que tan encarecidamente encomiendo a sus intenciones, va a desenvolverse según las lecciones que nos ha dado el Concilio.

Se han llevado a cabo consultas generales; han trabajado ustedes sobre los esquemas que se les han dado. Tengo que decir aquí cuánto les agradezco el esfuerzo que han hecho con tal motivo. Hemos recibido trabajos que son verdaderos tesoros y que han descubierto los secretos ocultos en el fondo de los corazones. Hemos recibido respuestas que son verdaderas tesis, dignas de ser presentadas en una Universidad, y hemos recibido otros trabajos sencillos y breves. Pero desde el punto de vista de los valores espirituales, creo que desde el más extenso al más breve, desde el más ilustrado al más sencillo, hemos tenido la inmensa alegría de encontrar, de comprobar una perfecta unidad de espíritu. Es muy hermoso. Nos hemos dado cuenta de que era el Señor el que hablaba —y hablaba de la misma manera en todas nuestras Provincias— y que las grandes líneas de la doctrina de San Vicente –doctrina tan pura por ser evangélica–constituían realmente el motor que nos anima a todas, y que, a pesar de nuestras deficiencias, el espíritu y la voluntad permanecen rectos.

Cada una de nosotras somos responsables de toda la Compañía. Esto es la pura verdad. Porque en una Comunidad cada miembro influye en toda esa Comunídad, favorable o desfavorablemente, en el sentido de la vocación o en dirección opuesta. Ustedes dirán: somos 45.000, estamos diseminadas en las cinco partes del mundo; ¿qué puede representar en ese conjunto, que yo sea más o menos fervorosa? Pues lo representa todo. Si usted es menos fervorosa, su casa bajará de nivel, y de ello será usted responsable. Hay una especie de palanca de fervor que sube o baja, en una casa, accionada por el fervor de cada una. Aunque en una casa haya una auténtica santa, no deja de tener importancia que otra a su lado esté lejos de serlo. Cada una de ustedes es responsable del fervor de toda la Comunidad. Lo que una hace tiene repercusiones incalculables en el conjunto, no sólo por las opiniones que pueda emitir, sino por el valor de la gracia que recibirá la Comunidad Imagínense que las 45.000 Hijas de la Caridad fueran, cada una, una verdadera santa: algo quedaría transformado en el universo. Pero porque no tenemos la valentía de ser totalmente fieles a las llamadas del Señor, hay menos fervor en el mundo, en la Iglesia, en la Compañía. Y esto es grave.

No tenemos derecho a acomodarnos en la tibieza. No tenemos derecho a querer compaginar ser tibias y ser consagradas, consagradas a medias. Son dos términos que no pueden unirse Cuando trabajan ustedes en comunión con la Asamblea, cuando ruegan al Señor por los trabajos de la Asamblea, cuando, antes o después, se les pida quizá que den su opinión, se lo suplico: háganlo sintiéndose plenamente responsables de la Comunidad.

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