Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de julio de 1965

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Susana Guillemin, H.C.

Susana Guillemin, H.C.

Estoy segura que todas ustedes esperan que les diga, para empezar, algo sobre la Asamblea. Ya se les dará este informe en El Eco pero es cierto que resulta más vivo y más directo cuando se escucha con los propios oídos.

Acabamos de salir de la Asamblea. Mejor dicho, no hemos salido de ella; más bien podríamos decir que ahora empieza. Porque la Asamblea propiamente dicha han sido los «tiempos fuertes» —como ahora se dice— de una búsqueda, una investigación que empezó con los cuestionarios enviados a ustedes el año pasado y que ahora va a continuar no sólo durante unos meses sino durante todo el año próximo y el siguiente, después de lo cual volveremos a entrar en otro «tiempo fuerte»: el de la Asamblea General que tendrá lugar dentro de tres años y que, probablemente, habrá de continuar con posterioridad. Y si no hubiera de continuar con posteridad, habría que decir que nos habíamos detenido en nuestra búsqueda de Dios, en nuestro caminar hacia El.

Tienen que saber ustedes, y deben grabarlo cada vez más en su pensamiento y en su mente, que mientras estemos en este mundo, tanto si nos consideramos individualmente como a escala de la Compañía, estaremos en estado de búsqueda de Dios, de ver de qué forma debemos servirle, darlo a los hombres, de qué forma tenemos que —según la expresión del Papa Pablo VI— entrar y permanecer en diálogo con el mundo. Esta tiene que ser nuestra gran preocupación, nuestra forma de santidad personal y de santidad de la Compañía de las Hijas de la Caridad que está compuesta por la santidad personal de cada una de nosotras. Nuestra forma de santidad tiene esto de peculiar. el prolongar a Cristo y darlo a los demás.

Su Santidad Pablo VI, en la audiencia que nos concedió, nos dijo este hermoso pensamiento: «Hacer a Dios presente en el mundo de los pobres es un testimonio excelente». Esa es nuestra fidelidad particular, nuestra razón de ser, la razón de ser de la Compañía de las Hijas de la Caridad: hacer a Dios presente en el mundo de los pobres; no en el mundo, sin más, sino en el mundo de los pobres. Ahora bien, para hacer a Dios presente, hay que poseerle, tenerlo en nosotras, no obrar más que en su nombre. Hay una unión, una compenetración, una fusión que debe operarse y desarrollarse, hacerse permanente, entre Dios y nosotras, que será lo que dé valor a nuestra vida y a nuestra acción.

Les decía que iba a contarles algo de la Asamblea, de la forma como hemos trabajado, de lo que vamos a hacer ahora para proseguir la búsqueda.

Las participantes eran las sesenta y seis Visitadoras y Vicevisitadoras de nuestras Provincias esparcidas en el mundo. Se trataba, pues, de una representación universal de los cinco continentes que llevaba consigo, más o menos, todos los problemas de la Iglesia, no sólo los de la Comunidad sino, como lo oyen, también los de la Iglesia.

Sesenta y seis Visitadoras, el Consejo General, nuestro Muy Honorable Padre, el R. Padre Director… En total éramos exactamente setenta y siete. Ya ven, como ese número parece indicar, el Señor había puesto desde el principio como un germen de perfección, que nadie había previsto, pero El sí.

Hemos utilizado un método de trabajo muy sencillo, del que había visto la demostración en las Comisiones Conciliares en que tuve el honor y la dicha, la ventaja y el beneficio de trabajar. Primero redactamos unos textos, con ayuda de las contestaciones dadas a los cuestionarios.

Primero un texto sobre los esquemas de valores. No puedo decirles que era un esquema estadístico de las contestaciones de ustedes, pero sí un esquema de espíritu, porque todos los pensamientos e id,eas que constituían dicho texto eran los enunciados por la mayoría de las Hermanas. Así pues, un esquema de espíritu que, a mi juicio, ha sido ciertamente el más importante de toda la Asambela y en torno al cual se constituyó inmediatamente una perfecta unidad de criterios durante los tres primeros días que fueron los dedicados a su estudio. Por lo demás, sus líneas fundamentales han llegado hasta ustedes, resumidas en El Eco. Esperamos, más adelante, hacerles trabajar sobre él.

Un segundo esquema: una síntesis de las contestaciones sobre los problemas de la formación, que no se habían enviado a las casas, sino únicamente a las Visitadoras, Directoras de Seminarios, de Postulantados y de Aspirantados, y también una síntesis de los puntos del Consuetudinario.

Hemos trabajado, pues, sobre esos textos todos los días. Por la mañana, las Visitadoras encontraban en sus sitios el texto sobre el que se iba a trabajar aquella mañana o todo aquel día. Por la tarde, tenían otro texto, o, si el de la mañana era importante, se continuaba con él. Una vez expuesto el tema, se reunían en comisiones, por grupos lingüísticos, para mayor comodidad en el trabajo. Estos grupos lingüísticos comprendían una variedad bastante grande de países, lo que era muy conveniente, ya que daba un abanico de problemas muy diferentes unos de otros. Después, una reunión general convocaba a todas las comisiones, y los ponentes daban cuenta de las ideas emitidas durante el trabajo.

De esta forrna hemos trabajado durante quince días en Roma, y luego aquí en París durante otros tres días antes de los Ejercicios.

¿Qué va a resultar de todo esto? Quizá algunas de ustedes estén esperando recibir una lista impresionante de asuntos y de directrices, de amplitudes y de renovación…, etc… Por el momento, todo esto se encuentra en período de gestación. Poseemos documentos preciosos. Todo cuanto se ha dicho en la Asamblea lo hemos ido anotando nuestras Hermanas Consejeras, el R. P. Director y yo misma, y estamos trabajando en ello aun durante estos días de Ejercicios. Entre tanto, hemos tenido ya tres reuniones en las que hemos empezado a elaborar los primeros documentos que se enviarán a las Provincias y a las Casas. Vamos a trabajar sobre todo lo expuesto por las Visitadoras y sobre un documento, todavía más concreto, el de los votos que se les han hecho emitir. Han votado casi un centenar de preguntas. Pero ya saben ustedes que nuestra Asamblea no es legislativa, sino solamente consultiva. Es el Consejo general, presidido por nuestro Muy Honorable Padre, el que ha de tomar las decisiones finales y quien debe, en fin de cuentas, promulgarlas. Vamos a empezar, poco a poco, a tomar decisiones que se enviarán a las Provincias y a las Casas. Pero no crean que se van a recoger en un grueso volumen que serviría a modo de enciclopedia para encontrar en él todo un conjunto de novedades —o de antigüedades puestas al día—; no, se les enviarán gota a gota, de manera extremadamente prudente.

Hay que comprender, que captar bien el pensamiento profundo del trabajo que estamos realizando. No nos hemos reunido en Asamblea porque, pongamos por caso, a algunas les molestaba desayunar de pie los viernes y era preferible hacerlo sentadas, o por otras cosas de este misntó tipo. Que haya que cambiar, quizá, tal cosa, que haya que permitir, acaso, tal otra, o prohibir, la de más allá… no tiene en el fondo tanta importancia. Nos hemos reunido en Asamblea y hemos iniciado un trabajo urgente e importante en extremo, porque tenemos necesidad, como cualquier otra célula de la Iglesia, de hacer lo que les decía antes, de ponernos como toda la Iglesia en estado de conversión. Tenemos que hacernos cargo de nosotras mismas. Mientras se vive, es ésta una actitud que hay que adoptar con frecuencia; tomarse en sus propias manos para arrojarse en Dios, para no rodar por la pendiente de la naturaleza, para evitar la relajación, para considerar cómo se puede servir mejor al Señor. Ese es el trabajo que hemos querido hacer.

Hemos querido ver si, en el correr del tiempo, al filo de los años transcurridos desde nuestro origen, si, poco a poco, algunas de nuestras costumbres no han perdido su primitivo vigor, si son todavía, cuando las practicamos factores de fervor, o si, por el contrario> no lo son, a qué se debe. ¿Es porque su forma no corresponde ya a la mentalidad actual? Entonces, preciso será variarlas un poco. ¿Es porque somos más tibias, porque nuestras posturas interiores, nuestra sinceridad profunda no responden ya, no resuenan como las de nuestras primeras Hermanas? Eso será lo que habrá que ver, eso es lo que tiene importancia.

Después de haber trabajado así durante quince días y aún durante un mes, después de haber probado algunas fórmulas nuevas, nuestras Visitadoras han llegado a la siguiente condusión —que me ha producido una gran alegría porque se la he oído a muchas de ellas: «Ya podemos cambiar todas las formas de actuar, ya podemos cambiar todas las fórmulas, variar todos los usos para intentar algo más comprensible, más actual, todo eso se quedará en pura ilusión, en algo ineficaz, si una búsqueda profunda y sincera, fruto del fervor de las Hermanas no es la que anima o inspira cada uno de los usos mantenidos o renovados». El fondo, el nudo de la cuestíón no reside en una variación de los usos aunque sea necesaria. El fondo de la cuestión radica en nuestra propia conversión personal y comunitaria. Es preciso que esa conversión personal y comunitaria dé vida a los usos, tanto a los que se conserven como a los que se renueven, según parezca lógico, que los resultados que se nos comuniquen sirvan de ayuda y estímulo a nuestro fervor y a nuestra conversión personal. Es un flujo y reflujo continuo entre la forma y el espíritu. Pero si aplicásemos la forma sín que hubiera espíritu, no merecería la pena celebrar Asambleas, hacer venir a las Hermanas de las cuatro esquinas del mundo, con grandes dispendios de dinero, con derroche de esfuerzo y de cansancio, porque sería absolutamente inútil. El fondo de la cuestión, como decíamos al empezar, es la sinceridad de nuestra búsqueda personal y profunda de Dios. Por eso es por lo que no van a recibir ustedes un grueso consuetudinario ya redactado, en el que no tuvieran más que recorrer sus páginas para decirse: «Hoy tengo que hacer esto o aquello, tengo que aplicar esto o lo otro, y con esto ya soy Hija de la Caridad perfecta». No existe un código de la Hija de la Caridad perfecta. La perfección es interior, reside en el corazón y en el espíritu.

Si les enviamos ahora una especie de suma de las conclusiones de la Asamblea, no podrían digerirla, ni asimilarla, ni comprenderla, y por consiguiente iríamos a lo que suele llamarse una catástrofe. Si ciertas estructuras de la Comunidad se cambiaran, este apoyo faltaría para sostener su fervor habitual, y lo que se les diera a cambio no podrían ustedes haberlo comprendido lo bastante como para mantenerlas en el fervor. Esto es lo que hemos decidido, creo que con prudencia, puesto que responde al método de San Vicente. Nuestros Santos Fundadores tuvieron una prudencia sobrenatural admirable, y sólo ventajas tendremos en considerar sus ejemplos e imitarlos. Vamos a enviarles, una por una, las decisiones que se han tomado en la Asamblea. Por ejemplo, lo referente a los rezos. Como no se ha decidido nada en firme todavía, puedo hablarles con toda libertad. Tenemos postulados y postulados importantes, pero ninguna decisión definitiva. Es posible que, dentro de algún tiempo, adoptemos una parte del ofício divino, porque todo entero nos llevaría demasiado tiempo y no sería compatible con nuestra vida de Hijas de la Caridad. Es ‘posible, pues, que nos decidamos por rezar Laudes, en lugar del rezo actual de la mañana y Completas por la noche en lugar de las actuales preces. Podríamos decirles: proporciónense un brevario y recen, de ahora en adelante, Laudes por la mañana y Completas por la noche, y entiéndanse con los liturgistas que conozcan para aprender a buscar los salmos, las partes del oficio variabks, a unir ambas…, etc. Creo que con ese sistema no ganaríamos gran cosa, porque recitarían ustedes Laudes o Completas, en un primer momento sonaría a novedad, hasta llegarían a decir: «es magnífico, es admirable». Y nada más Al cabo de quince días entraría la misma rutina con que, desgraciadamente, se rezan a veces las preces actuales. Cada una, según su temperamento, recitaría en voz alta Laudes o Completas o bien se limitaría a escuchar a la que tuviera al lado sin tomar parte en el rezo, como a veces sucede con las preces actuales, cosa que deploro; pero en el fondo no se habría cambiado gran cosa. Si llegamos a adoptar esta decisión, tendremos que empezar por hacer una preparación. Probablemente empezaremos por completas. Después, cuando hayan asimilado esta parte del oficio Divino y descubierto los beneficios espirituales que pueda reportarles, entonces —y no antes— adoptaremos el rezo de laudes. Nuestro R. P. Director dará normas a los Directores Provinciales para que a la adopción de esta parte del Oficio preceda una preparación. Que se les enserie, mediante lecciones, conferencias, acaso por grupos o coloquios, a comprender las diferentes partes del oficio divino, a saber leer los salmos, cómo comprenderlos y cómo hacer, después, de ellos el alimento de la meditación.

La gran ventaja de adoptar una parte del Oficio Divino, es la de proporcionar alimento a la meditación, un alimento litúrgico, de acuerdo con la vida de la Iglesia, y es también mantenemos en la línea de pensamiento de la Iglesia. No se trata únicamente de variar fórmulas de oraciones, de entrar en un movimiento de actualidad. Es algo mucho más profundo.

Si les enviáramos juntamente modificaciones a los rezos, modificaciones en la forma de hacer la Repetición de oración, en la manera de obrar a lo largo de la jornada, en las conferencias… etc., no asimilarían nada en absoluto, no se llevaría a ca4o ningún trabajo espiritual. Los gestos —reténganlo bien para siempre y hagan pasarlo a su vida— los gestos, las formas, las maneras de obrar, no tienen otro valor que el del espíritu con que los animamos. Deben ser como un apoyo de nuestro fervor, un alimento de nuestro fervor; pero también nuestro fervor debe alimentar, informar, desde el interior, esos gestos. Por eso, en sus casas, tienen que estar dispuestas a acoger las diferentes directrices que se les envíen, no como un alivio, o sencillamente, como una apertura al estilo actual. Todo esto es muy secundario y no basta de por sí como razón profunda para impulsarnos a hacerlo.

Les he hecho una pequeña alusión, de paso, acerca de las oraciones vocales. Pero ahora se la repito y se la señalo, porque creo que es importante. He quedado impresionada por el número de Hermanas que no toman parte en las oraciones vocales mientras se rezan. Es algo absolutamente opuesto a la recitación del Oficio Divino. Que en una casa de quince Hermanas, solamente cinco o seis, siempre las mismas, sean las que verdaderamente recen la oración en voz alta y que las otras se dejen mecer por el sonsoneo de la de al lado, sin dignarse hacer al Señor la ofrenda de su voz, es algo completamente al margen de lo que debe ser la realidad. En ese caso, no merece la pena tener oraciones vocales, es mejor no hacerlas. Por lo demás, es una utopía muy en boga la de rechazar las oraciones vocales. Sin embargo, la oración vocal es un apoyo casi insustituible para la oración mental. Tributen al Señor el honor de ofrecerle el homenaje de esa voz que El les ha dado. Todas tenemos que pronunciar la oración, decir esa oración, decirla en alta voz. Cuando adoptemos el rezo de Laudes o Completas o algo por el estilo, todas y cada una de las Hermanas tendrán que dar su voz. La oración vocal consiste en alabar al Señor, en honrarle con esa facultad de hablar, de la palabra, que El nos ha dado. Forma parte de la oración vocal, que no se reduce a la mente, lo que no impide, antes al contrario, poner en las palabras toda nuestra atención. Les ruego lo tengan en cuenta ya desde ahora.

El segundo ejemplo que quería citarles era el de los contactos con el mundo. Nos vemos obligadas ahora, a causa de las condiciones de la vida moderna, a ampliar nuestros contactos con el mundo. Por ejemplo, en algunas ocasiones está permitida la lectura de ciertos artículos del periódico; las Hermanas de determinadas profesiones tienen permiso para suscribírse a tal o cual revista y hacer uso de ella. También se permite en ocasiones el uso de la radio, de la televisión, etc. Igualmente se autorizan algunas relaciones exteriores con seglares, contactos profesionales en conferencias, cursillos, congresos, grupos de trabajo, etc. Para todo esto, se les dan, por lo general, normas concretas. Por ejemplo: hay permiso para escuchar la radío, ver la televisión, leer el periódico, en tal o cual circunstancia, con esta o esa condición, hasta tal o cual límite. Está bien, pero puede no pasar de ser un reglamento teórico que puede observarse en la mayoría de las circunstancias, pero que, necesariamente, no responde a todas las circunstancias. Y a lo largo de su vida se van ustedes a encontrar frente a circunstancias fortuitas en las que se preguntarán: ¿Qué debo hacer? Pues precisamente en esos momentos es cuando tiene que entrar en juego su responsabilidad personal; dicho de otro modo, para tomar una decisión, tendrán que obrar como a,dultas. Obrar como adulto no es liberarse de un reglamento; al contrario, es seguir un reglamento, tener el suficiente dominio de sí para doblegarse a ese reglamento. Pero si resulta deficiente o no ha sido previsto para una circunstancia determinada, en ese momento es cuando hay que saber tomar una decisión, una responsabilidad personal. ¿En qué forma? Animadas por un espíritu, es decir, teniendo en cuenta un fin. ¿Por qué motivos se autorizan ciertas relaciones con el mundo, bajo el aspecto de personas o de medios de comunicación audiovisuales? ¿Por qué se autoriza el uso de los medios de información actuales? Se autorizan en primer lugar, para la formación personal de la Hermana. En segundo lugar, porque permiten entrar en contacto y establecer un diálogo con el mundo al que hemos sido enviadas, que entra de lleno en nuestra vocación. Hay, por lo tanto, una motivación espiritual, un fin apostólico. No se trata en manera alguna de fomentar un gusto personal; el deseo o el capricho personal no entra para nada en esto. Se trata, pues, de un fin espiritual y apostólico. A veces puede entrar en juego el deseo de proporcionar cierto esparcimiento o descanso, pero en ese caso, no será la Hermana la llamada a juzgar. Si es cuestión de esparcimiento lo que motiva la utilización de estos medios, debe estar siempre prevista por el reglamento y siempre controlada por la Hermana Sirviente. Pero frente a una ciramstancia fortuita, cuando no puedan pedir consejo, tendrán ustedes que juzgar de la legitimidad de su participación, de su entrada `en contacto con el mundo en una de estás formas, basándose en el criterio de estos grandes fines, en el fin o motivación de su entrega a Dios y de su vida apostólica.

Tienen ustedes que saber dirigir su vida con una disciplina personal, con cierta ascesis, sin ceder a la tentación o simplemente a la solicitación de un placer. Es necesario que sepamos mortificarnos, frenamos; una Hija de la Caridad no es una persona del mundo. Hemos renunciado al mundo —en eso consiste la separación del mtmdo—, y no precisamente por el renunciamiento en sí, porque el mundo tiene cosas que son muy bellas, sino porque nuestro único bien es Nuestro Señor Jesucristo. Recuerden aquel gesto profundo —que a veces hace sonreír, pero que debemos apreciar en todo lo que significa— aquel gesto espléndido de la Hermana, creo era Margarita Lorraine, al pasar por la feria y sentir el deseo de ir a mirar los números que en ella se daban —eran los contactos con el mundo de su época, como lo son para nosotras la radio y la televisión— que toma el crucifijo en sus manos y le dice: «Dios mío, tú eres mucho más bello que eso». Tenía esa ascesis personal y no en un sentido inútil o erróneo de buscar la mortificación como un fin en sí mismo, de mortificarse por estrechez de espíritu, sino una ascesis dentro del fin verdadero, amplio, real, el de la posesión de Dios. Su mortificación alcanza inmediatamente su fin: «Dios mío». Se mortifica renunciando al mundo pero porque elige a Dios. Esta es la clave. Para que nos dirija en nuestras actitudes habituales y en nuestras decisiones itnprevistas, tiene que estar enraizada en el fondo del corazón, tiene que ser la vida profunda de nuestra alma. Si adquirimos la costumbre de vivir así de oración a oración, de comunión a comunión, si éste es el verdadero móvil de nuestra existencia, entonces al tener que decidirnos en las ocasiones imprevistas nuestro movimiento reflejo, espontáneo será ese también. Pero si, por el contrario, la costumbre que adquirimos es la de dejarnos dominar por los caprichos de la vida, por los atractivos naturales, si tratamos de llegar hasta el límite de lo permitido por los reglamentos, entonces quedamos vacías.

Hay dos formas de observar un reglamento. Una diciéndonos: Me someto poque es la voluntad de Dios. Y está bien. Otra, que sería una reacción desastrosa: Ahora, tenemos derecho a hacer esto o lo otro. Y no es así. No se trata de darles derechos para mayor amplitud; lo que se les va a dar son posibilidades de responder a su vocación, de responder a la acción que deben desenvolver en el mundo, posibilidades de las que cada una tendrá siempre la responsabilidad de usar, , según su ascesis personal según su vocación de esposa del Señor. Realmente, nuestra vida tiene que dirigirse por lo interior y no por reglamentos externos.

También se les enviarán poco a poco todas las decisiones de la Asamblea cuando hayan quedado definitivamente establecidas. Y miren cómo me gustaría que se hiciese el trabajo en torno a estas decisiones de la Asamblea. Se les irán enviando en cuanto sea posible. Todas las casas las recibirán. No será un paquete demasiado voluminoso puesto que se les enviarán a lo sumo dos o tres a la vez. Estas decisiones formarán las primeras fichas del nuevo consuetudinario, y a medida que se les envíen fichas, éste se irá constituyendo. Cuando reciban dichas fichas, las leerán en común en la lectura de las dos. Y después, la Hermana Sirviente las irá explicando o aclarando un poco, según juzgue necesario. Luego, cada una hará una meditación personal acerca de cada. ficha recibida, acerca de las disposiciones tomadas, ya sea conservando tal o cual costumbre —porque las habrá que se conserven, no vamos a cambiar toda nuestra vida—. Sí, habrá muchas de nuestras costumbres y usos que se mantengan en vigor, porque constituyen estructuras seculares, plenamente acreditadas, y que seguirán siendo nuestras estructuras. Entonces meditarán acerca de esta conservación, de las razones que la motivan. O bien, en lo que se cambie, acerca de las razones de esos cambios y sobre todo de lo que deben ustedes sacar de esos cambios, para su vida personal, para su vida de comunidad, para su proyección apostólica. Siempre debemos tener esto presente ante los ojos.

Y después de esta meditación personal, quisiera que en casa se tuviera una reflexión comunitaria acerca de la manera como se van a poner en prácticas las disposíciones que se les envíen, cómo se va a hacer de ellas el punto de partida para una ascensión, para una profundización espiritual.

Estas disposiciones que se les van a comunicar, según el método de San Vicente, tendrán un carácter provisional, a modo de ensayo, es decir, que serán obligatorias mientras estén en vigor, probablemente hasta la próxima Asamblea General. Estas disposiciones del nuevo consuetudinario estarán en vigor y las pondremos en práctica durante estos dos o tres años, según el momento en que se promulguen y en la próxima Asamblea General, dentro de tres años, preguntaremos a las Visitadoras qué resultado han dado, si es conveniente continuar con ellas o si procede introducir ligeras modificaciones o grandes modificaciones. Es así como creo que lograremos, dentro de tres años, tener un cosuetudinario redactado de manera definitiva, en tanto en cuanto se pueda llamar definitivo a algo de este mundo, pero, en fin, por lo menos de manera oficial y recogido en un libro.

Hay otra clase de trabajo que va a ser como prolongación de la Asamblea: es el estudio del texto que podríamos llamar «texto de la Asamblea de 1965» acerca de la vocación de la Hija de la Caridad en la Iglesia y en el mundo de hoy. Ha sido aprobado, con algunos retoques, algunas reflexiones y modificaciones. Acabaremos de redactarlo, dándole forma definitiva, con algunos añadidos y algunas supresiones en el sentido que han señalado las Visitadoras, y esperamos que, dentro de algún tiempo, podamos imprimirlo con la referencia de todas las citas de las Santas Reglas, de las enseñanzas de San Vicente y del Evangelio que en él se encuentran y que justifican su doctrina.

Pero quisiéramos también que este texto sirviera de esquema de estudio en todas las Provincias. Ya trataremos a principio de año, de enviarles un esquema de trabajo y de estudio para todas las casas como hicimos el año pasado con el esquema de los valores y otros. Será mucho más reducido, más breve, más concreto también, porque ya no se tratará de discutirlo todo, y de buscar en varias fuentes, como se les pidió el año pasado, sino, al contrario, de trabajar sobre un texto ya redactado, que refleja el pensamiento de la Asamblea. Y como conclusión de este trabajo, que pondremos empeño especial en aligerar, en resumir, porque tienen ustedes otros que hacer, pero en fin, como conclusión de este trabajo que les pediremos para fines de año, el resumen de lo que comunitariamente hayan pensado sobre este texto que, por ahora, se considera como un texto oficial de la Compañía.

Aquí tienen, Hermanas, el espíritu con el que espero y deseo —y por otra parte estoy segura— que van a trabajar los resultados de la Asamblea que acabamos de celebrar. Cada una de ustedes en su casa, será, por decirlo así, el punto de partida, la propulsora de este espíritu con el que tienen que trabajar. Todas las Hijas de la Caridad tienen que hacer un trabajo de estudio para profundizar en su vocación. Hemos recibido grandes alientos de S. S. Pablo VI, quien ha aprobado este texto que le habíamos sometido, y que hasta se ha servido de él como de fondo de la alocución que nos dirigió en el transcurso de la audiencia. El mismo me expresó su conformidad y aprobación. Todo esto son bases seguras en que apoyarnos.

Salgan de estos Ejercicios con la convicción profunda de que su vocación es llenarse de Dios para hacerle presente en el mundo, en el mundo de los pobres.

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