Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de enero de 1968

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Están ustedes haciendo los Ejercicios en la Casa Madre, Hermanas. Una tanda de Ejercicios tiene siempre dos finalidades, o mejor dicho, una doble finalidad. La una sirve de apoyo. a la otra.

La primera finalidad, como ya saben, es la santificación personal. Hacemos Ejercicios para perseguir nuestra conformidad con la voluntad de Dios sobre nosotras, para ver si vamos adelantando en esa consecución de la unión con Dios, que es el fondo de la vida cristiana y con mayor razón de la vida religiosa. De vez en cuando no está mal que, en medio de la sobrecarga de vida de acción que llevamos, no está mal que nos detengamos y veamos un poco por donde vamos. ¿Verdaderamente no hemos perdido de vista el fin esencial? ¿No hemos confundido la ilusión con la realidad? Siempre se corre el riesgo de desviarse, arrastradas por el movimiento humano, arrastradas por nuestra vida, nuestra acción; se corre el riesgo de perder de vista lo esencial, lo que debe constituir el fondo de nuestra vida de Hijas de la Caridad.

Y en segundo lugar, al trabajar en nuestra santificación personal, por ese mismo hecho, pero también de manera lúcida y directa, tenemos que trabajar en la santificación, en la configuración, por decirlo así, de la Compañía con la voluntad de Dios sobre ella.

En el pensamiento de Dios y en la historia de la Iglesia, cada uno de los Institutos religiosos tiene una misión que desempeñar, una nota especial que dar en esa gran polifonía que es el coro de la Iglesia. Tenemos una vocación —la nuestra— y a través de la fidelidad de cada una de nosotras, la Compañía toda será fiel a su propia vocación.

Pero para lograrlo, preciso será que no nos dejemos desviar de lo que debemos ser. Ahora bien, en la hora actual, hay en la Iglesia de Dios —fuerza es decirlo antes de denunciar los errores o las dificultades que pueden surgir— hay ante todo un movimiento magnífico.

No seamos de esos espíritus pesimistas que no ven más que el reverso de la medalla y que encuentran que si tal… que hay peligros… que se puede deslizar… que se ha perdido cierta forma de dirigirse hacia Dios… etc. y que se espantan ante el porvenir. Ese pesimismo es malo, es destructivo, y, además, es erróneo.

Empecemos, ante todo, por regocijarnos y admirar Si abrimos los ojos, no podremos por menos de ver ese deseo, verdadero, de renovación en el Señor, esa voluntad de adherirse a los deseos de Dios, de acercarse al Evangelio, de hacer a Cristo presente en el mundo y vivo en la Iglesia, y entonces, lo primero que tengamos que hacer será dar gradas al Señor y admirar. Sí, hay algo verdaderamente admirable. Y creo que no estaremos en la línea de una verdadera renovación, si no entramos en ese sentimiento de admiración y cooperación. Las gentes pesimistas no son nunca buenos artífices de la conversión, aun de su propia conversión personal. Aun tratándose de nosotros mismos, no podemos, no debemos ser pesimistas: a pesar de que nos encontremos ante nuestros defectos, nuestra tibieza, que incluso pueden acentuarse. La razón de nuestro optimismo es la presencia del Señor, es su promesa, es la Fe que hemos de tener en su acción.

Empecemos, pues, por admirar. Lo que está ocurriendo en la Iglesia —aun cuando haya quienes, partiendo de la mejor voluntad, llegan a caer en el error, en ciertos errores que sinceramente no creen que lo son; aun cuando haya quienes lleguen a verdaderas catástrofes—, a pesar de todo, es algo hermoso, bueno, que alaba al Señor.

Oremos, de todas formas, por los que se desvían. Oremos, sobre todo, por la Iglesia, para que el número de los que se extravían no sea muy grande y, por consiguiente, no puedan arrastrarla, separarla del camino recto, de los caminos de Dios, porque la Iglesia ha recibido la promesa eterna del Señor.

Con relación a la Compañía, ocurre lo mismo

Empecemos también por admirar. Les aseguro que es admirable ver el esfuerzo de conversión personal y de conversión comunitaria que se está haciendo por toda la Compañía.

Han celebrado ustedes sus Asambleas domésticas, han participado, o por lo menos oído hablar, de las Asambleas provinciales. El clamor general, pese a algunas pequeñas deficiencias que haya podido haber acá o allá, el clamor general es de alegría. De alegría al sentirnos unidas a pesar de las divergencias de pensamiento; más bien diré: dentro de esas divergencias de pensamiento, se ha palpado una unidad profunda de espíritu y voluntad. Desde todos los países del mundo se nos ha dicho. Se nos ha dicho, por ejemplo: «Se ha podido percibir en la Comunidad, no escuelas diferentes, no, pero sí deseos y opiniones diferentes». Sin embargo, hemos salido de la Asamblea con una total unión de corazones y espíritus. Cada una ha conservado sus propios deseos y opiniones, sus miras acerca de la Renovación de la Compañía, y ahora espera con serenidad que la Asamblea General se pronuncie acerca de ciertos puntos que son más o menos difíciles en enjuiciar.

En esto, tanto como en la Iglesia, admiremos. Admiremos y demos gradas al Señor. Ya me perdonarán que repita siempre lo mismo Tengo la impresión de que repito lo mismo una y otra vez. Pero ¡estoy tan persuadida de que es lo esencial, que no me canso de repetirlo! Y creo lo diré siempre.

Estamos bien convencidas de que no se nos pide que creamos algo totalmente nuevo. Puede haber cosas nuevas, formas nuevas; pero lo que se nos pide es que redescubramos, a través de lo que se ha hecho a lo largo de los siglos, que redescubramos la raíz de la Vocación. Esa raíz de la que ha brotado, que le ha dado vida, que ha alimentado al gran árbol vicenciano, a través de los siglos y en todo el mundo.

Tenemos una raíz que es estrictamente, puramente, evangélica.

Y de ello debemos dar gracias al Señor. Darle gracias porque el espíritu de San Vicente está tan cercano al Evangelio, podríamos decir, tan «pegado» a Cristo, que es e terno. Es de todos los tiempos. Son nuestras cegueras humanas, nuestros errores humanos, los que pueden, por un tiempo, restarle esplendor o hacerle languidecer. Pero en realidad, si volvemos a la fuente, encontraremos lo que es la esencia misma de la vocación.

Una de las oraciones finales del Concilio, rezada por todos los Obispos juntos, encabezados por el Papa, me impresionó profundamente. Después de clausurar los trabajos del Concilio, próximos ya a entrar en este período actual que es el del verdadero trabajo: antes, se había dado la búsqueda, ahora hay que hacerlo pasar al corazón, a la voluntad, a la acción; lo que es mucho más difícil que asimilarlo con la inteligencia; en esos momentos, decía el Santo Padre:

«¡Oh Dios! que nos has hecho Pastores de tu grey, concédenos llegar a ser lo que pretendemos ser».

Pienso que de estas palabras podríamos hacer nosotras nuestra propia súplica casi diaria.

«Concédenos, hoy, Señor, que a lo largo de esta jornada, seamos lo que pretendemos ser delante de Ti». Pidamos al Señor que nos conceda esto. Ya ven, no llegar a ser algo extraordinario, nuevo, sino llegar a ser lo que somos en la raíz misma de nuestra vocación y en el pensamiento del Señor que nos ha llamado. La renovación es ante todo una renovación personal e interior. Y la renovación de la comunidad, de la Compañía, que ha de operarse por medio de la Asamblea General, elaborada por sus Asambleas domésticas y provinciales, esa renovación de las Constituciones que se traducirá en unas Constituciones no nuevas sino renovadas; esa renovación es, ante todo, interior.

Ya podríamos revisarlo todo en la comunidad, cambiarlo todo, inventar las formas más excelentes, intelectualmente hablando, para afianzar la vida espiritual, la vida comunítaria, para afianzar todo lo que quieran ustedes; si cada una de las Hijas de la Caridad no se renueva en su interior, en lo profundo de su ser, la Asamblea no habrá servido de nada. Todo el tiempo, todo el dinero invertidos, tantas palabras dichas, de nada servirán. Y las nuevas Constituciones tampoco servirán de nada. Lo único importante es que, con ayuda de todas las etapas espirituales de su vida, con ayuda de sus reflexiones comunitarias, ayudándose también mutuamente unas a otras, lleguemos todas a transformamos en Cristo, para ser lo que El quiere; eso es lo esencial.

He citado también otra cosa. No sé si alguna de ustedes la ha oído ya; algo que me impresionó mucho, en Roma, hablando con otras Superioras Generales de la renovación de nuestras comunidades, de cómo celebrar el capítulo general, qué cosas habría que enfocar… Y, como somos mujeres, en seguida caímos en hablar de los detalles; siempre las mismas cosas (no crean que somos las únicas). Entre otras, ¿cómo renovar el capítulo de culpas? (lo que nosotras llamamos la conferencia del viernes) ¿cómo renovarlo? Porque unas y otras decían que tenían la impresión de que no servía de mucho, porque las Hermanas lo hacían por rutina… Entonces una Madre General de América del Sur, se levantó y nos comunicó una experiencia que me pareció estupenda.

Nos dijo que, desde hacía un año, todo su Instituto había inaugurado una nueva forma de hacer el capítulo de culpas. «Lo hemos puesto mensual —dijo— y lo preparamos durante todo el mes anterior. Al principio del mes, en un intercambio comunitario, buscamos juntas en qué punto de las reglas o de nuestra vida apostólica queremos fijarnos especialmente, con particular atención, durante el mes.

A lo largo de ese mes, cada una se esfuerza; hacemos lecturas apropiadas, etc. Ya se dan cuenta de todo el conjunto que rodea la cosa. Transcurrido el mes, se reune la Comunidad y la superiora local hace notar las faltas en que todavía se ha incurrido contra el punto señalado para examinarse.

Después de ello, cada una se acusa y la superiora dirige una breve exhortación». Y añadía: «hemos estado muy satisfechas de esta forma de actuar; hemos sacado mucho provecho». Todas estábamos encantadas de lo que acabábamos de oír, nos parecía una fórmula excelente, cuando, de repente, aquella Madre añadió: «Pero tengo que decir que al cabo del año de estar haciendo así, las Hermanas dicen que estamos volviendo a caer en la rutina…»

Es cierto; no creamos que por renovar una cosa vamos a conseguir ser santas. Eso requiere siempre un esfuerzo personal, una adaptación contínua. Y eso nunca se acaba. Nunca acabaremos de trabajar por ser santas aun cuando se trate de unas santas a las que no se canonice. Mientras estamos en este mundo, no conseguiremos por completo la santidad; pero todos los días tenemos que intentar alcanzarla. Eso es otra cosa. Entonces, comprendamos bien que todas las formas que se nos puedan pedir, que se nos puedan inspirar, no van a dispensarnos del esfuerzo personal que tenemos que aportar ni de la voluntad de renovación que tenemos que tener.

Creo que en nuestra época existe un gran defecto, defecto de la época actual —y especialmente de la Iglesia actual—. Bueno, no tanto de la Iglesia, como de las personas que estamos en ella y la formamos exteriormente hablando, y somos las que hacemos que se la juzgue a través de nosotras. Somos muy intelectuales. Nos llenamos de palabras, sabemos decir hermosas frases… que no dejan de ser buenas, por cierto… frases de las que nos podemos servir para provecho nuestro. Se da una especie de eslogans de espiritualidad y conversión, que son buenos también. Pero no por saber de memoria esas fórmulas, no porque, induso, hayan llegado a penetrar nuestro espíritu y nuestra inteligencia, acaso también nuestra voluntad; no por repetirlas en muchas circunstancias… podemos imaginarnos que ya está todo hecho, que ha pasado a nuestra vida, cuando en realidad, vivimos de manera totalmente diferente. Creo que es el gran peligro actual. El gran peligro de intelectualismo que se da en la Comunidad: creer que lo que hemos asimilado con nuestra inteligencia está ya hecho vida. ¡No es cierto!

Tratemos de vivir día tras día lo que hemos comprendido con nuestra inteligencia; eso es también esfuerzo de santidad; esfuerzo de santidad que requiere siempre heroísmo. Cuando yo llegué al Seminario, se explicaban entonces los siete grados de perfección. Recuerdo que, al llegar, estaban explicando el sexto. Sentí mucho no conocer los otros cinco… pero me acuerdo todavía del sexto, del penúltimo, era el heroísmo. La santidad es heroísmo, y el heroísmo no es fácil.

Quizá alguna se diga: después de todo, la santidad no es para mí. Pues sí lo es; lo que dice usted no es cierto.

Primero, por el hecho de ser bautizadas y, segundo, por el refuerzo que hemos dado (es como un coeficiente que añadiremos a una cifra) a nuestro bautismo con la consagración que de nosotras mismas hemos hecho a Dios, estamos obligadas a perseguir la santidad. No podemos quedarnos tranquilamente donde estamos, diciéndonos: bueno, no está muy mal, no cometo faltas graves, observo la regla, quiero a los pobres… y basta; que eso se llama tibieza, que eso se llama cobardía.

Hay Hermanas —debo decir que no son muchas, pero, en fin, hay unas cuantas— que no desean cambiar ciertas cosas en nuestras prácticas de piedad o de comunidad, porque cada vez que se cambia algo supone un esfuerzo más Entonces, en rigor, prefieren hacer algo, lo que sea, sin cambiar la forma actual, porque cuesta menos.

Existen costumbres, pequeñas manías antiguas, que les sirven de apoyo. No cabe duda de que se trata de cierta pereza. Algunas, no niego, lo dirán por convicción, pero otras es por pereza: «que no se cambie tal cosa». Pues bien, pongámonos en la disposición de querer, de fomentar este trabajo espiritual que el Señor pide de nosotras. Y no seamos de las que quieren sustituir ese trabajo espiritual por una comprensión intelectual, infructuosa de suyo, que es4o. que ahora amenaza con establecerse en la Iglesia.

Porque se ha comprendido, se cree haber obrado. ¡Pues no! Hay que obrar verdaderamente, y el tiempo de Ejercicios es precisamente el más indicado para ver cómo hemos de obrar. Además, dejen que les diga otra cosa: tampoco se debe obrar con desorden.

Hay otra tendencia también ahora que, a mi juicio, es perniciosa. Bajo pretexto de libertad y responsabilidad personal, se tiende a suprimir todo lo que constituye un marco, lo que obliga a hacer una cosa en un momento determinado. Y pienso que esto parte precisamente del intelectualismo y no de un verdadero conocimiento de la naturaleza humana, débil por constitución y que necesita de apoyos. Entonces se dice (conste que lo he oído con mís propios oídos; no diré dónde, pero lo he oído; era una reunión de sacerdotes) decían: «No hay que obligarse a hacer oración. La oración debe hacerse cuando le viene a uno en ganas. Si no se tienen ganas un día de hacer oración, vale más no hacerla, porque entonces ya no es una cosa voluntaria, ya no es personal, sino algo obligado». Con esto se puede llegar muy lejos. Porque de sobra sabe cada uno, y los grandes místicos lo saben tambíén, que, a lo largo de una vida, un 80°/0 de veces no se tienen deseos de hacer oración, y si se hace es por un acto de voluntad. Ahora bien, el verdadero acto de amor de Dios es un acto de voluntad. Quizá se diga: pues dejemos libre a la voluntad para hacer ese acto. Pero nuestra pobre voluntad humana es débil. No sé quién de nosotras tendría la petulancia de decir: «Yo hago siempre, siempre, por libre voluntad, lo que tengo que hacer…» Nadie lo creeríamos. Es cierto que con una voluntad previa, libre y razonable, hemos hecho la opción de: «me obligaré a una regla de vida»; y aun cuando en ese momento, esa voluntad se vuelva contra el aguijón, aun cuando en el momento de hacer ese acto, no sea del todo plena, recibe el beneficio de la elección primordial que se había hecho. El acto de amor de Dios subsiste porque el acto de obediencia a la Regla es un acto de amor que ratifica a lo largo del día aquella opción primera. Pero, en nuestra vida espiritual, vivamos las etapas o tomas de contacto con Dios que tenemos señaladas.

Saben ustedes tan bien como yo, que cuando se deja uno llevar por la vida, se pierde un poco de vista lo esencial: la necesidad de encontrarse con Dios… sin darnos cuenta, experimentamos un desliz. Pues bien, tenemos los Ejercicios anuales, que son la gran etapa en nuestro caminar hacia Dios. En ellos hacemos el plan, el proyecto para el año que se abre, en el terreno espiritual, el punto particular de esfuerzo. Vemos por dónde andamos, renovamos nuestro potencial de energía en una intimidad mayor con Dios. Pero no basta con esto para todo un año. Viene, entonces, el retiro mensual… Estoy insistiendo mucho, todo este tiempo, en esta cuestión del retiro del mes, porque es muy, muy necesario que todas y cada una hagamos, bien hecho, todos los meses, ese retiro. Les garantizo que no es demasiado. Y tenemos que proponemos de firme el mantener y también renovar, en su verdadera raíz, ese retiro, para hacer de él una verdadera ocasión de encuentro con el Señor. Fuerza es decir que, durante mucho tiempo, ese retiro ha sido —por fidelidad, sin duda— una sucesión de actos, de prácticas que se añadían a la vida habitual, lo que daba como resultado que llegaba a ser poco menos que inútil, sirviendo más bien para cansarnos. A pesar de todo, no dejaba de constituir un acto de amor a Dios, porque al hacerlo poníamos nuestro deseo de encontrarnos con El; pero, en fin, no lograba del todo su objetivo. Pues bien, tratemos ahora, en todas partes, en cada una de nuestras casas, que cada Hermana tenga un día completo para el retiro mensual y, en lo posible, liberada de su oficio, de forma que pueda verdaderamente entrar en sí misma y cuestionarse en presencia de Dios, renovar los propósitos de sus Ejercicios, etc… hacer todo ese trabajo espiritual.

Tenemos también los exámenes diarios. Es como un breve retíro de cada día, lo que es importante. Si no nos vigilamos de continuo, nos deslizamos y podemos llegar a caer; ya sé que es lo humano. Pero corrijámonos. El examen de conciencia que consiste simplemente en comprobar los pecados que se han cometido, no basta. Siempre se pueden comprobar las cosas… Veo, por ejemplo, un borracho en la calle… compruebo que está bebido; pero eso no le va a curar de su borrachera. A nosotras nos ocurre lo mismo Todas las noches nos miramos, nos vemos, nos damos cuenta de cómo vamos. Hagamos este examen más positivo que negativo.

Lo primero que tendríamos que preguntarnos cada noche sería si durante el día hemos buscado a Dios o si, por el contrario, nos hemos limitado a girar en torno a nosotras mismas, a nuestros pequeños disgustos, a nuestras preocupaciones… Por lo demás, si buscamos a Dios, daremos respuesta y solución a esos disgustos y preocupaciones. Pero que el pensamiento de Dios sea nuestra dominante, que sea nuestra dominante la presencía de Dios. Es lo primero sobre lo que hemos de interrogarnos. Después: mi corazón y mi espíritu ese han dejado llevar, a lo largo del día, por pensamientos de acritud, de amargura, de rencor o aversión, hacia las personas que me rodean? Esto es mucho más importante que haber tenido un movimiento de impaciencia. Quizá se dé el caso de una Hermana que se ha propuesto durante todo el día, practicar la caridad interior hacía su prójimo diciéndose: miraré con el amor de Cristo a todos los que se acerquen a mí; trataré de no ver sus defectos… y, de pronto, en un momento, pierde esto de vista (todas perdemos esto de vista con mucha frecuencia) y se impacienta, se deja coger por un fuerte golpe de impaciencia. Pues, qué quieren que les diga: prefiero, esta Hermana que, exteriormente, ha tenido un golpe de genio, en un momento en que su voluntad ha flaqueado, porque su pensamiento se había distraído, a otra que haya guardado toda su compostura exterior, pero interiormente haya estado rumiando todo el día contra el prójimo. La segunda no ha vivido en caridad; la primera sí. Por eso, en el examen veamos ante todo si nuestro día ha sido según Dios. Si no tenemos una organización de vida espiritual, lo queramos o no, no adelantaremos.

Tratemos de prever lo que nos pueda suceder; tratemos, así, de tender lo más posible a Dios, tanto como podamos. Ese esfuerzo de renovación es el que tienen que hacer 45.000 Hijas de la Caridad, juntas; y sólo él será el que llegue a renovar verdaderamente la Compañía. Cuando la Asamblea General haya hablado, cuando haya tomado decisiones, cuando se hayan revisado las Constituciones, si cada una emprende una vida nueva, con espíritu y corazón nuevos, entonces será cuando, verdaderamente, se efectúe la renovación.

Me espanta actualmente cuando veo en la vida religiosa femenina (no veo tanto la masculina, pero creo que es peor todavía), me espanta ver cómo se toman decisiones y decisiones importantes sin saber ni poco ni mucho por qué se toman. Se toman únicamente por una especie de esnobismo religioso.

Se dejan llevar de la opinión. ¿Por qué han hecho esto o lo otro?… Porque la opinión pública… Y crean que lo he oído decir. Bien, hay que tomar en consideración la opinión pública; pero la opinión pública no es la regla de nuestra conducta.

Entonces, por intentar… por parecer adaptadas… para responder a opiniones generalmente extendidas… se llega a olvidar que nuestro punto de referencia es, tiene que ser Cristo y el Evangelio… y que la mayoría de las veces, Cristo y el Evangelio no están tan de acuerdo con el mundo. ¡Fuerza es decirlo! Sepamos ser lo que somos, nosotras mismas, en una búsqueda sincera de Dios que acaso nos lleve a esas transformaciones o a esas decisiones que, inconsideradamente, han tomado otras Comunidades, cuando lo que debe movernos a ello es haber visto delante de Dios que tal es su voluntad y que corresponde a las necesidades de la evangelización en la hora actual. Tengo a veces la impresión de que la renovación se hace en sentido inverso. Se empieza por las formas externas sin saber a dónde llevará aquello. Recuerdo haber oído a una joven Superiora General: Hemos probado tal cosa. ¡Ya veremos lo que resulta! Pero es muy fuerte ese «ya veremos lo que resulta». Confieso que me quedé de una pieza cuando se lo oí. No es así como hay que proceder. Antes hay que ver, reflexionar; después, actuar… aun cuando siempre haya una cierta incógnita, para la que nos tenemos que fiar de Dios.

De verdad, Hermanas, lo que les pido actualmente, y se lo pído con toda el alma, es que recen, que recen por la Asamblea General y que ofrezcan sacrificios por esa intención. Ahora ya han hecho ustedes su parte de trabajo. Para la mayoría, ese trabajo concreto ha terminado. Han enviado los cuestionarios, que se han estudiado en dos planos, el provincial y el internacional. Hemos recibido también casi todos los Postulados de las Asambleas Provinciales. Es como la auscultación de la Comunidad. En el próximo número del Eco se publicará un gráfico de la preparación de la Asamblea, en el que resaltarán con claridad las dos preparaciones que se han llevado simultáneamente: la individual por medio de los cuestionarios, que llegará a la Asamblea General en forma de Memoria, y la comunitaria que, a través de las Asambleas domésticas y provinciales, llegará a la general en forma de Postulados. Todos los miembros de la Asamblea que ustedes habrán nombrado, recibirán a primeros de abril —entre el 1 y el 15, esperamos— un documento que será el resumen, la síntesis de toda esta preparación; contendrá: el informe internacional de todas las Comisiones especializadas y de síntesis de todas las Provincias, es decir, la síntesis de todo lo que hayan expresado ustedes en los cuestionarios, seguido de otro documento que comprenderá todos los Postulados agrupados, puesto que si 12 ó 15 han pedido lo mismo, no se van a poner esos 15 postulados en fila; se los reducirá, en una redacción común, a un solo postulado, pero diciendo que ese postulado ha sido presentado por 15 provincias. Por lo tanto, un segundo documento constituido por los Postulados, que han de ser la base de las discusiones de la Asamblea, pero que ante todo habrán recibido la clarificación de la opinión personal de ustedes, expresada en los cuestionarios individuales.

Pienso que tenemos, así, una preparación tan completa y perfecta como nos ha sido posible; y pienso también que ese trabajo gigantesco, realizado hasta ahora, tiene un segundo resultado: el de haber preparado sus mentes a una participación mucho mayor en la Asamblea General y a la comprensión de las decisiones que pueda tomar la Asamblea. Creo, pues, por una parte, que la preparacíón concreta se ha hecho, y, por otra, que la espiritual está iniciada.

Ahora les queda vivir con nosotras, en espíritu, con el pensamiento, por un lado, y por otro, con la oración y el sacrificio, que espero se intensificarán a medida que se va acercando la Asamblea, tiempo fuerte que, como les digo, vamos a vivir juntas.

¿Cómo se van a desarrollar ahora los trabajos? Estamos llegando a la última fase, que es la redacción de los documentos de que acabo de hablarles. El 4 de febrero se reunirán aquí las Comisiones, a las que vamos a llamar: Comisiones preparatorias. Son las que van a preparar directamente la Asamblea, y las distinguimos de las Comisiones de síntesis que trabajaron en los cuestionarios. Esas comisiones preparatorias se componen de 90 miernbros que vienen de todos los puntos del mundo. 21 atravesarán el Océano. Van a trabajar durante tres semanas en hacer la síntesis universal de to’clos los informes de las Comisiones especializadas. Llegaremos, por fin, a ese documento de síntesis final. Uno para cada título de materia, que serán 13. Ya los conocen: Vocación de la Compañía, vida comunitaria, vida consagrada, etc. Van, pues, a hacer ese informe que llegará hasta la Asamblea General. También nosotras nos reservamos una parte en el trabajo. El Consejo General está trabajando en los Postulados que han enviado las Asambleas Provinciales. Tenemos un primer trabajo que hemos empezado esta semana. Consiste en clasificar los Postulados para el Consejo General. Algunos rezan también: Postulados para Nuestra Madre. Pero, a veces, hay confusiones y tenemos que empezar por poner orden. Por una parte lo que se refiere al Consejo General o a mí misma, porque son cosas que pueden resolverse con facilidad y que no tienen valor constitucional. Y, al contrario, por otra, lo que debe reservarse para la Asamblea General. Hay postulados que, a primera vista, no han parecido ser importantes y se han destinado al Consejo General, pero que nosotras remitimos a la Asamblea.

Cuando terminemos esta primera operación de clasificación, haremos, rúbrica por rúbrica, la síntesis de los Postulados. Es decir, reducir los que piden lo mismo, indicando el número de Provincias que los presentan. Así llegaremos a la presentación de los Postulados de las Asambleas Provinciales a la Asamblea General.

Creo que este trabajo quedará terminado hacia fines de marzo; no deja de ser largo, sobre todo porque hay que hacer las cosas muy concienzudamente. Cuando todos los miembros de la Asamblea hayan recibido sus documentos, podrán trabajar con ellos y estudiarlos para tenerlos bien en la cabeza antes de acudir a la Asamblea General.

Y después, ¿cómo se desarrollará la marcha de la Asamblea? Ya saben que la Asamblea empieza siempre por unos Ejercicios. Se harán aquí, el 23 de mayo, de la Ascensión a Pentecostés, como de costumbre, y terminarán con una jornada para la elección de la Superiora General el lunes de Pentecostés.

Quizá, será lo más probable, se decida aplazar a más tarde la elección de las Consejeras Generales, porque de los Postulados se desprende que habrá, con toda seguridad, modificaciones importantes que afectarán al número y cometido de las Consejeras Generales. Por consiguiente, sería inoportuno elegirlas antes. La Asamblea es la que decidirá. Desde el momento en que queda abierta, la Asamblea es soberana y a ella corresponde decidir.

Por lo tanto, una jornada de elecciones el lunes de Pentecostés a la que inmediatamente seguirán otras 3 preparatorias a los trabajos. 3 días de cursillo.

El primero se dedicará al estudio de las actas conciliares,

el segundo, al estudio, si puede decirse así, de la doctrina de San Vicente, de los Fundadores,

el tercero, a una teología y pedagogía del diálogo, porque una Asamblea no puede desenvolverse sino a condición de que sus miembros se hallen en una verdadera actitud de diálogo, no sólo exterior sino interior; no una actitud de esperar con impaciencia a que una termine de hablar, para tomar la palabra y poder decirle en qué se ha equivocado: eso no es diálogo. Lo intentaremos. Pero el dialogar no se aprende en un día. Hace’ falta toda la vida para ello. En fin, intentaremos, y el Señor, así lo espero, pondrá su mano.

Después de estas tres jornadas, dejaremos aún otras tres1 para que los miembros de la Asamblea puedan ir individualmente a Roma.

No quiero reunirlas a todas en dos aviones porque… ¡si llegaran a caerse!… ¡menuda catástrofe! Así pues, cada una se marchará por sus propios medios y en orden disperso, para dispersar también los riesgos. Y por fin nos encontraremos reunidas para empezar a trabajar, el 10 de junio. Prevemos que el trabajo durará con seguridad hasta el 31 de julio. No veo la posibilidad de terminar antes, o más bien de terminar la parte que se pueda hacer este año. Dicho de otro modo: sea como sea, interrumpiremos el 31 de julio, pero conscientes de que quedará bastante por hacer. Esto supone que tendrá que haber una segunda Sesión de esta Asamblea el año que viene; lo que por otra parte es obligado, ya que tan pronto como termine la Asamblea, tendremos que empezar a redactar las Constituciones que contengan las decisiones de aquella. Ese texto, una vez terminado, deberá remitirse de nuevo a todos los miembros, y en otra sesión se aprobarán, uno por uno, los artículos de las Constituciones. Por consiguiente, mucho es lo que queda todavía por hacer. Si no hay más que dos Sesiones, creo que el trabajo de la Asamblea durará todavía unos dos o tres años más. Entonces, estaremos en posesión de un texto provisional, «ad experimentum». Y cuando se celebre otra Asamblea General, ya lo habremos experimentado, se añadirán los últimos retoques, y, entonces, dentro de 6 años, se podrá presentar definitivamente, creo, a la aprobación de Roma. Pero pensamos no esperar la aprobación definitiva para entregar a las Hermanas un texto de las Constituciones, aunque sea provisional, porque sería demasiado esperar 6 años o acaso más…

Pensamos imprimir el texto provisional tan pronto como esté redactado y dar, induso, un ejemplar a cada Hermana.

Muchas lo piden. Cuando se trate del texto definitivo, por supuesto. El provisional, ya veremos, pero creo que sí, ya que se gasta tanto en libros, y éste no sería un gasto inútil. Cada casa podría hacer ese regalo a sus Hermanas.

Durante la Asamblea General, trataremos de estar lo más posible en contacto con ustedes. Ya hemos hablado de ello. Se constituirá un comité de prensa que enviará un periódico de la Asamblea —no del Concilio, de la Asamblea— que quisiéramos poder enviarles cada 8 días. De esta forma, todas las semanas estarían al corriente de lo hecho en la semana anterior y así podrían ir siguiendo todo con interés. No es del todo desínteresado lo que hacemos, porque esperamos que, si están al corriente, también rezarán más. Recibírán ustedes, por lo tanto, un correo. Diremos a las Visitadoras, como estarán ausentes de sus casas, que dejen preparados los sobres para que, cuando llegue el correo, no haya más que hacer la multicopia y se pueda enviar inmediatamente a todas las casas. Y creo que en ocho días podrá llegar ese correo aún a los puntos más alejados del mundo.

Esto es lo que quería decirles esta mañana. Esta tarde marcho a Roma para pedir al Muy Honorable Padre la gracia de la Renovación; de modo que las llevo a todas conmigo, como siempre. Siempre que voy a Roma, voy a pedir a San Pedro la gracia de la Fe para la Compañía y a Juan )0(III la gracia de la caridad, porque creo que es verdaderamente el Papa de la caridad. Entonces, hagan el favor de pedírsela ustedes también conmigo.

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