Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de enero de 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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De vez en cuando corren pensamientos que, por ser profundamente verídicos, todo el mundo repite y llegan a convertirse en «slogans». Entre estos slogans hay uno que voy a emplear hoy porque debe llegar a ser para ustedes un pensamiento rector durante los años que vamos a vivir.

Se dice: «El Concilio no ha terminado, es ahora cuando empieza». Creo que es de lo más exacto.

En su discurso del 18 de noviembre, en una de las sesiones públicas del Concilio, el Santo Padre ha enunciado tres períodos de éste: el primero el del principio, la preparación y luego el comienzo de los trabajos. El Papa lo caracterizaba por la alegría y el entusiasmo. Todos iban llegando llenos de esperanza, con el corazón rebosante de gozo por poder parcípar en tan solemnes reuniones. Preveían el trabajo, si, pero no, por lo menos con plena lucidez, las dificultades e imprevistos que iban a llevar consigo.

El segundo período ha sido el arduo, el de las dificultades, el de un trabajo intenso y también, fuerza es decirlo, el de los enfrentamienos. Es cierto que los Obispos, procedentes de puntos tan diversos del mundo tenían criterios muy diferentes unos de otros. Quedaron sorprendidos al descubrir esa diversidad y tambén la profunda sinceridad de esas diferencias de criterio. Porque cada uno creía en conciencia que tenía que participar en el Concilio y aportar al mismo la luz tal como él la veía, se produjeron discusiones, enfrentamientos, en tomo a cuestiones importantes como la libertad religiosa, como las que se debatieron en torno al matrimonio y la familia, en tomo también a ciertos aspectos del apostolado de los laicos, etc. Esas discusiones han sido precisamente la prueba y el signo de la sinceridad perfecta, de la conciencia absoluta con que los Padres abordaron sus trabajos.

A pesar de estas dificultades, este período ha sido muy hermoso. Era hermoso, en efecto, oír hablar así a hombres de la más alta inteligencia, de la conciencia más íntegra, y decir cosas totalmente diferentes con la misma sinceridad, sin ningún respeto humano, sin dejarse detener por lo que se había dicho antes, por los comentarios que sospechaban iban a levantar, diciendo delante de Dios lo que creían debían decir para servir a la Iglesia y para servir a la causa de la verdad.

El tercer período del Concilio, decía el Santo Padre, es el de las resoluciones, el de la compresión mutua, el de la aceptación y por fin el de la ejecución.

Este último período, el de la cuarta sesión del Concilio (parece ser que no hay que decir «sesión», pero como nadie sabe lo que hay que decir, empleo, sin embargo, esta palabra), ha sido muy pacífico. Se ha terminado con un trabajo intenso, no tanto para el conjunto de los Padres que tenían que esperar por las calles de Roma a que quedaran redactados los textos, sino para los redactores. Estos han tenido, ciertamente, una época de trabajo extraordinario y, puedo asegurárselo, de lo más edificante. Algunos Obispos me decían que los redactores de esquemas habían acortado sus días por la intensidad de trabajo rendido. No se puede imaginar la cantidad de trabajo y esfuerzo suministrado por el conjunto de los Padres Conciliares. Tanto es así que se decía: «Aunque el Concilio no hubiera tenido otro resultado que el de dar testimonio de tal voluntad de encontrar la verdad, de tal deseo de atenerse a ella, de tal decisión para lograr definirla y por último pasar a ejecutar lo previsto, hubiera merecido la pena convocarlo».

Además de los documentos o textos escritos, el Concilio ha tenido resultados que, de momento, no se desprenden de una manera muy visible, pero que tomarán cuerpo y se revelarán en los años próximos. Cierto número de Obispos, a lo largo del Concilio, han llegado a un verdadero viraje de su mentalidad. No, no son sólo los textos escritos lo que se ha conseguido como resultado, ahí está todo lo que ha quedado inscrito en el corazón, en el pensamiento, en la voluntad de todos los responsables de la Iglesia que han participado en los trabajos del Concilio. Es cierto que para mí —que sin embargo no he asistido más que a las últimas sesiones, es decir a la mitad del Concilio— la evolución de las mentes era clarísima. Se sentía cómo se limaban las diferencias entre los diferentes criterios, de tal suerte que la unidad casi perfecta a que se llegó en las últimas votaciones, no era simplemente fruto del cansancio, la postura de personas que hubieran dicho: no hay nada que hacer, dejemos pasar las cosas y pongamos punto final sino el resultado de un verdadero camino recorrido. Los espíritus han caminado y por último se han encontrado, se han unido en torno a los grandes principios doctrinales, de pastoral, de disciplina. Los espíritus, realmente se han unificado, y ahora al filo de la vida que sigue, es cuando se va a revelar poco a poco el trabajo que se ha llevado a cabo y que por de pronto sólo es visible a los ojos de Dios.

Se abre ante nosotros, comenzamos una nueva era en la vida de la Iglesia. Dada la importancia de los trabajos realizados, la multitud de las cuestiones abordadas, cuestiones verdaderamente vitales, puede decirse que, tras el Vaticano II, la Iglesia comíenza una nueva era de su existencia.

No se trata sólo de reemprender el trabajo o la actividad después de una pausa para considerar lo que había que hacer. Creo que se han operado transformaciones profundas que se irán poco a poco en una ejecución progresiva.

Más que nadie comprende el Santo Padre la gravedad de todo lo que se ha dicho, de todo lo que se ha agitado, y está profundamente empeñado en la obra que quiere llevar a cabo. Pero porque conoce a los hombres y sabe cómo pueden juzgar las cosas, en la última sesión, dijo más o menos estas palabras: «no acuséis a la Iglesia de infidelidad al Concilio, no la acuséis de pereza o de lentitud, si os parece que no se ejecuta todo inmediatamente, que no se traduce enseguida a obras».

El trabajo se hará, pero se hará lentamente, con prudencia, precisamente para hacerse con seguridad. El Santo Padre es personalmente un ejemplo admirable de esa voluntad, fija, firme, en el sentido no de ejecutar cosas espectaculares, sino de perseguir su objetivo con una tenacidad y una voluntad de alcanzarlo que nos sirve a todos de lección.

Voy a referirles un detalle que lo confirma. Ya saben cuánto se reprocha ahora a la Iglesia, al Vaticano más bien, todo el aparato de que se rodea. Es cierto que un Papa, nada más llegar al solio pontificio no puede destruir todo lo que existe para construir otra cosa distinta. Pero a Pablo VI se le ha visto, primero, revestido de los mismos ornamentos que sus predecesores; de pronto precedido tan sólo de una cruz pequeña, de plata, su cruz episcopal; después se ha despojado de la tiara, luego ha mandado suprimir los ornamentos demasiado ricos, demasiado recamados. Ahora se presenta simplemente como un Obispo, un Obispo más entre los otros, con una mitra de seda blanca como los demás, una capa apenas bordada: sólo dos cruces delante. Lleva siempre, parece, el sencillísimo anillo pastoral igual al de todos los Obispos y que él mismo les ha regalado al terminar el Concilio. En la mayoría de los casos excepto en las audiencias públicas muy numerosas, en las que, de lo contrario, sería privar de verle al conjunto de los asistentes, en lugar de presentarse llevado en la silla gestatoria, llega a pié, despojado de todo aparato. No se sabe exactamente cuándo llega, y, en vez del estallido de aplausos de antes, ahora, a petición suya, cuando se le ve aparecer se entona el Credo.

Es muy hermoso todo esto. Acaso no tanto en la cosa material en sí, sino en la voluntad que se manfiesta orientada en un sentido expreso, mantenido, a pesar de todas las dificultades que puedan suscitar unos y otros. Podrán objetar: son cosas secundarias, sólo de apariencia. Sin embargo, son signos.

Actualmente, la Iglesia reemprende su edificación y lo hace bajo formas nuevas. Es ésta una expresión que se encuentra en varios esquemas: «formas nuevas».

Es verdad que al leer el conjunto de documentos, puede darse una pequeña decepción: «no han dicho gran cosa de nuevo»…

En concreto, ¿qué se nos ha dicho? ¿qué hay que hacer? Leyendo página por página los esquemas, se encuentran magníficos principios doctrinales pero si se quieren buscar orientaciones prácticas, no hay, en suma, nada.

Por ejemplo, se encuentra mal el capítulo de los religiosos, no gusta el decreto sobre la renovación de la vida religiosa. Bueno, decir que no gusta en absoluto, es un poco exagerado, pero se lo encuentra pobre, insuficiente, se dice que no ha abordado los verdaderos problemas… y no sé cuántas cosas más. Por mi parte digo que es muy prudente. Y lo es porque se dirige a un número inmenso de personas que viven en todo el mundo y que, por consiguiente, no pueden tener todas los mismos puntos de vista, ni estar sujetas por las mismas normas prácticas, pero que, sin embargo, deben vivir de unos mismos principios.

Este esquema sobre la renovación y adaptación de la vida religiosa, sienta muy bien los principios básicos de la vida religiosa, aquellos, precisamente, que esperábamos. Ante todo, sienta el gran principio de que la vida religiosa es Cristo.

Acaso pueda decírse que hubiera gustado que se expresara de forma distinta, que se hiciera más hincapié sobre el hecho de que no se trata sólo de seguir a Cristo, de imitar a Cristo, sino de darse a Cristo de tal forma que lleguemos a ser para El como una nueva encarnación por la que Cristo pueda prolongarse, pervivir. Hace mucho tiempo que esto se ha dicho, por eso no es tan de todo punto necesario repetirlo. El fondo mismo de la vida religiosa es eso y no es otra cosa. Hay que comprenderlo y nosotras, las religiosas de vida activa, no nos lo repetiremos nunca bastante, porque tenemos tendencia a poner toda nuestra fe, toda nuestra esperanza y todo nuestro amor a Dios en lo que hacemos, en la obra a que estamos dedicadas. Está muy bien que demos importancia a la Obra, pero esa Obra tiene que ser expresión de algo o de lo contrario no es nada. La Obra que hacemos debe ser la expresión de esa donación profunda que hemos hecho de nosotras mismas a Cristo y, por consiguiente, de la Obra de Cristo en el mundo. Mejor dicho, no es sólo expresión de la Obra de Cristo, sino la misma Obra que Cristo hizo en el mundo. No llegamos a comprenderlo suficientemente. Tenemos que ahondar más en nuestras posturas espirituales, en la compresión que tenemos de nuestra vocación, y hemos de hacerlo toelos los días: comprender, profundizar, saber por qué estamos áquí. San Bernardo se repetía a menudo a sí mismo: «Bernardo, ¿por qué has venido?» También nosotras tenemos que hacernos esta pregunta: «¿Por qué estoy aquí? ¿por qué lo he dejado todo?, ¿por qué me he dado al Señor?». He venido a darme al Señor para ser una prolongación de Cristo en el mundo. Este es el verdadero objetivo.

El Señor se apiada de nuestra debilidad y nos atrae valiéndose de ciertos medios, pero el fondo verdadero es ese. Y eso es precisamente lo que el esquema señala con toda claridad.

La vida religiosa a Cristo, la unión con El, la unión profunda con El. La vida religosa está profunda y completamente integrada en la Iglesia. Forma parte de ella, tiene que estar al servicio de todo lo que hace la Iglesia, debe aportarle todo lo que es, todo lo que puede. Esas son las dos grandes bases que, por lo demás, se identifican en una sola. Recordemos sencillamente la palabra de Juana de Arco: «A mi parecer, Cristo y la Iglesia son una rnisma cosa». Pues bien, esas son las dos bases que fija con toda claridad el decreto sobre la vida religiosa. Han quedado perfectamente situadas y por ello debemos alegramos. Si el primer punto no se hubiera discutido tahto, indudablemente no habría quedado puesto tan de relieve. En cuanto al segundo, a la inserción en la Iglesia, siempre se ha reconocido en principio y en la doctrina, pero en la práctica, preciso es reconocer que desde hace unos decenios, en la Iglesia local, en la Iglesia diocesana, la vida religiosa había quedado un poco marginada. Se la consideraba aIgo así como una excrescencia que había brotado al lado de la Iglesia. Los religiosos y religiosas, sí podían prestar algún servicio, pero no eran tan necesarios ni estaban tan integrados en la Iglesia. En cambio, los decretos actuales muestran verdaderamente una integración total, una inserción real de la vida religiosa, no sólo en principio, sino en la vida misma de la Iglesia. Esto tiene una gran importancia.

Pero la frase que es acaso la más importante para nosotras, religiosas de vida activa, la que debemos retener y meditar, profundizar en ella y tomarla como tema de alguna de nuestras oraciones, sobre todo en función de una transformación de nuestra vida, es ésta: la acción apostólica o benéfica pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa. No es algo que se añada a la vida religiosa; no es que durante unas horas al día vivimos vida religiosa y comunitaria y luego pasamos a hacer obras de caridad o de apostolado. Este es un concepto absolutamente falso y que no era, en manera alguna, el de San Vicente.

No hay otro santo en el mundo que haya visto más perfectamente esa síntesis de la vida religiosa y de la vida de caridad en Cristo, que San Vicente. Es lástima que no tengamos tiempo, unos u otros, para ir seleccionando textos conciliares, uno por uno, y poner en frente, a modo de contrapartida, una enseñanza de San Vicente. Veríamos con profunda admiración cómo San Vicente expresó en su tiempo casi todo lo que actualmente ha buscado y puesto de relieve el Concilio. Cuando se ve, por ejemplo, el avance dado en la línea de la caridad por el pensamiento ecuménico: las relaciones con los hermanos protestantes, con los Judíos, Musultnanes, etc… ¡es lo que encontramos en la vida de San Vicente! Es lo que él enseñó y practicó; lo que antes de aconsejarlo y enseñarlo, empezó por practicar. Y lo mismo nos sucedería en otros aspectos.

Tendremos que reflexionar ante Dios cómo podremos hacer eficaz esta palabra del decreto sobre la renovación religiosa. «La acción en nuestra vida pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa». No quiere esto decir que la acción nos dispensa de los tiempos fuertes de la vida religiosa que son la oración vocal, la oración mental, los intercambios, los ejerdcios comunes, etc. Quiere decir que, en nuestra vida, el acto de caridad ya sea espiritual, ya material, es un acto de religión que nos une a Dios y que forma parte integrante de la consagración que libremente hemos escogido.

Pienso en este momento en esta frase: «mi oración es mi vida». Hay dos maneras de comprenderlo, y las dos son buenas a condición de que cada una induya a la otra. La primera es la que vivieron las Hermanas de hace treinta, cuarenta o cincuenta años, las de principios de este siglo. La segunda es la de las Hermanas de hoy y de mañana. «Mi oración es mi vida»: las Hermanas del primer grupo piensan «toda mi vída está en mi oración»; las segundas dicen «toda mi vida es una oración». Vean la diferencia.

Si no se hace bien la síntesis de estas dos formas de pensar, habrá quien se confine en una oración vocal o mental… y descuide toda una parte de su vida, toda una parte del tiernpo de su vida, la acción, esos contactos con los demás y hasta llegue a no comprender que todo eso es una oración delante de Dios.

El error de las segundas será el de pensar que, puesto que toda su vida es una oración que se eleva hasta Dios, su acción basta como oración que se eleve hasta el Señor. Y entonces, sin escrúpulo, sin dificultad y sin perjuicio se podrán privar de los tiempos fuertes de la oración. Ya ven que existe un peligro por ambos lados. En realidad, cuando decimos, «mi oración es mi vida», debemos tomarlo en los dos sentidos, porque la postura verdadera viene de la síntesis de las dos. En la oración encuentro a Dios, pero a ella llevo toda mi vida y la reflexiono delante de Dios.

Y cuando estoy en la acción, llevo a ella mi vida de oración, mi unión con Dios. Es a Dios mismo a quien encuentro en la acción y es a Dios mismo a quien llevo a la acción. Es necesario profundizar en estos dos sentidos para llegar a la verdadera comprensión de ambos. Y creo que tenemos que reflexionar en ello.

Tenemos que basar nuestra vida en la verdad. Con demasiada facilidad corremos el peligro de dejamos arrastrar y desviarnos de lo que constituye el fondo mismo, la base de nuestra existencia.

En los documentos conciliares se encuentra con frecuencia esta frase: «bajo formas nuevas». Al recordamos los princípios fundamentales de obediencia, pobreza, clausura para las monjas, etc., se nos dice: hay que ser fieles a todo esto, aunque sea con formas nuevas. El decreto no es en absoluto restringido, ha abíerto muchas puertas sin cerrar ninguna; ha tenido la prudencia de no fijar ningún límite y deja a la gracia de Dios, a la acción del Espírítu Santo el cuidado de mostrar a cada individuo y a cada realidad edesial (es decir, a los Movimientos, a las Comunidades, a todo lo que vive corporativamente en la Iglesia) esas formas nuevas por las que habrán de seguir al mismo Espíritu, después de haber orado y haberle pedido sus luces.

Pero esas formas nuevas que debemos buscar juntas no son posibles, no serán buenas y eficaces más que si van respaldadas por un interior renovado. Lo que tenemos que transformar con prioridad de importancia y de intensidad somos nosotras mismas. Nunca se insistirá bastante en ello. Somos nosotras mismas las que tenemos que transformamos, nuestra manera de enfocar nuestra vida, de comprender a los demás, de contemplar la acción de la Iglesia, de mirar al mundo y alos que nos rodean.

Voy a darles un ejemplo Magnífico en palabras y en obras.

El Prior Schultz, de Taizé, nos ha dado en Roma, al final del Concilio, una serie de conferencias hermosísimas cuyo tema era su obsesión personal de que, terminado el Concilio, no decaiga la acción en favor del Ecumenismo, en pro de la Unidad. Nos ha hablado del espíritu ecuménico, de la manera de cómo había que vivido, cómo ellos, los monjes de Taizé, tratan de vivirlo. Decía que este Concilio ha aportado piedras magníficas para la construcción de la obra ecuménica. Entre sus mejores esperanzas, citaba el esquema sobre la libertad religiosa; citaba el esquema XIII que va a leer todo el mundo, los creyentes y los incrédulos, Jos bautízados y los no bautizados. Este esquema nos hace contemplar al hombre, a los grandes problemas humanos, los grandes problemas mundiales Y decía: vamos a inclinarnos todos sobre esos problemas que afectan al hombre, y afectan al mundo. Vamos a contemplarlos juntos con una misrna mirada de amor, durante largos años, y cuando hayamos contemplado así, juntos, largamente, al hombre, al mundo y sus problemas, acabaremos por tener una misma mirada humana. Entonces vendrá el Espíritu y Dios nos hará comprender que tenemos que mirar con la misma unidad de espíritu las grandes bases doctrinales. Y la unidad surgirá. Decía: «Cristo vendrá y transformará nuestra mirada y nos despertaremos con una misma manera de ver a Dios porque, juntos habremos visto al hombre y al mundo de la rnisma manera». ¡Qué hermoso es todo esto!.

Pero requiere prestar una atención sincera a la verdad. Tenemos que estar de continuo desprendidas de nuestra manera de ver y buscar juntos cómo encauzarnos de nuevo en la verdad (iba a decir en la verdadera verdad) y en la caridad. Esta es la importante obra conciliar que debe acompañar, vivificar y animar todas las transformadones que se revelen como necesarias, que vayan surgiendo al filo de los días.

Nuestro deber, como Hijas de la Carídad, si queremos preparar para la Compañía esa misma reedificación de las formas nuevas, es reedificarnos nosotras mismas en Cristo y reedificar a Cristo en nosotras. ¿Cómo? .Tendremos que buscar medios para ello. Empecemos por convencernos, unas y otras, de la urgencia de esta ‘tarea.

Y la pritinera urgencia, decimos, somos nosotras mismas No es egoísmo decir esto, porque en nosotras mismas van incluidos los demás también. Para trabajar, pues, en esta reedificación de la Compañía y de la Iglesia, tenemos que empezar por transformamos nosotras misrnas. Existen (lo digo sin amargura y me induyo yo misma en el número) demasiadas de no,sotras que viven de una manera excesivamente natural. No estamos andadas en la verdad, o por lo menos, no lo suficiente. Creemos estarlo, lo deseamos, nos lo proponemos, pero en la práctica no es así. Para que lo sea, tiene que traducirse en la vida. No basta con leer buenos libros, con decir bonitas palabras, con tener bellos pensamientos, y transmitirlos, todo ello tiene que convertirse en vivencia, en vivencia nuestra y de nuestra comunidad local. Tenemos que ayudarnos mutuamente para que todo esto se convierta en realidad, pase a la práctica entre el detalle de cada día. Sólo así podremos hacer a Cristo presente en el mundo de los pobres.

El Santo Padre en la alocución que dirigió a las Visitadoras en mayo último, les dijo esas palabras, que, a mi juicio, son las que debemos retener como el programa más importante de la Compañía en la hora actual, importante también para la Iglesia, ya que la Compañía existe en función de la Iglesia. Son éstas de «hacer a Cristo presente en el mundo de los pobres».

Para que podamos hacer a Cristo presente, tenemos que empezar por estar nosotras mismas penetradas de Cristo. Cuando decimos «empezan> no se trata de tiempo sino de prioridad. Hacer a Cristo presente en el mundo de los pobres es, pues, «empezar» por hacerle tan presente en nuestra vida que, sin más remedio, por decirlo así, se transparente en nosotras. No se comuncia a Cristo sólo con palabras; hay que anunciarle, si, hay que hacer explícito nuestro testimonio, pero se le comunica tanto o más con lo que se es, con la propia vida. Se nos dice que tenemos que buscar formas nuevas. Si vivimos en la realidad del Señor, las formas nuevas no dejarán de surgir, brotarán espontáneamente, las encontraremos, porque vendrán de Cristo vivo en nosotras.

Y para desembocar en algo concreto, al terminar, les señalo un punto importante de estos momentos. Me refiero a la cuestión de nuestros rezos.

Nuestros rezos se han trasformado o van a transformarse, por lo menos, en lo que toca a las oraciones vocales. Esto lleva consigo ventajas e inconvenientes. Una transformación en la forma de rezar requiere un profundizar, una reflexión, una voluntad de encontrar nuevos jalones espirituales. Desde el tiempo que hacía que utilizábamos nuestras antiguas oraciones vocales, habíamos adquirido costumbres de vida espiritual que se apoyaban en tal o cual pasaje de las mismas, que había captado nuestra atención y nos llevaba a Dios, ayudándonos en nuestra vida personal, camino hacia El. Ahora tendremos que volver a encontrar eso en las Laudes, en los Salmos

No digarnos: ahora ya no rezamos al ángel de la guarda ni a San José, ya no tenemos aquellas hermosas devociones. Busquemos bien y veremos como encontramos poco a poco en el Oficio, casi todo lo de antes.

Dentro de poco les mandaremos una «preces» para la oración de la mañana, es decir, el ofrecimiento que se hace todos los días y el nuevo acto de conclusión de la oración mental. Habrán observado que no se hace ya el ofrecimiento del rosario, porque queda incluido en el ofrecimiento del día. Al decir al Señor: os ofrecemos nuestro trabajo, nuestras oraciones, nuestros sufrimientos… queda todo comprendido y no hay motivo para volver a ofrecer el rosario. Pero tenemos que pensar en empezar el rosario por la mañana. Habrán visto aquí que, al terminar la media hora de oración, nos ponemos de rodillas: es que en ese momento. se hace en voz baja, de manera personal, la conclusión de la oración. A continuación, se puede empezar el rosario, para inciarlo desde el principio de la jornada.

Tenemos que tratar de volver a apoyar nuestra manera de ir al Señor en nuestras fórmulas: tenemos que procurar profundizarlas para sacar de ellas el mayor provecho espiritual posible. Y en primer lugar tenemos que poner atención, aún cuando sea muy sencillo, en la manera de rezar Laudes y Completas.

Las Completas no ofrecen dificultad; las Laudes requieren algo más de atención, pero al cabo de quince días de fijarse para buscar el Oficio, tampoco resultan ya difíciles.

Menos fácil es recitarlos bien. Aquí, actualmente, no se hacen las pausas llamadas hemistiquios como debiera hacerse. Ayer alguien me decía: «rezan demasiado deprisa aquí». No es cíerto.

No se reza demasiado deprisa. La oración no tiene que ser forzosamente lenta: cuando se habla con alguien no se hace con lentitud, pensando todas las palabras; se hace de una manera natural, al ritmo de la voz. No es que haya que ir a galope, pero tampoco hay que eternizarse. Creo que el ritmo que llevamos, por lo que se refiere a la rapidez, es bueno. Pero, en cambio, no se hacen las pausas… y como somos doscientas algunas se adelantan a empezar.

Cuando se llega al final del versículo, debe hacerse una pausa como si se contara «uno» (no es que haya, que contar, efectivamente, «uno», pero dar el tiempo necesario como para contarlo), de suerte que se perciba perfectamente la separación entre los versículos. Eso es lo que da una idea de orden y hace que todo el mundo marche al unísono.

Hay también que pronunciar las sílabas. Según el acento regional, las hay que se «comen» una u otra sílaba. ¡La lástima es que no sea siempre la misma, según que sean del Norte, del Mediodía, del Este o del Oeste! Pronuncien correctamente todas las sílabas, es una forma de alabanza al Señor. Si pertenecieran Vds. a la gran Orden Benedictina, que tiene como fin específico, en la Iglesia, el Oficio Divino, tendrían que poner extremada atención en la forma de recitar el Oficio. No se trata, para nosotras, de salmodiado ni de cantarlo, pero sí de tener el suficiente respeto al Señor, la suficiente voluntad de alabarle cumplidamente, para prestar la atención necesaria a esta forma exterior que es la recitación del Oficio. A la belleza o perfección de la recitación, va unida una forma de alabanza al Señor, al orden, a la conciencia que cada uno aporta en el acto de dar su voz.

Si en una asamblea de doscientas o trescientas Hermanas, como nos reunimos ahora, o en una comunidad de cinco o seis Hermanas, hay una que deja a las demás recitar y se contenta con murmurar entre díentes, esa se sustrae a la alabanza que se está tributando a Dios. Dar su voz es una alabanza, darla con esmero, es una alabanza más perfecta. Durante cierto tíempo tendremos que fijarnos bien, poner especial atención, para llegar a recitar como es debido el Oficio Divino.

No tenemos necesidad, como si se tratara de una salmodia, de sostener todas la misma nota, pero tengan cuidado de no poner una voz cavernosa, como si en el conjunto hubiera cinco o seis contrabajos. ¡Que tampoco sobresalga por lo alto una voz de falsete! No hace boníto. Hay que tener un poco el sentido de la armonía. Armonicen sus voces. Por algo la Hermana de semana, a la que se llama «el hebdomadario», empieza las antífonas y el primer versículo del salmo: en ese momento se aprovecha para volver a entonar y cada una tiene que ajustarse en lo posible al tono dado. Si salmodiáramos, tomaríamos el tono «la». No es bonito, resulta un poco ridículo, artificial. Puede que con voces de hombre esté bien, pero con voces de mujer, no.

No tenemos que sostenernos en una nota, pero, sin embargo, sí tomar un tono de voz normal y que todas se ajusten a él. Pidan a Dios que les dé un poco de oído para no falsear el tono. Todas de acuerdo, al unísono, nada de voces de falsete. Quizá en la música moderna resulten bien algunas disonancias, pero en la recitación del Oficio, no. Traten de tributar al Señor, ese homenaje.

Parece ser que en algunos lugares ha habido sacerdotes o párrocos que han dicho a las Hermanas: «Puesto que rezan Vds. Laudes, vengo a rezarlo con Vds.» está bien, ¿verdad? Así, por la mañana, tienen un poco de vida de Comunidad.

También tenemos que esforzarnos en comprender el sentido de los salmos No tanto, creo yo, comprender el sentido bíblico, que nos tendrían que explicar. Está bien que escuchemos una explicación de los salmos, pero creo que cada una tiene que orar con su estado de ánimo de momento y todas las mañanas, en Laudes, encontrará tema para apoyar en él su oración personal. Siempre hay algún pensamiento que corresponde a nuestro estado de ánimo, a la necesidad que experimentamos, aunque no sea otra que la necesidad de alabar al Señor. Por otra parte, al hacer nuestra oración no permanezcamos encerradas en nosotras mismas Cuando se nos dice «tenemos que trabajarnos a nosotras», entendámoslo bien, sí, hay que trabajamos, pero en función de todo el conjunto en el que estamos insertas.

Cuando oramos, pues, todas las mañanas, no somos nosotras las que oramos (así nos lo explica nuestro libro, por lo demás), es Cristo quien ora en nosotras, Cristo en su Cuerpo Místico, la Iglesia, ora en nosotras. Es por lo tanto la voz de todo el pueblo de Dios la que se eleva en nosotras.

Con frecuencia pienso —tenemos que pensar en ello al hacer nuestro ofrecimiento del día— en todas esas cosas magníficas que existen en el mundo y que nadie ofrece directarnente a Dios. Son inauditas esas bellezas del mundo. Se habla mucho más de sus fealdades, y hay en él cosas espléndidas, aun por parte de esas personas que no piensan ofrecerse a Dios: sus actos de fraternidad, su caridad con sus vecinos, su trabajo, sus sufrimientos, sus sudores, sus alegrías, etc. Y todo esto debemos reunirlo cada mañana en nuestro espíritu y preguntárselo al Señor.

Cuando decirnos, por ejemplo: Cielos y tierra, lendecid al Señor, es todo eso lo que bendice al Señor por todo el mundo. Los sufrimientos de los leprosos, la alegría de los niños, el trabajo de los obreros, ya estén cerca de nosotras o lejos. Todo eso es lo que tenemos que recoger, que juntar y ofrecérselo al Señor; todas esas bellezas que nadie ofrece directamente. A nosotras corresponde el deber de reunirlo y ofrendárselo.

Ese es el sentido en el que tenemos que tratar de trabajarnos para llegar a ser mejores instrumentos para la gloria de Dios y para su servicio. En nuestra época, en estos años que nos está tocando vivir, no hay lugar para la mediocridad. Nunca ha habido motivo para ser tibio, pero ahora lo hay cien veces menos. Yo creo que se puede afirmar que ahora no es posible vivir en Comunidad, vivir en la Iglesia, siendo tibio. Antes, uno se sentía llevado, sostenido por formas y maneras de vida inmutables, por un conjunto de cosas intangibles, y se descansaba en ello, sintiéndose seguro. Tengan en cuenta que había grandes santos, almas magníficas que se santificaban precisamente en medio de ese estado de cosas; pero también había otras que descansaban demasiado en ello y no hacían un esfuerzo personal en profundidad. Sin embargo, era menos visible. La tibieza, las carencias, eran quizá menos visibles entonces que ahora. Pero se ha atacado tanto a las formas, se las ha modificado tanto, que se corre el riesgo de hacerlas desaparecer y quitar en suma todo lo que eran barreras de protección. Ahora son más las exigencias, no podemos apoyarnos ya tanto en las formas, pero por lo menos tiene que subsistir el fondo.

Trabajemos, pues, en el sentido de una reforma de nuestro ser espiritual, de una donación personal al Señor, de una voluntad, sostenida día tras día, de darnos a Cristo, de dejamos penetrar por El para hacerle presente en el mundo. Esa es nuestra vocación. El fondo mismo de la vocación de la Hija de la Caridad es el de estar de tal manera entregada a Cristo que, por ella, Cristo se haga presente. Cierto que a Cristo lo encuentra también en el prójimo, pero se da este intercambio maravilloso: al acercarse a los demás, se les lleva a Cristo que vive en nosotras y, a la vez, en ellos se encuentra a Cristo doliente, al Cristo de la Pasión. Tratemos de centrar toda nuestra vida en esta verdad.

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