Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de agosto de 1965

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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No voy a hablarles de la parte de la Asamblea que ha terminado ya. Han podido leer un informe de la misma, extenso y detallado, en El Eco y por consiguiente han podido participar de lo que en ella se ha dicho: lo que yo les dijera ahora no añadiría gran cosa a lo que ya saben.

Hoy vamos a hablar de la parte de la Asamblea que empieza ahora. Porque, en efecto, cuando marcharon las Visitadoras a sus Provincias el 5 o 6 de junio, entonces empezó la segunda parte de la Asamblea, la más importante, la más eficaz. Sin ella, todo lo que la precedió no sería más que un juego, palabras, elucubraciones intelectuales o espirituales que no servirían para mucho. Si la Asamblea hubiera terminado, sin más el 5 de junio de 1965, se habría malogrado su objetivo; creo y espero, sin embargo, que en ese día es cuando ha empezado en nuestros corazones, en nuestras casas, y vamos a ir viendo poco a poco cómo se concretan sus decisiones y cómo se desarrollan sus resultados.

Ahora es cuando tenemos que poner en práctica las decisiones de la Asamblea, aplicarlas, hacerlas penetrar en nuestra vida. No serviría de nada pensar, planear, si después no cristaliza en la vida. Pero también hay que decir que para vivir bien es necesario empezar por pensar. Por eso, hemos tratado de sentar esa primera parte de reflexión, de teoría, a la que ha seguido el estudio, la elaboración de condusiones, de decisiones que se les irán enviando poco a poco. Ahora se trata de que juntas todas, ustedes y nosotras, pongamos en práctica, traduzcamos en actos, actuemos las decisiones de la Asamblea, en una palabra, que vivamos en plenitud, como dijo el Santo Padre en la alocución que nos dirigió.

Nos dijo así: «Habéis experimientado la necesidad de vivir en plenitud, de llevar a cabo esa renovación que os permita vivir en plenitud vuestra consagración a Cristo, vuestra vocación de caridad y así poder entablar el diálogo de salvación con el mundo». Me impresionó —a todas nos impresionó— esa insistencia del Santo Padre sobre la vocación de la Compañía en el mundo. Puede decirse que toda la alocución —la han leído ustedes en El Eco, pueden volver a leerla cada una en particular—que esta alocución no hace nunca, en manera alguna, una separación entre nuestra vida de Hijas de la Caridad, considerada en su aspecto de consagración a Cristo, y nuestra vocación de caridad en medio del mundo. Casi todas las frases de su Santidad Pablo VI nos colocan en el mundo para mostramos que existimos en función del mundo, en función de las almas. No nos hemos consagrado a Dios por una simple cuestión personal. Por lo demás ninguna vocación es nunca una vocación personal, aun la más contemplativa es siempre una vocación universal y apostólica. Pero en la vida de todos los días no podemos nunca separar a Dios del hombre. Vamos a Dios a través de los hombres y encontramos a Dios en los que servimos. El Santo Padre expresa, concreta y repite esta idea, podríamos decir que a placer, en el discurso que nos dirigió. Debemos encontrar el servicio de Dios en el servicio de nuestros hermanos. Esta es la manera vicenciana de ir a Dios, la de ir a Dios por el prójimo que no es la más cómoda, porque cuando se dirige uno a Dios dírectamente, lo contempla bueno, perfecto, infinitamente, mientras que al hacerlo a través del hombre, Dios cobra en el hombre un rostro imperfecto, a veces muy difícil de soportar; pero ahí está precisamente nuestro mérito, en encontrar a Dios, amarle, servirle a través de un prójimo imperfecto. San Vicente nos dice: «Volved la medalla y veréis al Hijo de Dios». No olvidemos nunca este gesto que consiste en volver la medalla para descubrir al Hijo de Dios en aquellos a los que somos enviadas.

Lo mismo que para la Iglesia parte importante del concilio dará comienzo en la ceremonia de clausura, cuando hayan quedado tomadas todas las decisiones y cada rueda del engranaje, cada célula de la Iglesia se ponga en marcha para aplicar esas decisiones, así para nosotras la parte principal de ese Concilio que ha sido nuestra Asamblea, ha empezado al terminar ésta. Y vamos a tratar de entrar en ese espíritu que debe animarnos, espíritu de renovación.

Se ha superado la palabra que, en un momento dado, hizo fortuna de «aggiornamento», puesta al día. Se ha superado un poco esa palabra porque no expresa del todo el pensamiento de la Iglesia, y se la ha sustituído por la palabra «renovación». La renovación es algo más profundo: la puesta al día no es más que un aspecto de la renovación. Ahora bien, la verdadera renovación, la que tenemos que emprender individualmente y comunitariamente, en nuestras casas, en nuestras comunidades locales, y colectivamente a nivel general en el conjunto de la Compañía, esa verdadera renovación, que se nos pide, equivale a una conversión. Creo que debemos llevar en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestra voluntad esta idea de conversión. Debe dominar nuestra vida. En realidad, ¿por qué los Papas han querido el Concilio? Encontramos respuesta a esta pregunta en la encíclica Eclesiam suam, tan hermosa, en las tres partes en que la ha dividido Pablo VI: toma de conciencia, renovación o conversión —que es la palabra que él emplea— y por fin diálogo con el mundo. Es eso exactamente lo que tenemos que hacer nosotras, pero el centro de la cuestión está en la conversión. Porque la toma de conciencia se hace con miras a la conversión, y es la conversión la que nos habilita, nos da aptitud para el diálogo con el mundo. Si la Iglesia se convierte —la palabra es un poco fuerte, no quisiera que se me tuviera que acusar de herejía; la Iglesia está en manos de Dios y sigue los impulsos de su cabeza, pero en el detalle, en muchas cosas, por lo menos en los individuos que la componen, necesita conversión— si la Iglesia se convierte, nosotras tenemos también que convertirnos. La Iglesia desea convertirse para entrar en diálogo con el mundo. Nosotras tambíén tenemos que tomar conciencia de lo que somos, para convertirnos y entrar en diálogo verdadero con el mundo al que hemos sido enviadas.

Podría alguna decir: «No es a nosotras, pobres Hijas de la Caridad, a las que compete entrar en diálogo con el mundo». Pues sí, nos compete y nos corresponde de lleno. Porque el mundo ¿quien lo compone? ¿los grandes organismos internacionales en los que trabajan personas con características propias? La verdadera vida del mundo no transcurre allí. Ese aspecto internacional es la parte oficial de la vida del mundo y por lo general no hace sino sancionar, orientar, dírigir lo que ocurre en la base ¿Quien está, en realidad, más en contacto con el mundo? Somos nosotras. Ustedes están en contacto con cantidad de pobres, de niños, de familias obreras, subproletarias u otras. Y aun aparte de los pobres, ustedes están en contacto con muchas personas en las oficinas, administraciones, etc. Cuando se dice: «la Iglesia tiene que entrar en contacto con el mundo», ¿quién es la Iglesia? ¿a quién se alude? Somos nosotras. Y la Iglesia no entrará en contacto con el mundo si no es cuando cada una de nosotras, convertida en su fuero interno, sea capaz de hacer a Dios presente en el mundo, como ha dicho S.S. Pablo VI: «Hacer a Dios presente en el mundo —nos ha dicho—, esa es vuestra fidelidad esencial». No se nos podía haber dicho nada más hermoso y, a la vez, nada más concreto, más firme, más sólido. «Hacer a Dios presente en el mundo, con el testimonio de vuestra caridad, esa es vuestra fidelidad esencial». Ahora bien, para hacer a Dios presente en el mundo, hay que ser capaces de ello, hay que haberse convertido hasta lo más profundo del ser; y es esta obra de conversión la que vamos a tratar de emprender y llevar a cabo, como consecuencia de la Asamblea.

Mientras se está en esta vida, no llega uno a convertirse del todo. Hay que trabajar en la propia conversión, es decir, una labor de continuidad, algo que no queda concluido de una vez para siempre. Cuando un individuo pasa de una situación de incredulidad a la Fe, el día en que se convierte se le da la Fe por un don de Dios y él la recibe por un acto de adhesión de su inteligencia. Ese día se dice que se ha convertido. Pero después tendría que seguir convirtiendo su manera de ser, su manera de pensar, su manera de obrar, sus gestos, sus relaciones con los demás y consigo mismo. La obra de su conversión empieza ese día. Si la obra de la conversión de ustedes empieza con la determinación que van a tomar y a renovar en estos Ejercicios, como lo hacen también las demás Hermanas durante los suyos, van a tener que perpetuar esa determinación a lo largo de todos los días de su existencia. Esa tarea de nuestra propia conversión tenemos que emprenderla a nivel individual, y a nivel comunitario tenemos que operar la conversión de la Comunidad.

Me dirán ustedes: «La Comunidad es hermosa, magnífica, hemos aprendido a amarla y a admirarla. Yo quisiera que nadie llegara a amarla y a admirarla más que yo». Está bíen. Pero sabemos que la Comunidad, como cualquier realidad humana, tiene que convertirse perpetuamente. Y aun cuando se apoya en un estado de perfección adquirida en determinado momento, esa perfección va a quedar desfasada, o hasta va a resultar falseada por las circunstancias de mañana. Todos los días de nuestra vida tenemos que detenernos en nuestro caminar y volver a empezar nuestra conversión Ineludiblemente nos vemos atraídas hacia nosotras mismas. Por la mañana, al levantarnos, nos sentimos atraídas por la cama; nos gustaría quedarnos más tiempo en ella; cuando rezamos, nuestro pensamiento se ve atraído por toda clase de preocupaciones: hay que dejarlo todo y volver a Dios; cuando estamos ante alguien que nos fastidia, tenemos ganas de dejarnos arrastrar por ese movimiento de la naturaleza que es la cólera. Nos vemos también influenciados, aunque no nos demos cuenta de ello, por las corrientes que nos rodean

El mundo acostumbra a razonar valiéndose sólo de la razón, a poner su confianza en los medios humanos y a no tener en cuenta para nada la Fe. También nosotras nos sentimos contagiadas en ese mismo sentido. Ahora el mundo se apoya en las realizaciones técnicas, en las posibilidades humanas. Y nos sentimos empujadas a hacer otro tanto y a no vivir de la esperanza cristiana.

Ya vemos entonces que, continuamente, y no sólo en determinados momentos, por la mañana por ejemplo, sino en todos los detalles de nuestra vida, siempre tenemos que detenemos y volver a orientarnos hacia Dios, tomar como base de nuestra vida personal las virtudes teologales de Fe, Esperanza y Caridad, fundamento de nuestra vida cristiana y también de nuestra vida consagrada.

Como la conversión tiene que ser continua, podemos sintetizarla en una sola palabra, consiste en «descentrarse», hablando instintiva y naturalmente. Desde el pecado original somos cada uno nuestro propio centro; todo lo relacionamos con nosotros mismos, todo lo hacemos en función de nuestro yo. Tenemos que descentrarnos, colocar nuestro centro en Díos. Desgraciadamente esto no se logra de una vez para siempre. Si se pudiera conseguir así estaríamos salvados, en el verdadero sentido de la palabra. Pero nos vemos obligados a volver a empezar de continuo; es el trabajo de esta vida, y cuando lo hayamos realizado suficientemente, el Señor nos llamará para establecernos en El. El trabajo de conversión tenemos, pues, que hacerlo todos los días; tomarnos en la mano, por decirlo así, para entregarnos a Dios. Tomen todas las marianas esa resolución de convertirse y de ser instrumento de conversión en su comunidad. No nos basta convertirnos cada una sola; la comunidad local en que están insertas, en la que se hallan inscritas, tiene que convertirse también. Hay que considerar la vida de la comunidad y no limitarse a la vida de los individuos. Una comunidad tiene su vida, más o menos pujante, según el mayor o menor grado de caridad que circula entre las personas —en nuestro caso concreto las Hermanas— que vivan juntas. Es necesario que en sus relaciones comunitarias, en sus decisiones, en su vida de relación con el exterior, llegue a estar cada vez más centrada en Dios y no en sí misma. Que obre no para proporcionarse, pongamos por caso, un prestigio, una reputación, incluso a la Compañía en general, sino para que Dios sea más amado, que llegue hasta las almas, que se le comprenda y se le descubra precisamente por la calidad de la unión y el amor que reina entre sus miembros. Es algo tremendamente importante la conversión de nuestras comunidades.

Este era el objeto profundo y determinante de la Asamblea, que ahora, en sus conclusiones, va a tratar de ayudar a cada una de ustedes y a su comunidad a operar su conversión, es decir, va a tratar de poner a toda la Compañía en estado de conversión permanente. Para ello, van a recibir orientaciones para guiarlas y sostenerlas en esta obra de conversión. Recibirán una orientación para lo espiritual y otra para la vida práctica.

La orientación espiritual es ante todo ese esquema del que El Eco les ha dado un informe o más bien un resumen muy sucínto. Ha sido a cosa hecha el no haber publicado in extenso, porque es preferible que lo tengan aparte, como un instrumento de trabajo, para cada una. ¿Qué es este esquema, al que se ha dado un nombre un tanto pretencioso porque parece querer imitar los esquemas del Concilio? No ha habido en ello, sin embargo, ninguna intención de vanidad; hemos querido simplemente tratar de ponernos en la realidad: «La Hija de la Caridad en la Iglesia y en el mundo de hoy». Es verdad que somos Hijas de la Caridad, que pertenecemos a la Iglesia y que estamos insertas en el mundo. Pero, ¿cómo lo estamos? ¿Cómo debemos comprendemos a nosotras mismas y situarnos en el mundo? Es lo que el esquema intenta representar, dándoles unos puntos de orientación para su reflexión.

Decíamos hace un momento: «Para obrar bien, hay que pensar bien». No recuerdo quién ha dicho que «son las ideas las que gobiernan el mundo». Si no se tiene un ideal, bien asentado, concreto, con una voluntad adulta bien determinada, no se llega a nada, se vacila, se van dando tumbos de un lado para otro, a merced de las opiniones de los que nos hablan o de los que nos rodean, queriendo determinarnos con posturas o decisiones de las que, a veces, unas contradicen a las otras. Era necesario, antes de tocar para nada el consuetudinario o nuestros métodos de formación, que empezásemos por recordar, por asentar en nuestra mente, lo que somos en el pensamiento de Dios, en el pensamiento de San Vicente, y lo que debemos ser en la hora actual. En este esquema van ustedes a encontrar cosas que les harán exclamar: «¡Ah, por fin, dicen esto!», y cada una lo interpretará según su manera de ser, queriendo justificar su postura. Les digo en seguida: «no hay estrictarnente nada nuevo en este esquema, nada». Les va a parecer acaso nuevo a causa de su forma, pero en realidad no contiene más que verdades básicas, verdades fundamentales que todas ellas se encuentran en las enseñanzas de San Vicente.

Se trata, así me lo parece al menos, del espíritu exacto de nuestros orígenes, el espíritu de los Santos Fundadores, el que nos enseñan nuestras Santas Reglas y las Conferencias de nuestro Padre y de nuestra Madre en Dios, de aquellos que nos formaron. Se han concretado algunos puntos, se han explicado de manera más moderna, pero siguen de cerca, sin apartarse, el desenvolvimiento del criterio de las Santas Reglas.

Van a recibirlo simplemente multicopiado, para que puedan tomar conocimiento, leerlo, estudiarlo, meditarlo y también utilizarlo como instrumento de trabajo y de reflexión durante este año. De momento nos limitamos a multicopiarlo porque queremos tomar el tiempo necesario para ponerlo a punto, corregir en ciertos lugares la literatura, redactar y arreglar ciertas frases para mayor claridad y concisión, evitando así que puedan tomarse en un sentido que no es el correcto. Tenemos después la intención de mandarlo imprimir en un libro que comprendería, por una parte este texto actual, y por otra, en la página de enfrente el texto de los pasajes correspondientes de las Santas Reglas, de San Vicente o de Santa Luisa, textos que, en cierto modo, lo acreditarían de suerte que se apreciara cómo el texto actual es traducción del pensamieto de San Vicente para nuestra época.

Comprende siete capítulos. No lo hemos hecho ex profeso, pero el número siete es el número perfecto. Por cosiguiente, esperamos que el Señor sí lo tuviera previsto. Tendremos, entonces, aproximadamente, trabajo para siete años en torno a este esquema; porque les pediremos que tomen cada uno de esos capítulos como tema de sus intercambios comunitarios durante un año. Entonces, este año lo consagraremos al estudio del primer capítulo: «Hija de Dios», Hija de la Caridad ante todo, la Hija de la Caridad es Hija de Dios; antes de ser ninguna otra cosa, es Hija de Dios. Este es el fondo, es la base. El Santo Padre ha aludido a estas palabras diciendo: «Hijas de la Caridad, sois Hijas de Dios e Hijas de la Iglesia». Les pediremos que este año estudien entre ustedes esta característica, esta cualidad de Hijas de Dios con todo lo que lleva consigo, Hija de Dios: vocación y misión de reali7arse como persona humana y como mujer, vocación y misión de bautizada, para vivir como buena cristiana, vocación y misión de llevar hasta lo absoluto las exigencias del bautismo, que es lo que representa la consagración. Mujer, cristiana, consagrada, son las tres partes del estudio.

Vocación y misión de realizarse como persona humana y como mujer. Habrá quien diga ey qué es realizarse? Se realiza una entrando en la volunta de Dios, en los planes de Dios. Creo que es Mons. Renard quien ha dicho: «la verdadera expasión tiene su base en la Cruz». Tenemos la idea de que lo primero somos un ser humano y que después ha llegado para nosotras el bautismo. Pues bien, no. Somos ante todo hijos de Dios. El nos ha creado y no podemos llegar a plenitud más que permaneciendo en la línea de Dios; pero no olvidemos que la línea de Dios es la Cruz. Por consiguiente, nuestra verdadera expansión, aun en el plano humano, no llegará a ser real sin esa parte de mortificación, de renuncia, esa parte que podemos llamar de «cruz», que nos une a Cristo crucificado.

En todas estas cosas tienen que reflexionar entre ustedes, tienen que descubrirlas, y que, finalmente, basar en ellas su vida. No concedemos mayor importancia a que nos envíen verdaderos tomos de consideraciones. Tenemos folios y folios de consideraciones que son verdaderos tesoros y no minimizo su valor. Espero que algún día tengamos tiempo y ocasión de sacar ese tesoro; entre tanto, los clasificaremos y archivaremos. Pero el esquema que se ha elaborado no es una síntesis de lo que han dicho ustedes, por lo menos una síntesis estadística. Se ha inspirado, eso sí, en lo que han dicho. Todas sus contestaciones constituyen el esquema y la trama de los esquemas sobre valores. Es, sin duda alguna, el espíritu que se ha desprendido de sus trabajos y se puede añadir que es el espíritu de la Compañía, porque nos ha impresionado, a las Hermanas Consejeras y a mí la extraordinaria unidad de espíritu que existe en la Compa’ñía. Les aseguro que era admirable ver, desde el esquema más erudito hasta el más sencillo, ver que la identidad de espíritu era absoluta. Esto es muy hermoso. Pienso que es una gracia muy grande concedida por el Señor a la Compañía.

Tendrán, pues, decía, que trabajar sobre el esquema «Hija de Dios». Les pediremos que lo trabajen en profundidad, a base de sus reflexiones, pero no con gran extensión porque ya tienen bastantes cosas que hacer. Pero en sus Catecismos de Comunidad insistan sobre ello. Al fin de año pediremos a las Hermanas Sirvientes que nos envíen una corta síntesis, de dos o tres páginas a lo sumo, de las reflexiones que hayan hecho las Hermanas en la Comunidad y en especial de los puntos en que hayan estado de acuerdo y que, en cierto modo, habrán empezado a actuar en sus vidas.

Por ejemplo, en el segundo epígrafe se dice: vocación y misión para vivir como buenas cristianas. ¿Qué se entiende por buena cristiana? Esto supone muchas cuestiones, muchas cosas a la base. No se es buena cristiana si no se vive en la verdad. No se es buena cristiana si no se vive en la justicia, sobre todo en la justicia social. Y a veces entendemos hacer pasar nuestras obligaciones como religiosas antes que las de buenas cristianas. En cíertas casas se hacen obras de caridad y no se paga el salario justo a los empleados. Se permiten, para la Comunidad, cosas que son más bien caprichos y se niega a los empleados las ventajas sociales a que tienen derecho: seguros, jubilación, etc. Hay que tener mucho cuidado con esto, porque marginamos la caridad. Hay que empezar, pues, por ser buenas cristianas. En la Sagrada Escritura hay una expresión muy bonita: «El justo». ¿Quién es el justo, sino el que pertenece a Dios? Pues bien, seamos justas. Empecemos por ser justas y después ya trataremos de hacer algo más Pero ser justos ya es algo tremendamente difícil.

También habrá que ver cuáles son las obligaciones que se desprenden para nosotras de estas cosas que parecen tan sencillas y son en el fondo tan difíciles de practicar. Por ejemplo, una Hermana es toda mieles, maravillosa para sus pobres, sus niños, para las personas con quienes tiene que tratar; pero no tiene ni una mirada para una compañera que está a su lado y que es algo desagradable con ella. Eso no es caridad. Esa Hermana se busca a ella misma, su abnegación con los pobres es un buscarse a sí no una caridad verdadera. Dios no acepta ese servicio. La firma, el marchamo de la verdadera caridad —que es Dios— es la de ser universal, la de extenderse a todos.

Ya sé que se les ocurrirán ideas, tendrán buenos pensamientos, que tratarán de hacer pasar a su vida. También será necesario afianzar de nuevo nuestras convicciones, saber lo que tenemos que ser. En el primer capítulo de nuestras Santas Reglas se empieza por decir que tenemos que ser buenas cristianas ante todo y sobre todo. Es lo que decía Santa Juana de Arco Ella y Santa Genoveva, son de nuestro estilo, su manera de ir a Díos tiene que ser la nuestra: sencilla, directa, verdadera. Ser primero de esas magníficas cristianas a las que no se puede echar nada en cara en ese sentido. Sobre esa base, no es difícil asentar una consagración.

Después de esta reflexión, en el plano espiritual, tendrán que hacer algunos esfuerzos en el plano de la vida práctica. El primer envío se les hará hacia el 15 de septiembre, no antes, porque ya sé que antes de esa fecha están ustedes de colonias, o preparando el principio de curso, o haciendo ejercicios, etc., y todo lo que se les enviara entonces tendría que esperar guardado en el cajón, con el riesgo de quedar olvidado. Por consiguiente, no se les enviará nada antes de que todo el mundo haya vuelto al orden y reemprendido la vida cotidiana.

En el primer envío recibirán este esquema con una circular de N. M. H. Padre que les hará su presentación y les dirá el espíritu con que tienen que trabajar. Recibirán también las primeras fichas del consuetudinario. Pocas: seis en el primer envío, dos de vida espiritual y cuatro de vida comunitaria.

Dirán ustedes que la cosa va a ir despacio. Pues sí. El consuetudinario comprenderá un centenar de fichas. Y con toda idea se les va a mandar muy poco a poco, porque en general, todo lo que se hace deprisa se hace bastante mal, se digiere mal y se aplica también mal. Si les enviáramos un grueso volumen del consuetudinario, con todo seguido, todo muy concreto, ordenado y adaptado o confirmado… o cambiado… lo leerían de un tirón y sólo retendrían de ello que hay unos cuantos «benedicamus» más y… ¡la vida es estupenda! Entonces no habríamos hecho nada. De nuestra conversión, sólo habría un salto atrás, y no es eso lo que pretendemos.

Pensamos enviarles esas fichas del consuetudinario con carácter provisional. De momento no hay nada definitivo. Las enviaremos multicopiadas y no impresas, en hojas grandes que quedarán en un archivador que su Visitadora les proporcionará. Irán escritas por una sola cara: la otra quedará en blanco. A medida que se vaya aplicando el epígrafe en cuestión, la Hermana Sirviente, después de consultar el parecer de sus compañeras, anotará sobre esa cara en blanco sus reflexiones acerca de aquella manera de obrar, que acaso sea la tradicional —no piensen que vamos a cambiarlo todo— o que acaso también sea algo nuevo. Se podrá anotar por ejemplo: «Este uso ha producido verdaderamene un impulso de fervor en la Comunidad; ha dado buenos resultados». O bien: «Hay tal inconveniente, no podemos hacer las cosas así porque resulta muy difícil», etc. Podrá anotar también todas las observaciones que sean del caso a medida que se vaya haciendo la aplicación. Y un año antes de la Asamblea de 1968, pediremos a las Visitadoras que recojan todas esas reflexiones y hagan una síntesis de ellas para comunicamos si la aplicación del consuetudinario ha sido fácil y ventajosa o, por el contrario, dificultosa y sin ninguna ventaja. Entonces nos encontraremos frente a algo ya experimentado. Es el método de San Vicente, que tenía la costumbre de experimentar siempre antes de codificar o dar forma definitiva. Y podremos, con nueva consulta a las Visitadoras, redactar un consuetudinario que sea definitivo, en tanto en cuanto una cosa puede ser definitiva en este mundo, es decir, que pueda servir para cierto número de años.

Van, pues, a recibir unas fichas provisionales, que se les dan para experimentarlas, y juntas, mediante un esfuerzo comunitario bien concertado, con seria reflexión, van a tratar de ponerlas en práctica. Cada una de estas fichas va a exigir de ustedes, va a pedirles un esfuerzo espiritual o un esfuerzo comunitario o, por lo menos, una revisión de sus posturas y hábitos de vida.

Por ejemplo, con el primer envío recibirán dos fichas espirituales de las que la primera está consagrada a lo que llamábamos «el cuarto de hora» y que en adelante se llamará «preparación de la oración», porque nos parece que este nombre es más exacto y más verdadero. La preparación de la oración es lo que prevén las Santas Reglas; en cambio la palabra «cuarto de hora» debe reservarse a esos 15 minutos suplementarios de recreo que se conceden los días de fiesta: es decir una recreación que se prolonga un cuarto de hora. Habíamos acabado por llegar a decir algunas veces: «Esta noche no tenemos «cuarto de hora», porque hay «cuarto de hora»». Es un tanto ridículo y hasta difícil de entender. Entonces, recibirán una ficha sobre la preparación de la oración. Se ha cambiado un poco el método de hacerla, y esto va a exigir de ustedes un esfuerzo de sinceridad. Muchas veces dejamos que la rutina se acomode en nuestras vidas. Sabe una que la van a llamar al «cuarto de hora» y prepara una frase, que, es cierto, ha tenido que pensar, pero ¿hay en realidad mucho de verdad en ella? No se sabe. En adelante habrá mucha más libertad en esas contestaciones del «cuarto de hora» para tratar de llegar a una mayor sinceridad, a más espontaneidad.

Pero si no se pone un esfuerzo de fervor, quedará todo lo mismo. Las Visitadoras, al terminar la Asamblea, dijeron: «Ya podemos revisar todas nuestras actuaciones y cambiar todas las fórmulas; si en el fondo no es el fervor el que nos impulsa, un fervor que esté en la raíz de todas nuestras actitudes y en todas las Hermanas, todo quedará igual. Si no corresponde al esfuerzo personal, no habrá progreso alguno en el fervor. Es necesario poner un esfuerzo, querer progresar hacia Dios. No podemos conformarnos con quedarnos en el mismo nivel espiritual en que nos encontramos. En esto, todas y cada una tenemos algo que aportar».

Por eso precisainente, no les mandaremos las fichas en gran número. Porque, entre un envío y otro, en el transcurso de un mes o dos, les vamos a pedir que se fijen y esfuercen en la forma de hacer el cuarto de hora, o mejor dicho, la preparación a la oración. Y lo mismo por lo que se refiere a la otra ficha espiritual que versará sobre las prácticas de penitencia. El ayuno, ayuno de Iglesia, ayuno de Regla, que ahora llamaremos «día de penitencia», porque ayuno resulta una palabra un poco impropia. No se cambiará gran cosa en lo que se toma ese día; pero todo se preveerá y no tendrán que preguntarse qué es lo que tienen que hacer. Lo mismo por lo que se refiere a las cuestiones de abstinencía, etc. Esta ficha no les va a pedir un gran esfuerzo; les va a pedir sencillamente un poco de atención para ver si se ajustan bien a lo que hay que hacer.

Y como las fichas llegarán a la vez a todas las Casas del mundo, toda la Compañía se esforzará en tin mismo aspecto. El mismo esfuerzo sobre el mismo punto. Esto es muy importante para la unidad de espíritu y ciertamente glorifica al Señor. Cuando El vea desde el Cielo, o mejor aún desde nuestro lado en donde está, cuando vea ese esfuerzo de fervor, que todas hagamos al mismo tiempo por su amor, por su gloria, para hacernos más aptas en su servicio, ya sólo ese hecho, ese resultado será algo magnífico que se eleve hasta El.

También recibirán fichas relativas a la vida comunitaria, las primeras que se les envíen versarán sobre la regularidad, es decir la puntualidad en los actos, el toque de campana, el empleo de la chasca… etc. Ya se les dirá lo que hay que hacer, en qué medida y de qué manera. La segunda ficha versará sobre las comidas, la forma de hacerlas, lo que se ha de hacer durante ellas y además los benedicamus… etc. Otra, el acto de levantarse y acostarse. Son cosas muy simples pero que tienen su importancia.

No olviden nunca, cuando ponen en práctica un uso, aunque sea mínimo, ese valor de alabanza a Dios que representa una misma observancia practicada por toda una Comunidad, por los cuarenta y cinco mil miembros que componemos la nuestra, tan sólo por agradar al Señor. No hay que olvidar ese valor de amor a Dios, ese valor de alabanza, ese valor de sumisión que se esconde en nuestros menores gestos. Ya de por sí esa unidad es un valor de vida comunitaria. Trascendamos nuestra persona, vayamos más allá de nuestro reducido horizonte, de nuestra Provincia y aun de nuestro País. Entremos en esa Iglesia universal, en esa Comunidad universal que forma parte de aquélla. Sepamos que obramos en nombre de la Comunidad, y, en cierto modo en nombre de la Iglesia. Es hermoso; da gloria a Dios, esa unidad, ese conjunto, esa voluntad de unirse a los demás, a nuestras Hermanas, para alabarle, amarle, servirle.

Con las fichas de vida comunitaria harán lo mismo: una pequeña revisión’ de vida. Por ejemplo, les dirán: «En su camarilla no tienen que tener nada, nada en absoluto. Un crucifijo es todo lo que se les autoriza, y si tienen estatuillas que le son muy queridas, pues las quitarán, y estoy segura de que el Santo al que pensaban honrar teniendo su imagen delante, se verá mucho más honrado por su obediencia, su gesto de desprendimiento, de despojo —esta palabra gusta ahora—. Y ustedes serán como una Hija de la Caridad que no tiene nada propio, ni siquiera una devoción particular: esa es la verdadera pobreza, la verdadera sencillez. Eso, en lo exterior; interiormente, hagan lo que quieran, pero cultiven la hermosa sencillez. ¡Se nos ha recomendado tanto! No nos dejemos arrastrar por esa corriente de mundanidad que nos rodea. Hay quien pretende que para poderse expansionar verdaderamente, hay que tener ante la vista, en nuestras habitaciones, colores agradables, y esto y lo otro… Pero no es cierto. La verdadera expansión y crecimiento de un alma que se ha dado, estriba precisamente en la ausencia de todo lo que no sea El. Eso es lo que es verdaderamente hermoso. Si no tienen nada en su camarilla o en su calleja, cuando entren en ella encontrarán a Dios; mientras que si tienen algo, se encontrarán a ustedes mismas y ese algo, lo que no es gran cosa.

Toda nuestra vida debe ir conducida, dirigida por pensamientos sobrenaturales y verdaderos. No perdamos nuestras tradiciones de Comunidad. ¡Es tan hermoso ver cómo la Comunidad ha vivido en la sencillez, en la humildad, en el des

, prendimiento de las cosas de este mundo! Si se hacen como un pequeño nido, ya sea en su camarilla, ya en su cuartito del oficio, o en cualquier otro sitio; si se rodean de objetos que halagan su vista, su espíritu o en su corazón, con esas cosas se dejan prender. Y cuando llegue un traslado, un destino, se encontrarán sumergidas en ello y se producirá una catástrofe, un desgarramiento; aun cuando obedezcan porque tengan voluntad de obedecer, se van a encontrar deshechas durante bastante tiempo. En cambio, si se conservan desprendidas de todo, no es que el destino no vayan a sentirlo y a sufrir por él, pero todas esas cosas no añadirán su peso. Tendrán una mayor libertad. Ahora se habla mucho de disponibilidad; pero esa disponibilidad hay que prepararla y nunca se estará disponible si se deja una atar. Al dejarse amarrar por esas ligaduras, cuando uno intenta soharse cuesta un esfuerzo sangriento, un sufrimiento tremendo.

Ahora, al terminar estos ejercicios tienen que estar preparadas para recibir todas estas directrices que se les van a dar para su vida espiritual y para su vida comunitaria, y también esos capítulos del nuevo consuetudinario. Creo que son seis o siete, que abarcan también la vida social, etc. Habrá que recibirlos con la mayor seriedad, con una gran atención, con la voluntad de hacer examen de concíencia y una renovación de fervor en los puntos que se les señalen, personalmente y para la Comunidad. Que cada una de las que me escuchan hoy sean en sus casas las que mejor van a comprender esas directrices, cuando lleguen, las que las van a tomar más en serio, las que van a poner mayor atención y mejor voluntad para practicarlas, una voluntad interior y personal.

Es preciso que cada una de ustedes se sienta responsable del fervor y de la unidad de su Comunidad. Tenemos que tener ante los ojos esos grandes objetivos. Tenemos que ser fervorosas, que vivir en plenitud lo que somos, y no a medias —desgraciadamente, tendemos a vivir a medias—, aun cuando tengamos voluntad de hacerlo de otro modo. Al menos, tengamos todo nuestro ser orientado hacia la verdad, hacia el deseo de vivir en plenitud lo que hemos prometido. Cuando se dice: «La Comunidad tiene que renovarse, tiene que ser fervorosa, tiene que hacer esto o lo otro…», la Comunidad somos nosotras. No recuerdo quien decía: «hazlo tú y se hará». Si cada una de nosotras lo hace, la cosa se hará. Sean perfectas, sean estupendas cada una, y la Comunidad será perfecta, será estupenda. No hay necesidad de buscar otros medios, porque la Comunidad no existe separada de nosotras. La Comunidad somos nosotras; más aún, en cierto modo, dentro de nuestra pequeña esfera, la Iglesia somos nosotras. No lo olvidemos. Tenemos grandes responsabilidades que pesan sobre cada una y que no podemos descargar en los demás ni en el grupo.

Antes de terminar, me queda algo que decirles, también en la línea de la transformación del consuetudinario. Se trata de nuestro rezo. Hasta ahora teníamos una plegaria de la mañana y de la noche, y otras más breves sembradas a lo largo del día. La asamblea ha votado en favor del rezo de Laudes, por la mañana, y de Completas por la noche. Esto representa una modificación importante que el Consejo General ha aprobado últimamente y que N. M. H. Padre anunciará en el momento oportuno con una circular. Si les hablo ahora, es porque conviene que los espíritus se preparen con tiempo. En los países de Europa, supondrá ciertamente alguna perturbación, pero en otros países será todavía más difícil.

No tendremos que adoptar Completas y Laudes como un cambio: se anuncia que se cambia algo y todo el mundo contento con la novedad, es más actual… y al cabo de ocho días, se está en la misma rutina. Vamos a ir con mucha prudencia y a tomar precauciones porque es conveniente sacar provecho de las experiencias de los demás. Recuerdo de una Congregación que me ha dicho hace poco: «Decidimos adoptar Laudes y Completas como oración de la mañana y de la noche y ahora todas rezan ya con la misma rutina; no se ha notado ninguna transformación; hemos perdido lo que había de bueno en nuestros antiguos rezos y no hemos tomado lo que hay de bueno en la oración de la Iglesia».

N. M. H. Padre va a pedir sin duda a los Directores Provinciales que les hagan a ustedes una iniciación en el rezo de Laudes y Completas, que les familiaricen con los salmos para enseñarles a orar por medio de ellos con la Iglesia. Es un esfuerzo personal que se les pide. El bien no reside nunca exclusivamente en una forma, podríamos decir que nunca se ve limitado por una forma. Una forma no tiene otro valor que el que le da nuestro fervor personal, el grado de caridad con que nos servimos de ella, que nos hace actuar. Por eso, van ustedes a prepararse por medio de la reflexión, de la meditación a adoptar el rezo de Laudes y Completas.

Y no empezaremos por las dos Horas a la vez ya que queremos hacerlo como la Iglesia, es decir, con variantes para cada día, lo que resulta algo complicado, con rúbricas que observar, en las que tendrán que poner atención. Empezaremos, pues, por rezar sólo Completas, y unos meses después adoptaremos Laudes. Así haremos una verdadera entrada en la Comunidad en la oración oficial de la Iglesia, y por otra parte, como los salmos forman parte de la Sagrada Escritura, encontraremos en ellos una verdadera gracia particular y una ayuda para nuestra vida espiritual.

Para terminar, voy a citarles un principio clave para todas esas transformaciones y todos esos esfuerzos que se les van a pedir, para recibirlos, aun aquellos que parezcan llevar consigo una mitigación. Van a tener, en efecto, pongamos por caso, más «Benedicamus». No tienen que tomarlo como una puerta abierta hacia la ligereza, como una desbandada: ahora ya, podemos estar a nuestras anchas, divertirnos lo que queramos, etc. No, si se les conceden más Benedicamus es porque se ha tenido en cuenta que su vida actual les deja muy pocos momentos de expansión. Los recreos que nuestras Hermanas de los decenios anteriores disfrutaban con regularidad y tiempo suficiente, apenas pueden tenerse en muchas casas. Además, en la mayoría de las casas existe también una tensión de espíritu que antes no existía. Es, pues, necesario mantener el espíritu, mantener todo el ser en un estado de equilibrio: esa es la razón por la que se ha abierto la mano en este sentido y es así como hay que tomarla. Se da ahora una especie de propensión a desembarazarse de todo lo que supone un vencimiento, una mortificación, lo que es un mal. No quiero decirles con esto que tomen los Benedicamus como una mortificación, porque no se lograría ese objetivo; pero sí que no los tomen como ligereza. Que su finalidad sea verdaderamente la de ponerlas en un estado de ánimo tal que puedan crecer en amor de Dios y aprovechar esas conversaciones suplementarias para estrechar los lazos que las unen a sus Hermanas, a su Comunidad. Sean ustedes ese elemento de caridad que permita establecer un buen espíritu de Comunidad, con lo que los Benedicamus habrán logrado su objetivo: hacer de ustedes un instrumento mejor para el servicio de Dios y crear una vida fraterna de mejor calidad.

Para aceptar todas las decisiones que van a tomarse adopten este principio que dejará todo en su lugar: Nada se ha decidido por un simple gusto. No es el gusto lo que cuenta. Nos hemos dado a Dios y tenemos obligación de vivir una vida religiosa en la que el Señor sea nuestro único bien, nuestro único deseo, nuestra única meta. Se necesita cierto equilibrio de vida para lograr un servicio mejor del prójimo, para llegar a un encuentro más efectivo con Dios. El Señor tiene que ser nuestro centro, estar por encima de nosotras, ser nuestro polo. Rectificar de continuo nuestra mirada, fijándola en El, es la conversión. Y terminamos por donde hemos empezado: por la conversión. Recen mucho para que todas y cada una se pongan con ánimo y valentía a trabajar en esa obra de su conversión que es en realidad la conversión de la Comunidad.

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