Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios de agosto 1964

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Pienso que una de sus grandes alegrías durante unos Ejercicios, es la de sentir lo que es la Comunidad, de poder unirse más a ella durante unos días, de dejar que su corazón lata al unísono con ella. Pero sería de desear que esta alegría no quedase circunscrita al espacio de unos días de Ejercicios. Tendría que darse siempre, ya nos encontráramos cerca de la Casa Madre o alejadas de ella. La Comunidad la construimos nosotros, nuestras Casas, y tenemos que vivir en esa comunidad de espíritu, de corazón, de voluntad. Debemos desear vivir así en Comunidad, porque nos ocurre que tenemos demasiada tendencia a replegarnos en nosotras mismas —en nuestra persona, nuestra casa, nuestro oficio— a vivir en ese rincón que nos hemos creado sin darnos cuenta y a hacer de él un universo en pequeño, de estrecho horizonte, en el que las dificultades toman proporciones de catástrofe, en el que nuestro espíritu se empequeñece, se torna mezquino. Es necesario que salgamos de nosotras mismas. es éste un principio que repiten a saciedad los autores espirituales. Sí, salir de ese rincón en que nos hemos instalado, para ,abrir los ojos, mirar y hasta contemplar las grandes realidades eclesiales y comunitarias a las que pertenecemos.

En primer lugar, la Iglesia, por supuesto. No hay contradicción entre ambas. Por la Comunidad, estamos insertas en la Iglesia y pertenecemos a ella. Reflexionemos en esta conjunción de la Iglesia y la Comunidad. Consideremos a la Comunidad como un cuerpo y una realidad eclesial, de esa Iglesia en Concilio que causa la admiración del mundo entero. Se encuentran a veces personas, incluso Sacerdotes, escépticos en cuanto a los resultados del Concilio, en cuanto a ciertos logros de integración y adaptación. Siempre habrá gente pesimista, especie de «apagavelas». El Concilio está hecho por hombres y no se puede impedir que surja de pronto ese elemento humano. Ni siquiera el Santo Padre podrá impedir que haya ciertas mentes en efervescencia, ciertos cerebros calenturientos que se dedican a aplicar ya las pseudo decisiones del Concilio.

Estos pequeños incidentes puramente humanos no bastan para empañar el magnífico espectáculo que está dando la Iglesia en un siglo en que nadie tiene tiempo… (me gustaría encontrar una persona a quien no le faltara tiempo.) Pues bien, la Iglesia se ha tomado el tiempo necesario, ha impuesto a los Obispos sacar tiempo para desplazarse, estar ausentes de sus diócesis varios meses, por tres veces ya. Sólo este hecho prueba la importancia que se está dando a este trabajo de adaptación, de puesta al día, de la Iglesia. Es una lección magnífica para nuestras vidas en las que pretendemos no tener tiempo de hacer, por ejemplo, el retiro del mes… Tendríamos que imponemos de vez en cuando la obligación de detenernos, de hacer una pausa.

Se han escrito muchas cosas acerca de esta pausa: se habla, por ejemplo, del «día de expansión o descanso» en el que se podrá hacer todo lo que se quiera. No se trata de un día en el que se puede vivir a capricho, sacudir toda obligación, sino más bien de una tarde, por ejemplo, en la que las Hermanas puedan poner un poco de orden en su vida espiritual: hacer alguna lectura apropiada, disponer de un rato para pasear en silencio, pensando en Dios. (Me pregunto si Dios puede estar ausente de nuestro pensamiento).

Parece que sopla un viento de capricho como contrapartida del Concilio, que hace germinar las ideas más absurdas y tomarlas por realidades. Así, por ejemplo, algunas Hermanas, bien intencionadas sin duda, estarían dispuestas a calificar de retrógrada a cualquier Hermana Sirviente que no aceptara como legítimas todas las ideas fantásticas que a ellas se les ocurrieran. Existen valores de vida religiosa que no deben perderse de vista nunca, ni siquiera durante un día de descanso.

Ahora bien, ¿para qué ha hecho esta pausa la Iglesia en Concilio? No ciertamente por capricho, sino para mirarse, contemplarse, corregirse, hermosearse a los ojos de su Esposo y hacerse más ap» ta para servir en el mundo actual.

Un conferenciante (a quien se había pedido hablase de las condusiones del Concilio) dirigiéndose a Superiores Mayores decía: «Es un tanto prematuro. No sabemos hasta dónde nos va a llevar el Concilio porque es obra del Espíritu Santo. Sin embargo, pueden adelantarse las líneas generales de orientación de las discusiones». Y nos dio estas cinco líneas de reflexión:

  1. Una búsqueda doctrinal.
  2. Una búsqueda litúrgica.
  3. Un sentido mariano.
  4. Un sentido misionero.
  5. La Iglesia es una Iglesia en marcha. Debe abrir pistas para la reflexión y continuar trabajando después del Concilio. El primer resultado será el de haber puesto a la Iglesia en movimiento.

Estas cinco pistas pueden orientar nuestro mismo trabajo en la Comunidad, en cada una de sus casas, el propio de cada una de ustedes. Los resultados serán la suma del trabajo de cada uno. Si los Obispos toman magníficas decisiones, pero los cristianos se empeñan en permanecer en la misma postura que tenían antes del Concilio, éste no habrá tenido éxito ninguno. Escuchemos la voz de nuestro Obispo y dejemos que poco a poco vaya transformando nuestra manera de ser, de pensar, de obrar. Será así como cada una contribuirá a adaptar la Comunidad al espíritu actual de la Iglesia. Una adaptación no consiste en cambiar un trozo de tela, en vestirse de seglar, como algunas congregaciones habían pensado hace algún tiempo, en liberarse de todo… Adaptarse es volver a encontrar el propio espíritu, es poner de acuerdo ese espíritu con las circunstancias actuales; profundizar en estos pensamientos para que lleguen a empapar nuestras actitudes, nuestro comportamiento. El tomar una postura de capricho y fantasía no es una adaptación sino un error.

1. Sentido doctrinal. Nosotras también debemos llevar a cabo un trabajo de perfeccionamiento doctrinal. La Comunidad debe empaparse más y más de la doctrina. Nuestros Fundadores fueron santos profundamente enraizados en la doctrina. Las enseñanzas tan joviales y prácticas de San Vicente están impregnadas de doctrina. Los teólogos más afamados las estudian y las citan como una doctrina sólida, segura, equilibrada, siempre actual.

Santa Luisa parece todavía más doctrinal. Tiene una profundidad teológica, un sentido del misterio de la Encarnación y de la Redención verdaderamente extraordinario.

Algunas Hermanas se quejan de que las meditaciones nuevas son un poco difíciles, un poco áridas. Una cosa es verdad y es que son demasiado largas, pero, en cambio, son profundamente doctrinales, base de la que debe partir toda espitualidad auténtica. Acaso pueda .hacerse un breve resumen que pueda leerse rápidamente y que dé las tres o cuatro ideas principales de la meditación.

No digan demasiado pronto: Estas meditaciones son demasiado elevadas, demasiado difíciles. No hay necesidad de retener todas las ideas; basta con quedarse con una que nos haya impresionado. Tenemos los Superiores el deber de darles y ustedes de recibir una doctrina más profunda, más sólida, el deber de alimentarnos más de doctrina y menos de sentimentalismos que en el siglo XIX.

¿Cómo podría una Hija de la Caridad prescindir de conocer la doctrina Social de la Iglesia?… ¡Si hay que aplicarla con relación a los empleados; si hay que saber dar una respuesta exacta cuando en tomo nuestro, en las casas de los pobres, en el Hospital, etc.; se oye plantear problemas sociales! Las lecturas del refectorio deben permitirles tomar conciencia de los grandes problemas sociales que se ventilan en nuestra época y a los que no podemos ser ajenas Tenemos que abrir los ojos, comprender que en una familia obrera, por ejemplo, el problema de una huelga es vital. No tendrán ustedes que dar su opinión, sino comprender en el sentido de la Iglesia.

Existe también una doctrina de la Comunidad. Tenemos que ser conscientes de lo que somos y de lo que tenemos que hacer, de lo que debemos ser en la Iglesia de Dios, no para inclinarnos a novedades, sino para reencontrarnos el espíritu y la inspiración de San Vicente.

Tendremos que reflexionar sobre la manera de expresar esos valores proftmdos de la Compañía en el mundo actual en que vivimos. Me podrán objetar ustedes: «No nos incumbe a nosotras esa reflexión, esa búsqueda». Es verdad que no tienen que investigar, pero sí tienen en cambio que vivir esos valores en toda su plenitud de caridad, y con ello llegará a los Superiores la inspiración para descubrir la doctrina de fondo. En mayo próximo, vamos a reunir a las Visitadoras de todo el mundo, quince días en Roma y otros quince en París. Va a ser por lo tanto, una reurúón bastante larga, que va a exigirles sustraerse de sus ocupaciones habituales. Pero no creemos que sea pedir demasiado, porque tenemos muchos puntos en que reflexionar y muchos problemas de Comunidad que abordar.

Tenemos que hacer resaltar los valores esenciales de la Comunidad, lo que debe ser en la Iglesia de Dios, lo que hay que salvaguardar o desarrollar, aun a costa de cualquier sacrificio. Este trabajo será el primero que se haga, antes de la revisión del consuetudínario, porque la adaptación de los usos no puede hacerse de pronto. Los usos son la expresión de un espíritu. No son una regla disciplinar que un buen día se puso en vigor porque sí; tienen, por el contrario, un alcance mucho mayor. Brotan de una fuente profunda, de una voluntad de agradar a Dios, y de uniformidad. En una Compañía como la nuestra, extendida por todas las latitudes (66 naciones), es imprescindible que existan puntos fijados de una manera muy concreta, para que podamos constituir una familia espiritual animada por el mismo espíritu, con una misma forma de vida; de lo contrario, acabaríamos por no formar ya una comunidad: seríamos, a lo sumo, una Federación de Religiosas. Debemos tener un mismo corazón y una misma alma. En estos momentos se vive bajo la impresión de que ya no existen los usos, porque alguno de ellos se ha modificado. Tomenos como ejemplo el besar el suelo. En las normas que se les han enviado, el Consejo y yo habíamos escrito que en adelante no se besaría ya el banco en la Capilla ni el suelo durante el recreo. Pero muchas han traducido: «Ya no se besa nunca el suelo». Partiendo de una ligera modificación, se corre el riesgo de arrancar de raíz un uso importante de la Comunidad. Se trata de un gesto religioso por excelencia que encontramos en las primeras páginas de la Biblia; el hombre se prosterna con el rostro en tierra ante su Creador. Es un gesto religioso casi instintivo: somos creaturas que se postran de rodillas y que con el rostro en tierra adoran a su Creador. Tenemos que conservar este uso, que no es simplemente un uso sino un gesto religioso. El Instituto Superior de Catequética que, en el terreno de la enseñanza religiosa, es una de las luces del mundo, después de haber profundizado la doctrina sobre este punto, ha redescubierto el papel de los gestos y actitudes en nuestras relaciones con Dios, y enseña las posturas que deben adoptarse para favorecer la oración. Ahora bien, entre las diversas posturas o gestos se encuentra éste.

Se besa el suelo con menos frecuencia, ya no se hace cada vez que se acerca una a la Hermana Sirviente para decirle que se marcha a su oficio; por lo demás no entraba en la primitiva intención el que se estuviera besando el suelo todo el día, cada vez que se hablaba con la Hermana Sirviente; sino únicarnente al acudir a ella para pedirle los permisos del mes, pedirle perdón, o bien en los actos relacionados con el Señor. Por la mañana al levantarse, pónganse de rodillas en un acto de adoración al empezar el día, que parece brotar de lo más íntimo de nuestro ser. Si dejamos de, hacerlo, surgirán con el tiempo otras Comunidades que lo adoptarán. Es verdad que algunas Hermanas, movidas por un impulso de fervor, han ido añadiendo ocasiones de besar el suelo y ha llegado algo recargado; pero conservemos lo esencial, tenemos que asirnos a ello en nuestras relaciones con Dios.

Tenemos también un motivo de unidad y de uniformidad. Es menester que seamos iguales todas en los distintos países. ¡Cómo gusta, cuando se llega aquí del otro extremo del mundo, encontrarse como en casa porque todo se hace de la misma manera! Y a la inversa, ¡qué seguridad sienten las Hermanas que no han tenido ocasión de visitar la Casa Madre al saber que todo lo hacen como en aquella! La voluntad firme de conservar la unidad en la Compañía nos llevará a la uniformidad en los detalles, aunque parezcan de poca importancia; esa caridad profunda entre nosotras, que cimienta la unidad, es la que da sentido a la uniformidad y a los usos.

El 20 de septiembre consumaremos el sacrificio de nuestro Santo Hábito para revestírnos de otro. Si cada una no se impone la obligación de ir igual que las demás, en lugar de buscar el ir más cómoda o más adaptada, corremos el riesgo de encontrarnos con innovaciones extraordinarias Tomen al pie de la letra las indicaciones para la confección del Santo Hábito. No hagan ninguna innovación. Esto no quiere decir que no se les va a escuchar si tienen alguna sugerencia que hacer. Hagan con exactitud lo que se les dice y si se les ocurre una modificación que les parece útil, dígansela a su Hermana Sirviente para que la comunique a la Visitadora y que ésta, a su vez, nos transmita la idea luminosa que hayan tenido. Puede suceder así, porque las ideas luminosas no están reservadas en exclusiva a los Superiores. Pero no llegan a ser legítimas hasta que no reciben la aprobación de ellos. En mayo próximo, lo examinaremos todo. Con seguridad quedarán detalles que retocar, que hacer más prácticos. Hagámoslo todas a una. Consideremos esta uniformidad como un tesoro que constituye el núcleo de la unidad. Cuando no somos iguales, surgen los celos, no nos amamos de verdad.

2. Otra orientáción que se nos ha dado es el sentido mariano. Realmente, estamos de acuerdo con la línea del Concilio. Acaso sea nuestra Comunidad la más mariana. Lo cierto es que la Santísima Virgen ha actuado como nuestra Madre y nuestra Superiora.

No podemos ignorarlo; tenemos que concebir por ello una gran alegría y acrecentar nuestra gratitud a la Virgen Santísima. Siempre hemos tenido una gran devoción a María pero quizá lo sentimental ocupaba en ella un lugar prepoderante. Conservemos esos sentimientos pero cimentémoslos en una base de doctrina más sólida que la que a veces ha sido la nuestra. Santa Luisa poseía una doctrina muy profunda acerca de la Santísima Virgen: podríamos releerla, párrafo por párrafo, en el refectorío, por la noche. Se han escrito también acerca de Ella libros muy hermosos: «María en la Biblia»…, etc. En todo caso tenemos que alimentarnos más de doctrina mariana.

3. Sentido Misionero. La Iglesia actual quiere ser misionera en su espíritu, su manera de vivir, sus objetivos y sus tendencias profundas. Tenemos que cultivar en nosotras ese sentido misionero, no reservado en exclusiva a nuestras queridas Hermanas Mísioneras que, en general, lo poseen magníficamente, sino en todas nosotras. Somos misioneras por excelencia, en la raíz. Desde los comienzos de la Compañía, fuimos enviadas a los que, por una u otra razón, se veían imposibilitados de llegar al conocimiento de Dios. La dominante de nuestra vida no debe ser el gesto benéfico, el gesto profesional. Al mostrar una actitud caritativa, ya se anuncia a Cristo, a través del gesto de caridad, se produce un acercamiento de Dios, es cierto, pero tenemos que ser conscientes de ello, quererlo directamente, porque de lo contrario, corremos el riesgo de dejamos arrastrar por la sobrecarga de trabajo —no es un reproche que les hago, vale también para mí— y de ir acumulando esos gestos, a lo largo del día, para tenerlos hechos, iba a decir para quitárnoslos de encima.

Enderezcamos nuestra intención desde por la mañana… para renovar nuestra conciencia del verdadero fin de nuestra vida: dar a Cristo a aquellos a los que hemos sido enviadas. Si advertimos que una obra no es del todo apostólica, que puede tener cierta razón de ser, pero que no está encaminada a presentar a Nuestro Señor al pueblo que nos rodea, digámoselo a los Superiores. No tenemos derecho a malgastar las fuerzas evangélicas que Dios ha depositado en cada una de las Hermanas. Tenemos que buscar no aquello que más nos gusta, sino lo que vale más para la extensión del reino de Dios.

4. Ultima orientación: Una Iglesia en marcha. Seamos también nosotras una Comunidad en marcha. Todo lo que se halla en el mundo está en marcha. No se llega nunca, no se alcanza la perfección mientras estamos acá. Nos hallamos en un mundo en transformación, y tenemos de continuo que detenernos para examinarnos y así transformarnos y obrar mejor. Es sencillamente un examen de conciencia: Ponernos ante nuestros propios ojos para tratar de hacer mejor, para no anclamos en una postura de mentalidad o de actividad apostólcia… para no echar raíces en una rutina. Una religiosa, y una casa que se estancan, están perdidas, caen en la tibieza. Tenemos que estar disponibles y no atadas. Tenemos que estar siempre a la escucha de las necesidades del mundo, de lo que nos dicen los Superíores. Prontas a cambiar nuestra manera de trabajar, de obrar y a veces de pensar.

Tengamos el deseo, la voluntad de buscar. Nada hay más hermoso que esas Hermanas llegadas a los 80 ó a los 90 años y que permanecen en la actitud de buscar a Dios, con el deseo de superarse, de ir más alla, sin quedarse davadas en el lugar en que se encuentran. Seamos de éstas. Si cada una de ustedes permanece en actitud de marcha, toda la Comunidad estará en marcha, en una búsqueda y anhelo de Dios.

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