Susana Guillemin: Conferencia a las Hermanas, Ejercicios 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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Me alegro de poder decirles una palabra antes de partir bajo otros cielos, una vez más. Ya saben que la Comunidad es grande, no les digo nada nuevo. Y la Comunidad que es grande por su tamaño, debe permanecer grande, debe hacerse cada día más grande por su espíritu, su entrega, su caridad.

Nos hallamos —no lo ignoran ustedes, porque todo el mundo lo dice, todo el mundo lo repite en todos los tonos, pero por lo general no se lo cree uno del todo para sí, sino más bien para los demás—, nos hallamos en una época de peligro para la Iglesia, un período de confusión, en que se duda de todo. Se tiene la impresión —alguien me lo decía una vez más ayer tarde— de que toda una parte de la Iglesia se bambolea, que se derrumban los principios y que, por consiguiente se encuentra uno en una especie de inseguridad. Esa es la impresión general en estos momentos.

Cuando se oye decir esto, hay que recordar que si es cierto que el Concilio ha hecho caer algunas costumbres, algunas formas exteriores, los verdaderos principios permanecen en pie, en toda su solidez y hemos de continuar basando nuestra vida en ellos. Tendríamos que guardarnos mucho de pensar que el Concilio ha acabado con todo; porque sería un grave error, un error magistral.

En realidad, nos hallamos en un período en el que se han revisado y cuestionado por el Concilio algunos modos de aplicación de los principios, y hay que encontrar —lo que es una suerte para nuestra generación— la forma de aplicar a nuestra época esos principios eternos.

Y tenemos que encontrarla no en una anarquía, lo que sería un poco la tendencia actual.

Se dice, se ha dicho mucho, que el Espíritu Santo se hacía oír por la base. Es cierto que puede hablar lo mismo a través de la última Hermanita, por ejemplo, de una Comunidad que del último sacerdote de la Iglesia, o del último de los laicos. Pero nunca a través de una persona. El Espíritu Santo se deja oír por un conjunto de personas, a la cabeza de las cuales deben encontrarse los Superiores, de otro modo, no se trata del Espíritu sino de una ilusión.

Miren, el gran error que actualmente está sacudiendo al mundo, es el de que cada uno se siente encargado de introducir innovaciones, de cambiar la faz de la Iglesia. Mientras que, en realidad, el único encargo que tíene cada uno es de comunicar lo que piensa, de expresarse, de reflexionar por su parte, pero siempre dentro de una fuerte unión de espíritu, corazón y acción con la autoridad responsable.

Es lo que acaba de recordar el Papa a los Jesuitas, con bastante fuerza, no en la forma en que lo he dicho yo, sino expresando los temores que le habían infundido el que se cuestionara la obediencia, y el consuelo, al fin, que le había producido el que el Capítulo General la dejara intacta, y aun hubiera fortalecido y consolidado la forma de vivir y santificarse en la Iglesia que había sido siempre la de la Compañía de Jesús.

Estamos, pues, en un período de movimiento, de renovación, en un período rico, lleno de esperanzas, pero también en un período de peligro, como acabamos de decir. Peligro de relajamiento, de enfriamiento, bajo pretexto de mayor amplitud, peligro, incluso, de desviación. Se oyen a veces ciertas teorías por ejemplo acerca de la Eucaristía, por ejemplo, acerca de la Virgen… pero teorías verdaderamente sorprendentes, y que no sólo son errores superficiales sino que afectan en realidad a los dogmas.

En estos momentos, pienso que nuestro primer deber es orar. Tenemos que pedir al Señor que en esta hora difícil siga guiando a su Iglesia, en la persona del que es su cabeza visible, es decir, el Santo Padre Pablo VI, y que no dejando de guiar a su Iglesia, el Espíritu Santo le inspire lo que ha de hacer.

La pequeña Compañía, dentro de la Iglesia y siguiendo a la Iglesia, ha empezado también su renovación. Por consiguiente, va a participar en la misma riqueza de volución, pero también en los mismos riesgos que la Iglesia. Tenemos que persuadirnos de ello.

En la Compañía, como en la Iglesia por lo demás, se encuentran tres categorías de mentalidades en la hora actual. Las que, adelantándose a todo aggiornamento se saben ya muy bien todo lo que tienen que hacer y están dispuestas a aplicarlo ya, seguras de que lo que ellas han pensado es lo que se decidirá. Hay otras mentalidades que yo llamaría algo así como inmovilizadas, acaso por lasitud o por cierta pereza espiritual, o incluso por motivos mucho más respetables, como es la adhesión al pasado, y que, por su parte, desearían que nada cambiara. Y por último, la gran mayoría, fuerza es decirlo, que espera el trabajo de renovación dispuesta a llevarlo á la práctica, a la vez con una participación personal que excluye toda pereza y toda inhibición, y con una sumisión plena a la autoridad.

¿De qué se trata cuando se habla de renovación espiritual? ¿Es una transformación absoluta? ¿Se va a liquidar todo lo que se hace ahora y adoptar algo que no tenga relación alguna con el pasado? Por cierto, que no. Un organismo tiene que mantener su identidad aun cuando se renueve.

La renovación espiritual va a apoyarse fuertemente en el pasado, lo que no quiere decir apoyarse en las pequeñas minucias del pasado, sino en las tradiciones sanas y fuertes de la Compañía, y ¡bien sabe Dios si las tenemos! Lo que ocurre, a veces, es que las ignoramos.

Sucede, a veces, que creemos descubrir en los pensamientos que actualmente se agitan, en el trabajo del Concilio, toda suerte de novedades. Y es cierto que hay novedades. Pero hay también cosas que nos parecen nuevas y de las cuales, sin embargo, estamos viviendo hace siglos. Por ejemplo, si tuviera que caracterizar sólo las tradiciones de la Compañía que deben situarse en la misma base de nuestra renovación, me referiría especialmente a ese sentido de Dios en el centro de la vida, que es una de nuestras riquezas.

Cuando se ve, como he tenido ocasión de hacerlo últimamente, a determinadas congregaciones que se habían reunido, en número de unas treinta, para preguntarse con angustia: «¿Pero cuál es nuestra espiritualidad? ¿Quién es nuestro fundador? ¿Cuáles son nuestras tradiciones? ¿Qué hacer para volVer a las fuentes?»… y que no encontraban respuestas… ¿Por qué? Porque en el fondo no existen. Un buen día se le ocurrió a un sacerdote o a un párroco o a una persona que se encontraron ante una necesidad determinada —lo que, por otra parte, merece respeto— reunir a un grupo de buenas muchachas que les respondieron y empezaron a vivir, a rezar, a actuar como cualquier otra Comunidad. El bien se hizo, el Señor lo aceptó y la Iglesia lo reconoció.

Pero cuando esas Comunidades se plantean su renovación, se dice: «¿Qué hacemos? ¡si no sabemos cuál es nuestro espíritu!…». Es muy grave y muy duro. Y esas Comunidades sienten terriblemente ese vacío en su base, esa, carencia, y no saben cómo emprender su trabajo de renovación.

En cambio; nosotras podemos dirigir en seguida nuestra mirada a San Vicente. Y ¿qué vemos? Ante todo, a ese DiosCaridad centro de nuestra vida; a la presencia de Cristo, descubierto, contemplado, servido en los Pobres; Cristo presente en nosotras, a quien damos y hacemos presente en el mundo de los Pobres. En seguida, inmediatamente vemos así lo esencial de nuestra vocación: Cristo, Crísto en los Pobres.

Ahí tenemos el eje en torno al cual todo debe girar. Si Cristo está presente en los Pobres, nuestra vida (¡qué actual es esto! ¿verdad?) debe ser semejane a la de los Pobres.

Ahora se habla muchísimo del estilo de vida, de un acercamiento, de una fraternidad con los hombres. Pues es, sencillamente, lo que San Vicente nos dio en los comienzos. Y es lo que tenemos que renovar y que reformar. Es exactamente volver a ese origen, a ese pensamiento fundamental: «Serán tratadas como los Pobres que asisten».

¿Qué queremos más claro, más sencillo y directo como definición de un estilo de vida?

Y sí supiéramos leer —es decir, entender— a San Vicente, si supiéramos descubrir su pensamiento profundo, encontraríamos absolutamente todo. Encontraríamos (en potendal) y encontraremos (en futuro) ciertamente todo lo que constituye el alma, el nervio, el motor de nuestra renovación, su impulso espiritual… y no terminaríamos.

Otra tradición —ésta, histórica y no doctrinal— es, podríamos decir, esa fuerza de obediencia, de disciplina personal. No tenemos que perderla, Hermanas. Es una de las características magníficas de la Compañía, la que la ha hecho ser lo que es en la Iglesia de Dios.

¿Por qué la Compañía ha llegado a ser lo que es? Porque está entregada al servicio de la Iglesia. Podemos decirlo sin ningún orgullo, porque no somos nosotras las que lo hemos hecho, sino las que nos han precedido.

¿Por qué la Compañía ha podido estar, antes que nada, al servicio de Dios y de la Iglesia? Porque en ella ha existido esa fuerza de obediencia y ese poder de renuncia.

No creamos que ambas cosas sean negativas. Son extraordinarias potencias dinámicas cuando se las toma en el buen sentido: en el sentido de ver a Dios presente en la autoridad, ese sentido de la no exahación personal —y bien sabe Dios cuánto creo, sin embargo, en los valores humanos, pero eso sí, dentro de una relatividad—, ese sentido de la ofrenda de los valores humanos supeditados al reinado de Dios. Tenemos que reencontrar ese nervio motor de nuestro espíritu, esas bases fundamentales de lo que somos en la Iglesia. Es absolutamente necesario, no sólo reencontrarlo, sino apuntarnos a ello con decisión, como algo en que se cree y que se practica.

Otra característica, a la que podríamos llamar pastoral, es la disponibilidad ante las llamadas de la Iglesia. Creo que en esto tenemos que hacer un gran esfuerzo. Si estudiamos un poco la historia de la Compañía, veremos con qué extraordinaria flexibilidad se ha prestado siempre a acudir, ante una llamada de la Iglesia en favor de los Pobres, en cualquier extremo del mundo.

Hasta hace muy poco tiempo se ha podído ver cómo surgían nuevos brotes de vida en la Compañía por la creación de nuevas formas de servicio, nuevas presencias en el mundo, lo que es extraordinario y significativo de un espíritu y una vocación.

En estos momentos, corremos un poco el riesgo de perderlo, en primer lugar por el hecho de la disminución de vocaciones en la mayoría de las Provincias: tenemos menor posibilidad porque nos faltan personas para responder… También por el hecho de que estamos atadas a todo un conjunto de estructuras, de obras ya establecidas, a las que tenemos obligación de responder —lejos de mí el pensamiento de que haya que eliminarlas—; pero esto lleva consigo una dificultad, múltiples combinaciones que hacer para que podamos recobrar esa disponibilidad que ha sido y debe seguir siendo nuestra característica en la Iglesia de Dios.

Todo esto nos lleva a reconocer que tenemos un gran trabajo de renovación que realizar en la Compañía. Digamos una vez más que ese trabajo es ante todo personal e interior. Ya sé que en la hora actual suele comenzarse todo al revés, por la otra punta. Suele decirse siempre: «renovación exterior, adaptación a las formas»… No es exacto; eso tiene que ser el resultado de lo otro.

Esta semana he trabajado con un grupo de obispos, sacerdotes y especialistas de la vida religiosa que investigaban, precisamente acerca de esta renovación de la vida religiosa en Francia. Todo el mundo ha estado completamente de acuerdo (y, fíjense, en esto se nota el progreso del caminar de los espíritus; no hubiera sido así hace sólo dos o tres años). Todo el mundo ha estado de acuerdo en decir: «Lo primero, antes que nada, la renovación profunda personal, los valores de la consagración, los valores de la entrega a Dios. Que la vida religiosa sea verdaderamente el signo de Dios en el mundo y que, para ello, cada una se renueve, en verdad, espiritualmente».

La renovación de la Compañía no requeriría una Asamblea General, no necesitaría reuniones extraordinarias, ni discursos, si cada una emprendiera su propia renovación espiritual. Pero somos pobres seres humanos y necesitamos que se nos ayude con medios adecuados. En realidad, la verdad de la renovación de la Compañía está en el paso que dé, en el esfuerzo que haga cada uno de sus miembros hacia la santidad. El fondo del fondo es ese. Y por más cosas que hagamos además, si cada una no hace eso, nada habremos conseguido. Podrán tomarse toda clase de decisiones, las Constituciones podrán renovarse, ponerse al día, si cada una de las Hermanas no cumple en sí ese esfuerzo indispensable, ese esfuerzo vital de santidad, todo lo demás no servirá de nada.

Entonces, ya ven, Hermanas, les digo: «Dediquémonos, ustedes y yo, con todas nuestras fuerzas a ese trabajo interior. Esforcémonos por estar unidas a Dios, por caminar hacia El, por poseerle para poderle dar a los demás.»

Lo esencial de la vida de una Hija de la Caridad está en eso; deliberadamente no digo «lo esertéial de una religiosa», porque no somos, en el fondo, religiosas; somos Hijas de la Caridad: es algo un tanto particular en cuanto a situación canónica dentro de la Iglesia de Dios. El Cardenal Antoniutti, con quien hablaba yo hace unas tres semanas, precisamente de nuestros proyectos de renovación, me decía: «Su situación en la Iglesia, que no es ni la de una Congregación religiosa ni la de un Instituto secular, es algo muy especial, a lo que se llama situación privilegiada; es un rasgo del genio de San Vicente, el rasgo de un genio profundamente religioso». Y terminaba añadiendo: «A esa situación de ustedes, no hay que tocarla; es algo absolutamente admirable, que es el fundamento de la vitalidad de la Compañía en la Iglesia. Digo de ustedes lo que alguien —no me acuerdo quién— decía de los jesuítas: «Que sean lo que son o que no sean».

No les digo esto para despertar en ustedes sentimientos de vanidad, sino porque somos responsables de ese «ser». Sería muy triste si, a causa de nuestras deficiencias personales, ese «ser» de la Compañía que ha sido en verdad tan profundamente religioso (fuera del significado canónico de la palabra) dentro de la Iglesia de Dios, por culpa nuestra se enfriase, llegara a perder valor y no pudiera ya responder a su verdadera vocación.

Tratemos de renovamos espiritualmente para estar a la altura de nuestra vocación en la Iglesia.

El primer esfuerzo de renovación es un esfuerzo espiritual, un esfuerzo interior de todos los miembros de la Comunidad. Un esfuerzo interior que debe empezar por ser personal, porque si no, no haremos nada. Ya lo saben, la relación con Dios pasa por encima de todo y es esencialmente personal. Dentro de la potenciación actual del sentido comunitario, que es excelente, no podemos olvidar que cada uno labra su propia salvación y que los santos son «individualidades».

La relación con Dios es personal. Dios nos ha conocido a cada una por separado, nos ha llamado a cada una por nuestro nombre y, ante El, cada una responderá de 1 misma. No podemos olvidarlo. Por lo tanto, en primer lugar, la dimensión personal de este esfuerzo de renovación.

En segundo lugar, su dimensión comunitaria. Nuestras ‘comunidades locales son el verdadero foco de la vida de la Compañía. En ellas debe llevarse a cabo la obra de santidad, de renovación. Todos los organismos de gobierno, de promoción, como son por ejetnplo, los consejos provinciales, los consejos generalicios, son sí, órganos de pensamiento, de promoción, de animación espiritual; pero la vida está en las comunidades locales.

Y ya podremos hablar, pensar, ordenar, si las que están en la vida no ponen en práctica, no hacen pasar a la acción el resultado de la reflexión de toda la Compañía, nada se habrá hecho. Esta búsqueda de santidad, de renovación, debe ser personal y debe ser comunitaria. Y la comunidad local es la que marca el nivel de la vida, el nivel más importante. En él se juega todo el alcance de la acción de la Compañía en la Iglesia y su servicio a Dios y a los Pobres; y en ella se juega también, de manera secundaria, el porvenir mismo de la Compañía, en la Iglesia.

No se lo pueden ni imaginar. Aunque no formen más que una Comunidad de 3 ó 4, no crean que no representan nada. Aunque no sean más que una Hermanita sin relieve, no se digan: «No tengo medios intelectuales, no tengo alcance apostólico…» No importa. Son Hijas de la Caridad al servicio de Dios, y su escalada hacia el Señor puede tener más importancia, en el porvenir de la Compañía, que la de otra Hermana que parezca ejercer una irradiación extraordinaria. Nunca sabemos cuál es el alcance de una vida. En todo caso, ustedes, quienes quiera sean y donde quiera se encuentren, por el hecho de ser fermento de caridad, ejemplo en la vida comunitaria por su acogida a los demás, su disponibilidad a todo lo que se les pida, aun cuando esto sea poca cosa, son artífices de la renovación espiritual de la Compañía.

Por último, también se da, evidentemente, la dimensión general de toda la Compañía; esto es enormemente extenso, tan extenso que, a veces, da vértigo.

Insistimos, pues, lo primero en esa necésídad de renovación espiritual. En seguida, decimos que esa renovación se traducirá en adaptaciones externas, de las que ya hemos visto algunas Hablaremos de ello después. Pero el trabajo de renovación de la Comunidad tiene que llevarse a cabo, ahora, por obediencia a la Iglesia. Hasta ahora, hemos venido haciendo el trabajo referente al consuetudinario, que abarca todas las manifestaciones de nuestra vida, de las que, sin duda, es la más importante la transformación de nuestros rezos habituales en parte del oficio divino. Esto debería tener una gran repercusión en el conjunto de nuestra vida. Pero habrá también otras cosas de importancia, más profundas, que tendremos que examinar. He dicho: por obediencia a la Iglesia, porque ya saben que, según el Motu Proprio «Ecclesiae Sanctae», todas las Congregaciones, todos los Institutos, están obligados a celebrar, dentro de los tres próximos años, un Capítulo especial de aggiornamento, es decir, de revisión de sus Constituciones. Nosotras, pues, también estamos incluidas en esa orden y tenemos que cumplirla.

A partir de enero, vamos a empezar, el Consejo General, a reflexionar, a estudiar, para preparar ese capftulo general. Les ruego que empiecen a pedir mucho por esa intención; les ruego, sobre todo, que consideren el trabajo que personal y comunitariamente les incumbe, con la mayor seriedad y conscientes de lo que representa. No será nada complicado; creo que los esquemas que se les han mandado este año lo eran mucho, eran demasiado intelectuales. Se les preguntarán cosas prácticas, pero , se les pedirá también un trabajo de reflexión sobre los puntos concretos, particulares o generales, de su vida. En sus respuestas, tendrán que considerar que no responden simplemente con la responsabilidad de su pequeña comunidad o con un número suelto que se perderá entre 45.000; sino como realmente responsables, ante Dios, del porvenir de la Compañía.

La Iglesia quiere que se consulte a cada uno de los miembros. Por consiguiente, se tendrá en cuenta —estadísticamente— las opiniones que cada una haya dado. Pero en el momento de dar su opinión, tienen que ser conscientes de que esa opinión va a pesar en el futuro de la Compañía. Al darla, tienen que sentirse responsables de sus repercusiones, de sus consecuencias, de lo que podría ocasionar, si se aplicara lo que ustedes dicen. En ese momento, tiene que desaparecer todo punto de vista estrictamente personal, colocándose ustedes en un sentido de responsabilidad hacia la Compañía.

Las adaptaciones exteriores (pie se han llevado a cabo hasta ahora o que van a hacerse próximamente, y que llevan consigo transformaciones en algún aspecto de nuestra vida, quisiera que las tomaran siempre en su verdadero sentido, en el que deben tomarse, es decir, no como aceptación de una opinión general o de una opinión pública que circula.

Hay un comentario que me duele siempre cuando lo oigo —ya a Hijas de la Caridad, ya a otras religiosas—, y se oye con frecuencia, desgraciadamente. Consiste en decir: «Tenemos que hacer esto o aquello, comportarnos de tal o cual forma… ¿Por qué? Porque las jóvenes de hoy no aceptarán la vocación si no se hace o no admitirán tal o cual cosa». Pues esto no es razón suficiente, no es motivo en absoluto. La verdad tiene valor por sí misma, no es algo que dependa de la opinión pública, de lo que piensan las jóvenes o los adultos o quien sea.

Que se tenga en cuenta la opinión pública, es otra cosa. Que se diga: ¡Cuidado! es un pensamiento general, ¿no se expresará el Señor a través de él? ¿No encierra un fondo de verdad? ¿un valor del que, por fuerza de la costumbre, corremos el riesgo de olvidarnos?

Se trata, pues, de reflexionar; de ver, si, verdaderamente, esa opinión general viene de Dios, o si, por el contrario, es el resultado de algo mal digerido como tantas cosas que la publicidad o cualquier otra causa exterior están creando, cosas que no tienen absolutamente nada que ver con el Espíritu Santo.

Las adaptaciones que estamos haciendo no tienen por finalidad responder a una moda pasajera, a una opinión de la juventud o de otras personas. Las adaptaciones que estamos haciendo se proponen, precisamente, profundizar nuestra renovación espiritual, permitirnos una vida de relación con Dios más auténtica y permitir también —con buena intención— que nuestro testimonio de vida religiosa pueda ser captado, comprendido por el mundo.

Hay ciertas maneras de vivir los votos, de vivir la castidad, la obediencia o la pobreza que nuestro mundo actual no reconoce. Aun cuando, hace cincuenta años, fuera muy legítimo, hoy tenemos que practicarlos de manera distinta, lo que no quiere decir que no los practiquemos. El valor de la pobreza u otro voto tiene que permanecer intacto.

Les doy un ejemplo muy sencillo de una forma de vivir la obediencia que resulta un contra testirnonio en nuestro tiempo: las Hermanas que, cuando se les pide algo, contestan: «No sé, no puedo, tengo que pedir permiso…» ¡Es estúpido! Eso le pone a todo el mundo en contra. Los que las oyen, se dicen: «¡Es tonta!», o bíen «¿Qué entienden por obediencia en esa Comunidad?»

En otros tiempos, se admiraba tal actitud —y era admirable—porque existía un clima de Fe generalmente extendido. La obediencia de la religiosa, en la mente del interlocutor, se refería inmediatamente a Dios, y se decía para sí mismo. «¡Qué buena religiosa; está unida a Dios por medio de su superiora!»

¿Creen ustedes que ahora se piensa así? Quien escuche a una Hermana hablar de esa manera, pensará: «En esa comunidad se ata la libertad y se anula la personalidad de la gente». Eso es lo que pensará, a no dudarlo, el interlocutor; por lo tanto, no es un testimonio. Entonces, ¿qué hay que hacer en casos semejantes? Sin dejar de matizar la respuesta, porque es bueno que, en ocasiones, nuestra obediencia aparezca transparente, en general habría que decir: «Voy a ver, déjeme pensarlo y le contestaré después… etc.» Otras veces, será importante que se manifieste nuestra obediencia, pero no con ese aspecto de sumisión infantil, n’orla; resulta ridículo. Sin embargo, a veces, hay que saber decir: «Soy hija de obediencia y, por tanto, tengo que consultar a mi Superiora antes de contestar». Esto, cuando se halla una frente a una verdadera opción que tomar, a algo importante, y no cuando se trate de una nonada. Hay que tener sentido común, tacto, saber matizar.

En todas las adaptaciones que se les vayan comunicando, no tendrán que tomarlas como un alivio, una concesión a la naturaleza, una mayor amplitud; sino como una obligación de vivir en mayor verdad y profundidad nuestra vida espiritual, nuestra vida de consagradas, la práctica de los votos… etc.

Los Laudes y las Completas que ahora rezamos —hace ya varios meses que los hemos adoptado—, sería bueno que, aprovechando los Ejercicios, hicieran examen de conciencia de lo que les han aportado. ¿Saben aprovecharse de ellos todo lo posible? ¿Los rezan maquinalmente? O, más bien, ¿saben desentrañar de los salmos rezados cada mañana, el tema de la oración?

¿Se nutre su vida de oración de esa alabanza a Dios, de esas bellísimas palabras que le dirigimos todos los días? Hay algo, en esto, que revisar. Creo que tenemos que hacer, en cada una de nuestras Provincias, un esfuerzo considerable en el sentido de llegar a la comprensión del Oficio Divino, del lugar que debe ocupar en nuestra vida, y no para asemejarnos a las religiosas —lo que repito una vez más— sino porque ahora los mismos laicos se nutren del Oficio, hacen de él tema de sus meditaciones. ¿Y nuestra oración? ¿Se va transformando a partir del rezo del Oficio?

Otro punto de examen: ¿hacen un esfuerzo en cuanto a la preocuación de la oración? ¿de la repetición? Si ha llegado hasta ustedes una nueva forma de hacer tanto esa preparación como esa repetición y la han recibido diciendo: «¡Ah! ahora se hace de otra forma…» sin más. Se cambia y no se intenta entrar en la renovación de espíritu que ello supone… se siguen sentando maquinalmente en torno a la mesa —en vez de ponerse de rodillas— y siguen diciendo maquinalmente cualquier cosa… ¿Qué esfuerzo de autenticidad han hecho en la práctica de estos ejercicios? Dicho de otra manera: ¿va a responder la adaptación a la finalidad para la que se implantó? Tendrán que darnos cuenta de esto, porque queremos saber qué resultado da.

En general, en los sitios por donde he pasado, me han dicho que la preparación a la oración era muy provechosa para las que realmente ponían interés en ello. La repetición se ha comprendido menos; plantea todavía alguna pequeña dificultad en la que hay que reflexionar.

Tenemos que querer llegar a una vida interior y a una vida comunitaria auténticas. Si ponen maquinalmente en práctica las decisiones externas, no habrá nunca progreso alguno. Cada una tiene que responsabilizarse personalmente de la aplicación de lo que se nos manda, para poder así, cuando llegue el momento, ser capaz de dar su opinión de manera lúcida, reflexiva y provechosa para el conjunto de la Compañía, sobre lo que se venga practicando. Si lo hacen con rutina, sencillamente como un punto de disciplina en algo que está mandado, no podrá haber progreso. Es necesario que, por nuestro medio, por medio del esfuerzo de cada una de nosotras, el conjunto de la Comunidad llegue a progresar.

Si habláramos ahora de las prácticas de penitencia, tendríamos que decir que se han aligerado mucho, puesto que va a suprimirse, al menos en Francia, la abstinencia de los viernes. Tendremos que plantearnos la pregunta: ¿nos sumamos a lo que se hace en el conjunto de la Iglesia, o mantenemos en la Comunidad esa práctica de penitencia? Creo que les pediremos su parecer. No sé, no hemos decidido nada todavía. Lo trataremos en el Consejo.

Pongan atención en todo esto, Hermanas. Podríamos repetirlo todo una y otra vez. Podríamos detenernos, por ejemplo, en la práctica del silencio, que, por cierto, no debe abandonarse por completo; en lo que se refiere a la sencillez, al aspecto conventual de los locales que nos están destinados; no podemos descuidar esto. No nos imaginemos que lo exterior no ejerce su influencia sobre nosotras. Si hacemos de nuestras salas de comunidad, de nuestros refectorios, de nuestros recibidores de comunidad —no hablo de lo que está destinado al uso de las niñas, de los enfermos, etc.—; si hacemos de ellos habitaciones de estilo mundano, caprichoso, vamos modelando al mismo tiempo nuestro espíritu. Si, por el contrario, nos mantenemos en la sencillez evangélica, en la austeridad que debemos conservar porque es una de las características de la vida religiosa, porque es una de las formas de la pobreza, no creamos que nuestro psiquismo se verá afectado por ello. No, de ninguna manera. No es cierto. Lo que afecta a nuestro psiquismo es el no saber nunca .cuando tenemos que decir «sí» al renunciamiento. Cuando se ha dicho «sí», de una vez para siempre, se llega al equilibrio, Seamos las primeras, cada una en nuestro puesto; ayudemos a conservar lo que es profundamente religioso.

Hay una parte del consuetudinario que están ustedes esperando con cierta impacienda: es lo que ha de reglamentar los medios de información: prensa, televisión, relaciones con el exterior, visitas a la familia, visitas a externos… Es muy largo enviarles respuestas a todo. Pienso, efectivamente, que deben de estar un poco impacientes por recibirla. ¡Es tan difícil recoger todo ello en un escrito! ¡Nos damos cuenta de lo mal que se comprende! Sí, se ha comprendido mal. Se imaginan que van a encontrar (no todas, afortunadamente) una serie de satisfacciones personales. Y no es eso. Hemos renunciado a ello y no podemos dar marcha atrás a la renuncia que hemos hecho.

Lo que nos preguntamos en la presencia de Dios, antes de redactar todo esto (y no lo haremos nunca en ausencia de Nuestro Muy Honorable Padre; por eso también resulta más largo, ya que no quiero ni siquiera discutirlo sin que esté él), es qué tenemos que hacer para responder a la voluntad de Dios, es decir, para que nuestras Hermanas tengan la posibilidad de tener contactos verdaderos con el mundo.

¿Qué deberes tienen respecto a su familia, en la hora actual? ¿Qué deberes de pastoral verdadera hacia los externos con quienes nos relacionamos?

Si cada Hermana estuviera profundamente convencida de cómo deben practicarse todas estas cosas, no habría problema. Se podría hasta prescindir de reglamento, porque se tendría la seguridad de que todo quedaría dentro del estilo y modales religiosos. Lo que hacemos en este sentido, siempre tiene que ser con miras a Dios: esa es la única regla.

¿Qué tengo que hacer en esta circunstancia? ¿Debo, por ejemplo, ver esta emisión de Televisión? Es preciso que, en conciencia, podamos decir: «Sí, tengo que hacerlo por tal razón», y siempre con referencia a la autoridad que aclamará: «sí o no, no ha estado usted en lo cierto, o sí o no, ha hecho usted bien».

Lo mismo por lo que se refiere a las visitas a la familia. Si cada Hermana, en el fondo de su corazón, viviera una renuncia verdadera y no buscara sino responder a lo que Dios le pide, no sería difícil reglamentarlo. Pero lo que es muy difícil en este terreno es dar una regla general: nunca sirve para todos los casos; porque en uno, la Hermana necesitará en conciencia tal permiso: ir a casa de su familia o quedar cerca para poder tener contacto con sus padres dos, tres días y acaso hasta ocho. Mientras que en otra circunstancia no habría ningún motivo para hacerlo. Comparar una Hermana con otra siempre resulta mal, y sin embargo siempre hay casos o situaciones especiales a los que hay que responder.

Una regla general que previera, por ejemplo: «Se da permiso a todas para ir una vez al año a ver a la familia durante un día», no es posible: Claro que la que. está a cien kilómetros de distancia de su familia, puede hacerlo; pero la que está destinada en América y tiene la familia en Francia, es caso completamente distinto. Entre una Hermana que tiene a sus padres enfermos y pasando calamidades, y otra cuya familia no tiene dificultad alguna, nada en alegría y bienestar, la situación cambia por completo. Son muchas las diferencias que se dan.

Quisiera que antes de recibir cualquier norma —las que, por lo demás, se adaptarán a cada nación y provincia, puesto que las situaciones no son las mismas— quisiera, digo, que reaccionaran ustedes en el sentido de decirse a sí mismas: «Estoy frente a un deber que tengo que asumir delante de Dios, y no, en modo alguno, ante un derecho que ejercer o que reivindicar». Sobre todo, lo que no puede ser es que debiliten las exigencias que pusimos un día en la base de nuestra vocación por el hecho de las adaptaciones necesarias que tenemos que introducir en nuestras relaciones con el mundo.

Podríamos continuar y no terminar sobre este tema; pero son ustedes las que deben seguir reflexionando en presencia de Dios, haciéndose responsables en cada uno de los casos que se les presentan. No lo fíen únicamente a la obediencia. Van a comprender en seguida en qué sentido digo esto: hay Hermanas que llevan la comodidad hasta el límite extremo de la obediencia, díciéndose: «Voy a preguntarlo y así será la Hermana Sirviente la que me diga lo que haga». Más les valdría ponerse delante de Dios y preguntarse a ellas mismas: «En conciencia, ¿debo hacerlo o no?» Sería mucho mejor saber plantearse así la cuestión, el acto de renuncia, antes que ir a preguntar a la Hermana Sirviente, sobre todo cuando saben que la respuesta que les dé va a ser probablemente más amplia que la que ellas mísmas se darían en conciencia viéndolo ante Dios.

Siempre se toma la cuestión de la libertad por el otro extremo. Suele decirse: «Yo soy quien debo tomar mis responsabilidades, me basto para juzgar y por lo tanto voy a decir a mi Hermana Sirviente que tengo que hacer uso de tal cosa, tomarme tal permiso…» Pero hay que pensar también que a veces se deberá renunciar a esa cosa; que el Señor tiene edgencias con una que no tiene con otra. No se comparen con las demás en este tipo de cosas. Tomen, más bien, en conciencia ante Dios la responsabilidad de su vida personal de relación con El. Porque todo esto ejerce una fuerte influencia en nuestra manera de relacionarnos con Dios.

Tenemos que reflexionar mucho. No dejen de reservar, de preparar en su vida, precisamente, esos momentos necesarios para la reflexión. Cuando no se reflexiona, no se puede hacer el bien.

Hay que reflexionar, hay que tener tiempo para ello; hay que tomar en serio el retiro mensual; es muy importante, en cualquier puesto en que se encuentren: Hermana Sirviente o compañera. Que el retiro del mes sea verdaderamente uno de los polos espirituales de su vida. En ese día, se debe revisar, en conciencia, cuál ha sido su caminar general hacia Dios, sin detenerse tanto, en cambio, en las faltas que hayan podido cometer. Sí, las faltas son episodios dolorosos, pero nada más. Mejor es ver cuál ha sido, durante el mes, su deseo de Dios, su voluntad de caminar hada El, su entrega en el servicio, su caridad en total apertura al prójimo. Esas cosas son las que hay que ver, por encima de todo lo demás.

Tomemos en serio, Hermanas, nuestra vida de Hijas de la Caridad. Si cada una de nosotras se dedica a este trabajo con toda su alma, y persevera en él (porque hay que perseverar, no basta hacer las cosas una vez, y lo que cuesta, precisamente, es mantenerse fiel toda la fida), la renovación de la Compañía será cosa hecha rápidamente.

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