La conversión que buscamos, la que nos interesa, es descubrir que el Concilio no transcurrirá sin nosotros. Constituye una etapa de la vida de la Iglesia, de la que formamos parte; una acción de Dios en su Iglesia, que pasa a través de todo el cuerpo eclesial, de la cabeza a los miembros. Si nuestra mentalidad, nuestra vida, algunas costumbres de los cristianos no quedaran renovadas y transformadas por el Concilio, sería señal de que el Concilio no había tenido éxito. Porque es toda la Iglesia la que se encuentra en estado de Concilio. (Mons. Lochet).
En ese cuerpo eclesial de que aquí se trata, la pequeña Compañía se integra en el humilde lugar que nos corresponde como Hijas de la Caridad, Siervas de los Pobres Enfermos. Y con los demás miembros de la Iglesia, ella también está llamada a entregarse por entero al trabajo del Concilio, a tomar parte, desde su esfera, en esa magna revisión de vida eclesial, en esa magistral reflexión apostólica.
La gracia de un nuevo Pentecostés va a pasar sobre el mundo, sobre nosotros, con su luz y su fuerza. El Espíritu Santo no faltará a la Iglesia reunida en Concilio, pero nosotras sí podríamos faltar al Espíritu Santo…
Ahí están, en toda su verdad, las palabras evangélicas: «Comprenda quien pueda». Pues bien, no oiremos, no comprenderemos la voz del Espíritu Santo si no es con determinadas condiciones, merced a determinadas disposiciones interiores, no nuevas pero sí renovadas.
Para descubrirlas, nos bastará dirigir nuestro pensamiento hacia el espíritu, eminentemente evangélico, de los orígenes de la Compañía, espíritu que entregó a nuestros Santos Fundadores a merced de la acción de Dios e hizo de ellos admirables servidores de la Iglesia: Los corazones humildes y sencillos, las almas encendidas en caridad atraerán la gracia del Concilio y la harán fructificar en la Iglesia.
LA HUMILDAD, en primer lugar.
La humildad que consiste en conocernos como Dios nos conoce y aceptar que los hombres nos conozcan también así. Establezcámonos en la humildad.
Primero, humildad personal. Reconozcamos nuestra condición humana de imperfección, de total dependencia, la entrada que hemos dado en nosotros al pecado, la inclinación que nos arrastra hacia la tierra. Y la necesidad que tenemos de arrancarnos de continuo a la ilusión de los sentidos para abrazamos con la verdad del espíritu, de estar siempre en estado de conversión.
¿Cómo podríamos, en efecto, desear los tesoros de la gracia de Dios, si nos creyéramos ricas en virtudes adquiridas y personales?
¿Cómo podríamos atraer las luces de su Espíritu si creyéramos estar suficientemente ilustradas por las luces de nuestra propia inteligencia?
Humildad colectiva, decía también San Vicente. Tenemos que presentarnos corporativa y comunitariamente ante Dios y ante los hombres con sentimientos de humildad. Temamos la autosuficiencia que podrían inspirarnos los éxitos exteriores de la Casa en que vivimos o los de la Compañía.
Guardémonos de fundar nuestra confianza en la extensión e importancia de esta Compañía, en el aprecio de que goza en algunos países, en su reputación, en sus posesiones o valores. Todos esos bienes se deben a la virtud de las generaciones que nos han precedido. No constituyen ni un mérito personal ni una garantía para el porvenir; no deben, por tanto, interponerse como una pantalla entre la verdad y nosotras.
La Compañía en general, como cada una de nosotras en particular, debe convertirse todos los días de la tierra a Dios.
Seamos pobres y humildes, estemos sedientas de Dios, de quien lo esperamos todo y en particular la gracia de reconocernos «pecadoras» y de saber lo que nos falta, lo que necesita ser transformado, renovado y purificado en nosotras.
Y luego, volvamos hacia el Señor la mirada recta y confiada de nuestra sencillez.
LA SENCILLEZ es el espíritu de fe que ilumina la mirada del alma y rige sus manifestaciones exteriores.
No llegaremos a ser totalmente sencillas sino cuando nuestra alma se haya unificado con Dios; es decir, que en esta vida no lograremos nunca la sencillez perfecta, porque, a pesar de nuestros esfuerzos, nuestro buscar a Dios se verá mezclado, complicado con un buscamos a nosotras mismas o a las criaturas. Tenemos que tender al desasimiento de lo creado mediante un esfuerzo continuo de simplificación, que purifique también nuestra mirada y nuestro criterio de toda influencia que no sea la de Dios.
Es posible que las decisiones del Concilio afecten a ciertas costumbres que nos son queridas, a ciertas formas de pensar, hábitos o instituciones que nos llegan muy al alma. Es posible que las directrices de la Iglesia nos inviten a revisar nuestra acción, a reformar y someter nuestros métodos apostólicos.
Si nuestras almas son sencillas, no tendrán dificultad en reconocer la voz de Dios transmitida por su Iglesia, y se abrirán a ella sin discusión ni reticencia, por encima de todo interés personal y de toda mira propia. La luz del Concilio brillará sobre todos. Pero sólo los sencillos sabrán captar y seguir sus invitaciones. Recordemos las palabras de Cristo: «Yo te glorifico, Padre, Señor del cielo y tierra, porque has encubierto estas cosas a los sabios y prudentes y las has revelado a los pequeñuelos».
Hagamos ejercicios diarios de sencillez. La sencillez del pensamiento, del juicio, no se adquiere de golpe; existe una larga y difícil educación. En la trama tan vulgar de nuestras jornadas, aprendamos a mirar a cada persona y cada acontecimiento con la mirada sencillísima de la fe, y pidamos a Dios la gracia de saber descubrir en todo las llamadas de su amor para responder a ellas con toda sencillez de espíritu por medio de la obediencia.
Que la humildad nos enserie lo que somos y ahonde en nosotras un abismo de deseos. Que la sencillez nos descubra a Dios y sus exigencias.
Pero, por encima de todo, pongámonos en estado de CARIDAD, es decir, de amor de Dios y del prójimo.
La vida religiosa y apostólica en la que hemos entrado es muy difícil de vivir en nuestra época. Varios de sus aspectos están sometidos a revisión. Además, se ve desposeída en parte de algunos de sus atributos secundarios: campos de actividad, situación privilegiada, prestigio, influencia, y ha quedado reducida a lo que le es esencial: la vida consagrada, vivida en común y dando testimonio de Cristo a través de las obras de caridad corporal o espiritual.
Se está operando una purificación de todo un conjunto de circunstancias humanas que nos rodean. Y las directrices del Concilio nos invitarán, sin duda, a acentuarla, a encaminar nuestros esfuerzos hacia una pobreza más estricta, una acción más desinteresada, una inserción más estrecha en el apostolado organizado de la Iglesia.
Para responder a esto, no basta una caridad languideciente: no hay lugar para los mediocres en la vida religiosa de hoy. Sólo una caridad ardiente, reavivada sin cesar en las fuentes de la oración y de la comunión sacramental, ejercida de continuo en unión laboriosa y esforzada con el amado prójimo, otro Cristo, puede ensanchar y dilatar nuestras almas a la medida de las exigencias de Dios y de las necesidades de la Iglesia.
Tenemos que justificar nuestro nombre de Hijas de la Caridad, entregándonos al amor de Dios y al amor de nuestros Hermanos. La divina Caridad tiene que ser la generatriz de todos los actos de nuestra vida y alimentar en nosotras el deseo incesante de amar más y servir mejor.
Contemplemos a nuestros santos Fundadores, cuyos nombres se han convertido en sinónimos de «caridad». Porque estaban animados de una caridad soberana, pudieron operar su conversión personal a la santidad y contríbuir a iniciar la renovación de la Iglesia en su siglo. Supieron desprender su acción y sus incipientes familias religiosas de los hábitos y prejuicios que entorpecían a las instituciones edesiales de la época.
De ese modo pudieron librar del claustro y de las formas convencionales de la vida religiosa a las obreras caritativas y apostólicas que hemos podido llegar a ser, gracias a ellos. Así también pudo San Vicente despojar la predicación de las vanidades oratorias que falseaban el lenguaje evangélico, y en tantos otros aspectos que podrían citarse, el soplo de su caridad pudo hacer sentir su influencia purificadora.
Aquella labor se insertaba de antemano en la trayectoria que hoy abre el Concilio Vaticano II. Se trata del mismo celo apostólico, de la misma voluntad de ceñirse al Evangelio. Si nos entregamos, pues, ahora en ese trabajo de revisión y renovación, seguiremos el surco abierto por nuestros Santos Fundadores y nos mantendremos en una doble fidelidad a ellos y a la Iglesia.








