Susana Guillemin: Circular sobre los votos, 1968

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:

París, 2 de febrero de 1968

Mis carísimas Hermanas:

¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!

Como todos los años en análoga fecha, me he arrodillado a los pies de Nuestro Muy Honorable Padre para presentarle nuestro firme deseo de permanecer fieles al Señor en el camino de la caridad perfecta y le he pedido para todas las Hijas de la Caridad la gracia de reanudar los lazos que unen a Dios, a la Iglesia y a la Compañía, gracia que, con gozo, nos ha concedido. He hecho esta petición con la firme seguridad que brota del conocimiento renovado de sus convicciones, que me han proporcionado las respuestas a los cuestionarios sobre la vida consagrada; me parecía que ningún presente más hermoso podría ofrecer al Sucesor de San Vicente que esa resplandeciente garantía de su fidelidad, de su adhesión entusiasta al pensamiento de nuestros Fundadores y de la seriedad con que se preparan todas ustedes a nuestra renovación anual; son muy numerosas las que piden insistentemente que esta preparación ocupe un lugar más preponderante aún en nuestro año espiritual, proponiendo algún medio para conseguirlo. La Asamblea General deliberará sobre ello y les recomiendo muy especialmente que oren por esta intención, porque es de gran importancia.

Ya está muy próxima esta Asamblea General, que venimos preparando desde hace casi dos años, y vemos ya perfilarse con claridad los principales temas de las primeras deliberaciones, esos temas que todas se han planteado y que han de tener la mayor repercusión sobre los destinos de la Pequeña Compañía.

Sobresale entre todos ellos el servicio a los Pobres. La inmensa mayoría de las Hermanas —podría afirmar que la totalidad— consideran el servicio de los Pobres como el alma misma de nuestra vocación y opinan que su auténtico cumplimiento condiciona imperiosamente la renovación que hemos de llevar a cabo. Por eso voy a abordar este tema, no sin cierto temor, y lo hago no para contestar de modo definitivo a las preguntas que la Asamblea tiene la misión de resolver, sino para recordar los principios fundamentales, y destacar los puntos sobre los que, en nuestra época y en la situación actual de la Compañía, exigen madura reflexión.

En las siguientes líneas emplearé el término «Pobres», porque tiene la ventaja de especificar la característica esencial de aquellos que constituyen el objeto de nuestra vocación y porque es un término genérico que abarca todas las formas de pobreza. Mas, en el lenguaje corriente, debe evitarse esta expresión, como humillante para aquellos a quienes designa, por el sentido peyorativo que se les ha dado.

Si bien es perfecta la unanimidad en cuanto al lugar que el servicio a los Pobres ocupa en la vocación de la Compañía y en la vida de toda Hija de la Caridad, son numerosos los interrogantes sobre la manera de realizarlo. ¿Cómo servir hoy a los Pobres según lo requiere nuestra vocación?

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo.» (Luc X, 27.)

Una primera respuesta nos viene inmediatamente a la memoria: el servicio no es otra cosa que el ejercicio práctico del amor; el servicio a nuestros hermanos los hombres que padecen y sufren aquí abajo es la expresión, el ejercicio práctico de la caridad de Jesucristo, que apremia nuestros corazones. Resulta fácil encontrar las líneas generales de nuestra meditación; nos las proporciona el mismo Jesús.

No creo abusar de ese texto evangélico aplicándolo al servicio que por amor tributamos a Cristo en la persona de los Pobres.

Con todo tu corazón

«Ya sabéis que son nuestros Señores y que hemos de amarles con ternura y respetarles mucho» (Santa Luisa, 451650, a Sor Cecilia Inés).

No sé si existe en el mundo una Hija de la Caridad que, desgraciadamente, sea capaz de disociar su actividad caritativa de la caridad que debe animarla. Es evidente que no basta para servir a los Pobres prestarles algunos cuidados, proporcionarles algún socorro, enseñarles algo… Este servicio exige darse totalmente uno mismo de todo corazón, considerando aquí el corazón en su sentido más elevado como motor de nuestra vida profunda y de nuestra voluntad. Es todo nuestro ser, y no solamente nuestro tiempo y nuestra actividad, lo que consagramos al servicio de Cristo que vive en el Pobre.

Que esto implica una parte de sentimiento es indudable; recordemos el candor admirable con que nuestra querida Sor Andrea confesaba ingenuamente a la hora de su muerte: «No siento remordimiento ni pena, como no sea por haber gozado demasiado cuando iba por esos pueblos a visitar las buenas gentes de las aldeas; no corría, volaba, tan grande era mi deseo de servirles.» (Conferencias de San Vicente, 2551654.)

Tales son también hoy los sentimientos de numerosas Hijas de la Caridad, aunque no sean indispensables para la autenticidad del amor a los Pobres y puedan faltar a veces, por permisión divina, sin que esto disminuya la calidad del don de sí. El don total de nuestro corazón implica una elección previa: hemos elegido al Pobre, al que carece de bienes terrenales, al que el mundo desprecia, como amigo nuestro, como «Amo y Señor», según expresión de San Vicente. Tal vez al principio se trataba de un simple sentimiento de compasión y de la impresión que nos produjo la flagrante injusticia de algunas situaciones, mas muy pronto, a la luz del Evangelio, descubrimos a Cristo en nuestros hermanos desgraciados y fue entonces cuando nuestra elección quedó decidida, cuando nos consagramos plena y amorosamente a su servicio. No hemos acabado aún, ni acabaremos nunca, de descubrir este misterio de Cristo en el Pobre; se encuentra en el centro mismo de nuestro afecto y de nuestra vocación y lo iremos descubriendo mejor por sucesivas iluminaciones, en la medida en que, purificándonos, nos acerquemos más a Dios. «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» Tenemos que pedir en la oración una mirada pura, que nos permita descubrir este misterio de Cristo.

El primer reflejo del amor es asemejarse a los que se ama. No podemos decir que amamos realmente a los Pobres si no nos sentimos fuertemente acuciadas a acercarnos a ellos, viviendo en medio de ellos, en auténtica proximidad de vida y de preocupaciones. Para la mayoría de nosotras nace de aquí un tormento íntimo y permanente, al no poder comprobar en nuestra vida esa semejanza con la vida de nuestros hermanos los Pobres. Nos sentimos separadas de ellos por las facilidades de que gozamos y tantas otras diferencias imponderables que no sabemos cómo acortar. Nuestros Santos Fundadores lo comprendieron tan bien, que nos han dejado esta regla de oro: «…considerando que son siervas de los Pobres y que, por tanto, deben vivir pobremente»; más aún: «Considerarán que las siervas de los Pobres no deben estar mejor tratadas que sus Amos y Señores» (Santas Reglas, capítulo 11). Esta angustia atenazaba ya a nuestra Santa Madre cuando escribía, hablando de la pobreza de Nuestro Señor: «…no encontrándome en situación de poderla practicar tan auténticamente como El, me he propuesto usar con confusión de lo mucho que tengo y sufrir sin decir nada cuando algo me falte; trataré también de desprenderme de todo en la medida en que me sea posible…» (Meditación sobre la pobreza.)

Sentir el peso de la pobreza, hacer que nuestra manera de vivir se aproxime todo lo posible a la de «nuestros Amos», es absolutamente necesario para comprender sus necesidades, su mentalidad, sus reivindicaciones sociales y aun su manera de ir hacia Dios; hemos de tender a ello con toda nuestra alma. Y aquí es donde se nos plantea el dilema que nos apremia: compaginar este impulso de nuestra alma y nuestro corazón, que nos arrastra a identificar nuestra situación con la de los Pobres, con las exigencias específicas de la consagración y del testimonio comunitario y con las exigencias de la perfección técnica en las actividades que, según el plan de Dios, forman parte del servicio corporal y espiritual que le hemos prometido. La Asamblea que va a celebrarse tendrá que estudiar, desapasionada y valientemente, este punto, en el aspecto doctrinal y en el pastoral, para determinar los criterios que han de guiar nuestra evolución.

Pido a todas que incluyan esta intención, con carácter preeminente, en sus oraciones y en sus ofrendas; me parece que constituye el punto vital de nuestra renovación; ¿cómo va a rehusarnos Dios la luz si se la pedimos con oración, con lágrimas y ayuno?… El Señor concedió a nuestros Fundadores la gracia de un extraordinario sentido del Pobre y de sus necesidades; esta gracia ha perdurado en la Compañía a lo largo de toda su historia; en todas las Hijas de la Caridad se encuentra una aptitud especial, tanto natural como sobrenatural, para ponerse espontáneamente a la altura de los más pobres, en un pie de fraternidad que ellos perciben muy bien. ¡Ojalá conservemos este rasgo de familia; ojalá tengamos el valor de permanecer fieles a ese llamamiento que tan íntima y fuertemente nos apremia! ¡Que el juicio, tan extraordinariamente equilibrado, de San Vicente y de Santa Luisa presida los debates y decisiones de la Asamblea!

Estemos desde ahora firmemente persuadidas, por encima de toda decisión concreta, de que en cualquier situación la auténtica aproximación a los demás es de índole interna. Es en el corazón donde reside la verdadera fraternidad humana, fruto de la humildad y de la caridad. Para comprender al Pobre hay que considerarse pobre uno mismo y desear ser pobre por amor a Jesucristo; por eso, dirigiéndome ahora a aquellas de nosotras que sufren desolaciones y penas interiores, les diría convencida: regocíjense, Hermanas; el Señor está profundizando en ustedes el abismo de humildad que les hará pobres entre los pobres, preparándolas para comprenderlos y amarlos. El amor borra las distancias y permite a los corazones compenetrarse.

Con toda su alma

«Corramos a atender las necesidades de nuestro prójimo como si se tratase de apagar un fuego» (San Vicente: «Avisos a los Misioneros», sin fecha.)

Hemos consagrado al servicio de los Pobres toda nuestra potencia espiritual. Ese inmenso capital espiritual, vivo y activo, que es la Compañía de las Hijas de la Caridad forma parte del tesoro de los Pobres; ellos, que con tanta frecuencia se ven desprovistos de los bienes espirituales y de los medios de ir hacia Dios, lo que constituye lo más terrible de su pobreza, han recibido en compensación este don del Señor. Así como el Papa se ve asistido, en las necesidades propias de su cargo, por el inmenso caudal de gracias que le alcanzan las oraciones de los fieles, así como en el seno de una familia cristiana cada uno de los miembros se ve sostenido por el fervor de los demás, así también los Pobres deben contar incesantemente con el socorro que para ellos hemos merecido con nuestra ofrenda. Quizá no hayamos considerado bastante esta obligación de orar especialísima y universalmente por los Pobres y nos detengamos con demasiada frecuencia en casos individuales.

Nuestra vida espiritual es, debe ser, un lazo permanente entre la inmensa falange de los Pobres y Dios, mediante la oración, la Misa, nuestra ofrenda total y nuestro testimonio apostólico. A ejemplo de San Vicente, debemos cargar sobre nuestros hombros, como un doloroso peso, con la miseria espiritual de nuestros hermanos los hombres, vinculada con frecuencia a la injusticia material que les oprime. «¡La pobre gente del campo muere de hambre y se condena!», clamaba San Vicente; y agotó su vida entera en socorrer esta doble miseria.

¡Quién pudiera conocer a fondo lo que la fue plegaria de nuestros Fundadores por los Pobres! Sus escritos y conferencias a nuestras primeras Hermanas sólo nos permiten presentirlo. ¡Quién pudiera enseñarnos a llenar el mayor deber que tenemos hacia ellos: el deber de orar por sus necesidades!

Orar por ellos quiere decir muchas cosas. En primer lugar, orar en lugar suyo, reemplazarles en el cumplimiento de este deber que tienen hacia Dios y que no siempre cumplen por diversas razones: unas veces porque le desconocen o porque tras un largo abandono de la oración no se atreven ya a rezar, o bien porque no encuentran tiempo para hacerlo, abrumados de trabajo, preocupaciones y sufrimientos, encadenados a situaciones inhumanas que les envilecen. Nuestros Laudes suben al Señor todas las mañanas portadores de las alabanzas de tantos millones de seres a los que la miseria de cuerpo o espíritu impide elevarse hasta El. Y cuando, por la noche, en las Completas, repetimos «In manus tuas» y rezamos la admirable oración «Visita quaesumus Domine», no imploramos la divina vigilancia solamente sobre cada una de nuestras pequeñas Comunidades, sino sobre la inmensa comunidad humana, en la que penamos juntos los hombres; ponemos en manos de Dios a todos los hombres de buena voluntad que constituyen su Pueblo.

En nuestra vida no hay un tiempo consagrado a los Pobres —aquel en que trabajamos por ellos— y un tiempo, el de la oración, consagrado a Dios y a nosotras mismas. Si nuestra Fe es plena nos sentiremos siempre y en todo unidas en Jesucristo a todos los hombres en una unión incipiente en este mundo, preludio de lo que será la unión perfecta en la eternidad.

Orar es también pedir perdón, ofrecer, implorar la misericordia de Dios. Este aspecto está muy olvidado en nuestro tiempo, en que, al debilitarse la noción de pecado, se ha debilitado también la penitencia; nosotras, sin embargo, hemos de hacer penitencia por los nuestros, por los Pobres. Nuestra vida es fecunda en renunciamientos de todo tipo que, con sólo la intención, podremos transformar en obras de penitencia. Pero, además, una Hermana fervorosa puede fácilmente aumentar la eficacia de sus súplicas con algunas mortificaciones voluntarias y discretas, siguiendo la invitación personal de Dios. No se trata de pedir misericordia para los pecadores como si nosotras fuésemos justas; sólo hay un Justo que redima la Humanidad pecadora: Cristo, sino de que, reconociéndonos en (comunidad de miseria y pecado con los hombres, «entremos en la Misericordia infinita de Jesús», como dice el P. Lebret, para llevar con Él el peso del sufrimiento y del pecado del mundo.

Orar es implorar, suplicar, pedir a Dios sus dones. Los menesterosos tienen necesidad de que se ore por ellos. Y la mayoría de las veces sólo cuentan con nosotras para hacerlo. Hemos de rezar por ellos con fervor, con perseverancia, incluirlos en todas nuestras súplicas, en todas nuestras plegarias. ¡Consideremos la multitud de gracias que podemos alcanzarles mediante el poder de intercesión del Rosario! Hemos de obtener para ellos la salvación y la Fe, acompañarles en la senda oscura por la que buscan a Dios sin saberlo. En nuestra época de ateísmo y de incredulidad resulta singularmente difícil y desconcertante el servicio espiritual que debemos prestarles. En los tiempos de Fe ardiente en que vivieron nuestras primeras Hermanas era relativamente fácil hablar de Dios; hoy es preciso, sobre todo, hablar a Dios, hacerle presente, alcanzar de Él lo que no está en nuestra mano dar: el don de la Fe. Cuando hayamos comprendido bien que todo depende de Dios, estaremos en condiciones de cooperar a su acción en las almas, de servirle de instrumento para su acción en las almas.

La oración por excelencia, la que lleva en sí todas las demás, es la Misa, punto central de nuestra jornada. La Misa es la alabanza perfecta, es la ofrenda agradable; es comunión de Cristo y en Cristo. En ella podemos presentarnos ante el Señor llenas de osadía, porque nuestras pobres ofrendas, nuestras oraciones miserables, se funden en una sola ofrenda perfecta y grata a Dios: la de Cristo, por quien se le tributa «todo honor y toda gloria».

Llevamos con nosotros, a nuestra Misa cotidiana, a todos aquellos con quienes Dios nos ha unido para servirle y amarle; al Confiteor nos inclinamos bajo el peso de los pecados del mundo, de los nuestros y de los demás; tomamos en nuestras manos a toda la humanidad viva y doliente, y especialmente a los más próximos a nosotros, para ofrecer con Cristo todo lo que puede transformarse en El y llegar a ser materia de su divino Sacrificio. Y cuando recibimos la Sagrada Víctima entramos también en comunión con todos aquellos nuestros hermanos unidos a Él. Nos vamos transformando poco a poco en El para llevarlo a los que permanecen alejados de su amistad. Que la Santa Misa, mis queridas Hermanas, llegue a ser plenamente el acto fundamental de nuestro servicio espiritual a los Pobres.

La Misa es el Sacramento de la Unidad. Viviendo nuestra Misa cotidiana de una manera cada vez más auténtica descubriremos el misterio de Cristo y llegaremos a fundirnos en fraternidad de amor con nuestros hermanos desheredados.

No podemos, en efecto, caracterizar mejor el servicio que les debemos que mediante el término fraternidad. Hemos de guardarnos muy bien de servirles por condescendencia, como bienhechor a asistido. Las enseñanzas de San Vicente, que nos conjuran a considerar a los Pobres como a «nuestros Amos y nuestros Señores» — usando la terminología de la época—; a servirles «con alegría, dulzura, respeto, cordialidad y devoción»; a «considerar que las siervas no deben ser tratadas mejor que sus amos», toman hoy nuevo relieve a la luz de la resuelta actitud adoptada por la Iglesia del Concilio y que las recientes Encíclicas nos recomiendan: actitud de relaciones fraternas a base de diálogos e intercambios: «Todo lo que llevamos dicho sobre la dignidad de la persona, sobre la comunidad humana, sobre el sentido profundo de la actividad del hombre, constituye el fundamento de la relación entre la Iglesia y el mundo y también la base para su mutuo diálogo.» (Gaudium et Spes, 40.)

Así hemos de dialogar nosotras con nuestros hermanos necesitados, con respecto a lo que son, a lo que hacen, a lo que pretenden.

El respeto, un respeto cargado de atención, debe guiamos siempre que pretendamos acercarnos espiritualmente a los demás: respeto a la libertad, al misterio de cada alma; respeto a la forma en que Dios la conduce a sus designios que ignoramos. Algunas Hermanas tienen un don particular para abordar el terreno espiritual, crean en torno suyo, espontáneamente, una atmósfera sagrada en la que Dios se impone a la mente y al corazón, se hace presente de forma insensible. Este es el fruto, la irradiación de la Fe. Todos los artificios de la palabra, toda la prudencia humana, no reemplazarán jamás a la Fe absoluta y a la absoluta Esperanza que ponemos en Dios. Si tenemos Fe, sabernos que el Señor habla al corazón del hombre, está presente en su vida, obra en El, le llama valiéndose de circunstancias que su amor ha previsto, y sabemos también que el sufrimiento y la pobreza son señales ciertas del paso de Dios por una vida. Lo que nos da plena seguridad en toda labor de conversión es que Dios nos ha precedido, que se ha puesto ya a trabajar en el corazón de nuestros hermanos y que nosotros nos limitamos a tomar parte en su, Obra. Supliquemos al Espíritu Santo que nos mantenga atentas a esta acción, prestas a seguirla, a secundarla, sin adelantarnos a ella; que nos enseñe cuándo debemos callarnos y cuándo debemos hablar, no con discursos impuestos sin discernimiento, preparados y artificiales, sino dejando hablar a la Fe que nos desborda, convencidas de que Dios, que habita en el corazón de nuestros hermanos, se lo hará inteligible todo en el momento oportuno. Nuestra Fe, transparentándose a través de nuestras palabras, y el testimonio de nuestra vida es lo que secundará la acción del Señor en el interior de las almas. Y esto siempre y en todas las circunstancias.

Algunas Hermanas se creen dispensadas de toda preocupación y trabajo cuando no se trata de los «Pobres», no se dan cuenta de que su responsabilidad se extiende espiritualmente a todos sus hermanos. Nuestra misión de anunciar a Cristo abarca todos nuestros contactos con los demás, ocasionales o habituales, y a todos los que «están pobres» de Dios. Nuestra sola presencia ha de hacer presente a Cristo ante todos y en todas las circunstancias; presencia de Jesús por la Gracia en nuestras almas, pero también presencia que hace sensible nuestra manera de ser moldeada en la suya divina, es decir, sincera, justa, plena de caridad, atenta y acogedora.

Con todas tus fuerzas

«Amemos a Dios, hermanos —decía San Vicente—; amemos a Dios, pero amémosle con el sudor de nuestra frente y el esfuerzo de nuestros brazos.»

Estas palabras concretan bien nuestra manera de consagrarnos a Dios. Cuando el Señor nos creó, dotó a cada una de capacidad para obrar y de tiempo para emplearla, y después nos la reclamó para su servicio particular. El Voto que hacemos de servir corporal y espiritualmente a los Pobres nos exige la entrega de nuestras fuerzas y de nuestro tiempo, que, desde entonces, pertenecen a Cristo, para servir a nuestros hermanos necesitados.

Este Voto es el que caracteriza específicamente a la Compañía en la Iglesia de Dios; por él, el servicio a nuestro prójimo se convierte en acto de religión, constituye el medio y la oportunidad de unirnos a Dios. Así lo ha reconocido el Vaticano II en el artículo 8 de la «Perfectae Caritatis» en los siguientes términos que deberíamos meditar con frecuencia: «En estos Institutos la acción apostólica y benéfica pertenece a la naturaleza misma de la vida religiosa, puesto que la Iglesia les ha confiado el ejercer en su nombre la propia caridad.» Es el «dejar a Dios por Dios» de San Vicente, dicho de distinta forma. No veamos en ello, claro está una invitación a desatender el tiempo de la oración pura; ésta es indispensable para conservar en nosotras el sentido de la contemplación, sin la que muy pronto dejaríamos a Dios por nuestros propios caprichos; pero sí la seguridad de que el servicio de nuestros hermanos, cuando procede de la auténtica caridad, nos pone en comunión con el Señor, aún en el caso en que nos fuerce a una irregularidad aparente.

Servimos a los demás con nuestro trabajo. El trabajo ha sido siempre una de las características más notorias de las Hijas de la Caridad, siempre se le ha considerado como una obligación que contraemos por Voto, como el tipo de ascesis particular de la Compañía, como medio de asemejarnos a los Pobres. Nuestros Santos Fundadores no vacilan en incitarnos a trabajar para ganamos la vida y la de los Pobres; en imponérnoslo como una obligación y en reiterar a menudo sus enseñanzas sobre este punto. Hay que reconocer que estas enseñanzas han sido bien asimiladas y bien comprendidas; la vida de las Hijas de la Caridad, en todas las latitudes, se caracteriza por el trabajo incesante, y si algo hubiese de reprochar sobre este punto, sería que, con frecuencia, se sobrepasan los límites razonables.

Hagamos, sin embargo, algunas consideraciones sobre la actual tendencia a no dar importancia al tiempo, a pesar de que tenemos tan poco: ¿no sucede que a veces se malgasta mucho en viajes inútiles, en conversaciones ociosas, en fantasías?… Hemos consagrado nuestro tiempo a Dios para servir a los Pobres.

Trabajar en el servicio del prójimo es nuestro principal ejercicio de ascética. Nuestras Santas Reglas no nos prescriben penitencias extraordinarias como vigilias, ayunos severos, disciplinas, etcétera, aunque nuestra Santa Madre se sentía fuertemente inclinada a ellas; bajo la prudente dirección de Vicente de Paúl, y con ayuda de la experiencia, le fue fácil darse cuenta de que nuestro género de vida, por sí solo, nos imponía ya bastantes mortificaciones. En nuestra época, en que la falta de exigencia consigo mismo es general, quizá no resulte inútil revisar, a la luz de la Fe, este aspecto de nuestra vida religiosa para comprender plenamente su sentido y atenernos a él totalmente.

La Caridad es la fuente principal de ascesis en nuestra vida, la que nos da ocasión para realizar verdaderos actos de mortificación: sobrecarga de trabajo, velar y levantarse por la noche en los Hospitales, ambiente ruidoso, en los Colegios y Hogares infantiles, horarios incómodos y dificultades en la organización, pobreza e insuficiencia de locales, imposibilidad de tomarse el necesario descanso, sin hablar de las molestias que impone el trabajo en equipo y las demás condiciones de nuestra vida. Es evidente que incumbe a los Superiores ver la manera de aligerar, en lo posible, la carga que pesa sobre las Hermanas; procurar que vivan en condiciones saludables, prever e imponer el tiempo de descanso, de distensión, que exige el equilibrio físico y espiritual: esto forma parte de sus obligaciones más graves. Pero siempre quedará un cierto número de situacíones imprevisibles, de circunstancias irremediables, que hemos de abrazar gustosamente, aceptándolas como la forma de ascesis que Dios ha previsto para nosotras y uniéndonos fraternalmente a la carga que pesa sobre el mundo de los trabajadores.

Tocamos ahora una de las cuestiones más delicadas concernientes a nuestra vocación. Como Siervas de los Pobres que somos, nos han formado enseñándonos a trabajar por ellos sin perder un instante, con olvido total de nosotras mismas, y en la historia de la Compañía podemos ver que la muerte ha sido con frecuencia el fruto y la recompensa de esta abnegación. Este servicio a los demás en Colegios, Hospitales y todo género de Obras sigue siendo urgente y de actualidad; es una necesidad en la Iglesia, que, sin él, dejaría de estar presente en el mundo del dolor y de la ignorancia. Pero hoy se vislumbra una nueva exigencia que viene a transformar nuestra actitud en las obras tradicionales o a dar nacimiento a nuevas formas de apostolado; hasta ahora teníamos costumbre de trabajar para los demás; en adelante tenemos que trabajar con ellos. Este con nos plantea una interrogante. Porque «con» quiere decir junto a, en colaboración con los demás, sin imponerles autoritariamente nuestra ayuda, sino ayudándoles a ser ellos mismos artífices de su propia promoción y perfeccionamiento. Y esto significa también que adoptamos una actitud de compañerismo, que nos situamos en plano de igualdad, renunciando a muchos hábitos que nos separaban de ellos. Existen muchos matices en la manera de comprender y de aplicar en la práctica este deseo de «acompañar», de marchar con los demás en plano de igualdad.

Con toda tu mente

Las fuerzas corporales y el tiempo material que se nos han concedido pertenecen a Dios, pero también son suyos todos los recursos de nuestro espíritu, de nuestra voluntad, de nuestro entendimiento. Amar y servir con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas es primordial, mas, para que resulte perfecto este servicio de amor, hemos de poner en juego también todos los dones que el Señor nos ha concedido.

Esto equivale a decir que, cualquiera que sea la actividad que asumamos, ser competentes en ella es un deber de justicia. Todas nuestras actividades caritativas son hoy actividades técnicas, que exigen conocimientos científicos y que reclaman una formación previa. Las personas que acuden a nosotros tienen derecho a esperar gue poseamos la preparación necesaria en el actual estado de cosas para prestarles el mejor servicio, tanto en materia sanitaria como docente o educativa; el sentido de Dios que instintivamente poseen, pese a adoptar a veces posturas contrarias, les advierte que, lealmente, no se puede prestar un servicio en nombre. de Dios si no posee la competencia necesaria para ello.

De aquí la obligación creciente de atender a la formación profesional de las Hermanas desde que salen del Seminario, de no destinarlas a ningún oficio sin que tengan la competencia necesaria y el título que las leyes del país exigen. Obligación también de emprender o suplir, en la medida de lo posible, la formación profesional de las Hermanas de mediana edad que no la posean y de que todas conserven la preparación adquirida al nivel que la actualidad exige. Son unas complejas estructuras de formación que hoy se inician y que después de la Asamblea General habrá que consolidar y que intensificar. No veamos en ello unos afanes de intelectualismo desplazados por completo, una especie de «dilettantismo»; nos encontramos ante un deber de estricta justicia. Al hacer que las Hermanas estudien obedeciendo las directrices de la Iglesia no se busca en absoluto una satisfacción personal egoísta y menos aún se pretende alcanzar prestigio, de lo que hemos de guardarnos muy bien, como formalmente opuesto a nuestro espíritu de humildad y sencillez.

Es la caridad quien nos mueve. Si por pereza, negligencia o una equivocada manera de enfocar las necesidades de los Pobres nos abstuviésemos de consagrar al estudio el tiempo y el esfuerzo debido, se nos pediría cuenta de ello. Los talentos que, en la persona de cada uno de sus miembros, se han confiado a la Compañía deben cultivarse para servir mejor al Señor.

Además, en este mundo dominado por la técnica, la perfección y aun la habilidad profesional tienen a los ojos de nuestros contemporáneos un valor de testimonio: es un signo de adhesión fraterna a su vida, un signo del respeto que les profesamos en nombre de Dios. El obrero de hoy, técnicamente especializado, apreciará instintivamente el valor profesional de la Hermana que le cuida, mientras que subestimará a la que «no conoce el oficio». Quizá no descubra en un primer momento la caridad subyacente en la perfección del ademán ni su relación con la justicia o el amor de Dios que la han inspirado; pero en el caso contrario no hubiese dejado de advertir la injusticia y relacionarla con Dios. La ciencia y la técnica no sustituirán nunca a la caridad, pero son su expresión, y la pretendida caridad que a sabiendas las descuidara sería completamente ilusoria.

Pero sería mucho más ilusoria aún una técnica aplicada al margen de la caridad. No nos hagamos ilusiones: existe un peligro oculto en los éxitos profesionales y en la embriaguez de los resultados obtenidos; el dominio técnico adquirido sobre las cosas y sobre las personas, sobre la salud y sobre la vida misma, amenaza con cegarnos y desenfocar poco a poco el centro de nuestra vida de la luz de la Fe, para dejarla iluminada sólo por la mera razón humana. Aunque sean muy raras, existen Hermanas en quienes la profesional ha suplantado a la Hija de la Caridad. Tales Hermanas han olvidado el sentido de su vocación, que consiste en «hacer a Dios presente en el mundo de los Pobres».

En otro tiempo la Iglesia ejercía una especie de monopolio sobre las obras de misericordia, expresión de la caridad. Ahora el servicio del prójimo se ha especializado, se ha convertido en una técnica; ahora ya no se ejerce en nombre de Dios, sino en nombre del Estado, de la Sociedad. Y esto no hay que deplorarlo, sino, por el contrario, es un avance de la justicia, la implantación de un orden humano más próximo al Reino de Dios, la aurora del advenimiento de la Caridad. El Santo Padre, en la «Populorum Progressio», reclama que se intensifiquen estos esfuerzos y otros muchos; invita a todos los hombres a prestar, en medio del mutuo respeto, su concurso a esta obra universal de justicia y de paz, según las fuerzas de cada uno.

Sin embargo resulta extraño comprobar que a menudo, aunque se consiga atender la mayoría de las necesidades del hombre poniendo a su servicio medios técnicos e instituciones sociales, esto le produce un sentimiento de opresión, acentúa su despersonalización, su soledad y le oscurece la visión de Dios. En medio de este estado de cosas nuestra razón de ser (que no está ya motivada habitualmente por un trabajo que los seglares realizan tan bien como nosotras), nuestra razón de ser consiste en encarnar la caridad; nuestra manera de ser y de comportarnos en los medios en que nos movemos, respecto a los seglares con los que trabajamos, debe ser una invitación constante al respeto fraterno y al pensamiento de Dios. Lo que el Señor espera de nosotras es no solamente que cuidemos al enfermo, que sirvamos o socorramos al prójimo, sino que hagamos a Dios presente y operante en el esfuerzo humano que llevamos a cabo en nombre de la Iglesia. Tenemos que humanizar la técnica y hacer de ella vehículo de la ternura de Cristo.

Allí donde se encuentre una Hija de la Caridad, cualquier hombre pobre debe sentirse comprendido, amado, respetado en su dignidad personal; debe encontrar una imagen viva del amor de Cristo.

¿Cómo terminar esta circular sin recordar un problema que, sin duda, les ha preocupado durante su lectura? ¿Quién es el Pobre hoy? ¿A quiénes nos enviaría hoy San Vicente? La Asamblea decidirá sobre ello; sin adelantarnos a sus conclusiones, es fácil destacar ya algunos puntos de referencia que pueden servir de base a la discusión. San Vicente consideraba Pobres a los que padecían pobreza material. Se preocupó del conjunto de sus necesidades materiales, intelectuales y espirituales. La atención a personas más acomodadas, ya en la enseñanza, ya para cuidarlas en sus dolencias, no se nos ha autorizado síno excepcionalmente, cuando no se encontraba a nadie que proveyera a sus necesidades y «a condición de que los Pobres fuesen siempre los primeros».

Actualmente la extrema diversidad de la situación económica de los diferentes países hace que los criterios determinantes de la pobreza varíen de uno a otro. Ya no se puede presentar un tipo único de Pobre a todas las Provincias de la Compañía. Finalmente, por lo que se refiere a las formas de servicio, deben atenerse a las directrices del Episcopado, que fijarán en cada nación cuáles han de tener prioridad apostólica. Contamos también con la acción del Espíritu Santo. ¡Hay que tener en cuenta las llamadas interiores o providenciales que sienta cada Hermana!

«Siempre habrá Pobres entre vosotros», dijo el Señor. Que Él nos ayude a descubrirlos y a unirnos a ellos. Siempre tienen grandes lecciones que darnos y, con frecuencia, recibimos de ellos mil veces más de lo que les damos; no hablo aquí de la alegría de estar a su servicio; todas sabemos que las Hijas de la Caridad más felices son aquellas que tienen la dicha de vivir en medio de ellos; pienso ahora en la gran lección de la vida de los Pobres. Si somos humildes y atentas, veremos cuán cerca están del Señor. Los Pobres nos enseñan sin palabras la hermosa sencillez, la verdadera pobreza, a compartir lo poco que tienen, la solidaridad y tantos otros signos del trabajo de Dios en sus almas. Pongámonos a la escucha de nuestros hermanos los Pobres, nuestros Maestros espirituales. La enseñanza de su vida, tan próxima al Evangelio, es una de las gracias más grandes de nuestro estado.

Mis últimas palabras serán para ustedes, mis queridas Hermanas, las que, como a mí me sucede, no sirven directamente a los Pobres, sino que desempeñan algún oficio de interés general para la Compañía, esos que habitualmente se llaman Oficios Generales. Puedo afirmar con verdad que las he tenido presentes en todo momento mientras escribía las páginas precedentes, porque, con ustedes y como ustedes, siento yo la privación de lo que constituye la esencia misma de nuestra vocación. Pero puedo proclamar bien alto que, mediante el servicio indirecto, libre de toda satisfacción personal, que les prestamos con nuestro trabajo, podemos ser manantial de gracias sin cuento, temporales y espirituales, para los Pobres. Cada uno de nuestros menores gestos es un auténtico «servicio» que les prestamos, ya que es la Compañía entera la que se ha consagrado a los Pobres y todo en ella se enfoca hacia ese fin.

Que la Santísima Virgen, que fue pobre y sirvió a su Hijo, Pobre entre los Pobres, conserve la Pequeña Compañía fiel a la última recomendación de Santa Luisa de Marillac en su lecho de muerte: «¡Cuidad bien del servicio de los Pobres!»

Encomendamos filialmente a nuestra Madre Inmaculada las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre, que dirige en el espíritu de San Vicente a la doble familia confiada a su solicitud, así como las de Nuestro Respetable Padre Jamet, Director General, y las de Nuestro Venerado Padre Castelin, sin olvidar a los celosos misioneros que con tanta abnegación buscan el bien de nuestras almas y de nuestras obras.

Unida a Nuestra Venerada Madre Blanchot, a Nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi solicitud maternal y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su humilde y afectísima,

Sor Susana Guillemin,
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *