Susana Guillemin: Circular sobre los votos, 1966

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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París, 2 de febrero de 1966

Mis carísimas Hermanas:

¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!

Una vez más, todos los miembros de la Pequeña Compañía acaban de unirse, en gesto unánime, para dar testimonio de su deseo de volverse a entregar por completo al Señor de la Caridad, al servicio de la Caridad.

Ésta ha sido la magnífica ofrenda que he depositado esta mañana a los pies de Nuestro Muy Honorable Padre, con el ruego de que presentara a Dios el deseo de sus hijas y accediese a él en su Nombre.

Y ahora, puedo transmitirles con inmensa alegría, junto con la Bendición del Sucesor de San Vicente, la autorización que, sin tener en cuenta nuestra debilidad, ha tenido a bien concedernos para renovar nuestros santos compromisos, la próxima festividad de la Anunciación de la Santísima Virgen.

Lo propio de los votos, consagrarse a Dios, reviste una profunda seriedad. Guardémonos bien de subestimar esta grandeza y aprovechemos este tiempo de conversión anual para reanimar en nosotras el verdadero sentido de nuestra consagración. En ese trabajo de renovación que ha emprendido la Iglesia y en el que nosotras intentamos seguirla, concedamos una atención particular a los valores esenciales de la vida religiosa: pobreza, castidad y obediencia, y reflexionemos, a la luz de la fe, sobre nuestra entrega al servicio de Dios en el Pobre. Se trata de hacer esfuerzo tras esfuerzo para irnos aproximando a «lo que pretendemos ser»: Hijas de la Caridad, consagradas sin reserva a Dios. «Me he decidido, Dios mío», decía nuestra Santa Madre, «a amaros sólo a Vos, y… mediante vuestra gracia no tendré jamás más voluntad ni más amor que el vuestro». Este amor exclusivo a Dios se expresa principalmente por la Castidad. Este año quisiera hablar con ustedes de nuestro segundo voto.

En la Constitución «Lumen Gentium», la Iglesia acaba de ratificar, precisándola, su doctrina acerca de la vida consagrada:

«Los consejos evangélicos, castidad ofrecida a Dios, pobreza y obediencia, como consejos fundados en la palabra y ejemplos del Señor y recomendados por los Apóstoles, por los Padres, Doctores y Pastores de la Iglesia, son un don divino que la Iglesia recibió del Señor y que con su gracia se conserva perpetuamente.»

«Por los votos…, el fiel cristiano se entrega totalmente al servicio de Diós sumamente amado, en una entrega que crea en él una especial relación con el servicio y la gloria de Dios. Y como estos consejos evangélicos… unen con la Iglesia y con sus misterios de una manera específica a quienes los practican…, la vida espiritual de éstos es menester que se consagre al bien de toda la Iglesia», etc. (Lumen Gentium, Cap. VI.)

Tales textos suministran una base inquebrantable a una forma de vida tan discutida en nuestros días, que cabría preguntarse si no está llamada a desaparecer.

Iremos, pues, a buscar únicamente en los documentos conciliares las grandes líneas de nuestras reflexiones de hoy.

El Decreto Perfectae caritatis aplicando la doctrina de la Lumen Gentium declara: «Hay que ver en la castidad ‘por el Reino de los Cielos’ (Mateo, 19, 12), de que hacen profesión los Religiosos, un don eminente de la Gracia.»

Detengámonos un instante en este pensamiento, rnis queridas Hermanas: la castidad es un don, «un don divino que la Iglesia ha recibido de su Señor». He aquí lo que esclarece perfectamente todo el problema y lo libra de la estrechez de miras en que la oscuridad de nuestra mente correría el riesgo de encerrarle. De un solo golpe nos encontramos inmersas en el mismo corazón del misterio de la Iglesia.

Esta castidad, que un día, lejano o próximo de nuestra juventud, creímos elegir por iniciativa propia, estaba preparada para nosotras desde hacía largo tiempo por los designios divinos. Don gratuito que no se concede a todos: «No todos entienden esto, sino aquellos a quienes ha sido dado» (Mt. 19, 2). Misterio de la predilección divina. Don que el Señor nos hace a nosotras personalmente sin duda, pero en nosotras, a la Iglesia. Don divino, talento que el Maestro ha confiado a su humilde siervo, a fin de que lo haga fructificar con sus cuidados; un día tendremos que dar cuenta de ese precioso tesoro encomendado a nuestra fidelidad para ser gala, nimbo, de la Esposa del Señor, «la joya con que adorna su gracia espiritual» (Cipriano «De habitu Virginum»). Faltaría algo a una Iglesia local que no pudiese presentar, a la vista de todos, sus vírgenes consagradas.

Nosotras nos hemos consagrado a la castidad «por el Reino de los Cielos», es decir, que nuestra castidad adquiere sólo su verdadero sentido si está inspirada en una vida teologal auténtica. La hemos abrazado por Dios, por amor a Dios, para seguir a Cristo. Si no estuviera enraizada en la fe, iluminada por la esperanza, vivificada por la caridad, perdería su dimensión religiosa, se convertiría en una especie de mutilación inútil de la naturaleza, y no diría nada al corazón de aquellos a los que debe hablar del Reino de los Cielos».

Existe una estrecha relación entre la fe y la castidad; Nuestro Señor mismo es quien lo proclama así en el Evangelio: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.» He entrado por la vía de la virginidad porque he visto a Dios; pero a medida que me purifico de las ataduras terrestres para entregarme a Dios más plenamente, mi fe se acrecienta y «veo» con una luz mucho más viva las cosas de Dios. Y lo mismo sucede con la esperanza; es en ella donde los corazones castos alimentan continuamente la alegría y la paz en medio del renunciamiento cotidiano, y, a la vez, de estos renunciamientos, del amor de preferencia que profesan a Dios, surge cada vez más gozosa y profunda la esperanza.

Consideremos esto con gran atención, mis queridas Hermanas. Pobreza, Castidad y Obediencia, son una locura según la prudencia humana; sólo las justifican la Fe y la Esperanza, con miras a la Caridad.

Si nos quedamos en la mediocridad, rebajando nuestros Santos votos al nivel de prácticas estrechas y sin entusiasmo, en lugar de llegar a esa transformación en Cristo que constituye su fin supremo, es señal de que nuestra vida teologal languidece. Recibimos esta vida en el Bautismo, pero a nosotras nos corresponde aceptarla plenamente, contribuir a que florezca, en una palabra: vivir de ella.

Avivemos en nosotros esa triple llama; cada una de nuestras pequeñas comunidades debe convertirse en foco de vida teologal, donde cada Hermana ayude a las demás a vivir bajo esa luz. «Cuando se vive la vida teologal tan naturalmente como se respira», dice el Padre Lebret, «todo habla de Dios, lleva a Dios y une a Dios» (Dimensiones de la Caridad, P. Lebret, 52).

La castidad vivida en la fe y en la esperanza nos libera para la Caridad. «Libera de manera singular el corazón del hombre para avivar en él la llama del amor a Dios y a todos los hombres». «La mujer no casada y la doncella sólo tiene que preocuparse de las cosas del Señor» (1 Cor. 7, 3234).

¿Quién de nosotras no ha conocido en su vida una de esas Hijas de la Caridad soberanamente libres porque eran perfectamente castas? ¡Almas de luz que transparentan a Dios, liberadas de sí mismas, abiertas a los demás, disponibles siempre a todo requerimiento!

¡Cuánto camino hemos de recorrer aún para alcanzarlas! ¿Por qué nuestra donación a Dios no consigue tan plena irradiación? ¿Por qué no nos hace gozar de idéntica libertad luminosa? Sin duda porque hemos comprendido imperfectamente la amplitud de los designios que Dios tenía al elegirnos para El: hemos puesto límites al amor, nuestro «lanzamiento espiritual» no ha sido absoluto.

La Castidad tiende hacia la Caridad; la Castidad perfecta tiende a la plenitud de la Caridad. El objeto directo del voto, la integridad moral y corporal, no es más que el punto de partida de una ascensión en el Amor, que no tiene más límite que la unión completa con Cristo. Por nuestra parte, no hemos de marcar metas en el camino que conduce a esta unión; sólo el Señor sabe a qué nivel nos llama. El día de nuestros primeros votos no alcanzamos el objetivo; nos limitamos a elegir un camino y emprender la marcha en un sentido determinado. Y ahora tenemos que avanzar, día tras día, por el camino del amor al encuentro de Dios, superando obstáculos que se renuevan sin cesar. Liberarnos para abrirnos a la invasión del amor de Dios y extraer del amor de Dios el deseo y la fortaleza precisa para liberarnos.

¡Ah! Si realmente hubiésemos fijado nuestro amor única y exclusivamente en Dios, ¡cómo nos veríamos liberadas de tantas trabas que nos sirven de rémora, de tantas barreras que se interponen entre Dios y nosotras y que enmascaran la presencia de Dios en nosotras a los ojos de los que nos rodean!

Es indudable que el renunciamiento a los vínculos del matrimonio y de la maternidad es fuente para nosotras de una libertad esencial; pero ¿no existen otros lazos que tienden a reconquistar ese corazón liberado para el Señor? ¿Y no habría que citar en primer término el amor a nosotras mismas, el egoísmo? Egoísmo que puede adoptar formas diversas, entre ellas la de una abnegación caprichosa hacia el prójimo.

Auscultemos nuestros corazones, mis queridas Hermanas, en los días que preceden a la Renovación y examinemos lealmente cuál es el gran amor que impera en nuestra vida, que ocupa nuestra mente e inspira nuestra conducta.

Después de haber vacilado un poco, me decido a seguir el ejemplo de San Vicente, quien no temía dirigir a sus Hijas algunos cumplidos «refiriendo toda la gloria a Dios, que les había concedido tal gracia». ¿Por qué no reconocer que la gracia de la Libertad de cuerpo y espíritu es una de las señales características por las que, hoy como ayer, se distingue a las Hijas de la Caridad; a esa Hija de la Caridad siempre al servicio de todos, porque se ha liberado de todo, aun de ella misma, por amor a Dios?

Una Hermana entregada a Dios por entero se reconoce:

  • por una sencillez especial en su aspecto y manera de expresarse, que le permite aparecer siempre tal y como es, sin timidez, ni deseo de llamar la atención, ni preocupación por pasar desapercibida;
  • por la acogida cordial y la disponibilidad espontánea ante las necesidades de los demás; por la manera de prestar o pedir un servicio sin imponerse;
  • porque vive pendiente de los demás, de sus preocupaciones, de su manera de pensar. Por su sentido de colaboración, su forma de trabajar en común totalmente desprendida de sus opiniones y sus intereses personales;
  • por su pronta obediencia, que resplandece tanto en su abandono confiado como en la aceptación de las tareas que se le encomiendan;
  • por un amor universal, que sabe individualizarse en cada uno de los que el Señor pone en su camino. Por esa especial delicadeza en los sentimientos y en el trato con los demás, propia de las almas castas, que hace sentir a todos los que se acercan a ellas como un anticipo del amor divino. No es ya el amor de una criatura, más o menos replegada sobre sí misma, sino la Caridad de Dios que pasa libremente a través de este alma entregada a El por completo.

Y es la universalidad de este amor lo que garantiza su autenticidad.

La Hermana, así vacía de sí misma y llena de Dios, se da a los demás y «sobreabunda de gozo»; esta alegría misteriosa revela la presencia de Dios en ella y la convierte así en testigo y signo de Dios.

«Señal característica de los bienes celestiales (los Religiosos), de esta manera, recuerdan a todos los cristianos aquel maravilloso matrimonio establecido por Dios, y que ha de revelarse totalmente en la vida futura, por el que la Iglesia tiene a Cristo por Esposo único.»

Un signo y a la vez ya una realidad: el Reino de Dios se esboza, comienza ya en la tierra, y todos trabajamos, cada uno según nuestra vocación en la Iglesia, en el advenimiento de este Reino. La santa unión de la Iglesia con su Esposo sólo alcanzará su plenitud en la eternidad; pero, aunque de manera imperfecta, se realiza ya en el tiempo principalmente por la unión de las almas consagradas con Cristo. En nosotras debe prefigurarse y cumplirse ya en la tierra el Amor de la Iglesia a su Esposo. Debemos vivir de tal forma nuestra castidad consagrada a Dios que revele a los Pobres (Pobres según el mundo, o Pobres según Dios) el gran misterio de la Salvación.

Mensaje muy sencillo, que todos podrán descifrar:

  • Dios ha hablado: Cristo nos ha rescatado del pecado y ha merecido para nosotros una eternidad bienaventurada de unión con Dios. Nosotras creemos su Palabra hasta el punto de entregarle nuestra vida.
  • Dios es incomparable: El solo basta a los que le aman. Su presencia es por sí sola la fuente de nuestra dicha; basta para colmar todos nuestros anhelos.
  • Dios es amor: Cristo ama a la Iglesia. Cada alma consagrada es una respuesta, no solamente simbólica, sino real, del amor de la Iglesia a su Esposo.
  • Dios ama a los hombres con amor incomparable. Se dio y continúa dándose por cada uno de ellos, y con predilección por los pequeños y los pobres.

Guardar castidad perfecta por amor a Dios no seca ni empequeñece el corazón; al contrario, abre sus puertas de par en par ante la inmensa necesídad de amor de la humanidad entera, es «un medio notable para la consagración fervorosa de los Religiosos al servicio de Dios y a las obras de Apostolado».

Mis queridas Hermanas, ojalá que nuestra libertad de espíritu, nuestra disponibilidad total y permanente ante las necesidades del prójimo y las exigencias del apostolado se conviertan en el signo revelador que proclama muy alto el amor exclusivo que reina en nuestro corazón.

Las consideraciones que acabamos de hacer nos descubren algo de la grandeza de los designios de Dios al invitarnos a la Castidad, las repercusiones que la Castidad tiene en la Iglesia, sus exigencias y su alcance apostólico.

Esta visión no deja lugar a la mediocridad. El camino que nos hemos comprometido a seguir no tiene otra salida legítima que la santidad; no nos engañemos respecto a esto y determinémonos a vivir lo que hemos prometido en toda su plenitud; es decir, a superar las exigencias obligatorias del voto para atender al óbjetivo que persigue: la transformación en Cristo.

Ser fieles al voto no supone únicamente la ausencia de faltas, cosa que se da por supuesta, sino responder plenamente al querer de Díos. Esto exige tener una visión muy clara de esta Voluntad divina, trabajar incesantemente en la conversión y recurrir de continuo a Dios, que concede lo que manda; en resumen: ver, querer, orar.

«Creer en la palabra del Señor», dice el Decreto. Este es siempre el primer paso en toda empresa espiritual: Hay que fijar el objetivo, «ver», y ver según Dios; como Dios ve; ver a la luz de la Fe. Que el Señor nos conceda la gracia de que en esta tarea de incesante conversión que constituye nuestra vida, veamos todo a la luz de la Fe, según el Evangelio, siguiendo el ejemplo que Cristo, nuestra Verdad, nos ha dado.

Esto es necesario de una manera especial en lo que a la virginidad consagrada se refiere. El mundo de hoy apenas si cree ya en su valor, la considera como una limitación de la personalidad humana y, sin embargo, cuando la encuentra le concede paradójicamente una admiración instintiva. Frente a corrientes del pensamiento tales, que pretendían se revisase la cuestión del celibato de los Sacerdotes, saboreemos gozosamente la firmeza que muestran en este punto los documentos conciliares y basemos nuestra fe y nuestra confianza en las enseñanzas de Cristo y de su Iglesia.

Tengamos la seguridad de que el amor exclusivo a Cristo lleva consigo una plenitud de dicha como el mundo no puede ni siquiera sospechar, una inmensa capacidad para darse a los demás, una irradiación evangélica cuyo alcance es difícil precisar. Y si, a veces, algunas vidas consagradas parece que se marchitan en una especie de insatisfacción; si parecen confinadas en un estrecho círculo de preocupaciones egoístas, se quedan estériles, incapaces de llevar el divino mensaje, es que se han detenido a mitad de camino del don de sí o que han tenido de él una idea equivocada: en suma, que el amor a Cristo no ocupa aún en ellas el primer lugar.

Hagamos más firme nuestra confianza en Dios y busquemos en él la recta apreciación de todas las cosas, anclemos firmemente en El nuestra voluntad. A través de todas las circunstancias hemos de profesar a Cristo, con fidelidad creciente, un amor de preferencia.

Nuestra vida de Hijas de la Caridad en medio del mundo y al servicio de toda clase de gentes no deja de tener sus riesgos. Nuestros fundadores necesitaron una santa audacia para lanzar a nuestras primeras Hermanas en medio de peligros que, en su época, parecían incompatibles con la consagración religiosa: las calles, posadas, galeras, campos de batalla. Audacia que justificaban la caridad y la confianza en Dios, pero que iba acompañada de la prudencia y la oración. Nosotras debemos mantenernos fielmente en la misma línea de conducta.

Esto supone una ascesis de vida. No hay fidelidad posible sin un perfecto señorío de la mente, del corazón y del cuerpo. La ascesis del espíritu implica una parte positiva: humildad y oración; fidelidad a los dictámenes de la Fe en la búsqueda de la verdad; y una parte negativa: renunciamiento a todo lo que pudiese mancillar o falsear nuestro pensamiento. Que la fe nos ayude a mantenernos sin cesar ante Dios en esa fundamental disposición de pobreza de espíritu que es la humildad, y en esa actitud de esperanza que cristaliza en la oración para obtener el «don eminente de la gracia que es la Castidad». Oremos y mantengámonos vigilantes para reprimir toda curiosidad intelectual reprensible: lecturas, conversaciones, estudios superfluos, etc. ¡Qué delicadeza tan exquisita debemos tener! Pero dentro de una santa libertad, sabiendo distinguir lo que no sería más que vana complacencia u orgullo sutil, de lo que resulta útil o necesario para nuestro oficio o para comprender mejor a la gente de nuestra época. Corresponde a la obediencia regular el contenido y la amplitud de nuestra formación y de la información que necesitamos para nuestra vida apostólica.

La doctrina común a todos los Maestros de la vida espiritual, de cualquier época que sean, doctrina que recogen con insistencia los Soberanos Pontífices y los recientes documentos conciliares, nos enseña la importancia de la mortificación en toda vida religiosa, con vistas especialmente a la Castidad: «practicar la mortificación y la guarda de los sentidos», nos dice el Decreto. Tengamos el valor de aceptar plenamente la doctrina de la Iglesia en este punto, tan poco comprendida en nuestros días bajo pretexto de expansión de la personalidad humana. Disciplinemos nuestro cuerpo y todas sus exigencias a fin de que esté siempre dispuesto al servicio de Dios y de nuestros hermanos; más aún, mediante la mortificación debemos conseguir que el amor a nosotras mismas, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, ceda el paso al amor a Dios. Debemos habituarnos a «ceder ante Dios»; a demostrar, contrariándonos a nosotras mismas, que le preferimos siempre. Aunque en nuestro tiempo no son de temer excesos en este terreno, conviene repetir una vez más que para hacer mortificaciones extraordinarias hay que pedir permiso a N. M. H. Padre o al Padre Director General o Provincial. Se dejan a nuestra discreción y fervor las mortificaciones ordinarias; a cada una corresponde ingeniarse para practicarlas y ofrecerlas al Señor: se impone un esfuerzo en este punto.

Podemos convertir en mortificaciones algunos renunciamientos que impone la prudencia y que, en cierto sentido, vienen a actualizar nuestras Santas Reglas, ya que cada época aporta a nuestro género de vida su contingente de peligros peculiares. No es inútil recordar que está prohibido que las Hermanas hagan «autostop», así como que admitan «autostopistas» en sus vehículos, y yo añado que, aparte de los circuitos ordinarios de trabajo o de sitios muy concurridos, una Hermana no debe ir sola en automóvil por la carretera. Una gran prudencia debe regular también todas las demás circunstancias de nuestra vida.

Ascesis del espíritu, mortificación de los sentidos, prudencia. Pero también ascesis del corazón; ¡cuán delicada es la guarda de un corazón consagrado a Dios! Parece superflua toda explicación en este sentido. ¿Acaso no es el mismo Dios el guía de aquellas que se han consagrado a Él, y no es Él quien les va descubriendo poco a poco toda la extensión de sus exigencias, conduciendo a cada una según su ritmo personal? En este camino del amor, cada ofrenda que se hace, se ve recompensada por un nuevo llamamiento; feliz la Hermana que comprende la divina intransigencia y no le fija límites dejándola sin respuesta. Sabrá evitar la rapiña en el holocausto, las satisfacciones de la vanidad y de amor propio, y lo que se ha convenido en llamar las compensaciones afectivas: apegos egoístas a una compañera, a una niña, a un enfermo…; que, aun siendo superficiales, apartan a Dios, destruyen el equilibrio de la vida, falsean el testimonio religioso de la castidad y contristan al Espíritu Santo. Estemos atentas a la voz de este Espíritu de Amor.

¿Qué decir entonces de la amistad? ¿Es incompatible con la consagración? Por el contrario, podemos decir que la amistad verdadera es fruto de la verdadera castidad; las amistades más bellas son las que nacen entre personas consagradas a Dios y cuyo lazo es Dios. Solamente esos corazones son suficientemente libres para amar en el verdadero sentido de la palabra, sin egoísmos y sin limitaciones; se reconocen estas amistades en que son el punto de partida de un avance en la línea de la caridad fraterna y un fermento de unión en la Comunidad. Toda amistad que aisla o divide los espíritus es imperfecta y lamentable.

Esto mismo es lo que sugiere el siguiente texto:

«La castidad se guarda con más delicadeza cuando entre los sujetos que hacen vida común reina una verdadera caridad fraterna.» Nuestras pequeñas Comunidades debían ser esos focos de caridad en los que cada Hermana se siente responsable de personalizar para cada una de sus compañeras y para toda la Casa el amor a Cristo que las une a todas. Existe el misterio de la caridad fraterna íntimamente vinculada al misterio de la Virginidad y cuya comprensión e inteligencia hay que pedir con instancia al Espíritu de Amor.

Porque —jamás lo repetiremos bastante— el misterio de la Castidad consagrada es el misterio de la perfecta caridad. La castidad florece en la caridad.

Toda vigilancia, toda prudencia, toda ascesis, no son sino el brote incesante y espontáneo de una vida de intimidad con Cristo.

Miremos al más perfecto modelo que pudiéramos encontrar en la tierra, la Única que fue perfectamente pura, porque fue la Única que se entregó por completo a Dios: la Virgen María, Nuestra Madre.

Inmaculada en su Concepción por un privilegio inaudito de la Gracia, no dejó, sin embargo, de crecer en amor y en pureza; lo que se transformó en Ella no fue su integridad —que fue absoluta desde el primer instante de su existencia—, sino la intensidad del amor que animaba a su pureza virginal. La vida de la Virgen transcurrió en la intimidad con Cristo. Lo que constituye la fuerza, la dulzura, la riqueza religiosa de nuestra castidad, es el trato ininterrumpido con Cristo; una vida de unión personal e íntima con El.

Para obtener esta gracia, unámonos fervorosamente a la admirable oración que brotó del corazón de Santa Luisa de Marillac para poner a sus hijas bajo la protección de la Reina de las Vírgenes:

Santísima Virgen: creo y confieso tu santa e Inmaculada Concepción, pura y sin mancha. ¡Oh, Purísima Virgen! Por tu pureza virginal, tu Inmaculada Concepción y tu gloriosa cualidad de Madre de Dios, alcánzame de tu amado Hijo la humildad, la caridad, una gran pureza de corazón, cuerpo y espíritu la santa perseverancia en mi amada vocación, el don de oración, una santa vida y una buena muerte.

Que Nuestra Madre Inmaculada nos guarde y aumente en nosotras, a su ejemplo, el ardiente amor a su Hijo.

Encomendémosle también las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre, que dirige en el espíritu de San Vicente a la doble familia que le está confiada, así como las de Nuestro Respetable Padre Jamet, Director General, y las de Nuestro Venerado Padre Castelin, sin olvidar a los celosos misioneros que con tanta abnegación buscan el bien de nuestras almas y de nuestras obras.

Unida a Nuestras Veneradas Madres Lepicard y Blanchot, a Nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les reitero la seguridad de mi solicitud maternal y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su humilde y afectísima,

Sor Susana Guillemin,
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

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