Susana Guillemin: Circular sobre los votos, 1965

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Autor: Susana Guillemin, H.C. .
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París, 2 de febrero de 1965

Mis carísimas Hermanas.

¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!

Con profunda alegría acabo de presentar a Nuestro Muy Honorable Padre la petición de todas sus hijas, que desean volver a anudar los lazos que las unen al Señor. Apoyada con todo lo que me han manifestado en sus cartas, he podido expresarle el fervor, los deseos y el sincero propósito que abrigan ustedes de trabajar para llegar a ser, más auténticamente cada vez, «Hijas de la Caridad, Siervas de los Pobres enfermos». He podido decirle que la mayor parte de ustedes, animadas de un sincero fervor, están dispuestas a todos los sacrificios para hacer realidad, mediante una «conversión» personal auténtica, la Renovación que el Concilio exige a todos los miembros de la Iglesia. Y, dado que los Votos que hemos hecho al Señor, vividos intensamente, constituyen el primer paso en el camino de esta Renovación, Nuestro Muy Honorable Padre nos concede paternalmente la gracia de renovarlos en la festividad de la Anunciación de la Santísima Virgen, y nos anima vivamente a que pongamos mayor y más fervorosa atención en la preparación próxima para este importantísimo acto.

Comprendamos mejor los Santos Votos, a fin de vivirlos mejor.

Tenemos costumbre de pedir la Renovación de los Santos Votos al representante y sucesor de San Vicente el día 2 de febrero. En este día se clausura en la Iglesia el ciclo litúrgico, en que se conmemoraron, en torno a la Noche Santa de Navidad, los divinos misterios de la infancia de Jesús. Navidad, fiesta y misterio de Pobreza: «el Pesebre es el trono de la Santa Pobreza», decía nuestra Madre, Santa Luisa. En efecto, ¿qué hubo de extraordinario en el nacimiento del Hijo de Dios, si se exceptúa el milagro oculto de su concepción virginal? Nada, sino una extraordinaria pobreza; el primer mensaje, fue el de la pobreza. Parece como si no encontrase nada más urgente que decir, nada más importante que enseriar. Y cuando, después de treinta años de vida pobre y oculta, suba al monte de las Bienaventuranzas a anunciar su Evangelio, proclamará antes que nada la Bienaventuranza de la Pobreza. «No hay un punto por el que el Hijo de Dios haya mostrado mayor preferencia en todas las etapas de su vida que el de la Pobreza», hace notar San Vicente a nuestras primeras Hermanas. E inmediatamente las invita a asemejársele en ello: «Cuando podáis imitarle en esto, consideraos dichosas.»

Observemos también que el Voto de Pobreza encierra en cierto modo los de Castidad y Obediencia; se anuncia siempre en primer lugar y se considera universalmente como el fundamento de la vida religiosa. Además, implica y lleva inherente un amor de preferencia hacia los pobres, amor que florece para nosotras en un cuarto voto: el del Servicio corporal y espiritual de los Pobres.

Hablaremos, pues, este año de la Pobreza. La urgencia del tema, tantas veces subrayado en el Concilio, no me ha dejado la menor duda en la elección del mismo. Y, sin embargo, desde el momento en que empecé a meditar en él antes de tratarlo, me invadió un gran temor, una especie de angustia. Porque, ¿cómo hablar sin temeridad de la Pobreza, cuando no se es verdaderamente pobre? Y ¿cómo osar creerse pobre ante Dios cuando la más ligera reflexión pone de manifiesto implacablemente las incontables deficiencias que en este punto obstaculizan el Reino de Dios?

¿Cómo no temblar pensando que es cuestión de vida o muerte para la Compañía, puesto que Nuestro Bienaventurado Padre nos dice: «Si guardáis esta Regla y amáis la Pobreza, Dios bendecirá la Compañía; mas si no la observáis, os aseguro que es muy difícil, por no decir imposible, que perdure»?

En la pobreza material encontraremos la alegría; la pobreza real encenderá en nosotras la llama del fervor; el espíritu de pobreza nos hará encontrar la solución de tantos y tantos problemas como nos inquietan. Todo el porvenir de la Pequeña Compañía depende de la forma en que comprenda y viva el misterio de la Pobreza.

A todas y cada una de nosotras incumbe la misión y la responsabilidad de hacer que la Comunidad entera avance por la vía de la Pobreza. Ninguna puede considerarse sin importancia o sin influencia en este aspecto; la actitud de cada una de las Hermanas repercute en la Comunidad entera y contribuye a hacerla evolucionar en uno u otro sentido. Por ello, estas líneas se dirigen a cada una de ustedes en particular, y al iniciar con ustedes esta meditación, invito a cada una también a que implore la gracia divina, elevando a Dios la oración del publicano, oración perfecta del Pobre: «Señor, ten piedad de mí, porque soy pecador.»

«Honrarán la pobreza de Nuestro Señor», leemos en nuestras Santas Reglas, «contentándose con tener las pocas cosas que necesitan sencillamente y según el uso de su Comunidad, considerando que son siervas de los Pobres y que, por consiguiente, deben vivir pobremente.»

«Honrarán la Pobreza de Nuestro Señor…» Todo está dicho en esta breve frase que leemos todos los meses, sin prestarle quizá toda la atención que merece: «Oh, Salvador mío», decía San Vicente, «¿quién desearía ser rico cuando el Hijo de Dios ha querido ser pobre?»

El amor a la Pobreza, la inteligencia de la Pobreza, sentir su atractivo y poseer la fortaleza necesaria para practicarla, sólo puede venirnos de la contemplación de Cristo Pobre. De esta meditación constante es de donde brotó el extraordinario amor que nuestros Santos Fundadores profesaron a la Pobreza y a los pobres. Imitémosles, considerando a menudo y repetidamente en la oración el estado de Pobreza en el que Nuestro Señor y su Madre Santísima quisieron permanecer durante su vida terrestre. Meditemos también en la Pobreza de aquellos cuyas Siervas nos llamamos y que son la prolongación de Cristo en la tierra: los Pobres. Esta doble consideración nos hará comprender la verdad que encierra esta otra frase: «Es justo que las Hijas de la Caridad vivan pobremente.»

Vivir pobremente

Es nuestra primera obligación, impuesta a la vez por el amor a Cristo, las Santas Reglas y el Voto que hemos hecho. Y debemos examinarnos con frecuencia para comprobar si es realmente indiscutible que vivimos pobremente, es decir, «como vive una persona pobre». En nuestros días, en que tanto se insiste en la pobreza de espíritu, se corre el riesgo de olvidar a veces un poco la pobreza efectiva.

Vivir como un pobre significa en primer lugar no poseer nada y, por lo tanto, no poder proporcionarse nada uno mismo, tener que pedirlo todo. El pobre ve restringida su independencia como consecuencia de la pobreza; tiene que pedir y esperar y, con frecuencia, sufrir algunas incomodidades. Está en situación de dependencia. La forma en que nosotras hemos de practicar la pobreza es la dependencia, y su salvaguarda es la obligación que tenemos de pedir permiso para ejecutar un acto de propiedad de cualquier clase que sea. Demos al acto de pedir un permiso todo su profundo sentido, y no lo convirtamos en una simple formalidad rutinaria y de tipo reglamentario, que se limita a sancionar la decisión que ya habíamos tomado interiormente; por el contrario, pongámonos en disposición de aceptar que se nos conceda o rehúse lo que pedimos Manifestar descontento ante una negativa, ¿no es indicio de que seguimos considerándonos propietarias?

Es cierto que la importancia de determinados oficios obliga a conceder a las Hermanas permisos bastante amplios, que les permitan responder cumplidamente a sus deberes. Pero en la base de todo acto de propiedad debe encontrarse un permiso, permiso que, expreso o tácito, debe informar la decisión de toda Hermana que vaya a hacer un acto de propiedad. Y esto no se refiere solamente a las compañeras, sino también a las Hermanas Sirvientes, a las Visitadoras y a mí misma, dentro de los límites de los poderes concedidos por Nuestro Venerado Superior General, en cuyas manos hemos depositado nuestro Voto de Pobreza.

Guardémonos muy bien del instinto de propiedad, tan profundamente arraigado en la humana naturaleza, y que constituye una de las grandes tentaciones de la edad madura y de la vejez más aún que de la juventud; cultivemos en nosotras las disposiciones habituales en los pobres, quienes, al no poseer nada, de nada pueden disponer más que según la voluntad de aquellos de quienes dependen.

«No pedir ni rehusar cosa alguna de la tierra.» Considerar «que las siervas de los pobres no han de ser mejor tratadas que sus amos y que es para ellas una gran dicha el poder sufrir alguna cosa por amor de Dios».

Estas prescripciones de nuestras Santas Reglas sitúan nuestra pobreza en el plano del renunciamiento. Y quizá convenga insistir sobre este punto en una época en que no gozan de mucho favor el renunciamiento y la mortificación. Pero nuestra pobreza, sin embargo, no consiste en la miseria, sino en la moderación. Consiste en contentarnos con lo necesario, en aceptar con indiferencia tanto lo que nos agrada como lo que no nos gusta, y esto es lo mismo si se trata de comidas, que de ropa o de trabajo; consiste en «cubrir las pequeñas necesidades, según el uso de la Comunidad». Este mismo programa de pobreza, tan sencillo en apariencia y tan arduo en realidad, lo encontramos también en los consejos del actual Soberano Pontífice: «Los religiosos deben contentarse con lo puramente necesario, y deben huir de las comodidades y exquisiteces que enervan el vigor de la vida religiosa.»

Vigilemos cuidadosamente estos puntos en que tal vez pueda comprobarse un cierto relajamiento. ¿No hay muchas cosas que consideramos necesarias para nuestro bienestar o para nuestro oficio, y de las que, sin embargo, podríamos prescindir? Y si basta con una cosa, ¿para qué tener dos? Y si hay objetos que resultan sólidos y prácticos con materiales corrientes, ¿por qué poseerlos de material de lujo? Es difícil, indudablemente distinguir siempre con exactitud lo necesario de lo simplemente útil, y precisamente en estas ocasiones dudosas es cuando cada una decidirá según las inclinaciones de su corazón. Que el amor de Cristo Pobre nos ilumine entonces y nos incline al renunciamiento.

No practicamos nuestros Votos de una manera individual, sino que los vivimos en Comunidad y en Iglesia. Por esto nuestra pobreza ser una pobreza fraternal, que nos induzca a «ponerlo todo en común, como hacían los primeros cristianos», a «procurar la uniformidad que conserva la unión» y a conformarnos con la manera de vivir de los pobres, «pues no es razonable que las siervas sean mejor tratadas que sus amos». r

La semejanza de vida entre unas y otras es la primera exigencia de esta pobreza fraternal, que no tolera diferencias entre Hermanas. Esperarlo todo de la Comunidad, y no aceptar nada de fuera es su consecuencia inmediata. Cualquiera que sea el valor de los bienes familiares que poseamos, recordemos que las rentas no pueden emplearse más que en «obras pías», y de ningún modo podemos utilizarlas en satisfacer nuestras necesidades personales. Las Hermanas Sirvientes deben proveer a todas las necesidades de sus compañeras, y no consentir jamás que las satisfagan con dinero personal. Igualmente puede decirse de cualquier otro gasto, como por ejemplo los de un viaje que se hace para visitar a la familia en los casos permitidos. La fortuna de una Hermana no puede ni debe proporcionarle ninguna facilidad suplementaria; de igual forma que la carencia de recursos personales no debe constituir ningún obstáculo.

Y lo que decimos de los bienes personales debe aplicarse a los recursos del oficio. El hecho de dirigir un oficio no implica, para la Hermana que lo dirige, ningún derecho a disponer de los fondos que de él provienen para sus necesidades personales, ni siquiera para destinarlos a tal o cual obra. Hoy, en que las condiciones de vida obligan a dar a las Hermanas responsables de un oficio permisos muy amplios, han de poseer éstas una gran delicadeza de conciencia para vivir en el desprendimiento que la Pobreza exige. Sí después del balance queda un remanente, debe constar en las cuentas y hay que entregarlo a la Hermana Sirviente, quien dispondrá de ello de acuerdo con la equidad y la caridad, bajo el control de la Visitadora, y cuidará de que el oficio de donde provienen los recursos cuente con lo necesario, a la vez que procurará satisfacer en la medida de lo posible las necesidades de los demás, tendiendo siempre a que reine una cierta igualdad. Claro está que nos referimos aquí a los beneficios obtenidos en las obras que sólo dependen de la Comunidad.

La Pobreza vivida fraternalmente debe unirnos también a los pobres. El sentimiento de equidad y de fraternidad en Cristo nos invita a hacernos semejantes a Cristo, que sufre en nuestros hermanos. Debemos tener siempre presente el recuerdo de los más pobres, bien se trate de nuestras Casas necesitadas (y ¡qué numerosas son en Misiones y en otras partes!), o bien de tantos y tantos hombres que sufren privaciones, para animarnos a «administrar bien el dinero y demás efectos» que se nos han confiado. En nuestros días, la riqueza de un hombre se calcula, más que por la fortuna que posee, por «su poder de adquisición». Por el Voto de Pobreza renunciamos a la libertad en lo que a ese poder de adquisición se refiere: no tenemos derecho ni a lujo, ni a caprichos, ni a lo superfluo. «Es preciso que las Comunidades, dice Karl Rahner, muestren al mundo, den testimonio ante el mundo, de una ascesis en los gastos, por la que las Religiosas renuncian con profunda alegría a mil posibilidades de gastar». ¿No habría que revisar algunas costumbres que se han establecido y que no están de acuerdo con las prescripciones primitivas: como regalos personales u otros demasiado caros o demasiado frecuentes, a la Hermana Sirviente, a las compañeras, a los externos? Y tantas otras cosas que convendría revisar lealmente en familia, con motivo de la encuesta sobre el consuetudinario, que se enviará en fecha próxima a todas las Casas.

Recordemos lo que decía San Vicente a nuestras primeras Hermanas: «Sólo tenéis derecho a lo necesario para vivir y vestiros; lo demás pertenece a los Pobres.»

Dar testimonio de pobreza

Dar en el mundo testimonio de la Pobreza de Cristo. Hacer visible a la Iglesia «Sierva y Pobre». «Los Religiosos, dice el Santo Padre, deben resplandecer delante de todos por el ejemplo de la verdadera pobreza.»

No basta para conseguirlo que cumplamos personal y privadamente nuestro Voto; para que nuestra Pobreza sirva de signo de Dios en el mundo (y debe serlo), ha de manifestarse como un hecho comunitario que todos puedan reconocer fácilmente. Y aquí es donde tropezamos con la mayor dificultad, la misma que sirve de acicate a la Iglesia en el Concilio; la que ha inspirado al Papa varios gestos solemnes; la que atormenta día y noche a muchas de nosotras que sentimos punzantemente la importancia del problema; la que es el objeto constante de nuestro estudio y de nuestras plegarias.

Acudamos de nuevo a la doctrina del Soberano Pontífice, en la «Ecclesiam suam»: «Consideramos el sentido de la pobreza tan necesario para explicarnos tantas debilidades y tantas desdichas del pasado, y para enseñarnos el estilo de vida que hay que llevar y la mejor manera de anunciar a las almas la Religión de Cristo; sabemos que es tan difícil de practicar como es debido…» Sí, es difícil descubrir en qué consiste la pobreza auténticamente apostólica, y más difícil aún vivirla, una vez descubierta.

Sería relativamente fácil y tranquilizador para la conciencia tomar una decisión extrema y adoptar un estilo de vida que alardeara de pobreza, y que quizá se fundamentara más en un cierto conformismo con la opinión moderna y en un orgullo inconsciente, que en el humilde fervor apostólico. Pero no olvidemos que, aunque no esté excluido de nuestros deseos el tomar posiciones valientes, éstas han de ser siempre fruto de la oración y de la humildad.

Esta actitud interior de oración humilde debe guiarnos al buscar el estilo adecuado de pobreza, que ha de ajustarse siempre a algunas normas generales que conviene recordar de vez en cuando.

Dejar siempre un margen a la mortificación al hacer las instalaciones necesarias (de higiene u otras), al utilizar medios de acción costosos, en todos los detalles de la organización de nuestra vida. La pobreza ha de llevar consigo, necesariamente, alguna molestia. Las Hermanas Sirvientes, bajo la dirección de las Visitadoras, son las que deben juzgar qué es lo que se debe hacer razonablemente para que las Hermanas puedan mantenerse en estado de responder a las obligaciones que lleva consigo la vida de caridad, a menudo tan agotadora, pero conservando el margen debido a la pobreza-mortificación. Un ejemplo lo hará comprender mejor: hay ocasiones en que es necesario instalar un lavabo, sin que por eso haya que poner agua caliente.

Tener sumo cuidado de no aprovecharse de las facilidades de vida que sólo existen en’ función de las obras. Todo el mundo debe darse cuenta, por ejemplo, que si en la casa hay un auto para el mejor servicio de los pobres, no se emplea para idas y venidas más o menos caprichosas. Los desplazamientos, viajes, peregrinaciones, etc., deben estár motivados por la caridad y no por el gusto de una Hermana. Cuidado, sobre todo, con las desviaciones de esta índole que puedan ocurrir en las colonias de vacaciones.

Mantener una diferencia claramente ostensible entre los locales de la Comunidad y los destinados a las Obras.

Es justo, y deseable a la vez, que los servicios de un Hospital, las salas de un Dispensario, los locales de una guardería o de un colegio, estén concebidos de manera que produzcan una impresión acogedora y grata á los que recibirnos en ellos, al mismo tiempo que sirven de apoyo a una acción educadora; es necesario, es un deber, que no podemos olvidar. Pero, sin embargo, hemos de tener mucho cuidado para no sacar de su ambiente a nuestros clientes; una diferencia demasiado marcada con un medio de vida habitual, en lugar de agradarles, les cohíbe y no les deja sentirse a gusto.

No podemos dar una regla exacta para esto; pero hay que tener siempre presente que la disposición, ornato, etc., de los locales no se debe hacer en función de la Hermana y de su gusto personal, sino en función de los que son «nuestros Amos y Señores». El corazón por un lado y la fe por otro nos hará comprender sus verdaderas necesidades; es necesario aquel sentido del Pobre que poseían en tan alto grado nuestros Santos Fundadores.

En cuanto a las habitaciones destinadas a la Comunidad, deben seguir siendo sobrias y sencillas, sin rebuscamientos de ninguna clase, ni en el color ni en la forma de los muebles, ni en adornos inútiles. Nada de multiplicar imágenes y cuadros piadosos. Bastan los retratos de los Santos Fundadores.

Que el Crucifijo y la imagen de la Virgen sean bellas e inviten a la oración. Y que siempre se mantenga en nuestras casas un cierto aspecto de pobreza y sobriedad que el orden y la limpieza harán destacar más. Indudablemente, no siempre podremos rehusar los establecimientos que nos parecen demasiado elegantes o de apariencia lujosa. Pero siempre que se trate de construir, de amueblar, de hacer instalaciones, aseguremos la pobreza para el futuro.

Nuestra Santa Madre, que tanto vigilaba este punto, escribía acerca de una ampliación en la primitiva Casa Madre: «Es necesario que se le dé un estilo humilde y sencillo, lo menos recargado posible… La Compañía necesita para subsistir aparecer en todas las cosas pobre y humilde.» Y más adelante: «Si nos fuera posible encontrar piedras ya ennegrecidas para construir, sería menester emplearlas para que no pareciera una casa nueva.»

En las Casas que dependen de una Administración sepamos rehusar todo embellecimiento de locales y fantasías en el mobiliario y en las instalaciones, que les impedirían conservar un cierto sello de austeridad. Tenemos que hacer ver que el lujo que reina por todas partes no ha penetrado en la Comunidad. En cualquier circunstancia, incluso en las Casas que pertenecen a la Compañía, hemos de tender siempre a disociar la Comunidad de las obras; a referir a los beneficiarios la Institución y los bienes que forzosamente representa, y a situar a la Comunidad en un plano de servicio y no de posesión. Esto exige un renunciamiento de todos los instantes; una lealtad perfecta y una claridad evidente en las cuentas y en la administración de cada día.

Procuremos hacernos semejantes a los pobres. Esta directiva se encuentra a cada paso en las enseñanzas de San Vicente y de Santa Luisa, y es la que debe regular la apreciación de nuestra pobreza exterior (de una manera prudente, como lo hicieron ellos mismos, sin exageración y sin debilidad). Esta sabiduría de nuestros Santos Fundadores, una vez más, está de acuerdo con la voz actual de la Iglesia. «Que (los Religiosos) tengan en cuenta —nos dice Pablo VI— la condición social de las personas que viven en su derredor.» Es decir, que el estilo de vida y el nivel de pobreza exterior variarán forzosamente, según las circunstancias y los países, aun en el interior de la Compañía, porque ésta se encuentra de hecho en situaciones muy diversas. Sin embargo, que nuestro corazón se incline siempre del lado de los pobres y de la pobreza.

Ser pobres

Quizá se despierta en nosotras un cierto temor al descubrir la extensión de la pobreza que hemos abrazado por amor a Jesucristo: ¿Cómo responder a una exigencia cuya profundidad no habíamos sondeado y cuyos contornos no distinguimos bien todavía? Nos damos cuenta cada vez con mayor claridad que las prácticas y hábitos de pobreza que brotan de nuestra buena voluntad quedan muy por debajo de las exigencias divinas. Dios no nos pide solamente que practiquemos la pobreza, que vivamos de acuerdo con sus exigencias; nos quiere pobres ante su presencia: «Bienaventurados los pobres de espíritu.»

¿Sabemos acaso lo que es «ser pobre»? Sin darnos cuenta de ello, somos ricas de muchas cosas, vivimos en la ilusión y sobre ésta fundamentamos nuestra seguridad, a despecho de las afirmaciones que hacemos en contrario: ricas de nuestra salud y de nuestro equilibrio humano; ricas de dones naturales, de experiencia o de conocimientos adquiridos, aun cuando no sean muchos; ricas de relaciones, de influencia, de la importancia y del renombre de la Compañía, y ricas incluso de recursos espirituales. Mientras nuestra fuerza y nuestra esperanza se basen en estos valores personales, no somos pobres «de espíritu», y frente al hecho cotidiano, nuestras reacciones no dan el sentido justo de la pobreza. Hay que comprender la profundidad de la pobreza, hay que haber valorado la nada de todo, y estar desprendido de todo, para responder en toda circunstancia de acuerdo con la pobreza.

Hay que hacerse pobres y mantenerse pobres ante Dios. Esa es, sencillamente, la actitud fundamental ante su Creador.

Hacernos pobres es establecernos en nuestra verdadera posición frente a Dios. Consiste, ante todo en reconocer en la verdad y la humildad lo que somos: nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestra miseria y, sobre todo, la absoluta dependencia en que nos encontramos con respecto a El. Pero consiste también en descubrir al mismo tiempo, en la alabanza y en la adoración, su Soberano Dominio, la omnipotencia y bondad de su Providencia, su inefable misericordia y su paternidad con respecto a nosotros. En una palabra, la pobreza consiste en reconocer que Él lo es todo y que nosotros no somos nada. Para llegar a un tal conocimiento no basta la razón; hace falta la ayuda de una oración humilde y constante para implorar el don de Dios en la fe. Y precisamente, cuanto más nos ilumine la fe, más lograremos penetrar en la profundidad de nuestra nada, y cuanto más nos abismemos en nuestra pobreza más nos inundará la fe con los esplendores de la más pura alegría.

Entonces aprenderemos a esperarlo todo de Dios, en la actitud de un verdadero pobre.

San Vicente decía a sus hijas: «Hay que saber anteponer la Providencia Divina a la prudencia humana»; y Pablo VI dice: «Nuestra seguridad se apoyará en la ayuda de Dios y en las riquezas espirituales más que en los medios humanos.» Sin despreciar estos medios humanos que constituyen nuestra contribución obligatoria a la obra de Dios, encontraremos ante todo nuestra seguridad en la esperanza, virtud teologal. En esto estriba el secreto de la paz de los santos.

Vivimos en un siglo en el que los conocimientos y el poder del hombre aumentan de día en día, infundiéndole una orgullosa confianza en sí mismo; y corremos el peligro de contagiarnos de este espíritu, que nos llevaría a poner nuestra esperanza en la ciencia y en los nuevos métodos, para servir a los Pobres, para el desarrollo de nuestras obras, para reclutar vocaciones, para renovar la Compañía e incluso para extender el Reino de Dios. Lejos de mí el pensamiento de condenar el que se utilicen los medios que el progreso modemo pone a nuestra disposición; adquirir el conocimiento de tales medios y servirse de ellos es un deber puesto que forman parte de unas circunstancias providenciales que hay que recibir como venidas de Dios. Pero nuestra esperanza está ante todo en Aquel que preside no sólo los destinos del mundo, sino también la ascensión de cada alma hacia El, y que prevé las menores circunstancias con la ternura de un Padre. En cuanto a nosotras, actuemos de tal forma que nuestros planes y toda nuestra pretendida prudencia humana estén siempre prontos a eclipsarse ante la palabra del Señor: «Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de los Cielos.» Y que nuestra conducta sostenga y revele la actitud profunda de nuestra alma y la fuente verdadera de nuestra esperanza, al dar la preferencia sobre los demás medios, a los medios espirituales, que implican como condición esencial una auténtica pobreza.

Sólo el alma pobre, que pone en Dios toda su esperanza, sabrá aceptar un criterio contrario al suyo, ver cómo fracasa un proyecto cuidadosamente planeado y estudiado, desaparecer cuando las circunstancias la relegan a la sombra, sin perder por ello la paz y la alegría, pues no olvida que el Señor cumple su obra precisamente a través de nuestros errores y de nuestros fracasos.

Entrar en las miras de Dios, que nos lleva hacia la caridad por la vía de la pobreza

Durante esta vida jamás podremos darnos el testimonio de ser verdaderamente pobres ante Dios. Nos hallamos ligadas a la tierra por tantos lazos naturales, tenemos nuestro espíritu ofuscado de tal forma por las influencias del ambiente, que inconscientemente nos apegamos a cuanto nos rodea e instintivamente ponemos nuestra confianza en nosotras mismas

La pobreza es una penosa y larga conquista que hemos de estar siempre en disposición de emprender, de proseguir y de comenzar de nuevo. No se trata de «ser pobre» de una vez para siempre, sino de «hacerse pobre» a cada instante, es decir, responder como pobre a la voz de Dios, que nos habla por las circunstancias del momento. Este trabajo sobrepasa nuestras fuerzas y sólo puede ser obra de Dios en nosotras; secundemos, por tanto, la acción divina, reconozcamos en los acontecimientos de nuestra vida los llamamientos del Señor y esforcémonos por responder a ellos. Acojamos de buen grado su acción purificadora, sean cuales fueren sus exigencias: pongámonos en la disposición de seguir a Dios en la alegría hasta el fín.

La principal tarea en la obra de nuestra santificación consiste en hacernos pobres, para que la caridad nos invada: en la medida en que se agrande en nosotros el abismo de la pobreza, crecerá la caridad, y se hará Dios presente en nosotras. Si en algunas ocasiones buscásemos la razón última por la que nuestra oración es tan árida y la presencia de Dios es tan lejana, tal vez hallaríamos la respuesta en esto: que por estar repleta nuestra alma de los bienes terrenales, Dios no encuentra lugar en ella Desprendámonos, pues, y poseeremos a Dios.

Dichosas, bienaventuradas aquellas de nuestras Casas en las que la Hermana Sirviente y las compañeras se ayudan y se animan mutuamente en este anhelo de pobreza. Dichosa la Compañía toda entera, si cada una de nosotras, en esta Renovación de 1965, se afianza en la resolución de llegar a ser pobre.

Nuestra Santa Madre decía: «Siempre he pensado que la dicha de la Compañía radica en la Pobreza»; y San Vicente afirmaba: «La Pobreza es la base y el fundamento que la sostiene.» Que nuestros Santos Fundadores, que tuvieron una tan profunda inteligencia de la Pobreza, y que nos legaron tan perfectos ejemplos de ella, se dignen guiar la búsqueda y los esfuerzos de sus Hijas. Que se dignen obtenernos, a ustedes y a mí juntamente, mis carísimas Hermanas, la gracia de que la Compañía adelante en el espíritu y en la práctica de la Pobreza: «preferir la pobreza a la riqueza, los pobres a los ricos, y la Providencia Divina a la prudencia humana» (San Vicente).

«Pidamos todos a Dios este espíritu: que nos desprenda de los bienes de la tierra para unirnos a El… ¡Oh amable Salvador, dadnos este espíritu! Os lo suplicamos por Vos mismo: otorgadnos este espíritu que hará que no busquemos sino a Vos… Es vuestro, de Vos depende… concedédnoslo, pues; os lo pedimos con toda humildad» (San Vicente).

Que nuestra oración, mis carísimas Hermanas, se enfervorice con tales acentos para pedir a María, la Virgen Pobre y humilde por excelencia, que guíe en el sentido de la pobreza y de la humildad los trabajos de nuestras reuniones de mayo. Pidámosle que obtenga para esta Asamblea la asistencia especial del Espíritu Santo, junto con la abundancia de sus dones, para que, iluminadas por El, podamos discernir lo que Dios espera hoy de las Hijas de la Caridad, y para que, una vez conocido, sepamos cumplirlo.

Encomendamos filialmente a Nuestra Madre Inmaculada las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre, que dirige en el espíritu de San Vicente a la doble Familia confiada a su solicitud; las de Nuestro Respetable Padre Director General, Padre Jamet, y las de Nuestro Venerable Padre Castelin; sin olvidar a nuestros celosos Misioneros, que con tanta abnegación buscan el bien de nuestras almas y de nuestras obras.

Unida a Nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a Nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaría General y Secretarias, les reitero la seguridad de mi solicitud, y quedo en el amor de Jesús y de María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su humilde y afectísima,

Sor Susana Guillemin,
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

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