Susana Guillemin: Circular sobre los votos, 1964

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

CRÉDITOS
Autor: Susana Guillemin, H.C. .
Tiempo de lectura estimado:

2 de febrero de 1964

Mis carísimas Hermanas

¡La Gracia de Nuestro señor sea siempre con nosotras!

El correr del año nos ha traído el momento tan importante en que debemos poner de manifiesto nuestra voluntad de reanudar los lazos de amor que nos unen a Dios. Y así me lo han comunicado ustedes con sentimientos de humildad profunda y con un ferviente deseo de progreso, lo que me ha movido, llena de confianza, a presentar esta mañana al sucesor de San Vicente esos sentimientos, implorando para todas la gracia insigne de la Renovación. Nuestro Muy Honorable Padre ha acogido tal petición con su bondad acostumbrada, uniendo a ella su bendición paternal para todas y cada una de sus Hijas.

Por primera vez en la historia de la Compañía, ha sido en Roma, corazón de la Iglesia, y en Roma en estado de Concilio, donde la representante de la que se complacía en llamarse «la Hermana Sirviente de la Pequeña Compañía» se ha postrado para dar cumplimiento a este acto, el más grande del año, ante el que es no sólo el sucesor en línea directa de nuestro Padre San Vicente, sino el Superior delegado por la Iglesia y que ostenta su autoridad sobre nosotras. Esta circunstancia es una invitación providencial a que integremos nuestros esfuerzos de Renovación dentro del gran trabajo conciliar, trabajo de búsqueda y comprensión profunda de los valores esenciales, tanto doctrinales como espirituales.

Las invito, mis carísimas Hermanas, a que vivan del espíritu que en estos momentos anima a la Iglesia para considerar ante Dios los valores profundos del compromiso que las une a Él, para concretar y afianzar nuestro pensamiento y convicciones acerca de nuestros Santos Votos. Acaso los enfocamos con demasiada frecuencia sólo desde el punto de vista de las obligaciones concretas que implican (y que, desde luego, no podemos descuidar): permisos que pedir, renuncias que imponerse más bien que en su misma esencia, su finalidad, su función en nuestras relaciones con Dios. Y esto es lo que tenemos que meditar y profundizar hoy.

Pío XII, hablando segundo Congreso de los Estados de Perfección, decía: «Los miembros de los estados de perfección tienen que unirse a Dios por la caridad, ofrecerse a Él en holocausto, imitar y seguir a Cristo en su doctrina, su vida y su cruz, gastarse al servicio de la Obra de Cristo, la Iglesia, como miembros escogidos y activos del cuerpo místico.»

Tratemos, pues, de mirar nuestra consagración a la luz de esta síntesis magistral: así será como la veamos en toda su realidad.

La finalidad profunda de los Santos Votos es unirnos a Dios por la caridad, unión de la que habla el Santo Padre, y que no ha de esperar para efectuarse hasta el encuentro eterno, sino que se esboza ya en la tierra. Los Votos son el medio por excelencia para sellar y perfeccionar nuestra determinación de darnos a Dios sin reserva, de consagrarnos a Él, imitando a Cristo y en seguimiento de Cristo, y llegar así a la unión deseada, fin supremo de nuestra vida. Nada de este mundo bastaría para justificar esta donación total que trasciende los límites de la ley estricta, y a la que sólo puede impulsamos la voluntad de amar a Dios hasta agotar nuestra capacidad de amar, hasta «la locura de la Cruz», como Cristo.

«No todos son capaces de comprender esta palabra», ha dicho Cristo, «sino aquellos a quienes ha sido dado… Quien es capaz de comprender, comprenda». Nosotras somos, carísimas Hermanas, del número de aquellos a quienes les ha sido dado comprender; sin mérito alguno por nuestra parte, como un don gratuito, se nos ha revelado el amor absoluto que Cristo espera de nosotras. Y nos hemos alistado en su seguimiento. Pero las mil preocupaciones diarias, quizá también nuestra negligencia personal nos ponen en peligro de que se amortigüe la voz divina que un día oímos con tanta claridad y sobre la que hemos edificado nuestra vida. Por causa de nuestra negligencia, la gracia de la vocación el llamamiento al don total, podrían convertirse en una vida mediocre, decepcionada, jalonada de observancias imperfectas al no ir vivificadas por el fervor, y que al fin, se abandonarían más o menos, ya que la renuncia que implican los Santos Votos es insostenible si no la inspira incesantemente el amor.

Hemos recibido de nuestro Padre celestial, como un talento precioso, la revelación de las exigencias absolutas de su amor, pero esa luz que se nos dio puede debilitarse y aun extinguirse. A nosotras corresponde el conservarla y acrecentarla por la acción de gracias y la meditación. Recordemos con frecuencia en nuestra oración esa gracia inicial y afiancemos nuestra voluntad de responder a ella sin limitaciones, de adherimos totalmente a Cristo por quien vamos al Padre.

 

Imitar y seguir a Cristo

«Adherirnos a Cristo», decía San Pablo, y ¡ qué felicidad nos proporciona esa adhesión, que constituye el fundamento del cristianismo y también el punto central y el rasgo dominante de la espiritualidad de nuestros Santos Fundadores! Si hojeamos las Conferencias de San Vicente a sus Misioneros o a sus Hijas, no veremos ni una página en la que no se encuentre una o varias veces el Nombre de Jesucristo, y en muchas de sus exhortaciones da como motivo principal y muy suficiente para practicar una u otra virtud el de que «es hacer lo que Nuestro Señor hizo.»

Todas sus enseñanzas van impregnadas del amor y la contemplación de Cristo. De continuo invita a mirarle: «Miremos al Hijo de Dios. ¡Qué corazón todo Caridad, qué llama de amor!»; invita a imitarle, a servirle: «La finalidad de la Compañía es imitar al Hijo de Dios»; invita a ir a Dios por Cristo, y a los Pobres porque Cristo está en ellos: «Servir a los Pobres es servir a Jesucristo». Inspirándose en las enseñanzas de San Vicente, nuestra Madre Luisa de Marillac recomienda a nuestras primeras Hermanas: «Es muy razonable que aquellas a quienes el Señor ha llamado para seguir a su Hijo trabajen en hacerse perfectas como El y traten de que su vida sea una prolongación de la de Cristo.» ¡Con cuánta verdad uno y otra hubieran podido afirmar como San Pablo. «Fui apresado por Cristo»! Y los que se han comprometido a seguirles, caminando tras las huellas del Hijo de Dios, no pueden sino llegar a la conformidad más exacta que una criatura humana pueda alcanzar con el Salvador: el estado de pobreza, castidad y obediencia.

Nosotras también nos hemos lanzado por ese camino: vamos a Dios por Jesucristo. Los Santos Votos, que perfeccionan la gracia del Bautismo, nos unen a Jesucristo de manera especial por la promesa que hacemos, libre y ponderadamente, de ir más allá de lo que es de estricta obligación, de vivir como Él mismo quiso vivir, con un vida evangélica, anuncio de la Redención consumada y preludio de la vida del Cielo.

Imitar a Cristo, ante todo, en el homenaje, en el culto que tributa a su Padre. El Verbo encarnado ha sido, en su naturaleza humana y en todos los instantes de la vida que llevó en la tierra, un homenaje perfecto, una alabanza de gloria a Dios su Padre. Esta alabanza debe hallar en nosotras, miembros de Cristo, un complemento y una prolongación. Así, el Padre encuentra en nuestra alma, impresa por el estado de vida en que nos sitúan nuestros Santos Votos,’ una semejanza particular con su Hijo muy Amado. en quien tiene todas sus complacencias, y acepta, no lo dudemos, la ofrenda que sube incesantemente hasta El de todo nuestro ser mantenido en la senda de los consejos evangélicos por la voluntad que nos une a su Hijo. Tomemos conciencia de este estado de alabanza y de ofrenda en que nos encontramos ante Dios y procuremos darle todo su valor y aun ampliarle uniéndolo en espíritu a la ofrenda de todas nuestras Hermanas extendidas por el mundo. Para gloria de Dios es que en todas las generaciones que se van sucediendo, millares de jóvenes se levanten para «honrar a Cristo», para prolongar y renovar su vida consagrada a la alabanza de su Padre. Demos gracias a Dios, que permite que esta llama siga subiendo hasta El desde nuestros Seminarios, y conservemos en nosotras, sea cual fuere nuestra edad, el fervor con el que hicimos de nuestros Primeros Votos —como dice el Catecismo que a ellos nos prepara— «un acto del culto de latría y adoración».

Imitar a Cristo en su vida

«Que nuestra vida sea una continuación de la suya», como nos dice nuestra Santa Madre y cómo me indicó Su Santidad Pablo VI en la audiencia’ que se dignó concederme el 11 de septiembre último: ‘Vuestra vida realiza, el Evangelio; eso es lo que la caracteriza y hará que sea siempre necesaria e insustituible junto a la de los seglares, cuyo testimonio es diferente: Realizar el Evangelio es lo propio de las almas Consagradas’».

Hermanas, ¿no tenemos que examinarnos con insistencia para ver si somos realmente fieles a nuestra vocación y a nuestras promesas, y si el Evangelio puede leerse en nu.estra vida como, guardada la debida proporción, en la de Cristo?

El estado evangélico en que nos sitúa la práctica de los Votos de Pobreza, Castidad y Obediencia, es una liberación de todo lo que puede retenernos en la tierra: el amor de los bienes perecederos, de las criaturas y de nosotras mismas. Y el desprendimiento de todos esos bienes nos moldea a semejanza de Cristo, haciéndonos aptas para su Obra. No se trata solamente de un conjunto de observancias y restricciones, sino más bien de una vida dirigida a Cristo en una voluntad de pertenecerle totalmente y de crecer sin cesar hasta la unión definitiva que alcanzaremos en el umbral de la eternidad.

Que el trabajo de nuestra renovación de este año 1964 sea el de vigorizar en nosotras ese deseo vital que nos lanza hacia el Señor: «Sois de Cristo y Cristo es de Dios». No podremos descubrir las exigencias de nuestra vida consagrada sino al calor y a la luz de esta vida interior.

Vida pobre con Cristo pobre. A ella nos obliga, directamente, nuestro primer Voto e indirectamente el cuarto que nos pone al Servicio de los Pobres. Como toda pobreza religiosa, la nuestra reside esencialmente en una disposición íntima de desasimiento en cuanto á los bienes» del mundo, propios u otros cualesquiera que se hayan confiado a nuestra administración. Nuestro voto gira precisamente sobre el «uso» de esos bienes, y , por lo tanto, su cumplimiento requiere dependencia y mortificación. El peligro mayor consiste en que tengamos esos otros bienes que administrar. ¡Qué fácil es dejarse coger de nuevo por el instinto de posesión, mirar con ojos de propietarias los bienes de la Casa o del Oficio que se nos ha confiado y reducir los permisos que pidamos a simples fórmulas destinadas a sancionar disposiciones ya tomadas en nuestro ánimo! ¡Y cómo tenemos que purificarnos continuamente de todo apego, para volver a adoptar la actitud de pobreza y de humilde dependencia, de renuncia a nuestros propios criterios y deseos que nos lleve a pedir a nuestros Superiores, como verdaderos pobres de Cristo, el permiso para disponer de los bienes del Señor y a aceptar de buen grado que este permiso se nos niegue o conceda.

Nuestro voto exige estas disposiciones, pero no podremos mantenerlas por mucho tiempo si no adquirimos la costumbre de hacer, por mortificación, pequeños actos de pobreza, como renunciar a un gasto permitido pero no indispensable, utilizar medios de acción menos cómodos, pero más pobres… Estos actos reiterados afianzarán nuestra voluntad de vivir como pobres, con Cristo pobre, y nos alcanzarán la gracia del espíritu de pobreza.

Seguir a Cristo en la virginidad que nos fija en Dios y nos libera de toda traba. Seamos libres como Cristo y en seguimiento suyo para dejamos así invadir por la divina Presencia. El corazón virgen no es un corazón vacío, sino un corazón lleno de Dios, que está siempre presente en el centro de nuestra vida y al que damos un amor de preferencia permanente. Vivir como consagrada es referirlo todo a Dios con Cristo; «La Virgen se preocupa por las cosas del Señor… cómo agradará al Señor» (San Pablo).

Es saber que en medio de las innumerables vicisitudes de la vida encontramos nuestra fortaleza en Dios; es volver a El como al principio y al fin de todos los acontecimientos y buscar sólo en El nuestro apoyo y consuelo.

No olvidemos que vivimos en medio de un mundo que desconoce, y a veces desprecia, el misterio de la virginidad; de un mundo que exalta lo valores humanos y naturales y cree encontrar en ellos la respuesta a los interrogantes que le inquietan. Nosotras hemos situado nuestra vida en un plano diferente, hemos puesto nuestra fe en Cristo y hemos cifrado en El nuestra esperanza. Sólo en El podemos hallar la solución a nuestros problemas y lograr el equilibrio de nuestra vida. La expansión espiritual y la alegría no podrán ser nunca fruto de concesiones hechas a la naturaleza (afán de consuelos sensibles, de goces humanos…), sino del lugar que dejemos a Cristo en nosotras. Nuestra alegría es Cristo.

«Una señal de la perfecta virginidad, ha dicho Juan XXIII, es la alegría del espíritu, que se traduce en nuestras palabras y trabajo.»

Reproducir y prolongar la vida de Cristo obediente. Caminando tras las huellas de Jesús, nuestra vida está entregada a la obediencia: a esa obediencia que no se contenta con unos actos de sumisión, sino que abraza plena y voluntariamente los planes de Dios sobre nosotras, cualesquiera que fueren, y adopta los medios que se nos manifestarán providencialmente a través de nuestra vida religiosa, en particular por la voluntad de nuestros Superiores. No se suele faltar al voto de obediencia, pero ¡qué fácil es desconocer el valor de la obediencia, y qué difícil, por el contrario, mantener toda nuestra vida en sus líneas generales y en sus detalles (sobre todo en sus detalles), dentro de ese estado de sujeción que nos desposee de nosotras mismas1 No tenemos otro motivo que nos obligue a ello que el de nuestra participación en la Cruz de Cristo, pero este motivo es perentorio.

Los tres Votos de Pobreza, Castidad y Obediencia no adquieren su pleno sentido ni pueden vivirse más que integrados en el Misterio de la Cruz. De suyo son una cruz para nuestra naturaleza y representan, según piensan ciertos autores, una especie de martirio lento que nos une a Jesús crucificado. No podemos cargar con esa cruz de todos los días que supone una vida pobre, casta y obediente, si no es a base de amor y mortificación; es ésta la doble condición de nuestra fidelidad. Pocas veces se nos presentarán ocasiones de ser fieles en cosas grandes, pero nuestras jornadas se ven sembradas de momentos que nos ponen en trance de optar entre Dios y la tierra, entre darnos a Cristo o replegarnos en nosotras mismas; sencillas solicitaciones a una purificación en la humildad y la pobreza del corazón y espíritu que reclaman de nosotras otras tantas renuncias poco espectaculares, pero muy meritorias.

Además de esos contactos cotidianos con la Cruz, se nos presentan otros más fuertes, a veces más incomprensibles: enfermedades, evidencia de nuestra propia miseria, fracasos apostólicos, incomprensión de los que nos rodean o de los Superiores… que vienen a señalar ciertas etapas de nuestra vida espiritual y están a punto de desconcertarnos, casi de «escandalizarnos». No seamos de esas almas que se han consagrado a Dios crucificado según su imaginación y a la medida de su espíritu, y que se extrañan cuando se encuentran la Cruz en lo concreto de la vida. Dios dispone de medios que le son propios para despojarnos para atraernos a El en la soledad del corazón, para cumplir en nosotras y por nosotras los designios de su amor. Condujo a su Hijo por el camino de la Cruz y sigue llevando por ese mismo camino a las almas consagradas que se han comprometido a seguirle. Reanimemos nuestra Fe y nuestra Esperanza y pidamos a Cristo que nos dé la inteligencia de la Cruz.

Nos queda una reflexión que hacer sobre la última parte de la exhortación de S.S. Pío XII: «gastarse al servicio de la Obra de cristo, la Iglesia, como miembros escogidos y activos del cuerpo místico.»

¿Hemos comprendido lo bastante que nuestra consagración hace de nosotras «miembros escogidos y activos del cuerpo místico»? ¿Nos hemos fijado en la breve frase (tan grande por su alcance) de la fórmula de nuestros Santos Votos: «en la Compañía de las Hijas de la Caridad»? Por ella se efectúa nuestra inserción legal, como «miembros escogidos» en la Iglesia, cuerpo de Cristo. Nuestra consagración a Dios no es un acto meramente personal, que nos deja aisladas y sin vínculo alguno, es una donación de nosotras mismas de ámbito muy limitado y estrecho. Por el contrario, es un acto comunitario que nos establece, en unión con nuestras Hermanas, para constituir la realidad eclesial que es la Compañía de las Hijas de la caridad, miembro de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

No nos presentamos ante las miradas de Dios como una multitud de individuos de los que cada uno se afana, aisladamente por servirle, y de los que la reunión no tiene otro fin que el de ayudarse mutuamente a conseguirlo. Nos presentamos ante el Señor reunidas en un solo cuerpo, en comunidad de oración y caridad, como un miembro del cuerpo místico de Cristo que prosigue en sí mismo su obra de Redención.

La unidad, lograda en la caridad, es el fin supremo de Cristo, la obra por excelencia que El vino a cumplir. Una Comunidad como la nuestra, constituida en Iglesia, de la que los miembros están unidos entre sí y a Cristo por los tres Votos evangélicos, vividos bajo una misma Regla, y por un Voto especial que los consagra a los Pobres, a pesar de las imperfecciones inherentes a nuestra condición humana, ofrece a Dios el homenaje y a la tierra el testimonio de esa unidad vivida en la caridad.

Todo esfuerzo personal o comunitario hecho con el fin de estrechar los lazos espirituales que nos unen entre nosotras: entre Provincias, entre Casas, entre Hermanas, es un esfuerzo de unidad y se lleva a cabo «al servicio de la Obra de Cristo, la Iglesia». Tengamos el mayor empeño, mis amadas Hermanas, en trabajar, aun a costa de sacrificios muy dolorosos, por esta obra en la caridad. Unámonos en un mismo amor a Cristo, nuestro Maestro, a quien seguimos en la Pobreza, la Castidad y la Obediencia, hasta la Cruz; unámonos en el amor de nuestros Santos Fundadores, que nos han legado un espíritu totalmente evangélico, hecho de humildad y sencillez, de fe y esperanza. La unidad de la Pequeña Compañia está en nuestras manos, confiada a nuestra caridad. Depende de cada una de nosotras, desde su modesto lugar, que la Compañía viva en toda la tierra del espíritu que la ha animado siempre, y conserve y amplíe así la gracia de unión que siempre ha ligado a sus miembros entre sí, con los Superiores, y por ellos con la Iglesia.

La Obra de Cristo, la Iglesia. Estamos a su servicio en sus miembros privilegiados los Pobres, a quienes hemos prometido por Voto servir corporal y espiritualmente. Hablando de una manera concreta, los tres Votos nos confieren una libertad que nos permite consagrarles no sólo nuestro tiempo y nuestros esfuerzos, sino también la atención de nuestra mente y un amor desprovisto de egoísmo. Al deshacernos de las ataduras de la tierra, nos colocan en disponibilidad permanente para responder a las llamadas de la Iglesia, transmitidas por los Superiores, de ir a trabajar allá donde las necesidades parezcan más apremiantes. Si comprobáramos en nuestra conducta alguna traba a la libertad de espíritu y corazón, que se tradujera en menor disponibilidad para responder a la primera llamada, tendríamos que pensar en una relajación de nuestra vida consagrada.

Esta vida consagrada señala con un carácter especial nuestro servicio de los Pobres y le da un valor apostólico particular. Pensemos en ello y no menospreciemos esta gracia. Las personas a las que se nos envía, y que a veces están tan alejadas de Dios, esperan de nosotras, de una manera confusa, el testimonio que les permita «creen>. No las decepcionemos. Pidamos a Cristo la gracia de aproximarnos tanto a esos Pobres que puedan leer en nosotras su divino mensaje. No comprenderán los votos en sí, pero reconocerán al Señor a través de las actitudes que esos votos inspiren. Esperan de nosotras desinterés, justicia, abnegación alegre, unión entre las Hermanas, buena armonía con los demás representantes de la Iglesia: Clero, Seglares y Religiosas. Esperan sobre todo, el testimonio de unión dado por la unanimidad de las Hermanas de la Casa en todas esas actitudes. Todo eso no se puede conseguir y vivirlo sin llevar hasta el fin nuestra consagración vivida individual y colectivamente. Demos a nuestra vida consagrada todo su alcance apostólico, animémosla con un espíritu misionero. Creamos en su valor: valor de ofrenda y de testimonio.

¿Cómo terminar estas reflexiones sin recordarles, mis carísimas Hermanas, que sólo una vida teologal profunda y una vida de oración ferviente pueden prestar una base sólida a nuestra vida consagrada? Necesitamos una Fe viva para descubrir las perspectivas sobrenaturales que justifican lo que el mundo califica de locura; necesitamos una Esperanza firme para abandonarnos a Dios en la Obediencia y la Pobreza. En cuanto a la caridad, es a la vez el motivo y fin de la entrega que de nosotras mismas hemos hecho al Señor: nos damos a El porque le amamos y para amarle más.

Busquemos en la oración un acrecentamiento de nuestra Fe, Esperanza y Caridad. Con la ayuda de estas tres virtudes podremos seguir adelantando en la unión con Dios, por Cristo, al servicio de su Obra, la Iglesia.

Encomendemos filialmente a nuestra Madre Inmaculada las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre que guía en el espíritu de san Vicente a la doble familia confiada a sus cuidados; las de Nuestro Respetable Padre Director General, Padre Castelín, y no olvidemos tampoco a los Misioneros, tan celosos del bien de nuestras almas y de nuestras obras.

Unida a nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi solicitud maternal y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su humilde y afectísima,

Sor Susana Guillemin,
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *