Susana Guillemin: Circular sobre los votos, 1963

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Susana GuilleminLeave a Comment

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Author: Susana Guillemin, H.C. .
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París, 2 de febrero de 1963

Mis carísimas Hermanas:

¡La Gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotras!

Con indecible emoción me he arrodillado esta mañana ante el sucesor de San Vicente para presentarle la humilde súplica de todas sus hijas del mundo entero que desean reanudar una vez más los lazos que las unen al Señor.

Me parecía llevar sobre mi, aumentando mi propia miseria, el peso de los fallos y negligencias de que con tanta humildad se han acusado; pero al mismo tiempo me sentía sostenida por el inmenso caudal de sus oraciones y fortalecida por la voluntad sincera de que todas quieren entregarse de nuevo a Dios y servirle con una generosidad mayor de lo que hasta aquí lo han hecho. Confiado en estos sentimientos, Nuestro Muy Honorable Padre ha accedido a concedernos la gracia de renovar nuestros Santos Votos, como de costumbre, en la próxima fiesta de la Anunciación de la Santísima Virgen. Que esta dulce Madre se digne ser la Guía y Maestra de nuestra preparación.

Nuestra Renovación de este año reviste un carácter particular y una singular importancia por el hecho de efectuarse en una Iglesia en Concilio. Por eso no puedo pensar en nada mejor que repasar y meditar con ustedes la carta dirigida por el Papa a las Religiosas como preparación del magno acontecimiento. Así seguiremos, por lo demás, su propio consejo: «Meditad esta carta, y, en la palabra del humilde Vicario de Cristo, escuchad cuanto el Maestro Divino quiere decir a cada una de vosotras».

«La preparación conciliar exige que las almas consagradas a Dios… se dediquen con renovado fervor a las tareas de su vocación.»

Para nosotras, Hijas de la Caridad, ha llegado, como todos los años, por voluntad de nuestros Santos Fundadores, expresada en las Reglas y Constituciones, la hora de tomar de nuevo en consideración los deberes de nuestro estado y las exigencias de nuestra consagración.

«Ya es hora de despertarnos de nuestro letargo» (San Pablo, Ep. a los Romanos, 13, 11). Salgamos de la somnolencia del hábito y de la rutina que amenazan con paralizarnos en el camino emprendido para ir hacia Dios. Levantémonos, sacudamos la pereza que puede entumecernos y estemos prestas a caminar y a actuar. Consideremos y escrutemos en la Oración y en nuestras plegarias la Palabra del Vicario de Cristo, cuya luminosidad alumbrará y dirigirá nuestra búsqueda.

«Solamente la oración obtiene el don de la perseverancia… Sin el auxilio de la oración, no podréis gobernaros en el áspero camino.»

Si, por desgracia, tuviéramos que reconocer en nosotras un debilitamiento de la voluntad generosa que caracterizó nuestra primera donación, preguntémonos ante todo si ello es debido a que no hemos mantenido a suficiente altura el nivel de nuestra oración.

¿Hemos pedido la gracia de vivir pobres, castas y obedientes, persuadiéndonos de que no es esto resultado de una victoria humana, sino un don del Señor? El santo Sacrificio, cuando todas las mañanas se ofrece en el altar la divina Víctima, nuestra Salud y nuestra Esperanza, señala para nosotras el momento de renovar nuestra ofrenda y de pedir a Dios la gracia de mantenerla y perfeccionarla «por los méritos de Jesucristo crucificado y la intercesión de la Virgen Santísima». Sí, la Misa es la fuente de todas las gracias, pero más especialmente de ésta que nos entrega a Cristo. De una Misa a otra, tenemos que vivir nuestra consagración; de una Misa a otra, vamos recibiendo la fortaleza necesaria para conformarnos con Cristo.

Conformarnos con Cristo

«Palabras de Cristo: «Os he dado ejemplo para que también vosotros lo hagáis como yo» (Jn. 13, 15).»

La persona de Cristo es, a la vez, razón de ser, ejemplo y fin de nuestra vida consagrada. Cristo domina nuestra vida como dominó la de san Vicente. Nos atrae hacia El y vamos a su encuentro por los caminos de la pobreza, de la castidad y de la obediencia. En esto El reconocerá a Sí mismo en nosotras y los Pobres le reconocerán en nuestra vida.

Tratemos de encontrarle en la pobreza evangélica.

«A la luz de la imitación de Cristo pobre, el voto adquiere pleno valor.»

Contemplemos a Cristo, el Pobre perfecto. Escogió para sí nacer y vivir pobre. Murió en una pobreza voluntaria y absoluta de la que no llegamos a imaginar todo su alcance.

Consintió en ser pobre de los bienes de la tierra, para sí y para los suyos. Conoció la inseguridad del día de mañana y el oprobio que llevan consigo los que no poseen ni fortuna ni amistades.

Por último, aceptó también otras privaciones más duras por afectar a su reputación, a su influencia y a su misma misión. Murió en la Cruz deshonrado, desposeído de todo prestigio y de todo éxito, reducido a una impotencia total, habiéndolo entregado todo en manos de su Padre.

Nuestra vida de Pobreza no llegará nunca a ser lo rigurosa que lo fue la suya. Sólo El conoce el grado que nos ha fijado a cada una, pero preparémonos para cumplir hasta el fin su divina voluntad con relación a nosotras. Sus exigencias crecerán en proporción a nuestra fidelidad y en la medida en que vayamos descubriéndolas poco a poco.

«No faltan en este punto (de la Pobreza) las tentaciones», nos dice el Santo Padre. Es menester que desenmascaremos estas tentaciones. Hagamos, con valentía, una revisión de nuestras costumbres en materia de pobreza.

Una simple ojeada nos bastará para darnos cuenta de sí, para disponer de cualquier bien, pedimos con exactitud los permisos exigidos bajo pena de pecado. Pero miremos con mayor atención nuestra vida diaria: ¿cómo juzgamos lo que es verdaderamente necesario o indispensable? ¿No lo hacemos a veces con criterios mundanos, más que con el de nuestros Santos Fundadores que tan estrictos fueron en materia de pobreza? Es verdad que resulta difícil encontrar la justa medida en esta materia, y por lo demás no siempre podrá ser idéntica en todas las Casas, sino que tendrá que admitir algunas variantes según sea el nivel de vida de cada nación y el ambiente en que se ejerzan las diferentes actividades. Pero en todo caso, siempre deberá subsistir un clima de restricción, cierta estrechez inseparable de la pobreza. Una forma de vivir el voto de pobreza que no llevara consigo ninguna renuncia, sería sospechosa.

Y por qué no añadir que en lo que a cada una le atañe personalmente, el espíritu de pobreza no tiene más límites que los del amor, y que huyendo, sin embargo, de toda singularidad, debemos tener cuidado de no cerrar los oídos de nuestro corazón a la voz del Espíritu Santo que nos invita a una delicadeza cada vez mayor con relación a los bienes de este mundo. No es indiferente preferir en lo que tenemos a nuestro uso: objetos, material de trabajo, etc., lo más sencillo, lo que suelen usar los pobres.

Desconfiemos de la concupiscencia de los ojos que nos lleva siempre hacía lo más ríco y lo más cómodo.

Hagamos nuestra la regla de conducta tan prudente que nos da el Santo Padre: «…contentamos día a día con lo indispensable…, dar a los pobres y a las obras buenas lo superfluo, según la obediencia; y para las incógnitas del mañana… confiarnos, sin excluir las previsiones prudentes, a los cuidados de la Divina Providencia.»

Prestemos también especial atención a los peligros que a continuación señala Juan XXIII: «la necesidad de modernizaciones puede terminar en la ostentación de construcción y mobiliario», a lo que habría que añadir el imperio de una técnica que no quiere conocer ya ningún obstáculo financiero, y a la que daríamos en considerar, siguiendo el criterio de nuestra época, como fuente soberana de eficacia aun en el campo del apostolado.

¡Qué necesidad tenemos, con ayuda de la Oración, de aprender a reducir todo esto a su verdadero valor de simples medios, que, por muy necesarios que sean, no dejan de ser secundarios! Dígnese el Espíritu Santo conceder a todas las .Hijas de la Caridad una visión de Fe tan clara, que sepan apreciar en su justo valor, por una parte, el deber de justicia que las obliga a poner al servicio de los Pobres, ya sean enfermos, niños u otros, los recursos más modernos de la ciencia y de la técnica, y, por otra, el alcance religioso y apostólico de un testimonio de pobreza que podrá traducirse en restricciones voluntarias en el plano de las cosas que no son esenciales. Quiero decir que tenemos que saber prescindir del instrumento más perfeccionado, del coche más rápido, de la instalación más moderna y aceptar con gusto la incomodidad que de ello nos venga como homenaje a Cristo Pobre, que quiso darnos ejemplo utilizando los medios más pobres pata desempeñar su misión en la tierra. Es verdad que corresponde a las que detentan la autoridad el juzgar lo que se debe hacer en cada caso; pero, al decidir, que no descuiden el tomar en consideración, ante todo, las exigencias de la Santa Pobreza que habla de Dios y nos mantiene bajo la dependencia de la gracia.

Castidad angélica

Es el fruto de la presencia de Cristo en nuestras almas que le están consagradas.

No caigamos en el error de situar la Castidad en el plano meramente negativo de la renuncia al amor humano, a los afectos del corazón, a las alegrías de la familia, etc. La Castidad debe situarse en el plano del Amor. Cuanto más llena de Dios esté un alma, cuanto más se deje dominar por El en todos los actos de su vida interior y exterior, tanto más luminosa será su pureza.

Porque Cristo es Dios es por lo que es infinitamente puro y por lo que «desde Belén al Calvario, el esplendor que irradia su divina pureza es cada vez más extenso y arrebata a las multitudes. Tan grande era la austeridad y el encanto de su comportamiento».

Observamos la relación que establece el Papa entre el encanto de la pureza y la austeridad de la vida. Si el amor de Cristo constituye la pureza de nuestro corazón, la austeridad de nuestra vida será la que preserve y mantenga ese amor. No creamos que permanecemos llenas del amor de Cristo si nos desviamos de continuo en busca de gustos y satisfacciones naturales, porque son «las delicadezas, las mortificaciones y las renuncias las que conservan el Amor y le impiden entibiarse».

Si alguna de nosotras experimenta a veces un sentimiento de vacío, si le parece que no ha realizado todavía el equilibrio de su corazón, no eche la culpa al mayor o menor afecto encontrado en su vida de Comunidad, sino más bien pregúntese si su caminar en busca de Cristo no se ha visto estorbado, atravesado por multitud de pequeñas concesiones naturales al corazón, a la vanidad, a la propia comodidad o capricho.

La mortificación debe rechazar de continuo el asalto de esas pequeñas complacencias que acabarían por reducir el lugar de Dios en nuestra alma. »

Sin embargo «que vuestro ejemplo enserie que el corazón no lo tenéis encerrado en el egoísmo estéril, sino que ha escogido la condición indispensable para abrirse, solícito, a las necesidades del prójimo».

Sí, ¡qué cuidado debemos poner en no dejar que nuestro corazón se encoja y se repliegue en sí mismo, con pretexto de reservarse para Dios! Abramos de par en par los ojos para mirar a los que nos rodean, para estar atentas a su vida, sus alegrías y sus penas.

«Llorad con ellos, Dios os ha establecido para que seáis su consuelo», decía San Vicente, con palabras semejantes a las del Apóstol: «Alegraos con los que se alegran y llorad con los que lloran» (Rom. 12, 15).

Demostraremos que Dios es el primero y el soberano en nuestro corazón, no ciertamente apartándonos de todos y contentándonos con dar algunas migajas de una abnegación medida con tacañería, sino, por el contrario, ofreciendo a todos sin excepción el interés individual que Dios tiene por ellos y su largueza y bondad para atenderles en sus necesidades.

Que la afabilidad de nuestra acogida, sea una prueba, conforme al deseo del Papa, de la santa libertad que nos hace accesibles a cada uno de nuestros hermanos.

El Vicario de Cristo nos exhorta después, como fundamento de nuestra santificación personal, a desarrollar en nosotras el espíritu de obediencia «para mejor seguir al Divino Maestro», a «Cristo que se hizo obediente hasta la muerte en la cruz» (Fil. 2, 8).

Fuerza es reconocer que si la Pobreza y la Castidad ejercen sobre nosotras un atractivo real, aunque austero, no es así con la Obediencia, que se nos presenta bajo un aspecto de «humillación», de «inmolación permanente», de «crucifixión», difícil de comprender para nuestro siglo en que la exaltación de la personalidad y la afirmación del personalismo resultan graves peligros. Sólo el profundizar en la vida teologal será lo que nos haga descubrir el esplendor y el alcance de esta obediencia mediante la cual «cantaremos victoria».

Cristo cumplió su misión por la Obediencia.

No lo comprendemos bastante.

Y en el ejercicio de esa obediencia aceptó condiciones que, cuando a nosotras nos salen al paso, las consideramos heroicas.

Hermanas, detengámonos a meditar en Cristo Obediente, completamente libre de todo temor o violencia humana, por estar del todo sometido a su Padre.

En primer lugar, no escogió sino que recibió, aceptó su misión de manos de su Padre: «Entonces dije: heme aquí que vengo… par cumplir, oh Dios, tu Voluntad» (Heb. 10, 7). «Yo hago siempre lo que es de su agrado» (Jn. 8, 29).

En el cumplimiento de esta misión aceptó como representantes de la autoridad de su Padre a simples criaturas, de las que las más santas —su Madre y su Padre adoptivo— eran inferiores a El bajo todos los aspectos, y otras, como las autoridades civiles o religiosas, le eran conocidas como poco ilustradas y aun mal intencionadas. Sin embargo, no lo tuvo en cuenta y obedeció sin vacilar a toda autoridad constituida en el ámbito de su cargo: «Dad al César lo que es del César…» (Mc. 12, 17).

Cristo se integró en el plan divino decretado en los designios eternos de la Santísima Trinidad. Su deseo y preocupación reiteradamente manifestados en el Evangelio, eran precisamente dar cumplimiento a ese plan divino, sin alteración alguna, sin omitir ni un ápice hasta el supremo «Consummatum est». Y no sólo quiso ser el servidor de ese plan eterno de nuestra Redención sino que consintió que le fuera transmitido por mediación de las criaturas, cumpliéndolo con una sumisión total a las circunstancias de tiempo y lugar en las que lo había situado la voluntad de Dios y plegándose a las condiciones de vida y a los medios de acción tan primitivos de su época.

Más aún. Se atuvo a los límites de su misión en la tierra y de su acción humana: «Yo no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt. 15, 24), sin salirse ni en extensión, ni en tiempo, ni en éxito, del contorno que le había trazado la voluntad de su Padre. Y así aceptó y sufrió, para conformarse con esa voluntad, el fracaso final que lo situó todo bajo el signo de la Cruz y que consumó su victoria y nuestra salvación.

Mis amadas Hermanas, adoremos a Cristo obediente y tratemos de imitarle. Coloquemos nuestra vida bajo el signo de la Obediencia, lo que equivale a decir bajo el signo de la fe. Obedecer es unirse a Dios. Una Hija de la Caridad que ha resuelto entregar así su vida en manos de Dios, lo mismo en las insignificantes circunstancias de cada día que en los grandes acontecimientos, no tiene que temer una disminución de su personalidad ni un debilitamiento de su voluntad. Sólo los espíritus lúcidos y las voluntades fuertes saben practicar una verdadera obediencia, porque hay sumisiones de debilidad que no son sino abdicaciones y a veces cobardías.

La verdadera Obediencia no es una abdicación, sino una victoria de la Fe sobre el orden natural. El obediente es el que ha elegido; el que ha sido capaz de determinarse a escoger en el plano de la Fe. En ese sentido, Cristo al morir en la Cruz escogió renunciar a los medios humanos para procurar la conversión del mundo y abandonarse a su Padre en perfecta obediencia.

Somos por naturaleza tan opuestos a la obediencia que tenemos que detenernos en este ejemplo supremo de Cristo para convencernos y estimularnos en. el deseo de imitarle.

Insistamos una vez más en el hecho de que la obediencia no es nunca una abdicación de nuestra responsabilidad. Tengamos en cuenta que una obediencia verdadera exige una lealtad valiente con los Superiores. Una Hermana que, en su oficio, abandonara toda decisión a los Superiores sin preocuparse de darles a conocer los conocimientos que ella posee del asunto en cuestión y sin exponerles con respeto y sencillez lo que piensa, no estaría en la línea recta de una obediencia bien entendida, y tendría motivos para preguntarse si no estaba cediendo a un movimiento de pereza de espíritu o a un sentimiento de debilidad pusilánime. La orden de la Hermana Sirviente que nos dará la certeza de la voluntad divina no excluye, sino inás bien requiere, la participación personal de la Hermana en aquella decisión.

¿No necesitamos renovar nuestro conocimiento, nuestro aprecio y nuestro amor por la obediencia? ¿No tenemos también que descubrir el lugar que le corresponde en nuestra vida? Quizá el que le dejamos es demasiado restringido, demasiado limitado a unas órdenes y a unas respuestas concretas. En realidad, ha de ser la fuerza rectora de nuestra vida, y es lástima que, por inconsciencia, perdamos con frecuencia todo el mérito.

La obediencia debe ser el alma de nuestra vida de Regla, regir los menores detalles de nuestro oficio, los actos más pequeños de nuestra vida, nuestras relaciones de Comunidad y de apostolado.

La Obediencia lo ordena todo.

Esforcémonos, mis carísimas Hermanas, por captar y penetrar toda la extensión y belleza de la obediencia. Pero estemos bien persuadidas de que no podremos entregarnos a ella como debemos sino cuando nos hayamos decidido de verdad a buscar a Dios antes que a nosotras mismas.

Después de haber puesto de relieve la importancia de la práctica de los consejos evangélicos por los tres Votos habituales, el Sumo Pontífice afirma: «Ningún alma que se consagra al Señor está dispensada de la sublime tarea de continuar la misión salvadora del Redentor Divino».

Y en esta perspectiva que nos abre el Papa situamos nuestro cuarto Voto, tan querido a toda Hija de la Caridad: el Voto del servicio corporal y espiritual de los pobres, por el que entramos en la economía del plan de la redención. Nuestra forma peculiar de «continuar la Pasión de Cristo, de completar lo que falta», son nuestras obras de caridad corporal y nuestra vida de caridad espiritual.

Y también en este aspecto las invito, mis carísimas Hermanas, a ir siguiendo las palabras del Papa para reconsiderar ante todo la prolongación espiritual de nuestro voto. Aunque no estemos consagradas a una vida únicamente contemplativa, podemos hacer nuestra esta consigna del Santo Padre: «debéis esta espiritualmente presentes en todas las necesidades de la Iglesia militante.».

En el seno de esta Iglesia militante, el Mundo de los Pobres, que es el mismo Cristo al que estamos consagradas, vive, sufre y actúa. Y con él vive y.sufre, Cristo en todas las almas oprimidas por una pobreza corporal o espiritual. Vive y sufre en las realidades humanas y Colectivas como son las familias pobres, la clase obrera, los pueblos subalimentados o subdesarrollados.

Sufre y actúa en las organizaciones sociales o religiosas tales como los grupos sindicales, los Moyitnientos de Acción Católica y otros…

Pues bien, tenemos que ser solidarias de esa vida, de ese sufrimiento, de esa actuación. Tenemos que depositar a diario en el tesoro común nuestra propia vida, nuestro propio esfuerzo, nuestro propio sufrimiento. Nuestra oración debe, a diario también, unirse a la oración de nuestros Hermanos los Pobres. Tenemos que suplir la inmensa riqueza de los sufrimientos, trabajos y vidas que no piensan en ofrecerse.

En esta vida de oración y ofrenda debe integrarse nuestra acción caritativa y apostólica, recordando «que no sólo con la oración, sino también con las obras, se logra que la nueva orientación de la sociedad se nutra del Evangelio y que todo sea a gloria de Dios y salvación de las almas».

Que nuestras obras de caridad, ya se sitúen en el campo de la enseñanza, en el de la educación o asistencia sanitaria y social, sean siempre eso: obras de caridad, es decir, procedentes del Amor de Dios, y que nunca se reduzcan en nuestras intenciones a actos meramente profesionales. Esto no exige más tiempo ni absorbe más nuestro pensamiento, sino solamente requiere una intención que, fortalecida y renovada en la oración, llegará a hacerse latente e influirá en toda nuestra conducta.

Pero que estas obras de caridad se sujeten también a las reglas profesionales y administrativas que las rigen de derecho y que se lleven a cabo con la debida competencia. Además de constituir un deber de justicia hacia aquellos que recurren a nosotras, nuestro mundo actual, sobre todo el de la juventud, no reconoce ya la caridad y no descubre a Dios en lo que no es técnicamente irreprochable.

Pongamos al servicio de nuestros Hermanos, miembros dolientes de Cristo, todas las posibilidades del alma, de corazón y de inteligencia que Dios nos ha dado y que tenemos el deber de fomentar y desarrollar para consagrárselas.

Y, para terminar, consideremos un poco en silencio esa áspera cruz del exceso de trabajo que Cristo, en sus designios misteriosos, hace que, en muchas Provincias, pese sobre nuestros hombros. Es posible que la necesidad de reducir esa sobrecarga lleve consigo sacrificios de Casa o de oficio, que ustedes sabrán aceptar, mis carísimas Hermanas, entregándose a la Obediencia, y con la convicción también de que el equilibrio espiritual de las Hermanas y la perfección de las obras deben pasar antes que el número y extensión de nuestros establecimientos.

Pidan por los Superiores que tienen que tomar la responsabilidad de tan delicado problema. Y si, mientras se llega a posibles soluciones, tienen ustedes que continuar todavía unos años en situación difícil, echen una mirada a su alrededor y verán que casi todo el mundo: médicos, comerciantes, obreros… se ven agobiados por un exceso de trabajo y un ritmo de vida anormal.

Esa sobrecarga es el mal de nuestra época. Y si tenemos el deber de intentar reducirla, también lo tenemos, mientras se consigue, de hacer de ella la ascesis de nuestra vida cotidiana, aceptándola y ofreciéndola al Señor en unión con el trabajo tan duro, y a veces hasta inhumano, de nuestros Hermanos los Pobres.

¡Dios nos ayude en esta difícil coyuntura!

Y que nos conceda poder responder plenamente al deseo final del Papa: «Sed vosotras, queridas hijas, las primeras en cultivar el santo entusiasmo.»

«Nos conviene renovar todos los días nuestros buenos propósitos y ejercitar el fervor como si nos acabásemos de convertir, y decir «Ayúdame, Señor, en los buenos propósitos y en tu santo servicio, y haz que hoy comience perfectamente, porque cuanto he hecho hasta aquí no vale nada»» (Imitación de Jesucristo).

Que nuestra Renovación ya próxima encuentre motivos de fervor en estas exhortaciones del Santo Padre, mis carísimas Hermanas; que nos llene de un deseo nuevo para que sepamos oír lo que «el Espíritu de Pentecostés que aletea sobre nuestra selecta Familia» sugiera a cada una; que nos comunique una energía mayor para superarnos en la comprensión y la práctica de una consagración al Señor que no admite rapiñas. «Que nos encienda en nuevo fervor la Madre de Dios y nuestra.» A su Corazón maternal confío la confusión que sentimos ante nuestra tibieza pasada y nuestro humilde pero sincero deseo de ser más generosas en adelante.

Encomendémosle filialmente las intenciones de Nuestro Muy Honorable Padre que dirige en el espíritu de San Vicente la doble familia confiada a sus desvelos; encomendémosle también las de Nuestro Respetable P. Director General, Padre Castelin, y no olvidemos a los Misioneros, tan celosos del bien de nuestras almas y de nuestras Obras.

Unida a nuestras Veneradas Madres Blanchot y Lepicard, a nuestras Hermanas Consejeras, Ecónoma General, Secretaria General y Secretarias, les renuevo la seguridad de mi solicitud maternal y quedo en el amor de Jesús y María Inmaculada,

mis carísimas Hermanas, su humilde y afectísima,

Sor Susana Guillemin,
Ind.h.d.l.c.s.d.l.p.e.

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